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Mi nieta ahora es mi puta

espero y les guste los relatos y le den morbo a mi post en los comentarios no olviden sus +10 gracias por leer me encanta escribir
Hola, me llamo Francisco, tengo 68 años, y les voy a contar una de las mejores —y más peligrosas— cosas que me han pasado en la vida.
Quedé viudo hace ya varios años. Al principio fue muy difícil. La casa se sentía vacía, las noches largas, y el silencio pesaba. Con el tiempo aprendí a seguir adelante. Tengo tres hijos: dos varones y una mujer. Y cinco nietos. Todos importantes, claro… pero hay una que se me metió bajo la piel de una forma que nunca imaginé.
Mariana.
La más pequeña de mis nietas. La vi nacer, la cargué cuando apenas pesaba unos kilos, le cambié pañales, le enseñé a dar los primeros pasos. Durante años fue solo eso: mi niña. Dulce, ruidosa, consentida hasta el extremo. Yo era el abuelo que le decía que sí a casi todo. La que se sentaba en mis rodillas a ver la tele, la que me pedía helado aunque fuera invierno, la que me besaba la mejilla y me decía “te quiero, abuelo” con esa vocecita.
Pero el tiempo no perdona.
La vi crecer. Primero los cambios de adolescente, después los de mujer. De un verano a otro el cuerpo se le fue redondeando. Las piernas se le alargaron, las caderas se le abrieron, el pecho empezó a notarse bajo la ropa. Cuando cumplió diecisiete ya era imposible no darse cuenta. Y hace exactamente tres semanas… cumplió dieciocho.
Ahora es una mujer completa.
Cabello castaño oscuro, largo hasta la mitad de la espalda, casi siempre suelto o en una coleta alta que deja el cuello descubierto. Ojos grandes, de un marrón cálido. Labios carnosos, piel morena clara, y un cuerpo que ya no cabe en la imagen de “mi nieta pequeña”. Cintura estrecha, culo redondo y firme que se marca en cualquier pantalón, tetas de buen tamaño, pesadas, que se mueven cuando camina. Se ha puesto rica. Muy rica. De esas que hacen que cualquiera se vuelva a mirar… y que a mí se me enrede la cabeza cada vez que la veo.
Mi nieta ahora es mi puta

culona hermosa


Desde que cumplió los dieciocho viene más seguido a quedarse. Dice que en su casa hay mucho ruido, que aquí puede estudiar mejor, que le gusta mi comida. Yo le dejo la habitación de invitados, le preparo lo que quiera, le doy dinero cuando me pide… la sigo consintiendo igual que cuando era niña.
Solo que ahora todo se siente distinto.
Cuando se acerca a darme un beso en la mejilla y siento el calor de su cuerpo, cuando se sienta demasiado cerca en el sofá, cuando aparece por la mañana con el pijama corto y esa camiseta fina que apenas cubre, algo dentro de mí se aprieta. Me digo que soy un viejo cochino por fijarme. Me repito que es mi nieta, que esto no puede ser. Pero la mirada se me va sola a sus piernas, a la curva de su cintura, a la forma en que se mueve por la casa como si fuera dueña del lugar.
Ella actúa normal. A veces demasiado normal. Se ríe, me pide favores, se queja de que la consiento mucho y luego me pide otro. Otras veces se queda callada, con la mirada baja, como si estuviera pensando en algo que no dice. No sé qué pasa por su cabeza. Solo sé que cuando está cerca se me hace difícil pensar con claridad.
Esta es la historia de cómo empecé a perder el control.
De cómo mi nieta consentida dejó de ser solo mi nieta…

una noche, cerca de las once, alguien tocó la puerta.
Yo estaba semiacostado en el sofá, viendo cualquier cosa en la tele, sin camisa y solo con un short viejo. Me levanté refunfuñando, abrí y me encontré con ella.
Mariana estaba en el umbral, con una mochilita colgada de un hombro y los ojos un poco hinchados, rojos, como si hubiera estado llorando.
Mariana: ¿Puedo pasar, abuelo…?
Francisco: Claro que sí, nena. Pasa, pasa. ¿Qué pasó?
La tomé del brazo y la metí. Cerré la puerta detrás de ella. Se dejó caer en el sillón grande, dejó la mochila a un lado y se tapó la cara con las manos. Empezó a hablar entre sollozos. Se había peleado feo con su mamá. Voces altas, portazos, cosas que se dijeron de más. Me contó que ya no aguantaba estar ahí esa noche, que necesitaba un lugar donde nadie le gritara.
Mariana: ¿Me puedo quedar unos días… solo mientras se calma todo? Por favor, abuelo.
Ni lo pensé.
Francisco: Aquí te quedas el tiempo que necesites. Tengo dos habitaciones de sobra y vivo solo. No tienes que pedir permiso para eso.
La abracé un momento, le acaricié el pelo como cuando era chica. Hablamos un rato más, ya más calmados. Le preparé un vaso de leche tibia, le dije que todo iba a mejorar, que al día siguiente hablaríamos con su mamá si hacía falta. Cuando ya se le estaban cerrando los ojos, la acompañé hasta la habitación de invitados.
Le di un beso en la frente.
Francisco: Descansa, consentida. Aquí estás segura.
Se metió a la cama. Yo apagué la luz del pasillo y me fui a mi cuarto.
No pude dormir del todo. Como a las dos de la madrugada me desperté con sed. Me levanté en silencio, descalzo, y fui a la cocina. Al regresar pasé frente a su puerta… y la vi entreabierta. Solo un poco. La luz de la luna que entraba por la ventana del pasillo alcanzaba a iluminar el interior.
No sé por qué empujé. Solo lo hice.
Ahí estaba.
Boca abajo, destapada hasta la cintura. Traía una camisa mía, vieja y ancha, que le quedaba enorme, y debajo solo un pantie negro, fino. Las piernas un poco abiertas. El tela se le marcaba entre las nalgas, dibujando el bultito de su vagina. El culo redondo, suave, apenas iluminado. Mi nieta. Mi niña consentida… pero el cuerpo que tenía delante ya no era de niña.
putita


Sentí cómo se me endurecía la verga dentro del short casi al instante. El corazón me latía fuerte. Me quedé parado en la puerta varios segundos, diciéndome que cerrara y me fuera. Que era una mierda lo que estaba haciendo.
Pero no me fui.
Me acerqué despacio, sin hacer ruido. Me arrodillé un poco al lado de la cama. Extendí la mano y toqué una de sus nalgas. Primero apenas con la yema de los dedos. La piel estaba caliente, suave. Apreté un poco más. La carne cedió bajo mi palma. Subí y bajé la mano lento, acariciando. Después me incliné y dejé un beso largo sobre la curva de su culo, justo donde empezaba el pantie.
Me bajé el short lo suficiente. Saqué la verga, ya dura y caliente, y empecé a masturbarme mirándola. Mirando cómo se le hundía la tela entre los labios, cómo se le movía apenas el cuerpo con la respiración. Me corrí en silencio, apretando los dientes, manchándome la mano y un poco el borde de la sábana. El alivio vino mezclado con una oleada de asco hacia mí mismo.
Me limpié como pude, le subí un poco la sábana sin despertarla y salí del cuarto cerrando la puerta casi del todo.
Volví a mi cama con el corazón todavía desbocado. Me acosté mirando el techo, con el sabor de su piel todavía en los labios y la imagen de ese culo grabada detrás de los ojos.
Pensé en ella hasta que el cansancio me ganó.

Me desperté más temprano de lo normal. La cabeza me pesaba y la primera imagen que me vino fue ella: boca abajo, el pantie negro marcado entre las nalgas, el calor de su piel en mis labios. Me pasé una mano por la cara, como si pudiera borrarlo, y me levanté.
Fui a la cocina pensando en hacer el desayuno… y ella ya estaba ahí.
Mariana de espaldas, frente a la estufa. Traía una camiseta holgada que le llegaba a la mitad del culo y unos leggins negros pegados, tan ajustados que se le marcaba todo: la forma redonda de las nalgas, el hueco entre ellas, hasta el bultito del coño cuando se movía. El material brillaba un poco con la luz de la mañana. Me quedé parado en la entrada un segundo de más.
Ella se giró al escucharme.
Mariana: Buenos días, abuelo. Ya hice el desayuno. Huevos, pan tostado y café. Me levanté temprano y no quería que te molestaras.
Francisco: …Gracias, nena. No tenías que hacerlo.
Mariana: Quería. Por dejarme quedar.
Sonrió, esa sonrisa de siempre, y se acercó a servirme el café. Cuando pasó a mi lado sentí el olor de su shampoo y el calor de su cuerpo. Me senté en la mesa. Ella se sentó enfrente, con una pierna doblada sobre la silla, el leggins tensándose todavía más alrededor de su muslo y su cadera.
Empezamos a comer. Ella hablaba de cualquier cosa: que había dormido bien, que la cama era cómoda, que tal vez en la tarde llamaría a su mamá. Yo asentía, respondía lo justo… pero la cabeza no estaba ahí.
Cada vez que bajaba la vista un segundo veía cómo se le hundía la tela entre las piernas. Recordaba el peso de su nalga en mi mano, el sabor de su piel cuando la besé, el sonido húmedo de mi verga mientras me la jalaba mirándola dormir. Se me empezó a endurecer otra vez debajo de la mesa. Apreté los muslos y fingí concentrarme en el plato.
Mariana: ¿Estás bien, abuelo? Estás muy callado.
Francisco: Sí… solo pensaba. ¿Dormiste bien de verdad?
Mariana: Sí. Como un tronco. Ni me moví.
Me miró a los ojos un momento. Yo sostuve la mirada lo que pude y después fingí que me interesaba el café. Por dentro me estaba comiendo el remordimiento… y al mismo tiempo no podía dejar de imaginar cómo se vería si le bajara esos leggins ahí mismo, sobre la silla.
Terminamos de desayunar. Ella se levantó a recoger los platos y al inclinarse sobre el fregadero el culo se le marcó todavía más. Me quedé sentado unos segundos más de la cuenta, con la verga ya dura del todo, diciéndome que era un hijo de puta por lo que había hecho anoche… y por lo que seguía deseando hacer.

Después del desayuno ella se levantó, estirándose un poco.
Mariana: Voy a darme un baño rápido, abuelo. Me siento mugrosa del camino de anoche.
Francisco: Claro, nena. Usa lo que necesites. Hay toallas limpias en el clóset del baño.
Asintió y se fue por el pasillo. Escuché correr el agua. Yo me quedé recogiendo lo último de la mesa, tratando de no pensar en ella desnuda bajo la regadera… y fallando por completo. La verga se me volvió a poner dura solo con la imagen.
Unos quince minutos después el agua se detuvo. Escuché la puerta del baño abrirse y después la de su habitación. Pasé por el pasillo para ir al baño yo también y me di cuenta de que había dejado la puerta de su cuarto entreabierta. No del todo abierta… pero lo suficiente.
No debí mirar.
Ella estaba de espaldas, todavía con el cuerpo húmedo. Solo traía una toalla enrollada en el pelo y otra que apenas le cubría el pecho. Se agachó a sacar ropa de la mochila y la toalla se le subió. Se le vio el culo completo, redondo, con gotas de agua todavía resbalándole por las piernas. Se enderezó, se quitó la toalla del cuerpo sin darse prisa y se quedó un segundo desnuda mientras buscaba el pantie. Cuando se lo puso —negro, de nuevo— se giró un poco de lado y se le vieron las tetas: pesadas, con los pezones todavía duros por el agua fría. Se puso una camiseta ancha y unos shorts cortos que apenas le cubrían la mitad del culo.
En ningún momento cerró la puerta.
Yo me obligué a seguir caminando y entré al baño. Me lavé la cara con agua fría, me miré al espejo y me dije que era un viejo de mierda. Pero la imagen de su cuerpo mojado ya estaba grabada.
linda


Cuando salí ella ya estaba en la sala, sentada en el sofá, con las piernas recogidas. Los shorts se le habían subido todavía más. Me hizo un espacio a su lado dándome palmaditas en el cojín.
Mariana: Siéntate un rato, abuelo. Quiero platicar contigo…
Me senté. Bastante cerca. El olor de su jabón y su crema todavía estaba fresco en su piel.
Mariana: Gracias otra vez por dejarme quedar. Anoche me sentía horrible… mi mamá me dijo cosas bien feas. A veces siento que no le importo.
Francisco: Claro que le importas, nena. Solo están atravesando un mal momento.
Mariana: No sé. A veces me siento sola hasta cuando estoy en mi casa.
…¿Tú no te sientes solo, abuelo? Viviendo aquí todo el día sin nadie.
Francisco: No. Ya me acostumbré. Estoy bien.
Mentí. Y ella pareció notarlo, porque me miró un segundo más de la cuenta.
Guardé silencio un momento y después pregunté, como si la idea se me hubiera ocurrido de pronto:
Francisco: ¿Y tú? ¿No tienes novio… o alguien con quien desahogarte?
Mariana: No. Nadie.
Francisco: ¿En serio? Me extraña. Estás muy guapa, Mariana. Tienes una cara bonita… y un cuerpo que llama la atención. Cualquier muchacho estaría loco por tenerte.
Ella se sonrojó y bajó un poco la mirada, pero no se apartó.
Mariana: No sé… nunca me he sentido lista. O no ha llegado el indicado.
Francisco: ¿Nunca has tenido novio entonces?
Mariana: Nunca.
Dudé. El corazón me latía fuerte. El calor ya se sentía distinto entre nosotros.
Francisco: ¿Y… has estado con alguien? De esa forma, digo.
Ella se quedó callada un segundo. Se mordió el labio. Cuando contestó, la voz le salió bajita:
Mariana: No. Soy virgen.
El silencio que siguió fue espeso. Ella me miraba de reojo, con las mejillas rojas, jugando nerviosa con el borde de su short. Yo tenía la verga tan dura que me dolía. El recuerdo de su cuerpo mojado y el de anoche se mezclaban en mi cabeza.
Ninguno de los dos decía nada… pero los dos sabíamos que la conversación ya había cruzado un punto del que era muy difícil regresar.
Después de que me confesó que era virgen, el silencio se volvió pesado. Yo ya no aguantaba más.
Francisco: Desde que se murió tu abuela… no he tenido nada, Mariana. Nada. Ni una mujer, ni un cuerpo cerca. Y contigo aquí… se me hace imposible. Quiero cojer. Quiero cojerte a ti.
Ella se quedó quieta un segundo y después se acomodó de lado en el sofá, dándome la espalda a medias, el culo hacia mí. Los shorts se le subieron y se le marcó todo. Era una provocación clara, aunque ella no lo dijera.
Extendí la mano y se la posé encima de una nalga, apretando despacio. La carne estaba firme y caliente.
Mariana: Abuelo… eso no está bien. No quiero…
Francisco: Mentira. Anoche te vi dormida. Esta mañana te vi desnuda en el cuarto, con el cuerpo mojado, las tetas afuera, el culo en el aire… te veías tan rica que casi me vengo solo de mirarte. Ya no aguanto. Si me dejas hacerlo contigo… te doy lo que quieras. Dinero, cosas, lo que pidas. Te doy seis mil pesos por tu virginidad. Por dejarte usar. Por este cuerpo.
Ella se giró hacia mí con los ojos abiertos, asustada y sonrojada.
Mariana: No… no puedo. Soy virgen. Me da miedo. Eres mi abuelo… no está bien. No sé… tengo miedo de que duela, de que después me arrepienta…
Siguió poniendo excusas, la voz temblándole, mirando al suelo y después a mi short, donde se notaba la verga completamente dura. Yo no quité la mano de su culo. Seguía acariciándola, apretando de vez en cuando.
Al final, después de varios minutos de “no puedo” y “me da miedo”, bajó la cabeza y habló casi en un susurro:
Mariana: …Está bien. Lo hago. Pero… despacio. Por favor.
Francisco: Entonces empieza por esto.
Ella entendió. Se levantó del sofá y se arrodilló entre mis piernas. Yo me bajé el short y la boxer de un jalón. Mi verga saltó afuera, gruesa, venuda, completamente dura, la cabeza ya brillante de líquido preseminal.
Mariana se quedó mirándola de cerca. Se acercó despacio, primero solo oliéndola. Inspiró profundo junto a la base, donde olía más fuerte a hombre, a sexo contenido. Después sacó la lengua y dio una lamida larga desde las bolas hasta la punta, lenta, como probando el sabor. La lengua se le sentía caliente y suave. Dio otra lamida, esta vez más húmeda, rodeando la cabeza y limpiando el líquido que ya goteaba.
Levantó la vista hacia mí un segundo, con los ojos grandes y las mejillas rojas, y después abrió la boca y se metió solo la punta. Chupó con cuidado, apenas metiendo un poco más, la lengua moviéndose debajo del glande. Un hilo de saliva le escurrió por la comisura. Volvió a sacar la verga y la lamió completa otra vez, de arriba abajo, dejando la columna brillante. Después se la volvió a meter, más profundo esta vez, hasta donde pudo sin atragantarse. Las mejillas se le hundían cada vez que chupaba. Se oía el sonido húmedo de su boca, el leve jadeo por la nariz. Subía y bajaba la cabeza despacio, la saliva le brillaba en los labios y le caía hasta el mentón. De vez en cuando sacaba la verga solo para lamerla otra vez, larga y lenta, mirándola de cerca como si no pudiera creer lo que estaba haciendo.
Yo le sujetaba el pelo con una mano, sin forzarla todavía, solo sintiendo cómo mi nieta —virgen, asustada y consentida— me chupaba la verga por primera vez.
Tierna


La saqué de mi verga con un leve jalón de pelo. Tenía los labios rojos, brillantes de saliva, y miraba hacia arriba con esos ojos grandes todavía asustados.
Francisco: Qué rica te ves chupando… tan tierna y tan puta al mismo tiempo. Y todo porque aceptaste por dinero. Levántate. Desnúdate.
Ella obedeció. Se puso de pie frente a mí, un poco temblando, y se quitó primero la camiseta. Después el sostén. Sus tetas quedaron libres: pesadas, redondas, con los pezones ya duros. Solo le quedaban los pantys negros. Me quedé mirándola unos segundos, grabándome cada centímetro.
Me paré, la agarré de la nuca y la besé fuerte, sucio, metiéndole la lengua hasta el fondo. Bajé por su cuello, mordiendo y chupando la piel, dejando marcas. Seguí bajando hasta sus tetas. Me metí un pezón entero en la boca, lo chupé duro, lo mordí despacio mientras apretaba la otra teta con la mano. Ella soltó un gemido ahogado y se arqueó hacia mí.
La giré y la empujé contra el respaldo del sofá, de frente a mí. La miré de arriba abajo mientras le apretaba las nalgas con las dos manos, fuerte, abriéndolas un poco.
Francisco: Dios, Marianita… qué rica estás. Siempre quise tocarte bien. Ábreme las piernas.
Las abrió. Lentamente. Y entonces ella misma, con dedos temblorosos, se bajó los pantys hasta los muslos y después los pateó a un lado. Su vagina quedó al aire: rosada, hinchada, completamente empapada. Los labios brillaban y un hilo de lubricante le escurrió hacia el muslo.
Francisco: Mmmm… ¿no que no querías, Marianita? Mira nada más lo mojada que estás…
Le pasé dos dedos por toda la raja, de abajo hacia arriba, sintiendo lo resbalosa que estaba. Aparté un poco los labios y le metí un dedo despacio, hasta el fondo. Estaba apretadísima. La concha se le cerró alrededor de mi dedo como si no quisiera soltarlo. Empecé a moverlo dentro, sacándolo hasta la entrada y volviéndolo a meter, abriéndola, escuchando el sonido húmedo que hacía cada vez que empujaba.
Ella tenía la cabeza echada hacia atrás, mordiéndose el labio, respirando entrecortado, con las piernas temblando contra el sofá.
Nieta


Le metí el segundo dedo. Entró con un poco más de dificultad; estaba tan apretada que sentí cómo se le estiraba la entrada alrededor de mis nudillos. Empecé a mover los dos dedos dentro de ella, abriéndola, sacándolos casi por completo y volviéndolos a empujar hasta el fondo. El sonido era obsceno: chap-chap húmedo cada vez que los hundía. Ella soltó un gemido largo, tembloroso, y apoyó la frente en el respaldo del sofá.
Francisco: ¿Cómo estás, Marianita…?
Mariana: Ahh… abuelo… se siente… raro… pero… nngh… rico…
Saqué los dedos. Estaban brillantes, cubiertos de su lubricante. Me paré detrás de ella. Mi verga, dura y pesada, quedó apoyada justo entre sus nalgas. Se la froté un poco por el surco mientras le hablaba al oído.
Francisco: Ábrete con tus manos, nieta. Ábreme ese culo.
Ella obedeció. Llevó las manos atrás, agarró cada nalga y se las abrió, dejándome ver todo: el agujerito rosado del culo y, más abajo, su concha empapada, los labios hinchados y abiertos, el agujero virgen contrayéndose como si me estuviera esperando.
Mi cabeza iba a explotar. Tanto tiempo sin tocar a nadie… y ahora estaba a punto de metérsela a mi propia nieta.
Acomodé la cabeza gruesa de mi verga contra su entrada. Estaba tan mojada que resbaló sola un poco. Empujé despacio. Muy despacio. Primero solo la punta. Vi cómo sus labios se abrían alrededor del glande, estirándose, poniéndose blancos por la presión. Un hilo grueso de su jugos escurrió por mis huevos. Ella soltó un quejido agudo y apretó más las nalgas con las manos.
Seguí empujando. Centímetro a centímetro. Veía cómo mi verga, gruesa y venuda, iba desapareciendo dentro de ella, abriéndole la concha de una forma que parecía imposible. Los labios se le pegaban a la columna, brillantes, y cada vez que avanzaba un poco más salía un poco de espuma blanca de la fricción. Estaba tan apretada que me costaba no venirme solo de la sensación.
Francisco: Mírala… cómo se te abre, Marianita. Cómo te está tragando toda…
Cuando logré meter casi la mitad, me detuve un segundo. Su coño latía alrededor de mi verga, apretándola en espasmos. Un chorrito más de lubricante le resbaló por el muslo. Ella temblaba entera, gimiendo bajito, con la cara apretada contra el sofá.
Todavía no estaba del todo adentro… y ya se veía destrozada de lo llena que estaba.
Francisco: ¿Quieres más, Marianita…?
Mariana: Ahh… s-sí… sí, abuelo… métela…
Empujé un poco más. Ella apretó sus propias nalgas con las dos manos, abriéndose todavía más, como si quisiera ayudarme a entrar. Cada centímetro que avanzaba se le escapaba un gemido más alto, más roto. Sentía cómo su concha se estiraba alrededor de mi verga, cómo se contraía y soltaba, intentando acostumbrarse al grosor.
Cuando por fin toqué fondo, cuando mis huevos quedaron pegados a su piel, ella arqueó la espalda con fuerza y soltó un quejido largo. Se quedó así un momento, temblando, llena hasta el límite. Y entonces, sin que yo se lo pidiera, empezó a moverse solita hacia atrás. Corto al principio, tímido… y después un poco más seguro, frotando su culo contra mi pelvis.
Francisco: Dios, Mariana… ¿te gusta?
Mariana: Mmh… s-sí… se siente… tan grande… ahh…
Le quité las manos de las nalgas. Se las puse en la cintura, agarrándola fuerte, y empecé a embestirla yo. Lento. Profundo. Cada vez que entraba se oía un plam húmedo, obsceno, el sonido de mi cuerpo chocando contra el suyo y de su concha tragándome completa. Sacaba casi toda la verga y la volvía a meter hasta el fondo, sintiendo cómo los labios se le pegaban a la columna y cómo le salía más y más jugo con cada embestida.
Ella ya no intentaba callarse. Gemía cada vez que le tocaba el fondo, con la cara apretada contra el respaldo del sofá y el culo empujando hacia atrás para recibirme mejor.
Plam… plam… plam…
Lento, pero constante. Haciéndole sentir cada vena, cada centímetro en su conchita
Incesto


Empecé a embestirla más rápido.
El plam-plam se volvió más seco, más fuerte. Cada embestida le hacía temblar las nalgas y le sacaba un gemido ahogado. Su concha ya estaba completamente abierta para mí, rosa brillante, los labios hinchados y pegados a mi verga cada vez que salía. Se oía el chapoteo húmedo de su jugo. El aroma subía hasta mí: ese olor espeso a coño caliente, a sexo, mezclado con el sudor de su piel. Me emborrachaba.
Francisco: Qué putita resultaste, Marianita… aceptando dinero por la primera verga y ahora la estás empujando solita. Mírate cómo me la tragas.
La agarré más fuerte de la cintura y le di varias embestidas hondas, rápidas, hasta que ella soltó un grito y se le doblaron un poco las piernas. Saqué la verga de golpe. Estaba empapada, brillante, con hilos de su lubricante colgando. Ella se quedó jadeando, la concha abierta y palpitando, goteando sobre el sofá.
La giré. La senté en el borde del respaldo de frente a mí, le abrí las piernas todo lo que pude y me metí otra vez de un solo empujón. Entró más fácil esta vez. Ella echó la cabeza hacia atrás y abrió la boca. Me incliné y la besé. Un beso sucio, profundo, con lengua, mientras la cogía despacio pero hondo. Se sabía a saliva y a rendición. Le mordí el labio inferior y bajé a su cuello, chupando fuerte, dejando moretones.
Francisco: Hueles a puta ya… a coño usado. Te gusta que tu abuelo te esté abriendo, ¿verdad? Dilo.
Mariana: Ahh… s-sí… me gusta… me gusta que me cojas…
La levanté un poco, le pasé los brazos por debajo de los muslos y empecé a embestirla en el aire, usándola. Sus tetas rebotaban con cada embestida. El sonido era obsceno: piel contra piel, el chapoteo de su concha tragándome, sus gemidos rotos pegados a mi boca cada vez que la volvía a besar. El olor a sexo ya llenaba el espacio entre los dos. Miraba hacia abajo y veía mi verga gruesa entrando y saliendo, cubierta de su crema blanca, abriéndole los labios una y otra vez.
Francisco: Tan apretada… tan virgen todavía y ya te estás corriendo en la verga de tu abuelo. Eres mía ahora, Marianita. Mi nieta consentida… y mi putita.
Ella solo podía aferrarse a mis hombros y gemir contra mi boca mientras la usaba sin parar.
Francisco: Dios, Marianita… qué rica estás. Tan apretada, tan mojada… mi nieta toda abierta solo para mí.
La tomé por detrás de los muslos y se los levanté, abriéndola todavía más. Empecé a penetrarla con fuerza, más hondo, más rápido. Cada embestida le sacaba un gemido agudo. El sofá crujía. Su concha hacía un sonido obsceno, chapoteando alrededor de mi verga. Yo gemía también, bajo, gutural, sintiendo cómo se me venía encima.
Francisco: Me vengo… me vengo dentro, Mariana…
Ella solo pudo contestar con un grito ahogado. Sus ojos se le torcieron hacia arriba. Las piernas le temblaban sin control en mis manos. Su vagina se cerró de golpe alrededor de mi verga, apretándome en espasmos fuertes, una y otra vez.
Me corrí al mismo tiempo.
Chorro tras chorro de semen espeso y caliente se me salió dentro de ella. Sentía cada pulsación, cómo la llenaba, cómo su concha se contraía succionándome más. Ella gemía con cada chorro que le metía, la voz rota, el cuerpo sacudiéndose.
Me quedé dentro un minuto entero, sin sacar, respirando agitado contra su boca. La besé despacio, profundo, mientras los dos nos íbamos calmando. Su interior todavía me apretaba en pequeños temblores.
Después empecé a sacar la verga. Lento. Muy lento.
Primero se vio la base, brillante y cubierta de una mezcla blanca y espesa. Después el resto de la columna, venuda, resbaladiza, saliendo centímetro a centímetro de esa concha abierta y roja. Cuando por fin salió la cabeza, un grueso hilo de semen la siguió, conectando mi glande con su agujero un segundo antes de romperse. Su entrada quedó entreabierta, redonda, palpitate, y de inmediato empezó a escurrir el semen. Un hilo blanco grueso le resbaló hacia el culo y otro hacia abajo, manchándole el sofá.
Francisco: Vamos, Mariana… déjame ver. No seas tímida.
Ella, todavía jadeando, bajó una mano temblorosa. Con dos dedos se abrió los labios ella misma, estirando su concha para mostrármela. El agujero estaba dilatado, rosado oscuro, y de adentro le salía todavía más semen espeso, blanco, que le corría entre los dedos mientras respiraba agitada, con las piernas abiertas y la mirada perdida.
Abuelo

Familiar



Me dejé caer agotado a su lado en el sofá. El cuerpo me pesaba. Ella se acurrucó contra mí enseguida, desnuda, sudada, con el pelo pegado a la frente y mi semen todavía escurriéndole entre las piernas. Puse un brazo alrededor de sus hombros y la apreté un poco. Los dos respirábamos agitados, el olor a sexo y a sudor llenando el aire entre nosotros.
Francisco: Marianita… qué rico.
Le acaricié el brazo despacio.
Francisco: Tu mamá ni nadie de la familia tiene que enterarse de esto. Será nuestro secreto. Solo tuyo y mío.
Ella asintió contra mi pecho, todavía sin hablar.
Francisco: Y dime… ¿qué tal tu primera vez?
Mariana se quedó callada un momento. Después habló bajito, con la voz ronca de tanto gemir:
Mariana: Dolió al principio… mucho. Pensé que no iba a caber. Pero después… después se sintió rico. Nunca pensé que me iba a gustar tanto. Todavía estoy temblando.
Acaricié su espalda desnuda. Por un instante me invadió el remordimiento. Era mi nieta. La misma que había cargado de bebé, la que me decía “te quiero, abuelo” con vocecita de niña. Acababa de quitarle la virginidad, de llenarla de semen, de pagar por su cuerpo. Una parte de mí se sintió asquerosa.
Pero esa culpa no duró.
Para cuando la tarde empezó a caer y la luz naranja entraba por la ventana, ya se había esfumado. Solo quedaba el cansancio agradable, el calor de su cuerpo pegado al mío y la certeza de que esto no iba a ser la única vez.
La apreté un poco más contra mí y cerré los ojos.
Nuestro secreto.
Nos besamos largo rato en el sofá, todavía desnudos y pegajosos. Después la levanté en brazos y la llevé a mi habitación. La tiré en la cama y nos volvimos a coger. Más lento al principio, después otra vez como animales. Esa segunda vez a ella le gustó todavía más. Ya no solo gemía: pedía, empujaba, abría las piernas sola.
A partir de ese día se volvió un vicio.
Los dos solos en la casa. Todos los días. Dormíamos desnudos, enredados. Me despertaba con su boca en la verga o con ella montándome. La cogíamos en la cocina, en el sofá, en la ducha, contra la pared. Le rompí el culo unas semanas después. Le enseñé a tragarse hasta la última gota. Se convirtió en mi puta privada. Mi nieta consentida… y mi puta.
Ella me pedía cosas y yo se las cumplía. Ropa, dinero, un celular nuevo, lo que quisiera. A cambio solo tenía que abrir las piernas y la boca cuando yo quisiera. Y ella lo hacía. Con gusto. A veces llegaba ya mojada solo de pensar en lo que le iba a hacer.
Un señor de 68 años y su nieta de 18. Cojiendo como si el mundo se fuera a acabar.
La relación solo subió de intensidad.
Hasta que un día tocó la puerta su mamá. Venía a reconciliarse. Mariana aceptó. Habló con ella, lloraron un poco, se abrazaron. Esa misma tarde se fue a su casa “de regreso”.
Pero no nos detuvo.
Cada semana volvía. Le decía a su mamá que venía a hacerme compañía, a que no estuviera siempre solo, a platicar un rato con el abuelo. Y en cuanto cerrábamos la puerta se arrodillaba o se agachaba o se subía encima de mí. Siempre se iba con el coño lleno de mi leche espesa y la boca sabiendo a semen.
Así terminó esta historia.
O mejor dicho… así siguió.
En secreto.
Cada semana.
Mi nieta consentida.
Mi nieta ahora es mi puta

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