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"Desde que fui Mamá"

Capítulo 13: Madre de día, bailarina de noche
El comedor comunitario cerró en marzo. Sin aviso, sin indemnización, con un cartel pegado en la puerta. Yo tenía el alquiler, la cuota del jardín de Clara, las deudas del hogar y un sueldo que ya no existía. Busqué trabajo en comercios, en limpieza, en cuidado de personas. Me pedían experiencia, referencias, título secundario, y yo tenía una prótesis dental y dos años de huecos en el currículum.
Fue Mabel, una mujer que conocí en el hogar, quien me dio un número.
—Es un club. Se cobra bien, se cobra en el día, y nadie te pregunta nada.
Fui con el estómago cerrado. Sabía lo que era. Y sabía también que esta vez lo iba a elegir yo.
De día. Mi vida empezó a partirse en dos. Por la mañana, guardapolvo de Clara, tostadas, la mochila con la vianda, el camino al jardín de la mano. Volvía a casa, dormía tres horas, limpiaba, hacía las compras, y a las cinco la pasaba a buscar. Hacíamos la tarea de colorear, le leía un cuento, la bañaba. Doña Rosa, la vecina de abajo, se quedaba con ella de noche por una cifra que me dolía pagar y que aceptaba sin discutir.
—Mamá trabaja en un negocio de noche —le decía a Clara, con la garganta apretada.
—¿Vendés cosas?
—Sí, mi amor. Vendo compañía.
En el club. El lugar se llamaba Terciopelo: luces rojas, caños, cabinas al fondo, una barra larga donde cambiaba de mano más plata que en cualquier banco. Mi camarín era un pasillo con espejos y perfume barato. Las chicas me recibieron con esa mezcla de recelo y compañerismo que solo entienden las que comparten una misma cosa.
La primera noche, frente al espejo, me vestí con un body de encaje negro y tacos que no usaba hace años. Me miré sin poder evitarlo. Los pechos, 90C caídos, sin sostén quedaban largos y blandos, con las areolas anchas y oscuras marcándose bajo la tela. Las estrías plateadas me cruzaban la panza y las caderas. Con la luz roja y el maquillaje se disimulaban, pero yo las sabía ahí.
—Tenés algo distinto —dijo Mabel, acomodándome el pelo—. No es lo de siempre. Y a algunos les gusta.
Tenía razón. En un lugar lleno de cuerpos modificados, el mío decía otra cosa: real, marcado por una historia. Algunos clientes me miraban con ternura, otros con curiosidad, otros con hambre. Y unos cuantos, con desprecio.
Bailaba en el escenario, despacio, con los ojos entrecerrados, sintiendo los billetes en la liga y el calor de las luces. Aprendí a moverme, a mirar, a dar exactamente lo que se pedía y nada más. En las cabinas, la lógica era más cruda: tiempo, dinero, reglas. Las mías eran simples: sin alcohol, sin drogas, sin besos en la boca, y una palabra de salida que el guardia conocía.
Me ofrecían tragos. El dueño insistía: "los clientes consumen más si vos tomás". Yo pedía soda con limón y una sonrisa, y cuando la presión apretaba, Mabel me tapaba desde la barra. Más de una noche sentí el deseo de ceder. Esa tentación no se iba nunca; aprendí a convivir con ella.
En la calle. El club tenía un segundo turno que no figuraba en ningún cartel. Cuando la noche flojeaba, algunas chicas salíamos a la esquina de atrás, a una cuadra de la puerta, donde los autos paraban y negociaban. Era más rápido, más crudo, y más peligroso. Ahí no había guardias.
Aprendí a leer miradas, a anotar patentes y mandarlas por mensaje a Mabel, a no subir a ningún auto sin ver antes quién manejaba. Algunos clientes eran amables, casi tímidos. Otros, bruscos, con exigencias que no iba a cumplir. Una noche un tipo me agarró del brazo con fuerza cuando le dije que no, y me tembló el cuerpo entero hasta que el guardia apareció y lo sacó a empujones. Esa noche volví a casa sin hablar, me metí al baño y lloré con la ducha abierta.
No voy a contar lo que pasó en los autos, en los cuartos, en las cabinas. Cuento el dinero que alcanzaba para el alquiler, para el jardín, para las zapatillas nuevas de Clara. Cuento el cansancio que se acumulaba en mis huesos.
Al volver. A las seis de la mañana, con el cielo gris y las piernas pesadas, subía las escaleras sin hacer ruido. Doña Rosa dormía en el sillón, con Clara acurrucada en su regazo. Me quedaba un rato mirándolas en la penumbra, con el bolso de billetes colgando del hombro. Después la alzaba, la llevaba a su cama, la tapaba hasta el cuello y le daba un beso en la frente.
—Mami, ¿vendiste mucha compañía? —murmuraba, dormida.
—Sí, mi amor. Mucha.
Y me quedaba ahí, sentada en el borde de la cama, con el maquillaje corrido y el cuerpo roto, repitiéndome la misma frase que me daba fuerzas: es temporal, es por ella, es solo por ahora.

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