Post anterior
Post siguiente
Compendio III
50: VIOLACIÓN DE ÉTICA (PARTE II)
Jueves
A la mañana siguiente, yo estaba hecho un desastre. Mis párpados parecían lija, cada parpadeo un esfuerzo lento y deliberado contra la fatiga pegada a mis huesos. Marisol, impulsada por alguna competitividad silenciosa, había exigido su parte de amor (dos veces) antes de desplomarse contra mí con un suspiro satisfecho que olía levemente a pasta de dientes, su rico olorcillo a jabón y sueño. Para medianoche, ambos estábamos apagados como velas, extremidades enredadas en las sábanas húmedas.
Sin embargo, esa mañana, la mamada de Marisol fue intensa.

Demasiado intensa.
La idea de que mi verga estuviera cubierta por los jugos de tres mujeres distintas en menos de veinticuatro horas la hizo chuparme con la concentración implacable de un desatascador destapando un desagüe. Sus uñas se clavaron en mis muslos mientras me tragaba hondo, sus ojos verde esmeralda levantándose para verme fruncir el ceño cuando sus dientes rozaron la sensible parte inferior.
En el trabajo, Horatio me interrogó sobre las transferencias. Le expliqué la situación: el descuido de Reginald con los proyectos ambientales, la interrupción del procedimiento estándar, los hallazgos de Julien y el plazo inminente de Gloria. Lo entendió y confió en mí.

-> Podría pasarlos como gastos tuyos, bajo tu presupuesto de emergencia. - la voz de Horatio era firme, pero sus dedos marcaban un ritmo nervioso contra su taza de café. El vapor se enroscaba entre nosotros como una barrera translúcida. - Dijiste que era una emergencia. Y dado tu papel como bombero de emergencia designado de la empresa... (Su pausa y sonrisa burlona eran deliberadas, su mirada deslizándose hacia la puerta cerrada.) No levantará muchas sospechas.
- Bueno, en realidad, si Gloria no estuviera aquí, probablemente tendría que manejar la crisis yo mismo. - comenté, hojeando las confirmaciones de transferencia que Horatio había deslizado sobre su escritorio.
-> ¡Exacto! Así no hará mucho ruido. - Horatio golpeó su sien con una sonrisa cómplice, su taza dejando un círculo húmedo en la hoja de cálculo entre nosotros.
El zumbido del aire acondicionado no podía ocultar el leve temblor en sus dedos… ¿Por cafeína o complicidad? No lo sabría decir.
-> Además, la gente está acostumbrada a tus "exigencias irracionales y urgentes". - Sus comillas invisibles dejaban cicatrices en mi ego profesional. - Mientras Edith no se queje o… Dios no lo permita… Reginald preste atención, lo cual dudo que haga... deberías estar limpio.
Su voz se perdió en un sorbo de café tibio, la implicación tan amarga como los restos de café en el fondo de su taza.
Al mediodía, los pagos de los filtros y entregas ya estaban hechos. Parecía que lo lograríamos. La tensión en mis hombros cedió levemente mientras veía llegar los correos de confirmación: primero de los proveedores, luego de los gerentes de sitio confirmando recepción.
Después del horario laboral, le expliqué la situación a Gloria. Estaba impresionada por lo rápido que resolví el tema financiero, pero le dije que, como manejo fallas críticas, el ritmo de solución es distinto entre nuestras áreas. En su caso, esto habría tardado días en resolverse.

Como ya le había dicho a Nelson que llegaría tarde y yo había hecho lo mismo con Marisol, decidimos "celebrar en privado": los dedos de Gloria enroscándose en mi corbata mientras me arrastraba hacia el escritorio, su risa baja y ronca. Las persianas ya estaban cerradas, proyectando franjas ámbar de luz callejera sobre papeles dispersos. Su respiración se cortó cuando mi palma encontró la curva de su trasero a través del vestido de seda, apretando lo suficiente para hacerla morderse el labio inferior.

Después de besarnos y manosearnos, con ella mamándome para ponerme completamente erecto, Gloria se inclinó sobre mi escritorio, lista para más. Le quité las bragas, su trasero firme y tentador. La seda se deslizó por sus muslos como agua, acumulándose alrededor de sus tacones de aguja. Las luces del techo captaron el leve temblor de sus piernas mientras se apoyaba contra el caoba pulido, sus labios cereza separándose en un exhalo tembloroso.

Me enfoqué en su pequeño ano fruncido. A diferencia de mí, Nelson es bastante convencional en el sexo. No tiene idea de que Gloria adora el anal casi como una puta.
El zumbido del sistema HVAC del edificio era el único sonido mientras Gloria se inclinaba sobre mi escritorio, sus uñas cereza desplegadas sobre el caoba. Su falda se arremolinaba alrededor de su cintura, exponiendo la curva de su trasero y un infartante hilo dental. La lámpara tenue del escritorio proyectaba sombras entre sus muslos, donde su excitación brillaba.
• ¡Jefe ...! - jadeó cuando mi pulgar rodeó el anillo apretado de su ano, presionando lo suficiente para hacerle flaquear las rodillas. Sus uñas cereza arañaron la superficie del escritorio, dejando rastros tenues en el polvo. - ¡Nelson nunca hace esto!

La confesión salió entrecortada, su voz quebrándose en la última sílaba mientras mi dedo embadurnado de saliva la penetraba.
Agarré sus caderas, mis pulgares hundiéndose en los hoyuelos sobre su trasero. Su piel estaba caliente, ruborizada por la anticipación. El olor a ella (cerezas y sal) llenaba el espacio entre nosotros.
- ¿En serio? - pregunté, inclinándome lo suficiente para que mi aliento agitara los pelitos en su nuca.
La oficina olía a tóner y a Gloria… esa mezcla embriagadora de brillo cereza y el almizcle salado-dulce de su excitación. Mi pulgar rodeó su ano otra vez, más lento esta vez, saboreando cómo sus músculos palpitaban bajo mi toque como una mariposa atrapada.
• Es... convencional. - Ella tembló mientras trazaba un dedo por su hendidura, su respiración entrecortada al rodear ese anillo apretado de músculo otra vez. - Posición del misionero. Luces apagadas. Tres veces por semana si tengo suerte…
La confesión salió frágil, su voz quebrándose como hielo delgado sobre agua oscura. El escritorio crujió bajo su peso, sus uñas cereza arañando dos surcos entre una pila de facturas dispersas. Pero lo entendía: Su convivencia con Scarlett (la abusiva y puta ex-novia de Nelson) y que ella lo reemplazara con otro amante en su mismo hogar causó estragos en su autoestima.
Me reí, trazando círculos en su estrecho anillo con el pulgar. Ella jadeó, arqueando la espalda.
- ¿Y esto?
• ¡Nunca! - Su voz se quebró. - Cree que es… ah… impuro.
Escupí en mi palma, me lubriqué y presioné contra su entrada. Su cuerpo resistió un instante… luego cedió con un chasquido húmedo. El grito de Gloria rebotó en los archivadores mientras se apretaba alrededor de mí, sus muslos temblando. El sonido fue crudo, sin filtro… nada que ver con los gemidos educados que seguramente hacía para Nelson. Sus uñas cereza arañaron el escritorio, enviando una engrapadora al suelo con un golpe metálico.
- ¡Uf, qué apretada estás! —gruñí, empujando hasta el fondo en una lenta embestida que arrancó el aire de los pulmones de Gloria.

Su gemido fue puro deseo… agudo y tembloroso, el sonido que reprimiría cuando Nelson la follaba en posición del misionero a oscuras.
El escritorio crujió como un barco en tormenta mientras empujaba dentro de ella, cada embestida arrancando gritos mudos de los labios manchados de cereza de Gloria. Sus dedos se arrastraban por la superficie del caoba, enviando bolígrafos rodando y una taza de café vacía volcándose… anillos oscuros extendiéndose sobre un informe de impacto ambiental como heridas de bala. Las manos de Gloria buscaban apoyo, derribando una foto enmarcada de Marisol y nuestras hijas durante unas vacaciones de verano. Cayó boca abajo con un golpe sordo.
- ¡Pero a ti te encanta jugar con tu culo! —siseé, tirando de su pelo para arquear su espalda aún más. El tirón repentino hizo que Gloria jadeara (no de dolor, sino de placer sorprendido) su columna curvándose como un arco tensado. Sus labios cereza se separaron en un grito silencioso al empujar hasta el fondo otra vez, más hondo esta vez, el chasquido de piel contra piel rebotando en los archivadores. - ¡Lo estás aguantando bastante bien!

La respuesta de Gloria fue un gemido quebrado, su mejilla aplastada contra el escritorio con tanta fuerza que vi el contorno de su labial cereza manchado en la superficie pulida. Un hilo de saliva conectaba sus labios entreabiertos con la madera, rompiéndose y reformándose con cada empujón brutal. El ritmo de nuestros cuerpos chocando ahogó todo… el zumbido del aire acondicionado, los timbres lejanos del ascensor, incluso el vibrador frenético de su teléfono deslizándose sobre papeles dispersos como un insecto furioso.
Entonces… la vibración. Otra vez.
La pantalla del teléfono iluminó la oficina con el nombre de Nelson, reflejos verdes y dentados deslizándose por la espalda sudorosa de Gloria. Su respiración se cortó a mitad del gemido, sus músculos internos apretándose alrededor de mí como un tornillo de terciopelo. Durante tres latidos, nos quedamos inmóviles (conectados profundamente) el único sonido sus jadeos entrecortados y el traqueteo insistente del teléfono contra la engrapadora.
El teléfono vibraba contra el objeto metálico como un avispón furioso, el nombre de Nelson parpadeando en verde en la penumbra. Los dedos de Gloria se tensaron sobre el escritorio, sus uñas cereza marcando medias lunas pálidas en la veta de la madera. Lo dejó sonar. Otra vez. Su exjefe estaba ocupado follándole el culo sin control. Reduje el ritmo a un movimiento tortuoso, saboreando cómo su respiración se entrecortaba (mitad jadeo, mitad gemido reprimido) mientras me retiraba casi por completo antes de hundirme de nuevo con lentitud calculada. Sus músculos internos palpitaban alrededor de mí, una súplica silenciosa, aunque el teléfono vibrara otra vez.
Entró al buzón de voz. No nos importó.
Sus nalgas golpeaban mis muslos con precisión rítmica, el sonido agudo y húmedo en la oficina silenciosa. Los gemidos de Gloria crecieron hasta volverse guturales, primarios… nada que ver con los sonidos educados que seguramente hacía para Nelson. Por suerte, además de que mi oficina era insonorizada, la mayoría del personal ya se había ido. El zumbido del edificio era nuestro único testigo.
• ¡Más fuerte! - exigió entre dientes apretados, su voz ronca mientras se arqueaba contra mi mano.

Obedecí, trazando círculos con mi pulgar sobre su carne hinchada mientras mi otra mano le sujetaba las caderas. El escritorio temblaba con cada embestida, y las patas chirriaban contra el piso de madera. Una taza de café (abandonada hacía horas) se volcó, salpicando posos fríos sobre el sostén que Gloria se había quitado. El líquido trazó oscuros regueros por su vestido de seda, acumulándose en el hueco de su espalda baja como tinta derramada sobre pergamino.
• ¡Marco… maldición…! —Su voz se quebró mientras sus muslos comenzaban a temblar. - ¡Voy a...!
La respiración de Gloria salió en ráfagas superficiales, su cuerpo apretándose alrededor de mí como un puño alrededor de un secreto robado. El orgasmo la atravesó con fuerza sísmica… su espalda arqueándose lejos del escritorio, uñas cereza excavando surcos en el caoba, un grito silencioso estirando sus labios. Observé, hipnotizado, mientras su garganta se contraía en jadeos ahogados, sus músculos internos palpitaron en oleadas arrastrándome con ella al borde.

Me vine dentro de su culo como si fuera mío… porque en ese momento, lo era. El escritorio tembló bajo nosotros mientras el orgasmo de Gloria alcanzaba su clímax, su cuerpo apretándome con una fuerza que me arrancó el aire de los pulmones. Sus uñas cereza tallaron medias lunas en la madera, su espalda arqueada como un arco tensado mientras gemía con un sonido que debería haber reventado la insonorización. La seguí al vaciarme dentro de ella con un gruñido que vibró entre mis dientes apretados.
Pero ambos estábamos satisfechos, aunque ella caminara raro después.
Post siguiente
0 comentarios - 50: Violación de ética (Parte II)