Él era dueño de una galaxia entera, una criatura imponente de piel verde y escamosa; ella, Silvia Olguín, solo una chica insegura de 20 años atrapada en los confines de su nave. Pero sus manos, a pesar de las garras de él y la delicadeza de ella, parecían haber sido hechas como piezas exactas para encajar una con otra, con los dedos entrelazados para no separarse jamás en la inmensidad del espacio.
Era una tarde fría en la Tierra, pero dentro de la cabina de abducción el ambiente era cálido, iluminado por luces de neón alienígenas. Una atmósfera ideal para entregarse al deseo, por eso se encontraba Silvia y su captor marciano en esa exótica habitación flotante.
Estaban acostados en la plataforma biológica, desnudos y abrazados.
Silvia se despertó; el marciano todavía estaba durmiendo. Lo miró y se dio cuenta de que, a pesar de su naturaleza de otro mundo, él era lo más hermoso de su vida. Lo besó repetidas veces en sus mejillas cubiertas de finas escamas verdosas y le recorrió con sus manos los fuertes y exóticos pectorales.
Le tocó la barbilla, donde la textura de su piel alienígena la fascinaba, esa que tanto le gustaba y que lo hacía más atractivo y magnético que cualquier otro hombre de este mundo humano.
Apoyó la cabeza en su pecho texturizado y, luego de unos minutos, sintió una mano de largos dedos alienígenas que le acariciaba su cabello negro con total ternura.
Silvia levantó la vista hacia él y sus miradas se encontraron. El marciano la observó con sus profundos ojos oscuros.
—Hola, mi vida —le dijo él en un susurro, con una voz extrañamente melodiosa que resonó en su mente.
—Hola, mi rey —respondió Silvia.
—¿Qué hora es en tu planeta?
—Las 6 de la tarde.
—Dormimos mucho.
—Sí, es verdad, pero aún tengo ganas de ti —le soltó ella de repente.
Silvia se acostó arriba de su amante marciano y lo besó en los labios, demostrándole todo su amor y rompiendo cualquier barrera entre sus especies.
Él puso sus cálidas manos de piel verde en la desnuda espalda de Silvia y la acarició hasta llegar a la zona de sus nalgas; cuando llegó a esa parte, la apretó fuertemente con la firmeza de su fuerza extraterrestre, y el beso se hizo más ardiente.
A Silvia le encantaban sus besos, con la textura escamosa rozando su mejilla; le encantaba la presión de esas manos de otro mundo contra sus nalgas. En este momento se estaban besando muy delicioso.
Él siguió presionando su trasero y deslizó uno de sus largos dedos por el mismo para introducirlo en su agujero.
Pero Silvia se inclinó, llegó a la zona de su anatomía alienígena, tomó su gran miembro con ambas manos y entró directamente a su boca para hacer contacto con su lengua.
El marciano dio un gemido de satisfacción que hizo vibrar el aire de la nave, y Silvia siguió con el ritmo del sexo oral.
Mientras ella le chupaba su gran miembro con movimientos frenéticos pero sensuales, disfrutando de la fisonomía de su amante, él siguió metiéndole un dedo en el agujero de su culo, luego metió otro y Silvia sentía que los introducía bien al fondo. Después los sacaba húmedos de sus fluidos y se los chupaba, para volver a introducirlos otra vez.
Con la mano verde que le quedaba libre, la utilizó para manosearle las nalgas.
Él siguió jugando con sus dedos en las nalgas de Silvia durante unos minutos más, hasta que ella sintió el caliente líquido de origen estelar, era su eyaculación; la que tanto me gustaba tragar, ya que Silvia amaba el fluido vital de este hombre del espacio.
Se lo tragó por completo sin desperdiciar ninguna gota y disfrutó mucho de su sabor exótico que la enloquecía de placer.
Sin darle tiempo a nada más, Silvia se subió a horcajadas sobre su amante marciano, agarró de vuelta su verga y la colocó dentro de su vagina.
Se empezó a mover sobre su piel escamosa de arriba hacia abajo, dando pequeños saltos para que él pudiera disfrutar del movimiento de sus senos brincando sobre su rostro alienígena.
Él la agarró fuertemente de la cintura con sus garras romas y también puso su propio ritmo al acto cósmico.
Silvia amaba hacer el amor con él, y todo lo que esa abducción significaba, ya que disfrutaba mucho del sexo salvaje e interplanetario que siempre tenían. El sexo con él era intenso, puro fuego y pasión de otra galaxia.
Esas sensaciones le encantaban a Silvia, la hacían temblar de éxtasis y placer; su vagina latía de las deliciosas y potentes embestidas que recibía de parte de este maravilloso hombre verde.
Estaba absorta en estos pensamientos cuando él le dio una bonita sorpresa: puso ambas manos en su cintura y, con un movimiento firme, la puso de costado. Le levantó una de sus piernas bien alto y la empezó a penetrar en esa hermosa posición tan romántica e intensa.
Le agarró fuertemente los senos y le dio numerosos besos en la mejilla hasta que encontró la boca de Silvia y se unieron en un ardiente beso.
Su miembro penetraba muy profundo en ella; Silvia podía sentir eso en cada embestida, cada vez se hundía más en su interior. Hasta podía sentir su anatomía chocando contra ella.
No paró de besarlo en ningún momento hasta que sintió una nueva y abundante descarga dentro de ella.
Él la soltó con delicadeza y se quedó acostado en la plataforma de la nave.
—Una buena cogida para comenzar la tarde —le dijo él en su idioma mental.
—Y aún nos quedan muchas horas luz más —respondió ella.
—Te amo, hermosa.
—Te amo, mi príncipe —le contestó Silvia Olguín, completamente rendida a su captor.
Los días en la nave flotante se convirtieron en semanas, y el tiempo de la Tierra perdió todo sentido para Silvia Olguín. Cada rincón de la cabina biológica era testigo de sus encuentros; la piel verde y escamosa de su captor ya no le resultaba extraña, sino el mapa de su propio placer. Sin embargo, entre la niebla del éxtasis, él le confió su más profundo secreto en uno de esos susurros mentales que le erizaban la piel: él era el último de su especie. Su planeta natal agonizaba en el silencio del cosmos, esperando una chispa de vida que lo salvara de la extinción total.
Aquella revelación solo encendió más el fuego entre ambos. Silvia, que alguna vez fue una chica insegura de 20 años, comprendió que su carne y su placer ahora tenían un propósito sagrado. Se convirtió en la elegida de su nuevo y poderoso macho.
Era otra de esas jornadas interminables de lujuria cósmica. Silvia estaba recostada boca abajo sobre la plataforma de la nave, con las piernas ligeramente abiertas, sintiendo el aire cálido y cargado de hormonas alienígenas.
Él se posicionó detrás de ella. Sus manos verdes y firmes se asentaron sobre las nalgas de Silvia, apretándolas con una posesividad salvaje que a ella la hacía gemir antes de ser tocada. Con lentitud, deslizó su gran miembro húmedo por la hendidura de su trasero, rozando su entrada con deliberación, haciéndola temblar de anticipación.
—Sé mía para siempre, Silvia —resonó la voz de él en su mente, profunda y cargada de una urgencia ancestral.
—Tómame, mi rey... hazme tuya —rogó ella, arqueando la espalda.
Con una embestida poderosa y profunda, él se hundió por completo en su vagina. Silvia soltó un grito de puro éxtasis que llenó la habitación de neón. Sus escamas raspaban deliciosamente la espalda baja de ella, creando una fricción que la llevaba al límite. Él comenzó un vaivén frenético y salvaje, levantándole la cadera para penetrarla aún más hondo, buscando tocar el fondo de su útero con cada golpe.
Silvia se sostenía de la plataforma, con los senos balanceándose y rozando la superficie texturizada, completamente absorta en las deliciosas e intensas embestidas de su macho. Sentía que él no solo reclamaba su cuerpo, sino que sembraba en ella el futuro de todo su mundo. El sexo era puro fuego, un acto de supervivencia y pasión desatada.
Él la giró bruscamente, tomándola de los muslos y subiendo las piernas de Silvia sobre sus hombros alienígenas. Mirándola fijamente con sus ojos oscuros, volvió a arremeter en ella con una fuerza sobrehumana. Silvia sentía sus testículos chocar con fuerza contra su carne, un ritmo salvaje que la hizo colapsar en un orgasmo violento. Su vagina latía apretando el miembro de su captor, y fue en ese microsegundo de sincronía total cuando él dio un rugido de satisfacción.
Una descarga masiva, ardiente y abundante inundó el interior de Silvia. Era una sustancia densa, cargada con la genética del último de los marcianos, que se fusionaba directamente con su vientre humano. Él se dejó caer sobre ella, uniendo sus labios en un beso húmedo y prolongado mientras sus fluidos se mezclaban.
Pasaron los meses, y el cuerpo de Silvia cambió. Su vientre creció firme, pero la gestación no era como la de la Tierra; bajo su piel suave, se transparentaban por momentos destellos verdosos y texturas sutiles. La semilla de su macho había germinado con un éxito asombroso.
El parto ocurrió en la misma plataforma donde tantas veces hicieron el amor. De su interior nació el primer espécimen de una nueva era: un tierno ser de piel suave pero con hermosas tonalidades esmeralda, ojos profundos y la fuerza híbrida de dos mundos. Silvia Olguín, abrazando a su cría junto al imponente marciano, contempló a través de la ventana de la nave el planeta de su captor. Ya no era un mundo desierto; ahora, gracias a su entrega y a la pasión de su macho, estaba listo para ser poblado por una nueva y gloriosa especie.
Era una tarde fría en la Tierra, pero dentro de la cabina de abducción el ambiente era cálido, iluminado por luces de neón alienígenas. Una atmósfera ideal para entregarse al deseo, por eso se encontraba Silvia y su captor marciano en esa exótica habitación flotante.
Estaban acostados en la plataforma biológica, desnudos y abrazados.
Silvia se despertó; el marciano todavía estaba durmiendo. Lo miró y se dio cuenta de que, a pesar de su naturaleza de otro mundo, él era lo más hermoso de su vida. Lo besó repetidas veces en sus mejillas cubiertas de finas escamas verdosas y le recorrió con sus manos los fuertes y exóticos pectorales.
Le tocó la barbilla, donde la textura de su piel alienígena la fascinaba, esa que tanto le gustaba y que lo hacía más atractivo y magnético que cualquier otro hombre de este mundo humano.
Apoyó la cabeza en su pecho texturizado y, luego de unos minutos, sintió una mano de largos dedos alienígenas que le acariciaba su cabello negro con total ternura.
Silvia levantó la vista hacia él y sus miradas se encontraron. El marciano la observó con sus profundos ojos oscuros.
—Hola, mi vida —le dijo él en un susurro, con una voz extrañamente melodiosa que resonó en su mente.
—Hola, mi rey —respondió Silvia.
—¿Qué hora es en tu planeta?
—Las 6 de la tarde.
—Dormimos mucho.
—Sí, es verdad, pero aún tengo ganas de ti —le soltó ella de repente.
Silvia se acostó arriba de su amante marciano y lo besó en los labios, demostrándole todo su amor y rompiendo cualquier barrera entre sus especies.
Él puso sus cálidas manos de piel verde en la desnuda espalda de Silvia y la acarició hasta llegar a la zona de sus nalgas; cuando llegó a esa parte, la apretó fuertemente con la firmeza de su fuerza extraterrestre, y el beso se hizo más ardiente.
A Silvia le encantaban sus besos, con la textura escamosa rozando su mejilla; le encantaba la presión de esas manos de otro mundo contra sus nalgas. En este momento se estaban besando muy delicioso.
Él siguió presionando su trasero y deslizó uno de sus largos dedos por el mismo para introducirlo en su agujero.
Pero Silvia se inclinó, llegó a la zona de su anatomía alienígena, tomó su gran miembro con ambas manos y entró directamente a su boca para hacer contacto con su lengua.
El marciano dio un gemido de satisfacción que hizo vibrar el aire de la nave, y Silvia siguió con el ritmo del sexo oral.
Mientras ella le chupaba su gran miembro con movimientos frenéticos pero sensuales, disfrutando de la fisonomía de su amante, él siguió metiéndole un dedo en el agujero de su culo, luego metió otro y Silvia sentía que los introducía bien al fondo. Después los sacaba húmedos de sus fluidos y se los chupaba, para volver a introducirlos otra vez.
Con la mano verde que le quedaba libre, la utilizó para manosearle las nalgas.
Él siguió jugando con sus dedos en las nalgas de Silvia durante unos minutos más, hasta que ella sintió el caliente líquido de origen estelar, era su eyaculación; la que tanto me gustaba tragar, ya que Silvia amaba el fluido vital de este hombre del espacio.
Se lo tragó por completo sin desperdiciar ninguna gota y disfrutó mucho de su sabor exótico que la enloquecía de placer.
Sin darle tiempo a nada más, Silvia se subió a horcajadas sobre su amante marciano, agarró de vuelta su verga y la colocó dentro de su vagina.
Se empezó a mover sobre su piel escamosa de arriba hacia abajo, dando pequeños saltos para que él pudiera disfrutar del movimiento de sus senos brincando sobre su rostro alienígena.
Él la agarró fuertemente de la cintura con sus garras romas y también puso su propio ritmo al acto cósmico.
Silvia amaba hacer el amor con él, y todo lo que esa abducción significaba, ya que disfrutaba mucho del sexo salvaje e interplanetario que siempre tenían. El sexo con él era intenso, puro fuego y pasión de otra galaxia.
Esas sensaciones le encantaban a Silvia, la hacían temblar de éxtasis y placer; su vagina latía de las deliciosas y potentes embestidas que recibía de parte de este maravilloso hombre verde.
Estaba absorta en estos pensamientos cuando él le dio una bonita sorpresa: puso ambas manos en su cintura y, con un movimiento firme, la puso de costado. Le levantó una de sus piernas bien alto y la empezó a penetrar en esa hermosa posición tan romántica e intensa.
Le agarró fuertemente los senos y le dio numerosos besos en la mejilla hasta que encontró la boca de Silvia y se unieron en un ardiente beso.
Su miembro penetraba muy profundo en ella; Silvia podía sentir eso en cada embestida, cada vez se hundía más en su interior. Hasta podía sentir su anatomía chocando contra ella.
No paró de besarlo en ningún momento hasta que sintió una nueva y abundante descarga dentro de ella.
Él la soltó con delicadeza y se quedó acostado en la plataforma de la nave.
—Una buena cogida para comenzar la tarde —le dijo él en su idioma mental.
—Y aún nos quedan muchas horas luz más —respondió ella.
—Te amo, hermosa.
—Te amo, mi príncipe —le contestó Silvia Olguín, completamente rendida a su captor.
Los días en la nave flotante se convirtieron en semanas, y el tiempo de la Tierra perdió todo sentido para Silvia Olguín. Cada rincón de la cabina biológica era testigo de sus encuentros; la piel verde y escamosa de su captor ya no le resultaba extraña, sino el mapa de su propio placer. Sin embargo, entre la niebla del éxtasis, él le confió su más profundo secreto en uno de esos susurros mentales que le erizaban la piel: él era el último de su especie. Su planeta natal agonizaba en el silencio del cosmos, esperando una chispa de vida que lo salvara de la extinción total.
Aquella revelación solo encendió más el fuego entre ambos. Silvia, que alguna vez fue una chica insegura de 20 años, comprendió que su carne y su placer ahora tenían un propósito sagrado. Se convirtió en la elegida de su nuevo y poderoso macho.
Era otra de esas jornadas interminables de lujuria cósmica. Silvia estaba recostada boca abajo sobre la plataforma de la nave, con las piernas ligeramente abiertas, sintiendo el aire cálido y cargado de hormonas alienígenas.
Él se posicionó detrás de ella. Sus manos verdes y firmes se asentaron sobre las nalgas de Silvia, apretándolas con una posesividad salvaje que a ella la hacía gemir antes de ser tocada. Con lentitud, deslizó su gran miembro húmedo por la hendidura de su trasero, rozando su entrada con deliberación, haciéndola temblar de anticipación.
—Sé mía para siempre, Silvia —resonó la voz de él en su mente, profunda y cargada de una urgencia ancestral.
—Tómame, mi rey... hazme tuya —rogó ella, arqueando la espalda.
Con una embestida poderosa y profunda, él se hundió por completo en su vagina. Silvia soltó un grito de puro éxtasis que llenó la habitación de neón. Sus escamas raspaban deliciosamente la espalda baja de ella, creando una fricción que la llevaba al límite. Él comenzó un vaivén frenético y salvaje, levantándole la cadera para penetrarla aún más hondo, buscando tocar el fondo de su útero con cada golpe.
Silvia se sostenía de la plataforma, con los senos balanceándose y rozando la superficie texturizada, completamente absorta en las deliciosas e intensas embestidas de su macho. Sentía que él no solo reclamaba su cuerpo, sino que sembraba en ella el futuro de todo su mundo. El sexo era puro fuego, un acto de supervivencia y pasión desatada.
Él la giró bruscamente, tomándola de los muslos y subiendo las piernas de Silvia sobre sus hombros alienígenas. Mirándola fijamente con sus ojos oscuros, volvió a arremeter en ella con una fuerza sobrehumana. Silvia sentía sus testículos chocar con fuerza contra su carne, un ritmo salvaje que la hizo colapsar en un orgasmo violento. Su vagina latía apretando el miembro de su captor, y fue en ese microsegundo de sincronía total cuando él dio un rugido de satisfacción.
Una descarga masiva, ardiente y abundante inundó el interior de Silvia. Era una sustancia densa, cargada con la genética del último de los marcianos, que se fusionaba directamente con su vientre humano. Él se dejó caer sobre ella, uniendo sus labios en un beso húmedo y prolongado mientras sus fluidos se mezclaban.
Pasaron los meses, y el cuerpo de Silvia cambió. Su vientre creció firme, pero la gestación no era como la de la Tierra; bajo su piel suave, se transparentaban por momentos destellos verdosos y texturas sutiles. La semilla de su macho había germinado con un éxito asombroso.
El parto ocurrió en la misma plataforma donde tantas veces hicieron el amor. De su interior nació el primer espécimen de una nueva era: un tierno ser de piel suave pero con hermosas tonalidades esmeralda, ojos profundos y la fuerza híbrida de dos mundos. Silvia Olguín, abrazando a su cría junto al imponente marciano, contempló a través de la ventana de la nave el planeta de su captor. Ya no era un mundo desierto; ahora, gracias a su entrega y a la pasión de su macho, estaba listo para ser poblado por una nueva y gloriosa especie.
0 comentarios - El encuentro en la nave