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La madre de mi mejor amigo

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Erick tenía 20 años y era amigo de David desde el colegio. Ese verano sus padres se fueron de viaje y él se quedó varios días en casa de su amigo. La casa era grande, cómoda y siempre olía a comida casera. Pero lo que realmente marcaba la diferencia era Elena, la madre de David.
Elena tenía 45 años y un cuerpo que parecía diseñado para volver locos a los hombres. Tetas enormes y pesadas, fácilmente 95D o más, que se movían con peso natural bajo cualquier blusa o bata. Caderas anchas, culo grande, suave y redondo que se balanceaba al caminar, y piernas gruesas pero bien formadas. Su piel era canela clara, suave, con esa madurez que la hacía aún más atractiva. Pelo oscuro con algunas canas elegantes, labios carnosos y una sonrisa que podía ser maternal o peligrosamente seductora.
David dormía como un tronco después de los entrenamientos. La primera noche, Marcos bajó a la cocina cerca de la medianoche buscando agua. Elena estaba allí, con una bata de seda fina color vino que apenas le llegaba a medio muslo. La tela se pegaba a sus curvas, marcando claramente las tetas pesadas y los pezones oscuros y grandes. El escote dejaba ver el valle profundo entre sus pechos.
—Hola, Marcos. ¿No puedes dormir? —preguntó con voz suave y cálida, sirviéndole un vaso de agua.
Hablaron un rato de tonterías. Elena se inclinó sobre la encimera y la bata se abrió un poco más. Marcos no pudo evitar mirar. Ella se dio cuenta y sonrió levemente, pero no dijo nada.
Al día siguiente, mientras David estaba en el gimnasio, Elena le pidió ayuda para mover unos muebles pesados en el salón. Llevaba unos shorts cortos de deporte y una camiseta vieja. Al agacharse, el short se clavó entre sus nalgas maduras, marcando perfectamente el culo grande y suave. Marcos sintió cómo se le ponía dura al instante. Cuando ella se giró, sus tetas pesadas rebotaron bajo la camiseta.
—Gracias, cariño —dijo ella, rozando su brazo “accidentalmente”.
Esa tarde, después de ducharse, Marcos salió del baño con solo una toalla alrededor de la cintura. Elena lo esperaba en el pasillo.
—Ven un momento a mi habitación. Quiero enseñarte algo.
Lo llevó adentro y cerró la puerta con llave. Sin decir mucho, abrió la bata y la dejó caer al suelo. Quedó completamente desnuda. Sus tetas enormes y pesadas colgaban con peso natural, pezones oscuros grandes y ya duros. El coño tenía un triángulo de vello oscuro bien cuidado pero abundante. El culo se veía aún más impresionante de cerca.
—Llevo días notando cómo me miras, Marcos —susurró acercándose—. ¿Te gusta lo que ves?
No esperó respuesta. Cayó de rodillas, le quitó la toalla y tomó su polla joven y dura con las dos manos. La lamió desde los huevos hasta la punta, despacio, saboreando. Luego se la metió en la boca casi entera, chupando con experiencia, babando abundantemente. Sus tetas pesadas rozaban los muslos de Marcos.
—Elena… esto está mal… eres la madre de David… —gimió él, pero no hizo nada por apartarla.
Ella sacó la polla de su boca con un sonido húmedo.
—Shhh. Solo disfruta. Es nuestro secreto. Mi marido casi no me toca ya. Necesito esto.
Se subió a la cama, abrió las piernas y lo guio dentro de su coño maduro, carnoso y extremadamente mojado. Marcos entró despacio, sintiendo el calor apretado. Elena gimió y empezó a mover las caderas. Sus tetas pesadas rebotaban con cada embestida. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba la habitación. Marcos no aguantó mucho y se corrió dentro de ella con fuerza, llenándola de semen joven.
Los días siguientes fueron un torbellino. Cada vez que David salía de casa, Elena buscaba a Marcos. Lo follaban en la cocina contra la encimera (Elena con las tetas aplastadas sobre la superficie mientras él la penetraba por detrás), en el salón sobre el sofá, y especialmente en la cama matrimonial, donde el olor a sexo quedaba impregnado.
Elena le enseñó a comerle el coño. Lo sentaba entre sus muslos maduros y gruesos y le guiaba la cabeza. Marcos lamía el vello oscuro, separaba los labios carnosos y chupaba el clítoris hinchado hasta que ella se corría en su cara, squirteando jugos calientes y abundantes.
Una tarde calurosa, después de un polvo intenso, Elena lo tumbó boca abajo en su cama.
—Hoy te voy a enseñar algo nuevo, cariño. Algo que te va a gustar mucho.
Le separó las nalgas con las manos suaves pero firmes. Marcos se tensó.
—Elena… ¿qué vas a hacer?
—Relájate. Es nuevo para ti, ¿verdad? Confía en mí.
Sintió el aliento caliente de ella sobre su ano. Luego la lengua húmeda y experta lamió en círculos lentos alrededor del agujero virgen. La sensación fue extraña, intensa, prohibida. Marcos gimió fuerte contra la almohada. Mientras su lengua lamía y trataba de penetrar suavemente, la mano de Elena lo pajeaba con movimientos perfectos, apretando justo en la cabeza.
La combinación fue devastadora. El placer le recorría todo el cuerpo. Nunca había sentido algo así. Se corrió brutalmente sobre las sábanas, chorros espesos y largos, temblando entero mientras Elena seguía comiéndole el culo y masturbándolo sin piedad.
—Qué rico eres… —susurró ella, lamiendo todavía—. Me encanta desvirgarte por todos lados.
Desde ese día Marcos quedó enganchado. Le pedía a Elena que le comiera el culo mientras lo pajeaba. Ella lo hacía con placer evidente, sus tetas pesadas aplastadas contra sus piernas, lengua trabajando con dedicación. También empezó a follarlo con los dedos mientras lo chupaba.
Elena se volvió cada vez más atrevida. Una noche, mientras David y su padre salieron a cenar, lo llevó al salón. Lo desnudó completamente y lo montó en el sofá. Sus tetas pesadas golpeaban contra el pecho de Marcos mientras cabalgaba. Luego lo puso a cuatro patas y usó un strap-on grueso que sacó de un cajón escondido. Lo folló por el culo despacio al principio, luego más fuerte, mientras le pajeaba la polla. Marcos se corrió dos veces seguidas, gimiendo como un animal.
La culpa lo consumía cuando veía a David o al padre de este, pero el deseo era más fuerte. Elena se había convertido en su adicción: su cuerpo maduro, sus tetas enormes, su coño carnoso y esa boca y lengua que le habían abierto un mundo completamente nuevo.
Una noche, después de una sesión especialmente intensa en la que Elena le había comido el culo durante casi veinte minutos mientras lo pajeaba hasta dejarlo seco, Marcos, todavía jadeando y con el ano palpitando, la miró con ojos vidriosos y preguntó con voz temblorosa:
—Elena… ¿alguna vez… me follarías de verdad con el strap-on… más fuerte… como si fuera tu puta?
Elena sonrió con una mezcla de sorpresa y excitación pura, sus tetas pesadas subiendo y bajando mientras respiraba agitada.
La respuesta quedó en el aire cuando escucharon la llave en la puerta de entrada.

1 comentarios - La madre de mi mejor amigo

ThisWillFall
Qué rico relato a mí me encantaría que mi madre dominara a mis amigos jeje