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La Pijamada

Tener amigas travestis permite descubrir un universo de complicidad donde la feminidad se mezcla con el deseo más crudo y sin tabúes.
Carol, Clara y Sofía transformaron la habitación en un santuario de seda y encaje. El aire olía a perfume floral y excitación contenida. Carol se ajustaba un babydoll rojo que apenas cubría sus muslos, mientras Clara lucía uno verde esmeralda que resaltaba su piel.
—Este color me hace sentir una diosa —susurró Clara, deslizándose hacia Sofía.—Tú eres una diosa, pero miremos lo que traje para nosotras —respondió Sofía, sacando tres dildos anales de silicona brillante.
El ambiente se volvió eléctrico. Se deshicieron de la ropa con urgencia, dejando que las telas coloridas cayeran al suelo. Carol guio a Clara hacia la cama, ayudándola a introducir el juguete con un gemido profundo.


—Siente cómo llena todo —jadeó Clara, arqueando la espalda mientras el dildo se hundía en su esfínter.
—Ahora yo —pidió Carol, mientras Sofía la ayudaba a lubricar su propio ano, empujando el plástico frío hasta que el placer se volvió abrasador.
El juego escaló rápidamente. Sofía sacó un dildo doble, una pieza de ingeniería diseñada para el caos. Carol y Clara se posicionaron espalda con espalda, conectadas por el juguete, sus traseros chocando en un ritmo frenético. Mientras el dildo doble trabajaba sus interiores, Sofía se arrodilló frente a ellas.
—Quiero saberos a las dos —gruñó Sofía.Ella envolvió sus labios alrededor de los dos penes erectos, succionando con una técnica voraz. El sonido de la saliva mezclándose con el vacío de la succión llenaba el cuarto. El roce del plástico en sus anos y la lengua de Sofía en sus cabezas los llevó al límite.—¡Voy a correr! —gritó Carol.—¡Yo también! —exclamó Clara.
Las tres eyacularon casi al unísono. El semen blanco y espeso salpicó sus abdómenes y pechos. Con risas jadeantes, comenzaron a untar el líquido caliente sobre la piel de las demás, creando una capa pegajosa de lujuria compartida.—Estamos hechas un desastre —dijo Sofía, lamiendo una gota de semen del hombro de Carol.
Se trasladaron al baño, donde el agua caliente golpeaba sus cuerpos jabonosos. Se frotaban mutuamente, el jabón resbalando por sus curvas mientras las manos exploraban cada pliegue. El vapor empañaba el espejo, reflejando tres siluetas entregadas al deseo.—No puedo parar —susurró Elena, empujando a Sofía contra la pared de azulejos mojados.
Regresaron a la cama, ya sin ropa y con la piel encendida. Se entrelazaron en un nudo de extremidades, donde los besos húmedos y las caricias agresivas reiniciaron la danza. El sexo volvió a estallar, más salvaje que la primera vez, mientras el eco de sus gemidos marcaba el ritmo de una noche inolvidable.




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