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Del Abandono al Placer 1

Capítulo1: La casa y sus habitantes
 
Lacasa tiene un ritmo que ya me sé de memoria. Es un ritmo lento, pesado, como elpaso de las horas en un lugar donde casi nunca cambia nada. Llevo viviendo aquídesde niña y ahora que empecé la carrera de medicina, hace unos meses, y cadadía es casi idéntico al anterior. Los muebles parecen no haberse movido nuncade su sitio. El polvo se posa siempre en los mismos rincones. Y el silencio…ese silencio que solo se rompe a horas exactas, como si alguien hubieraprogramado cada rincón de esta casa para obedecer un reloj invisible.


Yopaso la mayor parte del tiempo en mi habitación, con la puerta entreabierta,estudiando, leyendo o conectada a las clases en línea. Desde mi posición puedover parte del pasillo, la escalera y la puerta de entrada. Sin querer, terminosiendo testigo de todo lo que ocurre. Nadie me lo cuenta. Yo simplemente loveo. Y lo que veo cada día me va dibujando, poco a poco, la historia de estacasa.


Andrea,mi madre es quien mantiene todo en pie. Tiene 46 años, mide 1.65 mts., ella esde rasgos finos, cabello castaño claro, complexión media, sus medidas estánentre los 75-60-95 cm., cabello largo ondulado que le llega hasta la espalda,piernas finas, delgadas, bien cuidadas por las cremas que usa día a día, y siuno se fija bien, se nota que ha sido hermosa, y que todavía lo es, aunque hayalgo en ella que se ha ido apagando, como una luz que nadie se molesta enencender. Sus manos son suaves, pero siempre están ocupadas: limpian, cocinan,arreglan, acomodan. Siempre impecable, siempre atenta, siempre disponible. Sinembargo, cuando habla de sí misma, o cuando se queda mirando al vacío, se lenota esa sombra: la sensación de que nadie la ve realmente. Se sienteabandonada, a pesar de que estamos nosotros aquí.
 
—Sonlas siete y media —dijo Andrea una mañana, mientras servía el desayuno en lamesa del comedor, sin levantar apenas la voz—. Ya debería estar listo parasalir.
 
Measomé desde el pasillo, con el libro de biología bajo el brazo, y la vi sola enla cocina, mirando la taza de café que había servido para otro.
 
—¿Salemuy temprano, mamá? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
 
Ellasuspiró, apenas un soplo de aire, y acomodó una servilleta que ya estaba bienpuesta.
 
—A lasocho en punto debe estar en su despacho —respondió, sin mirarme—. Llega a lasnueve de la noche. A veces más tarde. Siempre cansado. Siempre con prisa.
 
Nodijo nada más. Yo me quedé callada. No es que quiera meterme en su vida, perolas paredes de esta casa son delgadas, y yo paso mucho tiempo aquí. Heaprendido a leer lo que nadie dice.
Pocodespués apareció mi padre Felipe. Cincuenta años, traje impecable, reloj en lamuñeca, mirada fija siempre hacia adelante. Ni siquiera se detuvo a mirarla. Seacercó a la mesa, tomó la taza, bebió de un trago, comió una tostada sin apenassaborearla y dijo, secamente:
 
Dejalista la camisa azul para mañana.
—Claroque sí —respondió Andrea, con esa voz suave que usa siempre con él.
 
Felipese limpió la boca, se levantó y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se giróun instante, sin apenas mirarla.
 
—Ya mevoy. No esperes despierta si me retraso.
—Tencuidado —dijo ella.
 
Élasintió con un gesto rápido y salió. Ni un beso. Ni una caricia. Ni una palabraque indicara que ella estaba ahí, esperándolo, cuidándolo, viviendo para quetodo estuviera en su lugar. Andrea se quedó de pie junto a la mesa, mirando lapuerta cerrada. Luego recogió los platos, despacio, como si cada movimiento lecostara esfuerzo.


Esaescena se repite todos los días. Exactamente igual. A las ocho él se va. A lasnueve de la noche regresa. Entra, come, se ducha, habla de trabajo, de gastos,de cosas que hay que arreglar o pagar, y luego se va a dormir. Y así, día trasdía.


Lo quemás me llama la atención es que desde que nacimos mi hermano y yo —hace yadieciocho años—, las cosas entre ellos parecen haberse enfriado por completo.Nadie lo dice en voz alta, pero se nota. No hay caricias. No hay palabrasdulces. No hay miradas que se busquen. Cuando él la necesita, lo pide,fríamente, casi como una orden. Y ella acepta. Lo hace por deber, porcostumbre, por esa fuerza que han tenido tantas mujeres antes que ella: callar,aguantar, mantener la casa en orden, aunque el corazón se quede vacío. A veceslos escucho sin querer. No discuten, no se gritan. Es peor: se hablan como doscompañeros de piso que se llevan bien pero no se quieren.
 
—¿Pagastela luz? —pregunta él, por la noche, mientras se quita los zapatos.
—Sí,ayer por la tarde —responde ella.
—¿Llegóel paquete que esperaba?
—No.Te avisaré cuando llegue.
—Estábien.
 
Y nadamás. Ninguna pregunta sobre cómo le ha ido el día. Ningún interés por lo queella siente. Para Felipe, Andrea es parte de la casa: algo que está ahí, quefunciona, que mantiene todo limpio y ordeado, pero que no necesita serpreguntado, ni admirado, ni amado. Es como si ella hubiera dejado de ser mujerpara convertirse en una pieza más del mobiliario. Y lo más triste es que ellamisma parece haberlo olvidado.
Hablemosde mi hermano, Esteban tiene también dieciocho años. Es callado, educado, casisiempre encerrado en su cuarto, porque trabaja y estudia desde casa con sucomputadora. Lo veo poco, pero cuando lo hago, noto que observa todo. No hablamucho, pero sus ojos lo dicen todo. Mira a Andrea de una manera distinta a comola miramos los demás. Se fija en ella. La escucha. Cuando ella pasa por el pasillo,él levanta la vista. Cuando ella dice algo, él responde con atención. Nunca heescuchado que le diga nada fuera de lugar, pero hay algo en su mirada… algo quesugiere que él ve en ella lo que su esposo ya dejó de ver hace mucho tiempo.
 
—Buenosdías, Mamá —le dice siempre, con voz suave, cruzándose con ella en la cocina.
—Buenosdías, hijo ¿Descansaste bien?
—Sí,espero que tú también.
 
Y élse queda un instante, mirándola, como si quisiera decir algo más, pero luegoasiente y sigue su camino. Nunca cruza la línea. Pero yo lo veo. Yo me doycuenta.
Haceunos días, mientras yo estudiaba en la sala y Andrea cosía cerca de la ventana,Esteban bajó por unas botellas de agua. Se detuvo junto a ella y dijo, consencillez:
 
—Esecolor le queda muy bien, mamá. Te ilumina el rostro.
—¿Deverdad? —preguntó, casi sin voz—. Gracias, hijo. Es… es una prenda vieja.
—Puesparece nueva cuando la llevas puesta —respondió él, y se marchó antes de queella pudiera contestar.
 
Andrease quedó mirándolo mientras subía las escaleras. Luego se llevó la mano alpecho, bajó la mirada y sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida, como si nadie lehubiera dicho algo así en muchísimo tiempo. Y es probable que así sea.


Yosolo levanté la vista del libro un momento y luego volví a leer. No es asuntomío. Yo estoy aquí para estudiar, para cumplir mis metas, para convertirme enmédica. Lo que ocurra en esta casa es cosa de sus habitantes. Yo soy solo unaespectadora. Observo, sí, pero no opino. No me meto. Simplemente veo lo quepasa, lo guardo en silencio y sigo con lo mío.


Y asípasaron las semanas. La misma rutina. Las mismas horas. Felipe saliendo yregresando sin cambiar nunca su forma de ser. Andrea atendiendo todo, sonriendopoco a poco menos, apagándose un poco más cada día. Esteban, siempre atento,siempre respetuoso, siempre mirándola con esa atención que ella apenas recibe.Y yo, desde mi rincón, viendo cómo transcurre todo, sin intervenir, sin juzgar,simplemente estando ahí, en mi mundo de libros y clases en línea.
Hastaque llegó él.
Fue unmartes por la tarde. Estaba sentada en la sala, con el ordenador sobre la mesa,repasando apuntes de anatomía, cuando escuché que el coche se detenía frente ala puerta. Luego el sonido de maletas siendo bajadas. Andrea salió al porche, yyo, con curiosidad, me acerqué a la ventana, sin asomarme del todo.


Abrieronla puerta y entró. Santiago.Mi primo
Dicenque tiene dieciocho años. Alto, de hombros anchos, porte firme. El cabellooscuro, los ojos vivos, la mirada segura, como quien no tiene miedo a nada.Traía una maleta grande al hombro y una mochila al hombro contrario. Al entrar,se detuvo en el recibidor, soltó las maletas y miró a su alrededor, despacio,como grabando cada detalle.


Andreaestaba de pie frente a él. Se había puesto recta, se había acomodado el cabellocon un gesto rápido, y sus mejillas… sí, sus mejillas se habían coloreado. Noera el sol, ni el esfuerzo. Era algo más. Algo que yo vi en el instante en quesus miradas se cruzaron.
 
—Bienvenido,Santiago —dijo ella, y su voz sonó distinta. Más suave. Más cálida—. Espero queestés cómodo aquí. Ya me dijo mi hermana que te quedaras con nosotros untiempo. Él le sonrió. Una sonrisa amplia, joven, deslumbrante.
—Muchasgracias, Tía Andrea. Gracias por recibirme. Mis padres regresan de su viaje enunos meses, mientras tanto estaré aquí. Espero no causar molestias.


—Ningunamolestia en absoluto —respondió ella, y dio un paso hacia él, indicando laescalera—. Tu habitación está arriba, al fondo del pasillo. Preparé todo lonecesario. Si te falta algo, solo dímelo.
—Muyamable tía —dijo él, y la miró a los ojos, un instante más de lo necesario—. Deverdad.
 
Ellaapartó la vista, ligeramente turbada.
—¿Quieresque te ayude con las maletas?
—Nohace falta, gracias. Puedo solo.
 
Santiagotomó las maletas y empezó a subir. Andrea se quedó abajo, mirando cómo subía.Se llevó una mano al cuello otra vez, y luego se la llevó al pecho, como siquisiera calmar algo que se había agitado dentro de ella. Yo la observé ensilencio. Algo había cambiado en ese instante. Algo en el aire de la casa sehabía movido.
Esatarde, desde mi puerta entreabierta, vi cómo Andrea pasaba y repasaba cerca dela escalera. Se arregló el cabello más veces de lo habitual. Se puso un perfumeque casi nunca usaba. Cuando él bajó un momento a la cocina por un vaso deagua, ella estaba ahí, limpiando ya limpio, y le habló con una dulzura que yono le había escuchado antes.
 
—¿Todobien en tu habitación? —preguntó ella.
—Perfectamente,doña Andrea. Todo está excelente.
—Sinecesitas internet más rápido, hay un cable adicional…
—Estábien así, se lo aseguro. Usted es muy atenta.
 
Él lamiró otra vez. Y ella, que siempre mantenía la compostura, desvió la mirada,nerviosa, como una muchacha.
 
—Bueno…me alegra que estés bien instalado.
 
Ysalió de la cocina casi sin mirarlo. Santiago se quedó mirándola irse, con elvaso en la mano, una expresión pensativa en el rostro. Luego bebió agua,despacio, y volvió a subir.
Pocodespués, Esteban salió de su cuarto y se cruzaron ambos en el pasillo. Sedetuvieron un instante. No escuché todo lo que dijeron, pero vi queintercambiaron unas palabras breves, una mirada que pareció cargada designificado, y luego cada uno siguió lo suyo. Sin embargo, algo me dijo queEsteban había notado lo mismo que yo. Que algo había cambiado en esta casadesde que Santiago entró por la puerta.
Esanoche, cuando Felipe llegó a las nueve en punto, todo parecía haber vuelto a lanormalidad. Andrea lo recibió como siempre, le tomó la chaqueta, le sirvió lacena, le preguntó cómo le había ido. Pero yo, que la observo con atención, notéla diferencia. Su mente no estaba ahí. Sus ojos, cuando él hablaba de facturasy de trabajo, se perdían lejos. Su voz, aunque decía las palabras correctas,carecía de calor.
Felipeno se dio cuenta. Comió, habló de lo suyo, hizo una observación sobre la sopa,y luego dijo:
 
—Mañanasaldré más temprano. Tengo audiencia a primera hora.
—Estábien —respondió ella.
 
Y esofue todo. Ninguna pregunta sobre su día. Ningún interés por lo que ella habíasentido. Nada.


Mástarde, cuando todos estábamos en silencio en nuestros cuartos, escuché pasossuaves en el pasillo. Abrí un poco más mi puerta y vi a mi madre de pie junto ala puerta de la habitación de Santiago. No llamó. No entró. Solo se quedó ahí,un instante, inmóvil, como si quisiera tocar la puerta y no se atreviera. Luegosoltó un suspiro que casi no se escuchó, se dio la vuelta y se marchó hacia su propiahabitación, despacio, como quien regresa a un lugar que no desea habitar.


Cerrémi puerta y me senté junto a la ventana. La luna iluminaba el patio trasero.Pensé en lo que acababa de ver. En esa mujer de cuarenta y seis años que habíapasado dieciocho años sin sentirse amada, sin ser vista, sin que nadie ledijera que era hermosa. En ese esposo, mi padre que la trataba como un mueblemás. En Esteban, mi hermano, que la miraba con respeto y admiración callada. EnSantiago, mi primo, que acababa de llegar y parecía haber traído consigo algoque había despertado en ella de un sueño muy largo.


Ypensé también en mí. En mis libros, en mis clases, en mi futuro. Yo soy partede esta familia, pero soy quien observa desde un rincón. Pero incluso yo, ajenaa todo, podía sentirlo: la casa ya no era la misma. Esa llegada había roto elsilencio. Había removido algo que llevaba décadas dormido. Y lo que vinieradespués… nadie lo sabría aún.


Porahora, solo quedaba esperar. Ver cómo se desarrollaban los días. Observar, sinjuzgar, sin intervenir, simplemente estando ahí. Porque yo soy así: estoypresente, veo lo que ocurre, pero no me meto. Tengo mi propia vida, mis propiosobjetivos, mi propio camino. Lo que ocurra en los corazones de quienes vivenaquí… es cosa de ellos.


Y, sinembargo, mientras apagué la luz y me acosté, supe con certeza que nada volveríaa ser igual. La soledad que había reinado en esta casa durante tantos añoshabía sido desafiada. Y el despertar, tarde o temprano, llegaría.

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