Entré en la alcoba y el rastro de la depravación todavía flotaba en el aire como una neblina espesa. La cama era un campo de batalla de sábanas revueltas y copas de vino vacías. Laura estaba allí, envuelta en la cobija que dejaba ver la curva de sus nalgas y ese brillo de agotamiento en los ojos que yo sabía leer perfectamente. Se levantó con una lentitud calculada y se acercó a mí con una sonrisa que era una obra maestra de la inocencia.

LAURA: (Con una mirada amorosa y un tono de voz tan dulce que resultaba insultante) —Ay, mi amor... Qué pena que me encontraste así. Es que me dio un dolor de cabeza y un mareo horrible en la tarde, y Paola vino a acompañarme. Me sobó un rato, nos tomamos un vinito para la tensión y me quedé privada... pobrecita de mí.
La abracé con ternura, besando su frente mientras sentía el aroma del sexo y el alcohol impregnado en su piel. Por fuera, yo era el esposo comprensivo y protector; por dentro, era un animal extasiado. Me fascinaba cómo me mentía en la cara, cómo se sentía la reina del engaño mientras yo poseía cada frame de su verdad.
Me retiré al baño con el pretexto de lavarme las manos. Una vez cerrado el seguro, saqué el celular y abrí el video que Paola me había enviado. Vi a mi esposa en cuatro patas, con la cara deshecha en un orgasmo violento mientras el dildo de Paola la reventaba sin piedad. Escuché sus gritos de "¡Soy tuya, Pao!", y sentí que mi verga se ponía dura como una piedra contra el pantalón. Inmediatamente, abrí el chat.
PAOLA: (Vía texto) —¿Te gustó la sorpresita, cornudo?... Acostúmbrate, porque de ahora en adelante nos vamos a turnar a tu esposita cuando a mí se me dé la gana.
Sonreí frente a la pantalla. No había rastro de celos en mí, solo una gratitud obscena por haber encontrado a alguien que ayudara a desatar la perra que Laura llevaba dentro.
DANIEL: (Vía texto) —Encantado de la vida, Pao. Todo un placer compartirla contigo.
Unos días después, Esteban llegó al apartamento con una botella de whisky para felicitarnos por el matrimonio. La atmósfera era relajada en la superficie, pero debajo de eso, la tensión sexual era un cable de alta tensión a punto de romperse. Mientras yo iba a la cocina por los hielos, escuché el roce de la ropa en la barra de la cocina. Sabía que Esteban no se podía aguantar. Imaginé cómo le metía la mano por debajo del vestido a Laura mientras yo estaba a solo unos metros.

LAURA: (En un susurro asustado pero excitado) —¡Esteban, no sea loco! Dani está ahí... de verdad que nos va a oír.
ESTEBAN: (Con voz ronca y dominante) —Cállese y no se mueva, que sabe que le encanta que la coja cuando el marido está cerca.
Poco después, Esteban pidió ir al baño. A los dos minutos, noté que Laura se levantaba disimuladamente con la excusa de buscar unas copas adicionales. Sabía exactamente lo que iba a pasar. Escuché el sonido de la puerta del baño abriéndose un centímetro y el jadeo ahogado de Laura cuando Esteban la jaló hacia adentro con un tirón violento.
Me quedé en el sofá, en un silencio absoluto, con los oídos atentos. El seguro del baño hizo un clic seco. Entonces empezaron los sonidos: el roce de la tela del vestido subiendo por las piernas, el desgarro de los pantis y el impacto brutal de una verga entrando sin preámbulos.
—¡Mmmgh!... ¡Esteban, rápido, ahhh!... ¡Nos va a oír! —gritó Laura en un susurro quebrado que retumbó en el pasillo.
—¡Calladita, perra... disfrútelo! —respondió Esteban antes de empezar a martillarla contra la pared del baño.
¡Plap, plap, plap!

El sonido de la carne chocando contra la carne era rítmico y crudo. Podía imaginar a Laura con una pierna levantada, apoyada contra el lavamanos, mientras Esteban la rellenaba con una saña animal. Me toqué la verga por encima del pantalón, cerrando los ojos y dejándome llevar por el morbo de saber que mi esposa estaba siendo poseída a escasos pasos de mí. Era el clímax de mi voyerismo.
Cuando salieron del baño, se veían impecables, lavándose las manos con un cinismo impresionante. Esteban me sirvió otro trago de whisky y se sentó a mi lado. Pasamos toda la tarde juntos: pusimos una película, jugamos una partida de póker en la mesa del comedor y nos reímos a carcajadas. Laura servía los pasabocas con las mejillas sonrojadas, sentándose al lado de Esteban y dejando que sus piernas se rozaran disimuladamente por debajo de la mesa. La imagen era de una falsedad exquisita: mi amigo leal y mi esposa devota compartiendo una mesa conmigo, llevando todavía adentro el sudor del baño. Esteban se despidió ya entrada la noche con un abrazo fraternal que me hizo sonreír con pura malicia.
Esa noche, cuando nos metimos a las cobijas, la habitación olía a cansancio y a alcohol. Me pegué a la espalda de Laura en la penumbra, sintiendo la firmeza de sus nalgas calientes presionando contra mi ingle. Le aparté el cabello del cuello y le besé la piel húmeda donde Esteban seguro había dejado su saliva unas horas antes.
DANIEL: (Susurrándole al oído con voz grave mientras le pasaba la mano por el vientre hasta llegar a su vulva) —Te noto calientita, mi amor... Como si no hubieras descansado en todo el día.
Laura soltó un jadeo suave, abriendo las piernas por puro instinto. Cuando introduje mis dedos en su vagina, la sentí empapada, suelta, todavía sensible e inflamada por los embates secos contra el lavamanos. La acomodé de lado, le levanté la pierna derecha y la penetré de un solo empujón profundo por detrás. La sensación fue una explosión de placer: su vulva estaba caliente, ultra lubricada por el rastro de la tarde.


LAURA: (Apretando las sábanas con las manos y enterrando la cara en la almohada) —¡Ahhh, Dani!... Dios mío, estás durísimo... me vas a partir.
Cada embestida mía era un reclamo silencioso. Sentir la textura de su pussy, sabiendo que horas antes Esteban la había rellenada a tres metros de mí y que el día anterior Paola la había reventado con el dildo, me volvió loco. La tomé con fuerza por las caderas, marcando mis dedos en su carne, hundiéndome en ella mientras me imaginaba el semen de mi amigo mezclándose con mi propio fluido dentro de ella. La embestí con un ritmo salvaje, escuchando el choque de nuestros cuerpos retumbar en la habitación hasta que terminé adentro de ella con una sacudida violenta, gimiendo en su oído mientras ella se retorcía en un orgasmo tardío, convencida de que su engaño perfecto me tenía a sus pies.



Pasaron un par de días y volvimos a la rutina laboral. Una noche, mientras Laura dormía profundamente a mi lado, el instinto de cazador me impulsó a tomar su celular. Entré en la carpeta oculta y encontré un video grabado esa misma tarde en un motel.
Al darle play, el corazón se me aceleró. La imagen era nítida: Laura estaba en cuatro patas sobre una colcha blanca, moviendo las caderas con una desesperación que nunca había visto en la casa. Un hombre, cuyo rostro no aparecía en el encuadre pero cuya voz era tosca y dominante, la azotaba en las nalgas mientras la embestía con una fuerza brutal.
AMANTE DESCONOCIDO: —¿De quién es esta perra casada, ah? ¿De quién es este culo?

LAURA: (Gritando, con la voz rota por el placer y la sumisión) —¡Tuya!... ¡Hágale duro, pártame toda!... ¡Mmmgh, sí, así!... ¡Relléneme bien!
Avían varios de estos días , mi esposita iba los días que supuestamente yo iba al gym eran una cosa sabrosa

Me masturbé en la penumbra de la habitación, al lado de mi mujer dormida, viendo el video en bucle. Sentí una mezcla de orgullo y una curiosidad devoradora. Ya conocía la depravación con Paola y Esteban, pero este hombre era diferente. Era un desconocido que la dominaba sin piedad en un motel mientras yo estaba en la oficina.
Me quedé mirando el techo mientras el corazón me latía a mil. ¿Quién era ese hombre? ¿Cuántos más había en la vida de mi esposa? La intriga era un afrodisíaco más potente que cualquier droga. No sabía que la respuesta me aguardaba en la cena familiar del domingo, y que el juego de la traición estaba a punto de alcanzar un nivel de depravación que ni yo mismo había imaginado.

LAURA: (Con una mirada amorosa y un tono de voz tan dulce que resultaba insultante) —Ay, mi amor... Qué pena que me encontraste así. Es que me dio un dolor de cabeza y un mareo horrible en la tarde, y Paola vino a acompañarme. Me sobó un rato, nos tomamos un vinito para la tensión y me quedé privada... pobrecita de mí.
La abracé con ternura, besando su frente mientras sentía el aroma del sexo y el alcohol impregnado en su piel. Por fuera, yo era el esposo comprensivo y protector; por dentro, era un animal extasiado. Me fascinaba cómo me mentía en la cara, cómo se sentía la reina del engaño mientras yo poseía cada frame de su verdad.
Me retiré al baño con el pretexto de lavarme las manos. Una vez cerrado el seguro, saqué el celular y abrí el video que Paola me había enviado. Vi a mi esposa en cuatro patas, con la cara deshecha en un orgasmo violento mientras el dildo de Paola la reventaba sin piedad. Escuché sus gritos de "¡Soy tuya, Pao!", y sentí que mi verga se ponía dura como una piedra contra el pantalón. Inmediatamente, abrí el chat.
PAOLA: (Vía texto) —¿Te gustó la sorpresita, cornudo?... Acostúmbrate, porque de ahora en adelante nos vamos a turnar a tu esposita cuando a mí se me dé la gana.
Sonreí frente a la pantalla. No había rastro de celos en mí, solo una gratitud obscena por haber encontrado a alguien que ayudara a desatar la perra que Laura llevaba dentro.
DANIEL: (Vía texto) —Encantado de la vida, Pao. Todo un placer compartirla contigo.
Unos días después, Esteban llegó al apartamento con una botella de whisky para felicitarnos por el matrimonio. La atmósfera era relajada en la superficie, pero debajo de eso, la tensión sexual era un cable de alta tensión a punto de romperse. Mientras yo iba a la cocina por los hielos, escuché el roce de la ropa en la barra de la cocina. Sabía que Esteban no se podía aguantar. Imaginé cómo le metía la mano por debajo del vestido a Laura mientras yo estaba a solo unos metros.

LAURA: (En un susurro asustado pero excitado) —¡Esteban, no sea loco! Dani está ahí... de verdad que nos va a oír.
ESTEBAN: (Con voz ronca y dominante) —Cállese y no se mueva, que sabe que le encanta que la coja cuando el marido está cerca.
Poco después, Esteban pidió ir al baño. A los dos minutos, noté que Laura se levantaba disimuladamente con la excusa de buscar unas copas adicionales. Sabía exactamente lo que iba a pasar. Escuché el sonido de la puerta del baño abriéndose un centímetro y el jadeo ahogado de Laura cuando Esteban la jaló hacia adentro con un tirón violento.
Me quedé en el sofá, en un silencio absoluto, con los oídos atentos. El seguro del baño hizo un clic seco. Entonces empezaron los sonidos: el roce de la tela del vestido subiendo por las piernas, el desgarro de los pantis y el impacto brutal de una verga entrando sin preámbulos.
—¡Mmmgh!... ¡Esteban, rápido, ahhh!... ¡Nos va a oír! —gritó Laura en un susurro quebrado que retumbó en el pasillo.
—¡Calladita, perra... disfrútelo! —respondió Esteban antes de empezar a martillarla contra la pared del baño.
¡Plap, plap, plap!

El sonido de la carne chocando contra la carne era rítmico y crudo. Podía imaginar a Laura con una pierna levantada, apoyada contra el lavamanos, mientras Esteban la rellenaba con una saña animal. Me toqué la verga por encima del pantalón, cerrando los ojos y dejándome llevar por el morbo de saber que mi esposa estaba siendo poseída a escasos pasos de mí. Era el clímax de mi voyerismo.
Cuando salieron del baño, se veían impecables, lavándose las manos con un cinismo impresionante. Esteban me sirvió otro trago de whisky y se sentó a mi lado. Pasamos toda la tarde juntos: pusimos una película, jugamos una partida de póker en la mesa del comedor y nos reímos a carcajadas. Laura servía los pasabocas con las mejillas sonrojadas, sentándose al lado de Esteban y dejando que sus piernas se rozaran disimuladamente por debajo de la mesa. La imagen era de una falsedad exquisita: mi amigo leal y mi esposa devota compartiendo una mesa conmigo, llevando todavía adentro el sudor del baño. Esteban se despidió ya entrada la noche con un abrazo fraternal que me hizo sonreír con pura malicia.
Esa noche, cuando nos metimos a las cobijas, la habitación olía a cansancio y a alcohol. Me pegué a la espalda de Laura en la penumbra, sintiendo la firmeza de sus nalgas calientes presionando contra mi ingle. Le aparté el cabello del cuello y le besé la piel húmeda donde Esteban seguro había dejado su saliva unas horas antes.
DANIEL: (Susurrándole al oído con voz grave mientras le pasaba la mano por el vientre hasta llegar a su vulva) —Te noto calientita, mi amor... Como si no hubieras descansado en todo el día.
Laura soltó un jadeo suave, abriendo las piernas por puro instinto. Cuando introduje mis dedos en su vagina, la sentí empapada, suelta, todavía sensible e inflamada por los embates secos contra el lavamanos. La acomodé de lado, le levanté la pierna derecha y la penetré de un solo empujón profundo por detrás. La sensación fue una explosión de placer: su vulva estaba caliente, ultra lubricada por el rastro de la tarde.


LAURA: (Apretando las sábanas con las manos y enterrando la cara en la almohada) —¡Ahhh, Dani!... Dios mío, estás durísimo... me vas a partir.
Cada embestida mía era un reclamo silencioso. Sentir la textura de su pussy, sabiendo que horas antes Esteban la había rellenada a tres metros de mí y que el día anterior Paola la había reventado con el dildo, me volvió loco. La tomé con fuerza por las caderas, marcando mis dedos en su carne, hundiéndome en ella mientras me imaginaba el semen de mi amigo mezclándose con mi propio fluido dentro de ella. La embestí con un ritmo salvaje, escuchando el choque de nuestros cuerpos retumbar en la habitación hasta que terminé adentro de ella con una sacudida violenta, gimiendo en su oído mientras ella se retorcía en un orgasmo tardío, convencida de que su engaño perfecto me tenía a sus pies.



Pasaron un par de días y volvimos a la rutina laboral. Una noche, mientras Laura dormía profundamente a mi lado, el instinto de cazador me impulsó a tomar su celular. Entré en la carpeta oculta y encontré un video grabado esa misma tarde en un motel.
Al darle play, el corazón se me aceleró. La imagen era nítida: Laura estaba en cuatro patas sobre una colcha blanca, moviendo las caderas con una desesperación que nunca había visto en la casa. Un hombre, cuyo rostro no aparecía en el encuadre pero cuya voz era tosca y dominante, la azotaba en las nalgas mientras la embestía con una fuerza brutal.
AMANTE DESCONOCIDO: —¿De quién es esta perra casada, ah? ¿De quién es este culo?

LAURA: (Gritando, con la voz rota por el placer y la sumisión) —¡Tuya!... ¡Hágale duro, pártame toda!... ¡Mmmgh, sí, así!... ¡Relléneme bien!
Avían varios de estos días , mi esposita iba los días que supuestamente yo iba al gym eran una cosa sabrosa

Me masturbé en la penumbra de la habitación, al lado de mi mujer dormida, viendo el video en bucle. Sentí una mezcla de orgullo y una curiosidad devoradora. Ya conocía la depravación con Paola y Esteban, pero este hombre era diferente. Era un desconocido que la dominaba sin piedad en un motel mientras yo estaba en la oficina.
Me quedé mirando el techo mientras el corazón me latía a mil. ¿Quién era ese hombre? ¿Cuántos más había en la vida de mi esposa? La intriga era un afrodisíaco más potente que cualquier droga. No sabía que la respuesta me aguardaba en la cena familiar del domingo, y que el juego de la traición estaba a punto de alcanzar un nivel de depravación que ni yo mismo había imaginado.
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