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50: Violación de ética (Parte I)




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Compendio III


50: VIOLACIÓN DE ÉTICA (PARTE I)

Miércoles

Tras aquella espantosa reunión del lunes (donde descubrimos que Reginald había ignorado a todos fuera de la junta directiva), pensé que las cosas no estaban tan mal.

En realidad, estaban peligrosamente peor.

El miércoles por la tarde, me dirigía a mi oficina para salir temprano: la visita improvisada de Celeste durante el almuerzo me había dejado agradablemente agotado, mi camisa todavía ligeramente arrugada donde sus uñas acabadas se habían clavado en mis hombros. El aroma de su perfume de lavanda persistía en mis sentidos mientras aflojaba la corbata, desplazando distraído la pantalla de mi teléfono. Fue entonces cuando el correo de Gloria impactó mi bandeja de entrada como un disparo de bengala al cielo.

**Asunto: JEFE, NECESITO TU AYUDA **

El encabezado ardía detrás de mis párpados, mientras la voz de Gloria crepitaba en mi mente. Su risa aún tenía ese mismo rico jadeo… el que había memorizado años atrás cuando susurraba “¡Así jefe, justo así!” contra mi clavícula.

50: Violación de ética (Parte I)

Pero en pocos minutos, vería que estaba teñida de algo más cortante. Miedo.

Gloria y yo no hemos trabajado juntos oficialmente en años. Tras obtener su título en química, Sonia y yo la aceleramos hacia el cumplimiento normativo como un intento de redimir mis pecados pasados, con nuestra empresa poniéndola a cargo de regulaciones ambientales. Nuestras interacciones desde entonces habían sido escasas, cargadas de tensión, aparte de ocasionales “polvos”, ni siquiera habíamos hablado mucho, especialmente después de que empezó a salir con mi buen amigo Nelson. Hasta que ese asunto incendió la pantalla del celular.

companera de trabajo

Al ver ese asunto, dejé todo lo demás (no es que a Reginald le importara) y llamé a Gloria de inmediato.

• ¡Hey, jefe! Fui a tu oficina. No estabas. - Gloria me saludó con un tono preocupado, su voz con ese ligero rasguño que le sale cuando está estresada… el mismo que le había sacado en contextos muy distintos años atrás.

- Sí. Tenía unos encargos en el centro. ¿Qué pasa? - pregunté por el altavoz, ya en camino a la empresa, a pesar de venir directamente de la habitación de hotel de la esposa de Reginald.

• ¡Jefe, Julien detectó irregularidades en unos sitios! - Su voz rozaba el colapso nervioso. - ¡Si no compramos, entregamos e instalamos los filtros antes del lunes, perdemos los permisos!

asistente

El golpe fue seco. Teníamos hasta el viernes a más tardar: ningún proveedor externo trabajaría el fin de semana, y el reloj corría como una carga de demolición atada a los permisos. Mis dedos se apretaron alrededor del volante. ¿Qué diablos había encontrado Julien?

• ¿Dónde estás, jefe? ¡Te necesito! - Su voz se quebró… no el rasguño juguetón de cuando estábamos solos, sino algo crudo. La desesperación de una chica perdida que me hizo pisar más fuerte el acelerador.

- ¡Ya estoy llegando al edificio! - Respondí, el motor de mi camioneta rugiendo como un trueno al atravesar las avenidas. - ¡Iba a marcar salida! ¡Espérame en mi oficina!

Tardé casi diez minutos en llegar al estacionamiento. El ascenso al piso 12 fue solitario, la mayoría ya se iba: las puertas del elevador separándose como párpados llenos de reproche cada vez que se abrían para revelar otro pasillo vacío. El silencio presionaba mis tímpanos, roto solo por el eco exagerado de mis zapatos contra el mármol. Me pregunté, distraído, si Gloria aún usaba esos tacones que la hacían justo lo suficientemente alta para besarme sin ponerse de puntillas.

Al salir del ascensor y dirigirme a mi oficina, encontré a Gloria estresada, abrazando su carpeta con fuerza, nudillos pálidos y su sonrisa burbujeante habitual reemplazada por algo más tenso. Sus rizos negros cortos estaban levemente despeinados, como si se hubiera pasado los dedos nerviosamente.

Llevaba ese labial carmín cereza… el mismo que había dejado manchado en mi cuello hace unos meses… pero ahora sus labios estaban apretados en una línea fina.

novia infiel

Lucía hermosa. Un estilo completamente distinto al de mi conservadora y tímida asistente. Ahora, Gloria irradiaba confianza, sin miedo a mostrar piel. El vestido era liviano y elegante: no particularmente revelador, pero tampoco ideal para otoño. La falda larga y fluida, y las delgadas tiras hacían que se ciñera perfectamente a sus pechos firmes. La tela susurraba contra sus muslos al cambiar de postura, y atisbé esas pecas familiares esparcidas como constelaciones sobre su clavícula.

• ¡Jefe, pensé que ya te habías ido! —dijo, abrazándome aliviada. Su cuerpo se apretó contra el mío… demasiado cálido para el frío otoñal que se filtraba por las ventanas, demasiado familiar a pesar de los años entre nosotros.

El aroma de su champú (algo con un toque de vainilla) invadió mis sentidos mientras sus dedos se aferraban a la tela de mi camisa. Se separó lo justo para mirarme, esos ojos azules claros abiertos por la urgencia, pero sus labios se entreabrieron como si fuera a decir algo completamente distinto.

- ¡Lo hice! - respondí devolviendo el abrazo, hipnotizado por el azul de sus ojos. - Pero me necesitabas más.

Se sonrojó ante mis palabras… un rosa tenue cubriendo sus mejillas que chocaba con el rojo intenso de su labial. Era el mismo tono que había dejado manchado en mi cuello hacía dos años, cuando aún era mi asistente en nuestro viaje a Sídney y yo aún fingía no notar cómo coqueteaba descaradamente en nuestro hotel.

- Cuéntame qué pasa. - ordené al abrir la puerta de mi oficina, su aroma a vainilla siguiéndome como un fantasma de viejos errores.

Las luces se encendieron, iluminando mi estantería, el escritorio y el sofá. De algún modo, me pesó que tener una oficina modesta hiciera estos momentos un poco más tristes, sin nada mejor que ofrecerle.

• Bueno... necesitamos entregar filtros. - explicó, arrastrando los pies detrás de mí. - No son personalizados. Solo unidades estándar, esperando en almacenes a que alguien firme el cheque y los envíe.

Los documentos se deslizaron sobre mi escritorio con un susurro de papel: permisos, identificaciones de sitios, fechas límite resaltadas en amarillo agresivo como cinta de precaución estirada. El perfume de Gloria me aturdió al inclinarse, algo dulce como cerezas maduradas al sol, fermentando bajo el calor de su piel. Cuando se agachó para señalar una fecha con su uña impecable, su vestido se abrió lo justo para revelar la sombra de su escote, el borde de encaje de un sostén que definitivamente no era para reuniones corporativas.

- Sabes que necesitamos comprarlos antes del sábado, ¿Verdad? - pregunté, aunque los números frente a mí dejaban claro que no exageraba.

novia de mi amigo

El muslo de Gloria rozó el mío al acercarse… no supe si por énfasis o proximidad. El dobladillo de su vestido se levantó lo suficiente para mostrar el más leve indicio de encaje donde las medias encontraban piel.

• ¡Lo sé, jefe! —Respondió, suspirando suave, pero con orgullo. La comisura de sus labios manchados de carmín se torció… esa misma sonrisa arrogante que usaba cuando intentaba convencerme en el pasado. - Las tiendas probablemente estarán cerradas el fin de semana.

Me enorgulleció. Había aprendido de mí: Gloria entendía exactamente la situación, aunque fuera crítica. Era la competencia que le inculqué cuando trabajábamos juntos, mucho antes de que los límites entre nosotros se difuminaran en Sídney.

- ¿Y contactaste a los gerentes de sitio? - pregunté, al no ver autorizaciones de compra ni notificaciones. La ausencia de sellos brillaba más que el carmín de Gloria. - ¿Quién paga todo esto?

Se congeló en el acto, la carpeta temblando en sus manos. La mujer segura que me recibió minutos antes desapareció… reemplazada por la interna nerviosa que conocí años atrás, mordiéndose los labios antes de las presentaciones.

• ¡Yo... no lo hice! - balbuceó, la boca abierta, sus dedos apretando la carpeta vacía hasta arrugar los bordes.

- ¡Bien! ¡Tráeme toda la información de proveedores y ubicaciones, pronto! - El teclado repiqueteó bajo mis dedos al encender la computadora, la luz azul de la pantalla proyectando sombras afiladas sobre el rostro atónito de Gloria. Sus labios (aún entreabiertos alrededor de esa confesión inconclusa) brillaban bajo las luces fluorescentes. - Contactaré a Horatio en finanzas para transferencias especiales.

El problema era que Horatio seguramente ya se había ido: sus salidas estrictas a las 5 PM son casi puntuales como el reloj. El rostro de Gloria se arrugó como la carpeta en sus manos cuando colgué el teléfono con una maldición ahogada.

Aún teníamos trabajo. Horatio se había ido, el proceso estaba estancado, pero debíamos redactar notificaciones para los tres sitios. Gloria se desplomó en la silla frente a mi escritorio, los dedos tamborileando un ritmo nervioso contra su muslo. Al ver que esto tomaría tiempo, llamé a mi esposa para avisarle de mi demora.

+ Así que... te quedas tarde ayudando a Gloria... - la voz de Marisol serpenteó por el teléfono como humo: cálida, burlona, con ese filo peligroso que adoptaba cuando sabía exactamente qué tan cerca del fuego bailaba. - ¡Pobrecito! Trabajas extra después de ver a Celeste...

sexo en la oficina

Tragué saliva. Técnicamente, no se equivocaba. Pero sí sobre la cronología. Celeste había sido el postre del almuerzo. Ahora, con los nudillos pálidos de Gloria alrededor de esa carpeta arrugada, esto era distinto.

- ¡No es así! ¡Es una crisis real! - cuchicheé al teléfono, apoyando una palma en mi frente mientras la mirada curiosa de Gloria quemaba mi perfil. Las luces fluorescentes zumbaban, proyectando sombras afiladas sobre los permisos desordenados. - ¡Debemos enviar estos documentos antes del viernes o perderemos las autorizaciones!

La silla de Gloria crujió al inclinarse, codos apoyados en sus rodillas. El dobladillo de su vestido se deslizó más arriba, revelando el encaje negro en la parte superior de sus medias. Su respiración se cortó levemente al escuchar mi tono elevado.

+ ¡Bien, bien! - rezongó Marisol con ese tono juguetón y fingidamente molesto que me pone tieso. - Solo no la agotes demasiado...

Colgué sonrojado, el teléfono resbalando de mi mano al escritorio con un golpe seco. El clic de desconexión dejó el aroma de las burlas de Marisol flotando como perfume barato. Los labios de Gloria se movieron (no una sonrisa, pero algo parecido) mientras observaba mi torpeza. Las luces zumbaban sobre nosotros, iluminando sus pómulos afilados con una claridad clínica que hacía su labial cereza parecer aún más rojo.

• ¿Todo bien? - preguntó Gloria, inclinando la cabeza. La pluma entre sus dedos golpeó su labio inferior dejando una mancha tenue de rojo cereza en el plástico. La comisura de su boca se curvó en una sonrisa que no llegaba a sus ojos. - ¿Problemas en el paraíso?

- Solo Marisol siendo... Marisol. - Exhalé por la nariz, rotando mis hombros tensos mientras la sonrisa de Gloria vacilaba. La pluma se detuvo contra su labio. - ¿Y tú? ¿A Nelson le parece bien que trabajes tarde conmigo?

Se estremeció… solo un destello de tensión en su mandíbula, desaparecido antes de estar seguro. Sus dedos apretaron la pluma.

• ¡S-sí!... Sabe que el trabajo es primero. - Sus dedos temblaron antes de soltar la pluma con cuidado. La luz fluorescente reveló un temblor en sus manos… no era miedo, sino algo más caliente.

Nos pusimos a hablar. Resultó que rompió su compromiso con Oscar durante el verano, aunque no porque él la descubriera engañándolo con Nelson. Querían cosas distintas y los largos turnos de Oscar en el hospital lo dejaban demasiado exhausto para intimar, así que al final vivían como compañeros de piso que compartían cama.

• Fue lo mejor. - se estiró como un gato arquearía el lomo, dedos flotando sobre el teclado antes de lanzarse a otra ráfaga de tipeo. El movimiento tensó su vestido sobre el pecho…sin que ella pareciera notarlo o importarle. - Las pocas veces que lo hicimos, apenas lo sentí.

50: Violación de ética (Parte I)

(The few times we did have sex, I barely felt him.)

Sus palabras salieron y me golpearon como un balde de agua fría. La miré con ojos desorbitados, la hoja de cálculo en mi pantalla desvaneciéndose en píxeles sin sentido. El aire entre nosotros se espesó con algo más pesado que el champú de vainilla de Gloria y su perfume a cereza dulce.

• ¡No... no fue solo por ti...! – trató de arreglarla, con pánico en la voz, sus labios cereza abriéndose alrededor de la confesión como si la hubiera retenido por años. Un rizo suelto cayó sobre su frente al inclinarse, codos apoyados en las rodillas. Las luces fluorescentes captaron el tenue brillo de sudor en su clavícula. - Nelson también la tiene grande. Pero tampoco me llena tan bien…

(Nelson's got a big one, also. But he doesn't fill me that well, either.)

Mis pantalones se ajustaron incómodamente cuando la respiración de Gloria se cortó… no supe si por arrepentimiento o algo más oscuro. El silencio se extendió entre nosotros, roto solo por el zumbido del refrigerador de la oficina y el suave crujir de las medias de Gloria al cruzar las piernas. El roce contra el cuero de la silla sonó como un susurro.

- ¡Centrémonos en el trabajo! - logré decir, pero la tensión persistió.

Gloria asintió demasiado rápido, sus rizos rebotando, y durante las siguientes dos horas trabajamos en un silencio quebrado solo por el tecleo y carraspeos ocasionales. Las luces fluorescentes zumbaban como avispas atrapadas, decolorando el cereza de sus labios hasta que los repintó distraídamente a media frase… captándome, observándola en el reflejo de mi pantalla oscura.

companera de trabajo

Pasadas las siete terminábamos el último informe. La adrenalina se había convertido en agotamiento, dejándonos desplomados en extremos opuestos del sofá como supervivientes de un naufragio burocrático. El silencio era pesado… no precisamente incómodo, pero cargado con todo lo no dicho. Los pies enfundados en las medias de Gloria se encogieron bajo ella al estirarse, el dobladillo de su vestido subiendo lo suficiente para hacerme apartar la mirada.

- ¡Bien! ¡Solo queda contactar a Horatio y resolver las transferencias! - gemí, frotando mis sienes donde un dolor sordo latía, mientras extendía el brazo hacia ella.

Gloria emitió un sonido de asentimiento, sus dedos tamborileando inquietos contra su muslo. La oficina estaba demasiado silenciosa ahora… sin el zumbido de impresoras ni charla distante del personal de limpieza. Solo el ocasional crujido de los resortes del sofá cuando Gloria se acercó más.

Se inclinó, su cabeza apoyándose en mi pecho.

asistente

• ¡Gracias, jefe! ¡Eres el mejor! - dijo, abrazándome con fuerza suficiente para sentir el aleteo rápido de su pulso contra mis costillas.

El calor de su cuerpo traspasó mi camisa, su respiración desigual en mi cuello.

- ¡No hay de qué! —respondí, nuestras miradas encontrándose al fin.

El aroma de su champú se mezcló con el perfume a cereza mientras sus rizos rozaban mi mentón. Su respiración se cortó al notar nuestra cercanía, su muslo presionando el mío a través del delgado tejido de su vestido. La oficina zumbaba a nuestro alrededor: el leve chirrido del ascensor, el goteo de mi cafetera llevando su propio paso, el susurro de su falda al moverse.

novia infiel

Lo que sucedió después fue natural. Nos besamos y me incliné sobre ella. No se resistió. También me deseaba. Sus labios estaban cálidos y cedían ante los míos, con un leve sabor a chicle de menta y ese brillo cereza. Un sonido sorprendido escapó de su garganta (no en protesta, solo reconocimiento) antes de que sus dedos se enredaran en mi pelo, acercándome más. El sofá crujió bajo nuestro peso mientras su pierna se enganchaba a mi cadera, el tejido sedoso de su vestido subiendo para exponer piel suave y tonificada.

• ¡Marco...! —susurró contra mi boca, su voz ya ronca. – ¡No deberíamos...!

novia de mi amigo

Pero su cuerpo traicionó sus palabras. Sus caderas se arquearon contra las mías, el calor entre sus piernas inconfundible incluso a través de las capas de tela. Mi mano ascendió por su muslo, dedos rozando el borde de encaje de sus bragas antes de aferrar su cintura. Su aroma se mezclaba con el perfume… agudo y dulce.

Su mano descendió, buscándome, pero lo único que encontró fue mi erección palpitante. Aunque había estado con Celeste esa tarde, mi cuerpo necesitaba entrar en Gloria otra vez. Era primario. Animal. Pero yo tenía que hacerla mía.

Ella jadeó al verme desabrochar el cinturón, mi erección gruesa y dura contra el tejido de los calzoncillos… los mismos que Celeste había bajado juguetonamente horas antes. Los labios de Gloria se abrieron en un "oh" silencioso, sus pupilas dilatándose hasta que sus iris azules quedaron reducidos a finos anillos alrededor del hambre negra.

• ¡Jefe... ahh... es tan grande! - el susurro de Gloria se quebró como yesca seca, sus pupilas devorando el azul de sus iris mientras miraba mi erección tensando los calzoncillos.

El brillo cereza de sus labios se emborronó al morderlos… con fuerza suficiente para dejar marcas en el acabado satinado.

Al presionar contra su hendidura, se mordió el labio. Estaba estrecha: no con la resistencia tímida de alguien inexperto, sino el agarre de un cuerpo habituado al placer y aún hambriento. No sabía cuánto se acostaban ella y Nelson, pero parecía irrelevante. Su sexo ardía: húmedo y ajustado como un horno. El zumbido fluorescente de las luces creció cuando Gloria contuvo el aliento, sus dedos clavándose en los cojines del sofá. Sus caderas se alzaron instintivamente, buscando fricción, y el aire se espesó con almizcle, sudor y cereza.

No pude detenerme. Dos años de pasión reprimida por mi asistente ardían como el infierno. Y a ella le ocurría lo mismo: sus ojos azules me devolvían la misma intensidad feroz, pupilas devorando iris por completo. En ese instante, Nelson no existía. Marisol era un fantasma. Mis hijos, sombras borrosas. Solo quedaba el calor de Gloria tragándome entero, sus uñas tallando medias lunas posesivas en mis hombros como marcando territorio.

sexo en la oficina

El momento en que la cabeza de mi verga la penetró, el cuerpo entero de Gloria se arqueó fuera del sofá… su espalda formando una media luna perfecta mientras sus uñas tallaban líneas rojas en mis hombros. Un gemido gutural escapó de su garganta, ahogado a medias por mi boca estrellándose de nuevo contra la suya. El sabor a cobre floreció entre nosotros; me había mordido el labio con fuerza suficiente para sacar sangre.

¡Umph!... - jadeó contra mis dientes al llegar hasta el fondo, sus músculos internos aleteando en pulsos erráticos alrededor de mi verga.

La luz de la lámpara capturó el sudor perlado en sus clavículas, dorando su cuello al tragar convulsivamente. Su vestido se había subido por completo ahora, acumulado en su cintura como un halo carmesí. El encaje de sus bragas colgaba de un tobillo… ya roto cuando las aparté con dedos temblorosos.

Al principio me moví despacio, saboreando cómo sus músculos internos se contraían alrededor mío con cada empuje superficial. La respiración de Gloria llegaba en ráfagas ásperas contra mi cuello, sus dedos apretándose en mi pelo cada vez que inclinaba mis caderas en el ángulo preciso. El sofá crujió bajo nosotros, su cuero quejándose al profundizar los embistes, prolongando cada retirada hasta que sus piernas se cerraron alrededor de mi cintura como un tornillo. Sus talones se clavaron en mi espalda baja (una demanda tácita de más) y observé, hipnotizado, cómo sus labios cereza se abrieron en un jadeo silencioso.

50: Violación de ética (Parte I)

• ¡Más rápido! - exigió, su voz quebrándose como ramas secas bajo presión, mitad orden, mitad súplica.

Sus uñas tallaron medias lunas en mis hombros al obedecer, las patas del sofá chirriando contra el piso con cada embestida. El aroma de su excitación se espesó… almizclado y maduro bajo los olores estériles de tinta y café rancio. La cabeza de Gloria se agitó contra los cojines, sus rizos negros pegados a la frente sudorosa mientras enganchaba una pierna en el brazo del sofá para ganar apoyo. El chasquido rítmico de piel contra piel rebotó en los archivadores, sincronizado con sus gemidos ahogados.

Entonces… una vibración contra mi muslo. Su teléfono, zumbando con insistencia en el bolso abandonado. La pantalla iluminó el nombre de Nelson.

Gloria se paralizó a mitad de gemido, pupilas dilatándose aún más al mirar el bolso con manos temblorosas. El ritmo de nuestros cuerpos se interrumpió como un disco rayado… sus muslos apretándose instintivamente alrededor de mis caderas mientras sus dedos se clavaban en mis hombros.

La pantalla agrietada aún mostraba la notificación de la llamada perdida de Nelson. Una gota de sudor recorrió su clavícula antes de desaparecer bajo la tela arrugada del vestido. Su garganta se movió en silencio (tragándose cualquier gemido que hubiera estado formándose) mientras el segundo zumbido vibraba a través del sofá y se hundía en mis huesos.

El teléfono resbaló por el escritorio, chocando contra una engrapadora. La respiración de Gloria llegaba en jadeos superficiales, su pecho alzándose rápido bajo la seda retorcida de su vestido. El nombre de Nelson parpadeó de nuevo (un pulso verde en la tenue luz de la oficina) proyectando sombras dentadas sobre sus labios entreabiertos. Durante tres latidos, ninguno nos movimos. Entonces las caderas de Gloria se elevaron con lentitud calculada, sus músculos internos apretándome en un tornillo de terciopelo.

companera de trabajo

No dejé de moverme. La vibración del teléfono latía a través del sofá como un corazón moribundo, pero los muslos de Gloria se cerraron alrededor de mis caderas, sus uñas arañando mi espalda con fuerza suficiente para dejar marcas. Arqueó la espalda imposiblemente más alto, su susurro áspero contra mi garganta:

• ¡Ignóralo!

El teléfono calló. Luego vibró de nuevo… tres ráfagas cortas e insistentes que cortaron el gemido de Gloria a mitad. Sus dedos se enredaron en mi pelo, arrastrando mi boca hacia la suya antes de que pudiera mirar la pantalla. El sabor del brillo cereza se mezcló con sal al morder mi labio inferior, sus caderas empujando hacia arriba para encontrarse con cada embestida con precisión desesperada.

Los dientes de Gloria se clavaron en mi hombro para ahogar un grito cuando penetré más hondo, alcanzando ese punto que hacía crispar sus dedos contra mis pantorrillas. Sus muslos temblaban, los músculos tensos como cuerdas de arco. La tercera vibración la hizo estirar el brazo a ciegas, tirando el teléfono al suelo con un golpe seco. La pantalla se agrietó contra el azulejo.

Silencio.

asistente

Entonces… su orgasmo llegó como un relámpago, violento y repentino. La espalda de Gloria se arqueó fuera del sofá, su boca abierta en un grito silencioso mientras su cuerpo se contraía alrededor mío en oleadas rítmicas. Sentía cada contracción: cómo sus músculos internos aleteaban como pájaro atrapado. Sus manos arañaron mi cintura, arrastrándome más cerca mientras lo sobrellevaba, su aliento caliente y entrecortado contra mi cuello.

Pero no había terminado. Mi encuentro previo con Celeste en el balcón de su habitación había aumentado mi resistencia aún más. El recuerdo de sus uñas rasgando mi espalda al tomarla contra la pared (treinta pisos sobre la ciudad, el viento corriendo entre nosotros) atravesó mi mente, alimentando cada empuje profundo en el cuerpo tembloroso de Gloria. Se apretó como un puño de terciopelo, sus músculos pulsando de manera errática que solo me impulsaban más hondo.

¡Ay, jefe! ¡Ay, jefe! - La voz de Gloria quebró en un tono más agudo, pura adoración en su voz melodiosa, sus dedos arañando mi espalda al arquearse del sofá.

novia infiel

Su respiración llegaba en jadeos irregulares (mitad plegaria, mitad blasfemia) su lápiz labial cereza emborronado sobre los dientes donde mordió para sofocar otro grito. El cuero crujió bajo ella, dejando marcas rojas tenues en los muslos donde se hundía en los cojines.

Nelson es un amigo leal y una pareja cariñosa: el tipo que le lleva café a Gloria en la cama y recuerda el cumpleaños de su madre. Pero en ese instante, mientras sus labios cereza se abrían alrededor de gemidos ahogados y sus dedos tallaban medias lunas en mi espalda, nada de eso importaba. Lo único que existía era el sonido obsceno y húmedo de nuestros cuerpos unidos, cómo sus muslos temblaban cuando sacaba mi verga hasta la punta antes de embestir con fuerza suficiente para arrastrar las patas del sofá por el piso.

Mis embestidas se volvieron más lentas, pero más profundas, cada movimiento deliberado, rozando sus paredes sensibles. La respiración de Gloria se cortaba al ritmo de cada retirada, su cuerpo temblando como cuerda tensada. El sudor brillaba en su clavícula, capturando el parpadeo fluorescente de las luces. El sofá crujía bajo nuestro peso, su cuero resbaladizo por la transpiración donde nuestras pieles se encontraban. Sentí su pulso aleteando contra mis labios al presionarlos contra su garganta… rápido y frenético, como un colibrí atrapado entre mis dientes.

• Marco... No puedo… ¡Ah!... ¡Nelson va a!...

novia de mi amigo

Jadeó mi nombre como si se lo arrancaran de la garganta, su voz quebrándose en los bordes. Una mano se enredó en mi pelo mientras la otra arañaba los cojines del sofá, sus uñas dejando marcas tenues en el cuero. Las luces del techo zumbaron más fuerte cuando ajusté el ángulo de mis caderas, alcanzando ese punto que hizo que sus muslos me apretaran como una tuerca. Su respiración llegó en ráfagas ásperas contra mi mejilla: cálida y dulce con el fantasma de goma de menta.

Pero no podíamos parar. La presión del tiempo, la tensión, todo eso hacía que nuestros cuerpos se buscaran como una válvula de escape. A pesar de nuestros besos ardientes, no había amor verdadero debajo. Nos deseábamos. Nos necesitábamos. Y nuestros cuerpos respondían en consecuencia.

Las patas del sofá chirriaron contra el piso con cada embestida. Había follado a muchas mujeres en esta oficina (jefas de departamento, asistentas, nuevas contratadas) pero Gloria lo tomaba como lo hicimos años atrás. Sus muslos me apretaron más fuerte, sus uñas trazando nuevas marcas en mi espalda mientras la clavaba más hondo en el cuero.

• ¡Jefe! ... ¡Maldición! … —Gloria jadeó, su voz hecha trizas. Sus dedos retorcieron mi pelo, tirando lo suficiente para hacer arder mi cuero cabelludo. - ¡Ahí mismo!

sexo en la oficina

Su teléfono vibró otra vez en el piso, la pantalla proyectando reflejos verdes y dentados en los paneles del techo. El nombre de Nelson parpadeó dos veces más antes de apagarse. La respiración de Gloria se cortó… no por culpa, sino por cómo mi pulgar trazaba círculos firmes y obstinados alrededor de su clítoris.

50: Violación de ética (Parte I)

Estaba alcanzando mi límite, mis manos apretando sus nalgas con fuerza suficiente para dejar huellas mientras el recuerdo de nuestro primer encuentro anal me atravesaba: ese jadeo sofocado cuando entendió lo que hacía, cómo sus uñas habían rasgado las sábanas del hotel. Mi verga palpitó violentamente, los primeros pulsos calientes de mi orgasmo subiendo por el eje justo cuando Gloria se arqueó del sofá con un aullido que debería haber hecho estallar los paneles de vidrio. Sus músculos internos me ordeñaron durante cada chorro espeso, sus muslos temblando contra mis caderas mientras me vaciaba dentro de ella. Gloria aulló como una loba, su voz quebrándose mientras el orgasmo la desgarraba: crudo, sin filtro, tan fuerte que rogué que seguridad no viniera a golpear la puerta. El olor a sexo, sudor y lápiz labial cereza espesaba el aire entre nosotros, pegándose a mi piel como una segunda capa.

Me quedé enterrado dentro de ella mientras colgaba, ambos resbaladizos por el sudor, el aire de la oficina ahora denso con el almizcle del sexo y el perfume cereza arruinado de Gloria. Su pecho subía y bajaba rápidamente bajo la seda torcida de su vestido, una tirante colgando de su hombro. Las luces fluorescentes zumbaban sobre nosotros, blanqueando su piel sonrojada hasta brillar como porcelana.

companera de trabajo

Gloria era un desastre y medio sudoroso: su vestido arrugado, el sostén asomando entre su escote, y sus rizos pegados a su frente húmeda como tinta negra derramada sobre pergamino. El teléfono tembló levemente en sus dedos al marcar el número de Nelson: su pulgar dejando una mancha tenue de lápiz labial cereza en la pantalla agrietada. Me quedé dentro de ella, inmóvil, sintiendo las réplicas de su orgasmo palpitar alrededor mientras llevaba el teléfono a la oreja con despreocupación sorprendente.

• ¿Sí, Nelson? - preguntó con naturalidad, todavía empalada en mí, mi verga ablandándose, pero pulsando contra sus paredes sensibles.

Una sonrisa lenta y traviesa se extendió por sus labios teñidos de cereza al clavarme la mirada, sus caderas moviéndose apenas para apretarme… solo lo suficiente para cortarme la respiración.

• ¡Sí, mañana también nos quedaremos tarde!... Marco mencionó algo de que Horatio permitiría transferencias... ¡No, lo siento, cariño! ¡Estoy agotada! Cuando Marco termine, iré directo a la cama... ¡Sí, amor! ¡Te llamo al llegar! ¡Adiós!

Colgó y me miró fijo.

• Entonces... ¿Te animas a quedarte tarde mañana también? - preguntó en un tono coqueto y juguetón.

asistente


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