Los Chávez-Rojas dominaban cadacentímetro de tierra en Los Arroyos, un pueblo de apenas tres mil habitantesenclavado en un valle fértil donde el río principal desbordaba recursosnaturales: madera de cedro y caoba en los bosques cercanos, canteras de mármolen las colinas, y una tierra negra que producía cosechas dos veces al año. Peroel verdadero tesoro era el agua -manantiales que brotaban de la montaña y quelos Chávez-Rojas habían embotellado y vendido a las ciudades vecinas,construyendo un imperio que comenzó con el abuelo y que don Genaro expandió conpuño de hierro.
Iván había mamado ese poder desdela cuna. Ahora con veintitrés años, era un hombre de espaldas anchas, brazosvenosos y una mandíbula cuadrada que parecía tallada en el mismo mármol queexportaban. Pero su verdadera fuerza no estaba en los músculos -estaba en esamirada fría que evaluaba a las personas como si fueran ganado, calculando suutilidad y su amenaza. En el pueblo todos sabían que Iván no olvidaba unaofensa, real o imaginada. Y también sabían que cuando Iván quería algo, lotomaba.
Había sido así con el equipo defútbol. Iván lo había fundado cinco años atrás no por amor al deporte, sinoporque necesitaba una distracción y un escaparate de su poder. Él era el dueño,el entrenador, el capitán y la estrella. Vestía la camiseta número 10 y seregodeaba viendo cómo los rivales temblaban cuando él recibía el balón. Suzurda era precisa como un bisturí, y cuando celebraba un gol levantaba el puñoy miraba a la tribuna -donde siempre había una nueva mujer dispuesta aofrecerse.
Porque ese era otro de suspasatiempos: el derecho de pernada moderno. Iván se había acostado con esposasde concejales, hijas de comerciantes, novias de trabajadores. Nadie se negaba.No por deseo, sino por miedo. Una negativa significaba perder el empleo, lacosecha, el contrato de agua, la vida misma en ese pueblo que dependía de losChávez-Rojas. Las mujeres iban a su casa, al despacho privado que tenía junto alas canchas, y salían después de horas con el pelo revuelto y la mirada vacía.Iván las devolvía a sus vidas como quien devuelve un libro prestado.
Pero había una mujer que nuncapodría tocar: Helena.
Su hermana tenía dieciocho años yera el centro de todas las miradas en Los Arroyos. Alta y esbelta, con unamelena rubia con mechas que le caía sobre los hombros desnudos, Helenacombinaba una belleza de anuncio con una inocencia que resultaba casi ofensivaen ese entorno de violencia soterrada. Sus ojos oscuros y delineados miraban elmundo con curiosidad, sus labios carnosos siempre ligeramente entreabiertoscomo esperando un beso, y su cuerpo -Dios, su cuerpo- era una provocaciónconstante: senos redondos que se levantaban firmes bajo las blusas, caderas quese balanceaban con cada paso, un trasero que los jeans ajustados marcaban sinpiedad.
Por las mañanas, Helena ayudabaen la iglesia y enseñaba catecismo a los niños. Por las tardes, leía novelasrománticas en el jardín. Por las noches, en la intimidad de su habitación, semiraba al espejo y se preguntaba por qué su cuerpo la traicionaba de esa manera-por qué sentía un calor extraño entre las piernas cuando pensaba en las manosde un hombre, por qué se mojaba imaginando que alguien la tomaba contra lapared, por qué se tocaba en la cama pensando en labios que la mordieran y enlenguas que la recorrieran entera. Era una contradicción andante: la santurronade día, la puta soñadora de noche.
Todos los hombres del pueblosuspiraban por ella, pero ninguno se atrevía a acercarse. El que lo intentaba,terminaba despedido, humillado o directamente desaparecido. Iván había dejadoclaro que su hermana era intocable -una virtud que él mismo no practicaba peroque exigía para su familia. Una posesión más.
Pedrito llegó al pueblo como unsoplo de aire fresco. Veintidós años, moreno, con una sonrisa fácil y unatorpeza encantadora. No era guapo como Iván -era apuesto en un sentido mássuave, menos amenazante. Su padre había sido portero en la tercera división yél había heredado los reflejos pero no la estatura; medía apenas un metrosetenta, pero se tiraba con valor bajo los palos.
Iván lo contrató por necesidad -elportero anterior había "tenido un accidente" con unas tijeras depodar- y Pedrito llegó sin saber la historia del pueblo, sin conocer las reglasno escritas. Lo primero que hizo fue alquilar una pieza en casa de una viuda ypreguntar dónde quedaba la plaza. Lo segundo fue toparse con Helena.
Fue en el kiosco del pueblo, unaestructura octogonal pintada de blanco que era el corazón social de LosArroyos. Helena compraba helado y el muchacho la miró como si hubiera visto unángel. Ella, acostumbrada a las miradas lujuriosas, sintió algo diferente enesa admiración, no posesión. Él se acercó, tartamudeó, le preguntó la hora.Ella sonrió, y él se enamoró en ese mismo instante.
-¿Quieres salir conmigo? -lepreguntó Pedrito dos semanas después, cuando ya se habían visto a escondidasvarias veces. Helena, con el corazón latiéndole desbocado, dijo que sí.
El primer beso fue en el kiosco,al atardecer. Él la tomó de la cintura, ella se arqueó hacia él, y sus labiosse encontraron con la suavidad de quien descubre el paraíso. Helena sintió cómosu cuerpo se encendía -los pezones se le endurecieron, un calor húmedo crecióentre sus muslos- y supo que ese era el hombre con quien quería perderse.
Pero las lenguas del pueblocorrieron más rápido que sus suspiros. Al día siguiente, Iván ya lo sabía todo.
El patriarca de los Chávez-Rojasmandó llamar a Pedrito al despacho privado junto a las canchas. El muchachollegó sin saber lo que le esperaba, con la esperanza todavía fresca en el pechodespués del beso en el kiosco.
-Cierra la puerta -ordenó Iván,sin levantar la vista del escritorio.
Pedrito obedeció, y el sonido delcerrojo al correrse resonó en la habitación como un presagio. Iván se levantóentonces, y el portero pudo ver el tamaño real del hombre -ese cuerpo forjadoen los campos de fútbol y en las canteras de mármol. Pedrito tragó saliva.
-He oído que te has estado viendocon mi hermana -dijo Iván, acercándose con paso lento, casi felino- ¿Es cierto?
-Señor Chávez, yo...
-No mientas. Sé que la besaste.En el kiosco, al atardecer. Mis ojos están en todas partes.
Pedrito sintió cómo el sudor fríole recorría la espalda. Quiso retroceder, pero la puerta estaba cerrada, y lapresencia de Iván llenaba la habitación como un gas venenoso.
-Señor, yo la quiero -tartamudeó-Helena y yo nos amamos, y yo vine a pedirle permiso para...
-¿Para qué? -Iván soltó una risaseca, sin humor- ¿Para casarte con ella? ¿Para llevarte a la niña más hermosadel pueblo? ¿Para manchar la sangre de los Chávez-Rojas con tus genes deportero mediocre?
-Señor, yo le juro que la voy acuidar, que...
-Cállate.
Iván le dio la espalda y caminóhacia la ventana. Afuera, la noche se cerraba sobre Los Arroyos, y las lucesdel estadio iluminaban el césped vacío. Durante un largo momento, el únicosonido fue el zumbido de un ventilador oxidado y la respiración agitada dePedrito.
-¿Sabes qué voy a hacer contigo? -preguntóIván, girándose lentamente- Te voy a dar una lección. Una calentadita que te vaa dejar adolorido semanas. No te voy a matar, porque eso sería demasiado fácily además mi hermana me odiaría. Pero te voy a hacer entender que en Los Arroyoslas reglas las pongo yo.
Pedrito quiso correr, pero fuedemasiado tarde. Iván lo tomó del cuello con una fuerza brutal y lo estampócontra la pared. Los cuadros se cayeron, el vidrio se rompió, y el porterosintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones mientras los puños de suempleador comenzaban a trabajar en su rostro, en su estómago, en sus costillas.
No duró mucho -apenas unosminutos- pero para Pedrito fueron una eternidad. Cuando Iván lo soltó, elmuchacho cayó al suelo, jadeando, con la cara ensangrentada y el cuerpo llenode moretones. Su hombro derecho, el que usaba para lanzarse a atajar, colgaba aun ángulo extraño -dislocado por un golpe seco.
-Escúchame bien -dijo Iván,arrodillándose junto a él y susurrándole al oído- Mañana mismo te vas de LosArroyos. Te vas al equipo de Paredón, que está a dos horas de aquí, y juegasallá. Y no vuelves a hablarle a mi hermana. ¿Entendido?
-¿Por qué...? -gimió Pedrito, conla voz rota- ¿Por qué no podemos ser felices?
Iván se rió, y esta vez su risafue genuina, cruel, profunda.
-¿Felices? En Los Arroyos solo yosoy feliz, Pedrito. Y la única forma de que tú también lo seas es que te vayasy te olvides de Helena. Si vuelves a hablarle, si vuelves a mirarla, sisiquiera piensas en ella, te juro por mi madre que te voy a encontrar y te voya hacer pedazos. Pero no te voy a matar -añadió, con una sonrisa que mostrabalos dientes- Te voy a dejar vivo, para que sepas que ella nunca va a ser tuya.
Pedrito se fue al amanecer, conel hombro vendado y el corazón hecho trizas. No se despidió de Helena -nopodía, Iván se lo había prohibido bajo amenaza de muerte- pero le dejó unacarta bajo la puerta de su habitación, escrita con mano temblorosa:
"Helena, mi amor. Me voya Paredón. Tu hermano me hizo entender que no puedo estar aquí, que no merezcoestar a tu lado. Pero te prometo que voy a jugar bien, voy a ganarme uncontrato, y voy a volver por ti. No importa cuánto tiempo pase. Te amo. Pedrito."
Helena encontró la carta aldespertar y la leyó con el corazón en un puño. Quiso correr tras él, pero sumadre la detuvo en el umbral de la puerta.
-No vayas, hija. Tu hermano tienerazón. Ese muchacho no es para ti.
-¿Cómo puedes decir eso, mamá? -Helenasintió cómo las lágrimas le quemaban los ojos- Él me quiere. Yo lo quiero.
-El amor no sirve de nada cuandoel poder decide lo contrario. Y en esta casa, el poder lo tiene tu hermano.Acepta tu destino.
Helena rompió a llorar, pero nodiscutió. Sabía que su madre tenía razón -no en el fondo, pero sí en lasuperficie. Iván era dueño de todo en Los Arroyos, y hasta el amor tenía quearrodillarse ante él.
Pasaron las semanas, y latemporada de fútbol comenzó. Helena, herida y solitaria, encontró consuelo enseguir los resultados desde su habitación, en la intimidad de su celular. Laradio del pueblo transmitía los partidos y ella se sentaba frente al aparato,con las piernas cruzadas y el corazón en la boca, escuchando cada jugada comosi su vida dependiera de ella.
Los Chávez-Rojas comenzaron latemporada como una apisonadora. En el estadio de Los Arroyos, el equipo localaplastó 7-1 a los visitantes, con cinco goles de Iván. Helena escuchó losgritos de la multitud en la radio, el nombre de su hermano coreado como unhimno, y sintió una mezcla extraña de orgullo y náuseas. Fue a la página de laliga en redes sociales y vio los videos de los goles: su hermano recibiendo elbalón, recortando, disparando. Una máquina perfecta.
Al mismo tiempo, buscó losresultados de Paredón. El equipo de Pedrito había resistido y sacado el cero enuna plaza difícil -0-0, con el portero local destacado por su suerte. No erasuerte, pensó Helena, era su Pedrito, su valiente portero, aguantando a pesarde todo. Pero los comentarios eran despiadados: "El portero falló en doscentros, tuvo suerte que los delanteros estuvieran desacertados","Pedrito tuvo una noche de suerte".
Helena defendió a su novio en loscomentarios, y recibió una respuesta de una cuenta anónima: "Vete a lamierda, puta del Chávez". Se sintió humillada, pero no dejó de seguir lospartidos.
Los Chávez-Rojas ganaron 4-0, contres goles de Iván y uno del delantero suplente. En Paredón, el equipo perdió1-0 en un partido que se decidió por un penal. Pedrito había estado cerca deatajarlo, pero el balón se le escurrió entre los dedos.
Helena pasó la noche viendo elvideo del penal una y otra vez. Su hermano, desde su habitación contigua,escuchó el ruido del celular y sonrió para sus adentros.
En la tercer jornada, losChávez-Rojas ganaron 2-1 contra el equipo más fuerte de la zona. Iván metió losdos goles: el primero, un tiro libre perfecto; el segundo, un cabezazo en elúltimo minuto. El público enloqueció, y en redes sociales su nombre eratendencia local.
Paredón empató 2-2. Pedrito habíatenido un partido decente, atajando varios tiros peligrosos, pero el equiporival había conseguido el empate en el descuento. Helena vio los resúmenes ysupo que su novio había hecho todo lo posible. Era un partido honorable.
Luego, los Chávez-Rojas golearon3-0 sin despeinarse. Iván se tomó el partido con calma, asistiendo a suscompañeros, pero metiendo el tercer gol con una jugada individual que dejó atres defensores en el suelo.
Paredón perdió 1-0. El gol fue enel primer tiempo, un disparo de media distancia que Pedrito no había podidoalcanzar. En redes sociales, los aficionados del equipo empezaban a criticarlo:"Este portero no sirve", "Necesitamos un cambio bajo lospalos".
Helena defendió a su novio en loscomentarios, y recibió más insultos. Pero no le importó. Seguía creyendo en él.
Al siguiente partido, losChávez-Rojas ganaron 11-0. Fue una goleada histórica, con Iván metiendo sietegoles y el resto repartidos entre el equipo. El estadio fue una fiesta, y losaficionados cantaron el nombre del patriarca durante media hora.
Paredón obtuvo su primer triunfo:3-2, con Pedrito atajando un penal en el minuto 80 que salvó el partido. Helenasaltó de la cama con un grito de alegría, y su madre, desde el pasillo, lallamó al orden.
En la jornada seis, losChávez-Rojas ganaron 4-0, con dos goles de Iván y dos de su delantero estrella.El equipo era imparable, y la prensa local ya lo daba como favorito para elcampeonato.
Paredón empató 3-3. El partidofue una locura, con el equipo visitante remontando dos veces el marcador.Pedrito había tenido un partido irregular: atajó dos tiros claros, pero fallóen el tercer gol. En las redes, los aficionados no se ponían de acuerdo:"El portero salvó el punto", "El portero nos costó lostres".
Helena estaba confundida. Queríaver lo mejor de su novio, pero la realidad era tozuda: Pedrito era un porteropromedio, que en los grandes momentos fallaba. Y su hermano era un campeón, ungenio, el que gobernaba el campo con su zurda mágica. ¿Cómo conciliar esas dosimágenes?
La noche anterior al partidodecisivo, Helena estaba sentada en el borde de su cama, mirando el techo. Lahabitación estaba a oscuras, iluminada solo por la luna que entraba por laventana. Su celular vibró y el nombre de Pedrito apareció en la pantalla.
-¿Hola? -susurró, para nodespertar a su madre.
-Helena... -la voz de Pedritosonaba rota, desesperada- Helena, necesito que me ayudes. En la siguiente jornadajugamos contra Los Chávez. En tu cancha. Con tu hermano y está imparable… me vameter de menos 3 goles con lo mucho que me odia y me correrán!
-Ya lo sé, Pedrito. He estadosiguiendo todos los partidos.
-¿Y has visto cómo estoy jugando?-él soltó una risa amarga- He sido un desastre. No puedo atajar ni un tiro demedia distancia. El entrenador me ha dicho que si perdemos contra el equipo detu hermano, me echa. Y si pierdo, mi sueño de obtener un contrato y de podervivir contigo se esfuma para siempre.
-Pedrito, yo...
-No, escúchame. -su voz se quebró-Tu hermano es un monstruo. Hoy entrenó con su equipo y metió cinco goles en lapráctica. No sé de qué está hecho pero nos van a golear. Y yo voy a perder mioportunidad de tener una vida contigo.
Helena sintió cómo las lágrimascomenzaban a rodar por sus mejillas. Quería decirle que todo iba a estar bien,pero sabía que no era cierto.
-Por favor -continuó Pedrito, conla voz temblorosa- Háblale a tu hermano. Pídele que no meta tantos goles. Quenos dé una oportunidad. Si ganamos, los directivos me van a ofrecer uncontrato, y yo podré pedirte... podremos estar juntos.
-Pedrito, yo no puedo controlarlo que hace Iván...
-¡Lo sé! Pero tú eres la únicaque puede hacerle ver razón. Eres su hermana. Te quiere, ¿no? ¿O al menos terespeta? -su voz se elevó un tono, casi acusatorio- Helena, si no me ayudas, loperderé todo. El equipo, el contrato, y lo más importante: a ti.
El silencio se alargó. Helenapodía oír la respiración agitada de Pedrito al otro lado, y en su propio cuerposentía una mezcla de impotencia, rabia y deseo. Quería ayudarlo, pero sabía queIván no escucharía razones. Su hermano solo escuchaba el poder.
-Voy a intentarlo -susurró, conla voz quebrada- Pero no te prometo nada.
-Gracias, Helena. Te amo.
-Yo también te amo.
Colgaron, y Helena se quedómirando su reflejo en la pantalla apagada. Su rostro estaba pálido, los ojosenrojecidos, los labios temblorosos. Pero también había algo más en esa imagen:una determinación que no había sentido antes.
Se levantó de la cama, se pusouna bata de seda que apenas le cubría los muslos, y caminó hacia la puerta.Fuera, el pasillo estaba a oscuras, pero al final, en el despacho de suhermano, había una luz encendida.
Llamó a la puerta con losnudillos.
-Adelante -dijo la voz grave deIván.
Helena entró y se encontró con suhermano sentado detrás del escritorio, con las piernas abiertas y una copa dewhisky en la mano. Sus ojos recorrieron el cuerpo de su hermana -la bata quedejaba ver el escote, las piernas desnudas, los pies descalzos- y por uninstante, se detuvieron en el borde de la tela, donde la curva de sus caderasse insinuaba.
-Qué sorpresa, hermanita -dijo,con una sonrisa que Helena no supo descifrar- ¿Qué te trae a mi despacho a estahora?
Helena se acercó, sintiendo elpeso de la mirada de su hermano sobre ella. La habitación olía a tabaco y ahombre, a cuero y a poder. En la pared, las fotos de Iván con sus trofeos y conmujeres famosas la miraban con complicidad.
-Iván... -comenzó, y su voz saliómás grave de lo que pretendía- Necesito hablar contigo.
-Siéntate, entonces.
Helena se sentó en la sillafrente al escritorio, pero la incomodidad la hizo mover las piernas, y la batase le abrió un poco más, dejando al descubierto la piel blanca de sus muslos.Iván apartó la mirada, pero no pudo evitar que sus ojos se detuvieran por unsegundo en esa carne que nunca debió ver de esa manera.
-¿De qué se trata? -preguntó, conla voz más ronca que de costumbre.
-el siguiente juego es contraParedón -dijo Helena, y su voz tenía un tono suplicante- Pedrito me llamó. Mecontó que si pierden, lo van a echar. Y su contrato, su sueño...
-Ah -Iván dejó la copa sobre elescritorio y se recostó- Otra vez el portero.
-Por favor, Iván. No le metastantos goles. Dale una oportunidad. Si Paredón gana o empata, él puede seguiren el equipo. Podemos estar juntos.
Iván se rió, una risa seca ycruel.
-¿Y por qué debería ayudarlo? Esemuchacho no merece a mi hermana.
-¿Y tú qué sabes de lo quemerezco? -Helena se levantó de un salto, y su bata se abrió del todo, mostrandoel borde de sus bragas blancas- ¿Tú, que te acuestas con medio pueblo? ¿Tú, quehumillas a las mujeres y las usas a tu antojo? ¿Tú, que me tienes encerradaaquí como si fuera una posesión?
-¡Helena!
Iván se puso de pie, y la sillacayó al suelo. De repente, él estaba frente a ella, y el olor de su colonia, sualiento con whisky, su presencia abrumadora, llenaron el espacio entre ellos.
-¿Qué te pasa? -preguntó él, conla voz baja y peligrosa- ¿Qué es esto, una rebelión? ¿Crees que porque te hepermitido algunas libertades puedes desafiarme?
Helena sintió su cuerpo respondera la cercanía de su hermano. El miedo se mezcló con algo más -ese calor extrañoentre sus piernas, ese latido acelerado que no entendía. Quiso retroceder, perono pudo. Sus pies parecían pegados al suelo.
-Solo quiero ser feliz, Iván -susurró,y su voz era apenas un hilo- ¿Es tanto pedir?
-La felicidad no la da un porteromediocre -dijo él, y sus manos se alzaron para tomar su rostro- La felicidad lada el poder. Y el poder es mío. De los Chávez-Rojas. Y tú eres unaChávez-Rojas, Helena. Eso no lo vas a olvidar.
-Pero Pedrito me quiere... -suvoz se rompió.
-No, Helena. -Iván la tomó de labarbilla, forzándola a mirarlo- Yo te quiero. Yo soy el que te ha protegidodesde niña. Yo soy el que ha apartado a todos los hombres que querían hacertedaño. ¿Y sabes qué? -su voz bajó un tono, volviéndose casi íntima- Esa cartaque te dejó, esas promesas vacías... no valen nada. Él no va a volver.
Helena sintió cómo su cuerpo seestremecía. Las manos de su hermano en su rostro eran firmes pero no violentas,y su pulgar, casi sin querer, rozó el borde de sus labios. Fue un contactobreve, casual, pero que la hizo arder por dentro.
-Yo voy a jugar como siempre. Ytú vas a estar en la tribuna. Y vas a ver cómo tu portero falla. Porque ese essu destino: fallar. Como todos los que no tienen la sangre de los Chávez.
Iván ahora que sabía que Pedritose había comunicado con Helena, esa misma noche, después de la conversación enel despacho, Iván mandó traer a Pedrito al campo de entrenamiento. No aldespacho privado, sino a la cancha principal, iluminada por los reflectores,vacía y silenciosa bajo la luna.
Pedrito llegó pensando que lo ibaa matar, que esa sería su sentencia final. Pero Iván lo recibió con una sonrisaque no era de burla, sino de cálculo.
-Siéntate -dijo Iván, señalandoel césped. Él mismo se sentó, como si fueran dos amigos compartiendo unmomento.
Pedrito obedeció, temblando.
-Sé que hablaste con mi hermana -comenzóIván, con la voz suave- Y sé que le pediste que intercediera por ti. Que mepidiera que no te meta tantos goles.
-Señor, yo...
-Cállate. -Iván levantó una mano,y Pedrito enmudeció- No te he traído aquí para castigarte. Te he traído parahacerte una propuesta.
Pedrito parpadeó, confundido.
-Una... ¿propuesta?
-Sí. -Iván se inclinó hacia él, ysus ojos brillaron con una luz peligrosa- Quiero que ganes el partido contramí.
Pedrito abrió la boca, pero nosalió ningún sonido.
-¿Qué... qué quiere decir?
-Quiero que los Chávez-Rojaspierdan -dijo Iván, con una sonrisa que era puro veneno- Quiero que losderrotes, que Paredón gane 2-1, y que tú seas el héroe del partido.
Pedrito sintió que el suelo seabría bajo sus pies.
-Pero, señor, usted es el mejorjugador de la liga, usted puede meter cinco goles en un partido, usted...
-Lo sé -Iván lo interrumpió- Poreso mismo quiero perder. Porque cuando el invencible Chávez-Rojas cae, cuandoel patriarca es derrotado por un portero mediocre, el mundo se tambalea. Losdirectivos de Paredón te van a ofrecer un contrato decente, las apuestas que yocontrolo me darán millones, y yo, seguiré siendo yo.
Pedrito parpadeó, incrédulo.
-Pero... ¿por qué haría ustedeso? ¿Por qué ayudarme?
-Porque quiero que te lleves tumediocridad a otra parte. Pero no te voy a dar a mi hermana. Eso jamás.
Pedrito sintió cómo la esperanzase desvanecía.
-Entonces... ¿qué me ofrece?
-Dinero -dijo Iván, sacando unsobre de su chaqueta- Mucho dinero. Suficiente para que te compres una casa enla ciudad, para que vivas cómodo el resto de tu vida. Y además...
Iván hizo una pausa, y sus ojosse posaron en la entrada del estadio, donde una figura femenina se movía entrelas sombras.
-Además, te voy a presentar aalguien.
Una mujer salió de la oscuridad:era joven, de unos veinte años, con el cabello negro y largo, los ojos verdes yun cuerpo que dejaba sin aliento. Vestía un vestido rojo que se ajustaba a suscurvas como una segunda piel, y su sonrisa era una promesa de placer.
-Ella es Valeria -dijo Iván, conuna sonrisa- Es hija del dueño de la ferretería del pueblo. Veintiún años,soltera, y con unas ganas de salir de aquí que no te imaginas. Si ganas elpartido, te la llevas. Es tuya.
Pedrito miró a Valeria, y sintióque el corazón le daba un vuelco. La chica era hermosa -no como Helena, no conesa belleza angelical y prohibida- pero tenía algo que lo atraía: una miradatraviesa, unos labios carnosos, un cuerpo que prometía noches de lujuria. Yademás, era joven, soltera, y estaba dispuesta a irse con él.
-¿Y... y Helena? -preguntóPedrito, con la voz temblorosa.
-Helena es mi hermana -dijo Iván,con una sonrisa cruel- Y yo decido quién se queda con ella. Y esa persona novas a ser tú.
Pedrito sintió una mezcla dealivio y deseo. Alivio porque no tendría que enfrentarse a Iván, porque notendría que arriesgar su vida por un amor imposible. Deseo porque Valeria eratodo lo que siempre había querido: una mujer hermosa, disponible, y con lapromesa de una vida mejor.
-Acepto -dijo Pedrito, sin dudar-Acepto su trato.
Iván sonrió, y sus ojos brillaroncon una luz triunfante.
-Bien. Entonces escucha bien elplan…
Al día siguiente, Pedrito llamó aHelena. Su voz sonaba extraña, distante, pero también cargada de unadeterminación que Helena no había escuchado antes.
-Helena, tengo una solución.
-¿Qué solución? -preguntó ella,con la voz rota por el llanto.
-Si tu hermano no accede arebajarse, tendremos que jugar rudo. Tendremos que hacerle daño.
-¿Hacerle daño? -Helena sintió unnudo en el estómago- ¿Cómo?
-Escúchame, Helena. Esto esimportante. -la voz de Pedrito bajó hasta convertirse en un susurro- Tu hermanoes el mejor jugador de la liga porque tiene fuerza, resistencia, poder. Perohay una manera de debilitarlo. ¿Sabes qué pasa cuando un hombre eyacula mucho?
Helena sintió que la sangre lesubía a las mejillas.
-¿Qué... qué quieres decir?
-Quiero decir que si logramos quetu hermano eyacule varias veces antes del partido, va a estar débil. Agotado.Sin fuerzas. Y cuando yo esté bajo los palos, él no podrá meter los goles quesiempre mete. Perderá. Y nosotros ganaremos.
Helena se quedó en silencio,procesando las palabras de Pedrito.
-Pero... ¿cómo voy a hacer eso?
-Tienes que entrar a suhabitación -dijo Pedrito, con voz firme- Todas las noches, antes del partido.Tienes que masturbarlo con la mano. Hacerlo eyacular. Una, dos, tres veces.Hasta que esté tan agotado que no pueda ni levantar la pierna para patear.
Helena sintió que el mundo sedetenía.
-¿Masturbarlo? -susurró- Pedrito,eso es... eso es mi hermano...
-¿Qué importa si es tu hermano? -lavoz de Pedrito se volvió urgente- Es la única manera de que podamos estarjuntos. Si no lo haces, él va a ganar, y yo voy a perder mi contrato, y nuncapodré pedirte. Y además... -su voz se quebró- Además, tu hermano se ha estadoacostando con todas las mujeres del pueblo. ¿Crees que él tiene escrúpulos?¿Crees que él se detiene ante algo? Si tú no lo haces, él va a seguir abusandode su poder, y nosotros nunca seremos felices.
Helena sintió que las lágrimasrodaban por sus mejillas.
-Pero no sé cómo... no sé sipueda...
-Puedes -dijo Pedrito, con vozsuave pero firme- Porque me amas. Porque quieres estar conmigo. ¿No es así?
-Sí -susurró Helena- Te amo.
-Entonces hazlo. Por nosotros.Por nuestro futuro.
El silencio se alargó. Helenapodía oír su propio corazón latiendo en sus oídos.
-Está bien -dijo, con voztemblorosa- Lo haré. Por ti, Pedrito. Por nosotros.
Esa noche, ya era pasada lamedianoche cuando Helena salió de su habitación. El pasillo estaba a oscuras, yel único sonido era el zumbido del aire acondicionado en la casa de losChávez-Rojas. Caminó descalza hasta la puerta de su hermano, con la bata deseda rozándole los muslos, y llamó suavemente.
No hubo respuesta.
Helena abrió la puerta y entró.La habitación de Iván era grande, con una cama de dos plazas y cortinas deterciopelo. Su hermano yacía boca arriba, cubierto solo con una sábana fina quedejaba ver la silueta de su cuerpo. El torso desnudo, los brazos musculosos, larespiración profunda y regular.
Helena se detuvo al borde de lacama y sintió que las piernas le temblaban. Su mano, extendida hacia el bordede la sábana, dudó. Podía oír su propio corazón latiendo en sus oídos, y uncalor extraño se extendía desde su vientre hacia sus muslos.
Es por Pedrito, sedijo. Es por nosotros.
Con manos temblorosas, bajó lasábana, descubriendo el torso desnudo de su hermano. Sus ojos recorrieron esecuerpo poderoso -los pectorales firmes, el abdomen marcado, el vello quedescendía desde el ombligo hasta el borde del boxer. El olor de su hermano -ahombre, a colonia, a sudor de campo- la envolvió como una niebla.
Helena se sentó en el borde de lacama y, con un movimiento rápido, bajó el boxer de Iván. Su mirada se encontrócon el miembro de su hermano: una verga poderosa, gruesa, que descansaba sobresus muslos, aún flácida pero ya imponente. Las pelotas, grandes y pesadas,colgaban bajo ella, cubiertas por un vello oscuro.
Helena sintió que se le secaba laboca. Aquello era mucho más grande de lo que había imaginado, mucho más real.Su mano se extendió, y sus dedos rozaron el glande -caliente, suave,palpitante. Un cosquilleo recorrió su brazo y se extendió hasta su pecho, hastasus pezones, que se endurecieron bajo la bata.
-Es por Pedrito -susurró denuevo, y sus dedos cerraron alrededor del tallo.
Comenzó a mover la mano arriba yabajo, sintiendo cómo la carne de su hermano se endurecía bajo su tacto, cómocrecía, cómo se llenaba de sangre. Era una sensación extraña, prohibida, que lahacía arder por dentro. El cosquilleo en sus muslos se convertía en un calorhúmedo, y sintió que sus bragas se empapaban.
Iván, aunque fingía dormir, eraplenamente consciente. Sentía la mano de su hermana alrededor de su pene,sintiendo cómo se endurecía, cómo crecía hasta alcanzar su máximo tamaño. En sumente, una sonrisa se dibujaba. Había sobornado a Pedrito, sí, pero no para queél ganara. Había sobornado a Pedrito para que su hermana, por primera vez, lotocara, lo sintiera, lo deseara.
Helena, mientras tanto, se dejaballevar por el momento. Sus dedos se movían cada vez más rápido, amasando laspelotas de su hermano con la otra mano, sintiendo cómo se movían bajo su tacto.El cosquilleo en sus muslos se intensificaba, y un gemido apenas audible escapóde sus labios.
-Vamos, Iván -susurró, sin darsecuenta de que estaba hablando- Termina. Termina por mí.
El cuerpo de Iván se tensó, yHelena sintió cómo el miembro de su hermano se contraía en su mano. Un chorrode semen caliente brotó del glande, salpicándole los dedos, la muñeca, la bata.Helena se quedó mirando, fascinada, mientras el líquido viscoso y blanco sedeslizaba por su piel.
Es enorme, pensó. Debedoler tener algo así dentro...
Pero también pensó en otra cosa:en lo mucho que le gustaba ese poder, en lo mucho que le excitaba ver a suhermano, tan fuerte, tan dominante, entregado a su mano.
Se limpió los dedos en la sábana,se levantó y salió de la habitación a hurtadillas, creyendo que el plan habíasido un éxito.
Al día siguiente, Helena llamó aPedrito desde el jardín, con el teléfono pegado al oído.
-Lo hice -susurró, con la voz aúntemblorosa- Lo masturbé. Eyaculó.
-Bien -dijo Pedrito, y su vozsonó extraña, casi fría- Ahora tendremos que pasar a lo siguiente.
-¿Qué?
-Hoy deberás usar tu boca.
Helena sintió que el mundo sedetenía.
-¿Mi... mi boca?
-Sí. -la voz de Pedrito erafirme, pero también tenía un tono urgente- La masturbación no es suficiente.Necesitamos debilitarlo más. Si le chupas la polla, si te metes la verga enteraen la boca, va a estar mucho más agotado. Eyaculará más. Y cuando llegue elpartido, estará tan débil que no podrá ni pararse.
Helena sintió cómo la sangre sele subía a las mejillas.
-Pero Pedrito, eso es... eso esdemasiado...
-¿Demasiado? -la voz de Pedritose elevó- ¿Crees que yo no sacrificaría lo que fuera por ti? ¿Crees que no memetería en la boca la verga de quien fuera para poder estar a tu lado? Helena,si no haces esto, lo perderemos todo. Tu hermano nos va a destrozar.
Helena cerró los ojos. Laslágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
-Lo haré -susurró- Lo haré porti. Por nosotros.
Esta vez, Helena no dudó. Entróen la habitación de su hermano con la determinación de quien sabe lo que tieneque hacer, pero también con el temor de quien está a punto de cruzar una líneaque no podrá borrar.
Iván estaba en la misma posición,boca arriba, con la sábana cubriéndolo apenas. Helena se acercó y, con lasmanos temblorosas, bajó el boxer de su hermano. Su mirada se encontró de nuevocon esa verga poderosa, ya semierecta, como si supiera que iba a ser usada.
Helena tomó aire y se inclinó.Sus labios rozaron el glande -caliente, suave, palpitante- y sintió uncosquilleo que recorrió todo su cuerpo. Abrió la boca y lo tomó entero,sintiendo cómo la carne de su hermano llenaba su boca, llegando hasta el fondode su garganta.
Comenzó a moverse, arriba yabajo, chupando con desesperación, con lujuria, con un deseo que no sabía quetenía. Su lengua recorrió el tallo, se enredó en el frenillo, se deslizó por elglande. Sus manos, mientras tanto, amasaban las pelotas de su hermano,sintiendo cómo se movían bajo su tacto.
Iván, fingiendo dormir, sentíacada movimiento de la boca de su hermana. Sentía su lengua, sus labios, susdientes. Sentía cómo lo succionaba con una mezcla de inocencia y deseo que lovolvía loco. En su mente, sonreía. Sabía que, después de esa noche, Helenanunca podría mirarlo de la misma manera.
Helena, mientras tanto, se dejaballevar por el momento. Ya no pensaba en Pedrito, no pensaba en el partido, nopensaba en nada. Solo sentía la verga de su hermano en su boca, su sabor, sucalor, su poder. Y sabía que, pase lo que pase, ya no había vuelta atrás.
El cuerpo de Iván se tensó, yHelena sintió cómo el semen comenzaba a brotar en su boca. Tragó, sintiendo ellíquido viscoso deslizarse por su garganta, y siguió chupando hasta que elmiembro de su hermano se ablandó.
Entonces, en lugar de retirarse,se quedó un momento más. Sus labios besaron el glande, su lengua acarició eltallo, y sus manos se movieron sobre el torso desnudo de Iván, sintiendo losmúsculos, el vello, el calor de su piel.
Iván, en la gloria de su fingidosueño, supo que había ganado.
Helena llamó a Pedrito desde eljardín, escondida entre los arbustos de jazmín.
-Lo hice de nuevo -susurró, conla voz aún ronca- Le chupé la verga hasta que eyaculó y lo hizo dos veces.
-Bien -dijo Pedrito, y su vozsonaba distante, casi mecánica- Pero no es suficiente. Ahora necesito que te lametas.
Helena sintió que el mundo sedetenía.
-¿Qué? ¿Metérmela... dónde?
-En tu coño, Helena -dijoPedrito, con una crudeza que la hizo estremecerse- Tienes que sentarte encimade él y meterte su verga dentro de ti. Es la única manera de debilitarlo deltodo. Si lo haces, va a estar tan agotado que no podrá ni correr en el partido.
-¡Pero eso es imposible! -exclamóHelena, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a brotar- Eso es... esdemasiado. ¡Es mi hermano!
-¿Y qué? -la voz de Pedrito sevolvió cortante- ¿Crees que a mí me importa? ¿Crees que no haría lo mismo porti? Helena, si no lo haces, lo perderemos todo. Tu hermano va a ganar, yo voy aperder mi contrato, y nunca podremos estar juntos. ¿Es eso lo que quieres?
Helena sollozó, con el teléfonopegado a la oreja.
-No... no quiero eso...
-Entonces hazlo. Por nosotros.Por nuestro futuro.
Helena colgó, con el corazónhecho pedazos. Pero en algún lugar profundo de su ser, una voz susurraba algodiferente: ¿Y si quieres hacerlo? ¿Y si lo has deseado desde la primeranoche?
Ese día, Helena escuchó a Ivánquejarse con su madre.
-No sé qué me pasa -decía Iván,frotándose la nuca- Estoy débil. Cansado. Como si hubiera corrido una maratón.
Helena sintió que el corazón ledaba un vuelco. El plan está funcionando, pensó. Pedritotenía razón. Las eyaculaciones lo están debilitando.
-Quizás necesitas descansar, hijo-dijo la madre, con su voz siempre sumisa- El partido es importante, pero tusalud también.
-No puedo descansar -respondióIván, con un suspiro- Tengo que entrenar. Tengo que ganar.
Helena, desde el otro lado de lamesa, sintió una mezcla de culpa y satisfacción. Su plan estaba funcionando. Ysi funcionaba, Pedrito ganaría el partido, conseguiría su contrato, y ellapodría escapar de Los Arroyos con él.
Pero también sintió algo más: unapunzada de deseo al ver a su hermano tan vulnerable, tan humano, tan cerca.
Esa noche, Helena entró en lahabitación de Iván con el corazón latiéndole a mil. Llevaba la misma bata deseda, pero debajo no llevaba nada. Había decidido que, si iba a hacerlo, iba ahacerlo bien.
Iván yacía boca arriba, comosiempre, con la sábana cubriéndolo apenas. Helena se acercó, bajó la sábana yse encontró con la verga de su hermano, ya semierecta, como si supiera que ibaa ser usada.
Helena se inclinó y comenzó achupar, con la misma desesperación de la noche anterior. Su lengua recorrió eltallo, su boca succionó el glande, sus manos amasaron las pelotas. Pero en sumente, una sola idea resonaba: Tengo que metérmela. Tengo que hacerlo.
Cuando la verga de Iván estuvodura y erecta, Helena se detuvo. Se levantó, se quitó la bata y se quedódesnuda frente a su hermano. Sus pechos redondos se alzaban firmes, sus pezonesendurecidos por el deseo, y entre sus muslos, un calor húmedo la empapaba.
Se posicionó encima de él, conlas piernas abiertas a cada lado de su torso. Su coño, mojado y palpitante,rozó el glande de su hermano, y sintió un cosquilleo que recorrió todo sucuerpo.
-Es por Pedrito -susurró, con lavoz quebrada- Es por nosotros.
Tomó la verga de su hermano conuna mano y la guió hacia su entrada. Sintió el glande presionando contra suslabios húmedos, y un gemido escapó de sus labios.
-Vamos -susurró- Vamos, entra...
Pero no podía. Por más que lointentaba, el glande se resbalaba, se perdía entre sus pliegues, pero noentraba. Helena sintió cómo las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.Era demasiado grande, demasiado grueso, y ella era demasiado virgen, demasiadoinexperta.
-No puedo -sollozó- No puedo...
Iván, que había estado fingiendodormir, sintió la desesperación de su hermana. Había planeado todo para llegara ese momento, y no iba a dejar que se escapara. Abrió los ojos apenas, con unamirada somnolienta, y movió las caderas hacia arriba.
El glande de su verga se presionócontra la entrada de Helena, y ella se quedó quieta, con el cuerpo tenso.
-Ganamos... -murmuró Iván, convoz somnolienta- Seremos campeones... guapa...
Helena pensó que estaba soñando,que estaba hablando con alguna mujer del pueblo en su sueño. Pero entonces,sintió las manos de su hermano en sus caderas. Una mano la sujetó con firmeza,y la otra guió su verga hacia la entrada de su coño.
-No... -susurró Helena, pero erademasiado tarde.
Iván empujó hacia arriba, y laverga comenzó a penetrarla. Helena sintió cómo la carne de su hermano se abríapaso dentro de ella, estirándola, llenándola. El dolor fue intenso, agudo, y ungrito escapó de sus labios.
-¡Ahhhhhhhhhhh! Auuughhhhhhh.
Iván, con un movimiento rápido,se incorporó y la besó con pasión, ahogando su grito. Su lengua se enredó conla de ella, mientras su verga seguía penetrándola, rompiendo el himen,reclamándola por completo.
Helena sintió cómo las lágrimasrodaban por sus mejillas, mezclándose con el sudor y la saliva. El dolor erainmenso, pero también había algo más: una sensación de plenitud, depertenencia, de haber llegado a un lugar que siempre había sido suyo.
Iván rompió el beso y la miró alos ojos. Sus ojos, antes fríos y calculadores, ahora brillaban con una luz deposesión.
-Gracias por el regalo, hermanita-susurró, con una sonrisa victoriosa- Has sido una visita muy generosa.
-No es lo que crees -sollozóHelena, con la voz quebrada- Esto es... esto es por Pedrito...
Iván soltó una risa baja yprofunda, mientras su verga se hundía por completo dentro de ella.
-¿No es lo que creo? -preguntó,con la voz cargada de ironía- Mírate, Helena. Solita viniste a mi habitación.Solita te quitaste la ropa. Solita te sentaste encima de mí. Y ahora, aquíestás, con mi verga dentro de ti.
Helena sintió cómo el calor lainvadía. El dolor comenzaba a desvanecerse, reemplazado por una sensación deplenitud que nunca había experimentado.
-Eres mía -dijo Iván, con la vozfirme- Siempre lo has sido. Y ahora, finalmente, lo sabes.
Comenzó a moverse dentro de ella,con movimientos lentos y profundos que la hacían gemir. Helena, al principio,intentó reprimir los sonidos, pero pronto se dejó llevar por el placer. Suscaderas se movían al ritmo de las de su hermano, y sus manos se aferraban a sushombros mientras la follaba.
Iván la puso en cuatro, y lapenetró desde atrás, con embestidas profundas que la hacían gritar. La puso delado, levantándole una pierna, y la folló con una intensidad que la dejó sinaliento. La puso boca arriba, y la miró a los ojos mientras la llenaba porcompleto.
-Dime mi nombre -exigió Iván, conla voz ronca.
-¡Iván! -gritó Helena, con elcuerpo arqueándose- ¡Iván!
-Dime que eres mía.
-¡Soy tuya! -sollozó Helena, conlágrimas de placer rodando por sus mejillas- ¡Soy toda tuya!
Iván sintió cómo el orgasmo seaproximaba, y con un último embiste, eyaculó dentro de ella, llenando suvientre con su semen. Helena sintió el calor líquido inundándola, y su propioorgasmo la sacudió, haciéndola temblar.
Cuando terminaron, Iván la besócon pasión, y Helena sintió que ya no había vuelta atrás.
-No te vayas -dijo Iván, cuandoella intentó levantarse- Esta es tu cama de hoy en adelante.
-Pero... mi madre...
-Tu madre no va a decir nada -dijoIván, con una sonrisa- Ya lo ha escuchado todo. Y sabe que no puede hacer nada.
Helena sintió que el mundo sederrumbaba. Su madre lo sabía. Y no había hecho nada.
Iván la atrajo hacia él y lafolló de nuevo, despacio, con ternura, como si quisiera grabar en su cuerpo lacerteza de que le pertenecía. Esa noche, durmieron abrazados.
La madre de Helena los esperabaen el desayuno. Iván bajó con el brazo alrededor de los hombros de su hermana,y la besó en los labios frente a su madre. La mujer, con la mirada baja, nodijo nada.
-Sirve el desayuno -ordenó Iván ala sirvienta- Trae proteínas. Huevos, jamón, queso. Helena necesita fuerzas.
Helena, con las mejillasardiendo, no pudo mirar a su madre. Sabía que la mujer lo había escuchado todo,que sabía lo que había pasado, y que no iba a hacer nada.
Iván se despidió con otro beso enlos labios, como quien se sabe dueño de su propiedad.
-Te veo esta noche, mi amor -dijo,con una sonrisa triunfante.
Cuando se fue, Helena intentóllamar a Pedrito, pero el teléfono sonó y sonó sin respuesta. Intentó variasveces, pero nada. Pedrito no contestaba.
Esa noche, Iván la llevó a sualcoba y le hizo el amor de nuevo. Pero esta vez, Helena no se resistió. Estavez, su cuerpo respondió al de su hermano con una entrega total, con una pasiónque no sabía que tenía.
-¿Ves? -susurró Iván, mientras lafollaba lentamente- Esto es lo que siempre has querido. Esto es lo que siemprehas necesitado.
Helena, con los ojos cerrados yel cuerpo arqueándose, asintió en silencio.
Llegó el día del partido. Iván,antes de ir al estadio, besó a Helena en la frente y le susurró:
-Quiero que estés presente con mihijo en el estadio.
Helena parpadeó, confundida.
-¿Qué hijo? -preguntó, sinentender.
Iván sonrió y acarició suvientre.
-Aquí lo traes, mi amor. Aquí lotienes guardadito.
Helena sintió que el mundo sedetenía. ¿Embarazada? ¿De su hermano?
-No puede ser -susurró- Solo hanpasado unos días...
-No importa -dijo Iván, con unasonrisa- Lo sé. Y pronto lo sabrás tú también.
Helena, aturdida, se vistió y fueal estadio. Se sentó en el palco principal, junto a su madre, y vio cómo elpartido comenzaba.
Pedrito, bajo los palos deParedón, miraba el campo con desesperación. No había recibido el dineroprometido, no había visto a Valeria, y no sabía qué estaba pasando.
Iván, en el centro del campo,levantó el puño hacia la multitud, y el público enloqueció. Y entonces, comenzóla masacre.
20-0. Fue la goleada más grandeen la historia de la liga. Iván metió doce goles, y el resto fueron de suscompañeros. Pedrito, humillado, se arrodilló en el césped y lloró como un niño.
Después del partido, buscó a Ivánen los vestuarios.
-¿Qué pasó? -gritó- ¡Tú meprometiste que iba a ganar!
Iván se rió, una risa fría ycruel.
-¿En serio creías que te ibas allevar todo, imbécil? -dijo, acercándose- ¿Creías que iba a darte dinero, unamujer, y la oportunidad de escapar? Eres más estúpido de lo que pensaba.
Pedrito abrió la boca paraprotestar, pero Iván levantó una mano y dos guardias aparecieron.
-Sáquenlo del pueblo -ordenó-Como basura. Sin dinero. Sin la hija del ferretero. Sin nada.
Pedrito fue arrastrado fuera delestadio, y el último que lo vio fue Helena, desde el palco, mientras el pueblola felicitaba por el triunfo de su hermano.
Helena, desde el palco, recibiólas felicitaciones de todo el pueblo. La gente se acercaba a ella, le daba lamano, la abrazaba, y le decía:
-¡Qué orgullo tener a losChávez-Rojas en el pueblo!
-¡Tu hermano es un campeón!
-¡Qué familia tan poderosa!
Helena sonreía mecánicamente,pero en su interior, todo era un torbellino de emociones. Había visto a Pedritoser arrastrado, y había sentido, por primera vez, que todo el plan había sidouna mentira.
Iván la buscó después de lacelebración y la besó en los labios, frente a todo el pueblo. Nadie dijo nada.Nadie se atrevió. Los Chávez-Rojas eran dueños de Los Arroyos, y nadie iba acuestionar lo que hacían.
-Me encanta que traigas contigo ami hijo -le susurró Iván al oído.
Nueve meses después, nació IvánJr. Fue un parto rápido y sin complicaciones, atendido por la mejor matrona delpueblo. El niño, con los ojos oscuros de su padre y el cabello rubio de sumadre, fue el heredero de los Chávez-Rojas.
Helena e Iván fueron casados porel sacerdote del pueblo, en una ceremonia íntima donde nadie puso objeciones.Todos sabían que Iván era dueño del pueblo, y que nadie podía oponerse a suvoluntad.
Iván Jr. creció fuerte y sano,con la mirada desafiante de su padre y la belleza angelical de su madre.Helena, desde el día de su nacimiento, supo que su vida ya no le pertenecía.Era la esposa de su hermano, la madre de su hijo, y la dueña de la casa grande.
Las noches en la mansión de losChávez-Rojas eran largas y húmedas. Iván, después de los partidos y lasreuniones de negocios, volvía a casa con el olor a césped y a triunfo, yreclamaba a su hermana-esposa como quien reclama un vaso de agua. Helena, conel cuerpo ya acostumbrado a su dueño, se entregaba sin resistencia, con unapasión que la sorprendía a ella misma.
Las noches se repetían, una trasotra, con la misma intensidad, la misma pasión, la misma entrega. Y Helena, queantes había soñado con escapar de Los Arroyos con un portero mediocre, ahorasolo podía imaginar su vida en los brazos de su hermano, en su cama, en supoder.
-Tú eres mi trofeo -le decíaIván, mientras la besaba en el cuello, mientras sus manos recorrían sus curvas-La joya de mi corona. La hembra más hermosa del pueblo, y solo mía.
Helena, con el cuerpo todavíatembloroso por el orgasmo, sonreía débilmente.
-Solo tuya -susurraba- Siempretuya.
Y en la cama de los Chávez-Rojas,entre sábanas de seda y sombras de terciopelo, el poder y el deseo se fundíanen un solo cuerpo, en una sola carne, en un solo pecado que ningún confesorpodría absolver.
Porque Los Arroyos pertenecía aIván.
Y Helena, con su vientre lleno desu semilla y su alma envenenada por su amor, era la prueba viviente de que losChávez-Rojas siempre ganaban.
Siempre.
FIN
Iván había mamado ese poder desdela cuna. Ahora con veintitrés años, era un hombre de espaldas anchas, brazosvenosos y una mandíbula cuadrada que parecía tallada en el mismo mármol queexportaban. Pero su verdadera fuerza no estaba en los músculos -estaba en esamirada fría que evaluaba a las personas como si fueran ganado, calculando suutilidad y su amenaza. En el pueblo todos sabían que Iván no olvidaba unaofensa, real o imaginada. Y también sabían que cuando Iván quería algo, lotomaba.
Había sido así con el equipo defútbol. Iván lo había fundado cinco años atrás no por amor al deporte, sinoporque necesitaba una distracción y un escaparate de su poder. Él era el dueño,el entrenador, el capitán y la estrella. Vestía la camiseta número 10 y seregodeaba viendo cómo los rivales temblaban cuando él recibía el balón. Suzurda era precisa como un bisturí, y cuando celebraba un gol levantaba el puñoy miraba a la tribuna -donde siempre había una nueva mujer dispuesta aofrecerse.
Porque ese era otro de suspasatiempos: el derecho de pernada moderno. Iván se había acostado con esposasde concejales, hijas de comerciantes, novias de trabajadores. Nadie se negaba.No por deseo, sino por miedo. Una negativa significaba perder el empleo, lacosecha, el contrato de agua, la vida misma en ese pueblo que dependía de losChávez-Rojas. Las mujeres iban a su casa, al despacho privado que tenía junto alas canchas, y salían después de horas con el pelo revuelto y la mirada vacía.Iván las devolvía a sus vidas como quien devuelve un libro prestado.
Pero había una mujer que nuncapodría tocar: Helena.
Su hermana tenía dieciocho años yera el centro de todas las miradas en Los Arroyos. Alta y esbelta, con unamelena rubia con mechas que le caía sobre los hombros desnudos, Helenacombinaba una belleza de anuncio con una inocencia que resultaba casi ofensivaen ese entorno de violencia soterrada. Sus ojos oscuros y delineados miraban elmundo con curiosidad, sus labios carnosos siempre ligeramente entreabiertoscomo esperando un beso, y su cuerpo -Dios, su cuerpo- era una provocaciónconstante: senos redondos que se levantaban firmes bajo las blusas, caderas quese balanceaban con cada paso, un trasero que los jeans ajustados marcaban sinpiedad.
Por las mañanas, Helena ayudabaen la iglesia y enseñaba catecismo a los niños. Por las tardes, leía novelasrománticas en el jardín. Por las noches, en la intimidad de su habitación, semiraba al espejo y se preguntaba por qué su cuerpo la traicionaba de esa manera-por qué sentía un calor extraño entre las piernas cuando pensaba en las manosde un hombre, por qué se mojaba imaginando que alguien la tomaba contra lapared, por qué se tocaba en la cama pensando en labios que la mordieran y enlenguas que la recorrieran entera. Era una contradicción andante: la santurronade día, la puta soñadora de noche.
Todos los hombres del pueblosuspiraban por ella, pero ninguno se atrevía a acercarse. El que lo intentaba,terminaba despedido, humillado o directamente desaparecido. Iván había dejadoclaro que su hermana era intocable -una virtud que él mismo no practicaba peroque exigía para su familia. Una posesión más.
Pedrito llegó al pueblo como unsoplo de aire fresco. Veintidós años, moreno, con una sonrisa fácil y unatorpeza encantadora. No era guapo como Iván -era apuesto en un sentido mássuave, menos amenazante. Su padre había sido portero en la tercera división yél había heredado los reflejos pero no la estatura; medía apenas un metrosetenta, pero se tiraba con valor bajo los palos.
Iván lo contrató por necesidad -elportero anterior había "tenido un accidente" con unas tijeras depodar- y Pedrito llegó sin saber la historia del pueblo, sin conocer las reglasno escritas. Lo primero que hizo fue alquilar una pieza en casa de una viuda ypreguntar dónde quedaba la plaza. Lo segundo fue toparse con Helena.
Fue en el kiosco del pueblo, unaestructura octogonal pintada de blanco que era el corazón social de LosArroyos. Helena compraba helado y el muchacho la miró como si hubiera visto unángel. Ella, acostumbrada a las miradas lujuriosas, sintió algo diferente enesa admiración, no posesión. Él se acercó, tartamudeó, le preguntó la hora.Ella sonrió, y él se enamoró en ese mismo instante.
-¿Quieres salir conmigo? -lepreguntó Pedrito dos semanas después, cuando ya se habían visto a escondidasvarias veces. Helena, con el corazón latiéndole desbocado, dijo que sí.
El primer beso fue en el kiosco,al atardecer. Él la tomó de la cintura, ella se arqueó hacia él, y sus labiosse encontraron con la suavidad de quien descubre el paraíso. Helena sintió cómosu cuerpo se encendía -los pezones se le endurecieron, un calor húmedo crecióentre sus muslos- y supo que ese era el hombre con quien quería perderse.
Pero las lenguas del pueblocorrieron más rápido que sus suspiros. Al día siguiente, Iván ya lo sabía todo.
El patriarca de los Chávez-Rojasmandó llamar a Pedrito al despacho privado junto a las canchas. El muchachollegó sin saber lo que le esperaba, con la esperanza todavía fresca en el pechodespués del beso en el kiosco.
-Cierra la puerta -ordenó Iván,sin levantar la vista del escritorio.
Pedrito obedeció, y el sonido delcerrojo al correrse resonó en la habitación como un presagio. Iván se levantóentonces, y el portero pudo ver el tamaño real del hombre -ese cuerpo forjadoen los campos de fútbol y en las canteras de mármol. Pedrito tragó saliva.
-He oído que te has estado viendocon mi hermana -dijo Iván, acercándose con paso lento, casi felino- ¿Es cierto?
-Señor Chávez, yo...
-No mientas. Sé que la besaste.En el kiosco, al atardecer. Mis ojos están en todas partes.
Pedrito sintió cómo el sudor fríole recorría la espalda. Quiso retroceder, pero la puerta estaba cerrada, y lapresencia de Iván llenaba la habitación como un gas venenoso.
-Señor, yo la quiero -tartamudeó-Helena y yo nos amamos, y yo vine a pedirle permiso para...
-¿Para qué? -Iván soltó una risaseca, sin humor- ¿Para casarte con ella? ¿Para llevarte a la niña más hermosadel pueblo? ¿Para manchar la sangre de los Chávez-Rojas con tus genes deportero mediocre?
-Señor, yo le juro que la voy acuidar, que...
-Cállate.
Iván le dio la espalda y caminóhacia la ventana. Afuera, la noche se cerraba sobre Los Arroyos, y las lucesdel estadio iluminaban el césped vacío. Durante un largo momento, el únicosonido fue el zumbido de un ventilador oxidado y la respiración agitada dePedrito.
-¿Sabes qué voy a hacer contigo? -preguntóIván, girándose lentamente- Te voy a dar una lección. Una calentadita que te vaa dejar adolorido semanas. No te voy a matar, porque eso sería demasiado fácily además mi hermana me odiaría. Pero te voy a hacer entender que en Los Arroyoslas reglas las pongo yo.
Pedrito quiso correr, pero fuedemasiado tarde. Iván lo tomó del cuello con una fuerza brutal y lo estampócontra la pared. Los cuadros se cayeron, el vidrio se rompió, y el porterosintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones mientras los puños de suempleador comenzaban a trabajar en su rostro, en su estómago, en sus costillas.
No duró mucho -apenas unosminutos- pero para Pedrito fueron una eternidad. Cuando Iván lo soltó, elmuchacho cayó al suelo, jadeando, con la cara ensangrentada y el cuerpo llenode moretones. Su hombro derecho, el que usaba para lanzarse a atajar, colgaba aun ángulo extraño -dislocado por un golpe seco.
-Escúchame bien -dijo Iván,arrodillándose junto a él y susurrándole al oído- Mañana mismo te vas de LosArroyos. Te vas al equipo de Paredón, que está a dos horas de aquí, y juegasallá. Y no vuelves a hablarle a mi hermana. ¿Entendido?
-¿Por qué...? -gimió Pedrito, conla voz rota- ¿Por qué no podemos ser felices?
Iván se rió, y esta vez su risafue genuina, cruel, profunda.
-¿Felices? En Los Arroyos solo yosoy feliz, Pedrito. Y la única forma de que tú también lo seas es que te vayasy te olvides de Helena. Si vuelves a hablarle, si vuelves a mirarla, sisiquiera piensas en ella, te juro por mi madre que te voy a encontrar y te voya hacer pedazos. Pero no te voy a matar -añadió, con una sonrisa que mostrabalos dientes- Te voy a dejar vivo, para que sepas que ella nunca va a ser tuya.
Pedrito se fue al amanecer, conel hombro vendado y el corazón hecho trizas. No se despidió de Helena -nopodía, Iván se lo había prohibido bajo amenaza de muerte- pero le dejó unacarta bajo la puerta de su habitación, escrita con mano temblorosa:
"Helena, mi amor. Me voya Paredón. Tu hermano me hizo entender que no puedo estar aquí, que no merezcoestar a tu lado. Pero te prometo que voy a jugar bien, voy a ganarme uncontrato, y voy a volver por ti. No importa cuánto tiempo pase. Te amo. Pedrito."
Helena encontró la carta aldespertar y la leyó con el corazón en un puño. Quiso correr tras él, pero sumadre la detuvo en el umbral de la puerta.
-No vayas, hija. Tu hermano tienerazón. Ese muchacho no es para ti.
-¿Cómo puedes decir eso, mamá? -Helenasintió cómo las lágrimas le quemaban los ojos- Él me quiere. Yo lo quiero.
-El amor no sirve de nada cuandoel poder decide lo contrario. Y en esta casa, el poder lo tiene tu hermano.Acepta tu destino.
Helena rompió a llorar, pero nodiscutió. Sabía que su madre tenía razón -no en el fondo, pero sí en lasuperficie. Iván era dueño de todo en Los Arroyos, y hasta el amor tenía quearrodillarse ante él.
Pasaron las semanas, y latemporada de fútbol comenzó. Helena, herida y solitaria, encontró consuelo enseguir los resultados desde su habitación, en la intimidad de su celular. Laradio del pueblo transmitía los partidos y ella se sentaba frente al aparato,con las piernas cruzadas y el corazón en la boca, escuchando cada jugada comosi su vida dependiera de ella.
Los Chávez-Rojas comenzaron latemporada como una apisonadora. En el estadio de Los Arroyos, el equipo localaplastó 7-1 a los visitantes, con cinco goles de Iván. Helena escuchó losgritos de la multitud en la radio, el nombre de su hermano coreado como unhimno, y sintió una mezcla extraña de orgullo y náuseas. Fue a la página de laliga en redes sociales y vio los videos de los goles: su hermano recibiendo elbalón, recortando, disparando. Una máquina perfecta.
Al mismo tiempo, buscó losresultados de Paredón. El equipo de Pedrito había resistido y sacado el cero enuna plaza difícil -0-0, con el portero local destacado por su suerte. No erasuerte, pensó Helena, era su Pedrito, su valiente portero, aguantando a pesarde todo. Pero los comentarios eran despiadados: "El portero falló en doscentros, tuvo suerte que los delanteros estuvieran desacertados","Pedrito tuvo una noche de suerte".
Helena defendió a su novio en loscomentarios, y recibió una respuesta de una cuenta anónima: "Vete a lamierda, puta del Chávez". Se sintió humillada, pero no dejó de seguir lospartidos.
Los Chávez-Rojas ganaron 4-0, contres goles de Iván y uno del delantero suplente. En Paredón, el equipo perdió1-0 en un partido que se decidió por un penal. Pedrito había estado cerca deatajarlo, pero el balón se le escurrió entre los dedos.
Helena pasó la noche viendo elvideo del penal una y otra vez. Su hermano, desde su habitación contigua,escuchó el ruido del celular y sonrió para sus adentros.
En la tercer jornada, losChávez-Rojas ganaron 2-1 contra el equipo más fuerte de la zona. Iván metió losdos goles: el primero, un tiro libre perfecto; el segundo, un cabezazo en elúltimo minuto. El público enloqueció, y en redes sociales su nombre eratendencia local.
Paredón empató 2-2. Pedrito habíatenido un partido decente, atajando varios tiros peligrosos, pero el equiporival había conseguido el empate en el descuento. Helena vio los resúmenes ysupo que su novio había hecho todo lo posible. Era un partido honorable.
Luego, los Chávez-Rojas golearon3-0 sin despeinarse. Iván se tomó el partido con calma, asistiendo a suscompañeros, pero metiendo el tercer gol con una jugada individual que dejó atres defensores en el suelo.
Paredón perdió 1-0. El gol fue enel primer tiempo, un disparo de media distancia que Pedrito no había podidoalcanzar. En redes sociales, los aficionados del equipo empezaban a criticarlo:"Este portero no sirve", "Necesitamos un cambio bajo lospalos".
Helena defendió a su novio en loscomentarios, y recibió más insultos. Pero no le importó. Seguía creyendo en él.
Al siguiente partido, losChávez-Rojas ganaron 11-0. Fue una goleada histórica, con Iván metiendo sietegoles y el resto repartidos entre el equipo. El estadio fue una fiesta, y losaficionados cantaron el nombre del patriarca durante media hora.
Paredón obtuvo su primer triunfo:3-2, con Pedrito atajando un penal en el minuto 80 que salvó el partido. Helenasaltó de la cama con un grito de alegría, y su madre, desde el pasillo, lallamó al orden.
En la jornada seis, losChávez-Rojas ganaron 4-0, con dos goles de Iván y dos de su delantero estrella.El equipo era imparable, y la prensa local ya lo daba como favorito para elcampeonato.
Paredón empató 3-3. El partidofue una locura, con el equipo visitante remontando dos veces el marcador.Pedrito había tenido un partido irregular: atajó dos tiros claros, pero fallóen el tercer gol. En las redes, los aficionados no se ponían de acuerdo:"El portero salvó el punto", "El portero nos costó lostres".
Helena estaba confundida. Queríaver lo mejor de su novio, pero la realidad era tozuda: Pedrito era un porteropromedio, que en los grandes momentos fallaba. Y su hermano era un campeón, ungenio, el que gobernaba el campo con su zurda mágica. ¿Cómo conciliar esas dosimágenes?
La noche anterior al partidodecisivo, Helena estaba sentada en el borde de su cama, mirando el techo. Lahabitación estaba a oscuras, iluminada solo por la luna que entraba por laventana. Su celular vibró y el nombre de Pedrito apareció en la pantalla.
-¿Hola? -susurró, para nodespertar a su madre.
-Helena... -la voz de Pedritosonaba rota, desesperada- Helena, necesito que me ayudes. En la siguiente jornadajugamos contra Los Chávez. En tu cancha. Con tu hermano y está imparable… me vameter de menos 3 goles con lo mucho que me odia y me correrán!
-Ya lo sé, Pedrito. He estadosiguiendo todos los partidos.
-¿Y has visto cómo estoy jugando?-él soltó una risa amarga- He sido un desastre. No puedo atajar ni un tiro demedia distancia. El entrenador me ha dicho que si perdemos contra el equipo detu hermano, me echa. Y si pierdo, mi sueño de obtener un contrato y de podervivir contigo se esfuma para siempre.
-Pedrito, yo...
-No, escúchame. -su voz se quebró-Tu hermano es un monstruo. Hoy entrenó con su equipo y metió cinco goles en lapráctica. No sé de qué está hecho pero nos van a golear. Y yo voy a perder mioportunidad de tener una vida contigo.
Helena sintió cómo las lágrimascomenzaban a rodar por sus mejillas. Quería decirle que todo iba a estar bien,pero sabía que no era cierto.
-Por favor -continuó Pedrito, conla voz temblorosa- Háblale a tu hermano. Pídele que no meta tantos goles. Quenos dé una oportunidad. Si ganamos, los directivos me van a ofrecer uncontrato, y yo podré pedirte... podremos estar juntos.
-Pedrito, yo no puedo controlarlo que hace Iván...
-¡Lo sé! Pero tú eres la únicaque puede hacerle ver razón. Eres su hermana. Te quiere, ¿no? ¿O al menos terespeta? -su voz se elevó un tono, casi acusatorio- Helena, si no me ayudas, loperderé todo. El equipo, el contrato, y lo más importante: a ti.
El silencio se alargó. Helenapodía oír la respiración agitada de Pedrito al otro lado, y en su propio cuerposentía una mezcla de impotencia, rabia y deseo. Quería ayudarlo, pero sabía queIván no escucharía razones. Su hermano solo escuchaba el poder.
-Voy a intentarlo -susurró, conla voz quebrada- Pero no te prometo nada.
-Gracias, Helena. Te amo.
-Yo también te amo.
Colgaron, y Helena se quedómirando su reflejo en la pantalla apagada. Su rostro estaba pálido, los ojosenrojecidos, los labios temblorosos. Pero también había algo más en esa imagen:una determinación que no había sentido antes.
Se levantó de la cama, se pusouna bata de seda que apenas le cubría los muslos, y caminó hacia la puerta.Fuera, el pasillo estaba a oscuras, pero al final, en el despacho de suhermano, había una luz encendida.
Llamó a la puerta con losnudillos.
-Adelante -dijo la voz grave deIván.
Helena entró y se encontró con suhermano sentado detrás del escritorio, con las piernas abiertas y una copa dewhisky en la mano. Sus ojos recorrieron el cuerpo de su hermana -la bata quedejaba ver el escote, las piernas desnudas, los pies descalzos- y por uninstante, se detuvieron en el borde de la tela, donde la curva de sus caderasse insinuaba.
-Qué sorpresa, hermanita -dijo,con una sonrisa que Helena no supo descifrar- ¿Qué te trae a mi despacho a estahora?
Helena se acercó, sintiendo elpeso de la mirada de su hermano sobre ella. La habitación olía a tabaco y ahombre, a cuero y a poder. En la pared, las fotos de Iván con sus trofeos y conmujeres famosas la miraban con complicidad.
-Iván... -comenzó, y su voz saliómás grave de lo que pretendía- Necesito hablar contigo.
-Siéntate, entonces.
Helena se sentó en la sillafrente al escritorio, pero la incomodidad la hizo mover las piernas, y la batase le abrió un poco más, dejando al descubierto la piel blanca de sus muslos.Iván apartó la mirada, pero no pudo evitar que sus ojos se detuvieran por unsegundo en esa carne que nunca debió ver de esa manera.
-¿De qué se trata? -preguntó, conla voz más ronca que de costumbre.
-el siguiente juego es contraParedón -dijo Helena, y su voz tenía un tono suplicante- Pedrito me llamó. Mecontó que si pierden, lo van a echar. Y su contrato, su sueño...
-Ah -Iván dejó la copa sobre elescritorio y se recostó- Otra vez el portero.
-Por favor, Iván. No le metastantos goles. Dale una oportunidad. Si Paredón gana o empata, él puede seguiren el equipo. Podemos estar juntos.
Iván se rió, una risa seca ycruel.
-¿Y por qué debería ayudarlo? Esemuchacho no merece a mi hermana.
-¿Y tú qué sabes de lo quemerezco? -Helena se levantó de un salto, y su bata se abrió del todo, mostrandoel borde de sus bragas blancas- ¿Tú, que te acuestas con medio pueblo? ¿Tú, quehumillas a las mujeres y las usas a tu antojo? ¿Tú, que me tienes encerradaaquí como si fuera una posesión?
-¡Helena!
Iván se puso de pie, y la sillacayó al suelo. De repente, él estaba frente a ella, y el olor de su colonia, sualiento con whisky, su presencia abrumadora, llenaron el espacio entre ellos.
-¿Qué te pasa? -preguntó él, conla voz baja y peligrosa- ¿Qué es esto, una rebelión? ¿Crees que porque te hepermitido algunas libertades puedes desafiarme?
Helena sintió su cuerpo respondera la cercanía de su hermano. El miedo se mezcló con algo más -ese calor extrañoentre sus piernas, ese latido acelerado que no entendía. Quiso retroceder, perono pudo. Sus pies parecían pegados al suelo.
-Solo quiero ser feliz, Iván -susurró,y su voz era apenas un hilo- ¿Es tanto pedir?
-La felicidad no la da un porteromediocre -dijo él, y sus manos se alzaron para tomar su rostro- La felicidad lada el poder. Y el poder es mío. De los Chávez-Rojas. Y tú eres unaChávez-Rojas, Helena. Eso no lo vas a olvidar.
-Pero Pedrito me quiere... -suvoz se rompió.
-No, Helena. -Iván la tomó de labarbilla, forzándola a mirarlo- Yo te quiero. Yo soy el que te ha protegidodesde niña. Yo soy el que ha apartado a todos los hombres que querían hacertedaño. ¿Y sabes qué? -su voz bajó un tono, volviéndose casi íntima- Esa cartaque te dejó, esas promesas vacías... no valen nada. Él no va a volver.
Helena sintió cómo su cuerpo seestremecía. Las manos de su hermano en su rostro eran firmes pero no violentas,y su pulgar, casi sin querer, rozó el borde de sus labios. Fue un contactobreve, casual, pero que la hizo arder por dentro.
-Yo voy a jugar como siempre. Ytú vas a estar en la tribuna. Y vas a ver cómo tu portero falla. Porque ese essu destino: fallar. Como todos los que no tienen la sangre de los Chávez.
Iván ahora que sabía que Pedritose había comunicado con Helena, esa misma noche, después de la conversación enel despacho, Iván mandó traer a Pedrito al campo de entrenamiento. No aldespacho privado, sino a la cancha principal, iluminada por los reflectores,vacía y silenciosa bajo la luna.
Pedrito llegó pensando que lo ibaa matar, que esa sería su sentencia final. Pero Iván lo recibió con una sonrisaque no era de burla, sino de cálculo.
-Siéntate -dijo Iván, señalandoel césped. Él mismo se sentó, como si fueran dos amigos compartiendo unmomento.
Pedrito obedeció, temblando.
-Sé que hablaste con mi hermana -comenzóIván, con la voz suave- Y sé que le pediste que intercediera por ti. Que mepidiera que no te meta tantos goles.
-Señor, yo...
-Cállate. -Iván levantó una mano,y Pedrito enmudeció- No te he traído aquí para castigarte. Te he traído parahacerte una propuesta.
Pedrito parpadeó, confundido.
-Una... ¿propuesta?
-Sí. -Iván se inclinó hacia él, ysus ojos brillaron con una luz peligrosa- Quiero que ganes el partido contramí.
Pedrito abrió la boca, pero nosalió ningún sonido.
-¿Qué... qué quiere decir?
-Quiero que los Chávez-Rojaspierdan -dijo Iván, con una sonrisa que era puro veneno- Quiero que losderrotes, que Paredón gane 2-1, y que tú seas el héroe del partido.
Pedrito sintió que el suelo seabría bajo sus pies.
-Pero, señor, usted es el mejorjugador de la liga, usted puede meter cinco goles en un partido, usted...
-Lo sé -Iván lo interrumpió- Poreso mismo quiero perder. Porque cuando el invencible Chávez-Rojas cae, cuandoel patriarca es derrotado por un portero mediocre, el mundo se tambalea. Losdirectivos de Paredón te van a ofrecer un contrato decente, las apuestas que yocontrolo me darán millones, y yo, seguiré siendo yo.
Pedrito parpadeó, incrédulo.
-Pero... ¿por qué haría ustedeso? ¿Por qué ayudarme?
-Porque quiero que te lleves tumediocridad a otra parte. Pero no te voy a dar a mi hermana. Eso jamás.
Pedrito sintió cómo la esperanzase desvanecía.
-Entonces... ¿qué me ofrece?
-Dinero -dijo Iván, sacando unsobre de su chaqueta- Mucho dinero. Suficiente para que te compres una casa enla ciudad, para que vivas cómodo el resto de tu vida. Y además...
Iván hizo una pausa, y sus ojosse posaron en la entrada del estadio, donde una figura femenina se movía entrelas sombras.
-Además, te voy a presentar aalguien.
Una mujer salió de la oscuridad:era joven, de unos veinte años, con el cabello negro y largo, los ojos verdes yun cuerpo que dejaba sin aliento. Vestía un vestido rojo que se ajustaba a suscurvas como una segunda piel, y su sonrisa era una promesa de placer.
-Ella es Valeria -dijo Iván, conuna sonrisa- Es hija del dueño de la ferretería del pueblo. Veintiún años,soltera, y con unas ganas de salir de aquí que no te imaginas. Si ganas elpartido, te la llevas. Es tuya.
Pedrito miró a Valeria, y sintióque el corazón le daba un vuelco. La chica era hermosa -no como Helena, no conesa belleza angelical y prohibida- pero tenía algo que lo atraía: una miradatraviesa, unos labios carnosos, un cuerpo que prometía noches de lujuria. Yademás, era joven, soltera, y estaba dispuesta a irse con él.
-¿Y... y Helena? -preguntóPedrito, con la voz temblorosa.
-Helena es mi hermana -dijo Iván,con una sonrisa cruel- Y yo decido quién se queda con ella. Y esa persona novas a ser tú.
Pedrito sintió una mezcla dealivio y deseo. Alivio porque no tendría que enfrentarse a Iván, porque notendría que arriesgar su vida por un amor imposible. Deseo porque Valeria eratodo lo que siempre había querido: una mujer hermosa, disponible, y con lapromesa de una vida mejor.
-Acepto -dijo Pedrito, sin dudar-Acepto su trato.
Iván sonrió, y sus ojos brillaroncon una luz triunfante.
-Bien. Entonces escucha bien elplan…
Al día siguiente, Pedrito llamó aHelena. Su voz sonaba extraña, distante, pero también cargada de unadeterminación que Helena no había escuchado antes.
-Helena, tengo una solución.
-¿Qué solución? -preguntó ella,con la voz rota por el llanto.
-Si tu hermano no accede arebajarse, tendremos que jugar rudo. Tendremos que hacerle daño.
-¿Hacerle daño? -Helena sintió unnudo en el estómago- ¿Cómo?
-Escúchame, Helena. Esto esimportante. -la voz de Pedrito bajó hasta convertirse en un susurro- Tu hermanoes el mejor jugador de la liga porque tiene fuerza, resistencia, poder. Perohay una manera de debilitarlo. ¿Sabes qué pasa cuando un hombre eyacula mucho?
Helena sintió que la sangre lesubía a las mejillas.
-¿Qué... qué quieres decir?
-Quiero decir que si logramos quetu hermano eyacule varias veces antes del partido, va a estar débil. Agotado.Sin fuerzas. Y cuando yo esté bajo los palos, él no podrá meter los goles quesiempre mete. Perderá. Y nosotros ganaremos.
Helena se quedó en silencio,procesando las palabras de Pedrito.
-Pero... ¿cómo voy a hacer eso?
-Tienes que entrar a suhabitación -dijo Pedrito, con voz firme- Todas las noches, antes del partido.Tienes que masturbarlo con la mano. Hacerlo eyacular. Una, dos, tres veces.Hasta que esté tan agotado que no pueda ni levantar la pierna para patear.
Helena sintió que el mundo sedetenía.
-¿Masturbarlo? -susurró- Pedrito,eso es... eso es mi hermano...
-¿Qué importa si es tu hermano? -lavoz de Pedrito se volvió urgente- Es la única manera de que podamos estarjuntos. Si no lo haces, él va a ganar, y yo voy a perder mi contrato, y nuncapodré pedirte. Y además... -su voz se quebró- Además, tu hermano se ha estadoacostando con todas las mujeres del pueblo. ¿Crees que él tiene escrúpulos?¿Crees que él se detiene ante algo? Si tú no lo haces, él va a seguir abusandode su poder, y nosotros nunca seremos felices.
Helena sintió que las lágrimasrodaban por sus mejillas.
-Pero no sé cómo... no sé sipueda...
-Puedes -dijo Pedrito, con vozsuave pero firme- Porque me amas. Porque quieres estar conmigo. ¿No es así?
-Sí -susurró Helena- Te amo.
-Entonces hazlo. Por nosotros.Por nuestro futuro.
El silencio se alargó. Helenapodía oír su propio corazón latiendo en sus oídos.
-Está bien -dijo, con voztemblorosa- Lo haré. Por ti, Pedrito. Por nosotros.
Esa noche, ya era pasada lamedianoche cuando Helena salió de su habitación. El pasillo estaba a oscuras, yel único sonido era el zumbido del aire acondicionado en la casa de losChávez-Rojas. Caminó descalza hasta la puerta de su hermano, con la bata deseda rozándole los muslos, y llamó suavemente.
No hubo respuesta.
Helena abrió la puerta y entró.La habitación de Iván era grande, con una cama de dos plazas y cortinas deterciopelo. Su hermano yacía boca arriba, cubierto solo con una sábana fina quedejaba ver la silueta de su cuerpo. El torso desnudo, los brazos musculosos, larespiración profunda y regular.
Helena se detuvo al borde de lacama y sintió que las piernas le temblaban. Su mano, extendida hacia el bordede la sábana, dudó. Podía oír su propio corazón latiendo en sus oídos, y uncalor extraño se extendía desde su vientre hacia sus muslos.
Es por Pedrito, sedijo. Es por nosotros.
Con manos temblorosas, bajó lasábana, descubriendo el torso desnudo de su hermano. Sus ojos recorrieron esecuerpo poderoso -los pectorales firmes, el abdomen marcado, el vello quedescendía desde el ombligo hasta el borde del boxer. El olor de su hermano -ahombre, a colonia, a sudor de campo- la envolvió como una niebla.
Helena se sentó en el borde de lacama y, con un movimiento rápido, bajó el boxer de Iván. Su mirada se encontrócon el miembro de su hermano: una verga poderosa, gruesa, que descansaba sobresus muslos, aún flácida pero ya imponente. Las pelotas, grandes y pesadas,colgaban bajo ella, cubiertas por un vello oscuro.
Helena sintió que se le secaba laboca. Aquello era mucho más grande de lo que había imaginado, mucho más real.Su mano se extendió, y sus dedos rozaron el glande -caliente, suave,palpitante. Un cosquilleo recorrió su brazo y se extendió hasta su pecho, hastasus pezones, que se endurecieron bajo la bata.
-Es por Pedrito -susurró denuevo, y sus dedos cerraron alrededor del tallo.
Comenzó a mover la mano arriba yabajo, sintiendo cómo la carne de su hermano se endurecía bajo su tacto, cómocrecía, cómo se llenaba de sangre. Era una sensación extraña, prohibida, que lahacía arder por dentro. El cosquilleo en sus muslos se convertía en un calorhúmedo, y sintió que sus bragas se empapaban.
Iván, aunque fingía dormir, eraplenamente consciente. Sentía la mano de su hermana alrededor de su pene,sintiendo cómo se endurecía, cómo crecía hasta alcanzar su máximo tamaño. En sumente, una sonrisa se dibujaba. Había sobornado a Pedrito, sí, pero no para queél ganara. Había sobornado a Pedrito para que su hermana, por primera vez, lotocara, lo sintiera, lo deseara.
Helena, mientras tanto, se dejaballevar por el momento. Sus dedos se movían cada vez más rápido, amasando laspelotas de su hermano con la otra mano, sintiendo cómo se movían bajo su tacto.El cosquilleo en sus muslos se intensificaba, y un gemido apenas audible escapóde sus labios.
-Vamos, Iván -susurró, sin darsecuenta de que estaba hablando- Termina. Termina por mí.
El cuerpo de Iván se tensó, yHelena sintió cómo el miembro de su hermano se contraía en su mano. Un chorrode semen caliente brotó del glande, salpicándole los dedos, la muñeca, la bata.Helena se quedó mirando, fascinada, mientras el líquido viscoso y blanco sedeslizaba por su piel.
Es enorme, pensó. Debedoler tener algo así dentro...
Pero también pensó en otra cosa:en lo mucho que le gustaba ese poder, en lo mucho que le excitaba ver a suhermano, tan fuerte, tan dominante, entregado a su mano.
Se limpió los dedos en la sábana,se levantó y salió de la habitación a hurtadillas, creyendo que el plan habíasido un éxito.
Al día siguiente, Helena llamó aPedrito desde el jardín, con el teléfono pegado al oído.
-Lo hice -susurró, con la voz aúntemblorosa- Lo masturbé. Eyaculó.
-Bien -dijo Pedrito, y su vozsonó extraña, casi fría- Ahora tendremos que pasar a lo siguiente.
-¿Qué?
-Hoy deberás usar tu boca.
Helena sintió que el mundo sedetenía.
-¿Mi... mi boca?
-Sí. -la voz de Pedrito erafirme, pero también tenía un tono urgente- La masturbación no es suficiente.Necesitamos debilitarlo más. Si le chupas la polla, si te metes la verga enteraen la boca, va a estar mucho más agotado. Eyaculará más. Y cuando llegue elpartido, estará tan débil que no podrá ni pararse.
Helena sintió cómo la sangre sele subía a las mejillas.
-Pero Pedrito, eso es... eso esdemasiado...
-¿Demasiado? -la voz de Pedritose elevó- ¿Crees que yo no sacrificaría lo que fuera por ti? ¿Crees que no memetería en la boca la verga de quien fuera para poder estar a tu lado? Helena,si no haces esto, lo perderemos todo. Tu hermano nos va a destrozar.
Helena cerró los ojos. Laslágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
-Lo haré -susurró- Lo haré porti. Por nosotros.
Esta vez, Helena no dudó. Entróen la habitación de su hermano con la determinación de quien sabe lo que tieneque hacer, pero también con el temor de quien está a punto de cruzar una líneaque no podrá borrar.
Iván estaba en la misma posición,boca arriba, con la sábana cubriéndolo apenas. Helena se acercó y, con lasmanos temblorosas, bajó el boxer de su hermano. Su mirada se encontró de nuevocon esa verga poderosa, ya semierecta, como si supiera que iba a ser usada.
Helena tomó aire y se inclinó.Sus labios rozaron el glande -caliente, suave, palpitante- y sintió uncosquilleo que recorrió todo su cuerpo. Abrió la boca y lo tomó entero,sintiendo cómo la carne de su hermano llenaba su boca, llegando hasta el fondode su garganta.
Comenzó a moverse, arriba yabajo, chupando con desesperación, con lujuria, con un deseo que no sabía quetenía. Su lengua recorrió el tallo, se enredó en el frenillo, se deslizó por elglande. Sus manos, mientras tanto, amasaban las pelotas de su hermano,sintiendo cómo se movían bajo su tacto.
Iván, fingiendo dormir, sentíacada movimiento de la boca de su hermana. Sentía su lengua, sus labios, susdientes. Sentía cómo lo succionaba con una mezcla de inocencia y deseo que lovolvía loco. En su mente, sonreía. Sabía que, después de esa noche, Helenanunca podría mirarlo de la misma manera.
Helena, mientras tanto, se dejaballevar por el momento. Ya no pensaba en Pedrito, no pensaba en el partido, nopensaba en nada. Solo sentía la verga de su hermano en su boca, su sabor, sucalor, su poder. Y sabía que, pase lo que pase, ya no había vuelta atrás.
El cuerpo de Iván se tensó, yHelena sintió cómo el semen comenzaba a brotar en su boca. Tragó, sintiendo ellíquido viscoso deslizarse por su garganta, y siguió chupando hasta que elmiembro de su hermano se ablandó.
Entonces, en lugar de retirarse,se quedó un momento más. Sus labios besaron el glande, su lengua acarició eltallo, y sus manos se movieron sobre el torso desnudo de Iván, sintiendo losmúsculos, el vello, el calor de su piel.
Iván, en la gloria de su fingidosueño, supo que había ganado.
Helena llamó a Pedrito desde eljardín, escondida entre los arbustos de jazmín.
-Lo hice de nuevo -susurró, conla voz aún ronca- Le chupé la verga hasta que eyaculó y lo hizo dos veces.
-Bien -dijo Pedrito, y su vozsonaba distante, casi mecánica- Pero no es suficiente. Ahora necesito que te lametas.
Helena sintió que el mundo sedetenía.
-¿Qué? ¿Metérmela... dónde?
-En tu coño, Helena -dijoPedrito, con una crudeza que la hizo estremecerse- Tienes que sentarte encimade él y meterte su verga dentro de ti. Es la única manera de debilitarlo deltodo. Si lo haces, va a estar tan agotado que no podrá ni correr en el partido.
-¡Pero eso es imposible! -exclamóHelena, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a brotar- Eso es... esdemasiado. ¡Es mi hermano!
-¿Y qué? -la voz de Pedrito sevolvió cortante- ¿Crees que a mí me importa? ¿Crees que no haría lo mismo porti? Helena, si no lo haces, lo perderemos todo. Tu hermano va a ganar, yo voy aperder mi contrato, y nunca podremos estar juntos. ¿Es eso lo que quieres?
Helena sollozó, con el teléfonopegado a la oreja.
-No... no quiero eso...
-Entonces hazlo. Por nosotros.Por nuestro futuro.
Helena colgó, con el corazónhecho pedazos. Pero en algún lugar profundo de su ser, una voz susurraba algodiferente: ¿Y si quieres hacerlo? ¿Y si lo has deseado desde la primeranoche?
Ese día, Helena escuchó a Ivánquejarse con su madre.
-No sé qué me pasa -decía Iván,frotándose la nuca- Estoy débil. Cansado. Como si hubiera corrido una maratón.
Helena sintió que el corazón ledaba un vuelco. El plan está funcionando, pensó. Pedritotenía razón. Las eyaculaciones lo están debilitando.
-Quizás necesitas descansar, hijo-dijo la madre, con su voz siempre sumisa- El partido es importante, pero tusalud también.
-No puedo descansar -respondióIván, con un suspiro- Tengo que entrenar. Tengo que ganar.
Helena, desde el otro lado de lamesa, sintió una mezcla de culpa y satisfacción. Su plan estaba funcionando. Ysi funcionaba, Pedrito ganaría el partido, conseguiría su contrato, y ellapodría escapar de Los Arroyos con él.
Pero también sintió algo más: unapunzada de deseo al ver a su hermano tan vulnerable, tan humano, tan cerca.
Esa noche, Helena entró en lahabitación de Iván con el corazón latiéndole a mil. Llevaba la misma bata deseda, pero debajo no llevaba nada. Había decidido que, si iba a hacerlo, iba ahacerlo bien.
Iván yacía boca arriba, comosiempre, con la sábana cubriéndolo apenas. Helena se acercó, bajó la sábana yse encontró con la verga de su hermano, ya semierecta, como si supiera que ibaa ser usada.
Helena se inclinó y comenzó achupar, con la misma desesperación de la noche anterior. Su lengua recorrió eltallo, su boca succionó el glande, sus manos amasaron las pelotas. Pero en sumente, una sola idea resonaba: Tengo que metérmela. Tengo que hacerlo.
Cuando la verga de Iván estuvodura y erecta, Helena se detuvo. Se levantó, se quitó la bata y se quedódesnuda frente a su hermano. Sus pechos redondos se alzaban firmes, sus pezonesendurecidos por el deseo, y entre sus muslos, un calor húmedo la empapaba.
Se posicionó encima de él, conlas piernas abiertas a cada lado de su torso. Su coño, mojado y palpitante,rozó el glande de su hermano, y sintió un cosquilleo que recorrió todo sucuerpo.
-Es por Pedrito -susurró, con lavoz quebrada- Es por nosotros.
Tomó la verga de su hermano conuna mano y la guió hacia su entrada. Sintió el glande presionando contra suslabios húmedos, y un gemido escapó de sus labios.
-Vamos -susurró- Vamos, entra...
Pero no podía. Por más que lointentaba, el glande se resbalaba, se perdía entre sus pliegues, pero noentraba. Helena sintió cómo las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.Era demasiado grande, demasiado grueso, y ella era demasiado virgen, demasiadoinexperta.
-No puedo -sollozó- No puedo...
Iván, que había estado fingiendodormir, sintió la desesperación de su hermana. Había planeado todo para llegara ese momento, y no iba a dejar que se escapara. Abrió los ojos apenas, con unamirada somnolienta, y movió las caderas hacia arriba.
El glande de su verga se presionócontra la entrada de Helena, y ella se quedó quieta, con el cuerpo tenso.
-Ganamos... -murmuró Iván, convoz somnolienta- Seremos campeones... guapa...
Helena pensó que estaba soñando,que estaba hablando con alguna mujer del pueblo en su sueño. Pero entonces,sintió las manos de su hermano en sus caderas. Una mano la sujetó con firmeza,y la otra guió su verga hacia la entrada de su coño.
-No... -susurró Helena, pero erademasiado tarde.
Iván empujó hacia arriba, y laverga comenzó a penetrarla. Helena sintió cómo la carne de su hermano se abríapaso dentro de ella, estirándola, llenándola. El dolor fue intenso, agudo, y ungrito escapó de sus labios.
-¡Ahhhhhhhhhhh! Auuughhhhhhh.
Iván, con un movimiento rápido,se incorporó y la besó con pasión, ahogando su grito. Su lengua se enredó conla de ella, mientras su verga seguía penetrándola, rompiendo el himen,reclamándola por completo.
Helena sintió cómo las lágrimasrodaban por sus mejillas, mezclándose con el sudor y la saliva. El dolor erainmenso, pero también había algo más: una sensación de plenitud, depertenencia, de haber llegado a un lugar que siempre había sido suyo.
Iván rompió el beso y la miró alos ojos. Sus ojos, antes fríos y calculadores, ahora brillaban con una luz deposesión.
-Gracias por el regalo, hermanita-susurró, con una sonrisa victoriosa- Has sido una visita muy generosa.
-No es lo que crees -sollozóHelena, con la voz quebrada- Esto es... esto es por Pedrito...
Iván soltó una risa baja yprofunda, mientras su verga se hundía por completo dentro de ella.
-¿No es lo que creo? -preguntó,con la voz cargada de ironía- Mírate, Helena. Solita viniste a mi habitación.Solita te quitaste la ropa. Solita te sentaste encima de mí. Y ahora, aquíestás, con mi verga dentro de ti.
Helena sintió cómo el calor lainvadía. El dolor comenzaba a desvanecerse, reemplazado por una sensación deplenitud que nunca había experimentado.
-Eres mía -dijo Iván, con la vozfirme- Siempre lo has sido. Y ahora, finalmente, lo sabes.
Comenzó a moverse dentro de ella,con movimientos lentos y profundos que la hacían gemir. Helena, al principio,intentó reprimir los sonidos, pero pronto se dejó llevar por el placer. Suscaderas se movían al ritmo de las de su hermano, y sus manos se aferraban a sushombros mientras la follaba.
Iván la puso en cuatro, y lapenetró desde atrás, con embestidas profundas que la hacían gritar. La puso delado, levantándole una pierna, y la folló con una intensidad que la dejó sinaliento. La puso boca arriba, y la miró a los ojos mientras la llenaba porcompleto.
-Dime mi nombre -exigió Iván, conla voz ronca.
-¡Iván! -gritó Helena, con elcuerpo arqueándose- ¡Iván!
-Dime que eres mía.
-¡Soy tuya! -sollozó Helena, conlágrimas de placer rodando por sus mejillas- ¡Soy toda tuya!
Iván sintió cómo el orgasmo seaproximaba, y con un último embiste, eyaculó dentro de ella, llenando suvientre con su semen. Helena sintió el calor líquido inundándola, y su propioorgasmo la sacudió, haciéndola temblar.
Cuando terminaron, Iván la besócon pasión, y Helena sintió que ya no había vuelta atrás.
-No te vayas -dijo Iván, cuandoella intentó levantarse- Esta es tu cama de hoy en adelante.
-Pero... mi madre...
-Tu madre no va a decir nada -dijoIván, con una sonrisa- Ya lo ha escuchado todo. Y sabe que no puede hacer nada.
Helena sintió que el mundo sederrumbaba. Su madre lo sabía. Y no había hecho nada.
Iván la atrajo hacia él y lafolló de nuevo, despacio, con ternura, como si quisiera grabar en su cuerpo lacerteza de que le pertenecía. Esa noche, durmieron abrazados.
La madre de Helena los esperabaen el desayuno. Iván bajó con el brazo alrededor de los hombros de su hermana,y la besó en los labios frente a su madre. La mujer, con la mirada baja, nodijo nada.
-Sirve el desayuno -ordenó Iván ala sirvienta- Trae proteínas. Huevos, jamón, queso. Helena necesita fuerzas.
Helena, con las mejillasardiendo, no pudo mirar a su madre. Sabía que la mujer lo había escuchado todo,que sabía lo que había pasado, y que no iba a hacer nada.
Iván se despidió con otro beso enlos labios, como quien se sabe dueño de su propiedad.
-Te veo esta noche, mi amor -dijo,con una sonrisa triunfante.
Cuando se fue, Helena intentóllamar a Pedrito, pero el teléfono sonó y sonó sin respuesta. Intentó variasveces, pero nada. Pedrito no contestaba.
Esa noche, Iván la llevó a sualcoba y le hizo el amor de nuevo. Pero esta vez, Helena no se resistió. Estavez, su cuerpo respondió al de su hermano con una entrega total, con una pasiónque no sabía que tenía.
-¿Ves? -susurró Iván, mientras lafollaba lentamente- Esto es lo que siempre has querido. Esto es lo que siemprehas necesitado.
Helena, con los ojos cerrados yel cuerpo arqueándose, asintió en silencio.
Llegó el día del partido. Iván,antes de ir al estadio, besó a Helena en la frente y le susurró:
-Quiero que estés presente con mihijo en el estadio.
Helena parpadeó, confundida.
-¿Qué hijo? -preguntó, sinentender.
Iván sonrió y acarició suvientre.
-Aquí lo traes, mi amor. Aquí lotienes guardadito.
Helena sintió que el mundo sedetenía. ¿Embarazada? ¿De su hermano?
-No puede ser -susurró- Solo hanpasado unos días...
-No importa -dijo Iván, con unasonrisa- Lo sé. Y pronto lo sabrás tú también.
Helena, aturdida, se vistió y fueal estadio. Se sentó en el palco principal, junto a su madre, y vio cómo elpartido comenzaba.
Pedrito, bajo los palos deParedón, miraba el campo con desesperación. No había recibido el dineroprometido, no había visto a Valeria, y no sabía qué estaba pasando.
Iván, en el centro del campo,levantó el puño hacia la multitud, y el público enloqueció. Y entonces, comenzóla masacre.
20-0. Fue la goleada más grandeen la historia de la liga. Iván metió doce goles, y el resto fueron de suscompañeros. Pedrito, humillado, se arrodilló en el césped y lloró como un niño.
Después del partido, buscó a Ivánen los vestuarios.
-¿Qué pasó? -gritó- ¡Tú meprometiste que iba a ganar!
Iván se rió, una risa fría ycruel.
-¿En serio creías que te ibas allevar todo, imbécil? -dijo, acercándose- ¿Creías que iba a darte dinero, unamujer, y la oportunidad de escapar? Eres más estúpido de lo que pensaba.
Pedrito abrió la boca paraprotestar, pero Iván levantó una mano y dos guardias aparecieron.
-Sáquenlo del pueblo -ordenó-Como basura. Sin dinero. Sin la hija del ferretero. Sin nada.
Pedrito fue arrastrado fuera delestadio, y el último que lo vio fue Helena, desde el palco, mientras el pueblola felicitaba por el triunfo de su hermano.
Helena, desde el palco, recibiólas felicitaciones de todo el pueblo. La gente se acercaba a ella, le daba lamano, la abrazaba, y le decía:
-¡Qué orgullo tener a losChávez-Rojas en el pueblo!
-¡Tu hermano es un campeón!
-¡Qué familia tan poderosa!
Helena sonreía mecánicamente,pero en su interior, todo era un torbellino de emociones. Había visto a Pedritoser arrastrado, y había sentido, por primera vez, que todo el plan había sidouna mentira.
Iván la buscó después de lacelebración y la besó en los labios, frente a todo el pueblo. Nadie dijo nada.Nadie se atrevió. Los Chávez-Rojas eran dueños de Los Arroyos, y nadie iba acuestionar lo que hacían.
-Me encanta que traigas contigo ami hijo -le susurró Iván al oído.
Nueve meses después, nació IvánJr. Fue un parto rápido y sin complicaciones, atendido por la mejor matrona delpueblo. El niño, con los ojos oscuros de su padre y el cabello rubio de sumadre, fue el heredero de los Chávez-Rojas.
Helena e Iván fueron casados porel sacerdote del pueblo, en una ceremonia íntima donde nadie puso objeciones.Todos sabían que Iván era dueño del pueblo, y que nadie podía oponerse a suvoluntad.
Iván Jr. creció fuerte y sano,con la mirada desafiante de su padre y la belleza angelical de su madre.Helena, desde el día de su nacimiento, supo que su vida ya no le pertenecía.Era la esposa de su hermano, la madre de su hijo, y la dueña de la casa grande.
Las noches en la mansión de losChávez-Rojas eran largas y húmedas. Iván, después de los partidos y lasreuniones de negocios, volvía a casa con el olor a césped y a triunfo, yreclamaba a su hermana-esposa como quien reclama un vaso de agua. Helena, conel cuerpo ya acostumbrado a su dueño, se entregaba sin resistencia, con unapasión que la sorprendía a ella misma.
Las noches se repetían, una trasotra, con la misma intensidad, la misma pasión, la misma entrega. Y Helena, queantes había soñado con escapar de Los Arroyos con un portero mediocre, ahorasolo podía imaginar su vida en los brazos de su hermano, en su cama, en supoder.
-Tú eres mi trofeo -le decíaIván, mientras la besaba en el cuello, mientras sus manos recorrían sus curvas-La joya de mi corona. La hembra más hermosa del pueblo, y solo mía.
Helena, con el cuerpo todavíatembloroso por el orgasmo, sonreía débilmente.
-Solo tuya -susurraba- Siempretuya.
Y en la cama de los Chávez-Rojas,entre sábanas de seda y sombras de terciopelo, el poder y el deseo se fundíanen un solo cuerpo, en una sola carne, en un solo pecado que ningún confesorpodría absolver.
Porque Los Arroyos pertenecía aIván.
Y Helena, con su vientre lleno desu semilla y su alma envenenada por su amor, era la prueba viviente de que losChávez-Rojas siempre ganaban.
Siempre.
FIN
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