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La Cura Prohibida Cap 9 - Captura y Renata

Carlos salió varias veces al mismo centro comercial y a los edificios cercanos. Revisó cada rincón, cada habitación derrumbada, cada auto abandonado. No encontró nada: ni otra mochila, ni ropa, ni rastro de alguien vivo. Solo polvo, sangre seca y el silencio de siempre.

Cada regreso vacío le pesaba más a Sofía, aunque ella no decía nada. Solo asentía y seguía con sus tareas.

Un día decidió cambiar de zona.

Se adentró más al este, hacia un barrio residencial que todavía no habían explorado del todo. Caminaba con cuidado entre las casas, la mochila medio vacía, el cuchillo al cinto. No escuchó los pasos hasta que ya era tarde.

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Salió un hombre de detrás de un muro. Después otro. Y otro. En segundos lo rodearon. Eran siete u ocho, armados con bates, tubos y un par de armas de fuego. Carlos intentó correr.

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Logró derribar a uno de un puñetazo y cortar a otro en el brazo, pero eran demasiados. Lo golpearon en las costillas, le torcieron un brazo hacia atrás y le cubrieron la cabeza con un saco sucio. La oscuridad fue total. Lo ataron de muñecas y tobillos y lo arrastraron.

Caminaron durante lo que le parecieron horas.

A veces lo subían a la caja de una camioneta; otras lo obligaban a avanzar a pie, tropezando. Nadie le hablaba. Solo escuchaba órdenes cortas y el sonido de botas sobre asfalto y tierra.

Cuando por fin le quitaron el saco, la luz del atardecer le dolió en los ojos.

Estaba en un recinto amurallado mucho más grande que el de Sofía. Torres de vigilancia improvisadas, cercas reforzadas con alambre y chatarra, hileras de contenedores y casas prefabricadas. Había más gente: hombres, mujeres, algunos adolescentes. Todos con la misma expresión cansada y desconfiada. El lugar olía a humo de leña, a sudor y a comida caliente.

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Lo empujaron hacia un hombre de mediana edad, complexión fuerte, cicatriz en la ceja. Habló sin rodeos:

—Escucha bien, muchacho. Aquí no hay limosnas. Si quieres vivir, trabajas. De sol a sol.

Cargas, limpias, siembras, reparas… lo que se necesite. A cambio te dan comida y un techo. Si te niegas, te echan fuera de los muros con las manos atadas. Y ya sabes lo que hay afuera.

Carlos miró a su alrededor. No veía una salida fácil. Estaba desarmado, lejos de su gente, y el muro era alto.
El hombre esperó su respuesta con los brazos cruzados.

—¿Qué va a ser? ¿Esclavo que come… o cadáver que camina?

Carlos no tuvo otra opción.

Asintió en silencio y aceptó las reglas del lugar. A partir de ese momento fue un cuerpo más que trabajaba. Cargaba costales, limpiaba letrinas, reparaba cercas, removía tierra en la huerta improvisada. Cada músculo le dolía al final del día. Comía lo que le daban —siempre poco— y dormía cuando podía. Pero la mente no descansaba. Pensaba en Sofía y en Camila. En cómo estarían manejando el calor sin él. En si alguien más las estaría “atendiendo”. La idea le removía el estómago cada noche.

Los días se arrastraron.

Una mañana lo mandaron a ayudar en la cocina. El lugar era un antiguo comedor industrial reconvertido: fogones a leña, ollas enormes, el olor constante a caldo ralo y humo. Allí la vio.
Era joven, cabello corto y oscuro, corte práctico. El cuerpo llamaba la atención de inmediato: un trasero grande y redondo que se marcaba bajo los pantalones de trabajo, y pechos visiblemente más generosos que los de Sofía. El parecido era inquietante. La misma forma de moverse, la misma línea de la mandíbula. Carlos se quedó mirándola un segundo de más.

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Ella lo notó y frunció el ceño.

—¿Qué miras? Agarra ese cucharón y remueve. Si se pega, te toca raspando después.
El tono era distante, casi cortante. Le explicó las tareas con frases cortas: cortar, remover, servir, limpiar. No había espacio para conversación. Carlos obedeció en silencio, aunque cada vez que ella se agachaba o se estiraba el recuerdo de Sofía se le venía encima con fuerza.

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Pasó la mañana así. Ella le corregía la postura o le indicaba el siguiente paso sin mirarlo a los ojos. Hasta que otra chica, más joven, entró cargando un cajón de verduras y gritó desde la puerta:

—¡Renata! ¿Todavía tienes el cuchillo grande? Lo necesito en el otro fogón.

Renata.

El nombre le golpeó el pecho. Carlos no dijo nada. Siguió removiendo el caldo como si no hubiera escuchado. Pero por dentro la confirmación fue inmediata. El parecido, el nombre, las estrellas bordadas de la mochila… era ella. La hija de Sofía.

No abrió la boca.

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Esperó. Terminó el turno de cocina, entregó los utensilios y se mezcló con el resto de los trabajadores. Observó de lejos cómo Renata se dirigía hacia el área de dormitorios con el mismo paso decidido de su madre.

Todos los retenidos dormían en una sola bodega amplia. Literas de tres niveles, colchones delgados, el olor a cuerpos y a humedad. Cerca de cuarenta personas apretadas. No había privacidad. Por las noches, cuando las lámparas de aceite se apagaban, no faltaba quien buscara alivio. Gemidos ahogados, el roce de cuerpos, susurros. Algunos lo hacían para mitigar la infección; otros, simplemente porque el miedo y la cercanía lo volvían inevitable.

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Carlos se quedaba quieto en su litera, escuchando, pensando en cómo acercarse a Renata sin ponerla —ni a él— en peligro.

Todavía no sabía cómo decírselo.

Solo sabía que tenía que encontrar el momento.

Al día siguiente Carlos la interceptó justo cuando salía del baño común, antes de que empezara el turno de cocina. La tomó del brazo con cuidado, lo suficiente para detenerla sin llamar la atención.

—¿Tu madre se llama Sofía? —preguntó en voz baja—. ¿Y tienes una hermana de nombre Raquel?

Renata se puso rígida. El color se le fue un segundo de la cara. Miró a ambos lados del pasillo y bajó la voz.

—¿Cómo sabes eso? ¿Quién eres?

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Carlos no soltó del todo el brazo.

—Encontré tu mochila. La que tiene las estrellas bordadas en el lateral. Estaba en un centro comercial al este. Tu madre… Sofía… me pidió que te buscara. Por eso salía tanto. Por eso terminé aquí.

Ella lo estudió con desconfianza durante varios segundos. Parecía a punto de negarlo todo.

Después algo en sus ojos cambió. Bajó la mirada hacia el suelo y soltó el aire con lentitud.

—Está viva… —murmuró. No era una pregunta.

Carlos asintió.

—Está viva. Y dirige un grupo. Pequeño, pero organizado.
Renata se cruzó de brazos, como protegiéndose. Tardó un rato en volver a hablar.

—No sé si quiero verla. No sé cómo decirle que… que perdí a Raquel. Desde el primer día. No pude salvarla. Los vecinos nos atacaron en la calle y yo… corrí. Ella no.

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El silencio se extendió entre los dos. Carlos no ofreció frases vacías de consuelo. Solo asintió, entendiendo el peso de esa culpa.
Antes de que los llamaran a trabajar, Renata añadió en un susurro aún más bajo:

—Todos los de la bodega estamos planeando escapar. En una semana. Cuando el grupo principal salga a buscar suministros y más gente. Es la única ventana que vamos a tener. Si quieres vivir… ven con nosotros.

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Durante los días que siguieron hablaron siempre que podían: en la cocina, mientras removían ollas, o en los pocos minutos libres antes de que apagaran las lámparas en la bodega.

Hablaban sobre todo de Sofía. De cómo era antes. De cómo era ahora. Carlos contaba sin darse cuenta los detalles: la forma en que Sofía organizaba todo, su voz cuando daba órdenes, la manera en que se había vuelto más dura y al mismo tiempo más viva. También mencionaba a Camila. La forma en que las dos compartían espacio, decisiones… y más.

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Renata lo notó de inmediato.

La manera en que él decía el nombre de su madre. La suavidad que se le escapaba al hablar de las dos mujeres. No preguntó directamente. Solo lo observaba con una mezcla de curiosidad y algo parecido a la comprensión. El mundo había cambiado demasiado como para escandalizarse por cualquier cosa. Pero guardó silencio. Por ahora.

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El día llegó.

Todos estaban listos. Esperaron hasta aproximadamente las tres de la mañana. Habían identificado una zona del enrejado un poco más débil: si muchos se recargaban al mismo tiempo, cedería. Así lo hicieron. Se lanzaron en grupo, empujando con el peso de los cuerpos desesperados. Mientras tanto, otros arrojaban botellas con alcohol y trapos encendidos hacia las torres y los depósitos de madera, generando incendios y distracción.

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Sabían que estaban desarmados. Sabían que muchos morirían. Pero algunos tendrían la esperanza de escapar.

Renata y Carlos fueron de los primeros en escalar cuando la reja finalmente se dobló y cedió. Los gritos y los disparos llenaron el aire. Los guardias intentaron dispersar a la multitud. Carlos cubrió a Renata con el cuerpo cuando las balas empezaron a silbar. Una le atravesó el brazo izquierdo, limpiamente, pero no se detuvo. Siguieron corriendo. La multitud se dispersó en todas direcciones; ellos permanecieron juntos, sin soltarse de la mano.

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Corrieron hasta el amanecer.

Llegaron, exhaustos y sangrando, al mismo centro comercial donde Carlos había encontrado la mochila de Renata. Entraron por una puerta lateral semioculta y se atrincheraron en una tienda del segundo piso, bloqueando el acceso con estantes. Renata, con las manos firmes a pesar del temblor, le ayudó a quitarse la chaqueta y a examinar el brazo.

—Estuve en la escuela de medicina con mi hermana antes de todo esto —murmuró mientras limpiaba la herida con agua de una botella que habían robado en la fuga—. Aguanta.

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Carlos apretó los dientes. Resistió el dolor lo mejor que pudo mientras ella extraía el proyectil con una pinza improvisada y le vendaba el brazo con tiras de tela limpia. El esfuerzo y la pérdida de sangre fueron demasiado. Se desmayó.

Cuando despertó ya era de noche otra vez.

Una pequeña vela iluminaba el espacio. Renata estaba sentada a su lado, vigilando. Al verlo abrir los ojos, soltó un suspiro de alivio.

—Gracias… por salvarme —dijo en voz baja—. Quería agradecerte más que con palabras.

Se inclinó y lo besó.

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El beso empezó suave, de gratitud, pero en segundos se volvió hambriento. Carlos levantó la mano buena y le sujetó la nuca, profundizándolo. Renata se subió con cuidado sobre él, evitando el brazo herido. Se quitaron la ropa con prisas torpes. El cuerpo de ella quedó expuesto a la luz de la vela: pechos generosos, cintura estrecha y ese trasero grande y firme que tanto le recordaba a Sofía.

Carlos la guió hacia adelante hasta que ella se arrodilló sobre su cara.

Renata no dudó. Se sentó con cuidado y él hundió la lengua en su coño ya húmedo. La lamió con ganas, succionando el clítoris, metiendo la lengua lo más profundo posible. Ella jadeaba, las manos apoyadas en la pared, moviendo las caderas contra su boca. Se corrió rápido, temblando, un gemido ahogado escapándosele.

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Todavía con las piernas temblorosas, bajó hasta la polla de Carlos, ya completamente dura. Se la llevó a la boca y lo chupó con hambre: labios apretados, lengua girando, bajando hasta casi atragantarse. La saliva le resbalaba por la base. Carlos le agarró el cabello corto con la mano buena y la guió un poco, gimiendo.

Cuando no pudo aguantar más, ella se montó.

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Guió la verga hasta su entrada y se la bajó de un solo movimiento, tragándosela hasta el fondo. Empezó a cabalgarlo con ritmo firme, el gran trasero golpeándole los muslos una y otra vez.

Carlos le sujetó una cadera y le embistió desde abajo. El sonido húmedo de sus cuerpos llenaba el espacio improvisado. Renata se inclinó hacia adelante, ofreciéndole los pechos; él los chupó y mordisqueó mientras ella rebotaba más rápido.
Se corrió otra vez, el coño apretándolo en espasmos. Carlos la siguió poco después, vaciándose dentro de ella con un gruñido largo, el brazo herido olvidado por unos segundos.

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Quedaron abrazados, sudorosos, la respiración todavía agitada. Afuera, en algún lugar lejano, todavía se oían disparos y gritos. Dentro de la tienda a oscuras, por primera vez en mucho tiempo, los dos se sintieron un poco menos solos.

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1 comentarios - La Cura Prohibida Cap 9 - Captura y Renata

333flea
Hola, por favor no subas más nada y borra la cuenta