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El Día De La Lealtad (parte 2)





Capítulo 2 - “Para un Peronista no hay nada mejor que otro Peronista"


Valentina siempre supo, toda su vida, que la actuación no era lo de ella. Sencillamente no lo era. Mentir, si, como podía mentir cualquiera. Pero actuar, eso era distinto. Una mentira se decía, si pasaba, pasaba, y ahí quedaba. Actuar era una mentira estirada a través del tiempo. Requiere esfuerzo mental para sostener.

Ese día que fue con Nicolás a la verdulería, ese día fue cuando sacó la actuación de la nada. De algún lugar que ella tendría adentro, hasta ese entonces sin explorar. Lo sacó a la fuerza, rápido y de alguna manera. El reencuentro con Tavo la obligó a actuar. Porque no podía decirle a Nicolás las cosas que le estaban pasando, y lo que había pasado años atrás. No con Tavo en particular, no. Ahí sí le dijo la verdad a Nicolás.  Tavo era un tipo de la calle, a quien ayudó, como ayudó a tantos otros en la misma situación, cuando ella iba de voluntaria a La Cañada. Eso era verdad.

Lo que no le dijo a Nicolás, y actuó para que no se notara, era todo lo demás que había detrás de eso. De ese simple pasado, de ese simple reencuentro. Se le vino todo a la cabeza primero en la verdulería, al hablar con Tavo. Y un rato después ya de vuelta en el departamento. El hecho que realmente se había olvidado de comprar los zapallitos fue fortuito, y el que Nicolás se ofreciera para ir a comprarlos, más aún. Porque le permitió estar sola aunque sea un rato.

Se sentó en una silla de la cocina, con las bolsas de las compras todavía a medio sacar y se agarró la cabeza. Sentía que un poco le daba vueltas. 

Nunca podía decirle a Nicolás las cosas que había hecho durante sus años de voluntaria y militante. O por lo menos, si alguna vez salía el tema lo cual ella dudaba si no había salido hasta ese entonces, le daría una versión saneada. Una versión decente. Una versión que no terminase con Nicolás dando un portazo y yéndose. Esa versión, la que se podía contar en sociedad, era algo que ella tendría que armar cuidadosamente, y tenerla en la cabeza por si en algún momento la tenía que decir.

Era otra actuación, porque la versión educada no era la verdad. La verdad era otra. “La única verdad es la realidad”, decía el General. Y esa realidad tenía detalles y en esos detalles estaba la historia, porque en esos detalles se encontraban la cantidad de vergas de morocho que por ese entonces pasaron por su cuerpo. 

Esa versión de Valentina, la más desbocada, la más joven, la militante que era feliz tanto luchando por los derechos de los desposeídos, como también dándole su cuerpo a cuanto villero o tipo de la calle se le cruzara y le tirara algo de onda. Para que fueran dulces con él hasta el saciamiento, para que sean felices y, en su felicidad, Valentina podía encontrar la suya también.

Otras épocas. Otra Valentina. Ella creía que ya había dejado todo eso atrás, pero su propio cuerpo y su subconsciente parecían tener otras ideas.

Miró su celular, frío e inerte donde lo había dejado, en la mesa de la cocina. Se preguntó si Tavo tendría celular. Quizás si, quizás no. De cualquier manera no le había pedido el teléfono. La cabeza todavía le daba vueltas porque no era sólo Tavo, no. Era lo que haber visto a Tavo le había despertado. Esa necesidad que sentía volver, como un fuego lento que la estaba empezando a asar por dentro.

Seguramente se colgó pensando cosas, porque escuchó a Nicolás abrir la puerta del departamento con sus llaves y ni tomó conciencia del tiempo que habría pasado. Se paró de golpe y se hizo la que seguía ordenando las bolsas, actuándole de nuevo a su novio, dándole una suave sonrisa cuando él dejó los zapallitos en la mesa y se fue a otro ambiente del departamento, sin decir palabra.

El resto de ese sábado y también durante el domingo, los dos se la pasaron en casa. Bien. Tranquilos. Conviviendo como siempre. No hablaron mucho. Si Nicolás se había dado cuenta que a ella le estaba pasando algo por dentro, Valentina no lo sabía. No parecía. Nicolás tendía a ser callado siempre.

Valentina, por dentro, era otro cantar. No podía parar de pensar en cosas. En cosas que no hacía falta pensar, pero que no podía evitar. El domingo a la noche, mientras Nicolás miraba un partido en la TV del living, ella se fue a acostar temprano diciendo que estaba cansada. En la soledad de su dormitorio a oscuras, se regaló una tremenda masturbada, cubierta por la sábana, pensando en cosas. En nombres y hombres que alguna vez supo conocer y que ahora parecían salir como momias del arcón de sus recuerdos con la idea única y singular de cogérsela como alguna vez lo habían hecho. Gente que a la sociedad le encantaba descartar, pero que a ella no. A ella le encantaba regalarles todo.

Tirada en la cama, mirando el techo oscuro y las luces de algún auto que pasaba por afuera y se reflejaba a través de la ventana, pensó en su vida anterior. Y también pensó por qué no podría revivirla ahora. Era su grito sagrado, el que llevó por dentro toda su vida, y que lo había apagado.

No había apagado ese fuego en su interior por Nicolás, no. De hecho lo había apagado antes de conocerlo y ser su novia. Lo había hecho porque sí. Porque reconocía que ya se estaba pasando de rosca, descontrolando mucho. Nadie lo sabía, pero había sido en gran parte por eso, porque ya no confiaba en controlarse, que había dejado de asistir tanto a La Cañada y a otras agrupaciones. Que había dejado de militar tanto, ir a reuniones, organizar… Valentina no confiaba en sí misma alrededor de otra gente en particular. De cierta clase de hombres. Era una pena, porque realmente disfrutaba la militancia y el ser solidaria, mas allá del sexo. Pero había que ponerle un freno a eso y lo puso. Nicolás vino después y encontró a Valentina ya más encarrilada, organizada y, para decir la verdad, ya no una verdadera puta.


Valentina aguantó hasta el miércoles así. Tentada. Y el miércoles a la mañana no aguantó más. Con Nicolás afuera trabajando tenía todo el día libre. Las pocas cosas para hacer de Fondo Liso ya las había hecho mientras desayunaba. Si salía algo de eso lo atendería, pero ya estaba.

Se vistió con una remera, jean y zapatillas y sin temor, pero con algo de ansiedad, volvió a la verdulería. Pensaba que se iba a encontrar con Tavo de nuevo, pero no. Estaba solamente Raúl. Compró unas cosas y le dejó su número para que se lo diera a Tavo cuando él volviera.


Después de comer, a eso de las dos de la tarde mientras Valentina estaba sentada en el sillón con un mate y revisando posteos de Fondo Liso, le sonó el teléfono. Un número que le salía pero que no estaba en sus contactos y ella no reconoció.

El corazón le dió un saltito en el pecho cuando escuchó la voz.




El Día De La Lealtad (parte 2)


Hola monito qué hacé….”, sonó la voz de Tavo. Atrás se escuchaba una radio medio bajita, seguro estaba en la verdulería.
“Hola, Tavo, cómo va?”, le dijo sonriendo.
Todo bien, che. Acá me dijo Raúl que pasaste y dejaste tu número, que te llame…”
“Si. Se lo dejé porque viste el sábado que te encontré ahí? Después como una boluda llegué a casa y me di cuenta que no te lo había dejado… que me fuí antes.”
Si, ‘ta bien. No hay drama.
“Así quedamos en contacto, viste?”
Si, si… genial.
“Vos bien?”, preguntó Valentina
Si, acá laburando. Vo’ ‘tas en tu casa?
“Si, también laburando, viendo cosas en Instagram”, le contestó.
Que ‘tas haciendo ahora de laburo?
“Tengo un emprendimiento con una amiga de la facu, hacemos accesorios y prendas con material reciclado, vendemos por Instagram. Le pusimos ‘Fondo Liso’ de nombre. Esta re bueno, lindo laburo.”, dijo Valentina
Ah… si, yo ni idea de eso”, se rió Tavo.

“Este número que me salió cuando llamaste qué es?”, preguntó ella.
El de acá de la verdulería, el de Raúl.
“Ah, ok. Asi lo agendo.”
Mirá que no tenemo’ delivery eh? No e’ para eso”, se rió Tavo.
Valentina también sonrió, “No, ya se. Igual podrían pensar en poner delivery ahora que estás vos…”
Ah, si, claro, así el grone anda de acá pa’lla llevando fruta y verdura…”, se rió el gordo.


Valentina largó una risita, “No, che, no lo dije por eso, bueh… tenés razón.” Valentina hizo una pausa, “Bueno… te dejo laburar, era para que no perdamos el contacto, ahora que nos encontramos de nuevo.”
Si, genial, reina”, dijo Tavo, “A mi tampoco se me ocurrió el otro día la verda’. Bien que te acordaste. Igual de última, yo ‘toy aca en la verdulería… hace’ tre’ cuadra’ y aca ‘toy”, dijo Tavo.
“Si, ya se, pero igual bueh te queda el número mío por cualquier cosa.”
Tavo se rió, “Qué es cualquier cosa?
Valentina se rió también, “Nada, que se yo. Si necesitas algo, yo qué sé.”
Tanta’ cosa’ necesito, linda…”, se rió el gordo.
Valentina rió alegremente, “Bueno te hacés una listita y otro día me contás… te dejo, gordi, Quedamos en contacto, si?”
“Bueno, dale. Si, si. Aca ‘toy”


Valentina cortó con una sonrisa. Le gustaba hablar con Tavo, siempre le gustó. Como hombre la volvía loca y siempre lo hizo. Gordo, morochón, panzón y de brazos gruesos. Hizo los pensamientos a un lado. Estaba con Nicolás. Estaba de novia. Esa etapa del pasado, en el pasado quedó y no hacía falta reflotarla. Pero igual Valentina no pudo evitar pensar en eso. En lo que hizo. Y en todo lo que aún hoy le gustaría hacer. Nicolás no tenía nada que ver. Era un buen tipo, que la quería y siempre la trató bien, de maravillas. No pasaba por ahí. No era por odio o por venganza pensar lo que estaba pensando de Tavo y otras yerbas. Era simplemente alimentar esa parte olvidada que ella llevaba por dentro, nada más. No era personal contra Nicolás, de ninguna manera. De hecho ella podría estar de novia con cualquier otro y aún así ésta situación la desbordaría igual, sin importar con quien estuviera.

Una cosa, pensaba Valentina, era la vida que tenía, que estaba buena. Y otra, muy distinta, era la vida que querría tener. O volver a tener. O no haber detenido nunca. Y esa también estaba buena. Se podrían compatibilizar las dos? Lo pensó, mientras tomaba mate en el sillón. 


Necesariamente significaba meterle los cuernos a Nicolas, y eso era una mierda. Pero por qué ‘no podría’? Viéndolo a la distancia, sin ser parte del asunto, por qué no podría tener las dos cosas? Las dos vidas? Valentina pensaba que esas dos vidas, la que tuvo y la que tenía, las dos merecían existir. Eran parte de ella, como Yin y Yang o algo así.

Si, lo quería a Nicolás. Mucho. Pero por qué solamente por el hecho de querer a una persona eso significaba tener que dejar gran parte de una vida atrás? Encima una vida que le había traído tantas satisfacciones, a ella y a los demás. Por qué no?

Porque Nicolás no se lo aguantaría y lo perdería para siempre, pensó Valentina dándose la respuesta a sí misma. La respuesta le vino a la cabeza así. Era verdad. ‘Mi amor, me estoy acostando con otros’... no es un lugar de donde las parejas vuelven. ‘Bancame ésto porque es parte de mí y lo necesito’, es lo mismo. ‘Amor, nunca te lo dije, pero me vuelve loca la pija villera’, tampoco.


La ecuación era irresoluble, si, pero lo era siempre y cuando Nicolás se enterase. O se diera cuenta. Si reflotar esa nueva-vieja vida que Valentina sentía que necesitaba tanto dependía de Nicolás permaneciendo ignorante… realmente era un precio tan alto que pagar? 

Si no lo ves, no te afecta’, le vino la frase a la cabeza mientras tomaba mate. Siguió pensando porque, a ver, es realmente cierto: Si no lo ves, no te afecta. Si te pasas laburando todos los días desde la mañana a la tarde en la oficina, en que te afecta lo que yo haga o deje de hacer cuando estoy sola acá? Mientras vuelvas a la noche y encuentres todo bien, todo normal y yo contenta, mi relación con vos no cambió… entonces que te jode saber o no saber?

Se imaginaba la charla con el Nicolás imaginario sentado frente a ella, ese al que le podía decir cualquier cosa, no como al Nicolás de carne y hueso.


“En serio, Nico, que te jode?”, pensó mirando al asiento del sillón vacío y sin peso al lado de ella, “Vos laburás, estás todo el día afuera, yo estoy acá. Son vidas separadas por casi todo el día, salvo los findes que estamos los dos acá. Si yo me quedo en casa, no te enteras. Si salgo, no te enterás. Si me tomo un bondi hasta Merlo, me doy vuelta y vuelvo, no te enteras.”

Valentina tomó un sorbo de su mate, hasta el fondo y le vertió más agua caliente, “Mismo yo. Yo que sé que hacés vos en la oficina? Si vos te llevas a una compañera al baño para que te chupe la pija un rato, yo no me entero. Si salís a comerte un pancho de parado en vez de ir a un restaurante, yo no me entero. No me afecta. Si volves en colectivo o en subte, para mi es igual si no me lo decís. Si te tiran la goma en el baño del laburo, si no venis y me lo decís, en que me afecta? Yo que sé? Nada. Es lo mismo mientras no me lo digas.”


Valentina pensó que sus dos vidas podían coexistir, si llevaba el asunto bien, si tenía cuidado y si no se desbocaba como había pasado hacía años. Era riesgoso, podría perder a Nicolás si saltaba todo. De hecho, era lo más probable que ocurriera. 

Su vida sexual, la de años atrás, cuando militaba más asiduamente había estado muy buena. Tan buena, de hecho, que la tuvo que frenar ella misma. Había llegado a un punto que se había desbocado tanto que la Valentina de entonces ya podía ver el final de esa película. Era un final que ella no quería. Embarazada de alguno de los que conocía de las unidades básicas a las que iba, o de los centros de ayuda a la gente en situación de calle, o alguno de los centros culturales y asociaciones, como la de La Cañada. Embarazada o peor. Contagiada de algo. O por qué no las dos cosas al mismo tiempo. No era un final feliz.

Pero el sexo…

Valentina casi que suspiró, ahí sola, tirada en su sillón del living, boludeando con la punta de la lengua en la bombilla del mate, absorta, con la cabeza en otro lado. En otro lugar y en otro tiempo. Se recordó más joven, esas épocas de locura entre sus dieciocho y veintipico, cuando no solo pensaba más con la concha que con la cabeza, sino que además le encantaba.

Se le venían a la cabeza fragmentos, historias. Sabores y sensaciones. Sonidos de toda esa parte hecha a un lado, pero no completamente descartada, de su vida. Peteando a algún compañero en la unidad básica, si pintaba y había onda. Que siempre había, porque Valentina sabía bien cómo calentaba a los hombres. O dejándose culear en algún cuartito de la unidad cuando la gente se iba después de una reunión de planeamiento.

Lo de los otros tipos, los linyeras y la gente más necesitada, eso sí había sido bastante más heavy. Pero quizás por eso le había gustado tanto. Muy pronto en esas épocas, a sus diecinueve, no antes de eso, se había dado cuenta lo feliz que la hacía complacer a esos tipos. A los que vivian tirados en la calle, los que necesitaban ayuda. Esos que la sociedad injusta siempre descarta. Cuando Valentina se animó a probarlos había descubierto la felicidad que le generaba. Era casi indescriptible. No era solo sexual, era casi espiritual. Complacerlos, hacerlos felices, darles algo a esos que no tenían nada. Darles lo que querían de ella. Y ella, generosa, les daba algo más valioso que lo material: la fuente inagotable de su cuerpo, su amor, su lujuria. Por quince minutos, a veces menos, a veces más… gracias a ella los que no tenían nada, por ese breve instante de tiempo, lo tenían todo. Todo lo que querían, al menos.

Mientras seguía tomando mate una de sus manos se posó sola sobre su pubis, acariciando la tela del short suavemente. No se iba a pajear, pero se sentía bien. Acompañaba bien esos recuerdos. Recuerdos de chupar esas vergas amarronadas y hermosas, que se ponían tan grandes y duras por ella. Gracias a ella. El sabor de toda la leche que le daban. Los gruñidos y gemidos morbosos que les oía a los tipos cuando acababan.

Ni hablar de lo que era cogerlos, cuando finalmente se había animado a dar ese paso, venciendo al asco y al prejuicio. Que hermoso le daban. La sensación de esas pijas de la calle, tan necesitadas, ensanchándole tan dulcemente la concha y el culo, era inigualable para ella. Como la extrañaba, pensó. Nicolas, y un par mas de novios que tuvo antes de conocerlo, cogian lindo. La querían, hasta la amaban. Lindo sexo. Pero no se podía comparar con lo que sentía con los linyeras, con los vagos. Era otra cosa. Le producía una sensación inexplicable, una mezcla de rendición, lujuria y paz. 

Paz, esa era la clave. Esos tipos, al menos durante esas épocas, eran los únicos que le podían apagar el fuego que llevaba por dentro, aunque fuera por un rato, a fuerza de pijazos y lechazos que ella tan amorosamente les recibía. Los orgasmos que le arrancaban esos tipos no tenían comparación con los que sus novios le daban.

Pensó en eso, en ese punto. No era de mala onda. No era una comparación odiosa. Era simplemente la verdad. Sus novios, incluido Nicolas, le daban amor, cariño y buen sexo. No tenía quejas. Cero. Pero los linyeras, los tipos de la calle… Dios, eso era otra cosa. Un escalón más arriba. Nunca se había enamorado de ninguno, pero si honestamente sabía que estuvo cerca de hacerlo con un par. No solo esos dos habían sido buenos tipos, dentro de sus circunstancias, sino que los dos tenían esos pijones enormes que a ella le encantaban. En un universo paralelo, en otra línea de tiempo, pensó, por ahí se habría enamorado de alguno de esos dos. Entablado una relación. Ella lo sacaba de la vida de mierda que llevaban, de asentamiento en asentamiento, de caer en cana nada más por existir o tener que dormir en algún lugar que el capital decía que estaba prohibido, de pasar hambre, de sufrir la mugre en el cuerpo… Ella los rescataba de toda esa mierda y les daba una nueva vida. 

Pero eso nunca pasó. Valentina supo frenarse. De hecho recordaba bien los tiempos de la frenada. A sus casi veinticinco años había dicho basta de esto. La colección de vergas de moncho que había pasado por su cuerpo hambriento por ese entonces ya era extensa. Y ella notaba que estaba causando problemas en los demás. En la gente que trabajaba con ella en los refugios, en las asociaciones. La gente hablaba. Siempre se corría la bola. ‘Ahí está la rubia puta’, ‘Ahí viene la conchuda’. Todo eso.

Nadie lo entendía. No era de puta. Nunca lo fue. Era de amor, de cariño, de solidaridad, de plenitud, de lujuria, felicidad, gloria, mugre, redención, orgasmos físicos y espirituales, de puños aferrándose a su pelo, de cabezas de pija provocandole arcadas en el fondo de la garganta o tratando en vano de abrirse paso a empellones a través de su cérvix, del calor del semen, de besos hambrientos, de la cara de Evita gritando en el balcón…

Valentina suspiro de nuevo, volviendo a la realidad del hoy que la rodeaba. Por eso había parado, no por otra cosa. Porque sabía dónde terminaba esa película, si seguía. En algún hospital, ya sea pariendo un hijo amarronado sin padre, o recibiendo un papel con el resultado de algún análisis de sangre que decía esa palabra hermosa, pero que en ese contexto era nefasta: “positivo”.


Durante el mes que siguió luego de aquel primer encuentro fortuito con el gordo Tavo y esa charla que tuvieron por teléfono, Valentina se pudo calmar un poco de la ansiedad de ese reencuentro, y más que nada de todo lo que se le había revuelto en su interior. Lo había visto a Tavo dos o tres veces más, siempre en la verdulería de Raul, cuando iba a comprar y el gordo estaba. Charlaban amigablemente, lo mas bien, se reían. Tavo siempre fue un tipo simpático y entrador. Le gustaba charlar con él. En su momento, años atrás cuando lo había conocido en La Cañada, adonde él iba a veces, a Valentina siempre le gustaba quedarse charlando con él, compartiendo mates, hablando de la vida y de las cosas. El gordo no había cambiado. Estaba más viejo, si, pero era el mismo Tavo.

Valentina pensó que era una verdadera lastima que ella no siguiera siendo la misma Valentina.

Unos días después, Valentina tuvo una idea. Una de esas que podían ser brillantes o un desastre, pero que no se sabría hasta que se probara. Una tarde de miércoles fue a hacer unas compras por el barrio y pasó por la verdulería. Estaban los dos, Raul y Tavo. Se saludaron, charlaron, ella pidió algunas cosas y entre los dos se las estaban embolsando. Valentina se quedó mirando unos segundos a Tavo trabajando, llenando las bolsas con fruta y verdura y se le vino la idea a la cabeza. 

“Che, Tavo…”, le dijo.
El gordo seguía en lo suyo, embolsando lechuga, le respondió sin mirarla, “Mmm?”
“Vos… a vos no te va hacer unas changas?”, le preguntó.
El gordo se dio vuelta y anudando la bolsita la miró, “Changa’ de que, reina?”
Valentina se encogió de hombros, “No, estaba pensando, por ahí te interesa darnos una mano a Ceci y a mi con el laburo. Con lo de Instagram, viste que te dije…”
El gordo se rió, “Y yo que sé de eso? No tengo ni celula’”
Valentina largo una risita, “Ya se, boludo… no es para que uses la cuenta. Pero estaba pensando que por ahí nos vendría bien alguien que haga entregas, viste? La verdad es que nos rompe las bolas a Ceci y a mi hacerlas.”
“Entregas de lo que vende’?”
Valentina asintió, “Si. El tema es que si las hacemos nosotras, por ahí si el cliente vive cerca todo bien, pero si es lejos es un rompedero de huevos. Y si usamos envíos o un servicio así, se hace una bola de guita.”
“Es el gran dilema de los emprendedores…”, comentó Raul desde el fondo.
Valentina se dio vuelta, “Que es que?”
“Digo, sí hacerse cargo uno o tercerizar”, le sonrió Raul, “Lo lei en Infobae el otro dia”


“Ah! Si, puede ser”, le sonrió Valentina y volvió a hablarle al gordo, “Por eso, estaba pensando si no queres ganarte unos mangos extra y entregar pedidos de vez en cuando?”
“Y… mangos extra siempre viene bien”, dijo Tavo pensándolo
Valentina giró hacia Raul y le sonrió, “Digo, si está todo bien con vos, Raul.”
El verdulero se encogió de hombros, “Si, que se yo… mientras no sea en horario laboral cuando el esta aca… y si no le interfiere con este laburo.. yo soy el jefe nada más, no el dueño de el.”

Tavo lo seguía pensando, mirando a Valentina, “Y… e’ muy lejo’? Las entrega’, digo.”
Valentina negó con la cabeza, “No, bolas… no te voy a mandar a la loma del orto, quedate tranquilo. Pero si, si son aca en capital o en el conu cerquita, esos si. Esos digo. Dale… dale, así nos sacas un peso de encima a Ceci y a mi”, le sonrió.

“Bueh…”, se rio Tavo, “Que se yo…”
“Proba, negro”, le dijo Raul desde donde estaba, “Si te sirve, te sirve y si no a otra cosa, no Vale?”
“Claro”, ella asintió, “Sin compromiso. Si va, va. Y si no, todo bien.”
“Ves…”, comentó Raul.
“Aparte la verdad que prefiero alguien de confianza, si va a ser otra persona”, dijo Valentina.
“Ahí con el negro ya la cagaste…”, se rio Raul.
El gordo se giró a su jefe y se rio también, “Dale, boludo, ‘jate jode’...”, la miro a Valentina y le dijo, “Bueh, que se yo, probemo’, dale. Pero como hacemo’? No tengo teléfono y no vamo’ a usa’ el de acá de la verduleria…”


Ella sonrió, “Nah, no te hagas problema. Te damos un celu. Lo usas para esto y te queda para lo que quieras también, no hay drama.”
“En serio?”, preguntó el gordo.
“Si, despreocupate.”, asintió Valentina.
“Bueno, dale. Pero me vas a tene’ que enseña’ a usarlo”, se rió Tavo fuerte.
“Es una boludez… si.”, Valentina se sonrió, feliz y le extendió la mano, “Choque.”
El gordo se rió y le estrechó la mano a Valentina con la suya, más grande y curtida, “Mira que no te voy a deci’ ‘Jefa’ eh? Ya tengo uno, no necesito otro”.
Valentina se rio, “No hace falta. Ceci y yo somos copadas con eso. Tranqui. Eh… te aviso, venite en unos días a casa y te doy el celu, o te lo alcanzo aca cuando lo tenga y vamos hablando, arreglando números y eso, si? Te parece?”
Tavo asintió, “Dale, dale… va bien. Gracia’, che. En serio.”
Valentina sonrió, pagó y tomó sus compras, “De nada, loco. Un placer, siempre. Vamos hablando. Chau, gente, nos vemos, gracias Raul.”
“De nada, nos vemos, que te vaya lindo.”



Valentina se lo comentó después a Ceci y su socia aceptó. La verdad que era una buena idea que les facilitaria las cosas. Y la plata era más o menos lo mismo; por menos de lo que Fondo Liso gastaba en envíos lo podían usar a Tavo y de paso le ofrecían una changa a un buen tipo que lo necesitaba. Ceci no lo conocía a Tavo, pero Valentina le aseguro que era de confianza y eso le alcanzaba. Ya el hecho de no tener que hacer las entregas ninguna de las dos era un regalo del cielo.

El celular que Valentina encargó finalmente llegó la semana siguiente. No era ningún lujo pero le iba a servir a Tavo para tener Whatsapp, ver mapas para ayudarlo en las entregas y si él lo quería usar como celu personal, a Valentina no le importaba. Llamó un miércoles al mediodía a la verdulería y le dejó dicho a Raul que Tavo fuera al departamento, así le daba el celular. Le dejó su dirección y Raul le dijo que no se preocupara, que cuando volviera el gordo se lo mandaba un rato.

Tavo llegó a eso de las tres, Valentina le bajó a abrir y se fueron al departamento. Sentados en la cocina Valentina hizo mates con bizcochitos para merendar y se pusieron a charlar. La parte laboral la solucionaron enseguida. No era mucha plata pero para el gordo era todo extra y Valentina le aseguro de nuevo que no lo iba a mandar a hacer entregas lejos. Con el transporte público le alcanzaba y le sobraba. También le dijo que le iba a pasar saldo para la SUBE todas las semanas, así usaba eso. Arreglaron la mecánica que Valentina le avisaria de alguna entrega que hiciera falta el dia anterior, Tavo pasaría por las mañanas temprano por el departamento o por lo de Cecilia a retirarla, haría las entregas y ya para eso de las dos de la tarde o antes ya estaría libre para ir a la verdulería. Todo encajaba.

Se quedaron charlando un rato largo. El gordo era matero como Valentina y atacaba la bolsa de bizcochitos con ganas. Entre los dos ya se habían bajado un termo entero y casi toda la bolsa. Valentina puso a calentar más agua y siguieron charlando, el gordo sentado a la mesa de la cocina.



novia puta



“Che, negra, y la gente de ahí de La Cañada y eso no los viteh’ ma’?”, le pregunto mientras mordía un bizcochito, mirándola parada al lado de la hornalla calentando agua.
“No, sabes que no... Ni a esos ni a los otros del refugio de ahí de Castelar… ni los del centro de ayuda de Beiró, todos esos… casi ninguno. Me re abrí.”, le contestó.
“Casi ninguno…”
“Si, bah, me quedaron un par de contactos y a veces hablo. Pero re de vez en cuando.”
“Con quien? Alguno que yo conozco?”

“Y a ver… de La Cañada a veces hablo con Marita, la que estaba siempre ahí, te acordas? La morochita.”
“No”, contesto Tavo.
“Si, boludo, la viste mil veces. La que tenía el tío que lo pisó un tren en Lanus, te acordas?”
Tavo se rio, “Uh… si… ahora si, la petisita. Si, me acuerdo. Que dice la loca?”
Valentina se encogió de hombros, “Nada, que se yo. Sigue ahí en la lucha. A veces charlamos pero ‘hola qué tal’ nada más”.
“Y quien ma’?”
Valentina pensó un momento y sacó el agua del fuego, volviendo a la mesa con la pava para llenar el termo de nuevo, “Del Beiro no conoces a ninguno. Ah, para… de La Cañada me quedó el contacto de ese pibe Marcelo.
“Marcelo?”, preguntó Tavo. Enseguida se le dibujó una sonrisita mirando a Valentina, “Marcelo, agachate y cono…”
Valentina lo frenó, “Dale, pelotudo!”, se rieron los dos alegremente.


“Bueh, no me acuerdo de Marcelo.”, dijo el gordo.
Valentina le hizo un mate fresco y Tavo lo sorbió con cuidado, “Pero boludo no te acordas de nada. Que tenes, Alzheimer? Marcelo era el morocho ese que iba, el que había sido mecánico y le cerró el taller”
“Ah… ah, si creo que sí”, dijo Tavo, “El forrito ese, si. Que hablaba como un pelotudo”
“No seas malo”, Valentina lo miro, “Por que forrito? Era buen pibe.”

Tavo frunció un poco el ceño y la miró a Valentina, “Era un sucio ese hijo de puta…”
“Ay, por qué!”, se rio Valentina.
“Y bueh.. Cosas.”
“Que cosas?”, preguntó ella y se sentó en la otra silla, agarrando un bizcochito de la bolsa.
“…por ahí es algo indiscreto”, se sonrió Tavo.
“Qué indiscreto, decime?”
“Y… siempre se dijo ahí en Cañada que había tenido algo con vo’ el forro ese.”, dijo Tavo mirándola.
“Ah”, dijo Valentina después de un par de segundos de pensamiento.
Luego de un ratito mínimo de silencio en el que Tavo tomo mate, pregunto, “E’ verda’?”
“Y….”, dijo Valentina y se encogió un poco de hombros.
“No me joda’... si?”

Valentina se encogió de hombros de nuevo y no dijo nada. El gordo se rió, “Mira vo’ el conchudo ese… que hijo de puta!”
“No seas así, gordo”, dijo Valentina, “No fuimos novios ni nada, che. Fue una… cosa, nada más. Tanto espamento.”

“Que es ‘una cosa’?”, preguntó Tavo pasandole el mate a Valentina, ella se sirvió uno y se lo llevó a la boca, “Lo peteaste? Culiaron?”
Valentina decidió quedarse con la bombilla en la boca y solo le levantó un pulgar en silencio a Tavo. El gordo se rió fuerte. “Que es eso? Es un si? Si que? Peteaste, culiaron, cual e’?”
“Pulgar arriba quiere decir las dos”, dijo Valentina con una sonrisa.
“Ah, pero que hijo de puta”, se rió Tavo.

“Ay, pero por qué?!”, se rio Valentina.
“Y si, negra… que quere’?”, seguía riendo Tavo, “Si ahí en Cañada ’taban todo’ lo’ vago’ fichandote todo el tiempo y ahora resulta que este boludito fue el que te entró? Nah, no hay derecho, loco, que injusticia…”


Valentina se rió y miró al gordo con una sonrisa, “Ah, si? Estaban todos fichandome ahí?”
Tavo le devolvió la sonrisa, “Ma’ bien… si eras un camión! Como quere’ que no te miren!”
“Y bueno, que se le va a hacer”, sonrió Valentina, “A veces las cosas se dan así”

“Pero no fueron novio’ ni nada decis?”, preguntó Tavo.
Valentina negó con la cabeza, “Nah, nada que ver. Fueron unos touch nada más. De onda, que se yo, para sacarse las ganas…”
“Ah, mas de una ve’?”, sonrió Tavo
“Y si… no sé, no las conté.”
“A la mierda…”, dijo el gordo. Valentina sorbió más de su mate, “Y seguí’ viéndolo? Digo, como diji’te que te quedó el contacto.”
“Nah, ni hablamos la verdad.”, respondió ella, “Desde que me abrí de ahí que no lo vi más, ni hablamos, nada. Mejor así.”
“Che y tu novio que dice a todo e’to?”, preguntó el.
“Nada, boludo. Qué va a decir si no sabe?”, respondió Valentina.
“No le diji’te?”
“No, para qué?”, dijo ella, “Si son cosas de hace más de diez años… para que decirle?”
“Mmm… mira la engañadora”, se rio Tavo.
Valentina se rio tambien, “No es engañadora. Son cosas que hice, que ya fueron. Ya está. Nadie tiene que saber.”
“Bueh, ahora lo sé yo…”, le guiño un ojo.
“Si, pero vos no vas a decir nada”, le sonrió Valentina.

Tavo se rio, “Nah, tranqui. Obvio. Aparte ni lo conozco a tu novio”

Se quedaron en silencio los dos por unos segundos. Valentina se levantó y fue hasta la heladera a sacar una botella de agua saborizada y un par de vasos para tomar. El gordo la siguió con la mirada mientras él se servía otro mate.
“E’ cierto todo lo dema’ que decían?”, le preguntó el.


Ella se dio vuelta y volvió a la mesa con la botella y los dos vasos, “Ay, no sé. A ver? Que decían? Y quienes eran los que ‘decían’?”

“La gente de ahí, lo’ vago’. Las mina’ de ahí. La gente habla…”
“Que se decía, a ver?”, Valentina se sentó de nuevo y tomó algo del agua saborizada.
Tavo le sonrió, “Que te movías a lo’ vago’ de vez en cuando. No digo solo al ganso ese. Que te gustaba culearte a lo’ vago’ que paraban ahí, te gustaba chupa’ pija, eso…”

“Ay, Tavo… la puta madre…”, protesto Valentina.
“Uh, bueh, perdon por el vocablo”, dijo el gordo riendo.
“No es por el vocablo, gordo. Sabes las cosas que escuche en mi vida?”, lo miró Valentina, “Es que… qué sé yo, son cosas que ya fueron. Qué importa?”


Tavo le sonrio amablemente, “No, para, negra. No dije que me importaba. Aparte, por mi? Cada cual hace de su culo un pito. Si te gustaba, te gustaba y punto. Cosa tuya. Tuya y de lo’ vago’, de última.”
“Pasa que sonó como que me lo estabas juzgando…”, ella lo miró.
“No, nada que ve’. En serio”, le dijo el, “Te pregunte de curioso noma’. Como siempre se dijo y me había quedado la duda, viteh…”
“Okey…”, le respondió ella.
“Conmigo sabe’ que todo bien”, le dijo el, “Aparte como deci’ vo’, ya fue. Historia antigua.”
“Claro. Eso.”, asintió Valentina.
“Conmigo podés habla’ de cualquie’ cosa. Lo sabe’”, dijo él.
“Si ya se. De hecho lo hicimos. Lo haciamos”, sonrió ella.
“Seh, esas tardes de mate”, se rio el, “Como esta. Así que si me quere’ conta’, buenisimo. Y si no, todo bien.”
“Contar que? Ya te dije”
“Seh, me diji’te del Marcelito. De los otros no…”, Tavo le dijo con una sonrisita socarrona.
“Qué otros? Qué queres que te diga?”, preguntó ella.
Tavo frunció un hombro y chupo de su mate, “No se, lo que vo’ quiera’. Así me voy a la verdulería contento.”

Valentina lo miró fijo por unos segundos, comprendiendo lo que el tipo quería oír, “No ves que sos un pajero…”
El gordo se rió, “Y si, culpable. Pero que quere’ vo’ tambien? Si ahora me desayuno con que no solo te garchaste al Marcelito sino que había otro’ ma’? Que era todo cierto? Ma’ bien que me ratonea eso.”
Valentina se rio, “Dejate de joder, gordo.”

Tavo le guiño un ojo, sosteniendo su mate, “Daaale, no te haga’ roga’. Si ‘ta todo bien. Tirame una.”
“No. Olvidate”, le dijo Valentina riendose.
“Buah, que ortiba”
“No es de ortiba”, respondió ella.
“Buah, ‘ta bien.”, dijo el, “‘Tonce ya no lo hace’ ma’? Digo, si te abriste de toda la gente, perdiste contacto, ahora ‘tas de novia, todo eso…”
“Ya no pasa, ya fue”, asintió Valentina.


Tavo sorbió de su mate, haciendo el ruido característico de haberlo terminado.
“Te pongo mas?”, preguntó Valentina. El gordo ni contesto, solo le acercó el mate. Valentina le puso más agua caliente.
El gordo tomó un poquito y la miró a Valentina con una de sus sonrisitas, “Che, y si ahora te pinta de nuevo, lo hace’?”
“Si me pinta de nuevo qué, exactamente?”, preguntó ella, “No te sarpes.”
“No me sarpo. S’una pregunta nada ma’”, le dijo él, mirándola, “Digo si te pinta estar con un vago de nuevo no le da’?”
“Tengo novio, Tavo”, le contestó ella tomando un poco de agua saborizada.
Tavo se encogió de hombros, “Y ante’ cuando lo’ tipo’ te culiaban por ahí ‘tabas de novia también, que se yo? Que tiene que ve’?”
“Tiene que ver”, dijo ella.
“No lo cornearias a tu chico ahora?”, preguntó él, “No te va mandarte una travesura de vez en cuando?”
“No…”, dijo Valentina y el gordo la interrumpió.
“Ponele que te vuelve a sali’ un moncho de e’to, de Cañada o de donde sea… no le da’?”, le preguntó, “Ya le perdiste el gustito a la carne de morocho?”, le dijo comuna sonrisa en el rostro.


Se quedaron en silencio los dos un momento largo. Tavo la miró fijo y sonrió, se terminó el mate con una larga chupada y lo dejó en la mesa, “Bueh… bueh, mejo’ me vuelvo a la verdulería que el Rauli me va a mata’... me quedo boludeando aca con vo’ toda la tarde sino, y hay que labura’”

Los dos se levantaron y Valentina lo acompañó hasta abajo para abrirle. Ya habían ultimado los detalles laborales hacía rato. El resto de la charla había sido personal. Ya en la puerta de calle del edificio, Valentina le abrió y se dieron un abrazo y un beso en la mejilla.
“Gracias por venir, che. Y gracias por aceptar la changa… buenisimo, che”, le sonrió ella.
“No hay de que. Gracia’ a vo’, linda. Me va a veni’ bien. Espero acordarme todo lo que me diji’te del celu.”
“Si, cualquier cosa me preguntas. Quedamos así entonces? Te aviso un día antes y retiras las cosas?”
“Si, no e’ difícil… quedo a la espera ‘tonce.”
“Dale!”, Valentina le sonrió. El gordo también le sonrió.
“Che… una cosa ma’... de lo otro que hablamo’... quedate tranquila en serio que yo no digo nada, eh? No bato nada por ahí. Queda en confianza.”
Valentina se rio, “Si, ya se, gordo. Tranqui, no pasa nada.”
Tavo la miró y le sonrió, “Y.. de lo otro bueh… si algún día te pinta una travesura, me avisa’”, Valentina lo miro y se quedó callada, el gordo siguió con su sonrisa en la boca, “Todo bien, nadie se entera. Si te pinta un día que necesita’ cariñito, me avisa’, si?”
“Uf… Tavo…”, dijo ella pero él la interrumpió.
“Uf, las pelota’. Decime que si.”, le dijo el.
Valentina se le quedó mirando como anonadada. El gordo le habló de nuevo, “Decime que si, te dije…”
Valentina se rió y medio que lo empujo amigablemente para que saliera por la puerta, los dos se rieron, “Bueh… bueh, dale… si. Si alguna vez… que no va a pasar… te aviso.”
El gordo se rió, “Así me gusta, gauchita. Chau, linda. Mandame de las entrega’ cuando las tenga’”
“Chau, loco. Saludos a Raul.”


Tavo se fue y Valentina subió de nuevo al departamento. Callada. Pensando sus cosas en silencio mientras limpiaba y ordenaba la cocina, dejándola bien luego de la mateada. Cuando terminó fue al baño a hacer pis, y luego se dirigió al dormitorio. Se tiro en la cama, se sacó los jeans que llevaba puestos y se regaló una paja enorme y hermosa, frotandose furiosamente el clítoris hasta que lo sintió gritar de dolor y placer, su cabeza llena de imágenes y escenas de Tavo llenandole la boca, la concha y el culo de verga y leche, ahí en la misma cama que compartía con Nicolas.

El orgasmo la sobrepasó de tal manera que tuvo que ahogar la cara en la almohada para gritarlo, mientras su cuerpo temblaba y se retorcía como con vida propia. Por fin, después de tanto tiempo, con vida propia. Cuando el éxtasis finalmente cesó, se dio cuenta, muy en su interior, que realmente nunca había dejado de ser la puta de los vagos. 


Nada más había apretado pausa.

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