Mario se ajustó los pantalones y se dirigió a Juan con naturalidad, como quien despide a un invitado que ya ha cumplido su parte.
—Tú esta noche duermes en el sofá— dijo mientras se recogía el cinturón de la cabecera, liberando las muñecas de Penélope con un gesto brusco—. Yo me quedo aquí con ella. Así puedo usarla cuando me dé la gana durante la noche.
Penélope se frotó las muñecas marcadas, sin decir nada, el semen aún brillando sobre sus pechos y su barbilla. Juan se subió los pantalones lentamente, miró a su esposa una vez —ella no devolvió la mirada— y salió de la habitación cerrando la puerta detrás de él.
El sofá olía a sexo viejo. Juan se recostó con una almohada del salón y una manta fina, pero el sueño no llegó. A los veinte minutos, los ruidos comenzaron. Primero el chirrido del somier, después la voz grave de Mario:
—Abre las piernas, puta. Te dije que las abrieras.
Un gemido agudo de Penélope le respondió, seguido del golpe seco de carne contra carne. Juan cerró los ojos. El ritmo se intensificó —embestidas rápidas, húmedas, el sonido inconfundible de un coño empapado siendo follado sin tregua.
—Eres una zorra —gruñó Mario—.Mirate, con la leche de tu marido todavía en la cara, y aquí estás pidiéndome más.
Penélope gritó. No un grito de dolor —un alarido de placer que rebotó por el pasillo y se coló bajo la puerta del salón.
Pasaron las horas. Juan se quedó quieto en el sofá, escuchando. Mario no paraba. Cada vez que el ritmo se ralentizaba y Juan creía que por fin descansarían, la voz del viejo arrancaba de nuevo:
—Tírate boca arriba. Voy a follar esas tetas.
El ruido de la piel de Penélope apretando la verga de Mario, resbalando, húmeda de sudor y de lo que quedaba de semen anterior. Después, más gritos.
—Me vengo, me vengo, me vengo— Y la voz de Mario cortándola: —Te corres cuando yo te lo permita, guarra— Un silencio breve. Un gemido ahogado. Y otra vez el somier gritando, más fuerte, más rápido.
A las tres de la madrugada, Penélope tuvo un orgasmo tan intenso que su voz se quebró en un sollozo. Juan escuchó cómo Mario se reía.
—Otra vez, puta. ¿Cuántas van ya? ¿Cinco? ¿Seis?— No recibió respuesta, solo jadeos entrecortados y el chasquido de una palmada en un culo. A las cuatro, los ruidos se espaciaron. A las cuatro y media, volvieron a empezar. Juan no durmió.
La luz del sábado se coló por la persiana del salón. Juan se levantó con el cuerpo entumecido y los ojos hinchados, y caminó por el pasillo hasta la puerta de la habitación, que estaba entreabierta. Lo primero que vio fue la silla: una silla de madera junto a la ventana, donde Mario estaba sentado con las piernas abiertas, completamente desnudo, el vientre flácido cayendo sobre los muslos. Y Penélope, arrodillada entre sus piernas, con la espalda recta y los pechos enormes colgando pesadamente, frotándolos a lo largo de la verga de Mario. La piel de su pecho brillaba de saliva y de algo más —restos secos de la noche anterior—, y sus pezones estaban hinchados, oscuros, rozados por horas de uso. Mario tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos entrecerrados, una mano posada en la coronilla de Penélope.
—Así, zorra. Aprieta más con las tetas. Aprieta—
enélope obedeció, apretando sus pechos alrededor del miembro del viejo, deslizándolos arriba y abajo con un ritmo lento y constante. De pronto, se inclinó y tomó la punta en la boca, succionando con un chasquido húmedo, y luego volvió a usar sus pechos, alternando, mamando y frotando, mamando y frotando, con la dedicación mecánica de alguien que ha hecho lo mismo durante toda la noche.
Juan empujó la puerta un poco más. El chirrio de la bisagra alertó a Mario, que levantó la vista. Justo en ese instante, su cuerpo se tensó —los músculos de su vientre se contrajeron, su mano apretó el pelo de Penélope— y un gruñido gutural salió de su garganta. Penélope soltó sus pechos y abrió la boca, sacando la lengua, con los ojos cerrados. La primera descarga de semen le golpeó la mejilla izquierda, gruesa y blanca, resbalando hacia la mandíbula. La segunda fue a parar directamente sobre la lengua extendida. La tercera le manchó el labio superior y la nariz. Penélope permaneció inmóvil, con la boca abierta y la lengua fuera, esperando hasta que Mario terminó de convulsionar en la silla, los últimos hilos de leche goteando sobre su mentón.
Mario se reclinó, satisfecho, y miró a Juan desde la silla con una sonrisa desdentada.
—Hoy es sábado— dijo, como si estuviera hablando del clima—. Mi día libre. Así que me voy a quedar aquí todo el día con tu mujer.
Pasó la mano por el pelo de Penélope, limpiándose los dedos en su cabello negro.
—Voy a pasar todo el día haciéndole rusas y mamadas. Hasta que me canse—. Penélope no levantó la vista. Tenía la cara cubierta de semen, los ojos bajos, y tragó lo que tenía en la boca con un movimiento seco de la garganta. Entonces giró la cabeza hacia Juan, todavía arrodillada, con la leche goteándole por la mejilla, y le dijo con voz neutra: —Sal y cierra la puerta.
Juan dio un paso atrás. La puerta se cerró con un clic suave.
Durante las horas siguientes, desde el sofá, Juan escuchó. El chasquido rítmico de una mamada —lento, constante, interrumpido por la voz de Mario:
—Más abajo. Trágatela entera.
El sonido húmedo de los pechos de Penélope apretando una verga, deslizando, una y otra vez, con pausas breves donde solo se oía respirar. Después, de nuevo la boca: el gorgoteo de saliva, la tos ahogada de una garganta que se acomoda, y el gruñido de placer de Mario. A mediodía, un silencio de diez minutos —quizá comieron, quizá descansaron— y luego otra vez: el ruido inconfundible de una mamada profunda, los gemidos sordos de Penélope con la boca llena, y la voz del viejo insultándola.
—Putilla. Así. No pares.
Juan se quedó en el sofá, inmóvil, escuchando. A las tres de la tarde, el sonido de una rusa —piel contra piel, ritmo rápido, jadeos. A las cinco, otra mamada, más lenta, con pausas largas. A las siete, Mario se corrió otra vez: lo supo porque el viejo gruñó y la silla crujió. A las nueve de la noche, todavía se escuchaba el chasquido suave de los pechos de Penélope rodeando la verga de Mario, y la voz del viejo diciendo:
—Otra vez. Empieza otra vez.
—Tú esta noche duermes en el sofá— dijo mientras se recogía el cinturón de la cabecera, liberando las muñecas de Penélope con un gesto brusco—. Yo me quedo aquí con ella. Así puedo usarla cuando me dé la gana durante la noche.
Penélope se frotó las muñecas marcadas, sin decir nada, el semen aún brillando sobre sus pechos y su barbilla. Juan se subió los pantalones lentamente, miró a su esposa una vez —ella no devolvió la mirada— y salió de la habitación cerrando la puerta detrás de él.
El sofá olía a sexo viejo. Juan se recostó con una almohada del salón y una manta fina, pero el sueño no llegó. A los veinte minutos, los ruidos comenzaron. Primero el chirrido del somier, después la voz grave de Mario:
—Abre las piernas, puta. Te dije que las abrieras.
Un gemido agudo de Penélope le respondió, seguido del golpe seco de carne contra carne. Juan cerró los ojos. El ritmo se intensificó —embestidas rápidas, húmedas, el sonido inconfundible de un coño empapado siendo follado sin tregua.
—Eres una zorra —gruñó Mario—.Mirate, con la leche de tu marido todavía en la cara, y aquí estás pidiéndome más.
Penélope gritó. No un grito de dolor —un alarido de placer que rebotó por el pasillo y se coló bajo la puerta del salón.
Pasaron las horas. Juan se quedó quieto en el sofá, escuchando. Mario no paraba. Cada vez que el ritmo se ralentizaba y Juan creía que por fin descansarían, la voz del viejo arrancaba de nuevo:
—Tírate boca arriba. Voy a follar esas tetas.
El ruido de la piel de Penélope apretando la verga de Mario, resbalando, húmeda de sudor y de lo que quedaba de semen anterior. Después, más gritos.
—Me vengo, me vengo, me vengo— Y la voz de Mario cortándola: —Te corres cuando yo te lo permita, guarra— Un silencio breve. Un gemido ahogado. Y otra vez el somier gritando, más fuerte, más rápido.
A las tres de la madrugada, Penélope tuvo un orgasmo tan intenso que su voz se quebró en un sollozo. Juan escuchó cómo Mario se reía.
—Otra vez, puta. ¿Cuántas van ya? ¿Cinco? ¿Seis?— No recibió respuesta, solo jadeos entrecortados y el chasquido de una palmada en un culo. A las cuatro, los ruidos se espaciaron. A las cuatro y media, volvieron a empezar. Juan no durmió.
La luz del sábado se coló por la persiana del salón. Juan se levantó con el cuerpo entumecido y los ojos hinchados, y caminó por el pasillo hasta la puerta de la habitación, que estaba entreabierta. Lo primero que vio fue la silla: una silla de madera junto a la ventana, donde Mario estaba sentado con las piernas abiertas, completamente desnudo, el vientre flácido cayendo sobre los muslos. Y Penélope, arrodillada entre sus piernas, con la espalda recta y los pechos enormes colgando pesadamente, frotándolos a lo largo de la verga de Mario. La piel de su pecho brillaba de saliva y de algo más —restos secos de la noche anterior—, y sus pezones estaban hinchados, oscuros, rozados por horas de uso. Mario tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos entrecerrados, una mano posada en la coronilla de Penélope.
—Así, zorra. Aprieta más con las tetas. Aprieta—
enélope obedeció, apretando sus pechos alrededor del miembro del viejo, deslizándolos arriba y abajo con un ritmo lento y constante. De pronto, se inclinó y tomó la punta en la boca, succionando con un chasquido húmedo, y luego volvió a usar sus pechos, alternando, mamando y frotando, mamando y frotando, con la dedicación mecánica de alguien que ha hecho lo mismo durante toda la noche.
Juan empujó la puerta un poco más. El chirrio de la bisagra alertó a Mario, que levantó la vista. Justo en ese instante, su cuerpo se tensó —los músculos de su vientre se contrajeron, su mano apretó el pelo de Penélope— y un gruñido gutural salió de su garganta. Penélope soltó sus pechos y abrió la boca, sacando la lengua, con los ojos cerrados. La primera descarga de semen le golpeó la mejilla izquierda, gruesa y blanca, resbalando hacia la mandíbula. La segunda fue a parar directamente sobre la lengua extendida. La tercera le manchó el labio superior y la nariz. Penélope permaneció inmóvil, con la boca abierta y la lengua fuera, esperando hasta que Mario terminó de convulsionar en la silla, los últimos hilos de leche goteando sobre su mentón.
Mario se reclinó, satisfecho, y miró a Juan desde la silla con una sonrisa desdentada.
—Hoy es sábado— dijo, como si estuviera hablando del clima—. Mi día libre. Así que me voy a quedar aquí todo el día con tu mujer.
Pasó la mano por el pelo de Penélope, limpiándose los dedos en su cabello negro.
—Voy a pasar todo el día haciéndole rusas y mamadas. Hasta que me canse—. Penélope no levantó la vista. Tenía la cara cubierta de semen, los ojos bajos, y tragó lo que tenía en la boca con un movimiento seco de la garganta. Entonces giró la cabeza hacia Juan, todavía arrodillada, con la leche goteándole por la mejilla, y le dijo con voz neutra: —Sal y cierra la puerta.
Juan dio un paso atrás. La puerta se cerró con un clic suave.
Durante las horas siguientes, desde el sofá, Juan escuchó. El chasquido rítmico de una mamada —lento, constante, interrumpido por la voz de Mario:
—Más abajo. Trágatela entera.
El sonido húmedo de los pechos de Penélope apretando una verga, deslizando, una y otra vez, con pausas breves donde solo se oía respirar. Después, de nuevo la boca: el gorgoteo de saliva, la tos ahogada de una garganta que se acomoda, y el gruñido de placer de Mario. A mediodía, un silencio de diez minutos —quizá comieron, quizá descansaron— y luego otra vez: el ruido inconfundible de una mamada profunda, los gemidos sordos de Penélope con la boca llena, y la voz del viejo insultándola.
—Putilla. Así. No pares.
Juan se quedó en el sofá, inmóvil, escuchando. A las tres de la tarde, el sonido de una rusa —piel contra piel, ritmo rápido, jadeos. A las cinco, otra mamada, más lenta, con pausas largas. A las siete, Mario se corrió otra vez: lo supo porque el viejo gruñó y la silla crujió. A las nueve de la noche, todavía se escuchaba el chasquido suave de los pechos de Penélope rodeando la verga de Mario, y la voz del viejo diciendo:
—Otra vez. Empieza otra vez.
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