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La amiga de mi madre

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Con los cincuenta y cinco bien cumplidos, Mar seguía siendo esa mujer que desprendía una sensualidad madura y serena. Amiga de mi madre desde hacía muchos años, siempre elegante, casada con un hombre que ya ni la miraba, y con un cuerpo que el tiempo parecía haber tratado con generosidad: pecho generoso, cintura suave y unas caderas anchas con un culo redondo y firme.
Aquella tarde de sábado entré sin planearlo en la franquicia  del centro comercial . La vi al fondo, de espaldas. Llevaba unos pantalones negros brillantes que se le pegaban como una segunda piel, marcando cada curva. El corazón me dio un vuelco. Mar había sido mi crush secreto de adolescente. Muchas noches había fantaseado con ella.
Dudé un buen rato. ¿Me acerco? ¿Me hago el despistado? Era la mejor amiga de mi madre. Esto no estaba bien. Alguien podría vernos. Pero ella se giró y me vio.
—Dani… —dijo con sorpresa y una sonrisa lenta—. Qué casualidad tan agradable.
Se acercó y me dio dos besos. Sus labios rozaron mi mejilla más tiempo del necesario. Su perfume me trajo recuerdos de golpe.
—Hola, Mar —respondí, nervioso—. ¿Estás sola?
—Sí… Tu madre tenía médico y mi marido nunca tiene tiempo. —Suspiró—. Estoy fatal eligiendo ropa yo sola. Me da miedo parecer ridícula a mi edad.
Miré alrededor. Había gente en la tienda. Me sudaban las manos.
—No sé si es buena idea… —dije bajito—. No quiero que nos vean juntos y piensen algo raro. Eres la amiga de mi madre.
Mar también miró hacia los lados, claramente incómoda.
—Tienes razón, cielo. Quizá no sea adecuado… Pero contigo me siento cómoda. No me juzgas. ¿Me ayudarías? Solo un rato, te lo prometo.
Dudé varios segundos más. El pulso me latía en las sienes. Finalmente acepté, con la voz temblorosa:
—Está bien… pero rápido. No quiero que nadie nos vea.
—Gracias, Dani —susurró, y su mano rozó mi brazo un segundo.
La seguí hasta los probadores, caminando detrás de ella, intentando no mirar demasiado cómo se le marcaba el culo con esos pantalones brillantes. Recordé todas las veces que había ido a su casa de adolescente o cuando ella venía a la nuestra.
—Espérame aquí fuera —dijo, señalando el sillón cerca de los espejos.
Salió con la primera combinación: blusa burdeos ajustada y los pantalones negros brillantes. Se miró en el espejo, girando despacio, pasando las manos por las caderas.
—¿Qué te parece? —preguntó insegura—. ¿No es demasiado ceñido?
—Te queda muy bien, Mar… —respondí, tragando saliva.
Ella fue ganando algo de confianza con cada salida. Se probó una falda lápiz negra y una blusa más escotada. Cada vez se acercaba más, se inclinaba un poco, y las miradas se alargaban. Había nervios, dudas y silencios cargados. Al final se despidió visiblemente afectada.
Salí de la tienda con las manos temblando.
Tres días después, el miércoles por la tarde:
Mar: Hola Dani… ¿estás libre? Necesito otra opinión para un evento importante. ¿Podrías acompañarme de nuevo a la tienda sobre las 18:30? Me da vergüenza pedirte esto otra vez.
Yo: Hola Mar. Puedo ir.
Mar: Gracias  El sábado me dejaste muy pensativa. No sabía si escribirte… tenía dudas.
Yo: Yo también estuve dudando si contestar. No sé si esto está bien.
Mar: Exacto… yo pienso lo mismo. Eres el hijo de mi mejor amiga. Pero hablar contigo me hace sentir bien. ¿Nos vemos entonces?
La conversación se alargó más de una hora y media. Mar empezó tímida, pero poco a poco fue cogiendo confianza.
Mar: ¿Recuerdas cuando ibas por mi casa con tu madre? Tenías 16 o 17 años. Te sentabas en el salón y yo notaba que me mirabas cuando me levantaba del sofá.
Yo: Sí… me acuerdo perfectamente. Intentaba disimular, pero era difícil.
Mar:  Yo lo notaba. Al principio pensaba “es un crío, no significa nada”. Pero luego empecé a fijarme más. Cuando venía a tu casa y te daba dos besos… notaba cómo te ponías nervioso. ¿Era verdad?
Yo: Totalmente. Tu perfume, la forma en que te sentabas cruzando las piernas… Muchas veces me quedaba en mi habitación después de que te fueras, pensando en ti.
Mar: Dios, Dani… si lo hubiera sabido entonces. Me habría muerto de vergüenza… y de algo más. Yo también tenía mis momentos. A veces, cuando volvía a casa después de estar con tu madre, recordaba cómo me mirabas el escote o las piernas. Me sentía halagada y culpable. Una mujer de casi cincuenta fantaseando con el hijo adolescente de su amiga… Me decía que era imposible, que estaba loca.
Yo: No estabas loca. Yo fantaseaba mucho contigo. Cuando venías a casa en verano y llevabas esos vestidos ligeros… o aquellos pantalones ajustados. Me costaba concentrarme.
Mar: Para… me estás poniendo nerviosa otra vez . Pero me gusta. Hace años que nadie me hace sentir así. Mi marido ni me mira. En cambio tú… sigues mirándome igual que entonces, pero ahora eres un hombre.
Yo: Y tú sigues estando increíble, Mar. El sábado, cuando te probabas la ropa y te girabas… fue como volver a tener 17 años, pero sin tener que disimular tanto.
Mar: Yo también sentí eso. Dudé mucho antes de escribirte. Tenía miedo de estar cruzando una línea. Pero no puedo dejar de pensar en cómo me mirabas en el probador… y en todas aquellas miradas de hace años. ¿Crees que esto está mal?
Yo: No lo sé. Pero tampoco quiero parar de hablar contigo.
Mar: Yo tampoco… Aunque sé que debería. Nos vemos en un rato. Esta vez prométeme que me mirarás sin disimular. Quiero sentirlo de verdad.
Llegué a la tienda a las 18:30. Mar me esperaba fuera, nerviosa pero con una mirada más decidida que el sábado. Entramos a la zona de probadores.
Esta vez, en cuanto cerró la cortina detrás de nosotros, todo el peso de los años, los recuerdos y los mensajes cayó sobre nosotros.
—Llevo días recordando cuando eras un adolescente que me miraba a escondidas… —susurró, acercándose lentamente—. Y ahora estás aquí, mirándome igual… pero ya no eres un niño.
Llegué a la tienda a las 18:30. Mar me esperaba fuera, vestida con una blusa elegante y unos pantalones oscuros que ya me ponían nervioso. Tenía las mejillas ligeramente sonrojadas y evitaba mirarme demasiado a los ojos al principio.
—Hola, Dani… —susurró, casi sin voz.
—Hola, Mar.
Entramos rápido a la zona de probadores. Esta vez ella cerró la cortina con más decisión, pero sus manos temblaban ligeramente. Nos quedamos de pie, muy cerca el uno del otro. El pequeño espacio olía a su perfume mezclado con el nerviosismo de los dos.
—Llevo días recordando cuando eras un adolescente que me miraba a escondidas… —susurró, acercándose lentamente—. Cuando venías a mi casa y te quedabas mirando cómo me movía por el salón… o cuando yo iba a la tuya y te ponías rojo cada vez que te daba dos besos.
Sus palabras me golpearon. Di el último paso y la atraje hacia mí con cuidado, casi con miedo. Nuestros cuerpos se rozaron. Mar levantó la cara y nos miramos a los ojos durante varios segundos eternos. Los dos respirábamos agitados, con el pecho subiendo y bajando rápidamente.
Entonces la besé.
Primero fue suave, casi tanteando. Sus labios eran cálidos, suaves y temblaban ligeramente contra los míos. Pero la pasión contenida durante años explotó de golpe. Mar soltó un gemido bajito y entreabrió la boca, permitiendo que mi lengua entrara. El beso se volvió más profundo, más hambriento. Sus manos subieron por mi pecho y se agarraron a mi camiseta con fuerza, mientras las mías bajaban por su cintura hasta posarse en sus caderas anchas.
Respirábamos entrecortadamente por la nariz, sin querer separarnos. Podía sentir su pecho generoso apretándose contra mí con cada inspiración rápida. Mi corazón latía tan fuerte que estaba seguro de que ella también lo notaba. Mar me besaba con una mezcla de experiencia y desesperación, como si hubiera estado conteniendo esto durante demasiado tiempo.
—Dios, Dani… —jadeó contra mis labios, separándose apenas un centímetro. Su respiración caliente me rozaba la boca—. Eras solo un crío… y yo ya fantaseaba con esto. Me sentía tan culpable…
Volvimos a besarnos, esta vez con más urgencia. Mi mano subió por su espalda y la apreté más contra mí. La otra bajó un poco más, rozando la curva de su culo por encima de la tela. Ella tembló y soltó un suspiro entrecortado, pegando sus caderas contra las mías. Noté cómo se me ponía dura contra su cuerpo y ella también lo sintió, porque soltó un gemidito ahogado y movió ligeramente la pelvis.
Los recuerdos se mezclaban con el momento: yo con 16 años escondiéndome para mirarla, ella notando mis miradas y sintiéndose deseada en secreto, los dos fingiendo que nada pasaba durante años. Ahora todo eso salía a la vez en forma de besos húmedos, manos ansiosas y respiraciones entrecortadas.
Mis dedos se colaron bajo el borde de su blusa, tocando la piel suave y caliente de su cintura. Mar arqueó la espalda y me besó con más fuerza, mordiéndome suavemente el labio inferior. Su respiración era cada vez más pesada, casi entrecortada. Yo estaba completamente perdido en ella.
De repente, Mar puso una mano en mi pecho y me separó con suavidad, aunque le costaba. Tenía los labios hinchados, los ojos brillantes y respiraba con la boca abierta.
—Espera… Dani, espera… —susurró, con la voz ronca y temblorosa—. No aquí. No es el sitio. Podría entrar alguien… la dependienta, cualquier cliente… No podemos.
Yo también estaba agitado, con la polla dura y el pulso desbocado. Apoyé mi frente contra la suya, intentando recuperar el aliento. Nuestras respiraciones seguían mezclándose.
—Tienes razón… —admití, aunque todo mi cuerpo protestaba—. Joder, Mar… llevo años queriendo esto.
Ella sonrió con nerviosismo y deseo contenido, acariciándome la mejilla con una mano temblorosa.
—Yo también… más de lo que imaginas. Pero no aquí. No así. —Volvió a besarme, esta vez más corto y suave, casi como una promesa—. Necesitamos un lugar donde nadie nos pueda interrumpir. Donde podamos… tomarnos nuestro tiempo.
Se separó un poco, arreglándose la blusa con manos torpes. Tenía las mejillas rojas y la mirada nublada. Yo me quedé allí, apoyado contra la pared del probador, intentando calmarme.
Salimos de la tienda minutos después, caminando uno al lado del otro sin tocarnos, pero con la tensión vibrando entre nosotros. Antes de despedirnos en la calle, Mar me miró con intensidad.
—Esto no ha terminado aquí, Dani —susurró—. Ahora ya sabemos lo que sentimos los dos.
Pasaron dos días desde lo del probador. Dos días de mensajes cortos pero llenos de fuego. El jueves por la tarde recibí su mensaje:
Mar: Dani… sé que tus padres no están. Voy para allá.
A las seis y media sonó el timbre. Abrí la puerta y me quedé sin aliento.
Mar había venido dispuesta a todo. Minifalda negra ajustada, muy corta, que apenas cubría la mitad de sus muslos maduros y firmes. Blusa de seda crema con varios botones desabrochados, dejando un escote profundo que mostraba el encaje negro del sujetador y la curva generosa de sus tetas. Labios pintados de rojo intenso. Tacones. El pelo suelto y ese perfume que me volvía loco desde los 16 años.
—Mar… joder —fue lo único que conseguí decir.
Ella entró sin decir nada, cerró la puerta y me miró con los ojos brillantes de nervios y deseo.
—No quiero esperar más —susurró con voz temblorosa—. Llevo años fantaseando con esto. Desde que eras un adolescente que me miraba a escondidas… hasta ahora.
No hizo falta más. La empujé contra la pared del recibidor y la besé con violencia contenida. Mar soltó un gemido ronco y respondió con la misma hambre. Nuestras bocas se devoraron, lenguas enredadas, respiraciones agitadas. Sus manos me agarraron del pelo con fuerza mientras las mías bajaban directamente a su culo, levantando la minifalda y apretando esas nalgas maduras y firmes que llevaba años deseando.
—Dani… por fin —jadeó contra mi boca, mordiéndome el labio inferior.
La levanté en brazos y la llevé hasta el sofá del salón, el mismo donde la había mirado tantas veces de adolescente. La tiré sobre él y me puse encima. Le abrí la blusa de un tirón, haciendo saltar un par de botones. Sus tetas grandes se desbordaron del sujetador. Las saqué y empecé a chupárselas con desesperación, mordiendo los pezones duros mientras ella arqueaba la espalda y gemía alto.
—Así… chúpamelas fuerte —suplicó, agarrándome la cabeza contra su pecho—. Llevo años queriendo que un hombre me toque así.
Le subí la minifalda hasta la cintura. No llevaba medias. Solo un tanga negro diminuto que ya estaba empapado. Se lo arranqué de un tirón y metí dos dedos en su coño, que estaba hinchado y chorreando. Mar gritó de placer y abrió más las piernas.
—Fóllame, Dani… —rogó con voz rota—. No seas suave. Quiero sentir todos estos años de espera.
Me bajé los pantalones con prisa. Mi polla estaba durísima, palpitando. Se la restregué por el coño varias veces, provocándola, y luego la penetré de un golpe seco hasta el fondo.
—¡¡Aaaahhh!! —gritó Mar, clavándome las uñas en la espalda—. ¡Qué polla más grande, joder!
Empecé a follármela con fuerza salvaje, sin control. El sofá crujía con cada embestida. Sus tetas rebotaban delante de mi cara mientras la taladraba. El sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo de su coño mojado llenaba toda la casa.
Mar estaba desatada. Me arañaba la espalda, me mordía el cuello, movía las caderas hacia arriba para encontrarse con cada golpe.
—Más fuerte… ¡rómpeme! —gritaba—. Todos estos años fingiendo que no te deseaba… ¡ahora quiero que me folles como la guarra que soy!
La puse a cuatro patas en el sofá, le subí la minifalda del todo y la penetré desde atrás agarrándola del pelo. Su culo maduro rebotaba contra mí con cada embestida brutal. Le di cachetadas en las nalgas mientras la taladraba.
—Dios… sí… así —gemía ella, casi sin voz—. Me corro… ¡me corro!
Su coño se apretó alrededor de mi polla con espasmos fuertes. Se corrió gritando mi nombre, temblando entera. Yo no aguanté más. La saqué, la giré y me corrí en las tetas y en la cara, chorros espesos de semen que le manchaban los labios rojos y el escote.
Mar, jadeando, se untó con los dedos y se llevó mi leche a la boca, tragando mientras me miraba con ojos de puta satisfecha y adicta.

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