You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Esposa del anciano

Carmen tenía treinta y tres años y llevaba catorce casada con un anciano de la congregación. Catorce años de servicio, de reuniones, de predicar de puerta en puerta y de fingir que todo estaba bien.


Esa noche de lunes, su esposo llegó exhausto del trabajo, comió mecánicamente lo que ella le había preparado, se duchó y volvió a salir casi sin mirarla.

—Carmen, la niña se quedó con tu mamá cuidando a la abuela. No me esperes despierta —dijo mientras ajustaba su corbata—. Tengo un asunto importante con los hermanos. Volveré tarde.

La puerta se cerró. El silencio de la casa cayó sobre ella como una losa.

Se miró en el espejo del baño. El cabello castaño le caía sobre los hombros, los labios rosados y carnosos. Se sentía invisible. Una buena esposa, una buena madre, una hermana ejemplar… y una mujer sexualmente muerta desde hacía más de diez años.

Todo había empezado con pequeñas grietas. Al principio solo se tocaba en silencio por las noches, mordiendo la almohada. Pero hacía más de un año que había descubierto el porno en secreto. Cuando su esposo dormía, cuando la niña estaba en la escuela o en las reuniones, buscaba videos prohibidos en su teléfono con el volumen casi a cero. Veía mujeres siendo folladas con fuerza, tratadas como putas, penetradas por todos lados. Cada video la dejaba más mojada y más culpable. Sabía que Jehová la estaba viendo, pero ya no podía parar.

Esa noche la frustración explotó.
Se quitó la blusa modesta con manos temblorosas. Sus pechos pesados quedaron libres bajo un top fino. Se los apretó con fuerza, pellizcando los pezones hasta que un gemido escapó de su garganta.


—Jehová, perdóname… —susurró, con la voz rota—. Pero ya no aguanto más necesito ser follada de verdad.

Se puso la única bata que tenía de encaje negro transparente, sin nada debajo. La tela se adhería a sus curvas, dejando ver claramente sus pezones oscuros y el monte depilado entre sus piernas. Ni siquiera se miró dos veces. Solo quería sentirse deseada, aunque fuera por un momento.

A las nueve en punto sonó el timbre.
Bajó las escaleras descalza, envuelta solo en esa bata. Cuando abrió la puerta, me quedé congelado.

La luz del pasillo iluminaba su cuerpo sin piedad. Todo se transparentaba: los pechos grandes y pesados, los pezones erectos, la curva de sus caderas y el sexo completamente visible. Carmen aún no se había dado cuenta de lo obvio.

—Hermano… qué sorpresa —dijo con una sonrisa nerviosa, mordiéndose el labio inferior—. Pensé que era otro hermano. Pasa, por favor.

Le entregué los materiales y folletos que me había pedido su esposo, pero ninguno de los dos se movió hacia la sala. Sus ojos bajaron un segundo y entonces se dio cuenta. Se sonrojó violentamente, hasta las orejas.

—Dios mío… —murmuró, pero en lugar de cubrirse, su respiración se aceleró. Sus muslos se apretaron uno contra el otro.

Se hizo un silencio cargado. Luego, con voz ronca y temblorosa, confesó:
—Hace más de diez años que mi esposo casi no me toca… Llego a casa, cuido a mi hija, limpio, cocino, voy a las reuniones… y por las noches me acuesto mojada, frustrada. Empecé a ver porno a escondidas… videos donde las mujeres son folladas sin piedad. Ya no quiero ser buena. Quiero que me follen como a una puta.

Me acerqué lentamente. Le levanté la barbilla con dos dedos y la besé. Carmen gimió contra mi boca como si llevara años esperando ese beso. Su cuerpo se pegó al mío, desesperado. Mis manos bajaron por su espalda y le agarraron el culo por encima de la bata fina.

La llevé hasta el sofá sin dejar de besarla. Le abrí la bata y devoré sus pechos: los chupé, los mordí, los amasé con fuerza mientras ella gemía y se retorcía. Metí dos dedos en su coño empapado. Estaba chorreando.

—Fóllame… —suplicó entre gemidos—. Por favor… necesito sentir una polla de verdad.
La penetré despacio al principio, disfrutando cómo su coño apretaba cada centímetro. Luego la follé con fuerza, sus tetas rebotando salvajemente mientras ella se las apretaba y me las ofrecía.
Esposa del anciano

esposa puta


—¡Más fuerte! ¡Así! Mi marido nunca me ha follado así…
Se corrió con violencia, apretándome el miembro y gritando contra mi cuello.

No le di tregua. La subí a la cama matrimonial —la cama que compartía con su esposo— y la puse en cuatro. La follé duro por detrás, dándole nalgadas que dejaban marcas rojas mientras tiraba de su cabello.
hotwife

putita

puta


Carmen estaba desatada con tremenda follada qué le estaba dando hice que se corriera. Y yo también me corri en su coño.
cornudo

Pero a pesar de eso no le di tregua y la puse nuevamente en cuatro para separar sus nalgas.

Cuando le separé las nalgas y pasé la lengua por su culito virgen, dio un respingo.
—¿Qué… qué haces? Nadie nunca…
—Hoy vas a sentir lo que es ser follada como una puta, carmen.

La preparé con paciencia: lengua, dedos, sus propios jugos. Ella gemía como una perra en celo, empujando su culo contra mi cara, completamente entregada.

Cuando puse la cabeza de mi polla en su entrada trasera y empecé a entrar, Carmen soltó un grito ahogado, mordiendo la almohada.
—Despacio… es mi primera vez… Ay, Jehová, perdóname…
Poco a poco la penetré hasta el fondo. Su culito virgen me apretaba de una forma increíble. Empecé a follarla con ritmo creciente. Carmen pasó del dolor al placer más sucio.
testigo de jehova


—¡Sí! ¡Fóllame el culo! ¡Úsame! ¡Soy tu puta!
religiosa

Esposa del anciano

esposa puta


Mientras la follaba por atrás, metí dos dedos en su coño y le froté el clítoris. Tuvo un orgasmo anal devastador, temblando y gritando, apretándome tan fuerte que me corrí dentro de ella, llenándole el culo con chorros calientes.
Se derrumbó sobre la cama, sudada, con las marcas de mis manos en las tetas y semen escapando de ambos agujeros.
hotwife

putita

puta

cornudo

testigo de jehova

religiosa


Después de un largo silencio, giró la cabeza y me miró con una sonrisa cansada pero satisfecha, peligrosa.

—Gracias pero esto que me hiciste no puede ser de una sola vez tenemos que repetirlo… —susurró—. Ahora soy tu puta secreta, hermano.

Ese día me fui de su casa como a las 12 de la noche pero ahí no quedo todo más adelante les contaré otras cogidas qué le di a carmen.

0 comentarios - Esposa del anciano