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En cuarentena con mamá 2

Si la pandemia ya había profundizado el deseoenfermizo que venía arrastrando por mamá, el video que me mostró Luana la nocheanterior lo intensificó hasta lo insoportable. Al día siguiente, cada vez quela veía, no podía evitar recordarla desnuda, lamiendo aquella verga gruesa,atragantándose mientras un hilo de saliva colgaba de su boca, con papá,convertido en un actor secundario al que ni siquiera se le veía la cara,dándosela con fuerza por detrás. Y ella, entregada, emitiendo esos sonidoshúmedos, profundos, cargados de placer.
Ese mismo día llegaron las compras del supermercado.El protocolo era simple y frío: hacíamos el pedido por Internet, lo pagábamoscon tarjeta, y cuando sonaba el timbre, el repartidor dejaba la caja en lapuerta. No lo veíamos más de unos segundos. Venía vestido con un trajeespecial, completamente cubierto, como si fuera un astronauta, y desaparecíaenseguida. Esa imagen nos recordaba lo solos que estábamos, lo aislados en esacuarentena que parecía infinita.
Nosotros recibíamos la caja, la rociábamos conalcohol, esperábamos unos segundos y después empezábamos a sacar las cosas. Esedía yo ayudé a mamá a acomodar todo en la cocina.
Ella estaba vestida de un modo que me pareció letal.Una pollera celeste sencilla, una blusa crema de mangas largas, nada demasiadoostentoso. Pero en ella, hasta lo simple adquiría un magnetismo eróticoimposible de ignorar. Se veía como esas amas de casa de los comercialesnorteamericanos: perfectas, sobrias, hermosas. Con una sensualidad queintentaba ocultar, pero que terminaba resaltando aún más. El pelo onduladoestaba suelto.

En cuarentena con mamá 2


De repente, comprendí por qué en el video habíaestado con el pelo recogido, cosa que hacía muy pocas veces: para poder chuparesa pija sin que el cabello le molestase. Era un detalle mínimo, casiinsignificante, pero que me hizo mirarla con una extraña admiración.
—¿Qué te pasa? —me preguntó de repente, al notar quela miraba fijo.
En el living, tía Mariana y Luana cuchicheaban y sereían juntas. Siempre estaban pegadas. A veces parecía que Mariana tenía másafinidad con su sobrina que con su propia hermana, lo cual tampoco era raro: ladiferencia de edad entre ellas era casi la misma que la que separaba a tía Marianade Mamá.
—Nada… —le respondí, intentando disimular.
—¿Por qué me mirás así, entonces? —insistió,arqueando una ceja.
Me puse nervioso, tragué saliva.
—Nada… es que me gusta verte —dije, sin animarme adecirle que en realidad le había estado devorando el culo con los ojos, que mehabía quedado prendido en sus tetas y en cada curva de su cuerpo.
—Estás raro, ¿no? —comentó, aunque enseguida secorrigió—. Igual todos estamos raros.
—Es que no pensé que la cuarentena iba a ser tanfuerte —confesé.
—Sí, pero hay que aguantar. No queda otra —dijo,mientras se estiraba para abrir la alacena y guardar unas latas.
El movimiento me dejó sin aire. La pollera se tensó,marcándole el trasero de una manera obscena, y la blusa se le pegó al torso,dibujando la redondez de sus senos. El cabello rubio le caía suelto sobre elrostro, y yo, de pie a unos pasos, no podía dejar de recordarla otra vez en elvideo: arrodillada, babeada, con dos pijas entrando y saliendo de su cuerpo.Sentí cómo mi verga empezaba a hincharse sin remedio.
Terminé de ayudarla a ordenar las cosas y, paraescaparme de esa situación, le dije que me iba a mi cuarto.
—Okey, pero no te encierres todo el día a jugar alos videojuegos —me reprochó con un tono suave.
—Bueno…
—Tenemos un patio hermoso. Aprovechalo. Ahora es másvalioso que nunca. Imaginate la gente que no tiene ni patio, o lo tienechiquito —insistió.
—Tenés razón —admití.
Me estaba por dar vuelta cuando, de golpe, me lanzó:
—¿Y hoy no me das un beso?
—¿Eh? —balbuceé, sin entender al principio—. Bueno…no es que me estuviera despidiendo de vos. Pero… si querés.
Me acerqué, nervioso. Esta vez fue ella quien meabrazó primero, de frente. Sentí sus tetas aplastándose contra mi torso,calientes, firmes. Su perfume me envolvió. Luego me besó en la frente, con unaternura maternal que contrastaba con todo lo que yo estaba sintiendo.
Por suerte mi verga aún no se había endurecido,aunque igual temía que notara que estaba hinchada.
—Andá. Sos un buen chico —susurró.
Me di media vuelta como pude, con la vergaendureciéndose dentro del pantalón, y salí.
En el living estaban Mariana y Luana, tiradas en elsofá grande. Luana encima de mi tía, jugando a la luchita como dos nenascaprichosas. Pero yo no las podía ver con inocencia. El short de algodón de mihermana se le metía entre las nalgas, dibujando ese culo pomposo, juvenil,irresistible. Nuestra tía, boca arriba, se reía con la boca abierta; sus tetasse sacudían suavemente, sin corpiño, bajo la remera.
Envidié que pudieran tocarse así, con naturalidad,como si no pasara nada. Ese contacto físico continuo, esa libertad de pielcontra piel, mientras yo apenas podía controlar los deseos oscuros que merecorrían. Sentí cómo la verga se me terminaba de endurecer, y subí rápido a micuarto, escapando de mis propios pensamientos.
Ese segundo día pareció marchar todo bien. Sinembargo, no podía quitarme de la cabeza lo que me había dicho Luana: que mamáno podía pasar más de un día sin coger. Y yo tenía miedo de las consecuenciasque eso podía traer para la convivencia. ¿Qué pasaría si, de verdad, ella nolograba saciar ese apetito en medio del encierro?
Durante todo el día no se notó nada extraño, salvopequeñas tensiones. Pero el día nunca termina hasta que termina.
A la noche me despertó la sed. Bajé a la cocinamedio dormido, arrastrando los pies. La casa era bastante grande, silenciosa aesas horas. Arriba estaban los tres cuartos: el mío, el de Mariana —que usabala habitación de invitados— y el de Luana. Abajo, en el dormitorio principal,dormía mamá.
Encendí apenas una luz tenue en la cocina y me servíun vaso de agua. Hacía calor, así que estaba solo en calzoncillos. El airenocturno estaba impregnado de ese silencio que en pandemia se volvía más pesadoque nunca: sin autos, sin gente, sin vida más allá de esas paredes.
Apoyado contra la mesada, bebí despacio. Y, comosiempre últimamente, los pensamientos me empezaron a taladrar la cabeza.Recordé el video: mamá en tanga, después desnuda, babeándose con dos pijas almismo tiempo. Recordé la sonrisa de Luana cuando me lo mostró, como si hubieraestado esperando ese momento para exponer mi reacción. Y después las dos, Luanay Mariana, en el sofá, revolcándose y riéndose, tocándose como si fueran nenas,pero haciéndome hervir la sangre.
La pija se me puso dura al instante. No había manerade frenarlo. Y ahora, apenas cubierto por la ropa interior, la erección erademasiado evidente, un bulto obsceno que me marcaba sin pudor.
Apagué la luz de la cocina y comencé a subir denuevo, con la intención de volver a mi cuarto. Pero entonces escuché algo.
Ruidos.
No podían venir de otro lado que no fuera del cuartode mamá.
Me quedé quieto, paralizado en la escalera, con elcorazón golpeándome el pecho. Avancé con cuidado, despacio, hasta quedar frentea la puerta cerrada del dormitorio principal.
Los sonidos eran extraños. Al principio creí quelloraba. Era un sollozo, un jadeo, algo entrecortado. Pero pronto me di cuentade que no era un llanto común. Sonaba diferente. Como un dolor físico…
De repente, un grito desgarró el silencio.
Y sin pensar, con el estómago encogido y la sangreardiendo en mis venas, empujé la puerta y entré.
Cuando encendí la luz, me di cuenta, demasiadotarde, de lo estúpido que había sido por no prever lo que iba a encontrar.
Ella estaba ahí, tendida sobre la cama matrimonial,las sábanas de seda corridas hacia un costado como si estorbaran. Su cuerpobrillaba bajo la lámpara, desnudo, húmedo. El sonido que había escuchado seguíaescapando de su garganta, entrecortado, vibrante. No era un llanto. Tampoco eradolor. O sí, quizás una mezcla de ambas cosas. Era un quejido áspero, cargadode placer y desesperación.
Mamá acababa de correrse. Lo vi en su cuerpo entero,todavía tembloroso, estremeciéndose como si cada músculo le respondiera tarde ala sacudida que acababa de atravesarla.
Su mano derecha estaba metida entre sus muslos, aúnaferrada a su sexo. Y yo lo vi todo.
Lo vi palpitante, hinchado, abierto, húmedo,brillando con ese resplandor íntimo y brutal que no había visto nunca tan decerca en una mujer. Un rosa encendido, obsceno. El olor metálico y dulce delorgasmo flotaba en el aire, mezclado con su perfume, con el calor sofocante dela habitación cerrada.
Me quedé boquiabierto. El corazón me golpeaba elpecho como queriendo salir.
Levantó apenas la cabeza y me miró. Sus ojos azules,intensos, parecían salirse de órbita. La boca entreabierta, jadeante. Me dicuenta de inmediato: ella también me miraba, sí, pero no a los ojos. Habíanotado el bulto grotesco en mi calzoncillo, esa verdad dura que se marcaba comoun animal atrapado queriendo escapar.

Incesto


—Yo… no… —intenté decir, nervioso, pero las palabrasse deshicieron antes de salir.
Ella no contestó. Seguía ahí, agitada, con el pechosubiendo y bajando de forma violenta, los pezones erguidos, puntiagudos, comoflechas. Su piel perlada de sudor brillaba con un fulgor casi enfermizo.Parecía recién arrollada por un tren invisible, todavía bajo los espasmos delplacer que se había dado a sí misma.
Y yo, idiota, no podía moverme. No atiné a girarmeni a pedir disculpas. Solo me quedé ahí, observándola. Mis ojos recorrieroncada rincón de su cuerpo: los senos firmes, las areolas rosadas endurecidas; elabdomen plano sacudiéndose con la respiración agitada; los labios húmedos,brillantes, entreabiertos; y su sexo, ese sexo babeante, latiendo todavía, comosi me llamara, como si me tentara a dar un paso más.
El tiempo parecía suspendido. El aire estaba tancargado que me costaba respirar.
—Estoy bien… —alcanzó a decir, con la voz ronca,apenas audible.
Con un gesto lento, como sabiendo que ya era inútil,estiró la mano izquierda hacia la sábana de seda que yacía hecha un bollo alcostado. Se cubrió con ella, ocultando lo que ya había mostrado sin remedio.Pero lo hizo tarde, demasiado tarde: mis ojos ya estaban tatuados con esaimagen.
—Andate… no te preocupes. Estoy bien —repitió,aunque sus ojos seguían fijos en mí, atravesándome con una intensidad que mequemaba la piel.
—Está bien… ya me voy —murmuré, la garganta seca,con un hilo de voz que apenas salió.
Me di vuelta despacio, como si estuviera flotando,con las piernas flojas, sintiendo la sangre arderme en cada vena. Salí delcuarto cerrando la puerta sin hacer ruido, aunque sabía que el silencio noborraría lo ocurrido.
Subí a mi habitación sin entender nada, con elcorazón desbocado y la verga dura palpitando bajo la tela. Llevaba pegada en laretina la imagen de mamá desnuda, temblando, húmeda, convulsionada de placer. Yla certeza brutal de que esa visión me iba a perseguir durante mucho tiempo.
Para colmo de mi vergüenza, cuando subí al primerpiso me crucé con tía Mariana. Acababa de salir del baño que compartía conLuana, así que estaba en el pasillo, bajo la semipenumbra que dejaba la únicalámpara encendida.
El corazón se me detuvo un instante.
Llevaba puesto un camisón de tela fina, ceñido en lacintura por una cinta que acentuaba su silueta de avispa. El escote era enorme,dejando ver un canal profundo en el que mis ojos se hundieron sin poderevitarlo. Las curvas de su cuerpo parecían talladas para el pecado: las tetas enormesse insinuaban firmes bajo la tela, el camisón apenas acariciaba sus caderas, ycuando giró un poco, la tela se amoldó a ese culo perfecto que tanto me habíaobsesionado desde siempre.

madre


Mariana abrió la boca como si fuera a decir algo,pero al verme se detuvo en seco. Su mirada bajó de inmediato y se posó en elbulto grotesco que me tensaba el calzoncillo.
Y entonces sonrió. Una sonrisa breve, maliciosa,como si hubiera comprendido todo en un segundo.
—Buenas noches. Nos vemos mañana —dijo con vozsuave, casi cantarina.
Giró sobre sus talones y se alejó hacia su cuarto.Yo me quedé quieto, viendo cómo su culo se movía bajo la tela del camisón,acariciado por cada pliegue de la prenda. Era una visión insoportable ydeliciosa.
Me sentí estúpido. Otra vez… Como si lo que pasó conmamá no fuera suficiente, ahora mi tía me había visto con la pija dura. Quiénsabe qué pensaría. Aunque, claro, en comparación a lo otro, esto era unanimiedad.
Cuando entré a mi cuarto, todavía con la cabezahecha un torbellino, el celular vibró en la mesa de luz. Era un mensaje.
“No te preocupes. Solo fue un accidente. Lamasturbación es lo más normal del mundo. Y sé que entraste porque estabaspreocupado. Lamento que hayas tenido que verme así”.
Era de mamá.
Me quedé mirando la pantalla, sin saber cómoreaccionar. El alivio me recorrió entero, al mismo tiempo que algo oscuro meestremecía. Ahora teníamos un secreto extraño, peligroso, que nos unía de unamanera que no iba a poder olvidar.
Respondí con torpeza: “Claro. Y obvio que no le voya contar nada a las chicas”.
Esto último lo dije más por mí que por ella. Mamáreaccionó a mi mensaje con un like, lo que me hizo pensar que estaba deacuerdo en no mencionar nada.
Guardé el teléfono, pero la inquietud seguíaquemándome. Esa noche ya no podía pensar en otra cosa. El video, la escena ensu cuarto, el mensaje. Su cuerpo palpitando bajo la luz, su sexo húmedo,tembloroso. Y la sonrisa de Mariana en el pasillo, sus tetas, su culo perfectoalejándose.
Me bajé el calzoncillo y me dejé caer en la cama.Cerré los ojos y empecé a tocarme, primero lento, después con másdesesperación. Mis pensamientos se mezclaban sin orden: Mamá desnuda,masturbándose hasta el grito; Mariana sonriéndome con picardía, el camisónmarcándole las curvas; Luana riendo con sus ojos claros, sus piernas perfectasenredadas en las de nuestra tía.
Me masturbaba con violencia, con rabia y con placer,consciente de que la cuarentena recién empezaba y de que cada día iba a serpeor.
O mejor…
Al otro día golpeé la puerta de Luana. Me habíaquedado sin batería en el celular y mi cargador no servía, así que necesitabapedirle el suyo.
—Pasá —me dijo desde adentro.
Entré y me sorprendí al verla así. Estaba boca abajosobre la cama, en culo. No desnuda, pero casi. Solo llevaba una tanguita negraque le marcaba todo, y una musculosa corta, también negra. El contraste de laropa con su piel clara era hipnótico. Tenía un libro abierto delante, apoyadoen la almohada, y movía los pies en el aire con un vaivén distraído.

hijo


No podía creer ese culo. Ya la había visto en ropainterior muchas veces, no era algo nuevo que tuviera que ocultarme. Pero ahoralas cosas habían cambiado. Ya no la veía como a una hermana. Bueno, seguíapensando en ella como mi hermana, obvio, pero no la veía solo como eso. Era unade las mujeres con las que tenía que convivir. Una de las mujeres que iban ahacer que tuviera la pija dura todos los días.
La tanga se hundía lo justo, marcando los labios desu sexo, dibujando un relieve prohibido que me dejó con la boca seca.
Ella levantó la vista apenas y sonrió con ironía.
—Ahí está —dijo, señalando el cargador sobre la mesade luz.
Me acerqué, nervioso, intentando no mirar tanto.Pero ella me clavó esa mirada suya, irónica, pícara, que usaba cuando queríamolestarme.
—Así que… la tía te vio en una situación muy duraanoche —soltó, y se rio.
Me quedé helado.
—No puedo creer que te lo haya contado —dije,tratando de reírme también—. A veces parece incluso menor que nosotros. ¿Quémás te contó? —pregunté después.
—¿Y qué más me iba a contar? —contestó conindiferencia.
Aliviado, entendí que no tenía idea de lo que habíapasado con mamá, que era lo verdaderamente grave.
—¿Por qué te avergonzás tanto? —me dijo de repente,ladeando la cabeza—. Es gracioso, pero es normal. Y a tu edad se te pone durade la nada, ¿no?
Asentí con la cabeza, sintiéndome ridículo ahíparado con el cargador en la mano. Me senté en una silla al costado.
—¿Algún consejo para evitarlo? —pregunté.
—¿Y por qué lo ibas a evitar? —contestó ella,encogiéndose de hombros—. Esas cosas pasan.
—Ya sé… pero no quiero que me pase delante tuyo o deMariana.
—No sé… no soy hombre. Pero igual, te calienta latía, ¿no?
Me quedé duro. Me había tirado la pregunta así, defrente, como si nada.
—¿Qué? —tosí, sorprendido—. Nada que ver.
—Nada que ver… —rio ella, divertida—. Si no podésdejar de mirarle las tetas, degenerado.
—Es imposible no mirarlas —me defendí.
—Bueno, eso es verdad. Pero… igual, ya te conozco.Desde chiquito decías que ella iba a ser tu novia, ¿te acordás?
—Eso era cuando era chico… —murmuré, incómodo.
El hecho de que siguiera ahí, en la misma posición,con el culo levantado, mostrándomelo descaradamente, me ponía cada vez másnervioso. Sabía que en cualquier momento se me iba a parar de nuevo, como lanoche anterior.
—¿No me digas que también te dijo que cree que estoycaliente con ella? —pregunté, tanteando el terreno.
—No hace falta que me lo diga de manera directa—contestó Luana, con calma.
—O sea que pensás… que sí lo sabe.
—Puede ser —dijo ella, encogiéndose de hombros.
Pero yo sabía que la respuesta era que sí lo sabía.Nuestra tía sabía que yo soñaba con cogérmela. Y, si me lo ponía a pensar, eraobvio. Así que me pregunté si acaso mi hermana y mi mamá también se dabancuenta de lo mucho que me calentaban. La respuesta me hacía dar un escalofrío.Pero me dije que ellas no pensarían eso, porque eso sí que sería algo muydegenerado, y por más que me pescaran mirándolas, no se atreverían a pensar ensemejante cosa.
—¿No te parece anormal? —dije, buscando apoyo.
Ella solo se encogió de hombros.
—Qué se yo. Las relaciones intrafamiliares son máscomunes de lo que imaginás. Aunque también es cierto que, la mayoría de lasveces, son relaciones no consentidas.
—Te referís a abusos sexuales —dije.
—Ajam. Tíos que abusan de sus sobrinas, padrastrosde sus hijastras, primos de sus primitas… Y en general, son los hombres los queejercen el abuso.
—Claro, entiendo —balbuceé.
—De todas formas no deberías hacerte ideas con ella.No creo que te dé bola.
—Obvio que no —respondí rápido.
Luana se quedó en silencio unos segundos, y derepente me descolocó:
—Sos virgen, ¿no?
Me sonrojé al instante.
—¿Por? —pregunté, nervioso. Y después, para quitarel foco de mí, retruqué—: Vos me imagino que no.
—¿Por qué asumís que no?
—No sé… parecés muy… —busqué las palabras—. Muysexual.
Ella rio y se acomodó de costado, ahora símostrándome el perfil de su cuerpo.
—Bueno… algo de razón tenés. —Me quedé mirándola,perdido—. ¿Y? ¿Me vas a responder o no? —insistió.
Tragué saliva.
—Sí… soy virgen. ¿Y para qué te interesa saber eso?
—Por nada en particular. Pero… te gustan las chicas,obviamente.
—Sí, me gustan —afirmé.
—¿Y sabés cómo se hace? ¿Cómo se coge?
—Sí… la pija va dentro de la vagina —le solté.
Luana largó una carcajada deliciosa.
—Bueno, sí, básicamente tenés razón. Pero no es tansimple, ¿sabés? Sobre todo vos, que la tenés un poco grande. Tenés que tenercuidado. Primero hacer juegos previos… besarle las partes más erógenas. Hacerque la mujer se chorree. Y después metérsela despacito… y de a poco más duro.
La escuchaba sin poder creerlo. No entendía por quéme estaba diciendo todo eso. Pero lo estaba diciendo. Y yo lo estaba sintiendoen carne viva: la verga empezaba a hincharse de nuevo.
El calor en mi entrepierna era insoportable, y laimagen de mi hermana, con esa tanga negra marcándole hasta lo prohibido, meestaba volviendo loco. A duras penas podía contener la erección.
—¿Y vos? —le pregunté, buscando provocarla—. ¿Tegusta mucho coger?
—Sí —reconoció sin dudar, con esa sonrisa descaradaque me dejaba sin aire—. Y también me gusta hacerlo con mujeres.
La confesión me golpeó. Era fuerte, excitante, peroal mismo tiempo no me sorprendió del todo. Encajaba perfectamente con supersonalidad irreverente, con esa libertad con la que se movía en el mundo.
—Hay cosas que los hombres no saben hacer bien—agregó.
—¿Cómo qué? —quise saber, intrigado.
—Sexo oral —respondió de inmediato, mirándome conpicardía—. La mayoría no sabe chupar una concha. Pero, claro, después pretendenque todas las minas sean expertas peteras.
Tragué saliva, nervioso. Era obvio que estabatocando ese tema para incomodarme. Siempre le divirtió ver cómo me poníacolorado. Pero eso no quitaba que fuera una conversación sincera, cargada deerotismo, y con ella ahí, medio en bolas, hablando como si nada conmigo.
—Si querés, te puedo enseñar —largó después.
La manera en que lo dijo me dejó helado. Nervioso,pero ansioso a la vez. Tenía miedo de seguir preguntando, aunque el deseo deescucharla era más fuerte que cualquier prudencia.
—¿Y cómo tengo que hacerlo? —me animé al fin, convoz más baja de lo que hubiera querido.
Ella cerró el libro, lo dejó a un costado, y seincorporó apenas, quedando de costado sobre la cama, con la tanga negramarcándole cada pliegue.
—Primero… —empezó, con un tono didáctico que meenloquecía—, un toquecito en los muslos. Es para tantear el terreno, parahacerla esperar un poquito. Después… en los labios vaginales. Jugás ahí, suave,lento. Pero no te quedes solo en eso.
—Okey —dije, sin poder evitar desviar la mirada asus propios labios vaginales, que se marcaban en la telita de la ropa interior.
—Una vez que la mina ya está completamenteimpregnada, caliente… —continuó—, usás el botoncito mágico. El clítoris. Lobesás, lo acariciás… lo succionás. Como las minas chupamos la pija, ¿entendés?Vos hacelo con ese botoncito chiquito. Y te quedás ahí… hasta que la minaacabe.
Me quedé mirándola, fascinado.
—¿Y cómo me doy cuenta cuando llega al orgasmo?—pregunté, con torpeza.
—Fácil —dijo, clavándome la mirada como si fuera unaobviedad—. Te vas a dar cuenta. No te preocupes.
Y en mi cabeza apareció la imagen de mamá, exacta,el recuerdo fresco de la noche anterior: su jadeo entrecortado, su cuerpotemblando entero, el rostro desencajado, los ojos azules encendidos en mediodel placer. Era inconfundible.
Sentí cómo mi verga se endurecía con violencia.Estaba completamente dura otra vez. No había forma de disimularlo, aunque elpantalón ayudaba un poco.
Luana se rio al verme así.
—Es increíble lo fácil que se te para —dijo, entredivertida y cruel—. Apenas hablamos un rato de sexo y ya estás caliente.
—Sos una forra —le contesté, enojado, con la voztemblorosa—. Lo hiciste a propósito para joderme, ¿no?
—¿Y por qué te enojás? —me retrucó con esa calmainsolente—. Sí, lo hice a propósito, pero para divertirnos los dos. Yo tambiénestoy caliente, ¿no ves?
Con una naturalidad que me dejó sin aire, se llevólas manos al pecho y me mostró cómo los pezones se le marcaban en la remerita.Dos puntos duros, erectos, que tensaban la tela. Sus senos, aunque pequeños,estaban hinchados, tensos, respirando con ella.
Me mordí el labio, al borde de perder el control.
—Bueno, llevate el cargador —dijo de golpe, como sinada—. Pero apenas lo termines de usar, me lo traés, ¿eh?
Volvió a tomar el libro, lo abrió como si yo noexistiera, y se acomodó de nuevo boca abajo en la cama, ofreciéndome otra vezese culo perfecto que me estaba destrozando la cabeza.
Salí del cuarto confundido, con el corazón latiendoa los tumbos. No entendía nada. Pero sí sabía algo: Luana estaba jugandoconmigo. Y, de alguna manera, tenía un plan. Uno que yo todavía desconocía porcompleto.

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