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50: Violación de ética (Final)




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Compendio III


Viernes

Gloria irrumpió en mi oficina desesperada pasada la hora de almorzar.

50: Violación de ética (Final)

• ¡Jefe, no podemos entregar en uno de los sitios! - La voz de Gloria quebró como cristal roto, sus dedos cereza aplastando el teclado de su laptop en un puño desesperado.

- ¿Qué...? —intenté preguntar, alejando mi teclado.

• ¡Su camión se descompuso! - interrumpió con un hipido, presionando las palmas contra sus ojos como si pudiera empujar las lágrimas hacia adentro. La computadora temblaba en sus manos: El correo de disculpa con el membrete del proveedor. - Dicen que el resto de la flota está ocupada. El nuestro no llegará hasta miércoles.

Sus hombros se encorvaron, el peso del fracaso doblando su espalda como un árbol joven en tormenta. La resignación en su postura era peor que las lágrimas: Gloria nunca se rendía. Sentí el pinchazo de adrenalina en la punta de la nariz, ácido y filoso, pero me negué a tirar la toalla. No cuando la solución era obvia.

- ¡Consíguelos al teléfono! - exigí, ya extendiendo la mano hacia mi celular.

Hablé con el gerente del proveedor: un tipo escurridizo capaz de venderle a su abuela tiempos compartidos en las Bahamas. Seguro en sus ratos libres vendía arena en el desierto. El tipo tenía los filtros en stock, pero ningún medio para entregarlos.

infidelidad consentida

Propuse usar nuestros propios transportes: camiones de la empresa, contratistas independientes, hasta un helicóptero si era necesario… Pero la voz del gerente se endureció como cemento fraguando:

-3 La política exige que nosotros entreguemos los componentes. - dijo, cada palabra un muro de burocracia.

Era gracioso, porque su manual (que hojeé mientras Gloria sollozaba) no mencionaba reembolsos por entregas fallidas.

Colgué. El teléfono crujió en mi mano al dejarlo, los dedos temblando con ganas de lanzarlo por la ventana. Afuera, el skyline de Melbourne brillaba burlón… ajeno a nuestros desastres administrativos.

• ¡Jefe, perderemos el permiso! - La voz de Gloria quebró, sus uñas cereza clavándose en el borde del escritorio hasta dejar medias lunas en la madera. Su rímel corría en dos ríos negros por sus mejillas… cicatrices de medianoche en su piel impecable. - ¡Son meses de trámites y gastos! ¿Qué... qué voy a hacer?

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El temblor de su labio inferior retorció mis entrañas.

El aire vibraba con electricidad y las probabilidades nos aplastaban… tan densas que casi podías tragártelas. Los dedos de Gloria temblaban mientras limpiaba el rímel corrido, su labial cereza mordido hasta dejar marcas. Las luces zumbaban como avispas furiosas, blanqueando su pánico en algo crudo e innegable.

- ¡Bien! - dije tras dos minutos de silencio que parecieron una década, mi voz cortando el estático sonido de sus jadeos. - ¡Pásame el último informe de reemplazo de filtros y los sitios donde los enviaron!

Mis nudillos golpearon el escritorio… tres toques secos que hicieron a Gloria estremecerse.

• ¿Qué? - preguntó, aún aturdida.

- ¡Solo pásamelos, Gloria! - insistí, chasqueando los dedos hacia el laptop al que aún se aferraba.

Y comencé a revisar...

Diez minutos después, ¡Bingo!: Mi dedo se detuvo sobre la hoja de cálculo: un sitio minero en particular que conocía demasiado bien…

Para su sorpresa, inicié una llamada en conferencia. El sitio estaba en Nueva Gales del Sur: Bogan Ridge. Mi sonrisa era tóxica mientras esperaba que la llamada conectara. Sabía que el gerente del sitio no estaría feliz de escucharme...

Y sí, en el Excel marcaba "reemplazado", con fecha de hace dos meses. Pero yo sabía mejor... ese tipo siempre retrasaba el mantenimiento hasta que el equipo literalmente echaba humo. La hoja de cálculo bien podía ser ficción.

novia de mi amigo

> ¿Qué quieres ahora? - el gerente del sitio me saludó, su voz sonando más como el ladrido de un perro salvaje.

- ¡Mide tu lenguaje! - gruñí, lanzando una mirada a Gloria… su rostro marcado por lágrimas ahora afilado por la curiosidad. - Estoy con la analista ambiental corporativa.

La línea quedó tan silenciosa que escuché el zumbido distante de la maquinaria de Bogan Ridge.

> ¿Qué quieres, Jiminy? - su voz goteaba burla, usando uno de mis "apodos mineros" (Pepe Grillo en español, porque molesto constantemente al oído con los plazos de mantenciones).

Suspiré con cansancio, observando el ceño fruncido de Gloria mientras se acercaba al altavoz. El aroma de su labial cereza se mezclaba con el ozono del pánico aún pegado a su piel.

- Según el papel, reemplazaste los filtros de chimenea hace dos meses. - compartí la hoja de cálculo en la llamada. - Pero tú y yo sabemos que no es así, ¿Verdad?

Mi voz bajó… el tono que reservo para ladrones de equipo y violadores de seguridad.

La respiración del gerente crujió en el altavoz: ráfagas cortas como un toro a punto de embestir. Los dedos manchados de cereza de Gloria se congelaron sobre el teclado mientras el silencio se tensaba.

> ¿Y qué? ¿Me delatarás con la junta ahora? - protestó, pero no lo negó.

Había picado el anzuelo...

Sonreí, encantado de haber encontrado esa "burbuja de aire" esquiva.

- No. Pero... ¿Los tienes en tu almacén? - pregunté, haciendo un redoble de tambor mental.

> ¡Claro que los tengo, Jiminy! ¡En un almacén! ¡Fuera del sol! - La voz del gerente del sitio crujió en el altavoz, defensiva como un zorro acorralado.

Los dedos de Gloria volaron a su boca… sus uñas cereza contrastando con su palidez. Las luces zumbaron más fuerte, proyectando sombras afiladas sobre su rostro atónito mientras la comprensión amanecía.

El aire de la oficina se espesó cuando me incliné hacia adelante, listo para mover mi pieza. Los labios cereza de Gloria se abrieron: conocía esa mirada. Las luces zumbaban como avispas furiosas mientras golpeaba la hoja de cálculo con un nudillo.

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- Bien. Esto es lo que haremos...

Coordinaría el plan: ordené al gerente preparar un camión con el filtro y enviarlo al sitio antes del plazo. Luego, amenacé con que ni Gloria ni yo iniciaríamos una auditoría interna si instalaba el nuevo filtro que enviaríamos en dos semanas.

Al terminar con Bogan Ridge, llamé a la empresa de transporte… esta vez, mi tono era acero envuelto en seda. El gerente protestó, argumentando cargos extra, pero recordé nuestro acuerdo prepago.

Y prometí que Julien, nuestro asesor legal, tendría un festín con demandas por incumplimiento… especialmente tras investigar los costos adicionales de su negligencia.

50: Violación de ética (Final)

La línea quedó muerta. Las uñas cereza de Gloria se clavaron en mi antebrazo como garras, su respiración agitada contra mi hombro mientras esperábamos.

Para cuando terminamos, la electricidad estática entre Gloria y yo era palpable… del tipo que crepita en el aire tras un relámpago, dejando todo cargado y crudo. Había sido su caballero en armadura brillante, su salvador corporativo, y ahora, ella era mi recompensa, sentada en mi regazo como un trofeo con sus labios cereza entreabiertos en una sonrisa satisfecha. La silla gimió bajo nuestro peso combinado cuando Gloria se acomodó sobre mí, sus muslos enmarcando los míos con facilidad. Su vestido (arrugado por horas de uso y el frenético ajetreo producto de su tensión) se subió, exponiendo la piel pálida de sus muslos donde mis dedos habían dejado moretones tenues. El aroma de su excitación era inconfundible, mezclándose con el almizcle residual del sexo aún pegado a mi oficina.

• ¡Jefe! - susurró, sus labios rozando mi lóbulo, su aliento cálido y con sabor a cereza. - ¡Realmente me salvaste el culo!

Me reí, mis manos deslizándose por su cintura para tomar sus nalgas a través de la tela fina.

- Literalmente.

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El recuerdo de la noche anterior (doblada sobre mi escritorio, cómo su cuerpo se había cerrado alrededor de mí) ardió detrás de mis párpados.

Ella rió (un sonido malicioso y entrecortado) antes de frotarse contra mí, el calor de su cuerpo traspasando mi pantalón. Contuve el aliento cuando sus dedos se enredaron en mi pelo, atrayéndome hacia un beso que sabía a cereza y momentos robados. Sus pechos rozaron mi pecho, firmes incluso a través del vestido de seda, y su perfume me envolvió como una promesa. Pero sentí toda su atención concentrada más abajo, en la dureza palpitante atrapada bajo mi cremallera, tensando la tela como si pudiera liberarse por voluntad propia.

Comenzó de forma natural, como la niebla envolviendo una montaña. Sus brazos rodearon mi cuello como si pertenecieran allí, sus labios cereza presionando los míos con un hambre que dejó mi boca hormigueando. Gloria se balanceó sobre mi regazo, cada movimiento lento enviando corrientes eléctricas a través de la tela donde mi verga palpitaba. Sus pechos (firmes, perfectos para llenar las manos) se aplastaron contra mi pecho, pero todo su ardor se concentraba más abajo, donde sus dedos ahora trazaban el contorno de mi erección con precisión tortuosa.

Las luces fluorescentes zumbaban como avispas enfurecidas mientras Gloria desabrochaba mi cinturón con frenesí. Sus uñas cereza arañaron el cuero, el sonido tan agudo que me hizo rechinar los dientes. Su aroma (brillo de cereza, sudor y algo más almizclado) inundó mis sentidos al inclinarse, su aliento quemando mi clavícula.

• ¡Maldición, jefe! —susurró, liberando mi verga con un tirón brusco de la tela. Su pulgar pasó sobre el glande, esparciendo fluido en un círculo lento. - ¡Estás tan duro...! (Sus dedos se cerraron alrededor, apretando lo suficiente para que mis caderas se estremecieran.) ¡El pene de Nelson no se compara al tuyo!

La comparación quedó entre nosotros, sacrílega y electrizante. Su otra mano se deslizó bajo el vestido, los dedos desapareciendo bajo sus bragas… el mismo tipo de tanga que le quité la tarde anterior.

No respondí. No quería pensar en mi amigo en ese momento, ni en cómo lo traicionábamos. Mis dedos se enredaron en sus rizos, inclinando su cabeza para exponer su cuello. Jadeó, su pulso acelerándose bajo mis labios al morder… no para marcar, solo para hacer que sus caderas se sacudieran. El sabor a sal y labial de cereza llenó mi boca.

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La silla silbó cuando Gloria se sentó sobre mí, tomándome con facilidad a pesar de lo repentino. Su calor me envolvió, estrecho y palpitante, arrancándome un gemido entre dientes apretados. Mis dedos se aferraron a sus rizos (no para jalar, solo para anclarme) mientras sus caderas giraban en círculos lentos, llevándome más hondo con cada movimiento.

- ¡Dios, Gloria…! - Era cálida y ajustada.

Me silenció con su palma sobre mi boca, la otra mano apoyada en mi hombro. Sus caderas iniciaron una ondulación lenta y tortuosa, su respiración entrecortada. La lámpara del escritorio capturó el sudor brillando en sus clavículas, la luz fracturándose en los rizos pegados a sus sienes. Afuera, el perfil de Melbourne brillaba con luces de oficina indiferentes, ajenas a la traición ocurriendo en este rincón insonorizado de lujuria. Mis pantalones amontonados en los tobillos, mi verga palpitando contra la tela como una víbora… los labios cereza de Gloria se abrieron al verme como si fuera un regalo que esperó todo el año para desenvolver.

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A Gloria le encantó la vista. Cuando su mano se cerró alrededor de mi verga, sus dedos aún fríos por apretar su laptop de estrés, el contraste de temperatura hizo que mis caderas se sacudieran involuntariamente. Su pulgar pasó sobre la gota de fluido en mi punta: un círculo lento que dejó un rastro brillante. Las luces fluorescentes zumbaban como moscas atrapadas, proyectando sombras afiladas en el hueco de su garganta mientras se inclinaba, su aliento caliente e irregular contra mi oreja.

• ¡Mírate! —susurró, su voz deshilachada, sus uñas cereza clavándose en mi corbata.

Con un tirón brusco, aflojó el nudo, la seda deslizándose sobre mi cuello como un suspiro en el aire denso entre nosotros. Las luces zumbaban más fuerte, su resplandor captando cómo su garganta se movía al tragar… nerviosa, ansiosa, ambas.

Podía olerla… bálsamo de cereza, el débil salitre de sudor en sus sienes, el almizcle de su excitación donde sus muslos presionaban los míos. Sus rodillas se hundían en los brazos del sillón, el cuero crujiendo ominosamente al cambiar de posición. Un montón de permisos se deslizó del escritorio, esparciéndose por el suelo con un aleteo de papel. El sonido se perdió bajo el jadeo ahogado de Gloria al sentarse sobre mí completamente, su cuerpo ajustándose centímetro a centímetro, sus músculos internos aleteando como alas asustadas.

Entonces… su teléfono vibró. De nuevo. El nombre de Nelson parpadeó en la pantalla boca abajo sobre la alfombra, la vibración amortiguada por la chaqueta descartada de Gloria.

Lo ignoró. Otra vez.

En cambio, Gloria se balanceó hacia adelante, sus caderas inclinándose lo suficiente para que el glande rozara su entrada. Ya estaba mojada… podía sentir el calor húmedo incluso a través de mi ropa interior. Sus dedos se clavaron en mis hombros, uñas romas mordiendo la tela de mi camisa mientras se dejaba caer sobre mí con un exhalo tembloroso.

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• ¡Maldición! - jadeó Gloria, su cabeza cayendo hacia atrás.

Los tendones de su cuello se marcaron en relieve, su pulso acelerado bajo la piel. Sus músculos internos se apretaron reflejamente, como un tornillo que arrancó un gemido de mi pecho. La silla resopló cuando empujé hacia arriba, hundiéndome hasta el fondo. El gemido de Gloria fue desgarrado, sus muslos temblando contra los míos. El olor a sexo (almizclado y espeso) inundó el espacio entre nosotros, mezclándose con el tóner y café rancio de la oficina.

Comenzó a moverse: lento al principio, un balanceo tortuoso de caderas que hizo que mis dedos se clavaran en su cintura lo suficiente para dejar moretones. Cada arrastre de su cuerpo contra el mío sentía como si estuviera cartografiando cada vena y curvatura con su calor. Luego más rápido, sus uñas arañando mi pecho en surcos rojos que ardían incluso después de soltarme. La lámpara parpadeó, proyectando sombras erráticas sobre su rostro… sus labios cereza abiertos entre jadeos, pupilas tan dilatadas que sus iris eran finos anillos azules.

50: Violación de ética (Final)

Por un instante, el pensamiento se cristalizó (nítido e involuntario) entre el chasquido de piel y el crujido de la silla: Gloria, hinchada con mi hijo. Sus labios mordidos por ahogar gemidos en alguna clínica. Las manos inocentes de Nelson masajeándole los pies mientras cargaba mi traición bajo sus costillas. La imagen quemó más que la fricción entre nosotros.

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Sabía que Nelson usaba condones con ella: metódico, responsable Nelson, que probablemente llevaba una hoja de cálculo monitoreando ciclos de ovulación como una evaluación de riesgo corporativo. Pero entre Gloria y yo... nunca lo pensamos. Quizás tomaba pastillas, al fin y al cabo, yo le enseñé sobre sexo seguro. El riesgo era solo otra capa de calor, otra chispa en el incendio que habíamos alimentado toda la semana. Sus músculos internos aleteaban alrededor mío como algo vivo, y por un segundo vertiginoso imaginé cómo se apretarían alrededor de algo más permanente que mi verga.

La silla gimió cuando Gloria cabalgó con urgencia frenética, sus muslos temblando por el esfuerzo. Sus labios cereza se abrieron en un grito silencioso al agarrarle las caderas y empujar hacia arriba, alcanzando un punto que hizo convulsionar todo su cuerpo. Una fina capa de sudor brillaba en sus clavículas, atrapando la luz fluorescente como oro líquido.

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• ¡Marco…! —Su voz se quebró como madera astillándose mientras sus uñas tallaban trincheras escarlatas en mis antebrazos. - ¡Estoy… ah… cerca...!

No reduje la velocidad. El riesgo (la emoción) de que quizás no usara anticonceptivos se enroscó en mi estómago, empujándome más hondo, más fuerte. Su olor era abrumador ahora, mezclándose con el cuero y tinta de la oficina. Papeles crujieron bajo nuestros movimientos frenéticos, arrugándose bajo sus rodillas mientras se apoyaba contra el escritorio.

Pero mi juego de poder se sostenía… a duras penas. Los músculos de mis muslos ardían por el esfuerzo de mantener mis caderas quietas mientras Gloria cabalgaba con abandono desesperado. Sus labios cereza se abrían alrededor de gritos silenciosos, sus yemas dejando medias lunas en mis hombros. Con Nelson, gemía educadamente… orgasmos que encajaban en citas programadas y velas de lavanda. ¿Conmigo? Venía como una tormenta, desenfrenada y desastrosa.

Aunque Nelson es el hombre que más confío, eso no nos detuvo de follar hasta perder la razón. Y Gloria lo sabía. Con él, todo era compartir, sentirse bien, cuidarse. Pero conmigo era un juego de resistencia: ¿Cuántas veces puede llegar al clímax antes de hacerme venir?

El escritorio tembló bajo sus manos al aferrarse, sus nudillos palideciendo al arquear la espalda, sus caderas moviéndose con precisión desesperada. Un quejido agudo escapó de su garganta (mitad frustración, mitad euforia) mientras sus muslos temblaban contra los míos. El olor a sudor y brillo labial cereza espesó el aire, interrumpido por el chirrido rítmico de la silla.

• ¡Maldición… no pares!... —jadeó, su voz rasgada.

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No lo hice. Mis manos se cerraron alrededor de su cintura, dedos marcando moretones en la piel suave sobre sus huesos de la cadera mientras empujaba hacia arriba en embestidas cortas y brutales. La silla crujió, sus ruedas deslizándose sobre el piso con cada movimiento. La respiración de Gloria llegaba en ráfagas ásperas, sus labios hinchados y manchados de cereza… el pigmento rojo corrido desde su boca hasta la barbilla como escena de crimen. Sus uñas tallaron arcos escarlatas en mi pecho, marcándome como ningún memo corporativo jamás podría.

En esos momentos, Gloria era mi perra personal. Probablemente, si otra de mis amantes casuales hubiera entrado (Maddie de RRHH, por ejemplo), Gloria se habría erizado al principio.

sexo en la oficina

Sus labios cereza se torcerían en protesta, sus dedos apretando mi corbata con posesividad. Pero luego, al ver cómo dividía mi atención entre ambas, cómo mis manos las hacían jadear... cedería. Observaría, participaría, dominaría… porque Gloria no soportaba dejar de ser el centro de atención por mucho tiempo. Incluso imaginé convencerla de explorar juegos lésbicos, su orgullo luchando contra la curiosidad hasta que susurrara el incentivo adecuado contra su oreja.

Pero ella seguía ignorando las llamadas de Nelson. El teléfono vibraba y sonaba, deslizándose sobre el caoba pulido como un insecto moribundo. Pero Gloria se castigaba por ser una mala novia ensartándose en mi verga con frenesí… cada embestida hacia abajo marcada por el zumbido ahogado contra la madera. La pantalla se iluminó de nuevo (por cuarta vez) proyectando reflejos azulados en el hueco sudoroso de su garganta.

Agarré su mentón, obligándola a mirarme. Sus pupilas estaban dilatadas, labios hinchados por morderse los gemidos. Una gota de sudor trazó la curva de su mandíbula antes de caer sobre mi clavícula.

- ¡Ignóralo! —gruñí, empujando tan fuerte que la hice gritar.

La silla resopló cuando Gloria se sacudió hacia adelante, sus labios cereza abriéndose en un jadeo silencioso. La llamada de Nelson murió a media vibración, la pantalla apagándose sobre el escritorio cerca de su tanga descartada.

50: Violación de ética (Final)

Sus caderas vacilaron, luego retomaron el movimiento con desesperación renovada. La silla silbó cuando se hundió, sus músculos internos palpitaron alrededor mío en pulsos erráticos. El olor a sexo, cobre, cerezas y el almizcle de su excitación, se aferró a mi garganta.

El teléfono de Gloria cayó al suelo con un crujido seco, la pantalla agrietándose contra la madera como hielo rompiéndose. Ni siquiera se inmutó… solo clavó sus uñas cereza más hondo en mi cuero cabelludo mientras sus caderas aceleraban, su aliento golpeando mis labios en ráfagas afrutadas.

En cambio, sus dedos se enredaron en mi pelo, arrastrándome hacia ella mientras susurraba contra mi boca:

• ¡Más fuerte!

Las luces parpadearon cuando obedecí. Mis manos deslizaron hacia sus nalgas, dedos hundiéndose en la carne mientras la levantaba ligeramente, cambiando el ángulo. Su jadeo ahogado confirmó que había encontrado el punto exacto.

Sus muslos comenzaron a temblar, su respiración agotada.

• ¡No… maldición… puedo!

Las palabras se quebraron en un gemido cuando su cuerpo se apretó alrededor mío, sus uñas cereza tallando medias lunas en mis hombros. Las luces titilaron de nuevo… o quizás fue mi visión nublándose mientras ella alcanzaba el clímax, sus caderas moviéndose en círculos erráticos que arrancaron un gruñido áspero de mi pecho.

infidelidad consentida

La silencié con un beso, tragándome su gemido roto mientras su cuerpo se tensaba. Sus uñas tallaron lunas en mis hombros, su espalda arqueándose de la silla mientras el orgasmo la sacudía. La luz de la lámpara capturó el sudor brillante en su garganta, fracturándose a través de sus pestañas cuando cerró los ojos: no de placer ahora, sino de algo más agudo, más desesperado. Saboreé cereza y sal donde mis dientes rozaron su labio inferior, sentí el temblor en su respiración cuando mis dedos se apretaron alrededor de sus caderas para inmovilizarla.

No podía parar. Ver a Gloria deshacerse (labios entreabiertos, cuerpo tenso como un arco) me empujó más hondo, más fuerte. Las ruedas de la silla se deslizaron otro centímetro, los hidráulicos gimiendo bajo nuestro peso combinado mientras la follaba a través de las réplicas. Sus músculos internos aleteaban alrededor mío como pájaros asustados, cada contracción extrayendo un gruñido de mi pecho. El olor a sexo se aferraba entre nosotros: sal, cereza y el almizcle de su excitación goteando por mis muslos donde nuestros cuerpos se unían.

Entonces… su teléfono vibró de nuevo.

Las caderas de Gloria se estremecieron al sonido, su cuerpo apretándose alrededor mío como un torno. Un grito áspero escapó de su garganta cuando otra ola la golpeó, sus dedos arañando mi pecho buscando apoyo. La contracción repentina arrancó un gemido de mí, mi verga palpitando dentro de ella mientras me ordeñaba sin piedad. Sus muslos temblaron violentamente, los hidráulicos de la silla resoplando bajo la fuerza de sus convulsiones.

companera de trabajo

El teléfono enmudeció...

Y ella también… durante tres latidos que se extendieron como una eternidad. Luego Gloria se desplomó hacia adelante, su frente apoyándose en la mía mientras jadeaba por aire. Sus rizos pegados a las sienes en espirales húmedas, el olor a coco de su champú mezclándose con el sudor y el almizcle del sexo. Nuestra respiración se sincronizó (áspera, desigual) mientras las réplicas del orgasmo la sacudían. Sentía su pulso martilleando donde nuestros pechos se tocaban, rápido como alas de colibrí.

Afuera, la oficina estaba extrañamente silenciosa. Ni pasillos en el corredor, ni charla de la sala de descanso. Solo el zumbido del aire acondicionado y el ocasional crujido del edificio acomodándose, como los huesos de una bestia antigua moviéndose en su sueño. Las luces fluorescentes zumbaban sobre nosotros, proyectando sombras alargadas sobre el rostro de Gloria mientras me montaba, sus labios cereza entreabiertos en respiraciones descompasadas.

Sus dedos trazaron mi mandíbula, su toque ligero como pluma: un contraste brutal con las marcas que dejó en mis hombros minutos antes. El olor a sexo se aferraba entre nosotros, mezclado con el ácido del sudor y el dulzor residual de su brillo labial. Una gota resbaló por su sien, atrapando la luz antes de perderse en sus rizos.

• ¡Jefe...! —su voz sonó espesa, dulce.

Sabía lo que quería. Lo que necesitaba.

novia de mi amigo

Mis manos se apretaron en sus caderas, levantándola ligeramente antes de estrellarla contra mí de nuevo. La respiración de Gloria se cortó, sus labios abriéndose en un jadeo silencioso mientras marcaba un ritmo brutal. El escritorio temblaba con cada embestida, las patas chirriando contra el linóleo. El sonido era crudo, obsceno… como uñas arrastrándose en una pizarra, si las pizarras pudieran gemir. Su brillo labial cereza se embadurnó en mi clavícula como una mancha Rorschach roja, vibrante contra mi piel enrojecida.

Su teléfono vibró de nuevo.

Esta vez, Gloria estiró el brazo a ciegas, los dedos cerrando el dispositivo. Por un instante, pensé que respondería… que la culpa ganaría. Pero su pulgar deslizó la pantalla con lentitud, silenciando la llamada sin romper el contacto visual. El desafío en sus ojos azul-ártico ardía más que las luces fluorescentes. Luego dejó caer el teléfono sobre la pila de ropa descartada, la pantalla iluminando el nombre de Nelson por última vez antes de apagarse.

sexo en la oficina

Sus caderas rodaron con fervor renovado, sus uñas arañando mi pecho mientras perseguía otro clímax. El sabor a cobre floreció entre nosotros: me había mordido el labio lo suficiente para sacar sangre.

El reloj marcó las siete y treinta.

Nos quedaban diez minutos antes de que llegara el equipo de limpieza nocturno.

Y yo planeaba usar cada segundo.

50: Violación de ética (Final)

El tic-tac del reloj llenaba el silencio entre los jadeos de Gloria, cada segundo marcado por el ritmo de nuestros cuerpos. Sus muslos temblaban contra los míos, resbaladizos de sudor mientras se movía, sus labios cereza entreabiertos en una súbita silenciosa. El olor a sexo (espeso y almizclado) se aferraba al aire, mezclándose con el aroma ácido del café derramado de la taza volcada cerca del escritorio.

Apreté sus caderas con más fuerza, mis pulgares hundiendo moretones en la piel suave sobre sus bragas. Los hidráulicos de la silla resoplaron cuando la levanté ligeramente, cambiando el ángulo para penetrarla más hondo. La respiración de Gloria se cortó, sus dedos arañando mis hombros mientras sus uñas se clavaban.

• ¡Maldición…Marco! —su voz se quebró, mi nombre saliendo como una oración ahogada.

Su cuerpo se arqueó contra el mío, la luz fluorescente iluminando el sudor en sus clavículas, dorando su garganta mientras tragaba convulsivamente. Su pulso corría bajo mi boca mientras besaba su cuello salado.

Sentía sus músculos palpitar alrededor mío, apretándose con cada latido errático. Cerca. Tan cerca.

El reloj avanzó. Siete y treinta y dos.

infidelidad consentida

Su cuerpo se cerró alrededor mío como un torno, arrancándome un gemido áspero del pecho. Papeles crujieron bajo nuestros movimientos frenéticos, arrugándose bajo las rodillas de Gloria mientras se apoyaba contra el escritorio. Su quejido se perdió en la tela de mi camisa, sus dientes clavándose en la costura del hombro cuando me levanté bruscamente, alzándola conmigo. Sus piernas se engancharon a mi cintura, los talones hundiéndose en mi espalda mientras giraba y la aplastaba contra la ventana de la oficina. El vidrio frío rozó sus hombros desnudos, empañándose con cada exhalación entrecortada que dejaba contra el cristal. Doce pisos más abajo, el skyline de Melbourne latía con luces indiferentes, ajenas al pecado aplastado contra el vidrio.

Siete treinta y cuatro.

El teléfono de Gloria vibró otra vez… o quizás era solo el tráfico del centro deslizándose como un río perezoso de luces rojas, ignorando la depravación doce pisos arriba. Las réplicas de la última llamada aún resonaban en la pantalla agrietada, haciendo deslizar el dispositivo otro centímetro sobre el caoba pulido. Ninguno miró.

• ¡Jefe… ah! - su protesta se disolvió en un jadeo cuando empujé hacia arriba, el nuevo ángulo forzándola a apretarse más. Sus dedos se enredaron en mi pelo, atrayéndome hasta que nuestras frentes se tocaron. Su aliento quemaba mis labios, su voz rasgada: ¡No pares!

companera de trabajo

No pude aguantar más. Mis manos se apretaron en las caderas de Gloria mientras la empujaba una última vez, hundiéndome hasta el fondo con un gruñido que me rasgó la garganta. Su cuerpo se arqueó como un arco tensado, cada músculo rígido mientras se deshacía alrededor mío, sus paredes internas palpitaron en espasmos irregulares que me sacaron el orgasmo en chorros espesos y calientes. Nos quedamos así (sus muslos temblando contra los míos, mis dedos dejando moretones en su cintura) hasta que el reloj digital cambió a 7:36 en rojo burlón.

Su sexo estaba cálido y apretado, pero sabía que el equipo de limpieza era puntual, así que tuve que retirarme. Aunque les pago bien por guardar mis secretos, nunca dejo que vean a mis amantes.

Vestidos, Gloria tomó el teléfono y llamó a Nelson… su voz suavizándose al instante en ese tono meloso y practicada que reservaba para él.

• ¡Hola, cariño! - arrulló, acomodando un rizo rebelde detrás de la oreja con los mismos dedos que minutos antes se clavaban en mi espalda.

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Ni un temblor en su respiración delató la última hora y cuarenta y cinco minutos que pasamos follando contra cada superficie plana de mi oficina.

Pero nos besamos una última vez… el tipo de beso que perdura como una huella dactilar culpable, su labial cereza emborronándose en mi boca como una confesión que ninguno diría. Un adiós temporal. Sabía que no rompería con Nelson y que seguiríamos follando, pese a su relación con mi amigo.

sexo en la oficina

Aun así, no perdimos ninguno de los permisos.


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