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No me gustan las promiscuas

“Buenas noches, mis queridos. Me presento, soy Ex Monjita. Durante años viví entre rezos y contención, pero mi cuerpo y mi mente ardían con preguntas que ningún confesionario podía apagar. Si bien mi verdadera vocación sigue siendo ayudar a los necesitados, entendí que el máximo bien que puedo realizar no está en el claustro sino en compartir mi placer con los demás.

Es por eso que vengo a compartirles el mayor de los placeres, el cual lo encontré en las lecturas que me permitieron vivir vidas más disipadas que la mía, por medio de los personajes creados por Arandirelatos.

Dejo pues el crucifijo y el rosario a un lado, solo por un momento, para guiarlos por los caminos más deliciosos del pecado.”

***
Lo sé, quién en su sano juicio diría eso ¿verdad...? Es una pendejada, a quién no le gustan las mujeres que fácilmente se abren de piernas. Pero déjenme darles un poco de contexto.


Aquello se lo estaba diciendo a una mujer. A ésta:

No me gustan las promiscuas

relato

promiscua

viuda

Y sí, se ve muy putona. Justo bien ofrecida; una fácil. Y quién no quisiera cogérsela. Pero el caso es que... bueno, déjenme empezar por el principio.


A la Morocha la conocí desde la juventud. Le decíamos así por su tono de piel. Era bastante atractiva, la verdad. Morena, de buen culo y, sobretodo, bien tetona. Sí te andaba dando un buen madrazo si te cacheteaba con sus enormes ubres de hembra lechera, que ella poseía. Tenía muchas ganas de verla desnuda, pero siempre fue esa chica inalcanzable. Aquella que maduró más pronto que las demás y sólo andaba con chicos mayores.


Así que, por aquellos años, solo me quedaba ilusionarme siendo abrazado por ella, o bailar con ella de a cartón de chelas.


Pasó el tiempo y no hace mucho la encontré en el Facebook. Ya era toda una señora, tal como se las presenté aquí arriba. Nomás verla me dieron ganas de encajarle el bulto entre nalga y nalga, ese par de almohadas que yo había conocido, y que habían inspirado tantas chaquetas mías. Volví a recordar esos enormes pechos saltantes, bamboleando deliciosamente a la hora de correr, jugar baloncesto, o vólibol. Y esas piernas, ¡qué muslos!, bien carnudos y macizos. Y su hermoso y grandioso culo, formado por dos anchas y bien perfiladas nalgas de mujer. Esas hermosuras de mejillas se enmarcaban por la ajustada falda y los bordes de su calzón que se hacían notar debajo de esa tela gris. Recuerdo qué bien que paraba su trasero al estilo de la entonces bella Bibi Gaitán, metiendo su pelvis tanto como le era posible, tal cual como si se ofreciera para que se la metieran por detrás.


Ansioso por volver a reencontrarme con ella, le envié solicitud de amistad.


Para mi asombro no tardó en responderme y ella misma sugirió que nos viéramos personalmente.


Por supuesto, las ganas me sobraban, y acudí todo ilusionado a tal encuentro. Pero oh sorpresa, me llevé tremenda decepción. Las hermosas nalgas habían desaparecido. Su cuerpo se le veía como tabla, sin las curvas que la hacían mujer. Sus pechos estaban de lo más chupados.

esposa

Ya no era ni la sombra de lo que fue. Lejos había quedado de su florecimiento femenino. Estaba irreconocible, era ahora una señora sin chiste.
casada
 
Lo más extraño es que hasta en su trato era totalmente distinta. De haber sido despampanante y altiva, ahora parecía rogar por recibir atención de cualquier modo. Me abrazó y me besó como si hubiésemos sido los mejores amigos en los tiempos pasados.


Nos pusimos al día. Mientras continuaba la plática la veía refrendando que la mujer que tenía delante no guardaba ningún parecido con la inspiradora de tantas chaquetas de mi juventud. Estaba tan metido en mis pensamientos que no puse atención en lo que me decía hasta que me preguntó insistentemente que si yo estaba soltero.


Cuando le dije que sí, noté que a ella le brillaron los ojos. Luego entendí por dónde iba el asunto cuando me contó que ella había enviudado, quedándose con dos hijos.


Por supuesto me invitó a conocerlos. Aquello no tenía sentido para mí. Yo quería coger, no servir de padrastro. Sin embargo, acepté ir un día a su casa. Quizás me la podría chingar, antes de comprometerme, y como dicen: “Palo dado ni Dios lo quita”.


Me recibió con extremo afecto.


“Estos son mis niños...”, me dijo al presentarme a Carlitos y a Carla; los dos llevaban el nombre del padre. Se veía que ella adoró al fulano. El niño era aún un crío, pero la hermana ya tenía sus dieciocho años, y estaba... uy, uy uy, la verdad me recordó a su mamá en su juventud.


Durante la comida su amabilidad estaba por las nubes. Pero en mi mente pensaba: “Con dos “retoños y sin tetas ni teleras dignas... allá el güey que se quiera hacerse cargo. Yo ni madres, ya me largo”. No pensaba echarme un compromiso como ese.


Luego de comer me despedí, yo supuse que para siempre. No pensaba volver a esa casa. Ella quería marido. Y yo pues, si bien me la hubiera cogido, la mera verdad, ya ni era la sombra de lo que había sido. Eso sí, no me dejaría “pescar”, ni pendejo que estuviera, sólo me quería de fuente de ingresos y de responsable de sus hijos.


Sin embargo, mientras esperaba en la sala a que ella me pusiera mi itacate (el cuál no pensaba sino dárselo a mis perros, no fuera que me quisiera “entoloachar”) me sorprendió Carla, su hija de 18 años.


Se me acercó y que me planta un beso que yo ni me esperaba.


Aún sentía sus pequeños labios en los míos cuando oí acercarse a su mamá. Me le despegue de inmediato.


Fue un impacto muy fuerte el que aquella jovencilla me provocó. Bendecida por su edad, poseía la belleza propia de la juventud. Si bien no era como su madre sí que daban ganas de abrirla en canal, como vulgarmente se dice. Vulgar, pero cierto. A ese tipo de mujercitas hay que abrirlas, pues sus cuerpos lo piden.


Con ese deseo que aquella había sembrado en mí, siempre sí regrese a esa casa frecuentemente. Buscando, por supuesto, los momentos que podíamos estar en privado. En ellos le metía mano, o franca lengua en su dulce boca. Pinche chamaca morena, sí que tenía experiencia la muy cabrona.


De  tan frecuentes visitas, la Morocha creyó que tenía intenciones para con ella. Hasta me compartió por Facebook fotos más sugestivas:


hija
 
Ni se imaginaba que la que me interesaba era su hija. Me daban ganas de tronarle los huesitos nomás la veía mientras nos sentábamos a comer. Ya la podía sentir en mis brazos, sentir su menudo cuerpo el cual deseaba apretarlo contra mí, ya sin temor de que nos vieran, y así hacerlo crujir entre mis brazos.


Las visitas, aunque algo incomodas por la presencia y el hostigamiento de su madre, tenían su regustillo cuando, una vez estábamos lejos de aquella y del hermanito, nos besábamos y nos fajamos como dos amantes.


“Me agrada tenerte en casa...”, me decía la Morocha, sin saber que mis intenciones estaban puestas en su hija (a quien ya me urgía chingar).


“Oye me gustaría formalizar nuestra relación, no por mí, te aclaro, sino por mis hijos. Creo que ambos empiezan a verte como un padre”, me decía y yo pensé: «Ajá, hasta crees».


Era urgente, tenía que llevarme a Carlita a la cama, y terminar así con ese “mal entendido” de inmediato. Además, y por supuesto, concluir también con esas ganas que traía de penetrarla y de explotar dentro de ella.


Así que un día aproveché el momento y dije: “...espera, espera, yo te llevo a la universidad”, justo antes de que Carla saliera. Así, mientras que su madre pensaba que había encontrado al sustituto perfecto para hacerse cargo de sus hijos, yo aprovechaba la confianza y me llevaba a su hija para beneficiármela sin sospecha alguna. Evidentemente no fuimos a la universidad, me la llevé a un hotel.


Carla no dijo nada cuando vio que el coche giraba hacia el motel de la carretera en lugar de la universidad. Solo sonrió de medio lado, esa sonrisita pícara que ya le conocía, y se acomodó mejor en el asiento, dejando que la falda corta se le subiera un poco más por esos muslos morenos y firmes.


En cuanto cerré la puerta de la habitación, la empujé contra la pared. La chamaca soltó un gemidito ahogado cuando mi boca cayó sobre la suya, metiéndole la lengua sin pedir permiso. Sabía a chicle de fresa y a ganas. Mis manos bajaron rápido por su cintura hasta agarrarle ese culo joven y redondo que tanto había estado admirando. Lo apreté fuerte, separando sus nalgas por encima de la tela.


—Pinche Carla… ya me tenías loco —le gruñí contra los labios.


Ella no se hizo la santa. Me rodeó el cuello con los brazos y me devolvió el beso con hambre, restregando su cuerpo menudo contra mí. Sentí cómo se le endurecían los pezones bajo la blusa del uniforme. Se los pellizqué por encima de la tela y ella gimió, abriendo más las piernas para que mi rodilla se metiera entre ellas.


La tiré sobre la cama. En segundos le subí la falda hasta la cintura. Traía un calzón negro sencillo, pero ya tenía una mancha húmeda en el centro. Se lo bajé de un tirón y lo tiré al suelo. Su concha estaba depilada casi por completo, solo con una rayita de vello negro arriba. Los labios menores, gorditos y moraditos, brillaban de lo mojada que estaba.


—Mírate… ya estás chorreando por mí —le dije mientras me desabrochaba el pantalón.


Carla se mordió el labio y abrió las piernas sin vergüenza, mostrándome todo. Metí dos dedos de golpe y estaban calientes, apretados y resbalosos. Empezó a mover las caderas contra mi mano mientras yo le bajaba la blusa y el brasier. Tenía unas tetas medianas pero firmes, con pezones oscuros y duros como piedritas. Se las chupé fuerte, mordisqueándolos mientras seguía metiendo y sacando los dedos.


—Quiero que me la metas… por favor —rogó con voz entrecortada.


No la hice esperar. Saqué la verga, ya tiesa y palpitando, y se la restregué entre los labios mojados. Estaba empapada. Empujé de una sola vez hasta el fondo. Carla arqueó la espalda y soltó un gemido largo cuando la sentí apretarme por dentro. Estaba estrecha, caliente, chorreando.


Empecé a cogerla duro, agarrándola de las caderas. Cada embestida hacía que sus tetas saltaran y que la cama crujiera. Le levanté las piernas y se las puse sobre mis hombros para entrarle más profundo. El sonido de mis huevos pegando contra su culo mojado llenaba la habitación junto con sus gemidos.


—Más fuerte… ¡así! —jadeaba.


Le di la vuelta y la puse en cuatro. Ese culo moreno se veía perfecto: redondo, firme, con las nalgas separadas mostrando su concha hinchada y su culito apretado. Escupí sobre su raja y se la metí otra vez, agarrándola del pelo. La cogí como animal, dándole nalgadas que le dejaban la piel roja. Carla empujaba hacia atrás, pidiendo más.


Sentí que se venía. Su concha empezó a apretarme en espasmos y soltó un grito ahogado contra la almohada. Eso me acabó de rematar. Le di unas cuantas embestidas más profundas y me corrí dentro, llenándola de leche caliente, chorro tras chorro, hasta que me quedé vacío.


Nos quedamos un rato así, yo todavía dentro de ella, sintiendo cómo palpitaba. Cuando por fin salí, un hilo blanco le corrió por el muslo.


Carla se dio la vuelta, me miró con esos ojos brillantes y sonrió:


—¿Vamos a seguir viniendo “a la universidad” seguido, verdad?


—Claro, hasta que te gradúes.


Los dos reímos.


Los días siguientes seguí yendo a la casa, pero ahora con otro sabor. Cada vez que la Morocha me recibía con esa sonrisa de “ya eres de la familia”, yo solo pensaba en cómo Carla me había mamado la verga esa misma mañana en el coche, antes de dejarla en la universidad. La chamaca ya era adicta. Y yo también, pues qué chingaos.


Pero el día tenía que llegar. Aquella vez la Morocha, por enésima vez, volvía a chingar.


—Oye… ya llevamos varias semanas así —empezó, con esa voz melosa que me daba comezón—. Creo que es momento de formalizar esto. No por mí, eh, te lo digo claro. Es por los niños. Ellos ya te ven como un padre. Sobre todo Carla, que está tan contenta desde que vienes.


Sonreí por dentro. Si supieras... Me recargué en el sillón y la miré directo a los ojos. Ya no tenía caso seguirle la corriente.


—Mira, te voy a ser sincero. No me gustan las promiscuas.


Ella parpadeó, confundida, como no creyendo que le hablara así de directo.


—¿Qué?


—Lo que oíste. No me gustan las mujeres que son tan ofrecidas. Y tú… pues, mírate. Las fotos que subes en Facebook, en Instagram… en esas poses de... bueno, pues de ofrecida. Pareces desesperada por que te den atención. 


Así, tal cual se lo dije. Se quedó helada. La cara se le empezó a poner roja.


—¿Me estás diciendo puta? ¿En mi propia casa?


—En ningún momento dije puta —contesté tranquilo, encogiéndome de hombros—. Dije que te ofreces demasiado. Y sí, creo que así eres. O al menos eso pareces, con esa actitud de “necesito un hombre ya”


La Morocha se levantó de golpe. Le temblaban las manos.


—¡Hijo de la chingada! ¿Quién te crees que eres para venir a insultarme en mi casa? ¡Lárgate! ¡Fuera de aquí!


Me señaló la puerta con el dedo, casi gritando.


—Vete y no vuelvas nunca. ¡Desgraciado!


Me levanté sin prisa, agarré mi chamarra y caminé hacia la salida. Antes de abrir la puerta me volteé una última vez.


—Tranquila. No pensaba volver de todos modos.


Cerré la puerta detrás de mí mientras ella seguía insultándome desde adentro. Subí al coche, encendí el motor y saqué el celular. Le mandé un mensaje a Carla:


“Ya salí de tu casa. Tu mamá me corrió. Te espero en el mismo hotel de siempre. ¿Te parece?”


La respuesta no tardó ni un minuto: “Jajaja No te preocupes. Te voy a consolar rico”.


Sonreí, guardé el teléfono y arranqué. “No me gustan las promiscuas”, me dije a mi mismo y me reí. Si la Morocha supiera que justo por eso su hija era quien a mí me encantaba.

buenota

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