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Cojida a mi vieja en el fondo y fue al medico.

CONTINUACIÓN DEL RELATO ANTERIOR

Si no leíste la parte de anoche, hacelo primero:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6418472/El-Sabado-Pasado-Sexo-Con-mi-Mama-Novia.html

El sol de la tarde pegaba de costado en el fondo de la casa. El pasto estaba recién cortado, olía a verde y a tierra húmeda. El terreno no daba a ninguna casa: solo el muro alto de fondo, unos árboles y el silencio del barrio. Por eso estaban los dos en bolas, sin apuro, como si el mundo se hubiera terminado en el portón.

Lucas estaba tirado de espaldas sobre una toalla vieja que habían traído del baño. María se había sentado a horcajadas encima de él, todavía con la concha hinchada y resbalosa de la segunda corrida. La pija de él, semidura, le rozaba el muslo. El ventilador de adentro se escuchaba lejano. Afuera solo el ruido de las chicharras y el calor que les secaba el sudor de a poco.

Ella le acariciaba el pecho con una mano, distraída, mientras miraba el pasto.

—Lucas… hoy fui al médico a la mañana, antes de que te levantaras.

Él abrió los ojos y la miró desde abajo, un poco más serio.

—¿Y? ¿Todo bien?

María sonrió y se inclinó a darle un besito en la frente. Las tetas le colgaron pesadas sobre el pecho de él.

—Sí, todo bien. Me hizo unos chequeos de rutina. Presión, análisis, pap y eso. El doctor, un tipo como de 50 años, me miró y me dijo que me veía “joven y con muy buena energía”. Que tengo la presión perfecta, que la piel y todo está bien para mi edad. Hasta me preguntó si estaba tomando algo o si había cambiado algo en mi vida porque me veía “radiante y feliz”.

Lucas sonrió con orgullo y le apretó suavemente una teta, jugando con el pezón.

—Claro, porque estás cogiendo seguido, mamá —dijo medio en joda, pero la voz le salió baja, posesiva—. Porque te la paso todos los días. Porque te dejo la concha llena y después te abrazo.

María se rio y le dio un cachetazo suave en el brazo.

—Boludo… no le dije eso, obvio. Pero sí, me preguntó si estaba haciendo ejercicio o si tenía nueva pareja. Le dije que “estaba más contenta que antes” y que me cuidaba. Me miró con cara rara pero no preguntó más.

Se quedó callada un segundo. El sol le calentaba la espalda desnuda. Se acomodó un poco y sintió la pija de Lucas empezar a endurecerse otra vez entre sus muslos.

—Igual me dijo que me cuide. Que aunque me vea joven, el cuerpo a los 56 ya no es el de los 30. Que no abuse, que coma sano, que tome calcio y que no deje de hacer controles. Me recetó unas vitaminas y me dijo que camine más.

Lucas asintió y le pasó las manos por la cintura, subiendo despacio hasta las tetas. La miraba con esa mezcla de hijo y de hombre que ya no disimulaba.

—¿Y vos qué pensás?

María suspiró y lo miró a los ojos. El sol le hacía brillar un poco de semen seco en el muslo interno.

—Que tiene razón. Me siento re bien, más viva que nunca… sobre todo desde que estamos así. Pero igual tengo que cuidarme. No quiero que dentro de unos años me arrepienta o que mi cuerpo no aguante. Así que voy a empezar a caminar todas las mañanas un rato y voy a comer mejor.

Se inclinó y le dio un beso largo y suave en la boca. La lengua de él le buscó la de ella con hambre tranquila. Cuando se separó, le habló contra los labios:

—Pero eso no significa que vayamos a parar con esto, eh. Solo que lo hagamos con cabeza. Vos también tenés que cuidarte, m’hijo. No quiero que estés todo el día con la pija dura y sin comer como corresponde.

Lucas se rio bajito y la tomó de la cintura, acomodándola exactamente encima de la verga, que ya estaba dura otra vez. La cabeza le rozaba la entrada mojada.

—Entonces… ¿puedo seguir cogiéndote acá afuera o ya cumpliste el cupo de “cuidado”?

María miró alrededor un segundo —el muro, los árboles, el pasto vacío— y después abrió un poco más las piernas. Se agachó, le agarró la pija con la mano y se la fue metiendo despacio, centímetro a centímetro, hasta sentarse del todo. Soltó un gemido largo cuando la tuvo completa adentro.

—Hoy podés… total es sábado y nadie nos ve. Pero mañana empiezo con la caminata. Y vos vas a venir conmigo, ¿entendiste?

—Dale, mamá —murmuró él, las manos agarrándole el culo, abriéndole un poco las nalgas mientras ella empezaba a moverse arriba suyo—. Te quiero. Te quiero con esta concha llena mía, acá en el pasto, como si fuéramos cualquier pareja.

María se apoyó en el pecho de él y empezó a cabalgarlo lento, profundo, el culo golpeando suave contra los muslos de Lucas. El pasto recién cortado le raspaba un poco las rodillas. El sol le calentaba la espalda. Cada vez que bajaba, la pija le llegaba hasta el fondo y ella soltaba un “uff…” bajo, casi de rezo.

—Y yo a vos, mi amor… mucho —susurró, gimiendo cuando él le empujó las caderas hacia abajo—. Ahora movete rico… pero no tan fuerte como antes. Que el doctor tiene razón… el cuerpo ya no es el de antes… pero esta concha todavía te la quiere toda.

Lucas la miraba desde abajo, obsesionado: las tetas moviéndose, la panza suave, la cara de María contraída de placer y de esa culpa suave que nunca terminaba de irse. Le pasó una mano por el pecho, le apretó un pezón y le habló con la voz ronca:

—Mamá… mirá cómo te queda la concha abierta cuando te la meto así. Se te ve todo. El semen de antes todavía está adentro y ahora le agrego más. Sos mía. Aunque Dios nos esté mirando desde arriba… sos mía.

María cerró los ojos un segundo, se persignó mentalmente otra vez, y después se inclinó a besarlo con la boca abierta, chupándole la lengua mientras seguía subiendo y bajando.

—Callate… y cogeme. Despacio. Que quiero sentirte todo el día.

El fondo de la casa olía a pasto cortado y a sexo. El sol iba bajando. Y ellos seguían, desnudos, unidos, como si el mundo de verdad terminara en ese muro.
Cojida a mi vieja en el fondo y fue al medico.

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