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Mi novia me va a dejar seco 2

Me vi al espejo y el pánico se me heló en la sangre. Mis pómulos afilados parecían cuchillos bajo la piel pálida, las costillas se marcaban como un mapa de carreteras sobre mi tórax y mis manos temblaban sin control al apoyarme en el lavamanos. A mi espalda, en la cama, Laura suspiraba, un sonido gutural y húmedo que hablaba de sueños obscenos, de piernas abiertas y carne hambrienta. No podía seguir así. Si intentaba satisfacerla esa noche, probablemente tendría un paro cardíaco encima de ella. Necesitaba un plan, una solución desesperada para mi propia supervivencia.

La idea me golpeó como un rayo, brillante y retorcida. Si yo no podía con ella, buscaría a alguien que pudiera. Mientras Laura dormía su siesta profunda y reparadora, me senté frente a la computadora con las manos todavía temblando. Busqué en la web, en foros de servicios sexuales masculinos, filtrando con criterios específicos y crueles. No quería chicos jóvenes e inexpertos; necesitaba bestias, hombres con experiencia que pudieran dominarla. Encontré un perfil que prometía "servicios de pareja para damas exigentes". Eran dos tipos, ambos rondando los cincuenta años, con cuerpos de acero forjado, buena presentación y, lo más importante, fotos que dejaban claro que estaban dotados de vergas descomunales, capaces de reventar a cualquiera. Los contraté de inmediato para esa misma tarde, pagando una fortuna por discreción y resistencia. Sería mi sorpresa para ella.

Horas más tarde, la puerta se abrió. Laura entró del trabajo con esa mirada que ya conocía demasiado bien, los ojos inyectados en sangre, la respiración agitada, como si el aire de la oficina no le bastara. Ni siquiera me saludó; me empujó contra la pared de la entrada, sus manos aferrando mi pantalón, buscando mi miembro flácido y agotado.

—Aquí, ahora —gruñó, lamiéndome el cuello con urgencia.

La detuve con más fuerza de la que creía tener. Le agarré las muñecas y las aparté, apartándome un paso.

—No, Laura. No hoy aquí —le dije, intentando que mi voz no temblara—. Tengo algo para ti. Algo mejor.

Ella parpadeó, confundida, el deseo convirtiéndose momentáneamente en frustración, pero la curiosidad ganó. Me siguió por el pasillo, sus tacones resonando contra el suelo de madera mientras yo sentía el corazón golpeándome las costillas como un pájaro enjaulado. Llegamos a la puerta del dormitorio principal. Puse la mano en el pomo y me giré a mirarla una última vez.

—Confía en mí —susurré.

Abrí la puerta.

Allí estaban, en el centro de la habitación, iluminados por la luz tenue de la tarde que entraba por la ventana. Los dos hombres estaban completamente desnudos, sus cuerpos musculosos y maduros brillando ligeramente por el sudor anticipado. Sus vergas estaban erectas, gigantescas y palpitantes, apuntando hacia la puerta como dos cañones cargados. Laura se quedó paralizada, sus ojos fijos en aquellos dos troncos de carne que se ofrecían a ella.

—¿Qué coño es esto? —dijo ella, retrocediendo un paso—. ¿Qué carajos has hecho?

—Son para ti, Laura —le dije, acercándome y susurrándole al oído mientras mis manos bajaban a su cintura para desabrochar su falda—. Estoy roto, amor. No puedo darte lo que necesitas. No a este ritmo al menos. Ellos sí. Míralos. Están listos para destrozarte.

Ella miró a los hombres, luego me miró a mí, viendo mi propio estado demacrado, la debilidad en mis ojos. Su negativa murió en su garganta, reemplazada por una chispa de lujuria salvaje al ver el tamaño de las herramientas que la esperaban. Asintió, casi imperceptiblemente, y dejó que su falda cayera al suelo.

La cosa comenzó suave, una exploración táctil. Los dos hombres se acercaron, uno por cada lado, y sus manos grandes y rugosas comenzaron a recorrer el cuerpo de Laura. Ella cerró los ojos y gimió cuando uno de ellos le mordió el cuello mientras el otro le acariciaba las nalgas grandes y suaves. Pero la suavidad duró segundos. La atmósfera se cargó de feromonas y testosterona, y el control se rompió. Empujaron a Laura hacia la cama, y ella cayó de rodillas sobre el colchón, arqueando la espalda, ofreciéndose como un animal en celo.

Uno de ellos, el más alto y canoso, se colocó detrás de ella. Sin previo aviso, hundió su verga gigante en la concha de Laura de un solo golpe seco. Laura gritó, un sonido mezclado de dolor y placer puro, que cortó el aire de la habitación. El otro hombre no esperó; se arrodilló frente a ella y agarró su cabeza por el pelo, introduciendo su polla hasta el fondo de su garganta, obstruyendo sus gritos.

Me quedé de pie, junto a la puerta, observando. Me sentía aliviado y a la vez humillado, un espectador de mi propia vida. Pero lo que veía era hipnótico. El ritmo se aceleró hasta volverse una bestialidad pura. El hombre de atrás la golpeaba con tanta fuerza que el sonido de sus pelvis chocando contra las nalgas de Laura retumbaba como disparos. Laura se ahogaba con la verga del frente, pero no se retiraba; al contrario, intentaba tragarla más profunda, babando y jadeando.

—¡Más, malditos, denme más! —logró gritar entre embestidas, con la voz rasposa y llena de saliva.

Cambiaron de posiciones como si fueran muñecos. Pusieron a Laura boca arriba, con las piernas abiertas de par en par. El hombre canoso se metió entre sus piernas y volvió a clavarse en su concha, mientras el otro se subió sobre su cara, sentándose sobre ella para que ella le comiera el culo y las pelotas. El sudor empezó a chorrear de ellos tres, impregnando el cuarto con un olor a sexo crudo, salado y metálico. Laura era un torbellino, sus manos agarraban las sábanas, los brazos de los hombres, lo que fuera, mientras sus orgasmos estallaban uno tras otro, sin pausa, sin tregua.

Llegó el momento de la doble penetración. Voltearon a Laura sobre uno de ellos, que se introdujo en su ano con lentitud brutal, estirando el orificio hasta que parecía que iba a romperse. El otro se montó encima y, con la precisión de un cirujano, hundió su verga en su concha ya húmeda y abultada. Laura aulló, un sonido primitivo que hizo que se me erizara la piel de los brazos. Estaba llena, completamente repleta de carne. Los dos hombres comenzaron a moverse en sincronía, llenándola, usándola como un simple objeto de placer.

Fueron horas. El sol se puso y la habitación quedó en penumbra, iluminada solo por los cuerpos resbaladizos que chocaban entre sí. La cogieron como perros, de pie, contra la pared, en el suelo, en todas las poses imaginables y algunas que nunca había visto. Laura eyaculaba, chorreaba fluidos, sus pechos rebotaban violentamente con cada embestida. Su cuerpo ya no era el suyo; era un territorio conquistado, un campo de batalla cubierto de moretones, saliva y sudor.

Finalmente, los hombres comenzaron a llegar al límite. El de atrás gruñó y se clavó con fuerza, eyaculando dentro de su culo con tal cantidad que el semen se derramó por los bordes. El de frente se retiró y se masturbó violentamente frente a su cara abierta, cubriéndola de leche caliente, desde la frente hasta la barbilla, llenándole la boca y los ojos. Laura se tragó lo que pudo, limpiándose con los dedos y lamiéndolos con avidez.

Los dos hombres cayeron hacia atrás, agotados, sus pechos subiendo y bajando con dificultad, sus vergas flácidas y rojas por el uso excesivo. No podían más. Estaban destrozados.

Pero Laura no.

Se incorporó, temblando, cubierta de arriba abajo por el semen de dos extraños, el pelo pegado a la cara, el cuerpo brillante y hinchado por el uso. Se limpió los ojos y miró hacia mí, y luego miró a los hombres caídos en la cama. Su pecho todavía jadeaba, pero no era por cansancio; era por ansiedad. Abrió las piernas, mostrando sus agujeros abiertos y chorreando, y pasó la lengua por sus labios manchados de leche.

—¿Eso es todo? —preguntó, con una voz que sonaba más como una amenaza que como una pregunta—. ¿Eso es todo lo que trajiste?

Miré su cuerpo, la energía que irradiaba a pesar de la violación consentida que acababa de sufrir, y el terror volvió a apoderarse de mí. Dos hombres no serían suficientes. Dos hombres jamás serían suficientes para calmar ese fuego...

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