Tengo 46 años. Soy dueño de varias tiendas de ropa en la ciudad, locales pequeños pero bien ubicados. No me falta dinero, nunca me ha faltado. Casado, dos hijos, una vida cómoda y una red de amigos de años. Uno de ellos, de los más cercanos, me llamó un martes por la tarde con esa voz de “necesito un favor”.
—Oye… necesito que le des trabajo a Abril. Está demasiado mimada. Se me hace, con todo respeto, que no sirve para una mierda. Solo quiere el celular, la ropa y que le den todo. Ya no sé qué hacer con ella.
Abril. Diecinueve años. La conocía desde que era niña, pero en los últimos años la había visto crecer. Piel morena clara, cabello negro largo, labios gruesos, cuerpo delgado con un culo que ya no podía disimular ni con la ropa más holgada. Bonita, sí. Pero inútil. Mal en la escuela, cero disciplina, de esas que creen que el mundo les debe algo solo por existir. Su padre tenía contactos, claro, por eso había llegado hasta donde estaba… pero ahora quería que aprendiera a trabajar de verdad.


No quería aceptarla. La última cosa que necesitaba en una de mis sucursales era a una niña mimada de diecinueve años quejándose cada cinco minutos. Pero era mi amigo. Y los favores entre amigos se pagan.
—Está bien —le dije al final—. Que venga el lunes. Pero que sepa que aquí no se viene a jugar.
Colgué. Me quedé mirando el techo del despacho un momento.
Nunca me arrepentí de haber dicho que sí.
El lunes la cité a las 12:00 de la mañana en la tienda nueva, una sucursal chica que acababa de abrir. Llegó a las 12:300 Treinta minutos tarde.
Bajó de un carro nuevo, de esos que le regalan los papás de cumpleaños a las niñas mimadas. Caminó hacia mí con cara de aburrimiento total, como si le estuvieran haciendo un favor a ella y no al revés.
—Ay, perdón… es que no sabía qué ponerme —dijo, sin realmente sonar arrepentida.
Llevaba una falda rosa bastante corta y una camisa blanca. Las piernas morenas, firmes, de una muchacha de diecinueve años. Se me escapó un suspiro. Pensé: Bueno… por mi amigo, lo que sea.
—Entra —le dije secamente.
Durante casi dos horas le estuve explicando todo. Cómo atender clientes, cómo cobrar, cómo canjear códigos de barras, cómo hacer los pagos. También le dije que tenía que limpiar: barrer, trapear, mantener el local presentable. Ni siquiera sabía agarrar bien el trapeador. Se le resbalaba, se enredaba, se reía como si fuera un chiste.
La puse a exprimirlo en la cubeta. Cada vez que se agachaba, la falda se le subía y dejaba ver completo el calzón negro de encaje apretándole las nalgas. Redondas, firmes, moviéndose con cada movimiento. Me quedé mirando un segundo de más.
Ufff…
Seguí explicándole, pero era inútil. No retenía nada. Preguntaba lo mismo tres veces. Se distraía con el celular. Era una pendeja completa. Al final me harté.
—Voy a regresar a las nueve de la noche a cerrar la tienda —le dije—. No quiero que la dejes abierta. ¿Entendiste?
Ella puso los ojos en blanco.
—Ash… ¿tanto tiempo?
No le contesté. Simplemente agarré las llaves del auto y me fui, dejando atrás el olor a perfume barato y la imagen de ese culo asomándose cada vez que se inclinaba.
Salí de la tienda y me fui a checar las otras sucursales, el día a día de siempre. Revisar inventarios, hablar con los encargados, resolver pendejadas. Después regresé a casa. Cené con mi esposa y mis hijos como cualquier noche normal. Fingí que todo estaba en orden. A las 8:40 agarré las llaves otra vez y salí.
Llegué a las nueve en punto.
Abril estaba sentada encima del mostrador, con las piernas cruzadas y el celular en la mano. Levantó la vista apenas me vio entrar.
—Ay, qué bueno que llegas… me muero por irme —dijo con esa voz de niña aburrida.
Le pedí el dinero del día. Me lo entregó todo arrugado, sin ni siquiera contarlo. Me senté a hacer el corte. Faltaban doscientos pesos. Respiré hondo y no dije nada. Solo por mi amigo… espero que aprenda, pensé. Le di su paga: cuatrocientos pesos. Ni siquiera se inmutó. Como si le estuvieran dando propina.
Después le expliqué lo del candado, cómo se cerraba la cortina, cómo se aseguraba todo. Mientras hablaba, ella se bajó del mostrador y se agachó para practicar el cierre. La falda rosa se le subió otra vez, pero esta vez más. Las nalgas se le marcaron perfectas bajo el calzón negro de encaje, redondas, firmes, separándose un poco con el movimiento. La tela se le metía entre el culo. No pude apartar la vista. Se me secó la boca.

Seguí hablando como si nada, explicándole que a partir de ahora ella tenía que abrir y cerrar todos los días. Ella solo me miraba de reojo, con esa cara de arrogancia, como si yo fuera el estúpido por estarle enseñando y no ella por no entender una mierda.
—¿Ya? —preguntó cuando terminé.
Asentí.
Se acomodó la falda sin pudor, se despidió con un “nos vemos” flojo y se fue caminando hacia su carro, moviendo ese culo como si no le importara quién la estuviera viendo.
Yo me quedé un momento más en la tienda a oscuras, con el olor de su perfume todavía en el aire y la imagen de esas nalgas grabada en la cabeza. Después cerré de verdad y me fui a casa.
A dormir junto a mi esposa… con la verga todavía semi-dura y la cabeza llena de cosas que no debía estar pensando.
Esa noche mi esposa quiso coger. Acepté. Me la follé como siempre, con las luces apagadas, en silencio. Pero toda la puta noche estuve pensando en Abril. En esa falda rosa, en el calzón negro de encaje, en cómo se le marcaban las nalgas cada vez que se agachaba. Sabía que era una pendeja completa… pero una pendeja muy hermosa. Muy deliciosa. Cuando me corrí, lo hice con los ojos cerrados imaginando que era ella la que tenía debajo.
Al día siguiente todo volvió a la rutina. Salí temprano a checar sucursales. Dejé que Abril abriera sola. Llegó media hora tarde, como siempre. Yo la veía desde las cámaras del celular. Me pasaba el día revisando las otras tiendas, pero cada rato abría la app solo para mirarla. Cómo se movía detrás del mostrador, cómo se estiraba, cómo se acomodaba el cabello. Todos los días igual. En las tardes iba yo personalmente a hacer el corte de caja y a ayudarle a cerrar. Al principio solo por responsabilidad… después porque me gustaba verla de cerca.
Con el tiempo algo cambió. Ella se volvió menos arrogante, más amable, casi dulce cuando me veía llegar. Me sonreía, me preguntaba cómo estaba, a veces hasta me ofrecía agua. Pero seguía siendo una inútil. Le faltaba dinero en caja casi cada dos días. Manchaba prendas. Se equivocaba en los precios. Yo lo dejaba pasar. Siempre. Por mi amigo. O al menos eso me decía a mí mismo.
Pasaron las semanas hasta que llegó el aniversario. Seis años de la empresa. Decidí hacer la fiesta en mi casa. Mi esposa y mis hijos estaban de viaje con el abuelo, así que el lugar era mío. Invitamos a colaboradores, patrocinadores, amigos, empleados. No gasté en salón. Mejor así.
La gente empezó a llegar desde las ocho. Alcohol, charlas, risas. Yo recibía a todos con la sonrisa de siempre. Hasta que llegó él… y ella.
Abril bajó del carro de su padre con un vestido negro elegante, corto, que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Tacones altos. Maquillaje perfecto. El cabello suelto, cayéndole sobre los hombros. Se veía espectacular. Se veía cara. Se veía como lo que era: una niña de diecinueve años que todavía no sabía lo peligrosa que podía ser.
una foto de ella esa noche

Me saludó con un beso en el cachete. Su perfume me golpeó de frente. Le presenté a un par de patrocinadores. Después saludé a mi amigo. Abril vio a unas muchachas de otras sucursales y se fue con ellas. Su padre se me acercó, vaso en mano.
—¿Cómo va con la chamaca? —me preguntó en voz baja.
Le contesté con cuidado, con respeto:
—Es… complicada. No es la más rápida aprendiendo, pero lo está intentando. Con el tiempo va a agarrar el ritmo.
Él asintió, aliviado, y se fue a platicar con otros. Yo me quedé mirándola de reojo toda la noche. No podía dejar de hacerlo. El vestido le marcaba el culo de una forma obscena cada vez que caminaba o se reía. Esas nalgas grandes, redondas, moviéndose bajo la tela negra. Me tomé tres whiskys seguidos solo para disimular.
Su padre se retiró temprano, cerca de las once.
—Oye, ¿me haces el favor de llevarla a casa cuando termine? No quiero que agarre Uber borracha.
Acepté, claro. En cuanto él se fue, Abril se me acercó con una sonrisa pícara, ya con los ojos brillantes del alcohol.
—¿Me das permiso de tomar un poco más? —preguntó, casi susurrando.
¿Quién era yo para negárselo?
Se fue con sus amigas. La fiesta siguió. Bebimos, hablamos de negocios, de números, de planes. Pero yo solo tenía ojos para ella. La veía reírse, bailar un poco, inclinarse para hablarle a alguien… y cada vez que lo hacía, el vestido se le subía unos centímetros y yo sentía cómo se me endurecía la verga dentro del pantalón.
Pasaron las diez… las once… las doce. La gente se fue yendo poco a poco. A las dos de la madrugada casi no quedaba nadie. Solo yo, dos patrocinadores muy amigos —Raúl, de unos sesenta, y Fernando— y al fondo, en el sofá de la sala, Abril y otra muchacha platicando en voz baja.
Raúl me dio un codazo mientras miraba hacia allá.
—Oye… ¿quién es esa joven de negro? Está bien puta de rica. Mírale esas nalgas, cabrón…

Fernando asintió, sonriendo de lado.
—Sí está cabrona. ¿Es nueva?
Les expliqué en voz baja quién era. La hija de mi mejor amigo. Que trabajaba conmigo por favor. Que tenía diecinueve. Los dos se quedaron callados un segundo, procesando la información, pero no dejaron de mirarla.
En eso, Abril se despidió de la otra muchacha con un abrazo. La chava se fue. Ella se quedó sola en el sofá, ya claramente borracha. Se acomodó, se cruzó las piernas y sacó el celular. Seguía bebiendo de su vaso, lenta, mientras esperaba a que termináramos de hablar para que yo la llevara a casa.
El vestido se le había subido un poco sobre los muslos. Desde donde estábamos se le veía la curva completa del culo apoyada contra el sillón. Yo tragué saliva. Raúl y Fernando seguían hablándome de un posible negocio… pero yo ya no escuchaba una mierda.
Solo la miraba.
Y sabía que esa noche no iba a terminar como las demás.
De repente sentí una mano en mi hombro. Me volteé y ahí estaba ella, tambaleándose un poco, con los ojos vidriosos y el vestido negro ya un poco chueco.
—Oye, Manuel… ¿me llevas al baño? —dijo en voz baja, casi arrastrando las palabras.
Asentí. Le ofrecí el brazo y ella se apoyó en mí más de lo necesario. Caminamos despacio por el pasillo. Mientras íbamos me hablaba, con esa voz suave y borracha:
—Es que… se me hace bien pesado esto de trabajar… nunca lo había hecho, ¿sabes? Siempre me la pasaba en la casa o con mis amigas… y ahora tengo que llegar temprano y todo eso… se me hace bien difícil…
Yo solo asentía, sintiendo el calor de su cuerpo pegado al mío y el olor a alcohol mezclado con su perfume.


Llegamos al baño de visitas. Ella entró y cerró la puerta. Me quedé afuera, apoyado en la pared. Pasaron cinco minutos. Diez. No se oía nada.
Toqué la puerta.
—Oye, Abril… ¿todo bien?
Silencio.
Volví a tocar, más fuerte.
—Abril.
Nada.
Me preocupé. Pensé que se había caído o que se había desmayado. Giré la perilla. No estaba con seguro. Abrí despacio.
Y ahí estaba.
Abril estaba recostada dentro de la tina, medio sentada, medio acostada, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Se había quitado el vestido. Solo llevaba un sostén rosa pastel y un calzón del mismo color, delicado, de esos que se ven caros y coquetos. El cabello le caía revuelto sobre los hombros y el pecho. Las piernas estaban ligeramente abiertas, una de ellas colgando un poco fuera de la tina. La respiración se le notaba lenta, pesada.
Se veía… ridículamente rica.
Me acerqué sin pensarlo demasiado. Me agaché a su lado y le toqué el hombro.
—Abril… Abril, ¿estás bien?
Ella solo soltó un quejido suave, apenas un gemido, y movió un poco la cabeza. Seguía profundamente borracha, entre dormida y inconsciente. El pecho se le subía y bajaba despacio. El calzón rosa se le marcaba perfecto entre las nalgas, y desde ese ángulo se le veía todo el redondo del culo apoyado contra la tina blanca.
Me quedé mirándola unos segundos de más. La garganta se me secó.
Entonces me asomé a la puerta y llamé en voz baja, pero clara:
—Raúl… Fernando… vengan un segundo. Tienen que ver esto.
Escuché sus pasos acercarse por el pasillo. En unos segundos los dos estaban en el umbral del baño, mirando hacia adentro.
Raúl soltó un silbido bajo.
Fernando solo dijo:
—No mames…
Los tres nos quedamos ahí, de pie, mirando a la hija de mi mejor amigo dormida en la tina, en ropa interior rosa, completamente a nuestra merced.

Los tres nos acercamos despacio, como si todavía estuviéramos midiendo hasta dónde podíamos llegar. Yo fui el primero. Le puse la mano en un pecho y apreté suave por encima del sostén rosa. Estaba firme, caliente. Después bajé la otra mano y le recorré el calzón con los dedos, presionando justo donde se le marcaba el coño. Ella solo soltó un gemidito borracho y movió un poco las caderas, sin despertar del todo.
Raúl no se quedó atrás. Se agachó del otro lado y le agarró el otro pecho, apretándolo más fuerte que yo.
—Está bien suavecita… —murmuró.
Fernando le pasó la mano por el vientre y después le agarró un muslo, subiéndolo un poco para mirarle mejor el calzón.
—Mira cómo se le marca… y eso que está bien pendeja para trabajar —dijo con una risita baja.
Seguimos tocándola así un rato, lento, disfrutando que no se resistía. El calor de su cuerpo, el olor a alcohol y perfume, la forma en que el calzón rosa se le hundía entre los labios. Yo sentía la verga dura contra el pantalón.
—La llevamos a la habitación —dije en voz baja.
Los dos asentaron sin dudar. Raúl le agarró los hombros, Fernando las piernas y yo la sostuve de la cintura. La levantamos entre los tres. Estaba pesada de borracha, completamente floja. La cargamos por el pasillo hasta mi recámara y la tiramos encima de la cama matrimonial. El colchón se hundió con su peso. Quedó boca arriba, las piernas entreabiertas, el cabello revuelto sobre la almohada, el sostén un poco corrido y el calzón rosa todavía en su lugar… aunque ya se le veía casi todo.
Me quedé mirándola un segundo y después volteé hacia ellos, todavía con la respiración un poco agitada.
—¿Qué opinan, chicos?
Raúl se rió bajito, sin quitarle los ojos de encima.
—Opino que la hija de tu compadre está más rica de lo que pensaba… y bien vulnerable ahorita.
Fernando se acercó a la orilla de la cama y le subió un poco más el calzón entre las nalgas con un dedo, mirando cómo se le marcaba el culo.
—Opino que está pidiendo a gritos que se la cojan. Mira nada más cómo tiene ese culo… y decir que es una inútil en la tienda. Qué desperdicio de cuerpo.
Yo me senté a su lado y le pasé la mano otra vez por encima del calzón, esta vez apretando más, rozándole el clítoris por encima de la tela.
—Diecinueve años… hija de mi mejor amigo… y aquí tirada en mi cama, hecha una puta borracha. Si su padre la viera ahora…
Abril solo soltó otro quejido y movió la cabeza hacia un lado. Seguía fuera de combate, pero el cuerpo le respondía. Se le estaban endureciendo los pezones dentro del sostén rosa.
Raúl ya se estaba desabrochando el pantalón.
—¿Se la quitamos toda o la dejamos así un rato para disfrutarla?
Fernando sonrió de lado, mirándome.
—Tú eres el que manda, Manuel. Es tu casa… y tu “empleada”.
Yo bajé la mirada otra vez hacia ella. Hacia ese cuerpo joven, hacia el calzón rosa que apenas le cubría el coño, hacia las nalgas que se le desparramaban un poco contra el colchón.
Sonreí despacio.
—Se la quitamos. Quiero verla completamente puesta a disposición…
La desnudamos lento.
Primero le quité el sostén rosa pastel. Se lo desabroché por detrás con cuidado, se lo bajé por los brazos y se lo saqué. Sus tetas quedaron al aire: no eran enormes, pero sí firmes, redondas, de una muchacha de diecinueve años, con los pezones oscuros ya semi-duros. Raúl le bajó el calzón rosa. Se lo fue quitando por las caderas, despacio, mientras Fernando le levantaba un poco la cadera para facilitarle la cosa. El calzón se le quedó enredado un segundo en un tobillo y después quedó tirado en el piso.
Ahí estaba. Completamente desnuda. Boca arriba en mi cama.

Piel morena clara, brillante por el calor del alcohol. Tetas firmes subiendo y bajando con la respiración. Vientre plano. Y abajo… ese coño joven, con un poco de vello cuidado, los labios hinchados y ya un poco abiertos. Pero lo que más se robaba la vista era el culo. Aunque estuviera boca arriba se le notaba el volumen, esas nalgas grandes, redondas, pesadas, que se desparramaban un poco contra el colchón. El mismo culo que le había estado mirando durante semanas en la tienda.
Los tres teníamos la verga dura como piedra.
Yo me acerqué primero. Me bajé el pantalón y el boxer, saqué mi polla y se la puse en la cara. Le restregué la cabeza del glande por los labios, por la mejilla, por la frente. Después le abrí la boca con los dedos y se la metí despacio, solo la punta, sintiendo la humedad caliente de su lengua dormida. Al mismo tiempo le apretaba una teta con la mano libre.
—Adelante, compadres… no se queden atrás.
Raúl y Fernando no necesitaron que se lo repitiera. Le abrieron las piernas con firmeza. Raúl se acomodó entre ellas y le empezó a tocar el coño con dos dedos, abriéndole los labios, frotándole el clítoris. Fernando le agarró las nalgas con ambas manos y las apretó fuerte, separándoselas, mirándole el agujero del culo.
—Mira nada más qué culo tiene esta pendeja… —dijo Raúl en voz baja—. Y decir que no sabe ni trapear.
—La hija de tu amigo, Manuel… toda tuya esta noche —agregó Fernando, metiéndole un dedo en el coño sin aviso.
Abril empezó a moverse. Primero solo un quejido. Después abrió un poco los ojos, borrachos, confusos. Nos miró a los tres. Vio mi verga en su boca, vio a Raúl entre sus piernas, vio a Fernando tocándole el culo. Por un segundo se tensó… y después, en lugar de gritar o empujar, soltó un gemido largo y cerró los ojos otra vez, pero esta vez de otra forma.
—Hnnng… ¿qué… qué están haciendo…?
Le saqué la verga de la boca solo lo suficiente para contestarle, mientras le seguía apretando la teta.
—Usándote, Abril. Como la putita que eres.
Ella jadeó. Raúl le metió dos dedos de golpe y ella abrió más las piernas sola.
—Ay… puta madre… —susurró, ya sin la voz de niña mimada.
Fernando le dio una nalgada seca.
—Mira cómo se pone… y hace rato no sabía ni agarrar un trapeador.
Yo le volví a meter la verga en la boca, más profundo esta vez. Ella la recibió. Empezó a chupar, torpe al principio por el alcohol, pero con ganas. Gemía alrededor de mi polla cada vez que Raúl le movía los dedos más rápido o le frotaba el clítoris con el pulgar.
—Más… —pidió ella cuando le saqué la verga un segundo para respirar—. No paren… fóllenme…
Raúl soltó una risa baja.
—¿Oíste eso, Manuel? La inútil de tu tienda está pidiendo que se la cojan entre tres.
Me acomodé mejor, le agarré el cabello con una mano y empecé a follarle la boca con más ritmo. Fernando ya tenía dos dedos en su culo, abriéndoselo despacio. Raúl se sacó la verga y se la restregó por los labios del coño, sin entrar todavía.
—Dile a tu papá mañana que te portaste bien en el trabajo, ¿sí? —le dije mientras se la metía hasta la garganta—. Dile que aprendiste a abrir las piernas como se debe.

Ella solo gimió más fuerte, con la saliva escurriéndole por la comisura de los labios, y levantó las caderas pidiendo que alguien se la metiera de una buena vez.
—Métanmela… por favor… me vale verga todo… solo fóllenme…
Y ahí, con la hija de mi mejor amigo completamente desnuda, borracha, gimiendo y pidiendo más en mi propia cama, los tres nos miramos un segundo.
Ya no había vuelta atrás.
Ella se sacó mi verga de la boca con un hilo de saliva todavía colgándole del labio inferior. Sin decir nada se dio la vuelta y se puso en cuatro encima de la cama. El culo le quedó exactamente a la altura de mi polla: grande, redondo, pesado, las nalgas separándose solas por la posición. El coño se le veía hinchado y brillante, ya chorreando.
Me acomodé detrás de ella, le agarré las caderas con fuerza y me la metí de un solo empujón. No fue la primera vez de nadie. El coño la recibió como si ya conociera lo que era que se lo estiraran. Caliente, apretado, pero acostumbrado. Se me cerró alrededor de la verga con una facilidad que delataba que esta niña mimada ya se había dejado cojer antes… y más de una vez.
—Joder… —gruñí mientras le hundía hasta el fondo—. Qué rico lo tienes, Abril. Y pensar que en la tienda no sabes ni contar el cambio.
Empecé a follarla con ganas, profundo, sacándola casi completa y volviéndola a meter de golpe. Cada embestida le hacía temblar las nalgas. El sonido de mi pelvis contra su culo llenaba el cuarto.
Fernando se subió a la cama frente a ella, se sacó la verga y se la puso en los labios.
—Abre esa boquita, princesa —le dijo.
Abril obedeció. Le metió la polla hasta la garganta de una vez y empezó a chuparla con ruidos obscenos, babosos, mientras yo se la seguía cogiendo por detrás. Cada vez que yo empujaba, ella se iba hacia adelante y se atragantaba un poco más con Fernando.
Raúl se colocó a un lado. Con las dos manos le agarró las nalgas y se las abrió todo lo que pudo, exponiéndole el agujero del culo. Estaba fruncido, rosado, apretado. Le escupió directo encima. Un escupitajo grueso que le cayó justo en el centro y se le escurrió hacia abajo. Después empezó a masajearle el ano con el pulgar, haciéndole círculos, presionando sin entrar todavía, abriéndole las nalgas todavía más para que se viera todo.
—Mira este culo… —dijo Raúl con voz baja y sucia—. Tan limpio, tan de niña bien… y aquí lo tenemos abierto para nosotros. La hija de tu mejor amigo, Manuel. Con la verga de su jefe hasta el fondo y tragándose otra.
Yo le di una nalgada fuerte que le dejó la marca roja al instante.
—Dile, Abril. Dile a Raúl lo puta que eres.
Ella soltó la verga de Fernando solo el tiempo suficiente para hablar, con la voz rota y saliva colgándole:
—Soy… una puta… fóllenme más duro… por favor…
Volvió a engullir la polla de Fernando mientras yo le aceleraba el ritmo. El coño le hacía ruidos mojados cada vez que entraba y salía. Raúl le escupió otra vez en el culo y esta vez le metió el dedo hasta el nudillo, sin aviso. Abril gritó alrededor de la verga que tenía en la boca, pero en lugar de apartarse empujó el culo hacia atrás, pidiendo más.
—Hasta el fondo, Manuel —gruñó Fernando, agarrándola del cabello para follarla la cara—. Que sienta quién manda en esta casa.
Yo se la metí completa, hasta que mis huevos le golpeaban el clítoris, y me quedé ahí un segundo, hondo, sintiendo cómo le latía por dentro.
—Esta es la misma pendeja que no sabía agarrar un trapeador… —dije entre dientes, mirando cómo Raúl le movía el dedo dentro del culo—. Ahora mira cómo pide que se la cojan entre tres.
Abril solo gimió más fuerte, con la cara hecha un desastre de saliva y rímel, empujando el culo hacia nosotros y chupando como si la vida le fuera en ello.
Paramos todos un momento. El único sonido era la respiración agitada de Abril y el humedo de su coño todavía abierto.
Me recosté boca arriba en la cama y la jalé hacia mí.
—Ahora te montas, putita. Despacio.
Ella obedeció. Se colocó encima de mí, con las rodillas a cada lado de mis caderas. Agarré mi verga y se la acomodé en la entrada de su coño. Abril bajó las caderas lento, centímetro a centímetro, hasta que se la tragó completa. Se le escapó un gemido largo y tembloroso cuando sintió que llegaba al fondo. Estaba empapada, caliente, apretándome con fuerza. Se quedó un segundo así, con mi polla enterrada hasta los huevos, respirando por la boca.
—Qué rico lo tienes dentro… —susurró ella, casi sin voz.
Raúl se arrodilló detrás de ella. Le abrió las nalgas con las dos manos y le escupió otra vez en el agujero del culo, que todavía estaba un poco abierto por el dedo de antes. Se frotó la cabeza del glande contra ese anillo rosado y apretado.
—Relájate, Abril… que te voy a abrir el culo de verdad.
Empujó. Al principio le costó. El ano se le resistió, se frunció, pero Raúl insistió con paciencia y fuerza a la vez. De pronto la cabeza se le metió de golpe. Abril gritó y se irguió un poco, pero yo la agarré de las caderas y la obligué a quedarse abajo, con mi verga todavía completa dentro de su coño.
—Ahhhh… puta madre… se siente… se siente demasiado…
Raúl siguió empujando hasta que se la metió entera. Ahora la teníamos empalada entre los dos: mi polla en su coño y la de Raúl hasta el fondo de su culo. Se le notaba el temblor en los muslos. El espacio entre los dos agujeros era tan delgado que sentíamos nuestras vergas rozarse por dentro de ella.
Fernando se subió a la cama, se puso de pie frente a su cara y le agarró el cabello.
—Abre la boca.
Abril apenas pudo. Tenía la cara roja, los ojos llorosos y la boca abierta en un gemido constante. Fernando le metió la verga hasta la garganta de un solo movimiento. Se escuchó el sonido húmedo y ahogado de ella atragantándose.
Empezamos a movernos.
Yo le subía y bajaba las caderas con las manos, follándole el coño desde abajo. Raúl le cogía el culo con embestidas profundas y lentas al principio, después más fuertes, haciendo que las nalgas le temblaran cada vez que le daba hasta el fondo. Fernando le follaba la cara sin piedad, sujetándola del pelo para que no pudiera apartarse.

(Foto de ella conmigo )
Los tres agujeros de la hija de mi mejor amigo estaban llenos.
—Mírate… —le dije entre grueso, mirándola desde abajo mientras le apretaba las tetas—. La misma pendeja que llegaba tarde y perdía dinero… ahora con tres vergas adentro. ¿Te gusta, Abril?
Ella solo pudo soltar un gemido ahogado alrededor de la polla de Fernando. La saliva le caía en hilos sobre mi pecho. Cada vez que Raúl le daba un embestón fuerte en el culo, ella se contraía alrededor de mi verga y gemía más alto.
—Más… —logró articular cuando Fernando le sacó la polla un segundo para que respirara—. Más duro… rómpanme… no paren…
Raúl le dio una nalgada seca que resonó en todo el cuarto y aceleró el ritmo. El sonido de su pelvis contra el culo de Abril se volvió obsceno, húmedo, constante. Yo le movía las caderas más rápido desde abajo. Fernando le volvió a llenar la boca.
Estaba completamente usada. Emborracha, empalada, gimiendo y pidiendo más mientras los tres se la follaban sin piedad en mi propia cama.
Nos detuvimos solo el tiempo suficiente para cambiar de posición.
Me salí de debajo de ella y me arrodillé frente a su cara. Raúl se acomodó boca arriba y la jaló para que se montara otra vez, esta vez sobre su verga. Abril bajó lento y se la metió completa en el coño de un solo movimiento, soltando un gemido ronco. Fernando se colocó detrás, le abrió las nalgas con las dos manos y le escupió generosamente en el agujero que ya estaba rojo y semi-abierto.
—Este culo es mío ahora —gruñó Fernando.
Tenía la verga más gruesa de los tres. Se la restregó un par de veces contra el ano y después empujó con fuerza. Abril gritó cuando la cabeza se le metió de golpe. Fernando no se detuvo: siguió hundiendo centímetro a centímetro hasta que se la enterró completa. El culo de Abril se estiró alrededor de esa polla gruesa de una forma obscena, el anillo rosado puesto blanco por la tensión.
—Ahhhh… se siente… se siente enorme… —sollozó ella.
Yo le agarré el cabello con las dos manos y le puse mi verga en la boca.
—Ahora me la chupas a mí. Y no quiero que te detengas ni a respirar.
Empecé a follarle la garganta sin piedad. La empujaba hasta que mi pelvis le golpeaba la nariz y se le hinchaban los ojos de lágrimas. Cada vez que intentaba apartarse un poco le apretaba más la cabeza y se la metía más profundo. La saliva le salía por las comisuras, le chorreaba por el mentón y le caía sobre las tetas. Sus ojos ya estaban completamente llorosos, el rímel corrido en dos líneas negras, mirándome desde abajo con esa mezcla de dolor y necesidad.
Raúl, desde abajo, le apretaba las tetas con fuerza. Le pellizcaba los pezones entre los dedos y los torcía mientras le follaba el coño con embestidas firmes y constantes. Cada vez que Fernando le daba un golpe seco en el culo, ella se contraía alrededor de la verga de Raúl y gemía ahogada alrededor de la mía.
—Mírala… —dijo Raúl entre dientes, apretándole los pezones hasta ponerlos morados—. La misma niña que llegaba media hora tarde… ahora con el culo abierto por la verga más grande y llorando mientras chupa.
Fernando le daba cada vez más fuerte. El sonido de su pelvis contra las nalgas de Abril era húmedo y brutal. Le había abierto el culo de verdad: cada vez que sacaba la verga se le veía el agujero dilatado, rojo, brillando de saliva y de los jugos que le bajaban del coño.
Yo no le daba respiro. Le follaba la boca como si quisiera llegar hasta el estómago. Cuando sentía que se estaba ahogando de verdad la sacaba solo un segundo, lo suficiente para que tomara aire entre sollozos, y se la volvía a meter hasta el fondo.
—Así se usa a una puta de diecinueve años —le dije mirándola a los ojos mientras las lágrimas le corrían por la cara—. Dile a tu papá que aprendiste algo nuevo en el trabajo.
Abril solo pudo soltar un gemido ahogado, con la garganta llena de mi verga, mientras Fernando le partía el culo y Raúl le aplastaba las tetas y le cogía el coño sin parar.
Estaba completamente rota entre los tres… y seguía empujando las caderas hacia atrás pidiendo más.

Estábamos al límite. El cuarto olía a sexo, a sudor y a saliva. Abril temblaba entre los tres, el cuerpo brillante de sudor, el rímel corrido por toda la cara, la boca abierta en un gemido constante y ronco.
Raúl fue el primero.
Desde abajo le agarró las caderas con fuerza y empezó a embestir más rápido, más profundo, gruñendo.
—Toma… tómala toda, putita…
Se corrió dentro de su coño con un gemido largo y grave. Le bombeó la leche a presión, llenándola. Abril sintió el chorro caliente y soltó un quejido ahogado, apretando las paredes alrededor de la verga de Raúl mientras él le seguía metiendo hasta que se le terminó. Cuando por fin se salió, un hilo grueso de semen blanco le escurrió del coño y le cayó sobre los huevos de Raúl.
—Mira cómo te gotea… —le dijo él, dándole una nalgada—. La inútil de la tienda ya va llena por dentro.
Yo no esperé.
Le agarré la cabeza con las dos manos, con fuerza, y le hundí mi verga hasta el fondo de la garganta de un solo empujón. Ella se atragantó, los ojos se le pusieron completamente blancos de las lágrimas y le salieron más hilos de saliva por la nariz. No le di respiro. Me follé esa boca como si quisiera romperle la garganta, mirándola a los ojos mientras las lágrimas le corrían.
—Trágatela… trágatela toda, hija de puta…
Me corrí profundo, directo en su garganta. Le sentí el cuello contraerse alrededor de mi polla mientras le bombeaba chorro tras chorro. Algunos se le escaparon por las comisuras y le bajaron por el mentón hasta las tetas. Cuando por fin la solté, ella tosió, escupió un poco de semen y saliva, y todavía con la voz rota logró hablar:
—Más… llénenme más…
Fernando, que seguía enterrado hasta el fondo en su culo, soltó una risa baja y oscura.
—Como pida la puta…
Le agarró las nalgas, se las abrió todo lo que pudo y empezó a cogérsela con violencia. El culo de Abril ya estaba rojo, dilatado, brillando. Cada embestida sonaba húmeda y obscena. Fernando le hablaba mientras la usaba:
—Este culo era de niña bien… ahora es un basurero. La hija de tu mejor amigo, Manuel… con el culo abierto y pidiendo leche.
Se corrió profundo en su ano. Se le notó en la cara el momento exacto en que empezó a llenarla: apretó los dientes, le hundió los dedos en la carne de las nalgas y le bombeó todo dentro. Cuando por fin sacó la verga, el agujero de Abril se quedó abierto un segundo, redondo y oscuro, y después empezó a cerrarse despacio mientras un chorro espeso de semen le salía a borbotones y le bajaba por el coño ya lleno de Raúl, mezclándose todo entre sus muslos.
Abril se derrumbó hacia adelante, temblando, con la cara contra el colchón, el culo en alto y los tres agujeros goteando leche.
Yo le agarré el cabello y le levanté la cara, obligándola a mirarme.
—Mírate… llena de semen por los tres lados. La misma pendeja que no sabía trapear. ¿Qué vas a decirle mañana a tu papá cuando te pregunte cómo te fue en el trabajo?
Ella solo pudo sonreír con la boca sucia de saliva y leche, los ojos todavía llorosos, y susurrar con voz ronca:
—Que… que aprendí a abrir las piernas como se debe…
Los tres nos quedamos mirándola un rato, respirando pesado, mientras el semen le seguía saliendo despacio del culo y del coño y se le formaba un charco sucio entre las piernas encima de mi cama.
Raúl y Fernando se vistieron en silencio. Se subieron los pantalones, se acomodaron las camisas y me miraron con una mezcla de satisfacción y complicidad.
—Nunca habíamos hecho algo así, cabrón —dijo Raúl mientras se abrochaba el cinturón—. Gracias por la invitación.
Fernando asentó, todavía con la respiración un poco agitada.
—Cuando quieras repetimos. Con gusto.
Les abrí la puerta y se fueron. Escuché sus carros arrancar y alejarse por la calle silenciosa. Me quedé solo en la casa con ella.
Volví a entrar al cuarto.
Abril seguía exactamente como la habíamos dejado: boca abajo, el culo en alto, las nalgas abiertas y el semen de los tres escurriéndole despacio del coño y del ano. Se le formaba un hilo blanco y espeso que le bajaba por los muslos y ya manchaba las sábanas. El vestido negro seguía tirado en el piso, junto al sostén y el calzón rosa.
Me acerqué y me senté a su lado en la cama. Le pasé la mano por la espalda, despacio.
—¿Cómo estás? —le pregunté en voz baja.
Ella giró un poco la cara hacia mí. Tenía los ojos todavía vidriosos, la boca hinchada y el rímel corrido, pero sonrió con una mezcla de cansancio y placer.
—Muy bien… —susurró—. Me siento tan llena… como una puta. Y me gustó. Me gustó mucho.
Le di un beso suave en la frente. Olió a sexo, a alcohol y a mi semen.
—Te voy a llevar a tu casa.
La ayudé a levantarse. Se puso el vestido negro sin ropa interior. El semen le seguía bajando por las piernas mientras se acomodaba la tela. No se limpió. Solo se alisó el cabello con los dedos y me miró.
Salimos de la casa casi en silencio. La subí al carro. Durante el trayecto no hablamos mucho. Ella iba recostada contra la ventanilla, con las piernas juntas, todavía sintiendo cómo le salía la leche de los tres.
Llegamos a su casa cerca de las tres de la madrugada. Antes de bajarse se inclinó hacia mí, me agarró de la camisa y me dio un beso lento, profundo, sabiendo a sexo y a alcohol. Me mordió un poco el labio inferior al separarse.
—Ojalá se repita… —susurró contra mi boca.
Después abrió la puerta, bajó del carro y caminó hacia su casa moviendo ese culo que ahora sabíamos de sobra cómo se sentía por dentro. Entró sin voltear.
Yo me quedé unos segundos mirando la puerta cerrada, con el sabor de su boca todavía en los labios y la imagen de su culo goteando semen grabada en la cabeza.
Después arranqué de regreso a casa.
Después de esa noche todo cambió.
Ya no era solo la hija de mi amigo ni la cajera inútil a la que le tenía paciencia por compromiso. Ahora era mi puta. Mi amante de diecinueve años. Y los dos lo sabíamos.
Empecé a llegar a su sucursal casi todos los días. inventaba cualquier pretexto: revisar inventario, checar las cámaras, traer cambio… Da igual. Entraba, la miraba detrás del mostrador y con un solo gesto de cabeza ella entendía. Dejaba lo que estuviera haciendo, le decía a la otra muchacha que iba al almacén un momento y me seguía.
El almacén se convirtió en nuestro lugar.
La primera vez después de la fiesta la empujé contra las cajas de ropa recién llegada, le subí la falda, le bajé el calzón y me la cogí de pie, rápido y bruto, con una mano tapándole la boca para que no se escuchara en la tienda. Se corrió apretándome la verga y después se arrodilló y me limpió con la lengua sin que yo se lo pidiera.
A partir de ahí se volvió rutina.
A veces la follaba doblada sobre el escritorio del fondo, con las nalgas al aire y el vestido subido hasta la cintura. Otras la sentaba en mis piernas dentro del cuarto de limpieza y se la metía yo mientras ella trataba de no gemir muy fuerte. Un día la hice ponerse de cuatro encima de una pila de cajas de zapatos y se la metí por el culo sin lubricante, solo con saliva, porque me dio la gana recordarle quién mandaba. Salió cojeando un poco y con mi leche escurriéndole entre las piernas el resto del turno.
Ella ya no llegaba tarde. Ya no perdía dinero. De hecho, se volvió más eficiente… pero solo porque sabía que si se portaba bien, al final del día yo la usaba como se merecía. Me mandaba mensajes durante el día:
Abril: Ya terminé de acomodar la mercancía nueva… ¿vas a venir a revisarme?
Abril: Traigo el calzón que te gusta. El negro de encaje.

Abril: Tengo el coño mojado desde la mañana pensando en cómo me la vas a meter.
Yo le contestaba tarde, a propósito, solo para hacerla esperar.
Se convirtió en mi puta personal. La hija de mi mejor amigo. La muchacha que yo había contratado de favor y que ahora abría las piernas o el culo cada vez que yo aparecía por la puerta del almacén. A veces la hacía chupar la verga justo antes de que llegara algún proveedor. Otras la dejaba llena de semen y le ordenaba que no se limpiara hasta que saliera de trabajar.
Y lo mejor de todo: su padre seguía creyendo que yo era el buen amigo que le estaba enseñando a su hija a ser responsable.
Cada vez que me lo topaba y me preguntaba cómo iba Abril, yo sonreía con tranquilidad y le contestaba:
—Va aprendiendo. Poco a poco se está disciplinando.
Mientras tanto, en el almacén, su hija estaba de rodillas tragándome la leche o con el culo abierto esperando que se la volviera a meter.
Así fue como Abril dejó de ser solo una favor.
Se convirtió en mi puta.
Y los dos estábamos exactamente donde queríamos estar.
dormidita jeje

—Oye… necesito que le des trabajo a Abril. Está demasiado mimada. Se me hace, con todo respeto, que no sirve para una mierda. Solo quiere el celular, la ropa y que le den todo. Ya no sé qué hacer con ella.
Abril. Diecinueve años. La conocía desde que era niña, pero en los últimos años la había visto crecer. Piel morena clara, cabello negro largo, labios gruesos, cuerpo delgado con un culo que ya no podía disimular ni con la ropa más holgada. Bonita, sí. Pero inútil. Mal en la escuela, cero disciplina, de esas que creen que el mundo les debe algo solo por existir. Su padre tenía contactos, claro, por eso había llegado hasta donde estaba… pero ahora quería que aprendiera a trabajar de verdad.


No quería aceptarla. La última cosa que necesitaba en una de mis sucursales era a una niña mimada de diecinueve años quejándose cada cinco minutos. Pero era mi amigo. Y los favores entre amigos se pagan.
—Está bien —le dije al final—. Que venga el lunes. Pero que sepa que aquí no se viene a jugar.
Colgué. Me quedé mirando el techo del despacho un momento.
Nunca me arrepentí de haber dicho que sí.
El lunes la cité a las 12:00 de la mañana en la tienda nueva, una sucursal chica que acababa de abrir. Llegó a las 12:300 Treinta minutos tarde.
Bajó de un carro nuevo, de esos que le regalan los papás de cumpleaños a las niñas mimadas. Caminó hacia mí con cara de aburrimiento total, como si le estuvieran haciendo un favor a ella y no al revés.
—Ay, perdón… es que no sabía qué ponerme —dijo, sin realmente sonar arrepentida.
Llevaba una falda rosa bastante corta y una camisa blanca. Las piernas morenas, firmes, de una muchacha de diecinueve años. Se me escapó un suspiro. Pensé: Bueno… por mi amigo, lo que sea.
—Entra —le dije secamente.
Durante casi dos horas le estuve explicando todo. Cómo atender clientes, cómo cobrar, cómo canjear códigos de barras, cómo hacer los pagos. También le dije que tenía que limpiar: barrer, trapear, mantener el local presentable. Ni siquiera sabía agarrar bien el trapeador. Se le resbalaba, se enredaba, se reía como si fuera un chiste.
La puse a exprimirlo en la cubeta. Cada vez que se agachaba, la falda se le subía y dejaba ver completo el calzón negro de encaje apretándole las nalgas. Redondas, firmes, moviéndose con cada movimiento. Me quedé mirando un segundo de más.
Ufff…
Seguí explicándole, pero era inútil. No retenía nada. Preguntaba lo mismo tres veces. Se distraía con el celular. Era una pendeja completa. Al final me harté.
—Voy a regresar a las nueve de la noche a cerrar la tienda —le dije—. No quiero que la dejes abierta. ¿Entendiste?
Ella puso los ojos en blanco.
—Ash… ¿tanto tiempo?
No le contesté. Simplemente agarré las llaves del auto y me fui, dejando atrás el olor a perfume barato y la imagen de ese culo asomándose cada vez que se inclinaba.
Salí de la tienda y me fui a checar las otras sucursales, el día a día de siempre. Revisar inventarios, hablar con los encargados, resolver pendejadas. Después regresé a casa. Cené con mi esposa y mis hijos como cualquier noche normal. Fingí que todo estaba en orden. A las 8:40 agarré las llaves otra vez y salí.
Llegué a las nueve en punto.
Abril estaba sentada encima del mostrador, con las piernas cruzadas y el celular en la mano. Levantó la vista apenas me vio entrar.
—Ay, qué bueno que llegas… me muero por irme —dijo con esa voz de niña aburrida.
Le pedí el dinero del día. Me lo entregó todo arrugado, sin ni siquiera contarlo. Me senté a hacer el corte. Faltaban doscientos pesos. Respiré hondo y no dije nada. Solo por mi amigo… espero que aprenda, pensé. Le di su paga: cuatrocientos pesos. Ni siquiera se inmutó. Como si le estuvieran dando propina.
Después le expliqué lo del candado, cómo se cerraba la cortina, cómo se aseguraba todo. Mientras hablaba, ella se bajó del mostrador y se agachó para practicar el cierre. La falda rosa se le subió otra vez, pero esta vez más. Las nalgas se le marcaron perfectas bajo el calzón negro de encaje, redondas, firmes, separándose un poco con el movimiento. La tela se le metía entre el culo. No pude apartar la vista. Se me secó la boca.

Seguí hablando como si nada, explicándole que a partir de ahora ella tenía que abrir y cerrar todos los días. Ella solo me miraba de reojo, con esa cara de arrogancia, como si yo fuera el estúpido por estarle enseñando y no ella por no entender una mierda.
—¿Ya? —preguntó cuando terminé.
Asentí.
Se acomodó la falda sin pudor, se despidió con un “nos vemos” flojo y se fue caminando hacia su carro, moviendo ese culo como si no le importara quién la estuviera viendo.
Yo me quedé un momento más en la tienda a oscuras, con el olor de su perfume todavía en el aire y la imagen de esas nalgas grabada en la cabeza. Después cerré de verdad y me fui a casa.
A dormir junto a mi esposa… con la verga todavía semi-dura y la cabeza llena de cosas que no debía estar pensando.
Esa noche mi esposa quiso coger. Acepté. Me la follé como siempre, con las luces apagadas, en silencio. Pero toda la puta noche estuve pensando en Abril. En esa falda rosa, en el calzón negro de encaje, en cómo se le marcaban las nalgas cada vez que se agachaba. Sabía que era una pendeja completa… pero una pendeja muy hermosa. Muy deliciosa. Cuando me corrí, lo hice con los ojos cerrados imaginando que era ella la que tenía debajo.
Al día siguiente todo volvió a la rutina. Salí temprano a checar sucursales. Dejé que Abril abriera sola. Llegó media hora tarde, como siempre. Yo la veía desde las cámaras del celular. Me pasaba el día revisando las otras tiendas, pero cada rato abría la app solo para mirarla. Cómo se movía detrás del mostrador, cómo se estiraba, cómo se acomodaba el cabello. Todos los días igual. En las tardes iba yo personalmente a hacer el corte de caja y a ayudarle a cerrar. Al principio solo por responsabilidad… después porque me gustaba verla de cerca.
Con el tiempo algo cambió. Ella se volvió menos arrogante, más amable, casi dulce cuando me veía llegar. Me sonreía, me preguntaba cómo estaba, a veces hasta me ofrecía agua. Pero seguía siendo una inútil. Le faltaba dinero en caja casi cada dos días. Manchaba prendas. Se equivocaba en los precios. Yo lo dejaba pasar. Siempre. Por mi amigo. O al menos eso me decía a mí mismo.
Pasaron las semanas hasta que llegó el aniversario. Seis años de la empresa. Decidí hacer la fiesta en mi casa. Mi esposa y mis hijos estaban de viaje con el abuelo, así que el lugar era mío. Invitamos a colaboradores, patrocinadores, amigos, empleados. No gasté en salón. Mejor así.
La gente empezó a llegar desde las ocho. Alcohol, charlas, risas. Yo recibía a todos con la sonrisa de siempre. Hasta que llegó él… y ella.
Abril bajó del carro de su padre con un vestido negro elegante, corto, que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Tacones altos. Maquillaje perfecto. El cabello suelto, cayéndole sobre los hombros. Se veía espectacular. Se veía cara. Se veía como lo que era: una niña de diecinueve años que todavía no sabía lo peligrosa que podía ser.
una foto de ella esa noche

Me saludó con un beso en el cachete. Su perfume me golpeó de frente. Le presenté a un par de patrocinadores. Después saludé a mi amigo. Abril vio a unas muchachas de otras sucursales y se fue con ellas. Su padre se me acercó, vaso en mano.
—¿Cómo va con la chamaca? —me preguntó en voz baja.
Le contesté con cuidado, con respeto:
—Es… complicada. No es la más rápida aprendiendo, pero lo está intentando. Con el tiempo va a agarrar el ritmo.
Él asintió, aliviado, y se fue a platicar con otros. Yo me quedé mirándola de reojo toda la noche. No podía dejar de hacerlo. El vestido le marcaba el culo de una forma obscena cada vez que caminaba o se reía. Esas nalgas grandes, redondas, moviéndose bajo la tela negra. Me tomé tres whiskys seguidos solo para disimular.
Su padre se retiró temprano, cerca de las once.
—Oye, ¿me haces el favor de llevarla a casa cuando termine? No quiero que agarre Uber borracha.
Acepté, claro. En cuanto él se fue, Abril se me acercó con una sonrisa pícara, ya con los ojos brillantes del alcohol.
—¿Me das permiso de tomar un poco más? —preguntó, casi susurrando.
¿Quién era yo para negárselo?
Se fue con sus amigas. La fiesta siguió. Bebimos, hablamos de negocios, de números, de planes. Pero yo solo tenía ojos para ella. La veía reírse, bailar un poco, inclinarse para hablarle a alguien… y cada vez que lo hacía, el vestido se le subía unos centímetros y yo sentía cómo se me endurecía la verga dentro del pantalón.
Pasaron las diez… las once… las doce. La gente se fue yendo poco a poco. A las dos de la madrugada casi no quedaba nadie. Solo yo, dos patrocinadores muy amigos —Raúl, de unos sesenta, y Fernando— y al fondo, en el sofá de la sala, Abril y otra muchacha platicando en voz baja.
Raúl me dio un codazo mientras miraba hacia allá.
—Oye… ¿quién es esa joven de negro? Está bien puta de rica. Mírale esas nalgas, cabrón…

Fernando asintió, sonriendo de lado.
—Sí está cabrona. ¿Es nueva?
Les expliqué en voz baja quién era. La hija de mi mejor amigo. Que trabajaba conmigo por favor. Que tenía diecinueve. Los dos se quedaron callados un segundo, procesando la información, pero no dejaron de mirarla.
En eso, Abril se despidió de la otra muchacha con un abrazo. La chava se fue. Ella se quedó sola en el sofá, ya claramente borracha. Se acomodó, se cruzó las piernas y sacó el celular. Seguía bebiendo de su vaso, lenta, mientras esperaba a que termináramos de hablar para que yo la llevara a casa.
El vestido se le había subido un poco sobre los muslos. Desde donde estábamos se le veía la curva completa del culo apoyada contra el sillón. Yo tragué saliva. Raúl y Fernando seguían hablándome de un posible negocio… pero yo ya no escuchaba una mierda.
Solo la miraba.
Y sabía que esa noche no iba a terminar como las demás.
De repente sentí una mano en mi hombro. Me volteé y ahí estaba ella, tambaleándose un poco, con los ojos vidriosos y el vestido negro ya un poco chueco.
—Oye, Manuel… ¿me llevas al baño? —dijo en voz baja, casi arrastrando las palabras.
Asentí. Le ofrecí el brazo y ella se apoyó en mí más de lo necesario. Caminamos despacio por el pasillo. Mientras íbamos me hablaba, con esa voz suave y borracha:
—Es que… se me hace bien pesado esto de trabajar… nunca lo había hecho, ¿sabes? Siempre me la pasaba en la casa o con mis amigas… y ahora tengo que llegar temprano y todo eso… se me hace bien difícil…
Yo solo asentía, sintiendo el calor de su cuerpo pegado al mío y el olor a alcohol mezclado con su perfume.


Llegamos al baño de visitas. Ella entró y cerró la puerta. Me quedé afuera, apoyado en la pared. Pasaron cinco minutos. Diez. No se oía nada.
Toqué la puerta.
—Oye, Abril… ¿todo bien?
Silencio.
Volví a tocar, más fuerte.
—Abril.
Nada.
Me preocupé. Pensé que se había caído o que se había desmayado. Giré la perilla. No estaba con seguro. Abrí despacio.
Y ahí estaba.
Abril estaba recostada dentro de la tina, medio sentada, medio acostada, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Se había quitado el vestido. Solo llevaba un sostén rosa pastel y un calzón del mismo color, delicado, de esos que se ven caros y coquetos. El cabello le caía revuelto sobre los hombros y el pecho. Las piernas estaban ligeramente abiertas, una de ellas colgando un poco fuera de la tina. La respiración se le notaba lenta, pesada.
Se veía… ridículamente rica.
Me acerqué sin pensarlo demasiado. Me agaché a su lado y le toqué el hombro.
—Abril… Abril, ¿estás bien?
Ella solo soltó un quejido suave, apenas un gemido, y movió un poco la cabeza. Seguía profundamente borracha, entre dormida y inconsciente. El pecho se le subía y bajaba despacio. El calzón rosa se le marcaba perfecto entre las nalgas, y desde ese ángulo se le veía todo el redondo del culo apoyado contra la tina blanca.
Me quedé mirándola unos segundos de más. La garganta se me secó.
Entonces me asomé a la puerta y llamé en voz baja, pero clara:
—Raúl… Fernando… vengan un segundo. Tienen que ver esto.
Escuché sus pasos acercarse por el pasillo. En unos segundos los dos estaban en el umbral del baño, mirando hacia adentro.
Raúl soltó un silbido bajo.
Fernando solo dijo:
—No mames…
Los tres nos quedamos ahí, de pie, mirando a la hija de mi mejor amigo dormida en la tina, en ropa interior rosa, completamente a nuestra merced.

Los tres nos acercamos despacio, como si todavía estuviéramos midiendo hasta dónde podíamos llegar. Yo fui el primero. Le puse la mano en un pecho y apreté suave por encima del sostén rosa. Estaba firme, caliente. Después bajé la otra mano y le recorré el calzón con los dedos, presionando justo donde se le marcaba el coño. Ella solo soltó un gemidito borracho y movió un poco las caderas, sin despertar del todo.
Raúl no se quedó atrás. Se agachó del otro lado y le agarró el otro pecho, apretándolo más fuerte que yo.
—Está bien suavecita… —murmuró.
Fernando le pasó la mano por el vientre y después le agarró un muslo, subiéndolo un poco para mirarle mejor el calzón.
—Mira cómo se le marca… y eso que está bien pendeja para trabajar —dijo con una risita baja.
Seguimos tocándola así un rato, lento, disfrutando que no se resistía. El calor de su cuerpo, el olor a alcohol y perfume, la forma en que el calzón rosa se le hundía entre los labios. Yo sentía la verga dura contra el pantalón.
—La llevamos a la habitación —dije en voz baja.
Los dos asentaron sin dudar. Raúl le agarró los hombros, Fernando las piernas y yo la sostuve de la cintura. La levantamos entre los tres. Estaba pesada de borracha, completamente floja. La cargamos por el pasillo hasta mi recámara y la tiramos encima de la cama matrimonial. El colchón se hundió con su peso. Quedó boca arriba, las piernas entreabiertas, el cabello revuelto sobre la almohada, el sostén un poco corrido y el calzón rosa todavía en su lugar… aunque ya se le veía casi todo.
Me quedé mirándola un segundo y después volteé hacia ellos, todavía con la respiración un poco agitada.
—¿Qué opinan, chicos?
Raúl se rió bajito, sin quitarle los ojos de encima.
—Opino que la hija de tu compadre está más rica de lo que pensaba… y bien vulnerable ahorita.
Fernando se acercó a la orilla de la cama y le subió un poco más el calzón entre las nalgas con un dedo, mirando cómo se le marcaba el culo.
—Opino que está pidiendo a gritos que se la cojan. Mira nada más cómo tiene ese culo… y decir que es una inútil en la tienda. Qué desperdicio de cuerpo.
Yo me senté a su lado y le pasé la mano otra vez por encima del calzón, esta vez apretando más, rozándole el clítoris por encima de la tela.
—Diecinueve años… hija de mi mejor amigo… y aquí tirada en mi cama, hecha una puta borracha. Si su padre la viera ahora…
Abril solo soltó otro quejido y movió la cabeza hacia un lado. Seguía fuera de combate, pero el cuerpo le respondía. Se le estaban endureciendo los pezones dentro del sostén rosa.
Raúl ya se estaba desabrochando el pantalón.
—¿Se la quitamos toda o la dejamos así un rato para disfrutarla?
Fernando sonrió de lado, mirándome.
—Tú eres el que manda, Manuel. Es tu casa… y tu “empleada”.
Yo bajé la mirada otra vez hacia ella. Hacia ese cuerpo joven, hacia el calzón rosa que apenas le cubría el coño, hacia las nalgas que se le desparramaban un poco contra el colchón.
Sonreí despacio.
—Se la quitamos. Quiero verla completamente puesta a disposición…
La desnudamos lento.
Primero le quité el sostén rosa pastel. Se lo desabroché por detrás con cuidado, se lo bajé por los brazos y se lo saqué. Sus tetas quedaron al aire: no eran enormes, pero sí firmes, redondas, de una muchacha de diecinueve años, con los pezones oscuros ya semi-duros. Raúl le bajó el calzón rosa. Se lo fue quitando por las caderas, despacio, mientras Fernando le levantaba un poco la cadera para facilitarle la cosa. El calzón se le quedó enredado un segundo en un tobillo y después quedó tirado en el piso.
Ahí estaba. Completamente desnuda. Boca arriba en mi cama.

Piel morena clara, brillante por el calor del alcohol. Tetas firmes subiendo y bajando con la respiración. Vientre plano. Y abajo… ese coño joven, con un poco de vello cuidado, los labios hinchados y ya un poco abiertos. Pero lo que más se robaba la vista era el culo. Aunque estuviera boca arriba se le notaba el volumen, esas nalgas grandes, redondas, pesadas, que se desparramaban un poco contra el colchón. El mismo culo que le había estado mirando durante semanas en la tienda.
Los tres teníamos la verga dura como piedra.
Yo me acerqué primero. Me bajé el pantalón y el boxer, saqué mi polla y se la puse en la cara. Le restregué la cabeza del glande por los labios, por la mejilla, por la frente. Después le abrí la boca con los dedos y se la metí despacio, solo la punta, sintiendo la humedad caliente de su lengua dormida. Al mismo tiempo le apretaba una teta con la mano libre.
—Adelante, compadres… no se queden atrás.
Raúl y Fernando no necesitaron que se lo repitiera. Le abrieron las piernas con firmeza. Raúl se acomodó entre ellas y le empezó a tocar el coño con dos dedos, abriéndole los labios, frotándole el clítoris. Fernando le agarró las nalgas con ambas manos y las apretó fuerte, separándoselas, mirándole el agujero del culo.
—Mira nada más qué culo tiene esta pendeja… —dijo Raúl en voz baja—. Y decir que no sabe ni trapear.
—La hija de tu amigo, Manuel… toda tuya esta noche —agregó Fernando, metiéndole un dedo en el coño sin aviso.
Abril empezó a moverse. Primero solo un quejido. Después abrió un poco los ojos, borrachos, confusos. Nos miró a los tres. Vio mi verga en su boca, vio a Raúl entre sus piernas, vio a Fernando tocándole el culo. Por un segundo se tensó… y después, en lugar de gritar o empujar, soltó un gemido largo y cerró los ojos otra vez, pero esta vez de otra forma.
—Hnnng… ¿qué… qué están haciendo…?
Le saqué la verga de la boca solo lo suficiente para contestarle, mientras le seguía apretando la teta.
—Usándote, Abril. Como la putita que eres.
Ella jadeó. Raúl le metió dos dedos de golpe y ella abrió más las piernas sola.
—Ay… puta madre… —susurró, ya sin la voz de niña mimada.
Fernando le dio una nalgada seca.
—Mira cómo se pone… y hace rato no sabía ni agarrar un trapeador.
Yo le volví a meter la verga en la boca, más profundo esta vez. Ella la recibió. Empezó a chupar, torpe al principio por el alcohol, pero con ganas. Gemía alrededor de mi polla cada vez que Raúl le movía los dedos más rápido o le frotaba el clítoris con el pulgar.
—Más… —pidió ella cuando le saqué la verga un segundo para respirar—. No paren… fóllenme…
Raúl soltó una risa baja.
—¿Oíste eso, Manuel? La inútil de tu tienda está pidiendo que se la cojan entre tres.
Me acomodé mejor, le agarré el cabello con una mano y empecé a follarle la boca con más ritmo. Fernando ya tenía dos dedos en su culo, abriéndoselo despacio. Raúl se sacó la verga y se la restregó por los labios del coño, sin entrar todavía.
—Dile a tu papá mañana que te portaste bien en el trabajo, ¿sí? —le dije mientras se la metía hasta la garganta—. Dile que aprendiste a abrir las piernas como se debe.

Ella solo gimió más fuerte, con la saliva escurriéndole por la comisura de los labios, y levantó las caderas pidiendo que alguien se la metiera de una buena vez.
—Métanmela… por favor… me vale verga todo… solo fóllenme…
Y ahí, con la hija de mi mejor amigo completamente desnuda, borracha, gimiendo y pidiendo más en mi propia cama, los tres nos miramos un segundo.
Ya no había vuelta atrás.
Ella se sacó mi verga de la boca con un hilo de saliva todavía colgándole del labio inferior. Sin decir nada se dio la vuelta y se puso en cuatro encima de la cama. El culo le quedó exactamente a la altura de mi polla: grande, redondo, pesado, las nalgas separándose solas por la posición. El coño se le veía hinchado y brillante, ya chorreando.
Me acomodé detrás de ella, le agarré las caderas con fuerza y me la metí de un solo empujón. No fue la primera vez de nadie. El coño la recibió como si ya conociera lo que era que se lo estiraran. Caliente, apretado, pero acostumbrado. Se me cerró alrededor de la verga con una facilidad que delataba que esta niña mimada ya se había dejado cojer antes… y más de una vez.
—Joder… —gruñí mientras le hundía hasta el fondo—. Qué rico lo tienes, Abril. Y pensar que en la tienda no sabes ni contar el cambio.
Empecé a follarla con ganas, profundo, sacándola casi completa y volviéndola a meter de golpe. Cada embestida le hacía temblar las nalgas. El sonido de mi pelvis contra su culo llenaba el cuarto.
Fernando se subió a la cama frente a ella, se sacó la verga y se la puso en los labios.
—Abre esa boquita, princesa —le dijo.
Abril obedeció. Le metió la polla hasta la garganta de una vez y empezó a chuparla con ruidos obscenos, babosos, mientras yo se la seguía cogiendo por detrás. Cada vez que yo empujaba, ella se iba hacia adelante y se atragantaba un poco más con Fernando.
Raúl se colocó a un lado. Con las dos manos le agarró las nalgas y se las abrió todo lo que pudo, exponiéndole el agujero del culo. Estaba fruncido, rosado, apretado. Le escupió directo encima. Un escupitajo grueso que le cayó justo en el centro y se le escurrió hacia abajo. Después empezó a masajearle el ano con el pulgar, haciéndole círculos, presionando sin entrar todavía, abriéndole las nalgas todavía más para que se viera todo.
—Mira este culo… —dijo Raúl con voz baja y sucia—. Tan limpio, tan de niña bien… y aquí lo tenemos abierto para nosotros. La hija de tu mejor amigo, Manuel. Con la verga de su jefe hasta el fondo y tragándose otra.
Yo le di una nalgada fuerte que le dejó la marca roja al instante.
—Dile, Abril. Dile a Raúl lo puta que eres.
Ella soltó la verga de Fernando solo el tiempo suficiente para hablar, con la voz rota y saliva colgándole:
—Soy… una puta… fóllenme más duro… por favor…
Volvió a engullir la polla de Fernando mientras yo le aceleraba el ritmo. El coño le hacía ruidos mojados cada vez que entraba y salía. Raúl le escupió otra vez en el culo y esta vez le metió el dedo hasta el nudillo, sin aviso. Abril gritó alrededor de la verga que tenía en la boca, pero en lugar de apartarse empujó el culo hacia atrás, pidiendo más.
—Hasta el fondo, Manuel —gruñó Fernando, agarrándola del cabello para follarla la cara—. Que sienta quién manda en esta casa.
Yo se la metí completa, hasta que mis huevos le golpeaban el clítoris, y me quedé ahí un segundo, hondo, sintiendo cómo le latía por dentro.
—Esta es la misma pendeja que no sabía agarrar un trapeador… —dije entre dientes, mirando cómo Raúl le movía el dedo dentro del culo—. Ahora mira cómo pide que se la cojan entre tres.
Abril solo gimió más fuerte, con la cara hecha un desastre de saliva y rímel, empujando el culo hacia nosotros y chupando como si la vida le fuera en ello.
Paramos todos un momento. El único sonido era la respiración agitada de Abril y el humedo de su coño todavía abierto.
Me recosté boca arriba en la cama y la jalé hacia mí.
—Ahora te montas, putita. Despacio.
Ella obedeció. Se colocó encima de mí, con las rodillas a cada lado de mis caderas. Agarré mi verga y se la acomodé en la entrada de su coño. Abril bajó las caderas lento, centímetro a centímetro, hasta que se la tragó completa. Se le escapó un gemido largo y tembloroso cuando sintió que llegaba al fondo. Estaba empapada, caliente, apretándome con fuerza. Se quedó un segundo así, con mi polla enterrada hasta los huevos, respirando por la boca.
—Qué rico lo tienes dentro… —susurró ella, casi sin voz.
Raúl se arrodilló detrás de ella. Le abrió las nalgas con las dos manos y le escupió otra vez en el agujero del culo, que todavía estaba un poco abierto por el dedo de antes. Se frotó la cabeza del glande contra ese anillo rosado y apretado.
—Relájate, Abril… que te voy a abrir el culo de verdad.
Empujó. Al principio le costó. El ano se le resistió, se frunció, pero Raúl insistió con paciencia y fuerza a la vez. De pronto la cabeza se le metió de golpe. Abril gritó y se irguió un poco, pero yo la agarré de las caderas y la obligué a quedarse abajo, con mi verga todavía completa dentro de su coño.
—Ahhhh… puta madre… se siente… se siente demasiado…
Raúl siguió empujando hasta que se la metió entera. Ahora la teníamos empalada entre los dos: mi polla en su coño y la de Raúl hasta el fondo de su culo. Se le notaba el temblor en los muslos. El espacio entre los dos agujeros era tan delgado que sentíamos nuestras vergas rozarse por dentro de ella.
Fernando se subió a la cama, se puso de pie frente a su cara y le agarró el cabello.
—Abre la boca.
Abril apenas pudo. Tenía la cara roja, los ojos llorosos y la boca abierta en un gemido constante. Fernando le metió la verga hasta la garganta de un solo movimiento. Se escuchó el sonido húmedo y ahogado de ella atragantándose.
Empezamos a movernos.
Yo le subía y bajaba las caderas con las manos, follándole el coño desde abajo. Raúl le cogía el culo con embestidas profundas y lentas al principio, después más fuertes, haciendo que las nalgas le temblaran cada vez que le daba hasta el fondo. Fernando le follaba la cara sin piedad, sujetándola del pelo para que no pudiera apartarse.

(Foto de ella conmigo )
Los tres agujeros de la hija de mi mejor amigo estaban llenos.
—Mírate… —le dije entre grueso, mirándola desde abajo mientras le apretaba las tetas—. La misma pendeja que llegaba tarde y perdía dinero… ahora con tres vergas adentro. ¿Te gusta, Abril?
Ella solo pudo soltar un gemido ahogado alrededor de la polla de Fernando. La saliva le caía en hilos sobre mi pecho. Cada vez que Raúl le daba un embestón fuerte en el culo, ella se contraía alrededor de mi verga y gemía más alto.
—Más… —logró articular cuando Fernando le sacó la polla un segundo para que respirara—. Más duro… rómpanme… no paren…
Raúl le dio una nalgada seca que resonó en todo el cuarto y aceleró el ritmo. El sonido de su pelvis contra el culo de Abril se volvió obsceno, húmedo, constante. Yo le movía las caderas más rápido desde abajo. Fernando le volvió a llenar la boca.
Estaba completamente usada. Emborracha, empalada, gimiendo y pidiendo más mientras los tres se la follaban sin piedad en mi propia cama.
Nos detuvimos solo el tiempo suficiente para cambiar de posición.
Me salí de debajo de ella y me arrodillé frente a su cara. Raúl se acomodó boca arriba y la jaló para que se montara otra vez, esta vez sobre su verga. Abril bajó lento y se la metió completa en el coño de un solo movimiento, soltando un gemido ronco. Fernando se colocó detrás, le abrió las nalgas con las dos manos y le escupió generosamente en el agujero que ya estaba rojo y semi-abierto.
—Este culo es mío ahora —gruñó Fernando.
Tenía la verga más gruesa de los tres. Se la restregó un par de veces contra el ano y después empujó con fuerza. Abril gritó cuando la cabeza se le metió de golpe. Fernando no se detuvo: siguió hundiendo centímetro a centímetro hasta que se la enterró completa. El culo de Abril se estiró alrededor de esa polla gruesa de una forma obscena, el anillo rosado puesto blanco por la tensión.
—Ahhhh… se siente… se siente enorme… —sollozó ella.
Yo le agarré el cabello con las dos manos y le puse mi verga en la boca.
—Ahora me la chupas a mí. Y no quiero que te detengas ni a respirar.
Empecé a follarle la garganta sin piedad. La empujaba hasta que mi pelvis le golpeaba la nariz y se le hinchaban los ojos de lágrimas. Cada vez que intentaba apartarse un poco le apretaba más la cabeza y se la metía más profundo. La saliva le salía por las comisuras, le chorreaba por el mentón y le caía sobre las tetas. Sus ojos ya estaban completamente llorosos, el rímel corrido en dos líneas negras, mirándome desde abajo con esa mezcla de dolor y necesidad.
Raúl, desde abajo, le apretaba las tetas con fuerza. Le pellizcaba los pezones entre los dedos y los torcía mientras le follaba el coño con embestidas firmes y constantes. Cada vez que Fernando le daba un golpe seco en el culo, ella se contraía alrededor de la verga de Raúl y gemía ahogada alrededor de la mía.
—Mírala… —dijo Raúl entre dientes, apretándole los pezones hasta ponerlos morados—. La misma niña que llegaba media hora tarde… ahora con el culo abierto por la verga más grande y llorando mientras chupa.
Fernando le daba cada vez más fuerte. El sonido de su pelvis contra las nalgas de Abril era húmedo y brutal. Le había abierto el culo de verdad: cada vez que sacaba la verga se le veía el agujero dilatado, rojo, brillando de saliva y de los jugos que le bajaban del coño.
Yo no le daba respiro. Le follaba la boca como si quisiera llegar hasta el estómago. Cuando sentía que se estaba ahogando de verdad la sacaba solo un segundo, lo suficiente para que tomara aire entre sollozos, y se la volvía a meter hasta el fondo.
—Así se usa a una puta de diecinueve años —le dije mirándola a los ojos mientras las lágrimas le corrían por la cara—. Dile a tu papá que aprendiste algo nuevo en el trabajo.
Abril solo pudo soltar un gemido ahogado, con la garganta llena de mi verga, mientras Fernando le partía el culo y Raúl le aplastaba las tetas y le cogía el coño sin parar.
Estaba completamente rota entre los tres… y seguía empujando las caderas hacia atrás pidiendo más.

Estábamos al límite. El cuarto olía a sexo, a sudor y a saliva. Abril temblaba entre los tres, el cuerpo brillante de sudor, el rímel corrido por toda la cara, la boca abierta en un gemido constante y ronco.
Raúl fue el primero.
Desde abajo le agarró las caderas con fuerza y empezó a embestir más rápido, más profundo, gruñendo.
—Toma… tómala toda, putita…
Se corrió dentro de su coño con un gemido largo y grave. Le bombeó la leche a presión, llenándola. Abril sintió el chorro caliente y soltó un quejido ahogado, apretando las paredes alrededor de la verga de Raúl mientras él le seguía metiendo hasta que se le terminó. Cuando por fin se salió, un hilo grueso de semen blanco le escurrió del coño y le cayó sobre los huevos de Raúl.
—Mira cómo te gotea… —le dijo él, dándole una nalgada—. La inútil de la tienda ya va llena por dentro.
Yo no esperé.
Le agarré la cabeza con las dos manos, con fuerza, y le hundí mi verga hasta el fondo de la garganta de un solo empujón. Ella se atragantó, los ojos se le pusieron completamente blancos de las lágrimas y le salieron más hilos de saliva por la nariz. No le di respiro. Me follé esa boca como si quisiera romperle la garganta, mirándola a los ojos mientras las lágrimas le corrían.
—Trágatela… trágatela toda, hija de puta…
Me corrí profundo, directo en su garganta. Le sentí el cuello contraerse alrededor de mi polla mientras le bombeaba chorro tras chorro. Algunos se le escaparon por las comisuras y le bajaron por el mentón hasta las tetas. Cuando por fin la solté, ella tosió, escupió un poco de semen y saliva, y todavía con la voz rota logró hablar:
—Más… llénenme más…
Fernando, que seguía enterrado hasta el fondo en su culo, soltó una risa baja y oscura.
—Como pida la puta…
Le agarró las nalgas, se las abrió todo lo que pudo y empezó a cogérsela con violencia. El culo de Abril ya estaba rojo, dilatado, brillando. Cada embestida sonaba húmeda y obscena. Fernando le hablaba mientras la usaba:
—Este culo era de niña bien… ahora es un basurero. La hija de tu mejor amigo, Manuel… con el culo abierto y pidiendo leche.
Se corrió profundo en su ano. Se le notó en la cara el momento exacto en que empezó a llenarla: apretó los dientes, le hundió los dedos en la carne de las nalgas y le bombeó todo dentro. Cuando por fin sacó la verga, el agujero de Abril se quedó abierto un segundo, redondo y oscuro, y después empezó a cerrarse despacio mientras un chorro espeso de semen le salía a borbotones y le bajaba por el coño ya lleno de Raúl, mezclándose todo entre sus muslos.
Abril se derrumbó hacia adelante, temblando, con la cara contra el colchón, el culo en alto y los tres agujeros goteando leche.
Yo le agarré el cabello y le levanté la cara, obligándola a mirarme.
—Mírate… llena de semen por los tres lados. La misma pendeja que no sabía trapear. ¿Qué vas a decirle mañana a tu papá cuando te pregunte cómo te fue en el trabajo?
Ella solo pudo sonreír con la boca sucia de saliva y leche, los ojos todavía llorosos, y susurrar con voz ronca:
—Que… que aprendí a abrir las piernas como se debe…
Los tres nos quedamos mirándola un rato, respirando pesado, mientras el semen le seguía saliendo despacio del culo y del coño y se le formaba un charco sucio entre las piernas encima de mi cama.
Raúl y Fernando se vistieron en silencio. Se subieron los pantalones, se acomodaron las camisas y me miraron con una mezcla de satisfacción y complicidad.
—Nunca habíamos hecho algo así, cabrón —dijo Raúl mientras se abrochaba el cinturón—. Gracias por la invitación.
Fernando asentó, todavía con la respiración un poco agitada.
—Cuando quieras repetimos. Con gusto.
Les abrí la puerta y se fueron. Escuché sus carros arrancar y alejarse por la calle silenciosa. Me quedé solo en la casa con ella.
Volví a entrar al cuarto.
Abril seguía exactamente como la habíamos dejado: boca abajo, el culo en alto, las nalgas abiertas y el semen de los tres escurriéndole despacio del coño y del ano. Se le formaba un hilo blanco y espeso que le bajaba por los muslos y ya manchaba las sábanas. El vestido negro seguía tirado en el piso, junto al sostén y el calzón rosa.
Me acerqué y me senté a su lado en la cama. Le pasé la mano por la espalda, despacio.
—¿Cómo estás? —le pregunté en voz baja.
Ella giró un poco la cara hacia mí. Tenía los ojos todavía vidriosos, la boca hinchada y el rímel corrido, pero sonrió con una mezcla de cansancio y placer.
—Muy bien… —susurró—. Me siento tan llena… como una puta. Y me gustó. Me gustó mucho.
Le di un beso suave en la frente. Olió a sexo, a alcohol y a mi semen.
—Te voy a llevar a tu casa.
La ayudé a levantarse. Se puso el vestido negro sin ropa interior. El semen le seguía bajando por las piernas mientras se acomodaba la tela. No se limpió. Solo se alisó el cabello con los dedos y me miró.
Salimos de la casa casi en silencio. La subí al carro. Durante el trayecto no hablamos mucho. Ella iba recostada contra la ventanilla, con las piernas juntas, todavía sintiendo cómo le salía la leche de los tres.
Llegamos a su casa cerca de las tres de la madrugada. Antes de bajarse se inclinó hacia mí, me agarró de la camisa y me dio un beso lento, profundo, sabiendo a sexo y a alcohol. Me mordió un poco el labio inferior al separarse.
—Ojalá se repita… —susurró contra mi boca.
Después abrió la puerta, bajó del carro y caminó hacia su casa moviendo ese culo que ahora sabíamos de sobra cómo se sentía por dentro. Entró sin voltear.
Yo me quedé unos segundos mirando la puerta cerrada, con el sabor de su boca todavía en los labios y la imagen de su culo goteando semen grabada en la cabeza.
Después arranqué de regreso a casa.
Después de esa noche todo cambió.
Ya no era solo la hija de mi amigo ni la cajera inútil a la que le tenía paciencia por compromiso. Ahora era mi puta. Mi amante de diecinueve años. Y los dos lo sabíamos.
Empecé a llegar a su sucursal casi todos los días. inventaba cualquier pretexto: revisar inventario, checar las cámaras, traer cambio… Da igual. Entraba, la miraba detrás del mostrador y con un solo gesto de cabeza ella entendía. Dejaba lo que estuviera haciendo, le decía a la otra muchacha que iba al almacén un momento y me seguía.
El almacén se convirtió en nuestro lugar.
La primera vez después de la fiesta la empujé contra las cajas de ropa recién llegada, le subí la falda, le bajé el calzón y me la cogí de pie, rápido y bruto, con una mano tapándole la boca para que no se escuchara en la tienda. Se corrió apretándome la verga y después se arrodilló y me limpió con la lengua sin que yo se lo pidiera.
A partir de ahí se volvió rutina.
A veces la follaba doblada sobre el escritorio del fondo, con las nalgas al aire y el vestido subido hasta la cintura. Otras la sentaba en mis piernas dentro del cuarto de limpieza y se la metía yo mientras ella trataba de no gemir muy fuerte. Un día la hice ponerse de cuatro encima de una pila de cajas de zapatos y se la metí por el culo sin lubricante, solo con saliva, porque me dio la gana recordarle quién mandaba. Salió cojeando un poco y con mi leche escurriéndole entre las piernas el resto del turno.
Ella ya no llegaba tarde. Ya no perdía dinero. De hecho, se volvió más eficiente… pero solo porque sabía que si se portaba bien, al final del día yo la usaba como se merecía. Me mandaba mensajes durante el día:
Abril: Ya terminé de acomodar la mercancía nueva… ¿vas a venir a revisarme?
Abril: Traigo el calzón que te gusta. El negro de encaje.

Abril: Tengo el coño mojado desde la mañana pensando en cómo me la vas a meter.
Yo le contestaba tarde, a propósito, solo para hacerla esperar.
Se convirtió en mi puta personal. La hija de mi mejor amigo. La muchacha que yo había contratado de favor y que ahora abría las piernas o el culo cada vez que yo aparecía por la puerta del almacén. A veces la hacía chupar la verga justo antes de que llegara algún proveedor. Otras la dejaba llena de semen y le ordenaba que no se limpiara hasta que saliera de trabajar.
Y lo mejor de todo: su padre seguía creyendo que yo era el buen amigo que le estaba enseñando a su hija a ser responsable.
Cada vez que me lo topaba y me preguntaba cómo iba Abril, yo sonreía con tranquilidad y le contestaba:
—Va aprendiendo. Poco a poco se está disciplinando.
Mientras tanto, en el almacén, su hija estaba de rodillas tragándome la leche o con el culo abierto esperando que se la volviera a meter.
Así fue como Abril dejó de ser solo una favor.
Se convirtió en mi puta.
Y los dos estábamos exactamente donde queríamos estar.
dormidita jeje

2 comentarios - Mi Puta Personal (Hija de mi Amigo)