El sol de la tarde aún era amable cuando Camila giró la llave en la cerradura. Llevaba el bolso de trabajo colgado del hombro, el blassier ligeramente arrugado y el cansancio de ocho horas frente a una pantalla. Tenía treinta y ocho años, el cuerpo maduro y voluptuoso que años de oficina no habían logrado aplanar del todo: caderas anchas, pechos pesados que empujaban la blusa blanca, cintura todavía definida bajo la falda lápiz. El maquillaje se le había ido un poco, pero los labios conservaban un tono rosado.
Dentro de la casa olía a quietud. Carlos estaba en el sofá, con una camiseta vieja y pantalones cortos, los pies descalzos sobre la mesa. Veinte años, alto, delgado, hombros estrechos, cara de pocos amigos. No era el chico que llamaba la atención en la calle; era el que se escondía detrás de los auriculares y de los libros. Estaba de vacaciones de la universidad y, como casi siempre, solo en casa.
—Hola, mamá —dijo sin levantar del todo la vista del celular.
—Hola, mi vida. ¿Comiste algo?

Camila dejó el bolso en la silla del comedor y se quitó los zapatos. Los pies le dolían. En la cocina abrió la nevera por costumbre, pero el ruido de la televisión la detuvo. Carlos había subido el volumen.
Las imágenes eran caóticas: gente corriendo, humo, pantallas partidas, un presentador con la voz temblando. “…ataques inexplicables en varios puntos de la ciudad… se recomienda no salir…”. Luego un video amateur: alguien mordiendo a otro en plena calle. La sangre se veía demasiado real.
Camila se quedó quieta, una mano todavía en la puerta del refrigerador.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
Carlos se incorporó. Por primera vez en mucho tiempo la miró de frente.
—No sé. Empezó hace como una hora. Papá no contesta.
El nombre de Joel cayó entre ellos como una piedra. Cuarenta y cuatro años, contador, reunión de trabajo en el centro. Siempre llegaba a las siete. Eran casi las seis y media.
Camila sacó el teléfono. Marcó. Sonó y sonó. Nadie respondió. Volvió a marcar. El mismo silencio. En la televisión ahora mostraban un mapa de la ciudad con puntos rojos que se multiplicaban.

Se sentaron en el sofá, uno al lado del otro, sin tocarse. La distancia de siempre. Camila se pasó una mano por el cabello, nerviosa. Carlos no decía nada, pero sus dedos apretaban el celular con fuerza.
Afuera se oyeron sirenas lejanas, luego un grito, luego nada.
Pasaron minutos. Horas, quizás. La luz de la tarde se fue apagando. Camila se levantó a cerrar las cortinas, a revisar las puertas, a llenar botellas de agua sin saber muy bien por qué. Carlos la seguía con la mirada, callado, introvertido como siempre, pero esa noche había algo distinto en sus ojos: miedo puro.
Cuando anocheció del todo, la electricidad parpadeó y se cortó. La casa quedó en penumbra. Solo el resplandor débil de los celulares.

—Mamá… —dijo Carlos en voz baja—. ¿Crees que papá…?
Camila no respondió de inmediato. Se sentó otra vez a su lado. El sofá crujió. Por un segundo sus hombros casi se rozaron, pero ella se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—No lo sé, Carlos. No lo sé.
Afuera, en la oscuridad, algo se movió. Un golpe metálico. Un arrastre. Luego silencio otra vez.
Camila levantó la vista hacia la ventana cerrada. Su cuerpo, todavía envuelto en la ropa de oficina, se sentía pesado, consciente de cada respiración. Carlos estaba tan cerca que podía oír cómo tragaba saliva. Ninguno se movió más. Ninguno dijo nada más.
Solo esperaron. La noche del día en que todo se desató apenas comenzaba.
Los días siguientes se arrastraron en una quietud pesada. La electricidad se fue al tercer amanecer. Primero parpadeó, después murió del todo. La casa quedó sumida en una penumbra permanente que solo rompían las linternas y la luz de los celulares.
Aun así, la red inalámbrica resistió una semana más. Cada mañana, a la misma hora, llegaba el mismo mensaje de emergencia: “Permanezcan en sus hogares. No salgan. Las autoridades trabajan en la contención.” Camila lo leía en voz alta. Carlos asentía en silencio. Ninguno de los dos mencionaba ya el nombre de Joel. El silencio alrededor de ese nombre se había vuelto parte de la casa.

El agua se cortó el día nueve. Primero salió un hilo marrón del grifo, después nada. Camila miró el tanque del baño, las botellas que habían llenado a tiempo y calculó en voz baja:
—Si nos duchamos juntos cada dos días, nos alcanza más.
Carlos no discutió. Solo asintió, la mirada fija en el suelo.
La primera vez fue incómodo. El baño era pequeño. Encendieron una sola vela. Camila entró con una toalla envuelta alrededor del cuerpo; Carlos con otra. Se turnaron para mojarse con el agua fría que habían calentado a duras penas en una olla. Ella le pasaba el jabón sin mirarlo directamente. Él se enjabonaba la espalda con movimientos rápidos, casi nerviosos. Cuando el agua resbalaba por el pecho maduro de Camila, por la curva de su cintura, por las caderas anchas, Carlos desviaba los ojos hacia la pared. Ella notaba el movimiento, pero no decía nada. Solo le alcanzaba la toalla cuando terminaban y salían del baño en silencio, cada uno a su habitación.
Dentro de la casa olía a quietud. Carlos estaba en el sofá, con una camiseta vieja y pantalones cortos, los pies descalzos sobre la mesa. Veinte años, alto, delgado, hombros estrechos, cara de pocos amigos. No era el chico que llamaba la atención en la calle; era el que se escondía detrás de los auriculares y de los libros. Estaba de vacaciones de la universidad y, como casi siempre, solo en casa.
—Hola, mamá —dijo sin levantar del todo la vista del celular.
—Hola, mi vida. ¿Comiste algo?

Camila dejó el bolso en la silla del comedor y se quitó los zapatos. Los pies le dolían. En la cocina abrió la nevera por costumbre, pero el ruido de la televisión la detuvo. Carlos había subido el volumen.
Las imágenes eran caóticas: gente corriendo, humo, pantallas partidas, un presentador con la voz temblando. “…ataques inexplicables en varios puntos de la ciudad… se recomienda no salir…”. Luego un video amateur: alguien mordiendo a otro en plena calle. La sangre se veía demasiado real.
Camila se quedó quieta, una mano todavía en la puerta del refrigerador.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
Carlos se incorporó. Por primera vez en mucho tiempo la miró de frente.
—No sé. Empezó hace como una hora. Papá no contesta.
El nombre de Joel cayó entre ellos como una piedra. Cuarenta y cuatro años, contador, reunión de trabajo en el centro. Siempre llegaba a las siete. Eran casi las seis y media.
Camila sacó el teléfono. Marcó. Sonó y sonó. Nadie respondió. Volvió a marcar. El mismo silencio. En la televisión ahora mostraban un mapa de la ciudad con puntos rojos que se multiplicaban.

Se sentaron en el sofá, uno al lado del otro, sin tocarse. La distancia de siempre. Camila se pasó una mano por el cabello, nerviosa. Carlos no decía nada, pero sus dedos apretaban el celular con fuerza.
Afuera se oyeron sirenas lejanas, luego un grito, luego nada.
Pasaron minutos. Horas, quizás. La luz de la tarde se fue apagando. Camila se levantó a cerrar las cortinas, a revisar las puertas, a llenar botellas de agua sin saber muy bien por qué. Carlos la seguía con la mirada, callado, introvertido como siempre, pero esa noche había algo distinto en sus ojos: miedo puro.
Cuando anocheció del todo, la electricidad parpadeó y se cortó. La casa quedó en penumbra. Solo el resplandor débil de los celulares.

—Mamá… —dijo Carlos en voz baja—. ¿Crees que papá…?
Camila no respondió de inmediato. Se sentó otra vez a su lado. El sofá crujió. Por un segundo sus hombros casi se rozaron, pero ella se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—No lo sé, Carlos. No lo sé.
Afuera, en la oscuridad, algo se movió. Un golpe metálico. Un arrastre. Luego silencio otra vez.
Camila levantó la vista hacia la ventana cerrada. Su cuerpo, todavía envuelto en la ropa de oficina, se sentía pesado, consciente de cada respiración. Carlos estaba tan cerca que podía oír cómo tragaba saliva. Ninguno se movió más. Ninguno dijo nada más.
Solo esperaron. La noche del día en que todo se desató apenas comenzaba.
Los días siguientes se arrastraron en una quietud pesada. La electricidad se fue al tercer amanecer. Primero parpadeó, después murió del todo. La casa quedó sumida en una penumbra permanente que solo rompían las linternas y la luz de los celulares.
Aun así, la red inalámbrica resistió una semana más. Cada mañana, a la misma hora, llegaba el mismo mensaje de emergencia: “Permanezcan en sus hogares. No salgan. Las autoridades trabajan en la contención.” Camila lo leía en voz alta. Carlos asentía en silencio. Ninguno de los dos mencionaba ya el nombre de Joel. El silencio alrededor de ese nombre se había vuelto parte de la casa.

El agua se cortó el día nueve. Primero salió un hilo marrón del grifo, después nada. Camila miró el tanque del baño, las botellas que habían llenado a tiempo y calculó en voz baja:
—Si nos duchamos juntos cada dos días, nos alcanza más.
Carlos no discutió. Solo asintió, la mirada fija en el suelo.
La primera vez fue incómodo. El baño era pequeño. Encendieron una sola vela. Camila entró con una toalla envuelta alrededor del cuerpo; Carlos con otra. Se turnaron para mojarse con el agua fría que habían calentado a duras penas en una olla. Ella le pasaba el jabón sin mirarlo directamente. Él se enjabonaba la espalda con movimientos rápidos, casi nerviosos. Cuando el agua resbalaba por el pecho maduro de Camila, por la curva de su cintura, por las caderas anchas, Carlos desviaba los ojos hacia la pared. Ella notaba el movimiento, pero no decía nada. Solo le alcanzaba la toalla cuando terminaban y salían del baño en silencio, cada uno a su habitación.
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