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El Sabor Ajeno.

El sabor ajeno
Soy Martín, 47 años, contextura media, rubio, ojos celestes.Y esta noche volví a confirmar lo que ya sé hace rato: me encanta que mi mujersea una puta calentona.
Flor tenía 35, pelo castaño claro, ojos miel, sonrisa quedesarma, tetas grandes con pezones rosados y duros, culo parado y redondo quese movía como si pidiera ser agarrado. Esa noche salimos a un asado en lo deunos conocidos en la costa. Ella se puso un vestido camisero blanco, de esosabotonados adelante, corto hasta medio muslo, de tela liviana que setransparentaba un poco con la luz. Debajo llevaba un bikini casi porno: dostriangulitos negros minúsculos que apenas le cubrían los pezones y una tanga dehilo que se le perdía entre el culo. Cada vez que se inclinaba o el vientomovía la tela se le marcaban los pezones y el contorno de la concha. Yo lamiraba y se me ponía dura solo de imaginar lo que podíamos hacer.
Después de comer, con unos vinos encima, nos quedamos cercade la pileta. Había un tipo de unos cuarenta, alto, morocho, de brazosmarcados, que no le sacaba los ojos de encima. Se llamaba Alejandro. Flor lo notóde inmediato. Empezó el juego entre nosotros, lento, con miradas y preguntas envoz baja.
—¿Lo viste, Tincho? —me dijo, acercándose y rozándome lamano con la suya—. Ese morocho no para de mirarme las tetas.
—Sí, lo vi. ¿Te gusta? —le pregunté, mirándola fijo a losojos miel.
Ella sonrió, mordiéndose el labio, y se abotonó un botón másabajo del vestido, dejando que se le abriera un poco más el escote. El bikininegro se le marcó perfecto.
—Me gusta cómo me mira… como si ya me estuviera cogiendo conla mirada. ¿Vos qué decís, cornudito? ¿Te calienta que otro me desee así?
—Me calienta. Contame qué harías si te lo cruzás solo.
—Le chuparía la pija hasta que se corra en mi boca… ydespués vendría a besarte para que pruebes. ¿Te gustaría eso?
Me agarró la entrepierna por arriba del pantalón, notando loduro que estaba. Yo le respondí con la misma moneda:
—Sí. Quiero que me cuentes cada detalle. ¿Le mostrarías elbikini?
—Se lo mostraría entero… me sacaría el vestido y lo dejaríaque me toque. ¿Vas a mirar o vas a esperar a que vuelva?
El intercambio siguió un rato. Ella se alejaba un poco, sereía con Alejandro, le tocaba el brazo, se inclinaba para que él viera elescote, y después volvía a mi lado a seguir provocándome.
—Me preguntó si estaba casada —me susurró en un momento—. Ledije que sí, pero que mi marido es muy… comprensivo. ¿Hice bien, cornudo?
—Hiciste perfecto. Seguí.
En un descuido mío, mientras saludaba a un conocido y medistraía dos minutos, Flor desapareció. Cuando me di vuelta ya no estaba. Elestómago se me apretó y la pija se me puso todavía más dura. Dejé la birra ysalí a buscarla. Caminé por el jardín, miré cerca de la pileta, pregunté porarriba a un par de tipos. Nada. Seguí hasta el fondo, donde había un quinchomedio oscuro, apartado.
Los encontré ahí.
Flor ya tenía el vestido abierto hasta la cintura, losbotones desabrochados. El corpiño del bikini negro estaba corrido hacia abajo ylas tetas le habían quedado afuera, pezones rosados duros y expuestos. Estabade rodillas frente a Alejandro. Le chupaba la pija con esa hambre que solo usacuando quiere que yo me muera de ganas. Le lamió el glande, le escupió, se lametió hasta el fondo y gimió con la boca llena. Alejandro le agarraba el pelo yle embestía la cara.
—Qué puta que sos… —le gruñía él.
Flor sacó la pija, babeada, y le dijo:
—Más… quiero que me cojas. Acá, contra la pared.
Se levantó, se dio vuelta, apoyó las manos en la pared delquincho y sacó el culo. Alejandro le corrió la tanga del bikini hacia un lado,sin bajársela, le separó las nalgas y se la metió de una. Empezó a cogérsela deperrito, fuerte, agarrándola de las caderas. Flor gemía bajito, mirando dereojo hacia la oscuridad donde yo estaba escondido, aunque no podía verme deltodo. Las tetas le colgaban libres, rebotando con cada embestida.
—Así… más fuerte… usame…
Alejandro aceleró. Cuando estuvo a punto de acabarse, se lasacó, se la frotó entre las nalgas y se corrió encima del culo de ella, chorrosespesos que le mancharon las nalgas y le corrieron por el surco. Flor searrodilló de nuevo, le tomó la pija todavía palpitante y se la chupó limpia,lamiendo cada gota, tragando lo que pudo. Cuando terminó, se pasó la lengua porlos labios. No se limpió nada. Se acomodó el vestido a los apuros, dejó lastetas afuera del corpiño del bikini y la tanga corrida a un lado, y se despidiórápido del tipo.
Volvió hacia donde yo estaba. Cuando me encontró detrás delos arbustos, todavía con la pija afuera y dura como piedra, sonrió. Estabatoda sucia: semen brillando en el culo, tetas expuestas y el gusto de la lecheajena todavía en la boca.
—¿Viste, cornudito? —me susurró, acercándose—. Me la chupé,me cogió de perrito contra la pared y me acabó en el culo. Después se la limpiécon la boca… todavía la tengo acá… y no me limpié nada. Me voy a volver a lafiesta así, toda manchada.
Me agarró de la nuca y me besó. Lengua adentro, profunda,lenta. El gusto era espeso, salado, amargo… leche de otro mezclada con el saborde su concha. Me la pasó toda, me la restregó por los labios, me obligó atragar lo que le quedaba. Yo gemí dentro de su boca mientras le apretaba elculo con las dos manos y le hundía los dedos entre las nalgas, notando lahumedad y los restos pegajosos.
—Mirá cómo te pusiste… te calentó verme tragarme la pija deese flaco y que me coja, ¿no? Decime que te gusta, cornudo de mierda.
—Me gusta, puta… me gusta que me traigas el gusto de otro enla boca… que me dejes probar su leche… y que te vayas toda sucia…
La empujé contra la pared del quincho. Le abrí el vestidodel todo. Las tetas seguían afuera del corpiño negro. Le corrí un poco más latanga y le miré la concha chorreando, hinchada, abierta. Me arrodillé unsegundo y le di una chupada larga, saboreando su gusto mezclado con el olor asexo ajeno. Después me paré, le abrí las piernas y me la metí de una. Estabatan mojada que entró hasta el fondo sin resistencia. Empecé a cogérmela fuerte,agarrándola de las caderas, mirando cómo le rebotaban las tetas libres y cómotodavía le brillaban los restos de semen en el culo.
—Contame todo lo que no vi… —le gruñí al oído mientras leembestía—. Contame cómo te la chupaste primero.
—Me la metió hasta la garganta… me apretó la cabeza… despuésme dio vuelta y me la clavó de perrito… me agarraba el culo y me decía puta… ycuando se iba a correr se la sacó y me llenó las nalgas… yo me arrodillé y sela limpié toda… tragué lo que pude… ¿te gusta olerlo, cornudo? Mirá cómo me voya volver a la fiesta… toda manchada para que sepan…
Le hundí la cara en el pecho y le lamí los pezones. Despuésbajé una mano, le toqué el culo y me unté los dedos con lo que le quedaba deAlejandro. Se los llevé a la boca y ella los chupó mirándome a los ojos.
—Acabame adentro… llename… quiero que tu leche se mezcle conla de él…
Aceleré. Ella se corrió primero, apretándome la pija con laconcha en espasmos violentos, gimiendo bajito, clavándome las uñas en laespalda. Yo la seguí, descargándome adentro con embestidas profundas. Cuandoterminé, me quedé adentro un rato, respirando agitado, y la volví a besar,saboreando todavía el gusto de Alejandro mezclado con el mío. Le metí dos dedosen la concha, saqué la mezcla de semen y se la llevé a la boca. Ella lo chupóentero.
—¿Te gustó, mi amor? —me preguntó con voz ronca—. ¿Te gustóverte cornudo otra vez?
—Más que nunca.
Caminamos de vuelta al asado como si nada hubiera pasado. Yocon la pija todavía sensible y el sabor ajeno pegado en la lengua. Ella con elvestido mal abotonado, las tetas afuera del corpiño del bikini, la tangacorrida a un lado y la concha goteando una mezcla de los dos. Toda sucia, sinlimpiarse nada, volviendo a la fiesta así.
Y yo, como siempre, más cornudo y más caliente que nunca.

1 comentarios - El Sabor Ajeno.

nick8765
nada mas rico que el aroma del macho mezclado con el de ella