Hola Amores! Hoy les traigo el relato de una querida seguidora que me contacto hace unas pocas horas y entre varios intercambios de mensajes me otorgó el honor de compartir su relato lésbico, pero siempre y cuando mantuviera su anonimato para más placer.
Así que a continuación les presento el relato desde la perspectiva de nuestra amada protagonista:
💋 CAPÍTULO I: La Deontología de la Chupada
Mi relación con el Licenciado Martínez de Deontología Profesional no era exactamente sana, pero era eficiente. Dos veces por semana, después de su clase de las 18:00, me quedaba "repasando" en su oficina. Él cerraba la puerta con llave, yo me arrodillaba, y salía con un 9 o un 10 en el parcial.
![Cornudas Heladas - [Relato de una Seguidora] 💋 Cornudas Heladas - [Relato de una Seguidora] 💋](https://img-19.poringa.net/poringa/img/E/6/E/8/6/E/Narella_nozetto/1ED.jpg)
No era amor. Era barter. Sexo oral por notas, y las notas valían más que mi dignidad en ese momento de mi vida.
Esa tarde de martes, estaba en mi elemento. Rodillas en el piso de frío del baño de su oficina —porque ahí era donde hacíamos las "consultas" cuando quedaba el turno de limpieza— con su pene en mi boca, mi mano trabajando la base, mi técnica pulida por semestres de práctica. Martínez gemía con esa manera suya de intentar ser silencioso y fallando miserablemente.
Y entonces sonó el celular.
No lo ignoró. Nunca lo ignoraba. Lo atendió con naturalidad, como si no tuviera una estudiante de veintidós años succionándole el alma en el baño de la Facultad de Derecho.
—¿Sí, amor? —dijo.
Yo me congelé. Literalmente. Mi boca dejó de moverse. Mis ojos, que miraban hacia arriba para ver su cara, vieron cómo él sonreía —esa sonrisa de "sí, cariño, estoy trabajando tardes"— mientras yo estaba ahí, en mis rodillas, con su pene a medio chupar.
Y entonces pasó lo inevitable.
Al apartarme, al intentar hablar, al querer gritarle "¿quién es tu amor, hijo de puta?", mi movimiento brusco coincidió con su propio movimiento instintivo, y un chorro de semen caliente me pegó directamente en el ojo izquierdo.

El dolor fue instantáneo. No el dolor físico —aunque ardía— sino el dolor existencial de estar ciega de un ojo por el semen de un hombre casado mientras él hablaba con su esposa sobre la cena.
Me levanté tambaleándome, ciega, buscando algo, anything, para limpiarme. Usé mi propia mano, esparciendo el líquido viscoso por mi mejilla, mi nariz, mi ceja. Debí parecer una pintura abstracta de la humillación.
Martínez cortó la llamada. Finalmente. Me miró —realmente me miró— y su expresión no fue de preocupación. Fue de... ¿fastidio?
—Lu, por favor —dijo, como si yo fuera el problema—. No hagas escándalo.
—¿Escándalo? —mi voz salió aguda, histérica—. ¿Quién es "amor", Martínez? ¿Quién te llama "amor" mientras yo te chupo el pene?
Se ajustó los pantalones con esa eficiencia de quien está acostumbrado a vestirse rápido después del pecado. Suspiró. Esa clase de suspiro que los hombres hacen cuando creen que las mujeres estamos exagerando.
—Tengo esposa —dijo, como si fuera una novedad—. Cecilia. Llevamos ocho años casados. Queremos tener un hijo.
—¿Y? —escupí, todavía limpiándome la cara, todavía sintiendo su semen secándose en mi piel—. ¿Por qué me chupas a mí? ¿Por qué me pides que me quede después de clase?
Se quedó callado. Por primera vez, pareció avergonzado. No de lo que había hecho, sino de tener que explicarlo.
—Con ella no se me para —dijo, finalmente, mirando al piso sucio del baño—. No... no logro llegar al clímax. No como contigo. Tú eres... diferente.
"Diferente". Esa palabra. Esa maldita palabra que usan para justificar todo. No me amaba. No me respetaba. Solo mi boca funcionaba mejor que la de su esposa.
Me fui. Sin decir nada más. Con su semen todavía en mi ceja, con mis rodillas doloridas, con mi dignidad hecha pedazos en el piso de un baño universitario.
Pero mientras caminaba hacia la salida, con el frío de la noche golpeando mi rostro humillado, sentí algo más fuerte que la vergüenza: la rabia.
Y la rabia, corazón, es el mejor combustible para la venganza.
💋 CAPÍTULO II: La Alianza Improbable
Tres días después, le propuse hacer un video.
Martínez, ese hombre estúpido y arrogante, aceptó sin dudar. Claro que aceptó. Su ego no le permitía imaginar que yo pudiera tener motivos ocultos. En su cabecita, yo era simplemente una estudiante enamorada, o al menos obsesionada, dispuesta a cualquier cosa por su atención.
El video era simple: él me comería el coño. Un cunnilingus. Finalmente, después de meses de yo dando y él recibiendo, le tocaría servir.
Lo hicimos en su oficina, de noche, con la puerta cerrada. Yo estaba arriba de su escritorio, con las piernas abiertas, mi vagina expuesta a la cámara de mi celular que había posicionado estratégicamente. Martínez estaba abajo, entre mis piernas, su lengua trabajando con esa dedicación de quien sabe que está siendo filmado y quiere quedar bien.


Mientras gemía —fingiendo más de lo que sentía, porque la verdad es que su técnica era mediocre— yo alcanzaba su celular, que descansaba en el escritorio junto a su cabeza. Lo desbloqueé. Busqué WhatsApp. Encontré "Cecilia ❤️". Y le envié el contacto.
Luego borré el mensaje. Solo de su pantalla. El mío lo conservaba.
Esa noche, desde mi departamento, le escribí a Cecilia.
"Hola. Soy Lu. La estudiante con la que tu marido mea el piso del baño de la facultad. Tenemos que hablar."
La respuesta llegó a los cinco minutos: "Puta mentirosa. Bloqueada."
Pero yo estaba preparada. Tenía fotos. Muchas. De perfil, con su pene en mi boca, mostrando claramente su cara de placer. Desde abajo, viendo cómo me miraba mientras chupaba. Con la boca llena de su semen, sonriendo a la cámara.
Se las envié. Una por una.




El teléfono explotó. Mensajes de voz de Cecilia llorando, gritando, pidiendo detalles. Dónde, cuándo, por qué. Yo le conté todo. El acuerdo tácito, los baños, las notas, el "amor" que escuché esa tarde.
Y entonces, algo inesperado pasó.
Cecilia me escribió: "Quiero verte. En persona. Necesito saber si eres real."
Quedamos en un jardín público, lejos de la facultad, lejos de su casa. Cuando la vi, me sorprendió. No era la esposa traicionada de los dramas. Era una mujer de treinta y tantos, pelo castaño, ojos cansados, con una energía de "he aguantado demasiado".
—Es más joven de lo que pensé —dijo, sentándose frente a mí.
—Es más viejo de lo que aparenta —respondí.
Nos miramos. Y de repente, sin razón lógica, ambas nos reímos. Una risa amarga, de complicidad, de "qué hijo de puta".
—Quiero divorciarme —dijo Cecilia—. Pero quiero que sufra primero.
—Yo quiero que sepa que no soy su juguete —dije yo.
—Es un animal de costumbres —dijo ella, pensativa—. Todos los jueves va a la misma heladería. Se sienta en la misma mesa. Pide el mismo sabor: dulce de leche granizado.
Nos miramos. Y en esa mirada, sin decirlo en voz alta, nació el plan.
💋 CAPÍTULO III: La Heladería del Infierno
El jueves siguiente, a las 19:30, Cecilia y yo entramos a "Grido", la heladería de la esquina de la facultad.
Martínez estaba ahí. En su mesa. Comiendo su dulce de leche granizado, revisando papeles de la facultad, inconsciente del mundo.
Nos vio entrar juntas.
Su cara... corazón, su cara fue un poema. Primero confusión. Luego reconocimiento. Luego pánico puro, absoluto, animal.
Se levantó tan rápido que tiró el helado. Corrió hacia el fondo, hacia los baños, y se encerró con llave.
Cecilia y yo nos miramos. Y nos reímos. Una risa fuerte, liberadora, de mujeres que finalmente tenían el poder.
—Vamos —dije.
Corrimos hacia el baño. Él estaba adentro, jadeando, probablemente pensando en escapar por la ventana imposiblemente pequeña.
—¡Sal, cobarde! —gritó Cecilia, golpeando la puerta.
—¡Llámame cuando tu mujer te deje chuparla, Martínez! —grité yo, pateando la madera.
Y entonces hicimos lo inevitable. Agarramos una silla de metal —una de esas incómodas que ponen en las heladerías— y la trabamos contra la puerta del baño, encajándola bajo el picaporte. Jurassic Park. El profesor atrapado en el baño de una heladería, con su ex amante y su esposa furiosas afuera.
—¡Están locas! —gritaba él desde adentro—. ¡Salgan de mi heladería!
—¡Tu heladería! —escupió Cecilia—. ¡Ni siquiera es tuya, pelotudo!
Fue entonces cuando apareció ella.
La empleada. Una chica de veintitantos, pelo teñido de rubio mal hecho, ojeras de turno de tarde, uniforme de poliéster azul con el logo de "Grido" descolorido. Salió de la cocina con una espátula de helado en la mano, viendo la escena: dos mujeres elegantes —yo en jean y remera negra, Cecilia en vestido de oficina— barricando el baño con una silla.
—¿Qué... qué hacen? —tartamudeó la empleada—. ¿Por qué traban el baño?
—Este señor nos debe plata —mentí, rápida—. Es una deuda vieja.

—Pero... pero si rompen algo me lo descuentan del sueldo —dijo la empleada, y su voz tembló genuinamente. Ese miedo al descuento, corazón, es el miedo más argentino que existe.
Cecilia y yo nos miramos. Y algo pasó. Algo en la mirada de la empleada —no era solo miedo, era curiosidad, era el brillo de quien está aburrida de su trabajo y ve una posibilidad de caos— hizo que ambas sonriéramos.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—...Marisol —respondió.
—Marisol —dije, acercándome—. No vamos a romper nada. Pero necesitamos que cierres la tienda por diez minutos.
—¿Cerrar? Pero si cierro me despiden...
—No cerrarás oficialmente —interrumpió Cecilia, con una voz autoritaria que seguramente usaba en su trabajo de administrativa—. Solo... no atenderás. Deja el cartel de "vuelvo en cinco minutos". Y ven con nosotras.
Marisol nos miró. Nos miró a la puerta del baño, donde Martínez seguía gritando. Y algo en ella —quizás el aburrimiento, quizás la envidia de ver a dos mujeres haciendo lo que ella nunca se atrevió— hizo que asintiera.
Fue a la puerta. Giró el cartel. Corrió las cortinas de metal hasta la mitad, dejando la heladería en penumbra.
Y cuando volvió, yo estaba ahí, muy cerca, oliendo su perfume a jabón barato y helado de vainilla.
—Gracias —susurré.
Y la besé.

No fue un beso de romance. Fue un beso de guerra. De "estamos juntas en esto". De "el enemigo de mi enemigo es mi amante provisional". Marisol respondió después de dos segundos de shock, y luego respondió bien, apretando su cuerpo contra el mío, dejando caer la espátula de helado al piso con un ruido metálico.
Cecilia nos observaba, y vi cómo su mano bajaba a su propia entrepierna, rozándose sobre la tela del vestido.

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—Ven —dije a Marisol, rompiendo el beso—. Ven acá.
La llevé hacia el mostrador de helados. La senté en el borde. Y me arrodillé.
—¿Qué... qué haces? —jadeó Marisol.
—Cobrando mi deuda —respondí, y le bajé los pantalones del uniforme.
No llevaba bragas. Una chica que trabaja de pie ocho horas no usa bragas con poliéster. Su vagina estaba húmeda —ya estaba excitada, corazón, desde que vio el caos— y olía a jabón, a sudor honesto, a mujer trabajadora.

Metí la lengua sin preámbulos. Marisol gritó. Un grito que seguramente escuchó Martínez en su baño de cristal, porque dejó de golpear la puerta por un segundo, confundido.

—¡Más fuerte! —gritó Marisol, y sus manos agarraron mi pelo, y sus piernas se abrieron más—. ¡Dios, sí, así!
Era una puerca de primera, como dijiste. En cinco minutos, estaba desgarrando mi remera negra, rompiendo mis leggings con sus uñas —sí, rompiéndolos, haciendo un agujero justo para acceder— y metiendo su cara en mi vagina mientras yo seguía chupándola a ella.


Cecilia no se quedó atrás. Se acercó, se subió al mostrador, y se sentó en el borde, abriendo las piernas frente a nosotras.
—A mí también —ordenó, y su voz era la de una mujer que después de ocho años de matrimonio mediocre finalmente reclamaba su placer.
Marisol y yo nos alternamos. Yo chupaba a Cecilia, Marisol me chupaba a mí, luego cambiábamos. El helado se derretía en los envases cercanos, y en algún momento, Cecilia agarró una bocha de chocolate con la mano y la pasó por sus pechos.
—Límpienme —ordenó.

Lo hicimos. Marisol y yo, juntas, lamiendo el chocolate derretido de los pechos de Cecilia, mientras ella gemía mirando al techo, mientras sus manos agarraban nuestras cabezas y nos presionaban contra su piel.




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Y entonces vino lo mejor.
Cecilia agarró una bocha de dulce de leche —el sabor favorito de Martínez, ese hijo de puta— y la pasó por su vagina. La crema del cielo, decían en los avisos. Pero en ese momento era crema de vagina, de excitación, de venganza.

—Come —me ordenó—. Come el helado que mi marido nunca me compró.
Y me incliné. Y lamí. El dulce de leche mezclado con su humedad, con su rabia, con su liberación. Era el sabor más dulce y amargo que había probado.

Marisol, no queriendo quedarse atrás, agarró una bocha de frutilla y hizo lo mismo conmigo. Y así estuvimos, las tres, cubiertas de helado derretido, lamiéndonos unas a otras, gimiendo, riendo, mientras afuera, en el baño, Martínez escuchaba todo.
Escuchaba los gemidos de su esposa, que él nunca pudo provocar. Escuchaba a su ex amante chupando a una desconocida. Escuchaba la fiesta que se daba en su heladería favorita, sin él, por culpa de él.
💋 CAPÍTULO IV: El Final Congelado
La seguridad del municipio llegó veinte minutos después.
No llamaron la policía —no había delito visible— solo dos tipos con chalecos reflectantes que tocaban la puerta de la heladería cerrada.
—¿Qué pasa ahí? —gritó uno.
Nos separamos. Cecilia, Marisol y yo, mirándonos, cubiertas de helado, despeinadas, con la ropa rota, con las caras brillantes por los fluidos de todas.
—Nada —respondió Cecilia, bajando del mostrador con una elegancia que no se correspondía con su apariencia—. Solo estábamos probando el producto.
—La puerta estaba cerrada —dijo el guardia, confundido.
—Cerrada para el público —intervino Marisol, improvisando—. Reunión de personal.
Nos vestimos a toda prisa. Bueno, nos cubrimos como pudimos. Yo con los leggings rotos, Cecilia con el vestido manchado de chocolate, Marisol con el uniforme desabrochado.
Y antes de irnos, hicimos lo último.
Liberamos a Martínez.
Quitamos la silla. Abrimos la puerta del baño.
Él salió como un animal acorralado, despeinado, con los ojos rojos, oliendo seguramente a sexo en el aire, viendo el desastre: helado derretido en el mostrador, sillas movidas, cortinas corridas, y nosotras tres, juntas, sonriendo.
—Ellas... —empezó a decir a los guardias—. Ellas me encerraron... me hicieron... me obligaron...
Pero no había pruebas. No había video. Las cámaras de seguridad de "Grido" no funcionaban desde hacía meses —Marisol nos lo había dicho mientras nos vestíamos, entre risas—.
Y cuando los guardias preguntaron a Marisol qué pasaba, ella —mi puerca de primera, mi heroína— dijo:
—Este señor entró al baño y no quería salir. Decía que le íbamos a robar el helado. Cuando salimos a llamar ayuda, se encerró solo. Creo que está... enfermo.
Martínez fue declarado "autor de hurto de helado" —porque había comido su dulce de leche sin pagar antes de correr al baño— y se le prohibió la entrada al local.
Marisol renunció dos días después. "Para evitar el despido justificado", dijo, aunque en realidad fue porque Cecilia y yo le propusimos algo mejor: un trío permanente, en un departamento que pagaríamos entre las tres, donde ella podía estudiar de noche y nosotras podíamos vengarnos de otros hombres infieles.
Nunca supimos qué fue de Martínez. Escuché que Cecilia se divorció, se quedó con la casa, y que él tuvo que mudarse con su madre.
Y yo, corazón, saqué un 10 en Deontología Profesional.
Porque al final, aprendí la lección más importante: la ética es subjetiva, pero el placer de la venganza es absoluto.
FIN. 💋
Así que a continuación les presento el relato desde la perspectiva de nuestra amada protagonista:
💋 CAPÍTULO I: La Deontología de la Chupada
Mi relación con el Licenciado Martínez de Deontología Profesional no era exactamente sana, pero era eficiente. Dos veces por semana, después de su clase de las 18:00, me quedaba "repasando" en su oficina. Él cerraba la puerta con llave, yo me arrodillaba, y salía con un 9 o un 10 en el parcial.
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No era amor. Era barter. Sexo oral por notas, y las notas valían más que mi dignidad en ese momento de mi vida.
Esa tarde de martes, estaba en mi elemento. Rodillas en el piso de frío del baño de su oficina —porque ahí era donde hacíamos las "consultas" cuando quedaba el turno de limpieza— con su pene en mi boca, mi mano trabajando la base, mi técnica pulida por semestres de práctica. Martínez gemía con esa manera suya de intentar ser silencioso y fallando miserablemente.
Y entonces sonó el celular.
No lo ignoró. Nunca lo ignoraba. Lo atendió con naturalidad, como si no tuviera una estudiante de veintidós años succionándole el alma en el baño de la Facultad de Derecho.
—¿Sí, amor? —dijo.
Yo me congelé. Literalmente. Mi boca dejó de moverse. Mis ojos, que miraban hacia arriba para ver su cara, vieron cómo él sonreía —esa sonrisa de "sí, cariño, estoy trabajando tardes"— mientras yo estaba ahí, en mis rodillas, con su pene a medio chupar.
Y entonces pasó lo inevitable.
Al apartarme, al intentar hablar, al querer gritarle "¿quién es tu amor, hijo de puta?", mi movimiento brusco coincidió con su propio movimiento instintivo, y un chorro de semen caliente me pegó directamente en el ojo izquierdo.

El dolor fue instantáneo. No el dolor físico —aunque ardía— sino el dolor existencial de estar ciega de un ojo por el semen de un hombre casado mientras él hablaba con su esposa sobre la cena.
Me levanté tambaleándome, ciega, buscando algo, anything, para limpiarme. Usé mi propia mano, esparciendo el líquido viscoso por mi mejilla, mi nariz, mi ceja. Debí parecer una pintura abstracta de la humillación.
Martínez cortó la llamada. Finalmente. Me miró —realmente me miró— y su expresión no fue de preocupación. Fue de... ¿fastidio?
—Lu, por favor —dijo, como si yo fuera el problema—. No hagas escándalo.
—¿Escándalo? —mi voz salió aguda, histérica—. ¿Quién es "amor", Martínez? ¿Quién te llama "amor" mientras yo te chupo el pene?
Se ajustó los pantalones con esa eficiencia de quien está acostumbrado a vestirse rápido después del pecado. Suspiró. Esa clase de suspiro que los hombres hacen cuando creen que las mujeres estamos exagerando.
—Tengo esposa —dijo, como si fuera una novedad—. Cecilia. Llevamos ocho años casados. Queremos tener un hijo.
—¿Y? —escupí, todavía limpiándome la cara, todavía sintiendo su semen secándose en mi piel—. ¿Por qué me chupas a mí? ¿Por qué me pides que me quede después de clase?
Se quedó callado. Por primera vez, pareció avergonzado. No de lo que había hecho, sino de tener que explicarlo.
—Con ella no se me para —dijo, finalmente, mirando al piso sucio del baño—. No... no logro llegar al clímax. No como contigo. Tú eres... diferente.
"Diferente". Esa palabra. Esa maldita palabra que usan para justificar todo. No me amaba. No me respetaba. Solo mi boca funcionaba mejor que la de su esposa.
Me fui. Sin decir nada más. Con su semen todavía en mi ceja, con mis rodillas doloridas, con mi dignidad hecha pedazos en el piso de un baño universitario.
Pero mientras caminaba hacia la salida, con el frío de la noche golpeando mi rostro humillado, sentí algo más fuerte que la vergüenza: la rabia.
Y la rabia, corazón, es el mejor combustible para la venganza.
💋 CAPÍTULO II: La Alianza Improbable
Tres días después, le propuse hacer un video.
Martínez, ese hombre estúpido y arrogante, aceptó sin dudar. Claro que aceptó. Su ego no le permitía imaginar que yo pudiera tener motivos ocultos. En su cabecita, yo era simplemente una estudiante enamorada, o al menos obsesionada, dispuesta a cualquier cosa por su atención.
El video era simple: él me comería el coño. Un cunnilingus. Finalmente, después de meses de yo dando y él recibiendo, le tocaría servir.
Lo hicimos en su oficina, de noche, con la puerta cerrada. Yo estaba arriba de su escritorio, con las piernas abiertas, mi vagina expuesta a la cámara de mi celular que había posicionado estratégicamente. Martínez estaba abajo, entre mis piernas, su lengua trabajando con esa dedicación de quien sabe que está siendo filmado y quiere quedar bien.


Mientras gemía —fingiendo más de lo que sentía, porque la verdad es que su técnica era mediocre— yo alcanzaba su celular, que descansaba en el escritorio junto a su cabeza. Lo desbloqueé. Busqué WhatsApp. Encontré "Cecilia ❤️". Y le envié el contacto.
Luego borré el mensaje. Solo de su pantalla. El mío lo conservaba.
Esa noche, desde mi departamento, le escribí a Cecilia.
"Hola. Soy Lu. La estudiante con la que tu marido mea el piso del baño de la facultad. Tenemos que hablar."
La respuesta llegó a los cinco minutos: "Puta mentirosa. Bloqueada."
Pero yo estaba preparada. Tenía fotos. Muchas. De perfil, con su pene en mi boca, mostrando claramente su cara de placer. Desde abajo, viendo cómo me miraba mientras chupaba. Con la boca llena de su semen, sonriendo a la cámara.
Se las envié. Una por una.




El teléfono explotó. Mensajes de voz de Cecilia llorando, gritando, pidiendo detalles. Dónde, cuándo, por qué. Yo le conté todo. El acuerdo tácito, los baños, las notas, el "amor" que escuché esa tarde.
Y entonces, algo inesperado pasó.
Cecilia me escribió: "Quiero verte. En persona. Necesito saber si eres real."
Quedamos en un jardín público, lejos de la facultad, lejos de su casa. Cuando la vi, me sorprendió. No era la esposa traicionada de los dramas. Era una mujer de treinta y tantos, pelo castaño, ojos cansados, con una energía de "he aguantado demasiado".
—Es más joven de lo que pensé —dijo, sentándose frente a mí.
—Es más viejo de lo que aparenta —respondí.
Nos miramos. Y de repente, sin razón lógica, ambas nos reímos. Una risa amarga, de complicidad, de "qué hijo de puta".
—Quiero divorciarme —dijo Cecilia—. Pero quiero que sufra primero.
—Yo quiero que sepa que no soy su juguete —dije yo.
—Es un animal de costumbres —dijo ella, pensativa—. Todos los jueves va a la misma heladería. Se sienta en la misma mesa. Pide el mismo sabor: dulce de leche granizado.
Nos miramos. Y en esa mirada, sin decirlo en voz alta, nació el plan.
💋 CAPÍTULO III: La Heladería del Infierno
El jueves siguiente, a las 19:30, Cecilia y yo entramos a "Grido", la heladería de la esquina de la facultad.
Martínez estaba ahí. En su mesa. Comiendo su dulce de leche granizado, revisando papeles de la facultad, inconsciente del mundo.
Nos vio entrar juntas.
Su cara... corazón, su cara fue un poema. Primero confusión. Luego reconocimiento. Luego pánico puro, absoluto, animal.
Se levantó tan rápido que tiró el helado. Corrió hacia el fondo, hacia los baños, y se encerró con llave.
Cecilia y yo nos miramos. Y nos reímos. Una risa fuerte, liberadora, de mujeres que finalmente tenían el poder.
—Vamos —dije.
Corrimos hacia el baño. Él estaba adentro, jadeando, probablemente pensando en escapar por la ventana imposiblemente pequeña.
—¡Sal, cobarde! —gritó Cecilia, golpeando la puerta.
—¡Llámame cuando tu mujer te deje chuparla, Martínez! —grité yo, pateando la madera.
Y entonces hicimos lo inevitable. Agarramos una silla de metal —una de esas incómodas que ponen en las heladerías— y la trabamos contra la puerta del baño, encajándola bajo el picaporte. Jurassic Park. El profesor atrapado en el baño de una heladería, con su ex amante y su esposa furiosas afuera.
—¡Están locas! —gritaba él desde adentro—. ¡Salgan de mi heladería!
—¡Tu heladería! —escupió Cecilia—. ¡Ni siquiera es tuya, pelotudo!
Fue entonces cuando apareció ella.
La empleada. Una chica de veintitantos, pelo teñido de rubio mal hecho, ojeras de turno de tarde, uniforme de poliéster azul con el logo de "Grido" descolorido. Salió de la cocina con una espátula de helado en la mano, viendo la escena: dos mujeres elegantes —yo en jean y remera negra, Cecilia en vestido de oficina— barricando el baño con una silla.
—¿Qué... qué hacen? —tartamudeó la empleada—. ¿Por qué traban el baño?
—Este señor nos debe plata —mentí, rápida—. Es una deuda vieja.

—Pero... pero si rompen algo me lo descuentan del sueldo —dijo la empleada, y su voz tembló genuinamente. Ese miedo al descuento, corazón, es el miedo más argentino que existe.
Cecilia y yo nos miramos. Y algo pasó. Algo en la mirada de la empleada —no era solo miedo, era curiosidad, era el brillo de quien está aburrida de su trabajo y ve una posibilidad de caos— hizo que ambas sonriéramos.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—...Marisol —respondió.
—Marisol —dije, acercándome—. No vamos a romper nada. Pero necesitamos que cierres la tienda por diez minutos.
—¿Cerrar? Pero si cierro me despiden...
—No cerrarás oficialmente —interrumpió Cecilia, con una voz autoritaria que seguramente usaba en su trabajo de administrativa—. Solo... no atenderás. Deja el cartel de "vuelvo en cinco minutos". Y ven con nosotras.
Marisol nos miró. Nos miró a la puerta del baño, donde Martínez seguía gritando. Y algo en ella —quizás el aburrimiento, quizás la envidia de ver a dos mujeres haciendo lo que ella nunca se atrevió— hizo que asintiera.
Fue a la puerta. Giró el cartel. Corrió las cortinas de metal hasta la mitad, dejando la heladería en penumbra.
Y cuando volvió, yo estaba ahí, muy cerca, oliendo su perfume a jabón barato y helado de vainilla.
—Gracias —susurré.
Y la besé.

No fue un beso de romance. Fue un beso de guerra. De "estamos juntas en esto". De "el enemigo de mi enemigo es mi amante provisional". Marisol respondió después de dos segundos de shock, y luego respondió bien, apretando su cuerpo contra el mío, dejando caer la espátula de helado al piso con un ruido metálico.
Cecilia nos observaba, y vi cómo su mano bajaba a su propia entrepierna, rozándose sobre la tela del vestido.

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—Ven —dije a Marisol, rompiendo el beso—. Ven acá.
La llevé hacia el mostrador de helados. La senté en el borde. Y me arrodillé.
—¿Qué... qué haces? —jadeó Marisol.
—Cobrando mi deuda —respondí, y le bajé los pantalones del uniforme.
No llevaba bragas. Una chica que trabaja de pie ocho horas no usa bragas con poliéster. Su vagina estaba húmeda —ya estaba excitada, corazón, desde que vio el caos— y olía a jabón, a sudor honesto, a mujer trabajadora.

Metí la lengua sin preámbulos. Marisol gritó. Un grito que seguramente escuchó Martínez en su baño de cristal, porque dejó de golpear la puerta por un segundo, confundido.

—¡Más fuerte! —gritó Marisol, y sus manos agarraron mi pelo, y sus piernas se abrieron más—. ¡Dios, sí, así!
Era una puerca de primera, como dijiste. En cinco minutos, estaba desgarrando mi remera negra, rompiendo mis leggings con sus uñas —sí, rompiéndolos, haciendo un agujero justo para acceder— y metiendo su cara en mi vagina mientras yo seguía chupándola a ella.


Cecilia no se quedó atrás. Se acercó, se subió al mostrador, y se sentó en el borde, abriendo las piernas frente a nosotras.
—A mí también —ordenó, y su voz era la de una mujer que después de ocho años de matrimonio mediocre finalmente reclamaba su placer.
Marisol y yo nos alternamos. Yo chupaba a Cecilia, Marisol me chupaba a mí, luego cambiábamos. El helado se derretía en los envases cercanos, y en algún momento, Cecilia agarró una bocha de chocolate con la mano y la pasó por sus pechos.
—Límpienme —ordenó.

Lo hicimos. Marisol y yo, juntas, lamiendo el chocolate derretido de los pechos de Cecilia, mientras ella gemía mirando al techo, mientras sus manos agarraban nuestras cabezas y nos presionaban contra su piel.




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Y entonces vino lo mejor.
Cecilia agarró una bocha de dulce de leche —el sabor favorito de Martínez, ese hijo de puta— y la pasó por su vagina. La crema del cielo, decían en los avisos. Pero en ese momento era crema de vagina, de excitación, de venganza.

—Come —me ordenó—. Come el helado que mi marido nunca me compró.
Y me incliné. Y lamí. El dulce de leche mezclado con su humedad, con su rabia, con su liberación. Era el sabor más dulce y amargo que había probado.

Marisol, no queriendo quedarse atrás, agarró una bocha de frutilla y hizo lo mismo conmigo. Y así estuvimos, las tres, cubiertas de helado derretido, lamiéndonos unas a otras, gimiendo, riendo, mientras afuera, en el baño, Martínez escuchaba todo.
Escuchaba los gemidos de su esposa, que él nunca pudo provocar. Escuchaba a su ex amante chupando a una desconocida. Escuchaba la fiesta que se daba en su heladería favorita, sin él, por culpa de él.
💋 CAPÍTULO IV: El Final Congelado
La seguridad del municipio llegó veinte minutos después.
No llamaron la policía —no había delito visible— solo dos tipos con chalecos reflectantes que tocaban la puerta de la heladería cerrada.
—¿Qué pasa ahí? —gritó uno.
Nos separamos. Cecilia, Marisol y yo, mirándonos, cubiertas de helado, despeinadas, con la ropa rota, con las caras brillantes por los fluidos de todas.
—Nada —respondió Cecilia, bajando del mostrador con una elegancia que no se correspondía con su apariencia—. Solo estábamos probando el producto.
—La puerta estaba cerrada —dijo el guardia, confundido.
—Cerrada para el público —intervino Marisol, improvisando—. Reunión de personal.
Nos vestimos a toda prisa. Bueno, nos cubrimos como pudimos. Yo con los leggings rotos, Cecilia con el vestido manchado de chocolate, Marisol con el uniforme desabrochado.
Y antes de irnos, hicimos lo último.
Liberamos a Martínez.
Quitamos la silla. Abrimos la puerta del baño.
Él salió como un animal acorralado, despeinado, con los ojos rojos, oliendo seguramente a sexo en el aire, viendo el desastre: helado derretido en el mostrador, sillas movidas, cortinas corridas, y nosotras tres, juntas, sonriendo.
—Ellas... —empezó a decir a los guardias—. Ellas me encerraron... me hicieron... me obligaron...
Pero no había pruebas. No había video. Las cámaras de seguridad de "Grido" no funcionaban desde hacía meses —Marisol nos lo había dicho mientras nos vestíamos, entre risas—.
Y cuando los guardias preguntaron a Marisol qué pasaba, ella —mi puerca de primera, mi heroína— dijo:
—Este señor entró al baño y no quería salir. Decía que le íbamos a robar el helado. Cuando salimos a llamar ayuda, se encerró solo. Creo que está... enfermo.
Martínez fue declarado "autor de hurto de helado" —porque había comido su dulce de leche sin pagar antes de correr al baño— y se le prohibió la entrada al local.
Marisol renunció dos días después. "Para evitar el despido justificado", dijo, aunque en realidad fue porque Cecilia y yo le propusimos algo mejor: un trío permanente, en un departamento que pagaríamos entre las tres, donde ella podía estudiar de noche y nosotras podíamos vengarnos de otros hombres infieles.
Nunca supimos qué fue de Martínez. Escuché que Cecilia se divorció, se quedó con la casa, y que él tuvo que mudarse con su madre.
Y yo, corazón, saqué un 10 en Deontología Profesional.
Porque al final, aprendí la lección más importante: la ética es subjetiva, pero el placer de la venganza es absoluto.
FIN. 💋
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