Capítulo 10: Besos de Medianoche
La luz del amanecer se filtraba contimidez por las cortinas de encaje blanco del dormitorio principal. No era unsol agresivo de mediodía, sino esa luz pálida, casi líquida, que tiñe todo detonos azules y grises antes de que el mundo despierte del todo.
El aire en la casa estaba frío. Lo sabíaporque, al entrar al cuarto de mi madre, sentí cómo la temperatura bajaba en mipiel desnuda. El aire acondicionado estaba puesto en dieciocho grados, unhábito que Aracely había mantenido desde que Abraham se fue a la plataforma dePemex hace tres años. El zumbido constante del compresor era el único sonido enla casa, un monólogo mecánico que llenaba el vacío dejado por la ausencia de mipadre.
Me detuve en el umbral de la puerta. Lamadera de roble, pulida y brillante, reflejaba mi propia sombra alargada. Olíaa lavanda. El ambientador que ella usaba siempre, ese de botella rosa con laimagen de una lavanda dibujada, se mezclaba con el olor a ropa limpia y a esafragancia sutil, casi imperceptible, que era solo suya.
Un aroma a vainilla y piel madura que mehabía perseguido toda la vida y que, ahora que estábamos solos, sentía másintenso, más denso, como si el aire mismo hubiera absorbido su presenciadurante las noches de soledad.
Vi a Aracely. Estaba tumbada de lado,acurrucada bajo las sábanas de algodón egipcio de setecientos hilos. La telablanca se adhería a las curvas de su cuerpo con una intimidad que me hizodetener la respiración. Su cabello, negro como la noche y largo hasta lacintura, estaba desparramado sobre la almohada de seda, creando un contrasteoscuro que destacaba la palidez de su piel. Estaba profundamente dormida. Supecho subía y bajaba de una forma rítmica y suave, un ritmo de vida que parecíahaberse ralentizado con la ausencia de mi padre.
Me quité los zapatos, uno por uno,dejando que el parqué de madera absorbiera el peso de mis pies descalzos. Elfrío me mordió las plantas de los pies, un choque térmico que me hizo tensarlos dedos. Avancé hacia la cama. Cada paso era calculado, silencioso. La casaolía a humedad matutina, a esa sensación de humedad que entra por las grietasde las ventanas viejas cuando baja la temperatura. Podía oler el polvo antiguoen los muebles de la sala, el olor a aceite de oliva que había quedadoimpregnado en la cocina la noche anterior, y ahora, el olor fresco y limpio dela habitación de mi madre.
Me subí a la cama. El colchón se hundíabajo mi peso, cediendo lentamente. El frío del colchón se transmitió a travésde mis pantalones de pijama de seda azul marino. Me arrodillé sobre las mantas,cerca de la cabecera. Mi corazón latía con fuerza, un tamborileo sordo contramis costillas. No era la primera vez que la despertaba así, pero era la primeravez que lo hacía con esta intención clara, con esta hambre acumulada durantesemanas de silencios y miradas furtivas en la mesa del comedor.
Me incliné hacia ella. Mi rostro estabaa centímetros del de Aracely. Podía ver los detalles de su piel a la luz tenue:las pequeñas líneas de expresión alrededor de sus ojos, la suavidad de suslabios entreabiertos, el leve brillo de humedad en su piel. Respiré hondo. Elaroma de su pelo era más fuerte ahora, un aroma a Shampo de jazmín y a algo másprimitivo, a feromonas dulces.
Le pasé la mano por el brazo. La seda desu camisón de noche se deslizaba bajo mis yemas. Estaba fría. La piel de mimadre era siempre fresca, un contraste con el calor que yo sentía en mis venas.Le acaricié el brazo lentamente, de hombro a codo, sintiendo la suavidad de supiel bajo la tela fina. Ella no se movió. Su respiración seguía siendo rítmica,profunda.
Le acaricié la mejilla con el pulgar. Supiel era suave, como terciopelo. Tenía una textura increíble, esa suavidad quesolo tienen las personas que han cuidado su piel durante décadas, pero queahora, en la mañana, tenía un toque aterciopelado, casi húmedo por el sueño.Mis dedos temblaban ligeramente. No era de frío, aunque el aire seguía siendogélido. Era de anticipación.
—Mamá... —susurré, aunque ella seguíadormida. Mi voz era un hilo de aire, apenas audible.
Ella no respondió. Solo frunció el ceñolevemente, como en un sueño.
Me bajé más. Me arrodillé entre laspiernas de la cama, donde sus pies asomaban por el borde de las sábanas.Primero, quité la manta de lana que cubría sus piernas. El tejido pesado cayóal suelo con un sonido sordo, floowmp. El aire frío de la habitacióngolpeó sus piernas desnudas. Ellas eran largas, torneadas, la piel blanca ylisa. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda al verlas.
Me incliné aún más. Mi nariz rozó laparte interna de su muslo. El olor era intenso ahí, una mezcla de su fraganciahabitual y algo más salado, más animal. Era el olor de su intimidad, del lugardonde el tiempo y la soledad habían dejado su marca. Me detuve ahí, respirandosu esencia, sintiendo el calor que irradiaba su cuerpo a pesar del frío de lahabitación. Sus piernas estaban frías al tacto, pero yo podía sentir el calorque había debajo, la vida que corría por sus venas.
—Aracely... —murmuré, más fuerte estavez.
Ella se movió. Un leve espasmo en supierna. Sus ojos se entreabrieron, confusos, nublados por el sueño. Me miró conesa mirada perdida de quien despierta bruscamente, sin entender dónde está. Suspupilas estaban dilatadas, negras, profundas.
—Beto? —preguntó, con la voz debil porel sueño. Era una voz suave, quebradiza, como si acabara de salir de un sueñolejano.
—Sí, mamá. Soy yo.
—Qué haces aquí? ¿Por qué está tan frío?
Me incliné hacia su entrepierna. Estabaa pocos centímetros de su ropa interior. Era de encaje blanco, transparente,húmeda por el sudor nocturno. Podía ver la forma de su clítoris a través deltejido fino. El algodón de sus bragas estaba ligeramente pegado a su piel.
—Para calentarte —dije, y antes de quepudiera responder, deslicé mi mano bajo la sábana y levanté la parte inferiordel camisón de Aracely.
La tela de algodón se movió con unsonido suave, swish. Le levanté la tela hasta la cintura. El aire fríogolpeó su abdomen, haciendo que su piel se erizara momentáneamente. Luego, bajémis manos hacia abajo, hasta encontrar el borde de su ropa interior.
—Beto, qué haces... —dijo ella, pero suvoz no sonaba como un reproche. Sonaba como una pregunta, una curiosidadmezclada con asombro. Sus ojos estaban más abiertos ahora, fijándose en micara, en mis manos, en la distancia entre nosotros.
Levanté el encaje de sus bragas con dosdedos. La tela se deslizó hacia abajo, revelando su pubis. Estaba limpio,afeitado, la piel rosada y sensible. El olor era más fuerte aquí, una mezcla dedulzura y salinidad. El aire frío de la habitación hacía que sus labios mayoresse contrajeran levemente, protegiendo su clítoris.
Me acerqué. Mi nariz rozó su pubis. Ellacontuvo la respiración. Sentí cómo sus muslos se tensaban bajo mis manos.
—Beto... —dijo ella, más fuerte estavez. No era un grito, era una exclamación de sorpresa.
—Shhh —le dije, colocando un dedo en suslabios. Eran cálidos, suaves. El contacto de mi dedo contra su boca fueeléctrico para ambos.
Luego, bajé la cabeza. Mi boca buscó suclítoris. Lo encontré rápidamente, un pequeño botón eréctil bajo mis labios. Lorosé suavemente, una caricia previa, un aviso. Su piel estaba húmeda,resbaladiza.
—Beto... —susurró ella, pero esta vez suvoz tenía un tono diferente. Era más suave, más húmeda. Sus caderas se movieronlevemente, buscándome.
Empecé a lamerla. Fue lento alprincipio, una caricia húmeda, rítmica. Mi lengua recorrió su clítoris, dearriba hacia abajo, sintiendo la textura de su piel. Era suave, como la seda,pero con una sensibilidad extrema. Cada roce de mi lengua hacía que su cuerpotemblara. Podía oler el sabor de su intimidad, una mezcla de dulce y salado,con un fondo metálico que era único de ella.
Lick, lick.El sonido de mi lengua contra su piel era húmedo, profundo. Era el sonido de lapenetración sin cuerpo, un sonido íntimo, privado.
Aracely arqueó la espalda. Sus manos seaferraron a las sábanas, arrugando la tela blanca. Sus dedos se clavaron en elalgodón.
—Oh... Beto... —gimió ella. Su voz eraun susurro ronco, lleno de sorpresa.
Seguí lamiendo. Más rápido ahora. Milengua se movía con precisión, buscando el punto exacto donde su placer seconcentraba. Sabía dónde estaba porque había oído sus gemidos en la oscuridad,porque había sentido la vibración de su cuerpo cuando me miraba con esa miradahambrienta. Ahora estaba aquí, en carne y hueso, alimentando esa hambre.
Slurp, slurp.El sonido era más fuerte ahora, más húmedo. Mi saliva cubría su clítoris,haciéndolo más resbaladizo, más sensible. Sentía cómo su cuerpo se tensaba bajomi boca. Sus muslos se abrieron ligeramente, invitándome a entrar más profundo.
—Beto... sí... —susurró ella, con la voztemblorosa.
Le di unas lamidas más rápidas, másprofundas. Mi lengua entraba en su carne con una determinación suave. Sentía elsabor de su placer, una dulzura acre, intensa. Sus caderas se movían contra miboca, buscando más fricción, más presión.
Schlick, schlick, schlick.El ritmo era constante, hipnótico. Mi lengua bailaba sobre su clítoris,alternando entre lamidos suaves y presiones más firmes. Oía su respiración, quese volvía más agitada, más corta.
—Ahh... Beto... —gimió ella, más fuerteahora. Su voz se elevó, rompiendo el silencio de la habitación.
Seguí adelante. Sabía que estaba cerca.Su cuerpo se estaba tensando, sus dedos en las sábanas estaban blancos por lapresión. Oía cómo su respiración se aceleraba, cómo sus gemidos se volvían másagudos.
—Ahh... sí... más rápido... —dijo ella,sin abrir del todo los ojos. Estaba sumida en la sensación, perdida en elplacer.
Le di una serie de lamidos rápidos,profundos, justo en el punto crítico. Mi lengua presionaba contra su clítoriscon una fuerza constante.
—¡Beto! —gritó ella, su voz rompiéndose.
Y entonces ocurrió. Su cuerpo se arqueóviolentamente. Sus caderas se movieron hacia arriba, buscando mi boca. Susgemidos se volvieron altos, agudos, llenos de una liberación intensa.
—¡ME VENGOOOO! —gritó ella, su vozresonando en la habitación fría.
—¡AAAAHHHHHHH! —gimió ella, su cuerpotemblando violentamente bajo mi boca.
Sentí cómo su clítoris pulsaba contra milengua, cada latido un terremoto de placer. Sus caderas se movían arriba yabajo, contra mi cara, contra mi lengua. Su respiración era errática, jadeante.
—Ahh... ahhh... sí... sí... —gimió ella,su voz quebrada, llena de placer.
Me detuve un momento, dejándoladisfrutar del clímax. Luego, volví a lamerla, más suavemente ahora, como unacaricia post-orgásmica. Su piel estaba húmeda, brillante por el sudor y misaliva. Olía más intenso ahora, más profundo.
Ella se dejó caer sobre la almohada,Exhausta, pero sonriente. Sus ojos estaban cerrados, sus labios entreabiertos,respirando profundamente.
—Beto... —susurró ella, con la voz aúntemblorosa.
—¿Estás bien? —pregunté, levantando lacabeza. Me limpié la boca con el dorso de mi mano.
Ella me miró. Sus ojos estabanbrillantes, húmedos. Sonrió. Una sonrisa lenta, plena de satisfacción.
—Sí... sí, estoy bien. —dijo ella, conuna voz suave, casi susurrante.
Me senté en la cama, a su lado. El fríode la habitación golpeaba mi espalda, pero mi cuerpo estaba caliente, cubiertode sudor. Me acerqué a ella. La abracé. Su cuerpo estaba cálido, húmedo. Olía aplacer, a liberación.
—Gracias, mamá —dije, besando su frente.
—No me des las gracias, hijo —respondióella, abrazándome con fuerza. Su cuerpo estaba rígido, aún temblando levemente.
Pasamos unos minutos ahí, abrazados,sintiendo cómo nuestros cuerpos se calmaban. El zumbido del aire acondicionadoseguía sonando, pero ahora el silencio entre nosotros era diferente. Ya no erael silencio de la ausencia, sino el silencio de la presencia. El silencio dedos personas que se han encontrado.
Me levanté de la cama. El colchón seencogió bajo mi peso. Me vestí con rapidez, poniéndome los pantalones de pijamay una camisa. El frío del aire me hizo estremecer, pero ya no me importaba.Sentía calor por dentro.
Bajamos a desayunar. La cocina olía acafé recién hecho, aunque yo no lo había hecho. Aracely había preparado eldesayuno antes de que me levantara del todo, o quizás mientras yo ladespertaba. La mesa estaba puesta con mantequilla, mermelada de fresas y caféhumeante.
Nos sentamos uno frente al otro. La luzdel amanecer entraba por la ventana de la cocina, iluminando la mesa de maderaoscura. El aroma del café era intenso, amargo, reconfortante.
—Estaba delicioso —dije, tomando unbocado de tostada.
—Me alegra —respondió Aracely,sonriendo. Sus ojos me miraban con una nueva luz, una mezcla de maternidad yalgo más, algo más profundo, más íntimo.
—¿Cómo dormiste? —pregunté, tomando unsorbo de café. El líquido caliente me recorrió el pecho, calentándome desdedentro.
—Mejor de lo habitual —respondió ella,jugando con la taza. Sus dedos blancos, finos, rodeaban la porcelana. —Hesentido... tu presencia. Como si supiera que estabas cerca.
—Yo también —admití, mirándola a losojos. —He sentido tu frío. Y tu calor.
Nos quedamos mirándonos. El silencioentre nosotros era cómodo, cargado de significado. No necesitábamos decir más.Habíamos compartido algo que no podía ser recuperado, algo que cambiaba ladinámica de nuestra relación para siempre.
—Abraham no está —mencioné Aracely, comosi recordando nuestra situación.
—Lo sé —respondí. —Tiene turno en laplataforma. Volverá en diez días.
—Diez días —repitió ella, con unsuspiro. —Son diez días largos.
—Podemos hacerlos más cortos —dije,sonriendo.
Ella sonrió de vuelta. Una sonrisacómplice, secreta.
La mañana pasó rápido. El sol se elevó,calentando la casa. La temperatura subió, el frío de la mañana dio paso a uncalor suave, agradable. Pasamos el día juntos, cocinando, limpiando, hablando.Pero cada vez que nos tocábamos, cada vez que nuestras manos se rozaban,sentíamos esa chispa, esa electricidad que habíamos encendido esa mañana.
Por la tarde, decidimos hacer la comida.Aracely preparó una ensalada, y yo hice el pollo a la plancha. La cocina olía aaceite de oliva, a pollo cocinándose, a limón. Era un aroma reconfortante,hogareño.
Terminamos de preparar la comida. Elpollo estaba dorado, jugoso. La ensalada estaba fresca, crujiente. Pusimos lamesa.
—Hoy te toca a ti —dije, señalando lamesa del comedor.
—¿Por qué? —preguntó, levantando unaceja.
—Porque me debes el almuerzo —respondí,ella sonriendo.
—Está bien. Siéntate.
Ella se sentó sobre la mesa y la hicerecostarse. Yo me acerqué a ella. Le levanté la falda de su vestido ligero.Estaba vestida con un vestido muy corto, de tela ligera, fresca. Bajo la tela,llevaba una ropa interior de encaje blanco, la misma de la mañana.
—Aracely —dije, con voz baja.
—Beto... —respondió ella, mirándome conojos oscuros, profundos.
Me arrodillé frente a ella. La mesa delcomedor era de madera oscura, dura. Podía sentir el frío de la madera a travésde mis rodillas. Le levanté más la falda. Sus piernas estaban expuestas alaire. El ambiente de la cocina estaba cálido, húmedo por la cocción.
—Aquí —dije, señalando la superficie dela mesa.
—¿Aquí? —preguntó ella, sorprendida.
—Sí. Aquí.
La levanté de la silla y la coloqué depie sobre la mesa. Estaba inestable al principio, pero luego se equilibró,apoyándose en mis hombros. Sus piernas se abrieron, invitándome. La mesa eraamplia, suficiente para sus piernas.
—Está frío —dijo ella, sintiendo lamadera.
—Está bien —dije, y me incliné haciaella.
Su ropa interior estaba húmeda de nuevo.La levanté con cuidado, revelando su clítoris. Estaba rosado, sensible, listo.Mi boca la buscó. La lamer.
El sonido fue diferente aquí. En lamesa, el sonido de mi lengua contra su piel era más seco, más directo. Schlick,schlick. La madera resonaba levemente bajo su peso.
—Beto... —gimió ella, sus manosagarrando mis hombros. Sus dedos se clavaron en mi carne.
Le di lamidas rápidas, profundas. Sucuerpo estaba tenso, rígido sobre la mesa. Sus caderas se movían contra miboca, buscando más fricción.
—Ahh... sí... —gimió ella, su vozresonando en la cocina vacía.
Seguí adelante. Sabía que estaba cerca.Su respiración se aceleraba, sus gemidos se hacían más agudos. Sus manos en mishombros se apretaban con fuerza.
—Me estoy acercando... —susurró ella,con la voz temblorosa.
Le di unas lamidas finales, rápidas,intensas. Mi lengua presionaba contra su clítoris con fuerza.
—¡Beto! —gritó ella, su voz rompiéndose.
—¡ME VENGOOOO! —exclamó ella, su cuerpoarqueándose sobre la mesa.
—¡AAAAHHHHHHH! —gimió ella, su cuerpotemblando violentamente, sus piernas temblorosas.
Sentí cómo su cuerpo pulsaba contra miboca, cada latido un terremoto de placer. Sus caderas se movían arriba y abajo,contra mi lengua. Su respiración era errática, jadeante.
—Ahh... ahhh... sí... sí... —gimió ella,su voz quebrada, llena de placer.
Me detuve. Me levanté de rodillas. Sucuerpo se relajó sobre la mesa, exhausto, pero sonriente.
—¿Estás bien? —pregunté, mirándola.
Ella me miró. Sus ojos estabanbrillantes, húmedos. Sonrió.
—Sí... sí. Otra vez.
Le bajé la falda. Me senté a la mesa conella. Comimos en silencio, pero el silencio era diferente. Era el silencio dela saciedad, de la satisfacción.
—Fue... intenso —dije Aracely, tomandoun bocado de pollo.
—Lo sé —respondí, comiendo también.
La comida terminó. Quedamos sentados enla mesa, mirándonos. El sol se ponía, pintando la cocina de tonos naranjas yrojos. La luz cálida del atardecer entraba por las ventanas, iluminando elpolvo que flotaba en el aire.
—Ahora es tu turno —dijo Aracely,señalando la sala.
—¿Mi turno? —pregunté, levantando unaceja.
—Sí. Quiero hacerte yo también.
—¿Aquí? —pregunté, señalando la sala.
—Sí. Aquí.
Me levanté de la mesa. Me dirigí al sofáde la sala. Era un sofá grande, de cuero marrón, suave. Me acosté en él.Aracely se acercó. Se arrodilló frente a mí.
—Quítate el pantalón —dijo ella, con vozsuave.
Me quité los pantalones de pijama.Estaba desnudo desde la cintura para abajo. Mi pene estaba blando, pero ella lotocó. Sus dedos eran suaves, cálidos. Me acariciaron el glande, sintiendo sutextura suave, húmeda.
—Está frío —dijo ella, tocándolo.
—Se calentará —respondí, con voz tiernay seductora.
Ella me tomó la mano y me guio hacia laboca. La metió en su boca. Sus labios eran suaves, cálidos. Me succionólentamente, probándome. Su lengua me rodeó, sintiendo mi forma.
—Mmm... —gimió ella, con voz profunda.
Seguí moviéndome dentro de su boca. Ellame succionaba con más fuerza, más profundamente. Sentía la humedad de su boca,la calidez de su lengua. Era una sensación increíble, diferente al sexo oralque yo le hacía. Aquí, yo era el receptor, el beneficiario.
—Beto... —susurró ella, sacándola de suboca un momento. —Estás duro.
—Sí —respondí, sintiendo cómo mi pene seendurecía más bajo su mirada.
Ella volvió a metérmelo en la boca. Estavez, con más fuerza. Me succionaba con más profundidad, más intensidad. Sugarganta vibraba contra mi glande, una sensación de vibración profunda,intensa.
—Ahh... sí... —gimió ella, sus ojoscerrados, concentrados en la sensación.
Seguí moviéndome dentro de su boca. Ellame seguía el ritmo, succionándome con más fuerza. Sentía la humedad de susaliva, la calidez de su boca. Era una sensación embriagadora, deliciosa.
—Me estoy acercando... —dije.
—Sí... sí... —respondió ella, acelerandoel ritmo.
Me metió más profundo en su garganta,succionando con fuerza. Sentí cómo su garganta se contraía alrededor de mí, unapresión profunda, intensa.
—¡Mamá! —grité, mi cuerpo tensándose enel sofá.
—¡Me estoy viniendo! —exclamé, mi semencayendo en su boca.
—¡MMMMMM! —gimió ella, tragando mi semencon avidez.
Sentí cómo mi cuerpo se relajaba, cómoel placer se disipaba lentamente. Ella me limpió con cuidado, con su lengua,con sus labios.
—Gracias, mamá —dije, con voz suave.
—De nada, hijo, estuvo delicioso—respondió ella, sonriendo.
Nos quedamos así, en la sala, mirando latelevisión encendida, pero sin prestarle atención. La luz de la pantallailuminaba nuestros rostros, creando sombras en nuestras caras.
—Ahora no nos limitaremos al sexo oral—dijo Aracely, con voz firme.
—No —respondí, asintiendo.
—Vamos a besarnos con pasión. En losrincones de la casa.
—La cocina —dije.
—El sofá —dijo ella.
—La escalera —añadí.
—Son momentos furtivos —dijo ella.
—Llenos de susurros y caricias profundas—completé.
Y así comenzó nuestra nueva vida.Nuestra hibernación de décadas había terminado. Mi madre había despertado. Y yohabía despertado con ella.
El resto de la noche fue una serie debesos, caricias, momentos furtivos. Nos besamos en la cocina, contra la nevera,contra la encimera. Nos besamos en la escalera, subiendo y bajando, sintiendoel frío de los escalones bajo nuestros pies. Nos besamos en el sofá, en lacama, en el suelo.
Cada beso era una promesa. Cada cariciaera una confirmación. Cada orgasmo era una celebración.
El cuerpo de Aracely había despertado. Yyo no planeaba dejarlo volver a dormir.
La noche avanzó. La luna se elevó en elcielo, iluminando la casa con su luz plateada. Las sombras se alargaban,creando un ambiente íntimo, privado.
Nos acostamos en la cama. No paradormir, sino para hacer el amor. De verdad. Con cuerpos, con carne, con pasión.
Aracely se quitó el camisón de noche. Lodejó caer al suelo. Estaba desnuda, hermosa, vulnerable. Su cuerpo estaba llenode curvas, de suavidad. Su piel brillaba bajo la luz de la luna.
Me quité la camisa. Me quité lospantalones. Estaba desnudo también, vulnerable.
Nos miramos. Nos sonreímos.
Luego, nos besamos. Con pasión. Conintensidad. Con hambre.
Nuestros labios se encontraron,chocaron, se fundieron. Sus labios eran suaves, cálidos. Mis labios eranfirmes, apasionados.
Nuestras lenguas se entrelazaron,bailaron, se probaron. Sabíamos el uno del otro, pero cada beso era nuevo,fresco.
Nuestras manos se acariciaron, sedesvistieron, se poseyeron. Sus manos eran suaves, cálidas. Mis manos eranfirmes, apasionadas.
Nuestros cuerpos se encontraron,chocaron, se fundieron. Su cuerpo era suave, cálido. Mi cuerpo era firme,apasionado.
Hicimos el amor. De verdad. Con cuerpos,con carne, con pasión.
Fue intenso. Fue profundo. Fue eterno.
Cuando terminamos, nos quedamosabrazados, sintiendo cómo nuestros cuerpos se calmaban. El aire de lahabitación era cálido, húmedo. Olía a sexo, a placer, a vida.
—Esto es solo el comienzo —dije Aracely,con voz suave.
—Lo sé —respondí.
Y así, en la noche de septiembre, en lacasa fría, en la habitación cálida, comenzamos nuestra nueva vida. Juntos. Comomadre y hijo. Como amantes. Como familia.
La hibernación había terminado. Y eldespertar era solo el principio.
La luz del amanecer se filtraba contimidez por las cortinas de encaje blanco del dormitorio principal. No era unsol agresivo de mediodía, sino esa luz pálida, casi líquida, que tiñe todo detonos azules y grises antes de que el mundo despierte del todo.
El aire en la casa estaba frío. Lo sabíaporque, al entrar al cuarto de mi madre, sentí cómo la temperatura bajaba en mipiel desnuda. El aire acondicionado estaba puesto en dieciocho grados, unhábito que Aracely había mantenido desde que Abraham se fue a la plataforma dePemex hace tres años. El zumbido constante del compresor era el único sonido enla casa, un monólogo mecánico que llenaba el vacío dejado por la ausencia de mipadre.
Me detuve en el umbral de la puerta. Lamadera de roble, pulida y brillante, reflejaba mi propia sombra alargada. Olíaa lavanda. El ambientador que ella usaba siempre, ese de botella rosa con laimagen de una lavanda dibujada, se mezclaba con el olor a ropa limpia y a esafragancia sutil, casi imperceptible, que era solo suya.
Un aroma a vainilla y piel madura que mehabía perseguido toda la vida y que, ahora que estábamos solos, sentía másintenso, más denso, como si el aire mismo hubiera absorbido su presenciadurante las noches de soledad.
Vi a Aracely. Estaba tumbada de lado,acurrucada bajo las sábanas de algodón egipcio de setecientos hilos. La telablanca se adhería a las curvas de su cuerpo con una intimidad que me hizodetener la respiración. Su cabello, negro como la noche y largo hasta lacintura, estaba desparramado sobre la almohada de seda, creando un contrasteoscuro que destacaba la palidez de su piel. Estaba profundamente dormida. Supecho subía y bajaba de una forma rítmica y suave, un ritmo de vida que parecíahaberse ralentizado con la ausencia de mi padre.
Me quité los zapatos, uno por uno,dejando que el parqué de madera absorbiera el peso de mis pies descalzos. Elfrío me mordió las plantas de los pies, un choque térmico que me hizo tensarlos dedos. Avancé hacia la cama. Cada paso era calculado, silencioso. La casaolía a humedad matutina, a esa sensación de humedad que entra por las grietasde las ventanas viejas cuando baja la temperatura. Podía oler el polvo antiguoen los muebles de la sala, el olor a aceite de oliva que había quedadoimpregnado en la cocina la noche anterior, y ahora, el olor fresco y limpio dela habitación de mi madre.
Me subí a la cama. El colchón se hundíabajo mi peso, cediendo lentamente. El frío del colchón se transmitió a travésde mis pantalones de pijama de seda azul marino. Me arrodillé sobre las mantas,cerca de la cabecera. Mi corazón latía con fuerza, un tamborileo sordo contramis costillas. No era la primera vez que la despertaba así, pero era la primeravez que lo hacía con esta intención clara, con esta hambre acumulada durantesemanas de silencios y miradas furtivas en la mesa del comedor.
Me incliné hacia ella. Mi rostro estabaa centímetros del de Aracely. Podía ver los detalles de su piel a la luz tenue:las pequeñas líneas de expresión alrededor de sus ojos, la suavidad de suslabios entreabiertos, el leve brillo de humedad en su piel. Respiré hondo. Elaroma de su pelo era más fuerte ahora, un aroma a Shampo de jazmín y a algo másprimitivo, a feromonas dulces.
Le pasé la mano por el brazo. La seda desu camisón de noche se deslizaba bajo mis yemas. Estaba fría. La piel de mimadre era siempre fresca, un contraste con el calor que yo sentía en mis venas.Le acaricié el brazo lentamente, de hombro a codo, sintiendo la suavidad de supiel bajo la tela fina. Ella no se movió. Su respiración seguía siendo rítmica,profunda.
Le acaricié la mejilla con el pulgar. Supiel era suave, como terciopelo. Tenía una textura increíble, esa suavidad quesolo tienen las personas que han cuidado su piel durante décadas, pero queahora, en la mañana, tenía un toque aterciopelado, casi húmedo por el sueño.Mis dedos temblaban ligeramente. No era de frío, aunque el aire seguía siendogélido. Era de anticipación.
—Mamá... —susurré, aunque ella seguíadormida. Mi voz era un hilo de aire, apenas audible.
Ella no respondió. Solo frunció el ceñolevemente, como en un sueño.
Me bajé más. Me arrodillé entre laspiernas de la cama, donde sus pies asomaban por el borde de las sábanas.Primero, quité la manta de lana que cubría sus piernas. El tejido pesado cayóal suelo con un sonido sordo, floowmp. El aire frío de la habitacióngolpeó sus piernas desnudas. Ellas eran largas, torneadas, la piel blanca ylisa. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda al verlas.
Me incliné aún más. Mi nariz rozó laparte interna de su muslo. El olor era intenso ahí, una mezcla de su fraganciahabitual y algo más salado, más animal. Era el olor de su intimidad, del lugardonde el tiempo y la soledad habían dejado su marca. Me detuve ahí, respirandosu esencia, sintiendo el calor que irradiaba su cuerpo a pesar del frío de lahabitación. Sus piernas estaban frías al tacto, pero yo podía sentir el calorque había debajo, la vida que corría por sus venas.
—Aracely... —murmuré, más fuerte estavez.
Ella se movió. Un leve espasmo en supierna. Sus ojos se entreabrieron, confusos, nublados por el sueño. Me miró conesa mirada perdida de quien despierta bruscamente, sin entender dónde está. Suspupilas estaban dilatadas, negras, profundas.
—Beto? —preguntó, con la voz debil porel sueño. Era una voz suave, quebradiza, como si acabara de salir de un sueñolejano.
—Sí, mamá. Soy yo.
—Qué haces aquí? ¿Por qué está tan frío?
Me incliné hacia su entrepierna. Estabaa pocos centímetros de su ropa interior. Era de encaje blanco, transparente,húmeda por el sudor nocturno. Podía ver la forma de su clítoris a través deltejido fino. El algodón de sus bragas estaba ligeramente pegado a su piel.
—Para calentarte —dije, y antes de quepudiera responder, deslicé mi mano bajo la sábana y levanté la parte inferiordel camisón de Aracely.
La tela de algodón se movió con unsonido suave, swish. Le levanté la tela hasta la cintura. El aire fríogolpeó su abdomen, haciendo que su piel se erizara momentáneamente. Luego, bajémis manos hacia abajo, hasta encontrar el borde de su ropa interior.
—Beto, qué haces... —dijo ella, pero suvoz no sonaba como un reproche. Sonaba como una pregunta, una curiosidadmezclada con asombro. Sus ojos estaban más abiertos ahora, fijándose en micara, en mis manos, en la distancia entre nosotros.
Levanté el encaje de sus bragas con dosdedos. La tela se deslizó hacia abajo, revelando su pubis. Estaba limpio,afeitado, la piel rosada y sensible. El olor era más fuerte aquí, una mezcla dedulzura y salinidad. El aire frío de la habitación hacía que sus labios mayoresse contrajeran levemente, protegiendo su clítoris.
Me acerqué. Mi nariz rozó su pubis. Ellacontuvo la respiración. Sentí cómo sus muslos se tensaban bajo mis manos.
—Beto... —dijo ella, más fuerte estavez. No era un grito, era una exclamación de sorpresa.
—Shhh —le dije, colocando un dedo en suslabios. Eran cálidos, suaves. El contacto de mi dedo contra su boca fueeléctrico para ambos.
Luego, bajé la cabeza. Mi boca buscó suclítoris. Lo encontré rápidamente, un pequeño botón eréctil bajo mis labios. Lorosé suavemente, una caricia previa, un aviso. Su piel estaba húmeda,resbaladiza.
—Beto... —susurró ella, pero esta vez suvoz tenía un tono diferente. Era más suave, más húmeda. Sus caderas se movieronlevemente, buscándome.
Empecé a lamerla. Fue lento alprincipio, una caricia húmeda, rítmica. Mi lengua recorrió su clítoris, dearriba hacia abajo, sintiendo la textura de su piel. Era suave, como la seda,pero con una sensibilidad extrema. Cada roce de mi lengua hacía que su cuerpotemblara. Podía oler el sabor de su intimidad, una mezcla de dulce y salado,con un fondo metálico que era único de ella.
Lick, lick.El sonido de mi lengua contra su piel era húmedo, profundo. Era el sonido de lapenetración sin cuerpo, un sonido íntimo, privado.
Aracely arqueó la espalda. Sus manos seaferraron a las sábanas, arrugando la tela blanca. Sus dedos se clavaron en elalgodón.
—Oh... Beto... —gimió ella. Su voz eraun susurro ronco, lleno de sorpresa.
Seguí lamiendo. Más rápido ahora. Milengua se movía con precisión, buscando el punto exacto donde su placer seconcentraba. Sabía dónde estaba porque había oído sus gemidos en la oscuridad,porque había sentido la vibración de su cuerpo cuando me miraba con esa miradahambrienta. Ahora estaba aquí, en carne y hueso, alimentando esa hambre.
Slurp, slurp.El sonido era más fuerte ahora, más húmedo. Mi saliva cubría su clítoris,haciéndolo más resbaladizo, más sensible. Sentía cómo su cuerpo se tensaba bajomi boca. Sus muslos se abrieron ligeramente, invitándome a entrar más profundo.
—Beto... sí... —susurró ella, con la voztemblorosa.
Le di unas lamidas más rápidas, másprofundas. Mi lengua entraba en su carne con una determinación suave. Sentía elsabor de su placer, una dulzura acre, intensa. Sus caderas se movían contra miboca, buscando más fricción, más presión.
Schlick, schlick, schlick.El ritmo era constante, hipnótico. Mi lengua bailaba sobre su clítoris,alternando entre lamidos suaves y presiones más firmes. Oía su respiración, quese volvía más agitada, más corta.
—Ahh... Beto... —gimió ella, más fuerteahora. Su voz se elevó, rompiendo el silencio de la habitación.
Seguí adelante. Sabía que estaba cerca.Su cuerpo se estaba tensando, sus dedos en las sábanas estaban blancos por lapresión. Oía cómo su respiración se aceleraba, cómo sus gemidos se volvían másagudos.
—Ahh... sí... más rápido... —dijo ella,sin abrir del todo los ojos. Estaba sumida en la sensación, perdida en elplacer.
Le di una serie de lamidos rápidos,profundos, justo en el punto crítico. Mi lengua presionaba contra su clítoriscon una fuerza constante.
—¡Beto! —gritó ella, su voz rompiéndose.
Y entonces ocurrió. Su cuerpo se arqueóviolentamente. Sus caderas se movieron hacia arriba, buscando mi boca. Susgemidos se volvieron altos, agudos, llenos de una liberación intensa.
—¡ME VENGOOOO! —gritó ella, su vozresonando en la habitación fría.
—¡AAAAHHHHHHH! —gimió ella, su cuerpotemblando violentamente bajo mi boca.
Sentí cómo su clítoris pulsaba contra milengua, cada latido un terremoto de placer. Sus caderas se movían arriba yabajo, contra mi cara, contra mi lengua. Su respiración era errática, jadeante.
—Ahh... ahhh... sí... sí... —gimió ella,su voz quebrada, llena de placer.
Me detuve un momento, dejándoladisfrutar del clímax. Luego, volví a lamerla, más suavemente ahora, como unacaricia post-orgásmica. Su piel estaba húmeda, brillante por el sudor y misaliva. Olía más intenso ahora, más profundo.
Ella se dejó caer sobre la almohada,Exhausta, pero sonriente. Sus ojos estaban cerrados, sus labios entreabiertos,respirando profundamente.
—Beto... —susurró ella, con la voz aúntemblorosa.
—¿Estás bien? —pregunté, levantando lacabeza. Me limpié la boca con el dorso de mi mano.
Ella me miró. Sus ojos estabanbrillantes, húmedos. Sonrió. Una sonrisa lenta, plena de satisfacción.
—Sí... sí, estoy bien. —dijo ella, conuna voz suave, casi susurrante.
Me senté en la cama, a su lado. El fríode la habitación golpeaba mi espalda, pero mi cuerpo estaba caliente, cubiertode sudor. Me acerqué a ella. La abracé. Su cuerpo estaba cálido, húmedo. Olía aplacer, a liberación.
—Gracias, mamá —dije, besando su frente.
—No me des las gracias, hijo —respondióella, abrazándome con fuerza. Su cuerpo estaba rígido, aún temblando levemente.
Pasamos unos minutos ahí, abrazados,sintiendo cómo nuestros cuerpos se calmaban. El zumbido del aire acondicionadoseguía sonando, pero ahora el silencio entre nosotros era diferente. Ya no erael silencio de la ausencia, sino el silencio de la presencia. El silencio dedos personas que se han encontrado.
Me levanté de la cama. El colchón seencogió bajo mi peso. Me vestí con rapidez, poniéndome los pantalones de pijamay una camisa. El frío del aire me hizo estremecer, pero ya no me importaba.Sentía calor por dentro.
Bajamos a desayunar. La cocina olía acafé recién hecho, aunque yo no lo había hecho. Aracely había preparado eldesayuno antes de que me levantara del todo, o quizás mientras yo ladespertaba. La mesa estaba puesta con mantequilla, mermelada de fresas y caféhumeante.
Nos sentamos uno frente al otro. La luzdel amanecer entraba por la ventana de la cocina, iluminando la mesa de maderaoscura. El aroma del café era intenso, amargo, reconfortante.
—Estaba delicioso —dije, tomando unbocado de tostada.
—Me alegra —respondió Aracely,sonriendo. Sus ojos me miraban con una nueva luz, una mezcla de maternidad yalgo más, algo más profundo, más íntimo.
—¿Cómo dormiste? —pregunté, tomando unsorbo de café. El líquido caliente me recorrió el pecho, calentándome desdedentro.
—Mejor de lo habitual —respondió ella,jugando con la taza. Sus dedos blancos, finos, rodeaban la porcelana. —Hesentido... tu presencia. Como si supiera que estabas cerca.
—Yo también —admití, mirándola a losojos. —He sentido tu frío. Y tu calor.
Nos quedamos mirándonos. El silencioentre nosotros era cómodo, cargado de significado. No necesitábamos decir más.Habíamos compartido algo que no podía ser recuperado, algo que cambiaba ladinámica de nuestra relación para siempre.
—Abraham no está —mencioné Aracely, comosi recordando nuestra situación.
—Lo sé —respondí. —Tiene turno en laplataforma. Volverá en diez días.
—Diez días —repitió ella, con unsuspiro. —Son diez días largos.
—Podemos hacerlos más cortos —dije,sonriendo.
Ella sonrió de vuelta. Una sonrisacómplice, secreta.
La mañana pasó rápido. El sol se elevó,calentando la casa. La temperatura subió, el frío de la mañana dio paso a uncalor suave, agradable. Pasamos el día juntos, cocinando, limpiando, hablando.Pero cada vez que nos tocábamos, cada vez que nuestras manos se rozaban,sentíamos esa chispa, esa electricidad que habíamos encendido esa mañana.
Por la tarde, decidimos hacer la comida.Aracely preparó una ensalada, y yo hice el pollo a la plancha. La cocina olía aaceite de oliva, a pollo cocinándose, a limón. Era un aroma reconfortante,hogareño.
Terminamos de preparar la comida. Elpollo estaba dorado, jugoso. La ensalada estaba fresca, crujiente. Pusimos lamesa.
—Hoy te toca a ti —dije, señalando lamesa del comedor.
—¿Por qué? —preguntó, levantando unaceja.
—Porque me debes el almuerzo —respondí,ella sonriendo.
—Está bien. Siéntate.
Ella se sentó sobre la mesa y la hicerecostarse. Yo me acerqué a ella. Le levanté la falda de su vestido ligero.Estaba vestida con un vestido muy corto, de tela ligera, fresca. Bajo la tela,llevaba una ropa interior de encaje blanco, la misma de la mañana.
—Aracely —dije, con voz baja.
—Beto... —respondió ella, mirándome conojos oscuros, profundos.
Me arrodillé frente a ella. La mesa delcomedor era de madera oscura, dura. Podía sentir el frío de la madera a travésde mis rodillas. Le levanté más la falda. Sus piernas estaban expuestas alaire. El ambiente de la cocina estaba cálido, húmedo por la cocción.
—Aquí —dije, señalando la superficie dela mesa.
—¿Aquí? —preguntó ella, sorprendida.
—Sí. Aquí.
La levanté de la silla y la coloqué depie sobre la mesa. Estaba inestable al principio, pero luego se equilibró,apoyándose en mis hombros. Sus piernas se abrieron, invitándome. La mesa eraamplia, suficiente para sus piernas.
—Está frío —dijo ella, sintiendo lamadera.
—Está bien —dije, y me incliné haciaella.
Su ropa interior estaba húmeda de nuevo.La levanté con cuidado, revelando su clítoris. Estaba rosado, sensible, listo.Mi boca la buscó. La lamer.
El sonido fue diferente aquí. En lamesa, el sonido de mi lengua contra su piel era más seco, más directo. Schlick,schlick. La madera resonaba levemente bajo su peso.
—Beto... —gimió ella, sus manosagarrando mis hombros. Sus dedos se clavaron en mi carne.
Le di lamidas rápidas, profundas. Sucuerpo estaba tenso, rígido sobre la mesa. Sus caderas se movían contra miboca, buscando más fricción.
—Ahh... sí... —gimió ella, su vozresonando en la cocina vacía.
Seguí adelante. Sabía que estaba cerca.Su respiración se aceleraba, sus gemidos se hacían más agudos. Sus manos en mishombros se apretaban con fuerza.
—Me estoy acercando... —susurró ella,con la voz temblorosa.
Le di unas lamidas finales, rápidas,intensas. Mi lengua presionaba contra su clítoris con fuerza.
—¡Beto! —gritó ella, su voz rompiéndose.
—¡ME VENGOOOO! —exclamó ella, su cuerpoarqueándose sobre la mesa.
—¡AAAAHHHHHHH! —gimió ella, su cuerpotemblando violentamente, sus piernas temblorosas.
Sentí cómo su cuerpo pulsaba contra miboca, cada latido un terremoto de placer. Sus caderas se movían arriba y abajo,contra mi lengua. Su respiración era errática, jadeante.
—Ahh... ahhh... sí... sí... —gimió ella,su voz quebrada, llena de placer.
Me detuve. Me levanté de rodillas. Sucuerpo se relajó sobre la mesa, exhausto, pero sonriente.
—¿Estás bien? —pregunté, mirándola.
Ella me miró. Sus ojos estabanbrillantes, húmedos. Sonrió.
—Sí... sí. Otra vez.
Le bajé la falda. Me senté a la mesa conella. Comimos en silencio, pero el silencio era diferente. Era el silencio dela saciedad, de la satisfacción.
—Fue... intenso —dije Aracely, tomandoun bocado de pollo.
—Lo sé —respondí, comiendo también.
La comida terminó. Quedamos sentados enla mesa, mirándonos. El sol se ponía, pintando la cocina de tonos naranjas yrojos. La luz cálida del atardecer entraba por las ventanas, iluminando elpolvo que flotaba en el aire.
—Ahora es tu turno —dijo Aracely,señalando la sala.
—¿Mi turno? —pregunté, levantando unaceja.
—Sí. Quiero hacerte yo también.
—¿Aquí? —pregunté, señalando la sala.
—Sí. Aquí.
Me levanté de la mesa. Me dirigí al sofáde la sala. Era un sofá grande, de cuero marrón, suave. Me acosté en él.Aracely se acercó. Se arrodilló frente a mí.
—Quítate el pantalón —dijo ella, con vozsuave.
Me quité los pantalones de pijama.Estaba desnudo desde la cintura para abajo. Mi pene estaba blando, pero ella lotocó. Sus dedos eran suaves, cálidos. Me acariciaron el glande, sintiendo sutextura suave, húmeda.
—Está frío —dijo ella, tocándolo.
—Se calentará —respondí, con voz tiernay seductora.
Ella me tomó la mano y me guio hacia laboca. La metió en su boca. Sus labios eran suaves, cálidos. Me succionólentamente, probándome. Su lengua me rodeó, sintiendo mi forma.
—Mmm... —gimió ella, con voz profunda.
Seguí moviéndome dentro de su boca. Ellame succionaba con más fuerza, más profundamente. Sentía la humedad de su boca,la calidez de su lengua. Era una sensación increíble, diferente al sexo oralque yo le hacía. Aquí, yo era el receptor, el beneficiario.
—Beto... —susurró ella, sacándola de suboca un momento. —Estás duro.
—Sí —respondí, sintiendo cómo mi pene seendurecía más bajo su mirada.
Ella volvió a metérmelo en la boca. Estavez, con más fuerza. Me succionaba con más profundidad, más intensidad. Sugarganta vibraba contra mi glande, una sensación de vibración profunda,intensa.
—Ahh... sí... —gimió ella, sus ojoscerrados, concentrados en la sensación.
Seguí moviéndome dentro de su boca. Ellame seguía el ritmo, succionándome con más fuerza. Sentía la humedad de susaliva, la calidez de su boca. Era una sensación embriagadora, deliciosa.
—Me estoy acercando... —dije.
—Sí... sí... —respondió ella, acelerandoel ritmo.
Me metió más profundo en su garganta,succionando con fuerza. Sentí cómo su garganta se contraía alrededor de mí, unapresión profunda, intensa.
—¡Mamá! —grité, mi cuerpo tensándose enel sofá.
—¡Me estoy viniendo! —exclamé, mi semencayendo en su boca.
—¡MMMMMM! —gimió ella, tragando mi semencon avidez.
Sentí cómo mi cuerpo se relajaba, cómoel placer se disipaba lentamente. Ella me limpió con cuidado, con su lengua,con sus labios.
—Gracias, mamá —dije, con voz suave.
—De nada, hijo, estuvo delicioso—respondió ella, sonriendo.
Nos quedamos así, en la sala, mirando latelevisión encendida, pero sin prestarle atención. La luz de la pantallailuminaba nuestros rostros, creando sombras en nuestras caras.
—Ahora no nos limitaremos al sexo oral—dijo Aracely, con voz firme.
—No —respondí, asintiendo.
—Vamos a besarnos con pasión. En losrincones de la casa.
—La cocina —dije.
—El sofá —dijo ella.
—La escalera —añadí.
—Son momentos furtivos —dijo ella.
—Llenos de susurros y caricias profundas—completé.
Y así comenzó nuestra nueva vida.Nuestra hibernación de décadas había terminado. Mi madre había despertado. Y yohabía despertado con ella.
El resto de la noche fue una serie debesos, caricias, momentos furtivos. Nos besamos en la cocina, contra la nevera,contra la encimera. Nos besamos en la escalera, subiendo y bajando, sintiendoel frío de los escalones bajo nuestros pies. Nos besamos en el sofá, en lacama, en el suelo.
Cada beso era una promesa. Cada cariciaera una confirmación. Cada orgasmo era una celebración.
El cuerpo de Aracely había despertado. Yyo no planeaba dejarlo volver a dormir.
La noche avanzó. La luna se elevó en elcielo, iluminando la casa con su luz plateada. Las sombras se alargaban,creando un ambiente íntimo, privado.
Nos acostamos en la cama. No paradormir, sino para hacer el amor. De verdad. Con cuerpos, con carne, con pasión.
Aracely se quitó el camisón de noche. Lodejó caer al suelo. Estaba desnuda, hermosa, vulnerable. Su cuerpo estaba llenode curvas, de suavidad. Su piel brillaba bajo la luz de la luna.
Me quité la camisa. Me quité lospantalones. Estaba desnudo también, vulnerable.
Nos miramos. Nos sonreímos.
Luego, nos besamos. Con pasión. Conintensidad. Con hambre.
Nuestros labios se encontraron,chocaron, se fundieron. Sus labios eran suaves, cálidos. Mis labios eranfirmes, apasionados.
Nuestras lenguas se entrelazaron,bailaron, se probaron. Sabíamos el uno del otro, pero cada beso era nuevo,fresco.
Nuestras manos se acariciaron, sedesvistieron, se poseyeron. Sus manos eran suaves, cálidas. Mis manos eranfirmes, apasionadas.
Nuestros cuerpos se encontraron,chocaron, se fundieron. Su cuerpo era suave, cálido. Mi cuerpo era firme,apasionado.
Hicimos el amor. De verdad. Con cuerpos,con carne, con pasión.
Fue intenso. Fue profundo. Fue eterno.
Cuando terminamos, nos quedamosabrazados, sintiendo cómo nuestros cuerpos se calmaban. El aire de lahabitación era cálido, húmedo. Olía a sexo, a placer, a vida.
—Esto es solo el comienzo —dije Aracely,con voz suave.
—Lo sé —respondí.
Y así, en la noche de septiembre, en lacasa fría, en la habitación cálida, comenzamos nuestra nueva vida. Juntos. Comomadre y hijo. Como amantes. Como familia.
La hibernación había terminado. Y eldespertar era solo el principio.
0 comentarios - Amor Prohibido Pt. 10