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relato casero

relato casero


Era un día de alberca en casa. Había bastante sol y varios familiares estaban afuera. Ella andaba con ese bikini amarillo tan pequeño que apenas le cubría las tetas y los shorts de mezclilla cortos. Se notaba que le gustaba llamar la atención, aunque se hiciera la santa.
El abuelo, ya grande, estaba sentado a la sombra. Se quejaba de que el calor le estaba pegando y de que se sentía sucio del sudor. Ella, con esa voz dulce de nieta consentida, se ofreció:
—Abuelo, venga, yo lo ayudo a bañarse. No se preocupe.
Lo llevó al baño de la planta baja, el que tenía regadera grande. Ella pensaba que el viejo ya no tenía ninguna reacción. “Pobrecito”, pensó, “seguro ya ni se le para”.
Le ayudó a quitarse la camisa y el pantalón. Cuando le bajó el calzoncillo, se quedó un segundo en silencio. El abuelo tenía la verga semidura, gruesa, con las venas marcadas. No estaba completamente parada, pero tampoco flácida.
Ella abrió un poco los ojos, sorprendida.
—¿Abuelo…?
El hombre se puso rojo de la pena y bajó la mirada.
—Perdóname, mija… no sé qué me pasó. Llevo años sin nada de nada. Ni me la he tocado. Se me olvidó cómo se siente… y de pronto tú aquí, tan cerquita, ayudándome…
Se quedó callado un momento, apenado, y luego habló más bajo:
—¿Me podrías hacer un favor? Solo un favor. Hace tanto que no siento nada… si me la tocas un poco, o si me la metes en la boca… yo no te voy a decir nada a nadie. Por favor.
Ella lo miró. Todavía tenía puesto el bikini amarillo mojado, las tetas apretadas y el short subido. Sintió un calor raro entre las piernas. Nunca había pensado en el abuelo de esa forma, pero verlo tan necesitado y con esa verga gruesa empezando a ponerse dura del todo… le prendió.
Cerró la puerta del baño con seguro.
—Está bien, abuelo… pero solo esta vez.
Se arrodilló frente a él. Le tomó la verga con una mano y notó lo caliente que estaba. Empezó a moverla despacio, subiendo y bajando. El abuelo soltó un gemido largo, como si le hubieran quitado un peso de encima.
—Así, mija… así…
Ella se inclinó y le pasó la lengua por la cabeza. Luego se la metió en la boca. El sabor era fuerte, de hombre mayor, pero no le desagradó. Empezó a chupársela con ganas, mirándolo de vez en cuando. El abuelo tenía la cabeza echada hacia atrás, con la boca abierta, disfrutando como no lo hacía en años.
—Más profundo… por favor…
Ella se lo metió hasta el fondo, aunque le costó. La verga del abuelo ya estaba completamente dura y gruesa. Se la sacó de la boca, se levantó, se bajó el short y el bikini, y se dio la vuelta, apoyando las manos en el lavabo.
—Métasela, abuelo. Pero despacio.
El viejo no lo pensó dos veces. Le agarró las caderas con manos temblorosas y fue empujando. Cuando la cabeza entró, ella apretó los dientes. Estaba gruesa. Fue entrando centímetro a centímetro hasta que se la metió completa.
—Ay, abuelo… está bien gruesa…
Él empezó a moverse, primero lento y después más fuerte. El sonido de los muslos golpeándole el culo se escuchaba en el baño. Ella miraba hacia abajo y veía cómo la verga del abuelo entraba y salía de su coño, toda mojada.
—Más fuerte… —le pidió.
El abuelo la agarró con más fuerza y se la empezó a dar con ganas. Llevaba años sin coger y se notaba. Cada embestida era profunda. Ella gemía bajito para que nadie afuera escuchara.
De pronto el abuelo se detuvo.
—Mija… ¿puedo… por atrás?
Ella dudó un segundo, pero asintió. Él se la sacó, le escupió en el culo y fue empujando. A ella le costó al principio, pero poco a poco se la fue metiendo. Cuando estuvo adentro del todo, el abuelo soltó un gemido casi de alivio.
—Tan apretado… Dios mío…
Se la empezó a dar por el culo con más fuerza. Ella se agarraba del lavabo y mordía su propio brazo para no gritar. El abuelo no duró mucho más. Con unos cuantos embates profundos se corrió adentro de su culo, llenándoselo.
Se quedó unos segundos adentro, temblando, antes de sacársela. Un hilo de semen le escurrió por el muslo a ella.
El abuelo, todavía agitado, le acarició la espalda.
—Gracias, mija… de verdad. Llevaba años sin sentir algo así.
Ella se limpió como pudo, se volvió a poner el bikini y el short, y antes de salir le dijo en voz baja:
—No se lo diga a nadie, abuelo.
Él asintió.
Cuando salió de nuevo a la alberca, nadie sospechaba nada. Se sentó en una de las sillas como si nada hubiera pasado… aunque todavía sentía el semen del abuelo escurriéndole entre las nalgas.
abuelo

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