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Ane dota de Guadalupe y Paola

Guadalupe y Paola
Después de hacerlo con la novia de mi hija, y que esta mientras lo hacíamos me llamara mamá, comencé a ver a mi propia hija de otra manera; no dejaba de ser una mujer, y de gran belleza, como su madre, jajaja. Y si follaba con ella, ¿por qué no hacerlo con mi propia Paola? Con sus 18 años, Paola era el vivo retrato mío: compartíamos la misma mirada cautivadora de ojos oscuros, unas cejas finas y bien delineadas, y una melena castaña clara con sutiles ondas doradas que enmarcaba un rostro de facciones suaves y labios carnosos pintados de rojo. Pero lo más impresionante era que ambas poseíamos una silueta idéntica y extremadamente voluptuosa: una cintura estrecha que contrastaba con unas caderas amplias y un busto extraordinariamente prominente y firme, capaz de acaparar todas las miradas.
Un hecho vino a favorecer mis deseos. Paola había roto con su novio, y eso la llevó a una cierta tristeza. Como madre eso me entristecía a mí también, pero como devoradora sexual no podía dejar de aprovechar esa oportunidad. Eso se produjo una tarde en que llegué a casa; mi hija se encontraba en el salón, se la veía muy triste. Vestía unos pantaloncitos de mezclilla muy cortos y una blusa rosa entallada que resaltaba de forma exagerada sus enormes atributos y su pequeña cintura. Verla triste me entristecía, pero a la vez estaba tan bella que decidí pasar a la acción. Me senté a su lado en el sofá y le dije:
—Mi amor, no estés triste. Si el tonto de tu novio no te quiere, eres una mujer muy bella y vas a tener muchas oportunidades de volverte a enamorar.
Ella apoyó su cabeza contra mi hombro. Nuestras bocas estaban muy cerca y yo arrimé la mía a la suya; saqué mi lengua, ella instintivamente sacó la suya y nos fundimos en un beso. Debía de reconocer que mi hija besaba de una manera muy dulce, pero tras este beso ella dijo:
—¿Pero mamá, qué haces? Que somos madre e hija.
Y antes de que yo pudiera reaccionar, se levantó del sofá. Pero yo no estaba dispuesta a dejarla escapar y le dije:
—Mi amor, tú necesitas tener sexo para animarte, y aquí encerrada en casa no vas a poder hacerlo con chicos de la calle. Así que es lógico que los que queremos que te recuperes nos ocupemos de tu actividad sexual.
—Pero mamá —dijo ella—, no me esperaba esto de ti.
—Hay muchas cosas que desconocemos la una de la otra, mi amor —le respondí—, y la mejor manera de conocernos es que las dos nos demos gusto.
—Está bien —dijo ella—, probemos.
Antes de que se arrepintiera le bajé los pantalones, la hice sentarse en el sofá con las piernas abiertas, me arrodillé ante ella y, apartando su tanga, me puse a comerle el coño. En ese momento oí gemir por primera vez a mi hija, mientras decía:
—Mamá, no me imaginaba que tú hicieras esto, y que lo hicieras tan bien.
Al poco rato decidimos que nuestras ropas nos estorbaban. Nos levantamos del sofá y yo me arrodillé ante mi hija para quitarle la blusa, dejándola en ropa interior. Cuando ponía la lavadora siempre veía la ropa interior de Paola y sentía curiosidad por saber cómo le sentaría; ahora que la veía en tanga y sujetador me parecía bellísima. Cuando ella se quitó el sujetador y sus dos preciosas y enormes tetas quedaron ante mi vista, me resultó muy excitante. En ese momento ella me pidió:
—Mamá, antes de quedarme desnuda ante ti, me gustaría que tú te quedaras desnuda delante de mí.
—Si es lo que deseas, mi amor —le respondí.
Rápidamente me desnudé, quitándome la blusa entallada que contenía mi exuberante busto, idéntico en tamaño y firmeza al de ella. En ese momento mi hija, que aún llevaba puesto su tanga, se arrodilló ante mí y me dijo:
—Mamá, estás espectacular. No me extraña que mis amigos, cuando los traigo a casa, incluido el cerdo de mi exnovio, te echen cada miradita.
Se puso a comerme el coño; la verdad es que se le notaba que no era su primera vez. Su lengua recorría mi intimidad, pero paró un momento y dijo:
—Nunca me imaginé que comer el agujero que me ha dado la vida fuera tan apetitoso.
Me hizo sentarme en el sofá y siguió con lo suyo. Verdaderamente era yo la que estaba descubriendo aspectos de Paola que nunca me hubiera imaginado, y esto me hacía adorarla aún más, igual que me había ocurrido con sus hermanos; los adoraba a todos. Mi hija seguía ocupándose de mi coño y me estaba dando un placer increíble; verdaderamente había heredado los genes puteriles de su madre, aunque esperaba ayudar a que lo descubriera antes que yo. Y me lo demostró cuando me dijo:
—Mami, ponte a cuatro patas, quiero lamerte también la zona de tu culo.
La complacen y sentí cómo su lengua recorría esa zona de mi cuerpo. Decididamente mi hija era un ser muy agradable, su lengua trabajaba mi piel de una forma fantástica y me llevó hasta un orgasmo brutal. En ese momento decidí meterme uno de mis dedos dentro, lo saqué chorreando y lo llevé hasta la boca de mi hija para que lo lamiera. Ella lo hizo y, tras sacárselo, me dijo:
—Qué rico, mamá.
Pero ahora me tocaba a mí disfrutar de ese cuerpo femenino idéntico al mío al que había dado vida. La hice ponerse encima de mi boca y con mi lengua me puse a lamer, de nuevo, su coño; me pareció todavía más delicioso que antes. Mientras, alcé mis brazos y, llevándolos hasta sus grandes tetas, me puse a acariciárselas. Ella dijo:
—Mami, esto es increíble, mucho mejor que con el imbécil de mi ex.
Esto me animaba a seguir follándola. Seguí comiéndole el coño hasta que se corrió, pero noté en su mirada que quería que siguiéramos. Nos sentamos la una junto a la otra y, arrimando nuestras bocas, volvimos a besarnos de manera apasionada mientras yo con una de mis manos acariciaba sus piernas. Ella llevó una de sus manos hacia mis tetas y se puso a acariciármelas, pero yo quería seguir llevando la iniciativa, así que apartando su lengua de la mía me puse a lamerle los pezones. Ella me dijo:
—Mamita, qué manera más divina de chuparme las tetas, lo haces tan bien.
Me tumbé sobre el sofá y le hice una señal para que se acercara; ella interpretó de manera muy acertada lo que yo quería y se puso de rodillas encima de mi boca para que le comiera el coño. Al sentir un manjar tan delicioso no pude menos que sacar mi lengua y ponerme a lamérselo. Ella, entre gemidos, comenzó a decir:
—Mamita, qué pena que no hayamos descubierto esto antes, hubiéramos discutido mucho menos y nos hubiéramos llevado mucho mejor.
Yo continuaba con mi lengua dentro del sabroso agujero de mi princesa. Las dos estábamos disfrutando de una manera bestial; sentía que adoraba a esa jovencita con todas mis fuerzas, así que seguí chupando su coño con ganas, hasta que sentí cómo se corría haciéndome la madre más feliz del mundo.
Descansamos un momento, pero tuve claro que las dos estábamos de acuerdo en que aún nos quedaba mucho rato para hacernos felices, así que le propuse:
—Cariño, ¿no te parece que estaríamos más cómodas en tu habitación?
A ella le pareció bien y las dos, cogidas de la mano, nos fuimos a su cuarto. Una vez allí nos tumbamos en la cama, la una junto a la otra. Yo llevé mis manos hasta el coño de mi hija y se lo acaricié, mientras le preguntaba:
—¿Cariño, te gusta lo que estamos haciendo? ¿Sigues pensando en tu exnovio?
—Mamá, lo que estoy descubriendo contigo es fantástico. Que se joda mi ex; a partir de ahora solo follaré contigo.
—Mi amor, no se trata de eso —dije mientras continuaba acariciando su coño—, se trata de que disfrutes del sexo sin prejuicios, sin importarte con quién, solo que disfrutes.
Sin dejar de acariciarla, me levanté un poco y mis tetas quedaron al alcance de su boca; ella, como cuando era niña, se puso a chuparlas. Pensar en cómo mi niña me estaba demostrando ser una mujer, sus lamidas sobre esos pechos que de niña la habían amamantado, me encantaban. Al cabo de un rato ella me pidió:
—Mamita, quiero ocuparme del agujero que me hizo nacer.
Me tumbé sobre la cama y ella llevó su lengua hasta mi coño, haciéndome una lamida muy placentera. Desde luego mi hija era deliciosa; al parecer todos mi hijos habían heredado mis ganas y mi facilidad para el sexo y eso me encantaba. Ella paró un momento para decirme:
—Adoro tu coño, mamá; me encanta comértelo.
Y siguió haciéndolo, llenándome de placer. Lo hacía maravillosamente y no pude resistirme mucho tiempo antes de correrme. Descansé un momento y le dije:
—Mi niña, ahora le toca a tu madre hacerte feliz.
La hice tumbarse sobre la cama y alzar bien sus piernas a la vez que las separaba. Me puse de rodillas cerca de su coño y, agachándome, hice que mis tetas rozaran el mismo. Ella al sentirlas se puso a gemir, pero yo me moría de ganas de comerle ese coño tan tierno, así que llevé mi lengua hasta él y me puse a chupárselo; estaba delicioso, más que antes. Mi hija al sentir mi lengua gemía; en ese momento volví a sentir que se parecía mucho a mí. La adoraba y seguí comiéndoselo hasta que nuevamente se corrió, y no dejé de saborear cada flujo que salió de ella.
Tras ello la dejé tumbarse, yo hice lo mismo y nos abrazamos. Nos dijimos lo mucho que nos queríamos y ella me preguntó:
—¿Mamá, si lo hago con papá, o con mis hermanos, tú te enfadarás?
—Para nada, mi amor —le respondí—, eso sí, no les cuentes lo que estamos haciendo.
—Gracias, mamá —me respondió—, pero ahora lo que tengo ganas es de volverte a comer el coño.
Antes de que ella pudiera reaccionar, me puse de rodillas encima de ella, con mi coño sobre su boca, y ella sacando su lengua me lo volvió a lamer, provocándome una vez más un grandísimo placer y haciéndome correr de nuevo.
Habíamos gozado muchísimo, pero en nuestras miradas nos decíamos que aquello no había terminado. Las dos estábamos descubriendo que compartíamos unas ganas inmensas de tener sexo, por lo que estando tumbadas, sin decir nada, de manera instintiva nos volvimos a besar. Tras ello mi hija dijo:
—Mamá, nunca imaginé que tus tetas fueran tan bonitas, creo que me estoy enamorando de ellas.
Y arrimando su boca se puso a chupármelas, recordándome a cuando era pequeña pero haciéndome sentir una sensación muy diferente. En ese momento fui yo quien le dije:
—Cariño, me muero de ganas de que nos comamos los coños nuevamente.
Ella, complaciéndome, se cambió de postura: se colocó encima de mí acercando su coño a mi boca y llevando su boca hasta el mío. Comenzamos a comernos mutuamente; debía reconocer que el hecho de que fuera mi hija le daba un morbo muy especial al asunto. Nuevamente me corrí, quizás demasiado pronto, pero quería que mi hija también lo hiciera, así que la hice tumbarse, le abrí bien las piernas e introduje nuevamente mi lengua. Que la mujer que estaba gimiendo fuese mi hija me resultaba fascinante; era algo que jamás se me habría pasado por la cabeza hacer con mi madre, pero el asunto es que mientras yo le comía el coño, Paola gemía y se acariciaba las tetas.
Y en ese momento una idea nueva vino a mi mente: me puse a cuatro patas y me colocó de manera que las preciosas tetas de mi hija quedaron al alcance de mi boca mientras yo lamía las suyas. Estas eran un poco más pequeñas que las mías, manteniendo una firmeza perfecta dentro de nuestra exuberante genética compartida, y me parecían preciosas. Chuparlas me resultaba divino; decididamente a partir de ese momento iba a querer mucho más, y de una manera muy diferente, a mi hija. Pero ella me dijo:
—Mamá, me encanta que me comas las tetas, pero preferiría que me comieras otra vez el coño.
Me hizo tumbarme y se sentó encima de mi boca. Su adorable coño estaba a mi alcance diciendo "cómeme", y por supuesto me lo comí. Me pareció todavía más delicioso que un momento antes; mi niña nuevamente volvió a gemir ante mis lamidas, convirtiéndome en la madre más feliz del mundo. Cada lametón me resultaba más sabroso y, a juzgar por sus gemidos, a ella también, hasta que me dijo:
—Mamá, me voy a correr.
...Y lo hizo sobre mi boca; fue algo completamente delicioso. Tras un descanso, ella me dijo:
—Mamá, hay algo que quiero compartir contigo.
—Dime, mi amor —le contesté.
Ella se levantó de la cama, se fue al armario y sacó una caja. La verdad era que desde que ella se hacía cargo de la limpieza de su cuarto yo no había vuelto a ocuparme de sus cosas, así que ignoraba por completo lo que pudiera haber dentro. La abrió y sacó un consolador. Vaya, así que mi niña no solo follaba con sus novios, sino que se daba gusto con aparatos.
Me sorprendió cuando me pidió que me pusiera a cuatro patas; lo hice y ella se colocó a mi lado y, sacando otra vez su lengua, se puso a lamerme la zona de mi coño. Era delicioso, pero en ese momento ella, a mi espalda, dijo:
—Ya que estoy ocupando el lugar de papá, lo voy a hacer con todas sus consecuencias.
Sentí cómo algo entraba en mi coño y comprendí que mi hija se había colocado su consolador con el arnés y, efectivamente, estaba jugando a ocupar el lugar de su padre. Desde luego no lo hacía nada mal; su polla de plástico se movía dentro con gran habilidad y comenzó a decirme:
—¿Dime, esposa mía, te gusta?
Me gustaba y mucho. No le respondí, pero mis gemidos sí lo hicieron. Mi hija se movía dentro de mí mejor que muchos de los tíos con los que lo había hecho, y sí, mejor que su padre, aunque esto me cuidé mucho de decírselo. En su lugar, preferí seguirle el juego y le dije:
—Esposo mío, fóllame, me estás volviendo loca de placer. Fóllate a la puta de tu mujer.
A mi hija el juego parecía gustarle y siguió follándome con mucho ímpetu hasta que me hizo correrme, y luego me dijo:
—¿Mamá, qué te parece ser tú el papá que se folla a su hija?
—Si ese es tu deseo, mi amor —le respondí.
Mi hija se quitó el arnés y me lo cedió. Me fue explicando cómo ponérmelo. Una vez que lo tuve bien puesto y ajustado, ella dijo:
—A esta nena le apetece chupar la polla de su papá.
Yo me puse de rodillas sobre la cama y mi hija, que se había puesto a cuatro patas, llevó su boca hasta mi polla de plástico. Aunque físicamente el consolador no formara parte de mi cuerpo, verla cómo lo chupaba con esos labios pintados de rojo me resultaba muy excitante. No pude aguantar mucho sin decirle:
—Hijita, tu papi tiene muchas ganas de follar a su hija.
—Adelante, papito —me respondió ella.
Se tumbó sobre la cama y se abrió bien de piernas. Yo me puse encima de ella, como mi marido se ponía encima de mí, y le introduje el consolador dentro de su coño. Mi hija al sentirlo se puso a gemir mientras decía:
—Papito, fóllame.
Yo la seguí follando hasta que se corrió en medio de un orgasmo descomunal. Después nos dimos cuenta de que se nos estaba haciendo tarde; su padre o sus hermanos no tardarían en llegar, así que nos vestimos. Cuando ellos llegaron todo parecía normal; eso sí, noté cómo esa noche mi hija era más cariñosa y pegaba más su cuerpo a su padre y sus hermanos.

Sin embargo, las palabras que Paola había pronunciado durante el juego del arnés —aquellas donde me llamaba "esposa mía"— no se quedaron flotando en el olvido de esa tarde. Algo en nuestro interior había cambiado de manera irrevocable. Los días siguientes, cuando mi marido o sus hermanos intentaban acercarse a nosotras, ambas sentíamos un rechazo profundo. La heterosexualidad y el antiguo vínculo de madre e hija empezaron a estorbar; ya no éramos dos familiares compartiendo un secreto morboso, nos habíamos convertido en dos mujeres unidas por un deseo exclusivo y absorbente. Paola cumplió su promesa de no volver a estar con nadie más, y yo dejé de mirar a cualquier hombre.
El amor familiar mutó por completo en un amor de pareja real y maduro. Nuestra asombrosa similitud física —con esos rostros idénticos enmarcados en ondas castañas y esas dos figuras deslumbrantes de curvas marcadas, bustos imponentes y cinturas breves— se transformó en el lazo de nuestra nueva vida. Éramos una pareja perfecta, un reflejo mutuo de sensualidad y simetría.
No podíamos seguir ocultando nuestra verdadera naturaleza bajo el techo de una familia que ya no sentíamos nuestra. Así que, un par de meses después, tomamos una decisión radical: armamos nuestras maletas, dejamos atrás a mi esposo y a sus hermanos, y cambiamos de residencia por completo.
Nos mudamos a una ciudad lejana donde nadie conocía nuestro pasado ni nuestro origen. En este nuevo destino, compramos una casa y dejamos de escondernos. Dejamos de lado los tríos, los hombres y los tabúes para convertirnos formalmente en una pareja estable. Hoy en día, salimos a la calle tomadas de la mano, orgullosas y seguras de nuestra imponente belleza compartida, viviendo plenamente ante el mundo como un matrimonio de esposas legítimas, unidas por el deseo que empezó en aquella tarde de confesiones.

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