Episodio XXII: Sospechas
Después del desayuno, Darío se levantó refunfuñando que tenía que salir a resolver unos temas de trabajo. Se despidió seco y se fue, dejando la casa nuevamente con esa peligrosa sensación de “casi solos”.
Sofía se quedó en la cocina ordenando todo, manteniendo su rol de madre normal. Jesi, en cambio, estaba más callada de lo habitual. Me miraba de reojo, y cada tanto desviaba la vista hacia Mica, que seguía moviéndose con cuidado, claramente adolorida.
Pensamiento de Jesi: “Mica camina raro… como si le doliera algo. Y Esteban la mira distinto. No sé si son celos o qué carajo, pero imaginarlos juntos… me calienta un poco. Es mi hermana y mi novio, está mal… pero la idea me moja. Igual, voy a preguntar.”
Más tarde, cuando yo salí un rato al patio, Jesi se acercó a Sofía en la cocina y le habló bajito:
—Ma… ¿vos notaste algo raro entre Esteban y Mica? Lo veo medio esquivo con ella, y Mica está toda rara desde ayer. No sé, me da cosa.
Sofía levantó una ceja, perfectamente actuando. Por dentro sonrió.
Pensamiento de Sofía: “Mi hija sospechando de la hermana y no de mí. Perfecto. Voy a proteger mi juguete.”
—No noté nada fuera de lo normal, hija —respondió Sofía con tono seguro y dominante disimulado—. Mica es medio rarita a veces, y Esteban parece cansado. No te hagas películas. Si pasara algo grave, yo me daría cuenta.
Jesi pareció conformarse un poco, aunque la semilla de la sospecha (y ese morbo raro) ya estaba plantada.
Pensamiento de Jesi: “Ma dice que no… pero igual la idea de que Mica y Esteban tengan algo secreto me pone rara. No sé si quiero matarlos o ver qué pasa.”
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Más tarde esa tarde, aproveché que Jesi había salido a comprar cosas para cocinar y Sofía estaba en la pileta y busqué a Mica. La encontré en su habitación, sentada en la cama con las piernas cruzadas, todavía con ese shortcito.
—Mica, tenemos que hablar —dije cerrando la puerta detrás de mí, intentando sonar firme—. ¿Qué carajo hiciste anoche? Te metiste en la cama mientras dormía y me dejaste cogerte pensando que eras Jesi. Eso estuvo muy mal.
Mica levantó la mirada. Ya no había tanta timidez. Había algo nuevo en sus ojos: una mezcla de inocencia fingida y picardía curiosa. Se mordió el labio y habló bajito:
—¿Y vos por qué me cogiste tan fuerte entonces? Me dolía, pero seguiste… me llenaste toda adentro. Me trataste como a una puta, igual que a Jesi.
Me quedé sin palabras un segundo. Ella se levantó despacio y se acercó, caminando lento.
—Soy virgen… era virgen —corrigió—, y vos me desvirgaste pensando en mi hermana. ¿Quién es el que está mal acá, Esteban?
Intenté mantenerme firme, pero Mica puso su mano en mi pecho y siguió hablando con esa voz suave y manipuladora:
—No le voy a decir nada a Jesi… si vos no querés. Pero si me decís que no querés más… voy a llorar y voy a contarle todo. Que me cogiste fuerte, que me gustó, que me llenaste de leche… y que yo quería.
Pensamiento mío: “Mica quiere dominarme y manipularme cómo lo hace su mamá pero es muy inocente y no sabe cómo hacerlo, además fue su culpa que me la cogiera.”
Entonces cambiando el rol en la conversación, la agarré fuerte del cuello, la empujé contra la cama y le dije:
—Mirá pendeja de mierda, vos no vas a venir a manipularme a mí, vos fuiste la que me empezaste a chupar la verga mientras dormía, así que si decís algo te van a culpar a vos, ¿entendiste?
Mica empezó a respirar agitada, en parte por el susto y en parte porque se estaba excitando.
—Te pregunté si entendiste pendeja —le repetí mientras con la otra mano le empezaba a tocar las tetas por encima de la ropa.
Mica asintió con la cabeza sin saber cómo reaccionar y con la calentura en aumento.
—Ahora vas a hacer lo que yo te diga.
La empujé contra la cama, hice que se ponga en cuatro, le bajé el shortcito y la bombacha hasta las rodillas, me saque la verga del pantalón, que ya se había puesto dura por la situación y se la metí de una por el enojo que me había causado.
Mica soltó un gemido ahogado, enterrando la cara en la almohada. Su conchita todavía estaba hinchada y sensible de la noche anterior, pero se abrió con facilidad, resbaladiza. Empecé a embestirla con fuerza, agarrándola de las caderas y tirándola hacia atrás contra mi pija.
—Así te gusta, ¿no? —gruñí, dándole una palmada fuerte en el culo—. Querías manipularme y ahora estás en cuatro como una perrita, recibiendo lo que te merecés.
Cada embestida era profunda y ruda. El sonido de mi cuerpo chocando contra el de ella llenaba la habitación. Mica gemía bajito, intentando no hacer mucho ruido, pero no podía evitar arquear la espalda.
Pensamiento de Mica: “Me duele… pero me gusta. Me está usando como quiere y no puedo hacer nada. Su verga se siente enorme otra vez. Quiero que me llene… aunque después me duela caminar. Estoy completamente a su merced y eso me calienta más de lo que debería.”
La agarré del pelo con una mano y la obligué a levantar la cabeza mientras seguía cogiéndola sin piedad. Con la otra le apretaba una nalga, separándola para entrar todavía más hondo.
—Decí que te gusta —ordené.
—Me… me gusta… —susurró ella, la voz quebrada entre gemidos—. Me gusta que me uses…
Seguí embistiéndola varios minutos más, dominándola por completo. Cuando sentí que ya no aguantaba, la apreté fuerte contra mí y me corrí adentro, llenándola otra vez con chorros espesos de leche. Mica tembló al sentirlo, soltando un gemido largo mientras tenía un orgasmo y su conchita se contraía alrededor de mi pija.
Me quedé unos segundos adentro, respirando agitado, antes de salirme. Un hilo blanco de semen le empezó a bajar por el muslo interno.
Justo en ese momento escuchamos el ruido de la puerta de entrada y la voz de Jesi desde abajo:
—¡Ya volví! ¿Alguien me ayuda con las bolsas?
El corazón se me aceleró. Me subí los pantalones a las apuradas, le di una última mirada a Mica y le susurré:
—Espero que te haya quedado claro que a mí no me podés manipular putita, de esto no decís nada.
Salí de la habitación dejando la puerta cerrada. Mica se quedó tirada en cuatro sobre la cama, el short y la bombacha todavía en las rodillas, la conchita abierta y chorreando leche. Respiraba agitada, con la cara enrojecida y las piernas temblando.
Pensamiento de Mica: “Me dejó llena otra vez… y se fue. Debería levantarme para limpiarme y vestirme pero no me puedo mover.”
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Después del desayuno, Darío se levantó refunfuñando que tenía que salir a resolver unos temas de trabajo. Se despidió seco y se fue, dejando la casa nuevamente con esa peligrosa sensación de “casi solos”.
Sofía se quedó en la cocina ordenando todo, manteniendo su rol de madre normal. Jesi, en cambio, estaba más callada de lo habitual. Me miraba de reojo, y cada tanto desviaba la vista hacia Mica, que seguía moviéndose con cuidado, claramente adolorida.
Pensamiento de Jesi: “Mica camina raro… como si le doliera algo. Y Esteban la mira distinto. No sé si son celos o qué carajo, pero imaginarlos juntos… me calienta un poco. Es mi hermana y mi novio, está mal… pero la idea me moja. Igual, voy a preguntar.”
Más tarde, cuando yo salí un rato al patio, Jesi se acercó a Sofía en la cocina y le habló bajito:
—Ma… ¿vos notaste algo raro entre Esteban y Mica? Lo veo medio esquivo con ella, y Mica está toda rara desde ayer. No sé, me da cosa.
Sofía levantó una ceja, perfectamente actuando. Por dentro sonrió.
Pensamiento de Sofía: “Mi hija sospechando de la hermana y no de mí. Perfecto. Voy a proteger mi juguete.”
—No noté nada fuera de lo normal, hija —respondió Sofía con tono seguro y dominante disimulado—. Mica es medio rarita a veces, y Esteban parece cansado. No te hagas películas. Si pasara algo grave, yo me daría cuenta.
Jesi pareció conformarse un poco, aunque la semilla de la sospecha (y ese morbo raro) ya estaba plantada.
Pensamiento de Jesi: “Ma dice que no… pero igual la idea de que Mica y Esteban tengan algo secreto me pone rara. No sé si quiero matarlos o ver qué pasa.”
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Más tarde esa tarde, aproveché que Jesi había salido a comprar cosas para cocinar y Sofía estaba en la pileta y busqué a Mica. La encontré en su habitación, sentada en la cama con las piernas cruzadas, todavía con ese shortcito.
—Mica, tenemos que hablar —dije cerrando la puerta detrás de mí, intentando sonar firme—. ¿Qué carajo hiciste anoche? Te metiste en la cama mientras dormía y me dejaste cogerte pensando que eras Jesi. Eso estuvo muy mal.
Mica levantó la mirada. Ya no había tanta timidez. Había algo nuevo en sus ojos: una mezcla de inocencia fingida y picardía curiosa. Se mordió el labio y habló bajito:
—¿Y vos por qué me cogiste tan fuerte entonces? Me dolía, pero seguiste… me llenaste toda adentro. Me trataste como a una puta, igual que a Jesi.
Me quedé sin palabras un segundo. Ella se levantó despacio y se acercó, caminando lento.
—Soy virgen… era virgen —corrigió—, y vos me desvirgaste pensando en mi hermana. ¿Quién es el que está mal acá, Esteban?
Intenté mantenerme firme, pero Mica puso su mano en mi pecho y siguió hablando con esa voz suave y manipuladora:
—No le voy a decir nada a Jesi… si vos no querés. Pero si me decís que no querés más… voy a llorar y voy a contarle todo. Que me cogiste fuerte, que me gustó, que me llenaste de leche… y que yo quería.
Pensamiento mío: “Mica quiere dominarme y manipularme cómo lo hace su mamá pero es muy inocente y no sabe cómo hacerlo, además fue su culpa que me la cogiera.”
Entonces cambiando el rol en la conversación, la agarré fuerte del cuello, la empujé contra la cama y le dije:
—Mirá pendeja de mierda, vos no vas a venir a manipularme a mí, vos fuiste la que me empezaste a chupar la verga mientras dormía, así que si decís algo te van a culpar a vos, ¿entendiste?
Mica empezó a respirar agitada, en parte por el susto y en parte porque se estaba excitando.
—Te pregunté si entendiste pendeja —le repetí mientras con la otra mano le empezaba a tocar las tetas por encima de la ropa.
Mica asintió con la cabeza sin saber cómo reaccionar y con la calentura en aumento.
—Ahora vas a hacer lo que yo te diga.
La empujé contra la cama, hice que se ponga en cuatro, le bajé el shortcito y la bombacha hasta las rodillas, me saque la verga del pantalón, que ya se había puesto dura por la situación y se la metí de una por el enojo que me había causado.
Mica soltó un gemido ahogado, enterrando la cara en la almohada. Su conchita todavía estaba hinchada y sensible de la noche anterior, pero se abrió con facilidad, resbaladiza. Empecé a embestirla con fuerza, agarrándola de las caderas y tirándola hacia atrás contra mi pija.
—Así te gusta, ¿no? —gruñí, dándole una palmada fuerte en el culo—. Querías manipularme y ahora estás en cuatro como una perrita, recibiendo lo que te merecés.
Cada embestida era profunda y ruda. El sonido de mi cuerpo chocando contra el de ella llenaba la habitación. Mica gemía bajito, intentando no hacer mucho ruido, pero no podía evitar arquear la espalda.
Pensamiento de Mica: “Me duele… pero me gusta. Me está usando como quiere y no puedo hacer nada. Su verga se siente enorme otra vez. Quiero que me llene… aunque después me duela caminar. Estoy completamente a su merced y eso me calienta más de lo que debería.”
La agarré del pelo con una mano y la obligué a levantar la cabeza mientras seguía cogiéndola sin piedad. Con la otra le apretaba una nalga, separándola para entrar todavía más hondo.
—Decí que te gusta —ordené.
—Me… me gusta… —susurró ella, la voz quebrada entre gemidos—. Me gusta que me uses…
Seguí embistiéndola varios minutos más, dominándola por completo. Cuando sentí que ya no aguantaba, la apreté fuerte contra mí y me corrí adentro, llenándola otra vez con chorros espesos de leche. Mica tembló al sentirlo, soltando un gemido largo mientras tenía un orgasmo y su conchita se contraía alrededor de mi pija.
Me quedé unos segundos adentro, respirando agitado, antes de salirme. Un hilo blanco de semen le empezó a bajar por el muslo interno.
Justo en ese momento escuchamos el ruido de la puerta de entrada y la voz de Jesi desde abajo:
—¡Ya volví! ¿Alguien me ayuda con las bolsas?
El corazón se me aceleró. Me subí los pantalones a las apuradas, le di una última mirada a Mica y le susurré:
—Espero que te haya quedado claro que a mí no me podés manipular putita, de esto no decís nada.
Salí de la habitación dejando la puerta cerrada. Mica se quedó tirada en cuatro sobre la cama, el short y la bombacha todavía en las rodillas, la conchita abierta y chorreando leche. Respiraba agitada, con la cara enrojecida y las piernas temblando.
Pensamiento de Mica: “Me dejó llena otra vez… y se fue. Debería levantarme para limpiarme y vestirme pero no me puedo mover.”
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