La sequía era insoportable. Habían pasado cuatro días desde el incidente en la sala y el silencio de Esteban era un muro que Laura no lograba derribar. Él no respondía los mensajes, no buscaba excusas y parecía haberse convertido en un ermitaño de la lealtad. Esa abstinencia la estaba volviendo loca; la veía caminar por la casa como una leona enjaulada, con los nervios a flor de piel y una rabia contenida que buscaba un escape desesperado.
Esa misma noche, la explosión ocurrió. No hubo besos románticos ni caricias suaves; lo que hubo fue una agresión sexual cargada de una frustración que no era conmigo. Laura entró al cuarto y me acorraló contra la cama con una violencia que me descolocó. Me bajó el pantalón de un tirón, con los ojos encendidos por una lujuria descontrolada, y se lanzó sobre mi verga con una furia animal. Me la mamó con una desesperación que casi me hace perder el control en ese instante, y antes de que pudiera reaccionar, se montó encima de mí, pidiéndome brutalidad:

¡Póngame en cuatro, hágame lo que quiera, pero déjeme doliendo todo! gritó, su voz rompiéndose en un gemido de pura necesidad.
La folle con una saña que buscaba cansar su cuerpo para calmar su mente. El sonido de nuestros cuerpos chocando era un estruendo violento en el silencio de la alcoba: *¡Plap, plap, plap!*. Laura gritaba sin control: "¡SÍ, MI AMOR, ASÍ!... ¡AHHH!... ¡MÁS FUERTE!". Yo la penetraba con una fuerza que era mi forma de procesar la verdad: sabía que toda esa agresividad no era amor por mí; era la frustración acumulada por no poder tener a Esteban todavía. Yo era solo el saco de boxeo de su deseo frustrado.

Al día siguiente, la tensión se trasladó al mundo digital. Como siempre, Paola me reenvió las capturas de los audios que Laura le grababa en medio de sus crisis de abstinencia.
Laura: Pao, este man me tiene loca... no avanza un carajo, se hace el santico y la verdad ya me estoy cansando. Estoy que me meo de las ganas y el hpta no cede.
Sentí un nudo en el estómago. La desesperación de Laura era casi tangible. Pero la respuesta de Paola fue la que cambió el rumbo del juego. Me reenvió un mensaje de ella misma , cabalgando a un hombre con una destreza obscena, seguido de una nota de voz:

Paola: Mire, mami... este es un man casado que se me hacía el fiel, el santico y el rogado. ¡Y mírelo ahora cómo me ruega por cucay culo! Todos caen, Lau. A los hombres 'buenos' no se les entra de frente porque se asustan. Entrale por la lealtad a Dani, finge que solo quieres una buena amistad y atácale el ego. Hazle creer que acercarse a ti es un favor para su gran amigo.
Me quedé mirando la pantalla en silencio. Sentía un conflicto interno asfixiante: por un lado, un respeto profundo y una admiración casi sagrada por Esteban, por su capacidad de resistirse como un varón leal; por el otro, una excitación enferma al ver cómo mi propia mujer se transformaba en una depredadora insaciable, una cazadora que no descansaría hasta ver al santo caer.
La estrategia de Paola funcionó como veneno en la sangre de Esteban. Al día siguiente, vi cómo Laura ejecutaba el plan de manipulación. Le escribió un mensaje buscando limpiar el aire:
Laura: "Esteban, qué pena contigo por lo de la otra vez, no quiero que queden las cosas raras. Yo solo quiero una buena amistad contigo. Dani me ha contado lo gran amigo que eres y que se conocen de toda la vida".
Esteban, aliviado por la supuesta disculpa, respondió de inmediato: "Tranquila Lau, no pasa nada. Qué bueno que lo aclares, lo último que quiero es un problema con Dani".
Pero Laura lanzó el dardo psicológico con una precisión quirúrgica: "Obvio. Es más... estuve pensando... ¿no te parece genial que las dos personas más importantes en la vida de Dani se lleven superbién y se lleguen a conocer muy, pero muy a fondo? 😉. Además, Dani es hermoso y todo, pero ¿a ti no te han dicho que eres muy lindo también? Tienes un encanto bien peligroso... a mí no me engañas".
Vi cómo Esteban aflojaba la guardia: "Bueno... tú tampoco te quedas atrás". Y entonces, la estocada final: la invitación a su cumpleaños en nuestro apartamento. Esteban, creyendo que era una reunión social y segura, aceptó eufórico.
La fiesta fue un ejercicio de tortura social. El apartamento estaba lleno de amigos, risas y música, pero para mí, todo era un escenario de guerra. Laura estaba deslumbrante, moviéndose entre la gente con una sensualidad que era un asalto constante a los sentidos de Esteban. Ella lo buscaba con la mirada, le servía tragos con roces "accidentales" y lo mantenía en un estado de alerta constante.

El momento cumbre ocurrió cuando Laura pidió una foto a solas con Esteban. Yo tomé el celular para capturar el momento. Mientras posaban sonrientes para la cámara, vi cómo Laura, con una audacia que me dejó sin aliento, pasaba la mano por detrás de la espalda de Esteban y le agarraba la nalga con firmeza por debajo del pantalón. Esteban se puso rojo como un demonio, disimulando el shock frente al lente, pero vi cómo su cuerpo reaccionaba al contacto.
Al final de la noche, cuando la gente empezó a irse, yo ejecuté mi papel de cómplice. Me retiré disimuladamente hacia la cocina, fingiendo que iba a recoger unas cosas, dándoles el espacio que el plan requería.
En la puerta de salida, vi cómo Laura acorralaba a Esteban. "¿Y es que no te vas a despedir bien de la cumpleañera?", le reclamó con una voz que era pura seducción. Esteban, visiblemente nervioso, le preguntó cómo quería que se despidiera. Cuando él se acercó para darle un beso inocente en la mejilla, Laura le volteó la cara con una rapidez felina y le robó un pico en la boca.

Chao Esteban... espero volver a verte muy pronto le susurró al oído antes de dejarlo ir. Esteban salió del apartamento casi huyendo, con la mente visiblemente destrozada.
Cuando la puerta se cerró y el silencio volvió a reinar, Laura no esperó ni un segundo. Se lanzó sobre mí en la cama con una rabia y una lujuria acumuladas que amenazaban con quemar la casa. La penetré con una furia ciega, buscando alimentar mi propio fetiche de ser el dueño de una mentira.

¿De quién es toda esta cuca, ah? ¿Quién es tu hombre? le pregunté mientras la embestía con saña, queriendo escuchar la verdad que sabía que no era real.
Laura jadeaba, sus ojos estaban nublados por el placer y la adrenalina del robo que acababa de cometer. Mientras se venía con un grito ahogado, me miró con una dulzura tóxica:
¡Tuya mi amor! ¡De mi Dani, tú eres el único dueño de mi cuerpo! exclamó mientras sus nalgas rebotaban contra las mías: *¡Plap, plap, plap!*.

La poseí disfrutando de la mentira más hermosa del mundo, sabiendo perfectamente que cada gemido de entrega y cada apretón de sus muslos en mi cintura eran un tributo mental a los labios y a la nalga de Esteban. El santo ya no era santo; solo era cuestión de tiempo para que la profanación fuera total.
Esa misma noche, la explosión ocurrió. No hubo besos románticos ni caricias suaves; lo que hubo fue una agresión sexual cargada de una frustración que no era conmigo. Laura entró al cuarto y me acorraló contra la cama con una violencia que me descolocó. Me bajó el pantalón de un tirón, con los ojos encendidos por una lujuria descontrolada, y se lanzó sobre mi verga con una furia animal. Me la mamó con una desesperación que casi me hace perder el control en ese instante, y antes de que pudiera reaccionar, se montó encima de mí, pidiéndome brutalidad:

¡Póngame en cuatro, hágame lo que quiera, pero déjeme doliendo todo! gritó, su voz rompiéndose en un gemido de pura necesidad.
La folle con una saña que buscaba cansar su cuerpo para calmar su mente. El sonido de nuestros cuerpos chocando era un estruendo violento en el silencio de la alcoba: *¡Plap, plap, plap!*. Laura gritaba sin control: "¡SÍ, MI AMOR, ASÍ!... ¡AHHH!... ¡MÁS FUERTE!". Yo la penetraba con una fuerza que era mi forma de procesar la verdad: sabía que toda esa agresividad no era amor por mí; era la frustración acumulada por no poder tener a Esteban todavía. Yo era solo el saco de boxeo de su deseo frustrado.

Al día siguiente, la tensión se trasladó al mundo digital. Como siempre, Paola me reenvió las capturas de los audios que Laura le grababa en medio de sus crisis de abstinencia.
Laura: Pao, este man me tiene loca... no avanza un carajo, se hace el santico y la verdad ya me estoy cansando. Estoy que me meo de las ganas y el hpta no cede.
Sentí un nudo en el estómago. La desesperación de Laura era casi tangible. Pero la respuesta de Paola fue la que cambió el rumbo del juego. Me reenvió un mensaje de ella misma , cabalgando a un hombre con una destreza obscena, seguido de una nota de voz:

Paola: Mire, mami... este es un man casado que se me hacía el fiel, el santico y el rogado. ¡Y mírelo ahora cómo me ruega por cucay culo! Todos caen, Lau. A los hombres 'buenos' no se les entra de frente porque se asustan. Entrale por la lealtad a Dani, finge que solo quieres una buena amistad y atácale el ego. Hazle creer que acercarse a ti es un favor para su gran amigo.
Me quedé mirando la pantalla en silencio. Sentía un conflicto interno asfixiante: por un lado, un respeto profundo y una admiración casi sagrada por Esteban, por su capacidad de resistirse como un varón leal; por el otro, una excitación enferma al ver cómo mi propia mujer se transformaba en una depredadora insaciable, una cazadora que no descansaría hasta ver al santo caer.
La estrategia de Paola funcionó como veneno en la sangre de Esteban. Al día siguiente, vi cómo Laura ejecutaba el plan de manipulación. Le escribió un mensaje buscando limpiar el aire:
Laura: "Esteban, qué pena contigo por lo de la otra vez, no quiero que queden las cosas raras. Yo solo quiero una buena amistad contigo. Dani me ha contado lo gran amigo que eres y que se conocen de toda la vida".
Esteban, aliviado por la supuesta disculpa, respondió de inmediato: "Tranquila Lau, no pasa nada. Qué bueno que lo aclares, lo último que quiero es un problema con Dani".
Pero Laura lanzó el dardo psicológico con una precisión quirúrgica: "Obvio. Es más... estuve pensando... ¿no te parece genial que las dos personas más importantes en la vida de Dani se lleven superbién y se lleguen a conocer muy, pero muy a fondo? 😉. Además, Dani es hermoso y todo, pero ¿a ti no te han dicho que eres muy lindo también? Tienes un encanto bien peligroso... a mí no me engañas".
Vi cómo Esteban aflojaba la guardia: "Bueno... tú tampoco te quedas atrás". Y entonces, la estocada final: la invitación a su cumpleaños en nuestro apartamento. Esteban, creyendo que era una reunión social y segura, aceptó eufórico.
La fiesta fue un ejercicio de tortura social. El apartamento estaba lleno de amigos, risas y música, pero para mí, todo era un escenario de guerra. Laura estaba deslumbrante, moviéndose entre la gente con una sensualidad que era un asalto constante a los sentidos de Esteban. Ella lo buscaba con la mirada, le servía tragos con roces "accidentales" y lo mantenía en un estado de alerta constante.

El momento cumbre ocurrió cuando Laura pidió una foto a solas con Esteban. Yo tomé el celular para capturar el momento. Mientras posaban sonrientes para la cámara, vi cómo Laura, con una audacia que me dejó sin aliento, pasaba la mano por detrás de la espalda de Esteban y le agarraba la nalga con firmeza por debajo del pantalón. Esteban se puso rojo como un demonio, disimulando el shock frente al lente, pero vi cómo su cuerpo reaccionaba al contacto.
Al final de la noche, cuando la gente empezó a irse, yo ejecuté mi papel de cómplice. Me retiré disimuladamente hacia la cocina, fingiendo que iba a recoger unas cosas, dándoles el espacio que el plan requería.
En la puerta de salida, vi cómo Laura acorralaba a Esteban. "¿Y es que no te vas a despedir bien de la cumpleañera?", le reclamó con una voz que era pura seducción. Esteban, visiblemente nervioso, le preguntó cómo quería que se despidiera. Cuando él se acercó para darle un beso inocente en la mejilla, Laura le volteó la cara con una rapidez felina y le robó un pico en la boca.

Chao Esteban... espero volver a verte muy pronto le susurró al oído antes de dejarlo ir. Esteban salió del apartamento casi huyendo, con la mente visiblemente destrozada.
Cuando la puerta se cerró y el silencio volvió a reinar, Laura no esperó ni un segundo. Se lanzó sobre mí en la cama con una rabia y una lujuria acumuladas que amenazaban con quemar la casa. La penetré con una furia ciega, buscando alimentar mi propio fetiche de ser el dueño de una mentira.

¿De quién es toda esta cuca, ah? ¿Quién es tu hombre? le pregunté mientras la embestía con saña, queriendo escuchar la verdad que sabía que no era real.
Laura jadeaba, sus ojos estaban nublados por el placer y la adrenalina del robo que acababa de cometer. Mientras se venía con un grito ahogado, me miró con una dulzura tóxica:
¡Tuya mi amor! ¡De mi Dani, tú eres el único dueño de mi cuerpo! exclamó mientras sus nalgas rebotaban contra las mías: *¡Plap, plap, plap!*.

La poseí disfrutando de la mentira más hermosa del mundo, sabiendo perfectamente que cada gemido de entrega y cada apretón de sus muslos en mi cintura eran un tributo mental a los labios y a la nalga de Esteban. El santo ya no era santo; solo era cuestión de tiempo para que la profanación fuera total.
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