Cuando Carlos recuperó el conocimiento, lo primero que sintió fue la presión de las cuerdas en las muñecas y los tobillos. Estaba amarrado a una silla. La cabeza le latía con fuerza por el golpe.
La escena frente a él lo dejó congelado.
Dante tenía a Camila recostada sobre otra silla, de rodillas, y la penetraba desde atrás. Ella gemía, pedía más, las caderas moviéndose al ritmo. Unos minutos después cambiaron de posición: Dante se sentó y Camila lo cabalgó con intensidad, como si estuviera poseída. No estaba atada. No luchaba. Parecía disfrutar cada embestida.

Carlos gritó. Maldijo. Forcejeó contra las cuerdas hasta hacerse daño en las muñecas. —¡Suéltala! ¡Déjala! ¡Maldito!
Camila no lo miraba. Volteaba la cara hacia el otro lado, gemía con los ojos cerrados y seguía moviéndose. Dante apenas le dedicó una mirada de reojo.
—Tranquilo, muchacho —dijo con voz calmada, sin dejar de sujetarla por las caderas—. Ya lo entenderás.
Siguieron hasta el final. Ambos terminaron. Se separaron. Se vistieron en silencio. Camila todavía respiraba agitaba, el brazo mordido envuelto en un vendaje improvisado que antes no tenía.

Carlos seguía furioso, la voz ronca de tanto gritar. Dante se acercó a él con las manos a la vista, sin armas en ese momento.
—Tranquilo. Déjame explicarte antes de soltarte. Sabes que tu madre fue mordida. Dime: ¿has visto cuánto tarda la gente en convertirse? No más de treinta minutos. Han pasado más de dos horas desde que los saqué de ahí. ¿La ves comportarse como zombie? No, ¿verdad? Por eso te dejé inconsciente. Si te lo hubiera dicho de frente no me habrías creído… y no creo que tuvieras el valor de hacer lo que había que hacer.
Se pasó una mano por la cara, cansado.
—Algo que aprendí de este virus es que tiene una forma de retrasarlo. La oxitocina. La que se genera durante el sexo, especialmente en las mujeres. Era la única salida rápida que tenía para tu madre. No me habrías creído si no lo veías con tus propios ojos. Y aunque me hubieras creído… dudo que te hubieras atrevido a cogerte a tu propia madre solo para salvarla.

Camila se acercó entonces. Todavía pálida, pero con la mirada clara. Se arrodilló frente a Carlos y le tocó la rodilla.
—Ya estoy bien —dijo en voz baja—. Por ahora. Él tiene razón. No me he convertido. Sigo siendo yo.
Dante cortó las cuerdas. En cuanto quedó libre, Carlos se levantó de un salto y abrazó a su madre con fuerza. Ella le devolvió el abrazo, temblando un poco, el rostro escondido en su cuello. Los dos se quedaron así un largo rato, sin mirar a Dante, que esperaba en silencio a unos pasos de distancia.
El aire olía a sexo, a sangre seca y a miedo. Afuera, lejos, todavía se oían gritos lejanos de zombies.

Pasaron la noche en un edificio viejo de oficinas abandonadas. Dante montó guardia por turnos. Al amanecer les propuso llevarlos con su grupo.
—No está lejos. Somos cerca de veinte. Nos ayudamos para sobrevivir. Tienen mejor chance allá que solos en la carretera.
Carlos y Camila se miraron. No tenían otra opción mejor. Aceptaron.

Llegaron al mediodía. El lugar era un antiguo complejo residencial con muros reforzados, huertos improvisados y torres de vigilancia hechas con andamios. La gente los recibió con brazos abiertos: rostros cansados pero aliviados de ver caras nuevas que no intentaban matarlos. Dante hizo las presentaciones rápidas. Después los llevó a una habitación pequeña en el segundo piso.
—Solo falta la líder. Sofía. Ella dirige el lugar, pero salió a buscar provisiones. Vuelve mañana.

Les asignó tareas de inmediato. Camila a la cocina. Carlos a la granja, a ayudar con el cultivo de vegetales. La rutina les cayó como un peso familiar después de tanto caos.

Al día siguiente Sofía regresó. Mujer de unos cuarenta y tantos, algunas canas plateadas en el cabello oscuro recogido en una coleta práctica. Cuerpo llamativo: un gran trasero redondo y firme que se marcaba bajo los pantalones de trabajo, tetas pequeñas en comparación, pero el conjunto resultaba muy atractivo. Rostro serio, ojos vivos. Se presentó con ambos, les dio la bienvenida con un apretón de manos firme y una sonrisa breve.
—Bienvenidos. Dante me contó lo básico. Aquí todos ponen de su parte. Si tienen dudas, pregúntenme.
Antes de irse, miró a Carlos.
—Cuando termines tus labores, ven a verme a mi habitación. Necesito hablar contigo.

Carlos fue al atardecer. Sofía lo esperaba sentada en el borde de una cama sencilla. Le hizo un gesto para que cerrara la puerta.
—Dígame qué es lo que quiere hablar —dijo él, todavía de pie.
—Dante me explicó lo de tu madre. Que fue mordida. Él te contó sobre la… digamos, la forma de retrasarlo, ¿cierto?
—Sí.
Sofía asintió, la expresión grave.
—No es una cura del todo. Solo lo retrasa. Y hay más. Este virus se propaga si te muerden, pero también por transmisión sexual. El sexo genera oxitocina que en las mujeres parece frenar o ralentizar la transformación. En los hombres no funciona. Por más sexo que tengas, si te muerden no hay nada que te salve. Y si tienes sexo sin protección para intentar salvar a alguien… estás muerto también. El virus pasa. Por eso Dante debió usar protección con tu madre. Hoy es igual de importante encontrar balas que condones.

Carlos frunció el ceño.
—Discúlpeme, pero… ¿cómo saben eso? ¿Quién se los dijo? ¿Cómo lo descubrieron?
Sofía lo miró un largo segundo. Luego se pasó una mano por el cabello.
—Cómo lo descubrimos… Fácil. Yo misma lo descubrí. Cuando empezó todo, mi esposo y yo estábamos en casa. Salimos a buscar a nuestras hijas. Las dos estudiaban en la universidad. No logramos salir ni de la primera cuadra. Los vecinos ya se habían convertido. Nos atacaron. Nos mordieron a los dos. Conseguimos regresar a casa. Sabíamos que era el fin.

Se quedó callada un momento, la mirada perdida en el recuerdo.
—Siempre fuimos una pareja muy liberal. Muy calientes. Incluso ese día, con la sangre todavía fresca en los brazos, le pedí que me hiciera el amor por última vez. Quería sentirlo dentro de mí una vez más antes de que todo terminara.

En su mente la escena volvió con claridad brutal: La puerta cerrada con el pestillo. La ropa rasgada tirada en el suelo. Su esposo, el brazo sangrando, la empujó contra la pared del pasillo y le bajó los pantalones de un tirón. Ella estaba ya mojada de miedo y de costumbre. Él la penetró de pie, fuerte, sin preliminares. Las embestidas eran profundas, urgentes. Ella enganchó una pierna en su cadera y le arañó la espalda, gemía contra su cuello pidiéndole que no parara.
Después la volteó, la puso de rodillas sobre el sofá y la cogió desde atrás, una mano en su gran trasero, la otra tirándole del cabello. Ella empujaba hacia atrás, buscando que llegara más hondo. Cuando él se corrió dentro, ella todavía no había terminado; lo empujó hacia la cama, se montó encima y se lo cabalgó con desesperación, rebotando hasta que el orgasmo la sacudió y el semen le resbaló por los muslos. Se follaron dos veces más esa noche: una en la ducha, con el agua fría cayéndoles encima mientras él la penetraba contra el azulejo, y otra al amanecer, despacio, casi tierno, como si todavía creyeran que el mundo no se había acabado.

Sofía parpadeó, volviendo al presente.
—Así lo descubrí. Yo no me convertí. Él sí. Tuve que acabar con él yo misma al día siguiente, cuando los ojos se le pusieron grises y empezó a gruñirme.
Se levantó, caminó hasta la ventana tapada con tablas y habló sin mirar a Carlos.
—Por eso sé lo que sé. Y por eso aquí las reglas son claras: protección siempre, y si alguien es mordido… las mujeres tienen una chance. Los hombres, no.
Carlos no contestó de inmediato. El peso de la información se le asentó en el pecho como una piedra.

Carlos guardó silencio un momento, procesando.
—Entonces… si se tiene mucho sexo, ¿podría llegar a curarse?
Sofía negó con la cabeza.
—No. Créeme, lo he intentado. Solo retrasa el efecto. Por más sexo que tengas, llega el punto en que, como mujer, te sientes muy excitada sin razón alguna. Es la señal de que la infección está avanzando.
Me he preguntado si con oxitocina pura se podrá curar de verdad. Es lo que he salido a buscar, además de condones y suministros.
Carlos levantó la vista.
—Si eso puede ayudar a mi madre, déjeme salir a buscar. Ya lo he hecho antes. Sé cómo moverme.
Sofía lo estudió unos segundos y asintió.
—Bien, muchacho. Tomaré tu oferta. No sobra quien quiera salir. La mayoría no quiere por temor.
La escena frente a él lo dejó congelado.
Dante tenía a Camila recostada sobre otra silla, de rodillas, y la penetraba desde atrás. Ella gemía, pedía más, las caderas moviéndose al ritmo. Unos minutos después cambiaron de posición: Dante se sentó y Camila lo cabalgó con intensidad, como si estuviera poseída. No estaba atada. No luchaba. Parecía disfrutar cada embestida.

Carlos gritó. Maldijo. Forcejeó contra las cuerdas hasta hacerse daño en las muñecas. —¡Suéltala! ¡Déjala! ¡Maldito!
Camila no lo miraba. Volteaba la cara hacia el otro lado, gemía con los ojos cerrados y seguía moviéndose. Dante apenas le dedicó una mirada de reojo.
—Tranquilo, muchacho —dijo con voz calmada, sin dejar de sujetarla por las caderas—. Ya lo entenderás.
Siguieron hasta el final. Ambos terminaron. Se separaron. Se vistieron en silencio. Camila todavía respiraba agitaba, el brazo mordido envuelto en un vendaje improvisado que antes no tenía.

Carlos seguía furioso, la voz ronca de tanto gritar. Dante se acercó a él con las manos a la vista, sin armas en ese momento.
—Tranquilo. Déjame explicarte antes de soltarte. Sabes que tu madre fue mordida. Dime: ¿has visto cuánto tarda la gente en convertirse? No más de treinta minutos. Han pasado más de dos horas desde que los saqué de ahí. ¿La ves comportarse como zombie? No, ¿verdad? Por eso te dejé inconsciente. Si te lo hubiera dicho de frente no me habrías creído… y no creo que tuvieras el valor de hacer lo que había que hacer.
Se pasó una mano por la cara, cansado.
—Algo que aprendí de este virus es que tiene una forma de retrasarlo. La oxitocina. La que se genera durante el sexo, especialmente en las mujeres. Era la única salida rápida que tenía para tu madre. No me habrías creído si no lo veías con tus propios ojos. Y aunque me hubieras creído… dudo que te hubieras atrevido a cogerte a tu propia madre solo para salvarla.

Camila se acercó entonces. Todavía pálida, pero con la mirada clara. Se arrodilló frente a Carlos y le tocó la rodilla.
—Ya estoy bien —dijo en voz baja—. Por ahora. Él tiene razón. No me he convertido. Sigo siendo yo.
Dante cortó las cuerdas. En cuanto quedó libre, Carlos se levantó de un salto y abrazó a su madre con fuerza. Ella le devolvió el abrazo, temblando un poco, el rostro escondido en su cuello. Los dos se quedaron así un largo rato, sin mirar a Dante, que esperaba en silencio a unos pasos de distancia.
El aire olía a sexo, a sangre seca y a miedo. Afuera, lejos, todavía se oían gritos lejanos de zombies.

Pasaron la noche en un edificio viejo de oficinas abandonadas. Dante montó guardia por turnos. Al amanecer les propuso llevarlos con su grupo.
—No está lejos. Somos cerca de veinte. Nos ayudamos para sobrevivir. Tienen mejor chance allá que solos en la carretera.
Carlos y Camila se miraron. No tenían otra opción mejor. Aceptaron.

Llegaron al mediodía. El lugar era un antiguo complejo residencial con muros reforzados, huertos improvisados y torres de vigilancia hechas con andamios. La gente los recibió con brazos abiertos: rostros cansados pero aliviados de ver caras nuevas que no intentaban matarlos. Dante hizo las presentaciones rápidas. Después los llevó a una habitación pequeña en el segundo piso.
—Solo falta la líder. Sofía. Ella dirige el lugar, pero salió a buscar provisiones. Vuelve mañana.

Les asignó tareas de inmediato. Camila a la cocina. Carlos a la granja, a ayudar con el cultivo de vegetales. La rutina les cayó como un peso familiar después de tanto caos.

Al día siguiente Sofía regresó. Mujer de unos cuarenta y tantos, algunas canas plateadas en el cabello oscuro recogido en una coleta práctica. Cuerpo llamativo: un gran trasero redondo y firme que se marcaba bajo los pantalones de trabajo, tetas pequeñas en comparación, pero el conjunto resultaba muy atractivo. Rostro serio, ojos vivos. Se presentó con ambos, les dio la bienvenida con un apretón de manos firme y una sonrisa breve.
—Bienvenidos. Dante me contó lo básico. Aquí todos ponen de su parte. Si tienen dudas, pregúntenme.
Antes de irse, miró a Carlos.
—Cuando termines tus labores, ven a verme a mi habitación. Necesito hablar contigo.

Carlos fue al atardecer. Sofía lo esperaba sentada en el borde de una cama sencilla. Le hizo un gesto para que cerrara la puerta.
—Dígame qué es lo que quiere hablar —dijo él, todavía de pie.
—Dante me explicó lo de tu madre. Que fue mordida. Él te contó sobre la… digamos, la forma de retrasarlo, ¿cierto?
—Sí.
Sofía asintió, la expresión grave.
—No es una cura del todo. Solo lo retrasa. Y hay más. Este virus se propaga si te muerden, pero también por transmisión sexual. El sexo genera oxitocina que en las mujeres parece frenar o ralentizar la transformación. En los hombres no funciona. Por más sexo que tengas, si te muerden no hay nada que te salve. Y si tienes sexo sin protección para intentar salvar a alguien… estás muerto también. El virus pasa. Por eso Dante debió usar protección con tu madre. Hoy es igual de importante encontrar balas que condones.

Carlos frunció el ceño.
—Discúlpeme, pero… ¿cómo saben eso? ¿Quién se los dijo? ¿Cómo lo descubrieron?
Sofía lo miró un largo segundo. Luego se pasó una mano por el cabello.
—Cómo lo descubrimos… Fácil. Yo misma lo descubrí. Cuando empezó todo, mi esposo y yo estábamos en casa. Salimos a buscar a nuestras hijas. Las dos estudiaban en la universidad. No logramos salir ni de la primera cuadra. Los vecinos ya se habían convertido. Nos atacaron. Nos mordieron a los dos. Conseguimos regresar a casa. Sabíamos que era el fin.

Se quedó callada un momento, la mirada perdida en el recuerdo.
—Siempre fuimos una pareja muy liberal. Muy calientes. Incluso ese día, con la sangre todavía fresca en los brazos, le pedí que me hiciera el amor por última vez. Quería sentirlo dentro de mí una vez más antes de que todo terminara.

En su mente la escena volvió con claridad brutal: La puerta cerrada con el pestillo. La ropa rasgada tirada en el suelo. Su esposo, el brazo sangrando, la empujó contra la pared del pasillo y le bajó los pantalones de un tirón. Ella estaba ya mojada de miedo y de costumbre. Él la penetró de pie, fuerte, sin preliminares. Las embestidas eran profundas, urgentes. Ella enganchó una pierna en su cadera y le arañó la espalda, gemía contra su cuello pidiéndole que no parara.
Después la volteó, la puso de rodillas sobre el sofá y la cogió desde atrás, una mano en su gran trasero, la otra tirándole del cabello. Ella empujaba hacia atrás, buscando que llegara más hondo. Cuando él se corrió dentro, ella todavía no había terminado; lo empujó hacia la cama, se montó encima y se lo cabalgó con desesperación, rebotando hasta que el orgasmo la sacudió y el semen le resbaló por los muslos. Se follaron dos veces más esa noche: una en la ducha, con el agua fría cayéndoles encima mientras él la penetraba contra el azulejo, y otra al amanecer, despacio, casi tierno, como si todavía creyeran que el mundo no se había acabado.

Sofía parpadeó, volviendo al presente.
—Así lo descubrí. Yo no me convertí. Él sí. Tuve que acabar con él yo misma al día siguiente, cuando los ojos se le pusieron grises y empezó a gruñirme.
Se levantó, caminó hasta la ventana tapada con tablas y habló sin mirar a Carlos.
—Por eso sé lo que sé. Y por eso aquí las reglas son claras: protección siempre, y si alguien es mordido… las mujeres tienen una chance. Los hombres, no.
Carlos no contestó de inmediato. El peso de la información se le asentó en el pecho como una piedra.

Carlos guardó silencio un momento, procesando.
—Entonces… si se tiene mucho sexo, ¿podría llegar a curarse?
Sofía negó con la cabeza.
—No. Créeme, lo he intentado. Solo retrasa el efecto. Por más sexo que tengas, llega el punto en que, como mujer, te sientes muy excitada sin razón alguna. Es la señal de que la infección está avanzando.
Me he preguntado si con oxitocina pura se podrá curar de verdad. Es lo que he salido a buscar, además de condones y suministros.
Carlos levantó la vista.
—Si eso puede ayudar a mi madre, déjeme salir a buscar. Ya lo he hecho antes. Sé cómo moverme.
Sofía lo estudió unos segundos y asintió.
—Bien, muchacho. Tomaré tu oferta. No sobra quien quiera salir. La mayoría no quiere por temor.
1 comentarios - La Cura Prohibida Cap. 4 - El grupo de Sofía