💋 Capítulo I: El Plan
Estaba sola en mi departamento anterior, ese pequeño estudio en el barrio que dejé hace meses, antes de mudarme al departamento compartido donde conocería a Sarah y donde todo lo de la salsa boloñesa aún no había pasado. Eran otros tiempos. Yo era más ingenua, más temeraria.
Las luces estaban apagadas, el televisor brillando en la oscuridad. "Viudas Negras", esa serie argentina sobre mujeres que enredan hombres para robarles, pasaba en bucle. Yo estaba en el sofá, con una mano entre las piernas, moviéndome lentamente, sin prisa, disfrutando la tensión de la serie y la de mi propio cuerpo.







Hacía días que nadie me tocaba. Días que mi piel pedía cariño, atención, lengua. Y mirando a esas mujeres astutas en la pantalla, pensé: yo también puedo ser una viuda negra.
Pero no quería robar dinero. Quería robar algo más valioso: la homofobia de mi vecina.
Ella vivía al lado de la casa de mi amiga Vicky, en los suburbios. Una mujer de cuarenta y tantos, pelo teñido de rubio, siempre con cara de asco cuando veía a Vicky y a mí tomadas de la mano. "Las lesbianas van a terminar solas", había dicho una vez, lo suficientemente alto para que lo escucháramos.
Yo quería demostrarle que no solo no terminaba sola, sino que podía hacerla terminar a ella. Venganza dulce, en su propia cama.
Llamé a Vicky. Le conté el plan. Primero me regañó:
—Estás loca. Ella es homofóbica, sí, pero también es peligrosa. Tiene hermanos en la policía.
—No voy a hacerle daño —mentí, o al menos omití parte de la verdad—. Solo voy a seducirla. A demostrarle que las lesbianas somos irresistibles.
Vicky suspiró. Ese suspiro de amiga que sabe que vas a hacer una estupidez pero te quiere de todos modos.
—Está bien —cedió finalmente—. Pero si te descubre, no digas que yo sabía. Y me debes una: serás mi conejillo de Indias para practicar manicura. Tengo un examen de cosmetología.
Prometido.
💋 Capítulo II: El Supermercado
La encontré el sábado, en el supermercado del barrio. Estaba eligiendo tomates, con esa cara de quien juzga la fruta ajena. Llevaba un vestido floreado, demasiado joven para su edad, y el pelo rubio recién hecho.
Me acerqué con mi mejor sonrisa de "soy inofensiva".
—Disculpe —dije—. ¿Sabe si el queso rallado está en oferta?

Me miró. Evaluándome. Viendo si era una amenaza. En el barrio robaban mucho, y yo era una cara nueva para ella.
—En el pasillo tres —respondió, seca.
—Gracias. Soy nueva por acá. Vecina de Vicky, creo.

Su expresión cambió. El nombre de Vicky —mi amiga, la lesbiana declarada— hizo que sus ojos se entrecerraran. Pero también despertó curiosidad.
—Ah, sí. La conozco.
—Soy Lu —extendí la mano—. Me invitó un café para que conozca a las vecinas. Dice que el barrio es seguro, pero yo... me da miedo caminar sola.
Mentira. Yo caminaba sola de noche desde los quince. Pero la víctima perfecta la excitaba a ella. La oportunidad de ser la "buena vecina" que acoge a la recién llegada.
—Podemos tomar un café —dijo, y su voz tenía un dejo de condescendencia que me hizo querer estrangularla y besarla al mismo tiempo—. Conozco un lugar cerca.
💋 Capítulo III: El Café y la Invitación
Fuimos a un bar de la esquina. Ella pidió un cortado, yo un jugo de naranja. Hablamos de su vida: divorciada, dos hijos que vivían con el padre, trabajaba en una inmobiliaria. Me habló de sus preocupaciones por la "inseguridad" del barrio, usando palabras en código que yo traducía fácilmente: "gente de mala vida", "extranjeros", "ciertos tipos de personas".
Yo asentía, sonreía, cruzaba las piernas para que viera mis muslos debajo del short.
—Deberías venir a comer a mi casa —dijo de repente, como si la idea la sorprendiera a ella misma—. Hago empanadas árabes. Mi abuela me enseñó.
—Me encantaría —respondí, y mi voz salió ronca, sincera.
Quedamos para el domingo siguiente.
💋 Capítulo IV: La Salsa Especial (Primera Vez)
El sábado por la noche, preparé el bizcochuelo de chocolate. Harina, huevos, azúcar, cacao amargo. Y el ingrediente secreto.
Me masturbé pensando en ella. En su cara de asco transformada en deseo. En su boca cerrada abriéndose para mí. En mi venganza dulce, literalmente dulce, entrando en su cuerpo sin que lo supiera.



Cuando estuve húmeda, muy húmeda, metí los dedos profundamente. Recogí mis fluidos, esa esencia viscosa, transparente, con mi olor característico. Y los unté en la mezcla. Revolví bien, integrando mi venganza en cada gramo de masa.




Esa noche, en ese pequeño estudio que pronto dejaría, descubrí el poder de la salsa secreta. Aún no sabía que años después, en otro departamento, con otras compañeras, perfeccionaría la técnica hasta convertirla en arte. Pero aquí, con este bizcochuelo, fue donde todo comenzó.
Llevé el bizcochuelo a su casa el domingo a las ocho de la noche. Ella abrió la puerta con un delantal que decía "La Reina de la Cocina". Olía a cebolla y especias. Las empanadas árabes estaban en el horno, casi listas.
—Qué amable —dijo, viendo la torta—. Chocolate, mi debilidad.
Sonreí. No sabía cuánto.
Cenamos en la mesa del comedor. Las empanadas estaban deliciosas, rellenas de carne y cebolla, jugosas, picantes. Hablamos de trivialidades: el clima, el barrio, las plantas que ella cultivaba en el balcón. Yo bebía vino tinto, ella cerveza.
Cuando terminamos, yo estaba llena, satisfecha, pero ella insistió:
—Tengo que darte el postre. El bizcochuelo que trajiste. ¿Te importa si lo corto yo?
—Por favor —dije—. Yo estoy cómoda acá.
Fue a la cocina. Escuché ruidos: cajones abriéndose, platos, el cuchillo cortando el bizcochuelo. Y silencio.
Luego, pasos. Lentos. Calculados.
Cuando entró al comedor, dejé de respirar.
Llevaba un moño rojo grande, de regalo, cubriéndole los senos. Solo los senos. Su vientre estaba expuesto, blanco, con un tatuaje pequeño de mariposa en la cadera que no había visto antes. Y otro moño, más pequeño, rojo también, atado entre las piernas, cubriendo su vagina.




—La Reina de la Cocina tiene un postre especial para ti —dijo, y su voz ya no era condescendiente. Era ronca, dominante, animal.
💋 Capítulo V: La Dominación
No me dio tiempo de procesar. No me dio tiempo de hablar. Se acercó en tres pasos, se inclinó, y me besó.

Fue un beso de conquista. Su lengua entró en mi boca sin pedir permiso, explorando, reclamando. Sus manos agarraron mi pelo, tirando hacia atrás, exponiendo mi cuello. Y mientras la besaba, sentí que ella me dominaba completamente.
—Levantate —ordenó.
Obedecí. Mis piernas temblaban.
—Quítate la ropa. Ahora.
Me desvestí frente a ella, en su comedor, con las empanadas todavía en la mesa y el bizcochuelo de "venganza" en la cocina. Me quedé desnuda, vulnerable, excitada hasta el punto del dolor.
Ella se acercó. Me empujó contra la mesa, dándome la vuelta, dejando que sintiera su cuerpo contra el mío. Sentí los moños, la textura de la cinta contra mi espalda, y su aliento en mi oreja.
—Sabía que querías esto —susurró—. Desde que me viste en el supermercado. Con tu mano en el short, pensando en mí.
No era verdad. O sí. Ya no sabía qué era verdad.
Me volteó. Me subió a la mesa, entre los platos sucios. Separó mis piernas con fuerza y se arrodilló.


—Voy a hacerte gritar —prometió.
Y cumplió.

Su lengua fue tormento y regalo. Chupaba mi clítoris con fuerza brutal, luego suave, luego metía dos dedos, curvándolos, encontrando ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí, grité, me agarré a los bordes de la mesa mientras ella me comía con una dedicación que no esperaba de una mujer que odiaba a las lesbianas.
—Más —supliqué—. Por favor, más.


Ella aceleró. Sus dedos entraban y salían, su lengua no se detenía, y sentí que me venía. Una vez, rápida, sorprendida. Luego otra, más intensa. Y luego, cuando pensé que no podía más, sentí que me venía de nuevo, pero diferente, más fuerte, más líquido.
Squirté. En su boca, en su cara, en la mesa del comedor. Grité su nombre —aprendí que se llamaba Mónica— mientras mi cuerpo se convulsionaba.


Ella se limpió la cara con el dorso de la mano, sonriendo, triunfal.
—Eso fue solo el comienzo —dijo.
Me cargó. Literalmente me levantó en brazos, yo desnuda y pesada, y me llevó a su habitación. Me tiró en la cama —su cama, con sábanas de flores, de señora casada— y se subió encima de mí.



Hicimos cunnilingus por horas. Ella sobre mí, yo sobre ella, en posiciones que inventábamos, que rompíamos, que reíamos. Me hizo venirme tres veces más con su lengua, y yo le devolví el favor, descubriendo que su "odio" a las lesbianas no se aplicaba a su propio placer cuando una mujer le chupaba el clítoris.
💋 Capítulo VI: El 69, el Grito y la Revelación
Estábamos en el 69 cuando pasó.
Yo abajo, ella arriba, su vagina en mi boca, mi lengua dentro de ella, mientras yo sentía su boca trabajando mi propio sexo. Era el cielo, era el infierno, era la perfección.


Escuché la puerta de la calle. Escuchó ella también, porque se detuvo un segundo.
—No pares —supliqué, agarrando sus muslos—. Por favor, no pares.
Obedeció. Siguió chupándome, y yo siguiéndola a ella, perdida en el placer, en el olor, en el sabor.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe.
—¿Mónica? ¿Estás ahí? Traje el bizcochuelo que me dijiste que probara...
Levanté la cara de su vagina. Y entonces vi algo que mi cerebro tardó en procesar.
Una mujer idéntica a Mónica. El mismo pelo rubio, el mismo vestido floreado, la misma postura. Pero diferente. La nariz más grande. Una cicatriz pequeña en la ceja. Y los ojos... los ojos tenían el odio que Mónica nunca me había mostrado.
Mi mente funcionó a cámara lenta: Gemelas. Son gemelas. Me acosté con la hermana. Dios mío, me comí a la novia en lugar de la vecina.
La mujer de la puerta —la verdadera vecina homofóbica, la que yo había planeado seducir, la que nunca me había invitado a nada— dejó caer el pedazo de bizcochuelo al piso. Su boca se abrió en un grito silencioso que explotó en palabras que nunca olvidaré:
—¡¿QUÉ CARAJO ESTÁ PASANDO EN MI CAMA, HIJAS DE PUTA?!
Mónica —la hermana gemela, la novia que se casaba en una semana— se incorporó. Y en ese movimiento, en ese instante de shock, su cuerpo traicionero, excitado, explotó.
Un chorro de fluidos salió de ella. Un squirt largo, intenso, que me cayó directamente en la cara. En mis ojos abiertos, en mi boca entreabierta, en mi pelo despeinado.


Estaba ciega de los fluidos de la hermana, escuchando el grito de la vecina, sintiendo el horror de la situación.
—¡Fuera de mi cama! ¡Fuera de mi casa, puta lesbiana de mierda! —gritaba la vecina, con un acento suburbano marcado, con palabras que cortaban el aire—. ¡Chorra! ¡Trava! ¡Andá a cagar, maricón de mierda, te voy a denunciar con mis hermanos de la yuta!
Intenté levantarme, resbalando en los fluidos propios y ajenos. Intenté hablar, explicar, pero tenía la boca llena del sabor de Mónica y mis propias palabras salían ahogadas.
—¡Vestite y andate o llamo a la cana! —seguía gritando, agarrando mi ropa del piso y tirándomela a la cara.
Pero no me dejó vestirme. Me empujó, desnuda, chorreando, hacia la ventana.
—¡Andate por acá, zorra! ¡No quiero que pises mi piso nunca más!
La ventana daba al patio trasero. Al jardín de Vicky. A la salvación.
Salté. Desnuda, con el squirt de Mónica todavía en mi cara, con mi propia ropa en las manos, cayendo dos metros hasta el pasto húmedo de la noche.
Corrí. A través del patio, escalando la reja que separaba las casas, llegando a la puerta de Vicky, golpeando con los nudillos desnudos, temblando, riendo, llorando.
💋 Capítulo VII: La Ducha y la Verdad
Vicky abrió. Me vio: desnuda, despeinada, cubierta de fluidos, con un pedazo de bizcochuelo de chocolate todavía pegado a mi muslo.
—¿Funcionó? —preguntó, sonriendo.
—Falló estrepitosamente —respondí, entrando a su casa, buscando una manta, dignidad—. Me acosté con su hermana gemela. La novia. Me echó por la ventana.
Vicky se rio. Una carcada larga, sincera, de amiga que te quiere aunque hagas estupideces.
—Al menos la vecina comió tu bizcochuelo —dijo, abrazándome.
—Sí —respondí, y finalmente yo también me reí, aunque todavía temblaba—. Se comió toda mi venganza. Sin saberlo. Mientras su hermana me hacía squirtear en su cama.
Vicky me llevó a la ducha. El agua caliente cayó sobre mí, quitando los fluidos de Mónica, el sudor del sexo, el polvo de la caída. Ella misma me lavó el pelo, con una ternura que me hizo querer hacerla mia en la ducha.






—¿Y ahora qué? —preguntó Vicky.
—Ahora me mudo —dije, cerrando los ojos bajo el agua—. Necesito un departamento nuevo. Con compañeras. Lejos de acá.
Vicky asintió. Sabía que no había vuelta atrás.
💋 Epílogo: La Boda y el Bizcochuelo
Nunca supe con certeza qué pasó después. Pero un mes después, cuando ya estaba instalada en mi nuevo departamento compartido —ese donde luego conocería a Sarah y donde todo lo de la salsa boloñesa aún estaba por venir—, vi a Mónica en el supermercado.
Llevaba alianza. Estaba casada.
Me miró. Nuestros ojos se encontraron. Y sonrió. Una sonrisa pequeña, privada, de complicidad. Como diciendo: "fue bueno, ¿no?".

Siguió caminando. Nunca supo mi nombre real. Nunca supo que el bizcochuelo que su hermana había elogiado ("¡Estaba riquísimo, Mónica! ¿Quién te lo trajo?") llevaba mi esencia, mi venganza, mi primera salsa secreta.
A veces, cuando veo "Viudas Negras" en mi nuevo departamento, el que comparto con chicas que aún no conocen mi talento para la cocina vengativa, me toco pensando en esa noche. En mi plan fallido. En mi humillación gloriosa. Y en el sabor del fracaso, que es dulce, muy dulce, como el chocolate.
Y pienso en Sarah, que aún no ha llegado a mi vida. En las roomies que me robarán las bragas. En la salsa boloñesa que prepararé años después, perfeccionando la técnica que aprendí con un bizcochuelo de chocolate y una mujer de moños rojos.
Pero eso es otra historia.
FIN. 💋
Estaba sola en mi departamento anterior, ese pequeño estudio en el barrio que dejé hace meses, antes de mudarme al departamento compartido donde conocería a Sarah y donde todo lo de la salsa boloñesa aún no había pasado. Eran otros tiempos. Yo era más ingenua, más temeraria.
Las luces estaban apagadas, el televisor brillando en la oscuridad. "Viudas Negras", esa serie argentina sobre mujeres que enredan hombres para robarles, pasaba en bucle. Yo estaba en el sofá, con una mano entre las piernas, moviéndome lentamente, sin prisa, disfrutando la tensión de la serie y la de mi propio cuerpo.







Hacía días que nadie me tocaba. Días que mi piel pedía cariño, atención, lengua. Y mirando a esas mujeres astutas en la pantalla, pensé: yo también puedo ser una viuda negra.
Pero no quería robar dinero. Quería robar algo más valioso: la homofobia de mi vecina.
Ella vivía al lado de la casa de mi amiga Vicky, en los suburbios. Una mujer de cuarenta y tantos, pelo teñido de rubio, siempre con cara de asco cuando veía a Vicky y a mí tomadas de la mano. "Las lesbianas van a terminar solas", había dicho una vez, lo suficientemente alto para que lo escucháramos.
Yo quería demostrarle que no solo no terminaba sola, sino que podía hacerla terminar a ella. Venganza dulce, en su propia cama.
Llamé a Vicky. Le conté el plan. Primero me regañó:
—Estás loca. Ella es homofóbica, sí, pero también es peligrosa. Tiene hermanos en la policía.
—No voy a hacerle daño —mentí, o al menos omití parte de la verdad—. Solo voy a seducirla. A demostrarle que las lesbianas somos irresistibles.
Vicky suspiró. Ese suspiro de amiga que sabe que vas a hacer una estupidez pero te quiere de todos modos.
—Está bien —cedió finalmente—. Pero si te descubre, no digas que yo sabía. Y me debes una: serás mi conejillo de Indias para practicar manicura. Tengo un examen de cosmetología.
Prometido.
💋 Capítulo II: El Supermercado
La encontré el sábado, en el supermercado del barrio. Estaba eligiendo tomates, con esa cara de quien juzga la fruta ajena. Llevaba un vestido floreado, demasiado joven para su edad, y el pelo rubio recién hecho.
Me acerqué con mi mejor sonrisa de "soy inofensiva".
—Disculpe —dije—. ¿Sabe si el queso rallado está en oferta?

Me miró. Evaluándome. Viendo si era una amenaza. En el barrio robaban mucho, y yo era una cara nueva para ella.
—En el pasillo tres —respondió, seca.
—Gracias. Soy nueva por acá. Vecina de Vicky, creo.

Su expresión cambió. El nombre de Vicky —mi amiga, la lesbiana declarada— hizo que sus ojos se entrecerraran. Pero también despertó curiosidad.
—Ah, sí. La conozco.
—Soy Lu —extendí la mano—. Me invitó un café para que conozca a las vecinas. Dice que el barrio es seguro, pero yo... me da miedo caminar sola.
Mentira. Yo caminaba sola de noche desde los quince. Pero la víctima perfecta la excitaba a ella. La oportunidad de ser la "buena vecina" que acoge a la recién llegada.
—Podemos tomar un café —dijo, y su voz tenía un dejo de condescendencia que me hizo querer estrangularla y besarla al mismo tiempo—. Conozco un lugar cerca.
💋 Capítulo III: El Café y la Invitación
Fuimos a un bar de la esquina. Ella pidió un cortado, yo un jugo de naranja. Hablamos de su vida: divorciada, dos hijos que vivían con el padre, trabajaba en una inmobiliaria. Me habló de sus preocupaciones por la "inseguridad" del barrio, usando palabras en código que yo traducía fácilmente: "gente de mala vida", "extranjeros", "ciertos tipos de personas".
Yo asentía, sonreía, cruzaba las piernas para que viera mis muslos debajo del short.
—Deberías venir a comer a mi casa —dijo de repente, como si la idea la sorprendiera a ella misma—. Hago empanadas árabes. Mi abuela me enseñó.
—Me encantaría —respondí, y mi voz salió ronca, sincera.
Quedamos para el domingo siguiente.
💋 Capítulo IV: La Salsa Especial (Primera Vez)
El sábado por la noche, preparé el bizcochuelo de chocolate. Harina, huevos, azúcar, cacao amargo. Y el ingrediente secreto.
Me masturbé pensando en ella. En su cara de asco transformada en deseo. En su boca cerrada abriéndose para mí. En mi venganza dulce, literalmente dulce, entrando en su cuerpo sin que lo supiera.



Cuando estuve húmeda, muy húmeda, metí los dedos profundamente. Recogí mis fluidos, esa esencia viscosa, transparente, con mi olor característico. Y los unté en la mezcla. Revolví bien, integrando mi venganza en cada gramo de masa.




Esa noche, en ese pequeño estudio que pronto dejaría, descubrí el poder de la salsa secreta. Aún no sabía que años después, en otro departamento, con otras compañeras, perfeccionaría la técnica hasta convertirla en arte. Pero aquí, con este bizcochuelo, fue donde todo comenzó.
Llevé el bizcochuelo a su casa el domingo a las ocho de la noche. Ella abrió la puerta con un delantal que decía "La Reina de la Cocina". Olía a cebolla y especias. Las empanadas árabes estaban en el horno, casi listas.
—Qué amable —dijo, viendo la torta—. Chocolate, mi debilidad.
Sonreí. No sabía cuánto.
Cenamos en la mesa del comedor. Las empanadas estaban deliciosas, rellenas de carne y cebolla, jugosas, picantes. Hablamos de trivialidades: el clima, el barrio, las plantas que ella cultivaba en el balcón. Yo bebía vino tinto, ella cerveza.
Cuando terminamos, yo estaba llena, satisfecha, pero ella insistió:
—Tengo que darte el postre. El bizcochuelo que trajiste. ¿Te importa si lo corto yo?
—Por favor —dije—. Yo estoy cómoda acá.
Fue a la cocina. Escuché ruidos: cajones abriéndose, platos, el cuchillo cortando el bizcochuelo. Y silencio.
Luego, pasos. Lentos. Calculados.
Cuando entró al comedor, dejé de respirar.
Llevaba un moño rojo grande, de regalo, cubriéndole los senos. Solo los senos. Su vientre estaba expuesto, blanco, con un tatuaje pequeño de mariposa en la cadera que no había visto antes. Y otro moño, más pequeño, rojo también, atado entre las piernas, cubriendo su vagina.




—La Reina de la Cocina tiene un postre especial para ti —dijo, y su voz ya no era condescendiente. Era ronca, dominante, animal.
💋 Capítulo V: La Dominación
No me dio tiempo de procesar. No me dio tiempo de hablar. Se acercó en tres pasos, se inclinó, y me besó.

Fue un beso de conquista. Su lengua entró en mi boca sin pedir permiso, explorando, reclamando. Sus manos agarraron mi pelo, tirando hacia atrás, exponiendo mi cuello. Y mientras la besaba, sentí que ella me dominaba completamente.
—Levantate —ordenó.
Obedecí. Mis piernas temblaban.
—Quítate la ropa. Ahora.
Me desvestí frente a ella, en su comedor, con las empanadas todavía en la mesa y el bizcochuelo de "venganza" en la cocina. Me quedé desnuda, vulnerable, excitada hasta el punto del dolor.
Ella se acercó. Me empujó contra la mesa, dándome la vuelta, dejando que sintiera su cuerpo contra el mío. Sentí los moños, la textura de la cinta contra mi espalda, y su aliento en mi oreja.
—Sabía que querías esto —susurró—. Desde que me viste en el supermercado. Con tu mano en el short, pensando en mí.
No era verdad. O sí. Ya no sabía qué era verdad.
Me volteó. Me subió a la mesa, entre los platos sucios. Separó mis piernas con fuerza y se arrodilló.


—Voy a hacerte gritar —prometió.
Y cumplió.

Su lengua fue tormento y regalo. Chupaba mi clítoris con fuerza brutal, luego suave, luego metía dos dedos, curvándolos, encontrando ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí, grité, me agarré a los bordes de la mesa mientras ella me comía con una dedicación que no esperaba de una mujer que odiaba a las lesbianas.
—Más —supliqué—. Por favor, más.


Ella aceleró. Sus dedos entraban y salían, su lengua no se detenía, y sentí que me venía. Una vez, rápida, sorprendida. Luego otra, más intensa. Y luego, cuando pensé que no podía más, sentí que me venía de nuevo, pero diferente, más fuerte, más líquido.
Squirté. En su boca, en su cara, en la mesa del comedor. Grité su nombre —aprendí que se llamaba Mónica— mientras mi cuerpo se convulsionaba.


Ella se limpió la cara con el dorso de la mano, sonriendo, triunfal.
—Eso fue solo el comienzo —dijo.
Me cargó. Literalmente me levantó en brazos, yo desnuda y pesada, y me llevó a su habitación. Me tiró en la cama —su cama, con sábanas de flores, de señora casada— y se subió encima de mí.



Hicimos cunnilingus por horas. Ella sobre mí, yo sobre ella, en posiciones que inventábamos, que rompíamos, que reíamos. Me hizo venirme tres veces más con su lengua, y yo le devolví el favor, descubriendo que su "odio" a las lesbianas no se aplicaba a su propio placer cuando una mujer le chupaba el clítoris.
💋 Capítulo VI: El 69, el Grito y la Revelación
Estábamos en el 69 cuando pasó.
Yo abajo, ella arriba, su vagina en mi boca, mi lengua dentro de ella, mientras yo sentía su boca trabajando mi propio sexo. Era el cielo, era el infierno, era la perfección.


Escuché la puerta de la calle. Escuchó ella también, porque se detuvo un segundo.
—No pares —supliqué, agarrando sus muslos—. Por favor, no pares.
Obedeció. Siguió chupándome, y yo siguiéndola a ella, perdida en el placer, en el olor, en el sabor.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe.
—¿Mónica? ¿Estás ahí? Traje el bizcochuelo que me dijiste que probara...
Levanté la cara de su vagina. Y entonces vi algo que mi cerebro tardó en procesar.
Una mujer idéntica a Mónica. El mismo pelo rubio, el mismo vestido floreado, la misma postura. Pero diferente. La nariz más grande. Una cicatriz pequeña en la ceja. Y los ojos... los ojos tenían el odio que Mónica nunca me había mostrado.
Mi mente funcionó a cámara lenta: Gemelas. Son gemelas. Me acosté con la hermana. Dios mío, me comí a la novia en lugar de la vecina.
La mujer de la puerta —la verdadera vecina homofóbica, la que yo había planeado seducir, la que nunca me había invitado a nada— dejó caer el pedazo de bizcochuelo al piso. Su boca se abrió en un grito silencioso que explotó en palabras que nunca olvidaré:
—¡¿QUÉ CARAJO ESTÁ PASANDO EN MI CAMA, HIJAS DE PUTA?!
Mónica —la hermana gemela, la novia que se casaba en una semana— se incorporó. Y en ese movimiento, en ese instante de shock, su cuerpo traicionero, excitado, explotó.
Un chorro de fluidos salió de ella. Un squirt largo, intenso, que me cayó directamente en la cara. En mis ojos abiertos, en mi boca entreabierta, en mi pelo despeinado.


Estaba ciega de los fluidos de la hermana, escuchando el grito de la vecina, sintiendo el horror de la situación.
—¡Fuera de mi cama! ¡Fuera de mi casa, puta lesbiana de mierda! —gritaba la vecina, con un acento suburbano marcado, con palabras que cortaban el aire—. ¡Chorra! ¡Trava! ¡Andá a cagar, maricón de mierda, te voy a denunciar con mis hermanos de la yuta!
Intenté levantarme, resbalando en los fluidos propios y ajenos. Intenté hablar, explicar, pero tenía la boca llena del sabor de Mónica y mis propias palabras salían ahogadas.
—¡Vestite y andate o llamo a la cana! —seguía gritando, agarrando mi ropa del piso y tirándomela a la cara.
Pero no me dejó vestirme. Me empujó, desnuda, chorreando, hacia la ventana.
—¡Andate por acá, zorra! ¡No quiero que pises mi piso nunca más!
La ventana daba al patio trasero. Al jardín de Vicky. A la salvación.
Salté. Desnuda, con el squirt de Mónica todavía en mi cara, con mi propia ropa en las manos, cayendo dos metros hasta el pasto húmedo de la noche.
Corrí. A través del patio, escalando la reja que separaba las casas, llegando a la puerta de Vicky, golpeando con los nudillos desnudos, temblando, riendo, llorando.
💋 Capítulo VII: La Ducha y la Verdad
Vicky abrió. Me vio: desnuda, despeinada, cubierta de fluidos, con un pedazo de bizcochuelo de chocolate todavía pegado a mi muslo.
—¿Funcionó? —preguntó, sonriendo.
—Falló estrepitosamente —respondí, entrando a su casa, buscando una manta, dignidad—. Me acosté con su hermana gemela. La novia. Me echó por la ventana.
Vicky se rio. Una carcada larga, sincera, de amiga que te quiere aunque hagas estupideces.
—Al menos la vecina comió tu bizcochuelo —dijo, abrazándome.
—Sí —respondí, y finalmente yo también me reí, aunque todavía temblaba—. Se comió toda mi venganza. Sin saberlo. Mientras su hermana me hacía squirtear en su cama.
Vicky me llevó a la ducha. El agua caliente cayó sobre mí, quitando los fluidos de Mónica, el sudor del sexo, el polvo de la caída. Ella misma me lavó el pelo, con una ternura que me hizo querer hacerla mia en la ducha.






—¿Y ahora qué? —preguntó Vicky.
—Ahora me mudo —dije, cerrando los ojos bajo el agua—. Necesito un departamento nuevo. Con compañeras. Lejos de acá.
Vicky asintió. Sabía que no había vuelta atrás.
💋 Epílogo: La Boda y el Bizcochuelo
Nunca supe con certeza qué pasó después. Pero un mes después, cuando ya estaba instalada en mi nuevo departamento compartido —ese donde luego conocería a Sarah y donde todo lo de la salsa boloñesa aún estaba por venir—, vi a Mónica en el supermercado.
Llevaba alianza. Estaba casada.
Me miró. Nuestros ojos se encontraron. Y sonrió. Una sonrisa pequeña, privada, de complicidad. Como diciendo: "fue bueno, ¿no?".

Siguió caminando. Nunca supo mi nombre real. Nunca supo que el bizcochuelo que su hermana había elogiado ("¡Estaba riquísimo, Mónica! ¿Quién te lo trajo?") llevaba mi esencia, mi venganza, mi primera salsa secreta.
A veces, cuando veo "Viudas Negras" en mi nuevo departamento, el que comparto con chicas que aún no conocen mi talento para la cocina vengativa, me toco pensando en esa noche. En mi plan fallido. En mi humillación gloriosa. Y en el sabor del fracaso, que es dulce, muy dulce, como el chocolate.
Y pienso en Sarah, que aún no ha llegado a mi vida. En las roomies que me robarán las bragas. En la salsa boloñesa que prepararé años después, perfeccionando la técnica que aprendí con un bizcochuelo de chocolate y una mujer de moños rojos.
Pero eso es otra historia.
FIN. 💋
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