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Quiero volver al útero de mi madre.

Han pasado años que sigo estancado.
No hallé un motivo de vida, ningún propósito ni chispa. Me he rendido, aceptado el fracaso de ser humano que soy.
Lamento ser pesimista, pero ya me convencí de ello.
Es por eso que dejé que mi mente y cuerpo se pudriesen en la soledad de mi cuarto. No tenía valor de afrontar mis derrotas, el miedo a fracasar y la nula expectativa sobre mí.

Pero a pesar de ello tenía un apoyo incondicional ¿sabes?
Alguien que aún veía en mí un potencial que yo no podía. Mi madre.
Durante mucho tiempo fue compasiva conmigo, evitando las conversaciones que yo no quería tocar. Dándome un lugar en la casa, sin importar qué.

Sin embargo, las cosas se han ido deteriorando. La paciencia y tolerancia de mis hermanos disminuye cada día.
Le reprochan a mi madre lo inútil que soy y su gentileza conmigo.
Hasta hace poco me defendía como ella podía...

Hoy, el ambiente se siente diferente. Ya no me saluda en las mañanas, ni me dirige la palabra si no es por algún recado. 
Puedo notar la frialdad de su actitud, y eso me parte el corazón.
Aunque sea consciente de mi situación, no puedo evitar sentirme desesperado; quiero gritarle el porqué me rendí, decirle lo mucho que lamento que tenga un hijo como yo.
Hace mucho que no recibo un abrazo de ella...

Pensar en aquello me quiebra en llanto. Extraño la fuerza con la que me estrujaba entre sus brazos. La calidez de su cuerpo, cubriéndome como una manta que me protegía de cualquier problema.
Aferrarme a su cuerpo como si no existiese nada más.
Su cuerpo...

Recuerdo apoyar mi cabeza sobre sus tetas cuando llegaba a darle un abrazo. Eran tan suavecitas y amasables... con un brillo natural hipnótico.
Reposar mis brazos por su cintura, hundidos entre su deliciosa carne... los rollitos y el vientre hinchadito después de haber parido a 3.
Su gran culo gelatinoso lleno de estrias eran un manjar que jamás tuve la dicha de probar... Siempre quise jugar con sus nalgotas, azotarlas tan duro como pudiese y abrirlas para perder mi rostro en ellas.

Todos estos pensamientos pecaminosos aparecían una y otra vez en mi mente. Entrándome en calor e impulso sexual.
La verga se me comienza a hinchar entre mis bóxers y debo actuar rápido para ocultarlo antes que se dé cuenta. Muchas veces la separaba con la excusa de no interrumpirla con sus asuntos.
No podía dejar que mi erección chocase su vientre, porque tal vez eso la alejaría por completo de mí.
Su vientre...

Hay una inexplicable sensación que me recorre el cuerpo cada vez que pienso en ella, en la desnudez de su cuerpo maternal. Me invade el deseo de abalanzarme y declarármele como un hombre ve a la mujer de su vida. 
Pegar lo más que pueda nuestros cuerpos, queriendo unirnos en una perversa e indebida relación amorosa.
Ceder ante nuestros instintos más primitivos...
Expresar lo mucho que la amo, y pedir perdón por todo el sufrimiento que le causé.


Si del útero de mi madre salí como una nueva persona en este mundo... Volvería a entrar para rehacer lo que soy.
Usando aquello que me hace hombre, aquello que ella misma me dio al crearme... y lo que ahora la convertiría en su mujer.

Sería mi promesa y prueba de amor.
No le daré más decepciones.

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