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El concurso heterosexual

La Prueba
Lalo se miraba en el espejo del baño compartido con una mezcla de fascinación y extrañeza que nunca había logrado explicar del todo. Su silueta, bajo la luz mortecina de la mañana, dibujaba curvas ambiguas: caderas que se ensanchaban suavemente en proporciones casi femeninas, un vientre plano y estrecho que parecía hecho para cinturones de talle alto más que para cinturones de cuero, y un trasero redondeado que elevaba cualquier pantalón que se pusiera. Su rostro —pómulos altos, mandíbula fina, labios carnosos sin necesidad de cosméticos— le había valido comparaciones con modelos andróginos de revistas de alta costura. Vestido, era simplemente un chico de complexión delgada. Desnudo, era un territorio de confusiones.
Su novia, Mara, lo adoraba. Lo decía entre jadeos cada vez que hacían el amor, con sus manos grandes recorriendo esas caderas que ella encontraba exquisitamente diferentes. Era una mujer exuberante, con cuerpo de diosa fertility y apetitos que Lalo satisfacía con entusiasmo, aunque a veces, en los silencios posteriores al sexo, se preguntaba si ella no anhelaba algo más... sustancial.
Todo cambió la noche que encontraron el anuncio.
Era un concurso clandestino, promovido por un youtuber famoso cuyo nombre no podía aparecer en plataformas convencionales. El premio: una cantidad de dinero que resolvería deudas, abriría negocios, cambiaría vidas. El requisito: participantes masculinos con "rasgos físicos ambiguos, femeninos o andróginos".
—Tú eres perfecto —dijo Mara, sus ojos brillando con una luz que Lalo no supo interpretar.
—No voy a hacer eso —respondió él, pero su voz carecía de convicción.
—Piensa en el dinero, amor. Y solo es un concurso. Una prueba de resistencia. Tú eres fuerte.
La convencieron.
El lugar era un almacén industrial convertido, con luces de neón rosadas y seguridad que parecía salida de una película de ciencia ficción distópica. Cuando llegaron, Mara fue dirigida a una sala de espera mientras Lalo pasaba a la inspección inicial.
—Ropa fuera —ordenó el guardia sin mirarlo a los ojos.
Lalo obedeció, sintiendo cómo el aire frío besaba su piel desnuda. Cuando levantó la vista, el mundo se inclinó ligeramente. Los guardias —todos ellos, sin excepción— estaban completamente desnudos. Eran gigantes de piel dorada y oscura, músculos tallados como estatuas clásicas, y entre sus piernas colgaban vergas que hicieron que Lalo sintiera vergüenza instantánea de su propia anatomía. Eran monstruosos incluso en estado flácido, gruesos y pesados, oscilando con cada movimiento de sus muslos poderosos.
—Bienvenidos —dijo uno de ellos, con voz de trueno lejano.
Lalo se unió al grupo de participantes y comprendió de inmediato por qué habían sido seleccionados. Eran espectros de feminidad masculina: cuerpos estrechos, nalgas redondeadas, cinturas que se curvaban, algunos incluso con pechos pequeños pero definidos bajo la piel suave. De espaldas, eran indistinguibles de mujeres. De frente, sus penes —todos ellos modestos, algunos casi infantiles en comparación con los guardias— colgaban tristemente entre muslos sin vello o casi.
—Vaya —susurró uno de los participantes acercándose a Lalo. Era un chico de cabello largo y lacio, con caderas que se balanceaban al caminar—. Si no supiera que eres chico, estaría muy excitado ahora mismo. Todos aquí parecemos chicas bonitas, ¿no crees?
Lalo sintió un escalofrío que no fue completamente de repulsión.
—Lo que tú digas —murmuró—. ¿Dónde dormimos?
El guardia más cercano sonrió, mostrando dientes blancos y perfectos.
—No hay camas. Y las noches aquí son gélidas. Cada participante dormirá con un guardia asignado. De cucharita. Para compartir calor. No tenemos suficientes mantas.
—¿Dormir contigo? —Lalo rio, pero sonó agudo, nervioso—. Prefiero el suelo.
Tres horas después, tiritando hasta que sus dientes castañeteaban, Lalo se arrastró hasta el guardia que le habían asignado. El hombre —una montaña de músculos y piel cálida— lo recibió sin palabras, abriendo los brazos. Lalo se acurrucó contra él, sintiendo el calor infernal de ese cuerpo contra su espalda fría, y algo más: el peso considerable de la verga del guardia, ahora semi-erecta, presionando contra la hendidura de sus nalgas.
Durmió, avergonzado de lo cómodo que era.
La mañana trajo el comienzo oficial.
Lalo fue conducido al punto de partida, donde le presentaron la primera elección. Estaba completamente desnudo, su pene —pequeño y sin pretensiones— colgando vulnerablo entre sus piernas.
—Opción A —anunció una voz femenina desde altavoces invisibles—: recorrer el circuito desnudo. Opción B: vestir lencería femenina diseñada para el concurso.
Lalo miró la prenda ofrecida: un conjunto de encaje morado translúcido, diminuto, con un sostén que apenas cubriría sus pezones y bragas que se perderían entre sus nalgas. Era humillante. Era degradante. Era mejor que caminar expuesto ante cámaras y miradas.
—La lencería —dijo, y las manos de asistentes anónimos lo vistieron.
La sensación fue electrizante. La seda rozaba su piel, los tirantes del sostén marcaban líneas de presión sobre sus hombros delicados, las bragas se hundían entre sus glúteos redondeados de forma casi obscena. Cuando le colocaron las medias blancas hasta medio muslo y los tacones, Lalo sintió que su centro de gravedad cambiaba, que sus caderas se proyectaban hacia afuara naturalmente, que caminaba con una cadencia diferente.
Pasó a la siguiente ronda.
La segunda elección apareció ante una pasarela elevada y, a su lado, una serie de plataformas suspendidas sobre una fosa oscura.
—Maquillaje profesional y pasarela segura —dijo la voz—. O acrobacias sin red. Si caes, estás fuera. Y desnudo.
Lalo pensó en Mara esperando al final. Pensó en el dinero. Pensó en su orgullo.
—El maquillaje —susurró.
Lo sentaron ante un espejo iluminado y manos expertas transformaron su rostro. Sombra de ojos ahumada, delineador que alargaba su mirada, un rubor en los pómulos que simulaba excitación permanente, labios pintados de un rojo obsceno. Cuando terminó, no se reconoció. Era hermoso. Era deseable. Era una puta cara de puta, pensó con amargura, pero la excitación que sentía no tenía nada que ver con el dinero.
—Última oportunidad para elegir lo... heterosexual —susurró la voz, casi burlona.
La tercera elección lo enfrentó a un teléfono conectado a videollamada o a una cabina negra con forma de cilindro.
—Video con tu padre, explicando dónde estás —o—: sesión de estimulación en cabina especializada.
Lalo pensó en su padre, en la vergüenza, en la decepción. Rompió su promesa mental sin dudar.
—La cabina.
El interior era estrecho, cálido, con asientos de cuero negro. Se sentó, esperando algún aparato mecánico, cuando sintió el movimiento detrás de él. El asiento era el guardia. El mismo de la noche anterior. Su cuerpo enorme rodeaba a Lalo, envolviéndolo por completo.
—Bueno —dijo Lalo, forzando una risa—. ¿Y el estimulador? No me digas que era ment...
Su voz se quebró cuando sintió algo duro y cálido deslizarse entre sus muslos. La verga del guardia, ahora completamente erecta, emergía por debajo de su propio vientre, empujando su pene contra su estómago, haciéndolo parecer ridículamente pequeño. Era gruesa, caliente, con venas palpitantes visibles bajo la piel oscura.
—Relájate —gruñó el guardia contra su oído.
Las manos del gigante descendieron, encontrando el ano de Lalo expuesto por las bragas de encaje. No hubo penetración, solo masaje, circulación, presión rítmica que hacía que Lalo arqueara la espalda involuntariamente. En la pantalla frente a él comenzó el video: mujeres hermosas, excitadas, chupando penes enormes con adoración. Hipnosis, susurraba el audio. Chupa. Adora. Ama la polla.
Lalo gimió. No pudo evitarlo. El sonido salió de su garganta pintada, femenino, lastimero.
Cinco minutos. El tiempo se extendió y contrajo. Cuando la puerta se abrió, Lalo salió tambaleándose, y entonces lo vio: su propio pene, erecto por primera vez en el concurso, empujando contra el encaje morado con una mancha de humedad en la punta.
No podía salir así. Lo verían. Pensarían...
Se metió de nuevo en la cabina, ahora vacía, y se sentó en el asiento aún cálido. Se masturbó frenéticamente, con la mano que olía a piel del guardia, imaginando la verga que había sentido entre sus piernas, hasta que explotó, chorreando semen sobre su propio puño, sobre el encaje, sobre el asiento.
Cuando salió, jadeante, el siguiente guardia le sonrió.
—Siguiente elección —dijo—. Cinturón de castidad por el resto del circuito... o venirte en este vaso en sesenta segundos.
Lalo miró su propio pene, ahora flácido, chorreante, sensible al tacto del aire. Ya se había venido. El refractario sería largo.
—El vaso —intentó.
Sesenta segundos de manipulación desesperada, de fricción dolorosa, de imaginación forzada. No funcionó. El guardia le sonreía con lástima mientras le colocaba el cinturón de acero pulido, cerrándolo con un clic definitivo alrededor de su cintura y su genitalidad ahora inmovilizada.
—Siguimos —dijo Lalo, resignado, sintiendo el peso extraño entre sus piernas.
La siguiente elección: un agujero misterioso donde introducir su pene para ser masturbado hasta la eyaculación (obligatoria), o una caja negra donde meterse y hacer algo no especificado. Lalo, con su pene encarcelado, intentó la opción heterosexual. Dentro del agujero, mecanismos zumbaban. Esperó. Nada funcionó con su anatomía atrapada.
—No hay tiempo —susurró una voz de altavoz, y sonaba exactamente como Mara—. Ve a la otra opción, amor. Rápido.
Con lágrimas de frustración en los ojos delineados, Lalo se arrastró a la caja negra. Se metió dentro, arrodillándose en la oscuridad. Una luz se encendió sobre él, tenue, y frente a su rostro apareció una verga que le hizo jadear.
Era perfecta. Blanca como el mármol, gruesa como su muñeca, con una cabeza bulbosa y brillante de líquido preseminal. Palpitaba con el latido de un corazón invisible.
Lalo extendió la mano temblorosa. La tocó. Estaba ardiente.
Tengo que hacerlo, pensó. Por el dinero. Por Mara.
Comenzó a masturbarla. Su mano pequeña apenas cerraba alrededor del grosor. La movía arriba y abajo, primero tímido, luego con ritmo, sintiendo el calor transferirse a su palma, el latido acelerarse bajo sus dedos. Era mucho más grande que la suya. Mucho más masculina. Y lo estaba excitando terriblemente.
Sin darse cuenta, su otra mano había descendido a su propio ano, estimulándolo a través del acceso del cinturón, recordando las manos del guardia en la cabina. El hormigueo comenzó, intenso, casi doloroso. Cuando la verga delante de él explotó, cubriendo su rostro, sus labios pintados, su mano, con litros aparentes de semen caliente, Lalo estuvo al borde del orgasmo sin poder tenerlo, su pene presionando patéticamente contra su jaula de acero.
Salió de la caja cubierto de otra persona, temblando, confundido, y siguió caminando.
La recta final. Dos opciones: quitarse el cinturón pero usar un plug anal permanente, o mantener el cinturón pero recibir cuatro dedos de un guardia.
—El plug —dijo Lalo rápidamente, ansioso por liberar su pene.
El guardia sonrió, una expresión llena de dientes y promesas.
—Normas del programa —dijo—. Sin dolor. Debe ser preparado adecuadamente.
Dos guardias lo tomaron. Uno se sentó frente a él, colocando su verga —ya erecta, siempre erecta— frente a la cara de Lalo, jugando con los pezones de Lalo a través del encaje del sostén. El otro, detrás, comenzó a trabajar.
Primero un dedo, lubricado generosamente. Lalo jadeó. Luego dos, abriéndolo, masajeando esa protuberancia interna que hacía que sus piernas temblaran. Tres dedos, y Lalo estaba gimiendo, sin importarle quién escuchara, su cabeza cayendo hacia adelante hasta que el pene del guardia frente a él rozaba sus labios pintados. Cuatro dedos, y Lalo era un pozo de necesidad, pidiendo sin palabras, moviendo sus caderas hacia atrás.
El plug entró con un sonido obsceno, llenándolo completamente, y en el momento exacto en que le quitaron el cinturón, su pene —libre por primera vez en horas— explotó sin ser tocado, chorreando semen en arcos débiles pero prolongados, mientras su cuerpo convulsionaba de placer negado y liberado.
Casi sin fuerzas, se arrastró a la siguiente prueba.
—Satisfacer a una mujer —o—: satisfacer a un hombre.
Intentó con la mujer. Una belleza de curvas generosas que lo miró con lástima mientras él intentaba, patéticamente, que su pene flácido y sobreestimulado respondiera. No funcionó. Fue con el guardia.
Intentó solo con las manos, pero el hombre aburrido lo detuvo.
—Usa tu boca. Como te enseñaron.
Y Lalo recordó la cabina, el video, la hipnosis. Abrió la boca y lamió la cabeza bulbosa, probando el sabor salado, dando besos reverentes al tronco, usando la lengua como paleta, humillándose a sí mismo con la dedicación de una devota. Cuando el guardia gruñó que quería su culo, Lalo se dio la vuelta sin protestar, ofreciendo sus nalgas redondeadas, sintiendo cómo el hombre jugaba con el plug aún insertado, cómo lo retiraba lentamente, cómo lo reemplazaba con la verga real, finalmente, completamente, profundamente.
El orgasmo del guardia dentro de él fue como una marca, una posesión.
Lalo llegó al final del circuito arrastrándose, el maquillaje corrido, la lencería manchada, el cuerpo usado.


—Dos opciones —anunció la voz, ahora más grave, más definitiva—. Opción A: abandonas el programa ahora mismo. Te vas con tu novia. Sin dinero. Sin nada. Habrás pasado por todo esto para nada. Opción B: te quedas un mes aquí. Cinturón de castidad permanente. Hormonas. Entrenamiento intensivo. Sin ver a tu novia. Sin salir. Pero sigues participando. Al final de ese mes, la fase final. Y si la completas, el dinero es tuyo.
Lalo miró a Mara, que observaba desde una pantalla, su rostro lleno de esperanza. Pensó en la humillación que había sufrido. En el dinero que necesitaban. En el tiempo invertido.
—Me quedo —dijo, y su voz sonió más firme de lo que sentía—. Por el dinero. Solo por el dinero.
Mara gritó algo, pero el micrófono se cortó. Los guardias sonrieron.




El cinturón se cerró con un clic que sonó a sentencia. Las hormonas actuaron rápido: su piel se suavizó adquiriendo textura de pétalo, sus pechos se hincharon hasta convertirse en tetillas sensibles que dolían al roce, sus caderas se ensancharon más, su trasero se elevó y redondeó. Su pene, confinado, parecía encoger, volviéndose más pequeño, más sensible, casi un clítoris sobre dimensionado que pulsaba con dolorosa sensibilidad contra el acero.
Las noches eran el verdadero entrenamiento. Dormía de cucharita con su guardia asignado, sintiendo esa verga enorme presionando entre sus nalgas, y cada mañana despertaba con el cuerpo en llamas, el cinturón impidiendo cualquier alivio. La comida llegaba mezclada con semen de los guardias, y algo más, algo que creaba adicción, que hacía que su cuerpo anhelara el sabor, que sus manos temblaran al ver esas vergas flácidas pero enormes.
Pero Lalo resistía mentalmente. Se repetía que era por el dinero. Que era temporal. Que seguía siendo heterosexual.
Cuando salió del primer mes, Mara lo abrazó y no reconoció al hombre que había dejado atrás. Lalo era más pequeño que ella ahora, más delicado, con curvas que competían con las suyas y una mirada hambrienta que ella no supo interpretar.
—Última fase —dijeron los organizadores—. Un mes más. En tu casa. Con tu novia. Pero con él —señalaron al guardia, que sonreía con posesión—. Y con esto.
La caja de juguetes sexuales contenía cosas que Lalo miró con terror y algo más que no quería nombrar.
—Si completas este mes sin renunciar —explicaron—. Si sigues las reglas. El dinero es tuyo. Millones. Pero debes seguir participando. Debes aceptarlo todo.
Lalo aceptó. Por el dinero, se dijo. Solo por el dinero.




Las primeras noches con Mara fueron desastres humillantes. Lalo intentaba hacer el amor como antes, pero su pene —hipersensible, pequeño, confinado durante semanas— explotaba con la más mínima fricción. En diez segundos, a veces menos, se venía con un gemido avergonzado, dejando a Mara insatisfecha y mirándolo con una mezcla de lástima y frustración.
—Esto es temporal —murmuraba Lalo, ocultando su rostro—. Los efectos del cinturón pasarán.
Pero no pasaban. Cada vez que intentaba repetir, el resultado era peor. Su cuerpo traicionero se venía casi antes de tocarla, y luego se quedaba dormido, exhausto, insatisfecho, insatisfactorio.
Lo que Lalo no sabía era que cuando él se dormía, derrotado, el guardia se levantaba de la cama que compartían y se deslizaba hacia la habitación de Mara, donde ella lo recibía con una urgencia que Lalo ya no podía satisfacer. Se follaban salvajemente en la habitación de al lado, mientras Lalo dormía el sueño del fracasado.
—No más —dijo Mara una mañana, rechazando los avances de Lalo—. Tu pene es patético ahora. Es inútil. Encuentra otra forma de satisfacerme o no habrá nada.
—Es temporal —prometió Lalo, sintiendo la vergüenza quemarle las mejillas—. Los efectos del programa pasarán. Por favor, dame tiempo.
Mara sonrió, amarga, pero asintió.
Cuando ella se fue a visitar a sus padres, Lalo se quedó solo con el guardia. Las noches se hicieron largas, insoportables. Veía porno —el único permitido, el del programa, el hipnótico— y se masturbaba hasta quedar en carne viva, pero su pene, sensible como una herida abierta, se venía en segundos y se quedaba flácido, insatisfecho.
Una noche, desesperado, recordó el plug. Recordó cómo se sentía lleno. La sensación de aquella cabina, de aquella caja.
Se desvistió con manos temblorosas, se puso de cuatro en su cama, y comenzó a jugar con sus juguetes. Primero los dedos, luego un juguete pequeño, sintiendo la vergüenza quemarle la piel mientras lo hacía. Esto está mal, pensaba. Soy heterosexual. Pero su cuerpo pedía más, siempre más.
—Necesitas ayuda con eso —dijo la voz del guardia desde la puerta.
Lalo se congeló, el rostro ardiendo de vergüenza. Quiso esconderse, quiso negarlo todo. Pero su cuerpo, traicionero, se quedó inmóvil, esperando.
El guardia se acercó, su verga ya erecta, siempre lista. Lalo la miró con una mezcla de hambre y autodesprecio. Cuando el guardia se detuvo frente a su rostro, ofreciéndola, Lalo sintió lágrimas de humillación en los ojos.
La tomó con la boca sin que se lo pidieran, pero lo hizo con pena, con vergüenza, sintiendo cada segundo como una derrota. Chupó con la técnica que había aprendido durante el mes de "ordeño" obligatorio, pero en su mente era un castigo, una humillación que merecía por su fracaso con Mara. El sabor lo enloquecía, pero lo odiaba. Se odiaba a sí mismo por disfrutarlo.
—Por favor —susurró cuando la soltó, y su voz sonó quebrada, avergonzada—. Fóllame. Por favor. Solo... solo termina esto.
El guardia lo tomó como se toma a una mujer, de espaldas, piernas abiertas. Cuando entró, Lalo sintió el dolor inicial, la humillación, la rendición. Pero luego, algo cambió. El guardia comenzó a moverse, y cada embestida golpeaba algo dentro de él, algo que hacía que sus ojos se pusieran en blanco, que sus gemidos dejaran de ser de vergüenza para convertirse en pura necesidad.
—Más fuerte —susurró, y no lo podía creer—. Más profundo. Por favor.
El guardia obedeció, y Lalo dejó de pensar en Mara, en el dinero, en su heterosexualidad perdida. Se entregó completamente, moviendo sus caderas hacia atrás, pidiendo más, aceptando cada embestida como una verdad que ya no podía negar. Follaron durante horas, múltiples veces, hasta que Lalo no podía caminar, hasta que su cuerpo recordaba cada verga que había tomado y pedía más.
Ya no había vergüenza. Solo placer. Solo aceptación.




Lalo regresó al programa con Mara a su lado. Ella lo miraba con esperanza, creyendo que habían superado la prueba, que el dinero era suyo. Él la miraba con gratitud, pero su cuerpo vibraba con anticipación diferente. Había cambiado. Ya no podía fingir.
—La decisión definitiva —anunció la voz—. ¿Prefieres pasar el resto de tu vida con tu novia, ganar los millones, y volver a intentar la normalidad? ¿O prefieres quedarte en el programa, renunciar al dinero, pero tener esto —una docena de guardias desnudos aparecieron, vergas erectas listas—. ¿Para siempre?
Lalo miró a Mara. Pensó en el dinero. Pensó en su pene patético, en su fracaso, en las noches de vergüenza.
Luego miró a los guardias. Pensó en la sensación de ser lleno, de ser usado, de ser lo que su cuerpo había sido reconfigurado para ser.
Su boca se abrió. Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, impulsadas por un mes de condicionamiento, por la noche anterior, por la verdad de su cuerpo transformado.
—Quedarme —dijo, y su voz sonió clara, segura, femenina, sin una pizca de arrepentimiento—. Quiero quedarme. Quiero esto.
Mara gritó, desesperada. Lalo no la oyó.
Los guardias lo rodearon, docenas de ellos, vergas erectas listas, manos que lo tomaron, que lo levantaron, que lo posicionaron. Cuando la primera verga entró en él, ya preparado, ya abierto, ya hecho para esto, Lalo supo que había ganado el verdadero premio.
La follada de su vida comenzó, y no terminaría nunca.
Fin

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