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Una madura me saco la leche

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Esto me paso a inicios del 2019, yo tenía apenas 19 años, recien salido de la secundaria, flaco, alto 1.75, piel trigueña. En ese entonces yo me consideraba simpático, ni el mas guapo de mis amigos pero tampoco el mas feo, pero a diferencia de ellos tenía vello en el abdomen, poco pero tenia y eso le llamaba la atención a mis compañeras y yo aprovechaba. Se me concentraba más en medio del pecho y bajaba con una línea oscura y marcada desde el ombligo directo hacia mi verga. Lo que nadie se imaginaba a simple vista, y lo que se convertiría en la perdición de esa mujer que les voy a contar, era lo que llevaba guardado: una verga de 18 centímetros, gruesa, cabezona y con una ligera inclinación hacia abajo que me hace ver todavía más imponente cuando se me pone completamente dura.
Para ese entonces yo no era ningún novato. Ya había tenido mis novias y uno que otro culito vago por ahí para joder; sabía moverme en la cama y me gustaba andar con chavas de mi edad, sobre todo si eran de las gorditas culonas o tetonas, que siempre habían sido mi gusto. Pero la verdad es que, como todo joven a esa edad, me la pasaba viendo porno de MILF. Esa era mi verdadera fantasía. Siempre había querido comerme a una madura de verdad, pero nunca se me había dado la oportunidad con ninguna. Hasta que llegó un día. 
Yo nunca iba a las fiestas de mi familia, pero terminé yendo al cumpleaños de una de mis tías. Ahí fue donde apareció Mercedes y desde que la vi me voló la cabeza por completo. Era una madurita riquísima: blanca, de pelo corto, con un culote impresionante y unas tetas grandes; se notaba a leguas que estaba operada porque casi no tenia grasa en la barriga, pero además tenía las caderas anchas que la hacían ver mas rica aun.
Yo en ese entonces no sabía ni qué estudiar, si meterme a la armada o policía, pero estaba trabajando con un amigo de mi papá como albañil, así que tenía unos brazos más o menos grandes que con mi color de piel no pintaban nada mal. Esa misma noche no pare de ver a Mercedes y al parecer ella se dio cuenta, porque nos empezamos a cruzar miradas intensas en medio de la fiesta o en medio del baile; y es que ella se movía tan sexy y bailaba tan bien que me tenía loco.
Pero ese día al final no pasó nada. Al día siguiente, después de ver una porno de MILF, me dio por revisar el perfil de Facebook de mi tía para ver si encontraba a Mercedes, y así mismo fue. No me tardé nada en encontrarla y le mandé la solicitud. En todas las fotos se veía riquísima y no me importó que tuviera marido e hijas —que a diferencia de ella eran trigueñas, pero igual de culonas que la mamá—, yo solo quería que ella me aceptara la solicitud, y eso tardó como una semana.
Pero cuando me la aceptó no perdí la oportunidad y le comencé a escribir. Para mi asombro, comenzamos a chatear de inmediato como si tuviéramos confianza, y ahí me di cuenta de que las miradas que nos echamos en la fiesta no fueron imaginación mía. Ella también me había echado el ojo esa noche.
Para no alargar mucho, conversamos normal como dos semanas, y a la tercera o cuarta ya teníamos conversaciones más calientes. Ella no ocultaba que estaba insatisfecha de su marido y aburrida de la rutina.
Fue entonces cuando Meche, como me pidió que le dijera, dio el primer paso. Esos días hablábamos de nuestras antiguas relaciones y donde yo, para terminar de calentarla, le mandaba fotos sin camiseta mostrando mis brazos y mi pecho. Entre broma y broma, un día ella me invitó a su casa. El pretexto fue que le ayudara con un cambio de unos focos, inventándose que a ella le daba miedo subirse a las escaleras. Yo sabía perfectamente que eso era mentira y que lo único que quería era que nos viéramos a solas, pero me hice el desentendido, le seguí la corriente.
Cuando llegué a la dirección, me asombré. Era una casa grande y bonita; no era lujosa de millonarios, pero se notaba que no le faltaba absolutamente nada. Toqué la puerta y ahí estaba ella. Meche me recibió vestida con un vestido largo y suelto, como de gitana. Pero igual se le marcaban las caderotas y el culote de una forma que me dejo loco.
Me invito a pasar y apenas pasé, Meche me dijo que estaba sola en la casa y que la acompañara al patio para ver lo de los focos y empezó a caminar frente a mí. Con cada paso que daba, ese culote se le movía de una forma que me tenia hipnotizado y no aguanté más. Antes de que termináramos de salir al patio, estiré el brazo, la jalé con fuerza y la puse de frente contra mí.
Ella no se quejó; al contrario, se me abalanzó y fue la que me plantó el beso. Ahí sí perdimos el control por completo. Nos empezamos a comer la boca con un desespero mientras las manos nos volaban por todo el cuerpo. Yo que le tenia hambre no pude resistirme y le metí las manos debajo del vestido para manosearle ese culote con ganas. Meche se dejo hacer de todo, completamente entregada a mí.
Ya de ahí no hubo marcha atrás. Con la respiración acelerada y sin dejar de besarnos, nos movimos por el pasillo y nos metimos al primer cuarto que encontramos. No era la habitación de ella, era un cuarto que estaba desocupado, pero nos dio exactamente igual. Cerramos la puerta y la locura terminó de desatarse.
Apenas se cerró la puerta, nos empezamos a desvestir como locos el uno al otro. En un par de segundos quedamos solo ella en calzón y yo en bóxer, con la verga ya dura. Al igual que me pasa hoy en día cuando lo recuerdo, en ese momento yo no me creía lo que estaba pasando; no podía asimilar que tenía a tremenda mujer semidesnuda frente a mí. Tenía los pezones paraditos, firmes, y al verlos me puse loco. Empecé a chupárselos con ganas mientras ella gemía y me acariciaba la cabeza, hundiéndome más contra su pecho.
De ahí no aguanté más la curiosidad, metí las manos en su cintura y le bajé el calzón. Me quedé asombrado cuando la vi: tenía una chepa hermosa, larga, peluda y con unos labios salidos que la hacían ver riquísima. Con ese culo paradito que tenía, la tiré de una vez a la cama y comenzaba a tocarle todo el cuerpo, recorriendo sus caderas.
Pero en un ratito que ella se quedó de patas abiertas abajo mío, se dio cuenta de que me había quedado hipnotizado mirándole la chepa tan rica que tenía. Aprovechó el momento, me agarró del bóxer y me lo bajó por completo. Mis 18 centímetros saltaron y ella, al verme así, se le abrieron los ojos y dijo:
—Ayy, qué vergón estás...
De inmediato me la agarró con fuerza y me comenzó a pajear de arriba a abajo. Yo me puse a besarla y, entre gemidos y besos, me empezó a rogar, diciéndome que ya no aguantaba, que quería que la cogiera de una vez.
Yo no esperé a que me lo dijera dos veces. Estiré la mano hacia el pantalón que estaba tirado en el suelo, busqué un condón en la billetera y me lo puse rápido. No quise perder tiempo en preliminares; le escupí directamente la chepa y me acomodé entre sus piernas gordas y le empujé la verga hasta meterla toda, su chepa que se sentía estrecha pero ahi segui cogiendola. Mercedes arqueó la espalda y empezó a gemir durísimo, repitiéndome al oído que tenía un vergón y que sentía riquísimo cómo la llenaba por dentro.
La cogí en misionero, alternando las embestidas con besos desesperados y chupándole las tetotas y el cuello. La calentura era demasiada, así que le alcé las patas, se las puse sobre mis hombros y empecé a darle con todo, metiéndole los 18 centímetros completos hasta el fondo. La verdad es que la emoción y el morbo de estar metido en esa madurita me ganaron; no aguanté más y me corrí como a los 10 minutos de haber empezado a darle. Pero en ese poco tiempo, Meche gimió, gritó, me arañó la espalda y me besaba con la lengua afuera, completamente desatada.
Cuando me vine y terminé de chorrear la leche dentro del condón, me salí despacio. Mercedes se quedó en la cama, riéndose de oreja a oreja, feliz de la vida. Estaba roja, empapada en sudor y me acariciaba las piernas mientras me repetía que había sido riquísimo y que tenía una vergota. Yo me senté a un lado de la cama a quitarme el condón lleno de leche, recuperando el aire, mientras ella se quedó acostada bocarriba, tocándose las tetas y pasándose los dedos por la chepa húmeda.
Mientras recuperaba el aire, nos pusimos a conversar. Meche me confesó que tenía meses sin coger; me dijo que su marido se tenía que tomar Viagra y que ni con esas rendía en la cama. Escuchar eso, saber que yo la estaba haciendo gozar de verdad, me prendió otra vez. No me aguanté: la jalé y la volví a besar con ganas. Nos calentamos en un segundo.
Para este segundo round, me puse un condón rápido y la acomodé en cuatro justo en el filo de la cama. Me puse detrás de ella y se la enterré completa. Esa posición era una locura: ver cómo se le movía ese culote con cada embestida me tenía fuera de mí. Le jalé el pelo corto hacia atrás para besarla y empecé a darle manotones durísimos en las nalgas, dejándole las marcas de mis manos mientras ella gemía a todo pulmón diciéndome que no parara.
Le di con todo hasta que sentí que ya no aguantaba más. En medio de los gemidos, Meche volteó la cabeza y me pidió con desespero que me corriera en sus tetas. Le hice caso de una: me saqué el condón rápido y empecé a pajearme encima de ella. Le chorreé toda la leche caliente sobre sus tetas grandes y el pecho, y ella se quedó viéndome, muriéndose de la risa, feliz de quedar toda salpicada por mi leche.
Después de eso, nos fuimos juntos al baño. Nos bañamos sin ningún apuro, entre besos bajo el agua, caricias por todo el cuerpo y risas por lo que acababa de pasar. Ahí, mientras me quitaba el jabón, Meche me miró fijo y me confesó clarito que le gustaba muchísimo yo, pero que sobre todo le encantaba mi verga.
Cuando terminamos, salimos del baño completamente desnudos, así tal cual. No se imaginan lo que sentía yo en ese momento: caminar con total libertad, desnudo en una casa ajena que no era la mía, y tener a tremenda mujer madura operada caminando desnuda frente a mí, luciendo sus caderas anchas y ese culote mojado. Yo la miraba y todavía ni me creía que estaba viviendo esa película con semejante madurita.
A partir de ese día, nos convertimos en amantes de verdad. La adicción fue tan cabrona que Meche me escribía todos los días por WhatsApp pidiéndome que fuera a visitarla. Cada vez que su casa se quedaba sola, ahí estaba yo. Ya no nos escondíamos en el cuarto vacío; ahora recorríamos toda la casa y terminábamos culeando en su propia habitación, en la sala o donde nos ganara la calentura. Mercedes se obsesionó por completo con mi físico: le encantaba pasarme las manos por el pecho, acariciarme los brazos y recorrer esa línea de vello que me bajaba desde el ombligo hasta la verga. Me tocaba el cuerpo con un deseo que me ponía durísimo.
En esas semanas no nos cansamos de probar de todo. Yo le tenía un hambre insaciable a ese culo. Me encataba tumbarla bocarriba en su cama, abrirle esas caderotas y ponerme a morderle y a chuparle las tetas grandes con desespero, mientras le subía las piernas bien alto para después metérsela con toda la furia.
Pero Meche era una mujer madura que sabía lo que quería, y cuando se ponía salvaje, nos poníamos en las poses más ricas. A veces la ponía en cuatro mirando hacia el espejo del clóset, agarrándola por las caderas para empujarla contra mi verga. El morbo en el espejo era una locura: ver cómo mi verga entraba y salía de su chepa peluda, y cómo se batía ese culote blanco con cada embestida, me volvía loco. Se escuchaba clarito el azote seco de mi cadera chocando duro contra sus nalgas, un sonido húmedo que la hacía gemir sin parar. Yo no me contenía: le metía las manos por debajo del abdomen plano para tocarle bien la vagina húmeda y los labios salidos mientras le daba por detrás, escuchando cómo gritaba y se entregaba por completo a mí.
Pero además de tantas tardes en su casa, comenzamos a ir a moteles. Yo antes ya había ido a moteles con alguna chava de mi edad, pero siempre íbamos con las justas, pidiendo la habitación más barata, la más sencilla de ocho o diez dólares, cuidando el bolsillo. Con Meche la cosa era a otro nivel. Ella era la que me pasaba viendo después de mi trabajo de albañil; aparecía en su carro y yo me subía directo, todavía con el olor a sudor del día y los brazos cansados, lo que a ella le daba más morbo. De ahí nos íbamos directo al motel. Ella misma los pagaba sin problemas y siempre se encargaba de elegir las habitaciones más caras, las ejecutivas con temáticas y habitaciones diferentes para que no cayéramos en la rutina.
Nos metíamos las cuatro horas completas del motel solo para culear, sin perder ni un minuto. Había días en los que yo estaba con la resistencia a mil y duraba muchísimo más; la juventud me daba para darle sin parar, al punto de que nos terminábamos gastando cuatro y hasta cinco condones en una sola tarde. En esos cuartos probamos de todo y devoramos cada rincón. Me la cogí adentro del jacuzzi sintiendo el agua caliente chorreando por nuestros cuerpos sudados mientras se la metía y el agua salpicaba por todos lados; la amarré en la cruz de madera para tenerla totalmente a mi merced y darle durísimo, la acomodé en el sillón del amor y en cuanto mueble raro ofrecían esos moteles.
Para rematar el morbo, Meche se vestía con lencería finísima, de encaje negro o rojo, que se compraba especialmente para mí. Incluso me compraba ropa a mí, camisas que me tallaran bien los brazos para que me viera como a ella le gustab y en los moteles se ponía a modelarme paseándose por el cuarto con esos hilos dentales que se le perdían en medio de ese culote y hacían resaltar sus caderas anchas. Meche se movía lento, mirándome fijo con ojos de perra, dejándome ver cómo se le marcaba la chepa peluda a través de las transparencias de la lencería, volviéndome loco de arrechera antes de tirarnos a la cama.
Ya de ahi con el pasar del tiempo, a Meche le comenzó a gustar más y más mamarme la verga, volviéndose una completa adicta a mi miembro. Ya no era solo una mamada normal; se arrodillaba y me la chupaba con ganas, me la lamía desde los huevos hasta la punta y me la babeaba entera metiéndosela completita en la garganta sin que le diera una sola arcada. Se le notaba que ba agarrando experiencia en cómo usaba las manos y la boca al mismo tiempo. Había ocasiones en que la calentura era tanta que me la chupaba con un desespero salvaje hasta hacerme venir directamente en su cara, dejándola completamente salpicada con mi leche caliente, y ella feliz de la vidase lamia lo que podia.
En medio de ese vicio, yo también aproveché para estrenarme en algo que nunca había hecho. Aunque con mis novias anteriores yo ya culeaba e incluso a veces les metía los dedos a escondidas en el cine, ninguna me había dejado chuparles la chepa. Pero con Meche fue otra cosa. La vez que se lo propuse, ella aceptó encantada y me abrió esas piernas de par en par.
Fue la primera vez en mi vida que chupé una vagina y me puso como loco. El olor fuerte y húmedo de su chepa me llenó la nariz de golpe; sentía sus pelos oscuros metiéndoseme entre mis labios y la nariz mientras le pasaba la lengua por esos labios salidos que tenía. Saborear sus jugos por primera vez me tuvo fuera de mí mientras Meche, gimiendo de placer, me agarraba la cabeza con las dos manos y me la hundía con fuerza contra su sexo para obligarme a meterle la lengua más profundo, guiándome al ritmo que ella quería mientras se retorcía en las sábanas del motel. No saben cómo disfruté cada uno de esos momentos con ella.
Asi la cosa cada vez se ponía más caliente entre los dos y no tenía límites. Hubo una vez que Meche salió a una fiesta y, ya en la madrugada, como a las tres o cuatro de la mañana, me llamó completamente borracha diciéndome que estaba caliente y que tenía ganas de verga. Yo, no lo pensé dos veces: me escapé de mi casa a esa hora, con todo el cuidado de no hacer ruido, y me fui volando a la casa de ella.
Cuando llegué, me di cuenta de que me había dejado la puerta principal entreabierta. Entré despacio, con la adrenalina al tope, y caminé directo a su cuarto. No se imaginan la escena: Meche ya me estaba esperando en la cama, completamente desnudita, puesta en cuatro y con ese culote levantado en el aire dándome la bienvenida. Yo me acerqué como un animal, me bajé el pantalón y me le fui encima de una.
Me la cogí ahi mismo en cuatro, enterrándole la verga. Ella estaba bien tomada y olía a puro alcohol, pero la calentura que traía era una cosa de locos. Empezó a gritar como desquiciada, sin importarle que alguien la escuchara, gritándo lo bien que la cogía, que necesitaba verga, que quería leche. El sonido de mis embestidas chocando duro contra sus nalgas inundó el cuarto.
Incluso esa noche pasó algo nuevo: por primera vez ella fue la que tomó el control por completo. Me empujó con fuerza hacia atrás, me acostó bocarriba en la cama y se me subió solita encima. Me agarro la verga y se la guio a su chepa y comenzó a cabalgarme riquísimo, subiendo y bajando con un desespero salvaje mientras su culote rebotaba con fuerza contra mi cintura. Yo me quedé ahí abajo, volviéndome loco, apreciando cómo sus tetotas brincaban frente a mis ojos con cada salto y cómo su chepa húmeda se tragaba mi verga completa hasta la raíz.
Esa noche no sé ni cuántas veces culeamos ni cuánto tiempo estuvimos, pero termine tan exhausto que me quedé dormido ahí mismo en su cama. Ya entrada la mañana, me desperté de golpe porque estaba teniendo un sueño raro, pero cuando abri los ojos y recupero la conciencia, me encuentro con una escena irreal: Meche estaba metida en medio de mis piernas, dándome una mamada magistral. Sentir su boca caliente y su saliva recorriéndome la verga recién levantado fue riquísimo.
En ese rato ella levantó la mirada y me vio despierto, y con una sonrisa con los labios empapados me dijo con una voz sexy:
—Tu verga estaba completamente dura, mi amor... solo te estaba dando una ayuda.
Era la primera vez que me despertaban con una mamada y me volví loco. Me senté en la cama, le agarré la cabeza y la hundi contra mi verga para cogermela así y de ahi hice que juntara sus tetotas con fuerza y metí mis verga, obligándola a que me pajeara con sus tetas mientras ella me miraba con ojos de perra de abajo hacia arriba. Ver cómo mi verga se deslizaba entre sus pechos blancos y grandes, embarrándose con su piel sudada, era un morbo que me tenía la cabeza estallando.
No aguanté más las ganas y esa misma mañana volví a culeármela como un completo loco por casi una hora seguida. La agarré con toda mi fuerza. La puse primero de lado en la cama, levantándole una de sus piernas gordas hasta el cuello para enterrársela completa desde atrás, escuchando el eco húmedo de su chepa peluda tragándose mi miembro en el cuarto iluminado por el sol de la mañana. Después, para terminar de romperla, la puse en cuatro mirándose al espejo y le di con una furia salvaje, metiéndole manotones en ese culote operado que rebotaba con cada golpe seco que le daba. Meche gritaba y se retorcía, arañando las sábanas y pidiéndome que me viniera adentro, hasta que ya no aguanté más y le chorreé toda la leche bien al fondo.
Después de semejante culeada, me vestí rápido con la adrenalina a mil, me despedí de ella con un beso rápido y me fui volando para mi casa. Cuando llegué, se armó el problemón de mi vida: mis papás estaban furiosos porque se habían dado cuenta de que me había escapado de madrugada y apenas venía regresando a la mañana siguiente. Me cayó bastantes problemas con ellos por eso, pero la verdad es que a mí me importaba un carajo. Por dentro yo me moría de la risa de oreja a oreja; ellos me reclamaban y me gritaban, pero no tenían ni la más mínima idea de dónde había dormido ni de la tremenda madurita operada que me había dejado seco y me había tenido como su rey toda la noche...
Pero mi relación con Meche no era solo sexo salvaje y ya; la verdad es que nos compenetramos muchísimo. Además de todo ese morbo y el descontrol, también teníamos nuestros ratos románticos y tiernos. Después de que culeabamos duro y quedábamos desparramados en la cama, nos gustaba quedarnos abrazados por un buen rato, dándonos besos suaves y conversando de la vida. A mí me encantaba acariciarle el pelo y las nalgas, y ella se acurrucaba en mi pecho como si yo fuera su hombre. Esos momentos hacían que nos tuviéramos una confianza tremenda.
Pero eso sí, con nosotros el romance siempre terminaba encendiendo el morbo otra vez. Como esa vez que, después de una buena culeada en su cuarto, nos dio hambre y Meche se ofreció a cocinar algo. Se paró de la cama así tal cual, completamente desnuda, salió caminando hacia la cocina luciendo ese culote y sus tetas balanceando y después de un buen rato de estar acostado y ver que no volvía, me levanté y salí a buscarla, igualito de desnudo, con la verga ya media despierta de solo pensar en ella y cuando llegué a la cocina, la vi de espaldas frente a la estufa, picando unas cosas. Me acerqué despacito por detrás, le pegué mi pecho a su espalda y le rodeé la cintura con los brazos. Empecé a besarle el cuello, los hombros y la espalda, subiendo la intensidad hasta que nos volvimos a calentar.
Y sin aguantar las ganas ahí mismo, de pie en plena cocina, la puse en cuatro apoyada contra la barra. Me puse detrás de ella, le abri un poco las piernas y le metí la verga de un solo golpe. Por la adrenalina del momento y el desespero de culear ahí mismo, esa fue la primera vez que la cogí sin condón, completamente a pelo. 
El cambio fue una locura: sentir las paredes de su chepa húmeda y caliente apretándome la verga directamente, carne contra carne, nos volvió locos a los dos. Meche arqueaba la espalda y gemía durísimo en la cocina, gritándome que así se sentía mil veces más rico, que la llenara toda con mi leche y mas cosas.
La calentura nos sobrepasó por completo. La cargué con fuerza de las nalgas, la subí de una encima del mesón de la cocina entre los platos y las cosas, y le abrí las piernas para metérsela hasta el fondo mientras ella me envolvía la cintura con sus piernas. Le di con todo, hasta que sentí que la leche se me venía con una fuerza que no podía frenar. En medio de sus gemidos desesperados, me apretó fuerte y me pidió que no le saque la verga que le dejara mi leche adentro de su chepa. Yo no lo pensé: la segui embistiendo hasta que me corri completito en su interior, dejándola llena mientras los dos respirábamos agitados encima del mesón...
Despues de ese dia todo cambio pero para bien. A mí me encantaba el poder que tenía con ella: podía culear con Meche cuando yo quería y ella siempre, absolutamente siempre, estaba dispuesta para mí. Después de esa primera vez sin condon, lo fuimos dejando a un lado por completo y comenzamos a coger a pelo en todas partes. Sentir su chepa caliente directo en mi verga se volvió una adicción insaciable.
La confianza y el descontrol llegaron a un punto en el que incluso había ocasiones en que yo estaba en mi trabajo y ella me avisaba que el marido acababa de salir y yo me escapaba de una. Llegaba volando a su casa y el desespero era tanto que ni esperábamos a desnudarnos. Ahí mismo en el mueble de la sala, la tiraba bocarriba, le ponía las patas arriba, le hacía el calzón a un lado y le metía mi verga a pelo. Le daba con furia, hasta que me corría completito adentro de ella. Me acomodaba el pantalón, nos dábamos un beso y me regresaba al trabajo con la adrenalina al tope.
Y a pesar de todo este descontrol, los dos siempre tuvimos la madurez de dejar las cosas claras: nuestra relación era solo sexo. Sí, nos besábamos rico, nos abrazábamos, nos dábamos cariño y conversábamos de todo en la cama, pero sabíamos muy bien que no podíamos tener nada serio; ella tenía su vida y yo la mía. Los únicos días en los que no cogiamos era cuando la visitaban sus hijas con sus nietos; de ahí en fuera, la casa era nuestra...
De ahi el morbo entre nosotros creció tanto que ya no existían los secretos ni la vergüenza. Un día nos metimos a bañar y, estando en la ducha, Meche se puso a orinar de pie. A mí, me prendió como un loco verla asi que me agaché, le abrí los labios de la chepa con las manos y me quedé hipnotizado viendo cómo salía el chorro de orina directo de su sexo. A ella parecía encantarle que la viera en esa situación tan íntima y se reía de oreja a oreja viéndome tan morboso abajo de ella. Había tanta complicidad que, incluso cuando me veía los pelos de la verga muy largos, ella misma me sentaba, sacaba una tijera y me los recortaba con cuidado para dejarme bien bajo el vello y terminando me daba una mamada exquisita hasta hacerme correr.
Mantener todo eso oculto era un arte. Una sola vez nos topamos de frente en una reunión familiar que organizó mi tía para celebrar la graduación de mi primo. Ahí estaba Meche con su esposo, y ahí estaba yo. Nos saludamos con total respeto, actuando como si nada pasara, mientras por dentro me daba risa y me calentaba recordando las cochinadas que hacíamos a solas. Pero las ganas contenidas de esa noche nos pasaron factura: al día siguiente nos encerramos de una en un motel y nos pasamos las cuatro horas completas cogiendo a pelo adentro del jacuzzi, devorándonos con la furia de haber tenido que disimular frente a toda la familia.
Todos esos meses se convirtieron, sin duda, en la mejor experiencia de mi juventud. El nivel de descontrol y la libertad que tenía con Meche eran tan cabrona que, incluso cuando alguna exnoviecita me escribían para culear, yo les ponía cualquier excusa y no iba. Prefería mil veces guardarme para Mercedes, porque sabía que con ella no había límites ni tabúes; me dejaba hacerle absolutamente de todo lo que se me pasara por la mente.
Como la vez que en una tarde, mientras ella estaba concentrada dándome una mamada magistral, yo me gire y empecé a jugar con su chepa desde abajo. Le metí los dedos poco a poco, explorándola a fondo, tocándole las paredes internas hasta el fondo hasta que mis dedos salieron completamente empapados en sus jugos. Con la mano libre, comencé a trabajar como si fuera un doctor: le estiraba los labios vaginales salidos, le pasaba la lengua despacito por el huequito por donde orina y le hacia círculos intensos. Combinar el calor de su boca en mi miembro con el desespero de mi lengua en su sexo la volvió loca; Meche empezó a gritar con la voz quebrada y se terminó corriendo durísimo en mi cara mientras me seguía chupando. Eso fue algo exquisito que no se lo pueden ni imaginar.
Con ella también rompí otra barrera, porque fue la primera vez en mi vida que chupé culo. Un día la tenía puesta en cuatro en medio de la cama y me agaché por completo para besarle la chepa. Me dio tanto morbo ver la cercanía de todo que no lo dudé: le pasé la lengua de abajo hacia arriba, lamiéndole el ano directo. Mercedes soltó un gemido largo temblando de la sorpresa, y me gritó que se sentía riquísimo. Después de esa lamida, la calentura la hizo entregarme el culo por completo. Aunque en el acto me manchó un poco la verga, en ese momento de descontrol no me importó una mierda; acomodé mi verga y se la dejé ir por el culo, dándole embestidas hasta que no aguanté más y le tire toda mi leche dentro de su culo.
A partir de ahí, ya le daba por todos los huecos sin ningún asco. Nos volvimos unos viciosos de la carne. Meche empezó a tomar la iniciativa y se me sentaba directo en la cara para que se la chupara. No se imaginan lo que fue esa primera vez: sentir semejantes nalgas pesadas aplastándome la nariz y la boca, me hizo sentir por unos segundos que me ahogaba y que me faltaba el aire. Pero en vez de asustarme, me prendió el doble; le agarré el gusto rápido. Me encantaba tenerla montada en mi rostro mientras yo estiraba la lengua para chuparle la chepa y el ano al mismo tiempo, disfrutando de su olor a pura mujer madura, mientras ella se inclinaba hacia el frente y me masturbaba la verga con fuerza, preparándome para el siguiente round de la tarde.
Y bueno, para no hacer más larga la historia, les puedo decir que me quedaron muchísimas experiencias más en el tintero con Meche. Pero como siempre pasa con las aventuras y las infidelidades. El esposo de Mercedes comenzó a sospechar de ella; sentía que algo no cuadraba. Y aunque por varios meses nos las ingeniamos para seguir manteniendo nuestros encuentros salvajes a escondidas, poco a poco nos fuimos distanciando. El marido comenzó a celarla de una manera cabrona y ya casi no dejaba la casa sola, cortándonos las escapadas.
La última vez que nos pegamos una culeada salvaje como en los viejos tiempos fue unos días antes de un viaje que ella tenía planeado a Estados Unidos con toda su familia para irse de vacaciones. Se fueron y, aunque regresaron como a las tres semanas y nos las ingeniamos para vernos y culear una o dos veces más, la situación ya estaba demasiado tensa por los celos del esposo, así que por seguridad decidimos abrirnos y dejamos de vernos por completo.
Yo seguí mi vida normal, pero aunque muchos no lo crean, esa aventura duró cerca de año y medio. Puedo decir con la cabeza en alto que fue el mejor tiempo de mi juventud, donde me estrené como un hombre en la cama con una madurita espectacular que me cumplió todas las fantasías. Ya después el tiempo pasó, me metí a la Policía Nacional y mi vida tomó otro rumbo.
Hoy en día ya tengo mi propia esposa, mis hijos y mi hogar formado. A Meche me la suelo topar de vez en cuando por ahí; nos miramos fijo, nos sonreímos con complicidad saludándonos con respeto, pero más allá de eso, nunca más hemos vuelto a coger. El respeto a nuestras realidades actuales está primero, pero cada vez que nos cruzamos, sé perfectamente que por la mente de los dos pasa el recuerdo de ese año y medio de descontrol, lencería, moteles y sudor que vivimos en absoluto secreto.

1 comentarios - Una madura me saco la leche

DnIncubus
Muy buena la historia, es lógico que sólo quede el recuerdo, que vas a cogertela de nuevo si ya está más vieja 😅👍