El sol de la tarde se filtraba por los ventanales del aula de arte, tiñendo el suelo de madera de un color ámbar denso. El silencio reinaba en los pasillos del instituto; la mayoría de los estudiantes ya se habían marchado, dejando tras de sí el eco lejano de alguna risa solitaria y el aroma persistente a tiza y cera para pisos. María y Julieta permanecían solas, refugiadas en la penumbra de la última fila de caballetes, donde el olor a aguarrás y pintura al óleo creaba una atmósfera espesa, casi embriagadora.
María ajustó la falda del uniforme, que se sentía demasiado ajustada sobre sus caderas. Sus pechos, generosos y pesados para sus dieciséis años, presionaban la tela blanca de la blusa, creando una tensión que parecía reflejar la electricidad que vibraba entre ella y su amiga. Julieta la observaba en silencio. La morena tenía una belleza más afilada, una mirada felina que recorría el cuerpo de María con una hambre mal disimulada. Su postura era relajada, apoyada contra una mesa, pero sus dedos tamborileaban nerviosos sobre la madera.
—Parece que somos las únicas que quedan en todo el edificio —susurró Julieta. Su voz tenía un matiz ronco, una invitación velada que hizo que a María se le erizara la piel de los brazos.
María tragó saliva, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas. Se acercó un paso más, reduciendo el espacio hasta que pudo oler el perfume de vainilla de Julieta mezclado con el aroma natural de su piel.
—¿Te da miedo que alguien nos encuentre? —preguntó María, con un hilo de voz que delataba su propia anticipación.
Julieta sonrió, una curva lenta y depredadora. Extendió la mano y rozó la mejilla de la rubia, bajando los dedos lentamente por el cuello hasta detenerse justo donde empezaba el escote de la blusa.
—Me daría más miedo que nos fuéramos a casa sin hacer esto —respondió la morena.
Sin esperar respuesta, Julieta acortó la distancia y selló sus labios contra los de María. Fue un beso hambriento, una colisión de lenguas que buscaban desesperadamente el sabor de la otra. María soltó un gemido ahogado, envolviendo sus brazos alrededor del cuello de Julieta, atrayéndola hacia sí. La lengua de Julieta exploraba cada rincón de su boca, succionando con una intensidad que dejó a María sin aliento. El intercambio de saliva era húmedo y ruidoso, un sonido rítmico que llenaba el vacío del aula.
Con manos urgentes, comenzaron a despojarse de la ropa. Julieta desabrochó los botones de la blusa de María con dedos temblorosos pero decididos. A medida que la tela caía, los pechos de la rubia saltaron a la vista, liberados del corsé. Eran grandes, redondos y firmes, con areolas rosadas que ya se habían endurecido por el frío y el deseo. Julieta soltó un suspiro audible, maravillada por la visión.
—Son perfectos, María. Absolutamente perfectos —murmuró Julieta antes de enterrar el rostro en aquel valle de piel blanca y suave.
María arqueó la espalda, soltando un grito contenido cuando sintió la lengua caliente de Julieta lamer la base de su pecho, subiendo lentamente hasta capturar el pezón en un vacío potente. La succión fue visceral, enviando una descarga eléctrica directamente hacia la pelvis de María. Mientras tanto, María se encargaba de la ropa de Julieta. Deslizó la falda de la morena hacia abajo, revelando unas piernas torneadas y un trasero duro y respingón que parecía esculpido en mármol. Cuando Julieta quedó desnuda, María quedó prendada de la delicadeza de sus pechos pequeños, coronados por pezones de un rosa intenso que destacaban contra su piel canela.
María se arrodilló frente a ella, dejando que sus manos recorrieran la curva de los glúteos de Julieta, apretándolos con fuerza. La piel estaba caliente, vibrante. Con un movimiento fluido, María separó los muslos de su amiga y hundió el rostro en su intimidad.
El olor a deseo, una mezcla almizclada y dulce, inundó los sentidos de María. Comenzó a lamer los labios externos de Julieta, moviéndose con lentitud, saboreando cada gota de lubricación natural que empezaba a manar. Julieta soltó un gemido agudo, enterrando sus dedos en el cabello rubio de María, empujándola hacia abajo.
—Dios, María... sí, justo ahí —jadeó la morena, balanceando las caderas inconscientemente.
María encontró el clítoris, una pequeña perla endurecida y sensible. Comenzó a succionarlo con ritmo, alternando entre lamidas largas y succiones rápidas y profundas. El sonido era explícito, un chapoteo húmedo y constante que resonaba en la habitación. Julieta empezó a temblar, sus muslos apretándose contra las mejillas de María. La lengua de la rubia no daba tregua, explorando la entrada de la vagina, probando la humedad que ya empapaba todo.
María introdujo un dedo, luego dos, sintiendo cómo las paredes internas de Julieta se contraían rítmicamente alrededor de sus falanges. El interior estaba abrasador, una cavidad estrecha y lubricada que succionaba sus dedos. María aumentó la velocidad, haciendo un movimiento de gancho, estimulando el punto G mientras su lengua seguía trabajando incansablemente en el clítoris.
—¡Me voy a correr! ¡María, voy a...! —gritó Julieta, su voz quebrándose.
El cuerpo de la morena se tensó como una cuerda de violín. De repente, un espasmo violento sacudió sus caderas y un chorro potente de líquido transparente salió disparado de su interior, empapando el rostro de María y goteando sobre el suelo de madera. Julieta gritó, un sonido gutural de puro placer, mientras sus músculos vaginales se contraían en oleadas sucesivas. El squirt fue abundante, dejando a ambas jadeando, con el corazón latiendo al unísono en el silencio posterior.
María se levantó lentamente, con el rostro brillante por los fluidos de su amiga, y una sonrisa de satisfacción en los labios. Julieta, aún recuperando el aliento, la atrajo hacia arriba para besarla con una pasión renovada, el sabor a sexo impregnando sus bocas.
—Ahora es mi turno —susurró Julieta, con los ojos oscuros de deseo.
Julieta empujó a María suavemente hacia la mesa de dibujo, haciendo que la rubia se recostara sobre la superficie fría. El contraste del metal frío contra la piel caliente de María la hizo estremecer. Julieta se deslizó entre sus piernas, abriéndolas de par en par. Se concentró en los pechos de María primero, mordisqueando los pezones, dejando marcas rosadas que hacían que la rubia gimiera sin parar.
Luego, Julieta bajó. Su lengua era experta, trazando círculos alrededor del clítoris de María antes de succionarlo con una fuerza que hizo que María arqueara la pelvis, buscando más contacto. Julieta se sumergió profundamente, bebiendo la humedad de María, saboreando la esencia de su deseo. El sonido del sexo oral era rítmico, un squelching húmedo que llenaba el espacio. María sentía que el mundo desaparecía; solo existía el calor de la lengua de Julieta y la presión contra su centro.
Sin embargo, Julieta tenía algo más planeado. Se separó un momento, dejando a María en un estado de suspensión agonizante.
—Espera, tengo algo para ti —dijo Julieta con una chispa de travesura en los ojos.
Se giró hacia su mochila, que descansaba sobre una silla cercana, y rebuscó rápidamente hasta sacar un dildo de silicona, grueso y de un color púrpura intenso, con una base ancha. María abrió los ojos con sorpresa, sintiendo un escalofrío de anticipación recorrer su columna.
—Julieta... ¿qué es eso? —preguntó María, aunque su voz sonaba más a deseo que a duda.
—Algo para que sientas que te lleno por completo —respondió la morena.
Julieta sacó un tubo de lubricante de la mochila y aplicó una cantidad generosa tanto en el juguete como en el esfínter de María. La rubia se giró, quedando en cuatro puntos sobre la mesa, exponiendo su trasero redondeado y pálido. El lubricante se sentía frío y resbaladizo, un contraste brusco con el calor que emanaba de sus cuerpos.
Julieta posicionó la punta del dildo contra la entrada anal de María. La rubia soltó un jadeo, apretando los dientes.
—Relájate, cariño. Solo respira —le susurró Julieta al oído, besando su cuello.
Con un empuje lento y constante, Julieta comenzó a introducir el juguete. María soltó un gemido sordo, sintiendo la presión expandiendo sus paredes anales. Era una sensación abrumadora, una invasión que, lejos de asustarla, encendió un fuego nuevo en su vientre. El dildo entró centímetro a centímetro, el sonido del lubricante creando un chapoteo húmedo con cada movimiento.
—¡Ah! ¡Está... está muy grande! —exclamó María, hundiendo la cara en la madera de la mesa.
—Estás tan apretadita, María... me encanta cómo me abrazas el juguete —respondió Julieta, empezando a mover el dildo hacia adentro y hacia afuera con un ritmo creciente.
El sonido era rítmico y vulgar: el slap de la base del dildo contra las nalgas de María y el sonido succionante del juguete entrando y saliendo del orificio estrecho. Julieta no se detuvo, aumentando la velocidad y la profundidad de las estocadas. Cada golpe impactaba contra el cuello del útero de María desde el otro lado, creando una estimulación indirecta que volvió loca a la rubia.
Mientras el dildo trabajaba el ano de María, Julieta alcanzó con su mano libre el clítoris de la rubia, frotándolo con rapidez y fuerza. La combinación de la presión anal y la estimulación clitoriana fue demasiado. María empezó a temblar violentamente, sus gritos llenando el aula.
—¡Ya viene! ¡Voy a... voy a soltarlo! —gritó María, con la voz quebrada.
En un clímax explosivo, el cuerpo de María se convulsionó. Un chorro potente de líquido salió disparado de su vagina, mojando la mesa y las manos de Julieta. Fue un squirt masivo, una liberación de tensión que dejó a María sin fuerzas, colapsando sobre la mesa mientras el dildo seguía vibrando dentro de ella por unos instantes más antes de que Julieta lo retirara con un sonido húmedo y final.
Ambas quedaron abrazadas, el sudor pegando sus pieles, la respiración agitada creando una sinfonía de jadeos. El aire en el aula se sentía cargado, saturado de feromonas y el olor dulce del sexo.
—No puedo... no puedo parar —susurró María, girándose para mirar a Julieta.
Se buscaron nuevamente, besándose con una urgencia desesperada. Sus manos recorrían cada centímetro de piel, redescubriendo las curvas, los pezones erectos y la suavidad de sus vientres. Se movieron hacia el suelo, sobre la madera fría, buscando una posición que les permitiera sentir el máximo contacto posible.
Se colocaron en pose de tijereta, entrelazando sus piernas y alineando sus vulvas. El roce fue eléctrico. El clítoris de María presionaba directamente contra el de Julieta, creando una fricción húmeda y ardiente. Comenzaron a balancearse, moviendo las caderas en un ritmo sincrónico, frotando sus centros sensibles el uno contra el otro.
—Siente cómo vibramos, Julieta... —gemía María, cerrando los ojos y concentrándose en la sensación del roce.
—Estamos conectadas... somos una sola —respondió la morena, apretando los muslos de María contra los suyos.
El sonido del roce de sus genitales era un squelching constante, una música erótica que las llevaba al borde del abismo. La tensión se acumulaba, una marea ascendente de placer que las envolvía por completo. Sus respiraciones se volvieron cortas, sus gemidos se fusionaron en un solo sonido.
—Ahora, María... ¡ahora! —gritó Julieta.
En un último empuje coordinado, ambas alcanzaron el orgasmo al mismo tiempo. Fue una explosión sincronizada que sacudió sus cuerpos, una descarga eléctrica que las dejó paralizadas por unos segundos, mientras sus músculos vaginales se contraían en un abrazo invisible y poderoso. El placer fue tan intenso que el mundo exterior dejó de existir; no había escuela, no había reglas, solo el calor compartido y la entrega total.
Lentamente, la realidad comenzó a filtrarse de nuevo en la habitación. El sol ya se había ocultado casi por completo, dejando el aula en una penumbra azulada y fresca. Se quedaron así, entrelazadas, sintiendo el latido del corazón de la otra contra su pecho. El silencio volvió a reinar, pero ya no era un silencio vacío, sino uno lleno de una complicidad nueva y profunda.
María apoyó la cabeza en el hombro de Julieta, suspirando con una plenitud que nunca había experimentado.
—Creo que ya no quiero que nunca más volvamos a ser solo amigas —susurró la rubia, trazando círculos imaginarios en la piel de la morena.
Julieta sonrió, besando la frente de María con una ternura que contrastaba con la ferocidad de los actos anteriores.
—Nunca lo fuimos, María. Solo estábamos esperando el momento adecuado para admitirlo.
Se ayudaron mutuamente a vestirse, cada prenda puesta con una lentitud deliberada, disfrutando de los últimos roces accidentales. Al salir del aula y cerrar la puerta detrás de ellas, el pasillo del instituto parecía el mismo de siempre, pero para ellas, todo había cambiado. Caminaron hacia la salida, tomadas de la mano, llevando consigo el secreto húmedo y ardiente de una tarde en la que el arte se había manifestado de la forma más pura y visceral posible.
María ajustó la falda del uniforme, que se sentía demasiado ajustada sobre sus caderas. Sus pechos, generosos y pesados para sus dieciséis años, presionaban la tela blanca de la blusa, creando una tensión que parecía reflejar la electricidad que vibraba entre ella y su amiga. Julieta la observaba en silencio. La morena tenía una belleza más afilada, una mirada felina que recorría el cuerpo de María con una hambre mal disimulada. Su postura era relajada, apoyada contra una mesa, pero sus dedos tamborileaban nerviosos sobre la madera.
—Parece que somos las únicas que quedan en todo el edificio —susurró Julieta. Su voz tenía un matiz ronco, una invitación velada que hizo que a María se le erizara la piel de los brazos.
María tragó saliva, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas. Se acercó un paso más, reduciendo el espacio hasta que pudo oler el perfume de vainilla de Julieta mezclado con el aroma natural de su piel.
—¿Te da miedo que alguien nos encuentre? —preguntó María, con un hilo de voz que delataba su propia anticipación.
Julieta sonrió, una curva lenta y depredadora. Extendió la mano y rozó la mejilla de la rubia, bajando los dedos lentamente por el cuello hasta detenerse justo donde empezaba el escote de la blusa.
—Me daría más miedo que nos fuéramos a casa sin hacer esto —respondió la morena.
Sin esperar respuesta, Julieta acortó la distancia y selló sus labios contra los de María. Fue un beso hambriento, una colisión de lenguas que buscaban desesperadamente el sabor de la otra. María soltó un gemido ahogado, envolviendo sus brazos alrededor del cuello de Julieta, atrayéndola hacia sí. La lengua de Julieta exploraba cada rincón de su boca, succionando con una intensidad que dejó a María sin aliento. El intercambio de saliva era húmedo y ruidoso, un sonido rítmico que llenaba el vacío del aula.
Con manos urgentes, comenzaron a despojarse de la ropa. Julieta desabrochó los botones de la blusa de María con dedos temblorosos pero decididos. A medida que la tela caía, los pechos de la rubia saltaron a la vista, liberados del corsé. Eran grandes, redondos y firmes, con areolas rosadas que ya se habían endurecido por el frío y el deseo. Julieta soltó un suspiro audible, maravillada por la visión.
—Son perfectos, María. Absolutamente perfectos —murmuró Julieta antes de enterrar el rostro en aquel valle de piel blanca y suave.
María arqueó la espalda, soltando un grito contenido cuando sintió la lengua caliente de Julieta lamer la base de su pecho, subiendo lentamente hasta capturar el pezón en un vacío potente. La succión fue visceral, enviando una descarga eléctrica directamente hacia la pelvis de María. Mientras tanto, María se encargaba de la ropa de Julieta. Deslizó la falda de la morena hacia abajo, revelando unas piernas torneadas y un trasero duro y respingón que parecía esculpido en mármol. Cuando Julieta quedó desnuda, María quedó prendada de la delicadeza de sus pechos pequeños, coronados por pezones de un rosa intenso que destacaban contra su piel canela.
María se arrodilló frente a ella, dejando que sus manos recorrieran la curva de los glúteos de Julieta, apretándolos con fuerza. La piel estaba caliente, vibrante. Con un movimiento fluido, María separó los muslos de su amiga y hundió el rostro en su intimidad.
El olor a deseo, una mezcla almizclada y dulce, inundó los sentidos de María. Comenzó a lamer los labios externos de Julieta, moviéndose con lentitud, saboreando cada gota de lubricación natural que empezaba a manar. Julieta soltó un gemido agudo, enterrando sus dedos en el cabello rubio de María, empujándola hacia abajo.
—Dios, María... sí, justo ahí —jadeó la morena, balanceando las caderas inconscientemente.
María encontró el clítoris, una pequeña perla endurecida y sensible. Comenzó a succionarlo con ritmo, alternando entre lamidas largas y succiones rápidas y profundas. El sonido era explícito, un chapoteo húmedo y constante que resonaba en la habitación. Julieta empezó a temblar, sus muslos apretándose contra las mejillas de María. La lengua de la rubia no daba tregua, explorando la entrada de la vagina, probando la humedad que ya empapaba todo.
María introdujo un dedo, luego dos, sintiendo cómo las paredes internas de Julieta se contraían rítmicamente alrededor de sus falanges. El interior estaba abrasador, una cavidad estrecha y lubricada que succionaba sus dedos. María aumentó la velocidad, haciendo un movimiento de gancho, estimulando el punto G mientras su lengua seguía trabajando incansablemente en el clítoris.
—¡Me voy a correr! ¡María, voy a...! —gritó Julieta, su voz quebrándose.
El cuerpo de la morena se tensó como una cuerda de violín. De repente, un espasmo violento sacudió sus caderas y un chorro potente de líquido transparente salió disparado de su interior, empapando el rostro de María y goteando sobre el suelo de madera. Julieta gritó, un sonido gutural de puro placer, mientras sus músculos vaginales se contraían en oleadas sucesivas. El squirt fue abundante, dejando a ambas jadeando, con el corazón latiendo al unísono en el silencio posterior.
María se levantó lentamente, con el rostro brillante por los fluidos de su amiga, y una sonrisa de satisfacción en los labios. Julieta, aún recuperando el aliento, la atrajo hacia arriba para besarla con una pasión renovada, el sabor a sexo impregnando sus bocas.
—Ahora es mi turno —susurró Julieta, con los ojos oscuros de deseo.
Julieta empujó a María suavemente hacia la mesa de dibujo, haciendo que la rubia se recostara sobre la superficie fría. El contraste del metal frío contra la piel caliente de María la hizo estremecer. Julieta se deslizó entre sus piernas, abriéndolas de par en par. Se concentró en los pechos de María primero, mordisqueando los pezones, dejando marcas rosadas que hacían que la rubia gimiera sin parar.
Luego, Julieta bajó. Su lengua era experta, trazando círculos alrededor del clítoris de María antes de succionarlo con una fuerza que hizo que María arqueara la pelvis, buscando más contacto. Julieta se sumergió profundamente, bebiendo la humedad de María, saboreando la esencia de su deseo. El sonido del sexo oral era rítmico, un squelching húmedo que llenaba el espacio. María sentía que el mundo desaparecía; solo existía el calor de la lengua de Julieta y la presión contra su centro.
Sin embargo, Julieta tenía algo más planeado. Se separó un momento, dejando a María en un estado de suspensión agonizante.
—Espera, tengo algo para ti —dijo Julieta con una chispa de travesura en los ojos.
Se giró hacia su mochila, que descansaba sobre una silla cercana, y rebuscó rápidamente hasta sacar un dildo de silicona, grueso y de un color púrpura intenso, con una base ancha. María abrió los ojos con sorpresa, sintiendo un escalofrío de anticipación recorrer su columna.
—Julieta... ¿qué es eso? —preguntó María, aunque su voz sonaba más a deseo que a duda.
—Algo para que sientas que te lleno por completo —respondió la morena.
Julieta sacó un tubo de lubricante de la mochila y aplicó una cantidad generosa tanto en el juguete como en el esfínter de María. La rubia se giró, quedando en cuatro puntos sobre la mesa, exponiendo su trasero redondeado y pálido. El lubricante se sentía frío y resbaladizo, un contraste brusco con el calor que emanaba de sus cuerpos.
Julieta posicionó la punta del dildo contra la entrada anal de María. La rubia soltó un jadeo, apretando los dientes.
—Relájate, cariño. Solo respira —le susurró Julieta al oído, besando su cuello.
Con un empuje lento y constante, Julieta comenzó a introducir el juguete. María soltó un gemido sordo, sintiendo la presión expandiendo sus paredes anales. Era una sensación abrumadora, una invasión que, lejos de asustarla, encendió un fuego nuevo en su vientre. El dildo entró centímetro a centímetro, el sonido del lubricante creando un chapoteo húmedo con cada movimiento.
—¡Ah! ¡Está... está muy grande! —exclamó María, hundiendo la cara en la madera de la mesa.
—Estás tan apretadita, María... me encanta cómo me abrazas el juguete —respondió Julieta, empezando a mover el dildo hacia adentro y hacia afuera con un ritmo creciente.
El sonido era rítmico y vulgar: el slap de la base del dildo contra las nalgas de María y el sonido succionante del juguete entrando y saliendo del orificio estrecho. Julieta no se detuvo, aumentando la velocidad y la profundidad de las estocadas. Cada golpe impactaba contra el cuello del útero de María desde el otro lado, creando una estimulación indirecta que volvió loca a la rubia.
Mientras el dildo trabajaba el ano de María, Julieta alcanzó con su mano libre el clítoris de la rubia, frotándolo con rapidez y fuerza. La combinación de la presión anal y la estimulación clitoriana fue demasiado. María empezó a temblar violentamente, sus gritos llenando el aula.
—¡Ya viene! ¡Voy a... voy a soltarlo! —gritó María, con la voz quebrada.
En un clímax explosivo, el cuerpo de María se convulsionó. Un chorro potente de líquido salió disparado de su vagina, mojando la mesa y las manos de Julieta. Fue un squirt masivo, una liberación de tensión que dejó a María sin fuerzas, colapsando sobre la mesa mientras el dildo seguía vibrando dentro de ella por unos instantes más antes de que Julieta lo retirara con un sonido húmedo y final.
Ambas quedaron abrazadas, el sudor pegando sus pieles, la respiración agitada creando una sinfonía de jadeos. El aire en el aula se sentía cargado, saturado de feromonas y el olor dulce del sexo.
—No puedo... no puedo parar —susurró María, girándose para mirar a Julieta.
Se buscaron nuevamente, besándose con una urgencia desesperada. Sus manos recorrían cada centímetro de piel, redescubriendo las curvas, los pezones erectos y la suavidad de sus vientres. Se movieron hacia el suelo, sobre la madera fría, buscando una posición que les permitiera sentir el máximo contacto posible.
Se colocaron en pose de tijereta, entrelazando sus piernas y alineando sus vulvas. El roce fue eléctrico. El clítoris de María presionaba directamente contra el de Julieta, creando una fricción húmeda y ardiente. Comenzaron a balancearse, moviendo las caderas en un ritmo sincrónico, frotando sus centros sensibles el uno contra el otro.
—Siente cómo vibramos, Julieta... —gemía María, cerrando los ojos y concentrándose en la sensación del roce.
—Estamos conectadas... somos una sola —respondió la morena, apretando los muslos de María contra los suyos.
El sonido del roce de sus genitales era un squelching constante, una música erótica que las llevaba al borde del abismo. La tensión se acumulaba, una marea ascendente de placer que las envolvía por completo. Sus respiraciones se volvieron cortas, sus gemidos se fusionaron en un solo sonido.
—Ahora, María... ¡ahora! —gritó Julieta.
En un último empuje coordinado, ambas alcanzaron el orgasmo al mismo tiempo. Fue una explosión sincronizada que sacudió sus cuerpos, una descarga eléctrica que las dejó paralizadas por unos segundos, mientras sus músculos vaginales se contraían en un abrazo invisible y poderoso. El placer fue tan intenso que el mundo exterior dejó de existir; no había escuela, no había reglas, solo el calor compartido y la entrega total.
Lentamente, la realidad comenzó a filtrarse de nuevo en la habitación. El sol ya se había ocultado casi por completo, dejando el aula en una penumbra azulada y fresca. Se quedaron así, entrelazadas, sintiendo el latido del corazón de la otra contra su pecho. El silencio volvió a reinar, pero ya no era un silencio vacío, sino uno lleno de una complicidad nueva y profunda.
María apoyó la cabeza en el hombro de Julieta, suspirando con una plenitud que nunca había experimentado.
—Creo que ya no quiero que nunca más volvamos a ser solo amigas —susurró la rubia, trazando círculos imaginarios en la piel de la morena.
Julieta sonrió, besando la frente de María con una ternura que contrastaba con la ferocidad de los actos anteriores.
—Nunca lo fuimos, María. Solo estábamos esperando el momento adecuado para admitirlo.
Se ayudaron mutuamente a vestirse, cada prenda puesta con una lentitud deliberada, disfrutando de los últimos roces accidentales. Al salir del aula y cerrar la puerta detrás de ellas, el pasillo del instituto parecía el mismo de siempre, pero para ellas, todo había cambiado. Caminaron hacia la salida, tomadas de la mano, llevando consigo el secreto húmedo y ardiente de una tarde en la que el arte se había manifestado de la forma más pura y visceral posible.
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