Pasaron casi dos meses.
Ni Sofía ni Camila volvieron a sentir esa urgencia desesperada. El experimento de las dosis combinadas parecía haberlas estabilizado. Durante ese tiempo ambas atendían a Carlos solo con la boca: por las mañanas, al regresar de la huerta, o por las noches antes de dormir. Se turnaban o lo hacían juntas, chupándolo con calma, a veces hasta hacerlo correrse en la garganta de una mientras la otra le lamiía los testículos. No había celos. Una tarde, las tres recostadas en la cama de Sofía, hablaron con claridad.

—Te amo —dijo Camila, mirando a su hijo.
—Yo también —añadió Sofía—. Y no tenemos por qué pelear. Podemos compartirte.
Carlos las miró a las dos y asintió. Esa misma noche juntaron colchones y se mudaron los tres a la habitación más grande. Dormían enredados: Camila a un lado, Sofía al otro, él en medio.
Las noches eran tranquilas. Solo sexo oral ocasional y el calor de los cuerpos compartidos.
Dos semanas después el equilibrio se rompió.
Primero fue Sofía. Se despertó con el calor subiéndole entre las piernas y se montó a horcajadas sobre Carlos antes de que él terminara de abrir los ojos. Después fue Camila, esa misma tarde, arrastrándolo al baño. A partir de entonces la necesidad se volvió diaria… y duró diez días seguidos.


Día 1 al 3
Carlos las follaba por turnos cada noche. Empezaba con su madre: la ponía a cuatro patas y le abría el culo con los dedos y saliva hasta poder entrar. La cogía con fuerza, las manos en esas caderas maduras, mientras Sofía se sentaba delante y le ofrecía el coño a la boca de Camila. Después cambiaban. Sofía recibía las embestidas profundas, el gran trasero rebotando contra la pelvis de Carlos, y Camila le chupaba los pezones o le frotaba el clítoris. Se corrían una y otra vez. Al final él se vaciaba dentro de una, después de la otra, y las tres caían exhaustas.

Día 4 al 6
La intensidad subió. Ya no esperaban a la noche. Por la mañana Sofía lo despertaba chupándole la polla hasta dejarla dura y después se la clavaba en el culo ella misma, cabalgándolo de espaldas para que él pudiera ver cómo entraba y salía. Camila se unía, lamiéndole los testículos o besándolo. Al mediodía, entre tareas, Camila lo arrastraba a un rincón y se agachaba para que él la follara de pie contra la pared, por detrás, rápido y silencioso. Por la noche las dos se turnaban montándolo, una después de la otra, hasta que él no podía más. Usaban solo saliva y el lubricante natural; el anal se había vuelto la norma.


Día 7 al 9
El cansancio empezaba a notarse en Carlos, pero ninguna de las dos podía parar. Las sesiones se alargaban. Las ponía una al lado de la otra, ambos culos expuestos, y las penetraba alternando: tres embestidas en Sofía, tres en Camila, sin sacar del todo. Las dos se besaban, se tocaban los pechos, se metían los dedos mientras él las usaba. A veces las hacía 69 entre ellas y las follaba por turnos sin interrumpir el oral. Los gemidos llenaban la habitación durante horas. Carlos se corría dos o tres veces por noche; ellas muchas más.

Día 10
La última jornada fue la más intensa. Desde el amanecer hasta bien entrada la madrugada. Sofía lo cabalgó primero, el culo apretándolo mientras Camila le chupaba los pezones. Después Camila se puso a cuatro patas y recibió embestidas profundas y casi brutales, pidiendo que no parara. Las volteó, las penetró de lado, las puso una encima de la otra y las folló en secuencia. Al final las tres estaban empapadas de sudor, temblando, el semen de Carlos resbalando de ambos culos. Cuando por fin el calor se apagó, las dos mujeres se quedaron dormidas abrazadas a él, agotadas pero calmadas.


Al día siguiente, todavía marcados por los diez días, decidieron que ya no podían guardar el secreto.
Reunieron a todo el grupo en el comedor improvisado. Sofía habló primero, con voz firme. Les contó lo de la oxitocina, cómo retrasaba la infección en las mujeres, los efectos secundarios, la necesidad creciente y, sobre todo, el descubrimiento del sexo anal: seguro para ambos, sin riesgo de transmisión. Camila añadió su experiencia personal, sin esconder que ella también había sido mordida y que su propio hijo la había mantenido con vida. Carlos solo asintió cuando le preguntaron si era cierto.

El silencio que siguió fue largo.
Después empezaron las preguntas. Algunas miradas de sorpresa, otras de cálculo. Pero nadie gritó. En un mundo donde la muerte caminaba afuera, cualquier chance de seguir respirando merecía ser escuchada.
La oxitocina dejó de funcionar del todo.
El efecto se fue diluyendo hasta desaparecer. Ahora Carlos tenía a dos milfs que atender cada vez que el calor las golpeaba. Seguían sobreviviendo como podían: turnos de vigilancia, la huerta, las raciones cada vez más escasas. Carlos empezó a salir solo por suministros. Era más rápido y menos ruidoso.
En una de esas salidas encontró un pequeño centro comercial medio derrumbado. Entre los escombros de una tienda de ropa todavía quedaban estantes. La mayoría estaba saqueada, pero en el fondo, en una zona de lencería, había varios conjuntos sin tocar: bodies de encaje, conjuntos de sujetador y tanga, bodystockings, ligueros. Carlos encontró una mochila tirada en el suelo, la vació de lo que no servía y la llenó con todo lo que pudo: varios juegos para Camila y para Sofía. También metió latas y un par de botellas de agua.

Cuando regresó dejó los víveres en el almacén común y subió directo a la habitación. Camila estaba allí, doblando ropa. Él abrió la mochila y sacó el primer conjunto: un body negro de encaje semitransparente, abierto en la entrepierna.

—Pruébatelo.
Camila levantó una ceja, sorprendida, pero sonrió. Se desvistió sin pudor y se metió en la prenda. El encaje le marcaba los pechos pesados, le ceñía la cintura y dejaba el coño al aire. Se dio la vuelta despacio, dejándole ver el culo redondo enmarcado por las tiras.

—¿Te gusta, hijo?
Antes de que Carlos pudiera responder, la puerta se abrió. Sofía entró y se detuvo en seco.
—Vaya…

Carlos sacó otro conjunto, este rojo, con ligueros y tanga mínima.
—Tú también. Pruébatelo.
Sofía no lo pensó dos veces. Se quitó la ropa de trabajo y se puso el conjunto. El contraste de su gran trasero con las tiras del liguero y las tetas pequeñas sujetas por el encaje rojo la hacía verse obscena y poderosa al mismo tiempo.
Carlos las miró a las dos, ya duro.

No hizo falta decir nada más.
Camila se le acercó primero, se arrodilló y le bajó los pantalones. Se llevó la polla a la boca mientras Sofía se colocaba detrás de ella y le separaba las nalgas, lamiéndole el coño a través de la abertura del body. Carlos gemía, una mano en el cabello de su madre y la otra en la cabeza de Sofía. Después las levantó. Puso a Camila a cuatro patas en la cama, el body negro todavía puesto, y le clavó la verga en el culo de un empujón. Ella gritó de placer. Sofía se sentó delante, abrió las piernas y le ofreció el coño a la boca de Camila. Mientras Carlos follaba el culo de su madre con embestidas profundas, Camila lamía y chupaba a Sofía.

Cambiaron de posición.
Sofía se montó a horcajadas sobre Carlos, le guió la polla hasta su culo y se la bajó de golpe, el gran trasero aplastándole la pelvis. Camila se colocó encima de la cara de Sofía y se sentó, frotándose contra su boca. Carlos embestía hacia arriba, follando el culo de Sofía mientras veía cómo su madre se corrían sobre la lengua de ella. Los gemidos se mezclaban. El encaje se humedecía, se corría a un lado, se rompía en algún tirón.

Los tres terminaron enredados: Carlos follando a Camila de lado mientras Sofía le chupaba los pechos, después las dos de rodillas una al lado de la otra, los dos culos en alto, y él penetrándolas por turnos sin sacar del todo. Se corrió primero dentro de Sofía, después terminó de vaciarse en el culo de su madre. Las dos se quedaron temblando, el semen resbalándoles por los muslos, la lencería hecha un desastre de tela mojada y corrida.

Cuando por fin recuperaron el aliento, Carlos se levantó a recoger la mochila. Empezó a meter los conjuntos que habían quedado tirados por el suelo. Sofía, todavía semidesnuda, se acercó y se quedó mirando la mochila con los ojos muy abiertos.
—¿De dónde sacaste esa mochila?

Carlos se detuvo.
—De una tienda en el centro comercial del este. Estaba tirada en el suelo.
Sofía la tomó entre las manos. Pasó los dedos por unas estrellas bordadas en un lateral que casi no se notaban debajo del polvo.
—Es de mi hija. Renata. Es imposible no reconocerla. Yo misma le cosí esas estrellas…

Se le quebró la voz. Por primera vez en meses se le llenaron los ojos de algo que no era cansancio ni lujuria: esperanza.
Carlos le puso una mano en el hombro.
—Mañana salgo de nuevo. Y al otro. Si hay algo más de ella… lo voy a encontrar. Te lo prometo.
Ni Sofía ni Camila volvieron a sentir esa urgencia desesperada. El experimento de las dosis combinadas parecía haberlas estabilizado. Durante ese tiempo ambas atendían a Carlos solo con la boca: por las mañanas, al regresar de la huerta, o por las noches antes de dormir. Se turnaban o lo hacían juntas, chupándolo con calma, a veces hasta hacerlo correrse en la garganta de una mientras la otra le lamiía los testículos. No había celos. Una tarde, las tres recostadas en la cama de Sofía, hablaron con claridad.

—Te amo —dijo Camila, mirando a su hijo.
—Yo también —añadió Sofía—. Y no tenemos por qué pelear. Podemos compartirte.
Carlos las miró a las dos y asintió. Esa misma noche juntaron colchones y se mudaron los tres a la habitación más grande. Dormían enredados: Camila a un lado, Sofía al otro, él en medio.
Las noches eran tranquilas. Solo sexo oral ocasional y el calor de los cuerpos compartidos.
Dos semanas después el equilibrio se rompió.
Primero fue Sofía. Se despertó con el calor subiéndole entre las piernas y se montó a horcajadas sobre Carlos antes de que él terminara de abrir los ojos. Después fue Camila, esa misma tarde, arrastrándolo al baño. A partir de entonces la necesidad se volvió diaria… y duró diez días seguidos.


Día 1 al 3
Carlos las follaba por turnos cada noche. Empezaba con su madre: la ponía a cuatro patas y le abría el culo con los dedos y saliva hasta poder entrar. La cogía con fuerza, las manos en esas caderas maduras, mientras Sofía se sentaba delante y le ofrecía el coño a la boca de Camila. Después cambiaban. Sofía recibía las embestidas profundas, el gran trasero rebotando contra la pelvis de Carlos, y Camila le chupaba los pezones o le frotaba el clítoris. Se corrían una y otra vez. Al final él se vaciaba dentro de una, después de la otra, y las tres caían exhaustas.

Día 4 al 6
La intensidad subió. Ya no esperaban a la noche. Por la mañana Sofía lo despertaba chupándole la polla hasta dejarla dura y después se la clavaba en el culo ella misma, cabalgándolo de espaldas para que él pudiera ver cómo entraba y salía. Camila se unía, lamiéndole los testículos o besándolo. Al mediodía, entre tareas, Camila lo arrastraba a un rincón y se agachaba para que él la follara de pie contra la pared, por detrás, rápido y silencioso. Por la noche las dos se turnaban montándolo, una después de la otra, hasta que él no podía más. Usaban solo saliva y el lubricante natural; el anal se había vuelto la norma.


Día 7 al 9
El cansancio empezaba a notarse en Carlos, pero ninguna de las dos podía parar. Las sesiones se alargaban. Las ponía una al lado de la otra, ambos culos expuestos, y las penetraba alternando: tres embestidas en Sofía, tres en Camila, sin sacar del todo. Las dos se besaban, se tocaban los pechos, se metían los dedos mientras él las usaba. A veces las hacía 69 entre ellas y las follaba por turnos sin interrumpir el oral. Los gemidos llenaban la habitación durante horas. Carlos se corría dos o tres veces por noche; ellas muchas más.

Día 10
La última jornada fue la más intensa. Desde el amanecer hasta bien entrada la madrugada. Sofía lo cabalgó primero, el culo apretándolo mientras Camila le chupaba los pezones. Después Camila se puso a cuatro patas y recibió embestidas profundas y casi brutales, pidiendo que no parara. Las volteó, las penetró de lado, las puso una encima de la otra y las folló en secuencia. Al final las tres estaban empapadas de sudor, temblando, el semen de Carlos resbalando de ambos culos. Cuando por fin el calor se apagó, las dos mujeres se quedaron dormidas abrazadas a él, agotadas pero calmadas.


Al día siguiente, todavía marcados por los diez días, decidieron que ya no podían guardar el secreto.
Reunieron a todo el grupo en el comedor improvisado. Sofía habló primero, con voz firme. Les contó lo de la oxitocina, cómo retrasaba la infección en las mujeres, los efectos secundarios, la necesidad creciente y, sobre todo, el descubrimiento del sexo anal: seguro para ambos, sin riesgo de transmisión. Camila añadió su experiencia personal, sin esconder que ella también había sido mordida y que su propio hijo la había mantenido con vida. Carlos solo asintió cuando le preguntaron si era cierto.

El silencio que siguió fue largo.
Después empezaron las preguntas. Algunas miradas de sorpresa, otras de cálculo. Pero nadie gritó. En un mundo donde la muerte caminaba afuera, cualquier chance de seguir respirando merecía ser escuchada.
La oxitocina dejó de funcionar del todo.
El efecto se fue diluyendo hasta desaparecer. Ahora Carlos tenía a dos milfs que atender cada vez que el calor las golpeaba. Seguían sobreviviendo como podían: turnos de vigilancia, la huerta, las raciones cada vez más escasas. Carlos empezó a salir solo por suministros. Era más rápido y menos ruidoso.
En una de esas salidas encontró un pequeño centro comercial medio derrumbado. Entre los escombros de una tienda de ropa todavía quedaban estantes. La mayoría estaba saqueada, pero en el fondo, en una zona de lencería, había varios conjuntos sin tocar: bodies de encaje, conjuntos de sujetador y tanga, bodystockings, ligueros. Carlos encontró una mochila tirada en el suelo, la vació de lo que no servía y la llenó con todo lo que pudo: varios juegos para Camila y para Sofía. También metió latas y un par de botellas de agua.

Cuando regresó dejó los víveres en el almacén común y subió directo a la habitación. Camila estaba allí, doblando ropa. Él abrió la mochila y sacó el primer conjunto: un body negro de encaje semitransparente, abierto en la entrepierna.

—Pruébatelo.
Camila levantó una ceja, sorprendida, pero sonrió. Se desvistió sin pudor y se metió en la prenda. El encaje le marcaba los pechos pesados, le ceñía la cintura y dejaba el coño al aire. Se dio la vuelta despacio, dejándole ver el culo redondo enmarcado por las tiras.

—¿Te gusta, hijo?
Antes de que Carlos pudiera responder, la puerta se abrió. Sofía entró y se detuvo en seco.
—Vaya…

Carlos sacó otro conjunto, este rojo, con ligueros y tanga mínima.
—Tú también. Pruébatelo.
Sofía no lo pensó dos veces. Se quitó la ropa de trabajo y se puso el conjunto. El contraste de su gran trasero con las tiras del liguero y las tetas pequeñas sujetas por el encaje rojo la hacía verse obscena y poderosa al mismo tiempo.
Carlos las miró a las dos, ya duro.

No hizo falta decir nada más.
Camila se le acercó primero, se arrodilló y le bajó los pantalones. Se llevó la polla a la boca mientras Sofía se colocaba detrás de ella y le separaba las nalgas, lamiéndole el coño a través de la abertura del body. Carlos gemía, una mano en el cabello de su madre y la otra en la cabeza de Sofía. Después las levantó. Puso a Camila a cuatro patas en la cama, el body negro todavía puesto, y le clavó la verga en el culo de un empujón. Ella gritó de placer. Sofía se sentó delante, abrió las piernas y le ofreció el coño a la boca de Camila. Mientras Carlos follaba el culo de su madre con embestidas profundas, Camila lamía y chupaba a Sofía.

Cambiaron de posición.
Sofía se montó a horcajadas sobre Carlos, le guió la polla hasta su culo y se la bajó de golpe, el gran trasero aplastándole la pelvis. Camila se colocó encima de la cara de Sofía y se sentó, frotándose contra su boca. Carlos embestía hacia arriba, follando el culo de Sofía mientras veía cómo su madre se corrían sobre la lengua de ella. Los gemidos se mezclaban. El encaje se humedecía, se corría a un lado, se rompía en algún tirón.

Los tres terminaron enredados: Carlos follando a Camila de lado mientras Sofía le chupaba los pechos, después las dos de rodillas una al lado de la otra, los dos culos en alto, y él penetrándolas por turnos sin sacar del todo. Se corrió primero dentro de Sofía, después terminó de vaciarse en el culo de su madre. Las dos se quedaron temblando, el semen resbalándoles por los muslos, la lencería hecha un desastre de tela mojada y corrida.

Cuando por fin recuperaron el aliento, Carlos se levantó a recoger la mochila. Empezó a meter los conjuntos que habían quedado tirados por el suelo. Sofía, todavía semidesnuda, se acercó y se quedó mirando la mochila con los ojos muy abiertos.
—¿De dónde sacaste esa mochila?

Carlos se detuvo.
—De una tienda en el centro comercial del este. Estaba tirada en el suelo.
Sofía la tomó entre las manos. Pasó los dedos por unas estrellas bordadas en un lateral que casi no se notaban debajo del polvo.
—Es de mi hija. Renata. Es imposible no reconocerla. Yo misma le cosí esas estrellas…

Se le quebró la voz. Por primera vez en meses se le llenaron los ojos de algo que no era cansancio ni lujuria: esperanza.
Carlos le puso una mano en el hombro.
—Mañana salgo de nuevo. Y al otro. Si hay algo más de ella… lo voy a encontrar. Te lo prometo.
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