La Colorada de Mendoza
Les voy a contar una historia, che. De esas que uno guarda en la memoria para cuando sea viejo y esté meando sentado. Arranca así: mi jermu, Bárbara, una hija de puta con todas las letras, me había dejado. Tres años de relación, un depto alquilado en mi ciudad, y un viernes a la noche me clavó el discurso de "necesito espacio" mientras me devolvía las llaves de mi propia casa. ¿Espacio? La muy turra ya se había conseguido un petiso del gimnasio, después me enteré. Pero esa es otra historia. Yo, con treinta pirulos recién cumplidos y el corazón hecho mierda, hice lo que cualquier tipo sensato haría: agarré los ahorros, pedí unos días en el laburo y me tomé un avión a Mendoza. Necesitaba aire, vino, y no pensar en Bárbara ni en cómo la concha de su hermana me había cagado la vida. Viste que en el sur el vino es caro y una porquería, así que quería probar el de verdad. Llegué un martes a la tarde, me instalé en un hostel cerca del centro, y al otro día me anoté en una excursión de viñedos. Una combi blanca, medio cascote, con un guía que se llamaba Marcelo y que hablaba como si estuviera vendiendo seguros. Subí y me senté en el fondo, al lado de la ventanilla, con la cabeza apoyada en el vidrio mirando la cordillera. Ahí la vi. Se subió después que yo, con una mochilita celeste y unos lentes de sol enormes que le tapaban medio carita. El pelo colorado, un rojo intenso, como el atardecer en la estepa, le caía en ondas hasta los hombros. Tendría veinte años, con esa piel blanca llena de pecas que parece que la pintaron a propósito. Se sentó al lado mío, porque era el único lugar libre, y me sonrió con unos dientes perfectos.


—¿Vas solo? —me preguntó, con una voz dulce, bien mendocina, arrastrando las eses. —Sí, me dejó mi jermu —le dije, sin filtro, porque cuando estás dolido no te importa nada. Se rió, una risa limpia, de verdad, no de compromiso. Y ahí arrancó todo. Se llamaba Jazmín, estudiaba diseño gráfico en la UNCuyo, y estaba de vacaciones de invierno. Su viejo tenía una bodega chica en Maipú y ella conocía el circuito de memoria, pero le gustaba ir igual, "para ver caras nuevas", me dijo, mirándome de una forma que me hizo olvidar por un segundo el nombre de Bárbara. La combi arrancó, con ese olor a nafta y a asiento de cuerina caliente, y empezamos a charlar. Me contó de sus viajes, yo le conté del viento del sur que te pela la cara, de los días eternos en la plataforma petrolera, de cómo es vivir en una ciudad donde el mar es gris y el frío te cala los huesos. Ella me escuchaba con atención, apoyando la mano en mi brazo cuando algo le causaba gracia, y a mí se me iba calentando la sangre, no solo por el sol que entraba por la ventanilla. Primera bodega: una casona vieja con parrales que daban una sombra rica. Bajamos todos, un grupo de turistas brasileros y una pareja de jubilados de Buenos Aires. Jazmín y yo nos pegamos como lapa. En la degustación, el tipo que atendía nos servía Malbec, Cabernet, y nosotros probábamos, haciendo caras de expertos, pero en realidad estábamos mirando las bocas del otro, riéndonos por pavadas. —Este tiene notas a frutos rojos —decía ella, con una copa en la mano, moviéndola como una sommelier profesional—. Y un toque a... ¿paja seca? No, a tabaco. —A mí me parece que tiene gusto a remedio —le decía yo, y ella se cagaba de risa, escupiendo un poco de vino. Segunda bodega, más moderna, con tanques de acero inoxidable y un frío que te pelaba. Pero entre el alcohol y la compañía, no sentía nada. Jazmín se había sacado los lentes y tenía los ojos más verdes que vi en mi vida, con unas pestañas largas que parecían postizas. Nos sentamos en una mesa alta, cerca de la barra, y ella me pasó su copa para que probara. —Este es mi favorito —me dijo, acercándoseme mucho, tanto que sentí el calor de su cuerpo—. Es un Torrontés, bien dulce. Tomé un sorbo, pero no sentí el sabor. Solo sentía su mirada fija en mí, y el roce de su rodilla contra la mía por debajo de la mesa. La tercera bodega era la más chica, una especie de casa familiar con un patio lleno de gatos y una señora gorda que nos hizo pasar a una sala con mesas largas para la degustación de aceite de oliva y aceitunas. Pan casero, aceite verde, aceitunas negras grandes como huevos de paloma. Jazmín y yo, ya bastante entonados, nos sentamos al fondo, separados del grupo. Ella mojaba el pan en el aceite y me lo acercaba a la boca. —Probá, es de la casa. Yo mordía el pan, mirándola, y ella sonreía, con esa carita de pendeja traviesa. El vino me había soltado la lengua y las manos, y en un momento dado, cuando el guía Marcelo estaba explicando algo de los olivares, ella me susurró al oído: —¿Viste el baño de mujeres? Está al fondo, al lado de la cocina. Mi corazón se aceleró. Le miré los ojos, buscando una señal de que era joda, pero ella me agarró la mano por debajo de la mesa y me apretó fuerte. —Andá, te espero ahí —me dijo, y se levantó, acomodándose la pollera. La vi caminar, con esas caderas moviéndose, y me pareció que el tiempo se ponía en cámara lenta. Conté hasta diez, fingiendo interés en la charla del guía, y después me excusé, diciendo que iba al baño. El pasillo era oscuro, con paredes de adobe y fotos viejas de vendimias. El baño de mujeres tenía la puerta entreabierta, y cuando empujé, la encontré a ella apoyada contra el lavatorio, con una sonrisa de oreja a oreja. —¿Viniste, eh? —me dijo, en un susurro. —¿Y vos creías que no? —le respondí, cerrando la puerta con llave. El baño era chico, con un inodoro, un lavatorio de cerámica blanca y un espejo con marco dorado. Oliendo a lavanda y a jabón barato. Jazmín se acercó a mí, me agarró de la remera y me pegó un beso que me hizo olvidar hasta mi nombre. Su boca sabía a vino dulce y a aceituna, y sus manos me recorrían el pecho, los brazos, la espalda. —Te tengo ganas desde que te vi en la combi —me confesó, separándose un segundo para mirarme a los ojos, con la respiración agitada. —Yo también, pendeja —le dije, y le volví a comer la boca. Mis manos le bajaron por la espalda, le agarraron el culo, que era chico pero firme, redondo, parado, les saqué las tetas afuera y se las mordió, me prendí a la izquierda como ternero recién parido .




Ella gimió, me alzó , se apoyó contra mi boca y me empujó contra la pared, con una fuerza que no le esperaba. Se arrodilló, sin decir nada, y me desabrochó el cinto, bajándome el jeans y la ropa interior de un tirón. Tenía la verga dura, como una piedra, y se le escapó una risita cuando la vio. —Uh, mirá lo que tenemos acá —dijo, y me la agarró con la mano, recorriéndola de la base a la punta, sintiendo las venas con los dedos. Yo le pasé la mano por el pelo colorado, suave, sedoso, y ella me miró desde abajo, con esos ojos verdes que me perforaban. Abrió la boca y me chupó la punta, despacio, saboreando, con la lengua haciendo círculos alrededor del glande. Después fue bajando, tomando más y más, hasta que me la metió entera en la boca, con una facilidad que me sorprendió. —¿Te gusta? —me preguntó, sacándosela un segundo, con un hilo de saliva que le colgaba del labio. —Sí, pendeja, no pares —le dije, agarrándole la cabeza con las dos manos, guiándola. Ella siguió, con un ritmo que me volvía loco, chupando fuerte, pasando la lengua por el frenillo, por los bordes. Me miraba, con los ojos cargados de lujuria, y yo sentía que me iba a desarmar. Le acariciaba la cara, le pasaba el pulgar por la mejilla, y ella cerraba los ojos, entregada, chupando como si fuera lo último que fuera a hacer en su vida. Me aguanté las ganas de acabar, porque no quería que fuera tan rápido. Le toqué el pelo, le di un tirón suave, y ella entendió. Se levantó, con las mejillas coloradas, y se dio vuelta, apoyándose en el lavatorio, levantándose la pollera. No tenía bombacha. —¿Y esto? —le pregunté, pasándole la mano por el culo, sintiendo la piel suave y caliente. —Me la saqué en la combi —me confesó, riéndose—. Sabía que esto iba a pasar. Le metí los dedos entre las nalgas, y la encontré mojada, empapada, con la concha caliente y suave, sin un solo pelo. Le recorrí los labios con los dedos, separándolos, sintiendo el clítoris duro, pulsante. Ella gimió, empujando el culo hacia atrás, buscando más. —Dale, metémela —me pidió, con la voz ronca. Me paré detrás de ella, le agarré las caderas con las dos manos, y le apoyé la punta de la verga en la entrada. Estaba resbaladiza, lista. Empujé, despacio, y ella abrió la boca en un gemido mudo, sintiendo cómo la iba llenando centímetro a centímetro. —Ay, por favor —suplicó. Le di una embestida completa, hasta el fondo, y ella se agarró del borde del lavatorio, arqueando la espalda, ofreciéndose. Empecé a movernos, primero lento, sintiendo cada centímetro de su interior, apretado, caliente, húmedo. Después fui acelerando, con más fuerza, con más ganas, y ella gemía fuerte, sin importarle que alguien pudiera escucharla. —Dale, dale, no pares —me decía, con la cara reflejada en el espejo, los ojos cerrados, la boca abierta. Le agarré el pelo colorado con una mano, tirando hacia atrás, y le di una nalgada bien fuerte en el orto. Me vine enseguida, obviamente todo adentro y me hice el boludo y la saqué al final (total me dijo que tomaba pastillas) y le tiré el último wascazo en los pantalones que tenía en los tobillos.
3 minutos dure jajajaj re choto. A la vuelta en la combi se me paró de nuevo, pero la pendeja se quedó sentada con otra mina y se sentó un viejo al lado mío (le daba al viejo boeee). Así que nada.
Reflexionando esta bomba seguramente buscaría chongos ocasionales así.
Primero de varios episodios reales, ya que estuve muchos años soltero.
Si le ponen en favoritos al menos denle puntos y síganme así no se pierden próximos relatos
Les voy a contar una historia, che. De esas que uno guarda en la memoria para cuando sea viejo y esté meando sentado. Arranca así: mi jermu, Bárbara, una hija de puta con todas las letras, me había dejado. Tres años de relación, un depto alquilado en mi ciudad, y un viernes a la noche me clavó el discurso de "necesito espacio" mientras me devolvía las llaves de mi propia casa. ¿Espacio? La muy turra ya se había conseguido un petiso del gimnasio, después me enteré. Pero esa es otra historia. Yo, con treinta pirulos recién cumplidos y el corazón hecho mierda, hice lo que cualquier tipo sensato haría: agarré los ahorros, pedí unos días en el laburo y me tomé un avión a Mendoza. Necesitaba aire, vino, y no pensar en Bárbara ni en cómo la concha de su hermana me había cagado la vida. Viste que en el sur el vino es caro y una porquería, así que quería probar el de verdad. Llegué un martes a la tarde, me instalé en un hostel cerca del centro, y al otro día me anoté en una excursión de viñedos. Una combi blanca, medio cascote, con un guía que se llamaba Marcelo y que hablaba como si estuviera vendiendo seguros. Subí y me senté en el fondo, al lado de la ventanilla, con la cabeza apoyada en el vidrio mirando la cordillera. Ahí la vi. Se subió después que yo, con una mochilita celeste y unos lentes de sol enormes que le tapaban medio carita. El pelo colorado, un rojo intenso, como el atardecer en la estepa, le caía en ondas hasta los hombros. Tendría veinte años, con esa piel blanca llena de pecas que parece que la pintaron a propósito. Se sentó al lado mío, porque era el único lugar libre, y me sonrió con unos dientes perfectos.


—¿Vas solo? —me preguntó, con una voz dulce, bien mendocina, arrastrando las eses. —Sí, me dejó mi jermu —le dije, sin filtro, porque cuando estás dolido no te importa nada. Se rió, una risa limpia, de verdad, no de compromiso. Y ahí arrancó todo. Se llamaba Jazmín, estudiaba diseño gráfico en la UNCuyo, y estaba de vacaciones de invierno. Su viejo tenía una bodega chica en Maipú y ella conocía el circuito de memoria, pero le gustaba ir igual, "para ver caras nuevas", me dijo, mirándome de una forma que me hizo olvidar por un segundo el nombre de Bárbara. La combi arrancó, con ese olor a nafta y a asiento de cuerina caliente, y empezamos a charlar. Me contó de sus viajes, yo le conté del viento del sur que te pela la cara, de los días eternos en la plataforma petrolera, de cómo es vivir en una ciudad donde el mar es gris y el frío te cala los huesos. Ella me escuchaba con atención, apoyando la mano en mi brazo cuando algo le causaba gracia, y a mí se me iba calentando la sangre, no solo por el sol que entraba por la ventanilla. Primera bodega: una casona vieja con parrales que daban una sombra rica. Bajamos todos, un grupo de turistas brasileros y una pareja de jubilados de Buenos Aires. Jazmín y yo nos pegamos como lapa. En la degustación, el tipo que atendía nos servía Malbec, Cabernet, y nosotros probábamos, haciendo caras de expertos, pero en realidad estábamos mirando las bocas del otro, riéndonos por pavadas. —Este tiene notas a frutos rojos —decía ella, con una copa en la mano, moviéndola como una sommelier profesional—. Y un toque a... ¿paja seca? No, a tabaco. —A mí me parece que tiene gusto a remedio —le decía yo, y ella se cagaba de risa, escupiendo un poco de vino. Segunda bodega, más moderna, con tanques de acero inoxidable y un frío que te pelaba. Pero entre el alcohol y la compañía, no sentía nada. Jazmín se había sacado los lentes y tenía los ojos más verdes que vi en mi vida, con unas pestañas largas que parecían postizas. Nos sentamos en una mesa alta, cerca de la barra, y ella me pasó su copa para que probara. —Este es mi favorito —me dijo, acercándoseme mucho, tanto que sentí el calor de su cuerpo—. Es un Torrontés, bien dulce. Tomé un sorbo, pero no sentí el sabor. Solo sentía su mirada fija en mí, y el roce de su rodilla contra la mía por debajo de la mesa. La tercera bodega era la más chica, una especie de casa familiar con un patio lleno de gatos y una señora gorda que nos hizo pasar a una sala con mesas largas para la degustación de aceite de oliva y aceitunas. Pan casero, aceite verde, aceitunas negras grandes como huevos de paloma. Jazmín y yo, ya bastante entonados, nos sentamos al fondo, separados del grupo. Ella mojaba el pan en el aceite y me lo acercaba a la boca. —Probá, es de la casa. Yo mordía el pan, mirándola, y ella sonreía, con esa carita de pendeja traviesa. El vino me había soltado la lengua y las manos, y en un momento dado, cuando el guía Marcelo estaba explicando algo de los olivares, ella me susurró al oído: —¿Viste el baño de mujeres? Está al fondo, al lado de la cocina. Mi corazón se aceleró. Le miré los ojos, buscando una señal de que era joda, pero ella me agarró la mano por debajo de la mesa y me apretó fuerte. —Andá, te espero ahí —me dijo, y se levantó, acomodándose la pollera. La vi caminar, con esas caderas moviéndose, y me pareció que el tiempo se ponía en cámara lenta. Conté hasta diez, fingiendo interés en la charla del guía, y después me excusé, diciendo que iba al baño. El pasillo era oscuro, con paredes de adobe y fotos viejas de vendimias. El baño de mujeres tenía la puerta entreabierta, y cuando empujé, la encontré a ella apoyada contra el lavatorio, con una sonrisa de oreja a oreja. —¿Viniste, eh? —me dijo, en un susurro. —¿Y vos creías que no? —le respondí, cerrando la puerta con llave. El baño era chico, con un inodoro, un lavatorio de cerámica blanca y un espejo con marco dorado. Oliendo a lavanda y a jabón barato. Jazmín se acercó a mí, me agarró de la remera y me pegó un beso que me hizo olvidar hasta mi nombre. Su boca sabía a vino dulce y a aceituna, y sus manos me recorrían el pecho, los brazos, la espalda. —Te tengo ganas desde que te vi en la combi —me confesó, separándose un segundo para mirarme a los ojos, con la respiración agitada. —Yo también, pendeja —le dije, y le volví a comer la boca. Mis manos le bajaron por la espalda, le agarraron el culo, que era chico pero firme, redondo, parado, les saqué las tetas afuera y se las mordió, me prendí a la izquierda como ternero recién parido .




Ella gimió, me alzó , se apoyó contra mi boca y me empujó contra la pared, con una fuerza que no le esperaba. Se arrodilló, sin decir nada, y me desabrochó el cinto, bajándome el jeans y la ropa interior de un tirón. Tenía la verga dura, como una piedra, y se le escapó una risita cuando la vio. —Uh, mirá lo que tenemos acá —dijo, y me la agarró con la mano, recorriéndola de la base a la punta, sintiendo las venas con los dedos. Yo le pasé la mano por el pelo colorado, suave, sedoso, y ella me miró desde abajo, con esos ojos verdes que me perforaban. Abrió la boca y me chupó la punta, despacio, saboreando, con la lengua haciendo círculos alrededor del glande. Después fue bajando, tomando más y más, hasta que me la metió entera en la boca, con una facilidad que me sorprendió. —¿Te gusta? —me preguntó, sacándosela un segundo, con un hilo de saliva que le colgaba del labio. —Sí, pendeja, no pares —le dije, agarrándole la cabeza con las dos manos, guiándola. Ella siguió, con un ritmo que me volvía loco, chupando fuerte, pasando la lengua por el frenillo, por los bordes. Me miraba, con los ojos cargados de lujuria, y yo sentía que me iba a desarmar. Le acariciaba la cara, le pasaba el pulgar por la mejilla, y ella cerraba los ojos, entregada, chupando como si fuera lo último que fuera a hacer en su vida. Me aguanté las ganas de acabar, porque no quería que fuera tan rápido. Le toqué el pelo, le di un tirón suave, y ella entendió. Se levantó, con las mejillas coloradas, y se dio vuelta, apoyándose en el lavatorio, levantándose la pollera. No tenía bombacha. —¿Y esto? —le pregunté, pasándole la mano por el culo, sintiendo la piel suave y caliente. —Me la saqué en la combi —me confesó, riéndose—. Sabía que esto iba a pasar. Le metí los dedos entre las nalgas, y la encontré mojada, empapada, con la concha caliente y suave, sin un solo pelo. Le recorrí los labios con los dedos, separándolos, sintiendo el clítoris duro, pulsante. Ella gimió, empujando el culo hacia atrás, buscando más. —Dale, metémela —me pidió, con la voz ronca. Me paré detrás de ella, le agarré las caderas con las dos manos, y le apoyé la punta de la verga en la entrada. Estaba resbaladiza, lista. Empujé, despacio, y ella abrió la boca en un gemido mudo, sintiendo cómo la iba llenando centímetro a centímetro. —Ay, por favor —suplicó. Le di una embestida completa, hasta el fondo, y ella se agarró del borde del lavatorio, arqueando la espalda, ofreciéndose. Empecé a movernos, primero lento, sintiendo cada centímetro de su interior, apretado, caliente, húmedo. Después fui acelerando, con más fuerza, con más ganas, y ella gemía fuerte, sin importarle que alguien pudiera escucharla. —Dale, dale, no pares —me decía, con la cara reflejada en el espejo, los ojos cerrados, la boca abierta. Le agarré el pelo colorado con una mano, tirando hacia atrás, y le di una nalgada bien fuerte en el orto. Me vine enseguida, obviamente todo adentro y me hice el boludo y la saqué al final (total me dijo que tomaba pastillas) y le tiré el último wascazo en los pantalones que tenía en los tobillos.
3 minutos dure jajajaj re choto. A la vuelta en la combi se me paró de nuevo, pero la pendeja se quedó sentada con otra mina y se sentó un viejo al lado mío (le daba al viejo boeee). Así que nada.
Reflexionando esta bomba seguramente buscaría chongos ocasionales así.
Primero de varios episodios reales, ya que estuve muchos años soltero.
Si le ponen en favoritos al menos denle puntos y síganme así no se pierden próximos relatos
0 comentarios - Mis viajes de soltero. capítulo uno