Finalmente salí el sábado. No fue algo planeado, sino espontáneo. Estaba en casa, aburrida. Mis hijos jugaban en sus cuartos y mi marido miraba un partido del Mundial, preparándose para el de Argentina, cuando me dije: «¿Y por qué no? ¿Por qué no ahora?».
Hacía rato que venía con esta ansiedad, con estas ganas. Y, como me conozco, sabía que no iba a estar tranquila hasta sacármelas, hasta saciar esa necesidad que me empuja al abismo sin ninguna red que me contenga.
Sé que es un riesgo. Una mujer sola, de noche... cualquier cosa puede pasar. Pero justamente eso es lo que me atrae: el peligro, entrar en la boca del lobo.
Casi por rutina abrí el grupo de WhatsApp de mis amigas. Una estaba en una cena familiar, otra de viaje; las demás ni siquiera estaban en línea. Y fue entonces cuando se me ocurrió.
-Se juntan las chicas en lo de Daniela...- le comento a mi marido -Parece que, con esto del Mundial, están todas medio abandonadas...-
-Y andá...- me dice -Yo me ocupo de los chicos-
-Sos un amor...- le respondo.
Le doy un beso y voy al cuarto a cambiarme. Me arreglo un poco, no demasiado, para que no se note que salgo de levante.
Al rato ya estoy manejando sola por la ciudad. Juega la Selección, pero, aun así, hay mucha gente en las calles, paseando, completamente ajena a la locura del Mundial.
Hago una recorrida, pero no termina de convencerme el ambiente de ninguno de los lugares por los que paso. Demasiada juventud. Ya sé, juventud, divino tesoro, pero esa noche en particular estoy buscando otra cosa.
De jovencita iba mucho a Pinar de Rocha, pero lo cerraron. Así que, al final, termino en un boliche por ahí cerca, en la zona de Ramos.
Dejo el auto a un par de cuadras. Antes de bajar, me observo unos segundos en el espejo retrovisor. Me acomodo el pelo, repaso el maquillaje y, como último toque, me saco el corpiño y lo guardo en la guantera.
Mientras camino hacia el boliche, vuelvo a sentir ese cosquilleo, esa ansiedad, ese deseo que me corroe las entrañas.
El lugar está repleto. Me acerco a la barra, me tomo un par de chupitos de vodka y salgo a bailar, yo sola. No espero a que nadie se me acerque.
Casi todos están en parejas o en grupos, así que paso un buen rato bailando sola, atenta a cualquiera que me mire. En eso se acerca un tipo y empieza a bailar conmigo. Ninguno dice nada; solo nos miramos y sonreímos, moviéndonos al ritmo de la música.
Me hubiera quedado con él, de no ser porque enseguida aparece una amiga o la novia y empieza a bailar con ella. Igual el flaco me sigue mirando, como diciendo: «En cuanto me deshaga de esta, sigo con vos». Pero no da disputar con otra mujer el interés de alguien que ni siquiera conozco. Ya no estoy para esos trotes.
Me acerco de nuevo a la barra y pido otro trago.
-Ese va por mi cuenta...- le dice alguien al bartender.
Un morocho de treinta y pocos, alto, fornido y ya algo achispado, me sonríe.
-Gracias...- le digo, levantando la copa en señal de brindis.
Se sienta conmigo en la barra y se presenta. Se llama Franco y está con unos amigos, celebrando el divorcio de uno de ellos.
-¿No serás vos el feliz divorciado?- bromeo.
-Ahora que te veo, me gustaría, pero no; al menos, no todavía...- responde, mostrándome una alianza gruesa y brillante -El afortunado es aquel...- agrega, señalando a uno que ya está con la corbata a modo de vincha, en medio del grupo de amigos. Se lo ve feliz y radiante, como si se hubiera quitado un gran peso de encima.
-¿Querés sumarte o estás con alguien?- me pregunta.
-Vine con mi marido y unos amigos, pero los perdí en la pista hace rato. Así que sí, dale, me sumo...- le digo, terminando mi copa de un solo trago.
No le digo que estoy sola, para tener una excusa por si sus amigos no me gustan o si me siento incómoda por alguna razón. Aunque estés regalada, siempre es bueno tener un plan de escape.
Nos repartimos los fernets que pidió en la barra y vamos adonde están sus amigos.
-Muchachos, les presento a Mariela. Pórtense bien, que su marido anda cerca...- les advierte cuando llegamos.
-Ah, pero yo vine porque pensé que nos íbamos a portar mal...- lo contradigo, provocando un murmullo generalizado.
Los saludo a cada uno con un beso. Son seis en total. Les debo los nombres porque no me acuerdo de todos; solo que el divorciado se llama Juanjo y que otro, Álex, es inglés y está desde hace poco en el país, haciendo una pasantía en la empresa donde trabajan.
Nos repartimos los tragos y brindamos por el divorcio.
-¿Todos están divorciados?- pregunto, curiosa.
-La mayoría seguimos casados, pero a más de uno le gustaría estar festejando igual que Juanjo...- me responden.
-¿Y vos?- se interesan.
-Yo, felizmente casada. Ni pienso en el divorcio...- los sorprendo, bebiendo un sorbo del fernet que también pidieron para mí.
-¿Y tu marido dónde está? ¿Cómo deja que te acerques a esta jauría de lobos hambrientos?- pregunta otro, que parece un poquito mayor que los demás, aunque no por mucho.
El resto no debe pasar de los treinta y dos o treinta y tres años...
-¡Jajaja...!- me río -Debe andar por ahí...- respondo, mirando hacia la pista abarrotada de gente -Pero bueno, que él se divierta por su lado, que yo me divierto por el mío...-
-¿Y cómo te gusta divertirte?- me pregunta otro, moviéndose conmigo al ritmo de la música.
-Así, conociendo gente linda y divertida...- le respondo, dejando que se acerque un poco más y me tome de la cintura.
El divorciado, Juanjo, se mete en el medio y me arrebata de los brazos de su amigo.
-Che, que el agasajado soy yo...- protesta, y se pone a bailar conmigo. Está borracho, pero aun así conserva un absoluto control de sus sentidos.
-Me estoy divorciando después de diez años. Me merezco un regalo, ¿no te parece?- me dice, de lo más alegre.
-¿Y qué te gustaría que te regalaran?- le pregunto, bailando con él muy, pero muy pegados.
-No sé... Un beso estaría bien...- responde.
Lo miro a los ojos, le sonrío y, ante el asombro general, lo beso en la boca. Pero no con un pico como para salir del paso, sino con un beso de lengua, largo y profundo, tanto que los amigos empiezan a aplaudir.
-¡Ese sí que es un regalo...!- grita uno.
-¡Ya me dan ganas de divorciarme a mí también...!- dice otro.
Juanjo casi no quiere soltarme, pero los demás también quieren bailar conmigo. Así que bailo con cada uno, alimentando las llamas de ese hervidero de testosterona que amenaza con explotar y calcinarme viva.
Después de esa ronda de baile, Juanjo vuelve a monopolizarme, pasándome una mano por la cintura. No se la aparto; lo dejo disfrutar de mis curvas.
-¿Y cómo siguen los festejos? ¿Terminan acá o la siguen en otro lado?- les pregunto mientras hacemos una pausa para seguir tomando, porque el fernet y los tragos siguen corriendo como si hubiera canilla libre.
-Queremos llevar a Álex a probar la buena carne argenta...- responden, riéndose entre ellos con complicidad.
Es obvio a qué clase de carne se refieren...
-Nos recomendaron una parrilla nivel premium...- agregan, sin dejar de reírse.
-Si mi marido no aparece pronto, quizás los acompañe... Si me invitan, claro...- les aviso mientras hago como que escribo unos mensajes en el celular.
-Desde ya que estás invitada...- se apresuran a responder, aunque se miran entre ellos como diciendo: «¿Y ahora qué hacemos?».
-¡Listo...!- exclamo al rato, después de revisar otra vez mi WhatsApp -Ya le avisé a mi marido que me voy con unos amigos, para que no me esté buscando. ¿Qué quieren hacer? ¿Nos vamos o nos quedamos?-
-¡Nos vamos!- coinciden todos.
Salimos del boliche y nos subimos a una imponente 4x4. Yo voy en el asiento de atrás, con dos tipos de cada lado. Adelante van el recién divorciado y Franco, que es quien maneja, ya que, pese a los tragos, es el más fresco de todos.
-¿A qué parrilla vamos?- pregunta uno.
-¿Conocés alguna por acá cerca?- me pregunta Franco, mirándome por el retrovisor.
Le devuelvo la mirada y, con un tono por demás sugestivo, le respondo:
-Si lo que quieren es que Álex pruebe la buena carne argenta, no hace falta ir a una parrilla...-
-¿Ah, no? ¿Entonces...?- pregunta uno.
-Vamos a un telo...- les digo, mirando a uno y a otro, mostrándome segura y convencida.
Es obvio que, ya desde el boliche, todos están con ganas de garcharme. Pero una cosa es desearlo, fantasearlo, y otra muy distinta, concretarlo.
-¿Lo decís en serio?- me pregunta uno de los que tengo al lado.
-¿Te parece que puedo decir algo así en broma, estando sola, en medio de no sé dónde, con seis desconocidos?- le respondo, encogiéndome de hombros.
Recién ahí es como que se sueltan. Entonces llegan las carcajadas, los silbidos y las miradas incrédulas.
-Me parece que pasamos por un telo hace unos minutos...- comenta Franco, haciendo una vuelta en U.
La conversación sigue entre bromas y comentarios cruzados mientras nos dirigimos hacia nuestro nuevo destino.
Enseguida la camioneta deja Rivadavia y se interna en una calle oscura y desolada, al final de la cual sobresale el cartel luminoso de un albergue transitorio. Franco entra a la cochera, estaciona y apaga el motor. Nadie baja de inmediato. Todos parecen esperar que alguien tome la iniciativa.
Entonces me acomodo un mechón de pelo detrás de la oreja y, sonriendo, les pregunto:
-¿Y qué pasa? ¿Ahora les agarró miedo?-
Esa era la última confirmación que necesitaban. Cualquier cosa que sucediera de ahí en adelante, fuera lo que fuera, sería con mi total y absoluto consentimiento.
Aunque es sábado por la noche, la recepción está casi vacía. Solo nos cruzamos con una pareja que está saliendo. Nos observan con una mezcla de sorpresa y curiosidad; supongo que no debe de ser habitual encontrarse, en el hall de un albergue transitorio, con seis hombres acompañando a una sola mujer.
Franco se acerca al mostrador y habla unos minutos con el recepcionista. Paga la habitación y, con absoluta naturalidad, desliza unos billetes de más sobre el mostrador. El hombre los guarda sin hacer preguntas.
-Al fondo. Segundo piso. Es la habitación más grande...-
Nos entrega la llave y nos ponemos en marcha. Subimos por una escalera alfombrada que amortigua cada paso. El pasillo es largo y silencioso, iluminado por una sucesión de apliques de luz cálida que proyectan sombras suaves sobre las paredes color crema.
A medida que avanzamos, percibo la energía contenida del grupo. Las conversaciones se redujeron a comentarios aislados y algunas bromas nerviosas. Incluso los más extrovertidos parecen menos habladores que en el boliche.
Llegamos a la puerta. Franco la abre y, sin pensarlo demasiado, soy la primera en entrar.
Dejo el bolso sobre un sofá de cuerina negra y recorro la habitación con una mirada rápida. Recién entonces me doy vuelta.
Están todos mirándome.
Al verlos ahí, a todos juntos, la verdad es que siento algo de miedo, no voy a negarlo. Después de todo, no dejan de ser seis desconocidos, con varios mililitros de alcohol en la sangre (y algo más también), en una habitación perdida del conurbano. El peligro, que hasta hacía un rato era una fantasía excitante, adquiere de pronto una presencia concreta, casi física.
El último en entrar cierra la puerta, trabándola por dentro. Ahora sí, ya no tengo escapatoria.
Durante unos segundos nadie dice nada.
Uno abre el frigobar. Otro pone música en su celular. Entonces se acercan y me rodean por completo. Podría sentirme acorralada, pero ocurre exactamente lo contrario.
Ninguna otra situación podría hacerme sentir más empoderada.
-¿Un poco de vodka?- me pregunta Juanjo.
Le digo que sí con la cabeza, ya que no puedo hablar. Los jadeos se me amontonan en la garganta a causa de las múltiples manos que recorren mi cuerpo.
Abre una de esas botellitas en miniatura, bebe el contenido y, acercándose, me lo pasa boca a boca. Lo recibo como si acabara de emerger de un desierto vasto y caluroso, con avidez, lamiéndole el mentón cuando el alcohol se derrama por las comisuras de nuestros labios.
Las manos de todos ya me están despojando de la ropa, dejándome desnuda y totalmente expuesta. Uno me agarra de las tetas y me las exprime como si quisiera sacarles jugo; otro ya me está metiendo los dedos en la concha; otro más, en el culo...
De a poco, ese miedo inicial se va diluyendo, sobre todo cuando ellos también se ponen en bolas, ostentando unas erecciones por demás suculentas. Hay de todo: un catálogo de pijas de lo más diverso en cuanto a tamaños y volúmenes.
Empiezo por manotearlas al azar, sobándolas con fuerza, mojándome las manos con el líquido preseminal que ya impregna a cada una.
Estoy ahí, en medio de seis tipos con las pijas paradas, manoseándolos a discreción, sintiendo el hervor en los huevos, la urgente tensión de esos mástiles.
La vida no puede ser más maravillosa...
Me pongo de rodillas y entro a chupar las que tengo más al alcance, sin saber a quién pertenecen, tratando de multiplicarme para tener a todos satisfechos. No quiero que ninguno se me caiga; los quiero a todos duritos y bien armados.
Siempre me gustó escuchar lo que dicen los tipos mientras se las chupo, sobre todo si son más de uno, porque, en grupo, como que todo se exacerba.
Golosa, puta, comilona, trola, chupapija, petera...
Los calificativos se superponen entre risas, jadeos y voces roncas. Los escucho sin escandalizarme; al contrario. En ese contexto dejan de sonar como insultos y se transforman en parte del juego, alimentando esa atmósfera que venimos construyendo desde que cruzamos la puerta de la habitación.
Cuanto más hablan, más evidente se vuelve la excitación compartida. Y esa energía, lejos de intimidarme, termina envolviéndome por completo.
Después de haber saboreado una y mil veces esos bastiones de testosterona, me levantan y me revolean sobre la cama. Caigo boca abajo, con el culo en alto, y ahí me quedo, con mis agujeros expuestos, expectantes.
No sé quién me penetra primero, porque tengo la cara enterrada en el colchón, pero, quien sea, me arranca un gemido de lo más estruendoso.
-¡Cómo le gusta...!- exclama, empezándome a garchar con un ritmo frenético y furioso.
¡Uuuuffffffffffffffff...! ¡Si así empezamos...!
Ahora me coge otro. Me doy cuenta por la diferencia de tamaños; el primero era mucho más grande, aunque este no le va en zaga en cuanto a grosor.
Empuja y empuja, mientras los otros me pasean sus pijas por delante de la cara.
No sé cuántas rondas hacen. Pierdo la cuenta, pero son varias, cogiéndome cada uno más de una vez.
Cuando terminan, el recién divorciado se acuesta boca arriba a un costado y me hace señas para que me suba encima suyo. Lo hago, absorbiéndole la pija en toda su extensión. Me quedo un momento así, disfrutando de esa sensación de plenitud, y recién entonces empiezo a moverme, arriba y abajo.
-¡Dale, putita, seguí...! ¡No te frenes...!- me alienta, apretándome las tetas.
Yo sigo, obvio, cabalgándolo con entusiasmo, hasta que siento que otro viene por detrás, me hunde la cabeza con una mano y me penetra por el culo, que ya tengo dilatado después de todos los dedos que me metieron.
-¡¡¡Aaaahhhhhhhhhhh...!!!- exploto al sentir las dos vergas dentro de mí.
-¡Cómo se moja la muy puta...!- exclama el divorciado, que, al estar bien metido en mi concha, siente cómo se me viene el aluvión.
Desde ese momento empiezan a cogerme de a dos, al derecho y al revés, rotando como depredadores que comparten una presa.
Estoy empapada, resbaladiza, y cada embestida me empuja hacia otro cuerpo.
Me convierto en pura sensación: el dolor sutil de ser estirada, el placer punzante cuando alguien encuentra mi clítoris con los dedos, la humillación excitante de que me llamen "puta" y "hermosa" en la misma respiración.
Ya no sé dónde termino yo y dónde empiezan ellos. Soy un cuerpo abierto, receptivo, que toma todo lo que me dan, arañando muslos, hombros, lo que esté a mi alcance.
Mi primer orgasmo llega brutal e intenso, con tres hombres adentro: uno en mi concha, otro en mi culo y un tercero pugnando en mi boca.
-Se acabaron los forros, muchachos...- avisa alguno, sacándose el que tiene puesto y tirándolo al suelo, junto con los demás, ya usados y lecheados.
Mientras alguien llama a recepción para pedir más preservativos, aprovecho para ir al baño. Cuando vuelvo, después de hacer pis, ni siquiera me dejan llegar a la cama. Me agarran fuerte, casi con saña, y, poniéndome de cara contra la pared, me cogen de parada.
¡Qué sensación, por Dios...!
De a uno van desfilando por detrás de mí, culeándome en esa posición, casi como en un cacheo.
Cuando terminan, es el divorciado quien me arrastra, casi a los empujones, hasta la cama y, poniéndome en cuatro, reinicia el bombeo con embestidas que resuenan en toda la habitación, mientras siento su respiración agitada contra mi espalda.
Sus manos se aferran a mis caderas con fuerza posesiva, marcando mi piel, mientras el ritmo se vuelve frenético, desenfrenado, hasta alcanzar su clímax con un gemido ronco que me hace estremecer.
Antes de que pueda recuperar el aliento, otro ocupa su lugar, y luego otro, y otro más, hasta que pasan los seis, con la cama crujiendo bajo nuestro peso combinado y el sudor de todos empapando las sábanas.
Cada uno me toma de una manera diferente: algunos con urgencia animal; otros, con una lentitud torturadora que me hace suplicar por más. Mis manos se aferran a los barrotes de la cama, los nudillos blancos por la tensión, mientras me someten a una intensidad que bordea lo salvaje.
Manejándome como si no tuviera voluntad propia, me dan la vuelta y, poniéndome de espaldas, empiezan de nuevo la ronda. El primero se carga mis piernas sobre los hombros y me penetra, mirándome a los ojos, disfrutando de cómo voy perdiendo el control con cada una de sus embestidas.
Alguien más se acerca por un costado y me pone la pija en la boca.
-¡Chupala, puta...! ¡Cométela toda...!- brama, enloquecido, hundiéndose hasta lo más profundo de mi garganta.
Los demás se amontonan por el otro lado, así que enseguida los tengo a todos encima, los pijazos oscilando, imponentes, frente a mi cara.
Algunos ya habían acabado; en el fragor de la batalla sentí varios lechazos. Pero otra vez estaban al palo.
El que me está cogiendo me clava las uñas en los muslos, arqueándose para golpear más profundo, buscando ese punto que me hace ver estrellas. Sus caderas chocan contra mi cuerpo con la fuerza de un martillo neumático, haciendo que, con cada empuje, me trague casi por completo al que tengo en la boca.
-¡Siiiiiii...! ¡Qué bien te la comés...!- gruñe el tipo, agarrándome del pelo para guiar mi cabeza al ritmo que más le complace.
No puedo respirar. No puedo pensar. Solo sentir.
El que me está cogiendo me la saca de golpe y se hace a un lado, dejándome vacía y temblando. Pero no hay descanso. En segundos, otro ocupa su lugar, más grueso, más salvaje, clavándose en mí sin ceremonias. Jadeo alrededor de la carne que obstruye mi garganta, que ya no es la del primero, sino la de otro, y el sonido reverbera en su pija, haciéndolo gemir como un animal herido.
-¡Está acabando la muy puta...!- escucho que dice alguien entre risas. Y tiene razón.
Siento el orgasmo acumulándose en la base de la columna, un tsunami imparable. El que está en mi boca sale justo a tiempo para gritar su propia acabada, cubriéndome la cara con un latigazo de semen caliente, mientras el que me está garchando acelera el ritmo, desesperado por alcanzar su propio precipicio.
-¡Qué concha más rica tenés! ¡Te cogimos todos y seguís apretadita...!- brama, clavándose hasta el fondo.
Se queda inmóvil y, pulsando dentro de mí, acaba. Puedo sentir, a través del látex, el chorro caliente, mientras me desahogo en espasmos incontrolables, cegada por mi propio clímax.
La noche avanza en un torbellino de sensaciones, de piel contra piel, de jadeos y gemidos que se mezclan en el aire cargado de sexo.
Cuando ya pasaron todos, me quedo tendida en la cama, agotada, con el cuerpo dolorido pero satisfecho, marcada por ellos, sintiendo el semen derramarse sobre mi piel.
Seis hombres exhaustos rodean la cama y yo, recostada entre almohadas manchadas, siento un poder extraño y salvaje.
Son seis extraños, seis absolutos desconocidos. Ellos tampoco me conocen y, sin embargo, en ese momento compartimos una conexión única, especial.
Nos duchamos todos juntos, entrando como podemos en el baño y, pasada largamente la medianoche, salimos de la habitación mucho más tranquilos y relajados.
Me preguntan si pueden acercarme a algún lado, pero les digo que prefiero pedir un taxi. Esperan conmigo hasta que llega y entonces nos despedimos con un beso y un abrazo.
No intercambiamos teléfonos, ni Instagram, ni correos. Todos somos conscientes de que algunas noches son perfectas, precisamente porque no se prolongan.
Paso a buscar mi auto por el boliche y vuelvo a casa. Mi marido ya está durmiendo cuando llego, pero se despierta apenas al escucharme.
-¿Y, cómo terminó el partido?- le pregunto.
-¡Ganamos...!- responde, levantando el puño en señal de triunfo.
-¡Qué bueno...!-
En el telo, obviamente, no nos enteramos de nada. Recién al salir, ya en la calle, pude ver algunas expresiones de júbilo. No muchas, porque era tarde, pero todavía quedaba gente festejando.
Me pongo el camisón y me acuesto, rezando para que no se le ocurra hacer el amor justo esa noche. No solo me duele el cuerpo, como si me hubieran molido a golpes, sino que además tengo la concha irritada de tanto trajín.
Por suerte vuelve a dormirse enseguida. Yo también me duermo rápido, rota, exhausta, aunque tremendamente satisfecha...

Hacía rato que venía con esta ansiedad, con estas ganas. Y, como me conozco, sabía que no iba a estar tranquila hasta sacármelas, hasta saciar esa necesidad que me empuja al abismo sin ninguna red que me contenga.
Sé que es un riesgo. Una mujer sola, de noche... cualquier cosa puede pasar. Pero justamente eso es lo que me atrae: el peligro, entrar en la boca del lobo.
Casi por rutina abrí el grupo de WhatsApp de mis amigas. Una estaba en una cena familiar, otra de viaje; las demás ni siquiera estaban en línea. Y fue entonces cuando se me ocurrió.
-Se juntan las chicas en lo de Daniela...- le comento a mi marido -Parece que, con esto del Mundial, están todas medio abandonadas...-
-Y andá...- me dice -Yo me ocupo de los chicos-
-Sos un amor...- le respondo.
Le doy un beso y voy al cuarto a cambiarme. Me arreglo un poco, no demasiado, para que no se note que salgo de levante.
Al rato ya estoy manejando sola por la ciudad. Juega la Selección, pero, aun así, hay mucha gente en las calles, paseando, completamente ajena a la locura del Mundial.
Hago una recorrida, pero no termina de convencerme el ambiente de ninguno de los lugares por los que paso. Demasiada juventud. Ya sé, juventud, divino tesoro, pero esa noche en particular estoy buscando otra cosa.
De jovencita iba mucho a Pinar de Rocha, pero lo cerraron. Así que, al final, termino en un boliche por ahí cerca, en la zona de Ramos.
Dejo el auto a un par de cuadras. Antes de bajar, me observo unos segundos en el espejo retrovisor. Me acomodo el pelo, repaso el maquillaje y, como último toque, me saco el corpiño y lo guardo en la guantera.
Mientras camino hacia el boliche, vuelvo a sentir ese cosquilleo, esa ansiedad, ese deseo que me corroe las entrañas.
El lugar está repleto. Me acerco a la barra, me tomo un par de chupitos de vodka y salgo a bailar, yo sola. No espero a que nadie se me acerque.
Casi todos están en parejas o en grupos, así que paso un buen rato bailando sola, atenta a cualquiera que me mire. En eso se acerca un tipo y empieza a bailar conmigo. Ninguno dice nada; solo nos miramos y sonreímos, moviéndonos al ritmo de la música.
Me hubiera quedado con él, de no ser porque enseguida aparece una amiga o la novia y empieza a bailar con ella. Igual el flaco me sigue mirando, como diciendo: «En cuanto me deshaga de esta, sigo con vos». Pero no da disputar con otra mujer el interés de alguien que ni siquiera conozco. Ya no estoy para esos trotes.
Me acerco de nuevo a la barra y pido otro trago.
-Ese va por mi cuenta...- le dice alguien al bartender.
Un morocho de treinta y pocos, alto, fornido y ya algo achispado, me sonríe.
-Gracias...- le digo, levantando la copa en señal de brindis.
Se sienta conmigo en la barra y se presenta. Se llama Franco y está con unos amigos, celebrando el divorcio de uno de ellos.
-¿No serás vos el feliz divorciado?- bromeo.
-Ahora que te veo, me gustaría, pero no; al menos, no todavía...- responde, mostrándome una alianza gruesa y brillante -El afortunado es aquel...- agrega, señalando a uno que ya está con la corbata a modo de vincha, en medio del grupo de amigos. Se lo ve feliz y radiante, como si se hubiera quitado un gran peso de encima.
-¿Querés sumarte o estás con alguien?- me pregunta.
-Vine con mi marido y unos amigos, pero los perdí en la pista hace rato. Así que sí, dale, me sumo...- le digo, terminando mi copa de un solo trago.
No le digo que estoy sola, para tener una excusa por si sus amigos no me gustan o si me siento incómoda por alguna razón. Aunque estés regalada, siempre es bueno tener un plan de escape.
Nos repartimos los fernets que pidió en la barra y vamos adonde están sus amigos.
-Muchachos, les presento a Mariela. Pórtense bien, que su marido anda cerca...- les advierte cuando llegamos.
-Ah, pero yo vine porque pensé que nos íbamos a portar mal...- lo contradigo, provocando un murmullo generalizado.
Los saludo a cada uno con un beso. Son seis en total. Les debo los nombres porque no me acuerdo de todos; solo que el divorciado se llama Juanjo y que otro, Álex, es inglés y está desde hace poco en el país, haciendo una pasantía en la empresa donde trabajan.
Nos repartimos los tragos y brindamos por el divorcio.
-¿Todos están divorciados?- pregunto, curiosa.
-La mayoría seguimos casados, pero a más de uno le gustaría estar festejando igual que Juanjo...- me responden.
-¿Y vos?- se interesan.
-Yo, felizmente casada. Ni pienso en el divorcio...- los sorprendo, bebiendo un sorbo del fernet que también pidieron para mí.
-¿Y tu marido dónde está? ¿Cómo deja que te acerques a esta jauría de lobos hambrientos?- pregunta otro, que parece un poquito mayor que los demás, aunque no por mucho.
El resto no debe pasar de los treinta y dos o treinta y tres años...
-¡Jajaja...!- me río -Debe andar por ahí...- respondo, mirando hacia la pista abarrotada de gente -Pero bueno, que él se divierta por su lado, que yo me divierto por el mío...-
-¿Y cómo te gusta divertirte?- me pregunta otro, moviéndose conmigo al ritmo de la música.
-Así, conociendo gente linda y divertida...- le respondo, dejando que se acerque un poco más y me tome de la cintura.
El divorciado, Juanjo, se mete en el medio y me arrebata de los brazos de su amigo.
-Che, que el agasajado soy yo...- protesta, y se pone a bailar conmigo. Está borracho, pero aun así conserva un absoluto control de sus sentidos.
-Me estoy divorciando después de diez años. Me merezco un regalo, ¿no te parece?- me dice, de lo más alegre.
-¿Y qué te gustaría que te regalaran?- le pregunto, bailando con él muy, pero muy pegados.
-No sé... Un beso estaría bien...- responde.
Lo miro a los ojos, le sonrío y, ante el asombro general, lo beso en la boca. Pero no con un pico como para salir del paso, sino con un beso de lengua, largo y profundo, tanto que los amigos empiezan a aplaudir.
-¡Ese sí que es un regalo...!- grita uno.
-¡Ya me dan ganas de divorciarme a mí también...!- dice otro.
Juanjo casi no quiere soltarme, pero los demás también quieren bailar conmigo. Así que bailo con cada uno, alimentando las llamas de ese hervidero de testosterona que amenaza con explotar y calcinarme viva.
Después de esa ronda de baile, Juanjo vuelve a monopolizarme, pasándome una mano por la cintura. No se la aparto; lo dejo disfrutar de mis curvas.
-¿Y cómo siguen los festejos? ¿Terminan acá o la siguen en otro lado?- les pregunto mientras hacemos una pausa para seguir tomando, porque el fernet y los tragos siguen corriendo como si hubiera canilla libre.
-Queremos llevar a Álex a probar la buena carne argenta...- responden, riéndose entre ellos con complicidad.
Es obvio a qué clase de carne se refieren...
-Nos recomendaron una parrilla nivel premium...- agregan, sin dejar de reírse.
-Si mi marido no aparece pronto, quizás los acompañe... Si me invitan, claro...- les aviso mientras hago como que escribo unos mensajes en el celular.
-Desde ya que estás invitada...- se apresuran a responder, aunque se miran entre ellos como diciendo: «¿Y ahora qué hacemos?».
-¡Listo...!- exclamo al rato, después de revisar otra vez mi WhatsApp -Ya le avisé a mi marido que me voy con unos amigos, para que no me esté buscando. ¿Qué quieren hacer? ¿Nos vamos o nos quedamos?-
-¡Nos vamos!- coinciden todos.
Salimos del boliche y nos subimos a una imponente 4x4. Yo voy en el asiento de atrás, con dos tipos de cada lado. Adelante van el recién divorciado y Franco, que es quien maneja, ya que, pese a los tragos, es el más fresco de todos.
-¿A qué parrilla vamos?- pregunta uno.
-¿Conocés alguna por acá cerca?- me pregunta Franco, mirándome por el retrovisor.
Le devuelvo la mirada y, con un tono por demás sugestivo, le respondo:
-Si lo que quieren es que Álex pruebe la buena carne argenta, no hace falta ir a una parrilla...-
-¿Ah, no? ¿Entonces...?- pregunta uno.
-Vamos a un telo...- les digo, mirando a uno y a otro, mostrándome segura y convencida.
Es obvio que, ya desde el boliche, todos están con ganas de garcharme. Pero una cosa es desearlo, fantasearlo, y otra muy distinta, concretarlo.
-¿Lo decís en serio?- me pregunta uno de los que tengo al lado.
-¿Te parece que puedo decir algo así en broma, estando sola, en medio de no sé dónde, con seis desconocidos?- le respondo, encogiéndome de hombros.
Recién ahí es como que se sueltan. Entonces llegan las carcajadas, los silbidos y las miradas incrédulas.
-Me parece que pasamos por un telo hace unos minutos...- comenta Franco, haciendo una vuelta en U.
La conversación sigue entre bromas y comentarios cruzados mientras nos dirigimos hacia nuestro nuevo destino.
Enseguida la camioneta deja Rivadavia y se interna en una calle oscura y desolada, al final de la cual sobresale el cartel luminoso de un albergue transitorio. Franco entra a la cochera, estaciona y apaga el motor. Nadie baja de inmediato. Todos parecen esperar que alguien tome la iniciativa.
Entonces me acomodo un mechón de pelo detrás de la oreja y, sonriendo, les pregunto:
-¿Y qué pasa? ¿Ahora les agarró miedo?-
Esa era la última confirmación que necesitaban. Cualquier cosa que sucediera de ahí en adelante, fuera lo que fuera, sería con mi total y absoluto consentimiento.
Aunque es sábado por la noche, la recepción está casi vacía. Solo nos cruzamos con una pareja que está saliendo. Nos observan con una mezcla de sorpresa y curiosidad; supongo que no debe de ser habitual encontrarse, en el hall de un albergue transitorio, con seis hombres acompañando a una sola mujer.
Franco se acerca al mostrador y habla unos minutos con el recepcionista. Paga la habitación y, con absoluta naturalidad, desliza unos billetes de más sobre el mostrador. El hombre los guarda sin hacer preguntas.
-Al fondo. Segundo piso. Es la habitación más grande...-
Nos entrega la llave y nos ponemos en marcha. Subimos por una escalera alfombrada que amortigua cada paso. El pasillo es largo y silencioso, iluminado por una sucesión de apliques de luz cálida que proyectan sombras suaves sobre las paredes color crema.
A medida que avanzamos, percibo la energía contenida del grupo. Las conversaciones se redujeron a comentarios aislados y algunas bromas nerviosas. Incluso los más extrovertidos parecen menos habladores que en el boliche.
Llegamos a la puerta. Franco la abre y, sin pensarlo demasiado, soy la primera en entrar.
Dejo el bolso sobre un sofá de cuerina negra y recorro la habitación con una mirada rápida. Recién entonces me doy vuelta.
Están todos mirándome.
Al verlos ahí, a todos juntos, la verdad es que siento algo de miedo, no voy a negarlo. Después de todo, no dejan de ser seis desconocidos, con varios mililitros de alcohol en la sangre (y algo más también), en una habitación perdida del conurbano. El peligro, que hasta hacía un rato era una fantasía excitante, adquiere de pronto una presencia concreta, casi física.
El último en entrar cierra la puerta, trabándola por dentro. Ahora sí, ya no tengo escapatoria.
Durante unos segundos nadie dice nada.
Uno abre el frigobar. Otro pone música en su celular. Entonces se acercan y me rodean por completo. Podría sentirme acorralada, pero ocurre exactamente lo contrario.
Ninguna otra situación podría hacerme sentir más empoderada.
-¿Un poco de vodka?- me pregunta Juanjo.
Le digo que sí con la cabeza, ya que no puedo hablar. Los jadeos se me amontonan en la garganta a causa de las múltiples manos que recorren mi cuerpo.
Abre una de esas botellitas en miniatura, bebe el contenido y, acercándose, me lo pasa boca a boca. Lo recibo como si acabara de emerger de un desierto vasto y caluroso, con avidez, lamiéndole el mentón cuando el alcohol se derrama por las comisuras de nuestros labios.
Las manos de todos ya me están despojando de la ropa, dejándome desnuda y totalmente expuesta. Uno me agarra de las tetas y me las exprime como si quisiera sacarles jugo; otro ya me está metiendo los dedos en la concha; otro más, en el culo...
De a poco, ese miedo inicial se va diluyendo, sobre todo cuando ellos también se ponen en bolas, ostentando unas erecciones por demás suculentas. Hay de todo: un catálogo de pijas de lo más diverso en cuanto a tamaños y volúmenes.
Empiezo por manotearlas al azar, sobándolas con fuerza, mojándome las manos con el líquido preseminal que ya impregna a cada una.
Estoy ahí, en medio de seis tipos con las pijas paradas, manoseándolos a discreción, sintiendo el hervor en los huevos, la urgente tensión de esos mástiles.
La vida no puede ser más maravillosa...
Me pongo de rodillas y entro a chupar las que tengo más al alcance, sin saber a quién pertenecen, tratando de multiplicarme para tener a todos satisfechos. No quiero que ninguno se me caiga; los quiero a todos duritos y bien armados.
Siempre me gustó escuchar lo que dicen los tipos mientras se las chupo, sobre todo si son más de uno, porque, en grupo, como que todo se exacerba.
Golosa, puta, comilona, trola, chupapija, petera...
Los calificativos se superponen entre risas, jadeos y voces roncas. Los escucho sin escandalizarme; al contrario. En ese contexto dejan de sonar como insultos y se transforman en parte del juego, alimentando esa atmósfera que venimos construyendo desde que cruzamos la puerta de la habitación.
Cuanto más hablan, más evidente se vuelve la excitación compartida. Y esa energía, lejos de intimidarme, termina envolviéndome por completo.
Después de haber saboreado una y mil veces esos bastiones de testosterona, me levantan y me revolean sobre la cama. Caigo boca abajo, con el culo en alto, y ahí me quedo, con mis agujeros expuestos, expectantes.
No sé quién me penetra primero, porque tengo la cara enterrada en el colchón, pero, quien sea, me arranca un gemido de lo más estruendoso.
-¡Cómo le gusta...!- exclama, empezándome a garchar con un ritmo frenético y furioso.
¡Uuuuffffffffffffffff...! ¡Si así empezamos...!
Ahora me coge otro. Me doy cuenta por la diferencia de tamaños; el primero era mucho más grande, aunque este no le va en zaga en cuanto a grosor.
Empuja y empuja, mientras los otros me pasean sus pijas por delante de la cara.
No sé cuántas rondas hacen. Pierdo la cuenta, pero son varias, cogiéndome cada uno más de una vez.
Cuando terminan, el recién divorciado se acuesta boca arriba a un costado y me hace señas para que me suba encima suyo. Lo hago, absorbiéndole la pija en toda su extensión. Me quedo un momento así, disfrutando de esa sensación de plenitud, y recién entonces empiezo a moverme, arriba y abajo.
-¡Dale, putita, seguí...! ¡No te frenes...!- me alienta, apretándome las tetas.
Yo sigo, obvio, cabalgándolo con entusiasmo, hasta que siento que otro viene por detrás, me hunde la cabeza con una mano y me penetra por el culo, que ya tengo dilatado después de todos los dedos que me metieron.
-¡¡¡Aaaahhhhhhhhhhh...!!!- exploto al sentir las dos vergas dentro de mí.
-¡Cómo se moja la muy puta...!- exclama el divorciado, que, al estar bien metido en mi concha, siente cómo se me viene el aluvión.
Desde ese momento empiezan a cogerme de a dos, al derecho y al revés, rotando como depredadores que comparten una presa.
Estoy empapada, resbaladiza, y cada embestida me empuja hacia otro cuerpo.
Me convierto en pura sensación: el dolor sutil de ser estirada, el placer punzante cuando alguien encuentra mi clítoris con los dedos, la humillación excitante de que me llamen "puta" y "hermosa" en la misma respiración.
Ya no sé dónde termino yo y dónde empiezan ellos. Soy un cuerpo abierto, receptivo, que toma todo lo que me dan, arañando muslos, hombros, lo que esté a mi alcance.
Mi primer orgasmo llega brutal e intenso, con tres hombres adentro: uno en mi concha, otro en mi culo y un tercero pugnando en mi boca.
-Se acabaron los forros, muchachos...- avisa alguno, sacándose el que tiene puesto y tirándolo al suelo, junto con los demás, ya usados y lecheados.
Mientras alguien llama a recepción para pedir más preservativos, aprovecho para ir al baño. Cuando vuelvo, después de hacer pis, ni siquiera me dejan llegar a la cama. Me agarran fuerte, casi con saña, y, poniéndome de cara contra la pared, me cogen de parada.
¡Qué sensación, por Dios...!
De a uno van desfilando por detrás de mí, culeándome en esa posición, casi como en un cacheo.
Cuando terminan, es el divorciado quien me arrastra, casi a los empujones, hasta la cama y, poniéndome en cuatro, reinicia el bombeo con embestidas que resuenan en toda la habitación, mientras siento su respiración agitada contra mi espalda.
Sus manos se aferran a mis caderas con fuerza posesiva, marcando mi piel, mientras el ritmo se vuelve frenético, desenfrenado, hasta alcanzar su clímax con un gemido ronco que me hace estremecer.
Antes de que pueda recuperar el aliento, otro ocupa su lugar, y luego otro, y otro más, hasta que pasan los seis, con la cama crujiendo bajo nuestro peso combinado y el sudor de todos empapando las sábanas.
Cada uno me toma de una manera diferente: algunos con urgencia animal; otros, con una lentitud torturadora que me hace suplicar por más. Mis manos se aferran a los barrotes de la cama, los nudillos blancos por la tensión, mientras me someten a una intensidad que bordea lo salvaje.
Manejándome como si no tuviera voluntad propia, me dan la vuelta y, poniéndome de espaldas, empiezan de nuevo la ronda. El primero se carga mis piernas sobre los hombros y me penetra, mirándome a los ojos, disfrutando de cómo voy perdiendo el control con cada una de sus embestidas.
Alguien más se acerca por un costado y me pone la pija en la boca.
-¡Chupala, puta...! ¡Cométela toda...!- brama, enloquecido, hundiéndose hasta lo más profundo de mi garganta.
Los demás se amontonan por el otro lado, así que enseguida los tengo a todos encima, los pijazos oscilando, imponentes, frente a mi cara.
Algunos ya habían acabado; en el fragor de la batalla sentí varios lechazos. Pero otra vez estaban al palo.
El que me está cogiendo me clava las uñas en los muslos, arqueándose para golpear más profundo, buscando ese punto que me hace ver estrellas. Sus caderas chocan contra mi cuerpo con la fuerza de un martillo neumático, haciendo que, con cada empuje, me trague casi por completo al que tengo en la boca.
-¡Siiiiiii...! ¡Qué bien te la comés...!- gruñe el tipo, agarrándome del pelo para guiar mi cabeza al ritmo que más le complace.
No puedo respirar. No puedo pensar. Solo sentir.
El que me está cogiendo me la saca de golpe y se hace a un lado, dejándome vacía y temblando. Pero no hay descanso. En segundos, otro ocupa su lugar, más grueso, más salvaje, clavándose en mí sin ceremonias. Jadeo alrededor de la carne que obstruye mi garganta, que ya no es la del primero, sino la de otro, y el sonido reverbera en su pija, haciéndolo gemir como un animal herido.
-¡Está acabando la muy puta...!- escucho que dice alguien entre risas. Y tiene razón.
Siento el orgasmo acumulándose en la base de la columna, un tsunami imparable. El que está en mi boca sale justo a tiempo para gritar su propia acabada, cubriéndome la cara con un latigazo de semen caliente, mientras el que me está garchando acelera el ritmo, desesperado por alcanzar su propio precipicio.
-¡Qué concha más rica tenés! ¡Te cogimos todos y seguís apretadita...!- brama, clavándose hasta el fondo.
Se queda inmóvil y, pulsando dentro de mí, acaba. Puedo sentir, a través del látex, el chorro caliente, mientras me desahogo en espasmos incontrolables, cegada por mi propio clímax.
La noche avanza en un torbellino de sensaciones, de piel contra piel, de jadeos y gemidos que se mezclan en el aire cargado de sexo.
Cuando ya pasaron todos, me quedo tendida en la cama, agotada, con el cuerpo dolorido pero satisfecho, marcada por ellos, sintiendo el semen derramarse sobre mi piel.
Seis hombres exhaustos rodean la cama y yo, recostada entre almohadas manchadas, siento un poder extraño y salvaje.
Son seis extraños, seis absolutos desconocidos. Ellos tampoco me conocen y, sin embargo, en ese momento compartimos una conexión única, especial.
Nos duchamos todos juntos, entrando como podemos en el baño y, pasada largamente la medianoche, salimos de la habitación mucho más tranquilos y relajados.
Me preguntan si pueden acercarme a algún lado, pero les digo que prefiero pedir un taxi. Esperan conmigo hasta que llega y entonces nos despedimos con un beso y un abrazo.
No intercambiamos teléfonos, ni Instagram, ni correos. Todos somos conscientes de que algunas noches son perfectas, precisamente porque no se prolongan.
Paso a buscar mi auto por el boliche y vuelvo a casa. Mi marido ya está durmiendo cuando llego, pero se despierta apenas al escucharme.
-¿Y, cómo terminó el partido?- le pregunto.
-¡Ganamos...!- responde, levantando el puño en señal de triunfo.
-¡Qué bueno...!-
En el telo, obviamente, no nos enteramos de nada. Recién al salir, ya en la calle, pude ver algunas expresiones de júbilo. No muchas, porque era tarde, pero todavía quedaba gente festejando.
Me pongo el camisón y me acuesto, rezando para que no se le ocurra hacer el amor justo esa noche. No solo me duele el cuerpo, como si me hubieran molido a golpes, sino que además tengo la concha irritada de tanto trajín.
Por suerte vuelve a dormirse enseguida. Yo también me duermo rápido, rota, exhausta, aunque tremendamente satisfecha...

3 comentarios - Sola de noche...