Martín tenía diecinueve años, cuerpo delgado y piel clara que se quemaba con facilidad. Esa noche se miró al espejo del baño de su departamento en Palermo y sonrió. Peluca castaña con ondas suaves, maquillaje prolijo que alargaba los ojos, labios rosados. Un vestido negro corto que le llegaba a mitad del muslo, medias finas y zapatos de tacos. Se había depilado todo. El relleno del corpiño y un poco de contorno le daban una silueta creíble. Cuando salía así se sentía era otra persona: Sofía.
Caminó por Honduras hacia Plaza Serrano, el corazón apretado de adrenalina. Cada mirada de un hombre le provocaba un cosquilleo entre las piernas. Sabía que si alguien se acercaba demasiado y descubría la verdad, todo se iba al carajo… pero esa noche no pensaba en el “si”.
En la esquina de Costa Rica y Armenia un tipo lo miró fijo. Cincuenta y pico, canas en las sienes, camisa abierta en el pecho, reloj caro. Alto, hombros anchos, esa seguridad de los que ya no necesitan demostrar nada. Se acercó sin apuro.
—¿Estás perdida, princesa? —dijo con voz grave, de esas que suenan a whisky y a años de mandar.
Sofía (Martín) bajó la mirada un segundo, jugando al personaje.
—No… solo paseando.
El hombre se presentó como Ricardo. Le ofreció un trago. Mientras hablaban, Ricardo no apartaba los ojos de su escote fingido ni de sus labios. Le tocó la rodilla bajo la mesa, subió la mano despacio por el muslo interno, rozando la media. Martín sintió que se le endurecía el pene dentro de la ropa interior apretada, pero mantuvo las piernas cerradas y la voz dulce.
—Sos muy linda —murmuró Ricardo cerca de su oído—
Cuando salieron, Ricardo lo llevó a un departamento cercano, grande, con ventanales que daban a la calle. Apenas cerró la puerta lo empujó contra la pared y lo besó. Lengua gruesa, manos grandes que le subían el vestido. Martín se dejó, el corazón golpeándole el pecho. Ricardo le apretó el culo, le metió los dedos por debajo de la tanga… y se detuvo un segundo cuando notó que no había vagina.
Se separó apenas. Miró a Martín a los ojos. La peluca estaba un poco corrida, el maquillaje intacto. Ricardo no gritó. Solo sonrió de lado, una sonrisa lenta, oscura.
—Ah… —dijo, casi con alivio—. Entonces sos un putito disfrazado. Todavía mejor.
Martín se quedó rígido, esperando el rechazo o el golpe. En cambio, Ricardo lo giró de espaldas, le levantó el vestido hasta la cintura y le bajó la tanga de un tirón. La pija de Martín saltó libre, dura, rosada, contrastando con las medias y los tacones.
—Mirá lo que tenés escondido —gruñó Ricardo, rodeándola con la mano y masturbándola despacio—. Pensé que te iba a cojer como a una mina… y te voy a cojer igual, pero sabiendo exactamente lo que sos.
Lo empujó hacia el sofá. Martín quedó de rodillas sobre los almohadones, el culo en alto, el vestido amontonado en la cintura. Ricardo se arrodilló detrás, le separó las nalgas y le pasó la lengua por el agujero. Lento, profundo, como si todavía quisiera tratarlo de mujer y al mismo tiempo no. Martín gimió, la voz más grave de lo que había pretendido.
—Dale… —susurró.
Ricardo se paró, se bajó el pantalón. La verga le salió gruesa, pesada, ya goteando. Se escupió en la mano, se untó y empujó de una sola embestida. Martín soltó un grito ahogado, el cuerpo tensionado, las uñas clavadas en el respaldo del sofá. Ricardo no se detuvo. Empezó a meter y sacar con ritmo pesado, las manos agarrándole las caderas, tirando hacia atrás cada vez que entraba hasta el fondo.
—Pensabas que te iba a tratar como a una pendeja inocente, ¿no? —jadeaba al oído, mordiéndole el cuello—. Ahora te estoy garchando sabiendo que tenés pija y igual te abrís el culo como una puta.
Martín se masturbaba a sí mismo con una mano, el otro brazo temblando. Cada embestida le hacía rebotar el relleno del sujetador. Ricardo se inclinó, le agarró la polla y se la ordeñó al mismo ritmo con el que lo penetraba. El sonido de piel contra piel llenaba el depto.
Cuando Martín empezó a correrse, Ricardo lo sujetó con más fuerza y aceleró. El semen salpicó el sofá y las medias. Ricardo gruñó, se hundió hasta las bolas y se corrió adentro, caliente, abundante, sin sacarse. Se quedó unos segundos metido, respirando pesado, la frente apoyada entre los omóplatos de Martín.
Después se retiró despacio. Martín se dejó caer de costado, el vestido todavía subido, el semen resbalándole por el muslo interno y las medias rotas en un lado. Ricardo se sentó al lado, le acarició la nuca con una mano grande, casi paternal.
—La próxima vez no te escondas tanto —dijo con esa voz grave—. Me gusta cuando el putito se hace el que no es.
Martín sonrió, todavía temblando, la peluca medio caída.
Caminó por Honduras hacia Plaza Serrano, el corazón apretado de adrenalina. Cada mirada de un hombre le provocaba un cosquilleo entre las piernas. Sabía que si alguien se acercaba demasiado y descubría la verdad, todo se iba al carajo… pero esa noche no pensaba en el “si”.
En la esquina de Costa Rica y Armenia un tipo lo miró fijo. Cincuenta y pico, canas en las sienes, camisa abierta en el pecho, reloj caro. Alto, hombros anchos, esa seguridad de los que ya no necesitan demostrar nada. Se acercó sin apuro.
—¿Estás perdida, princesa? —dijo con voz grave, de esas que suenan a whisky y a años de mandar.
Sofía (Martín) bajó la mirada un segundo, jugando al personaje.
—No… solo paseando.
El hombre se presentó como Ricardo. Le ofreció un trago. Mientras hablaban, Ricardo no apartaba los ojos de su escote fingido ni de sus labios. Le tocó la rodilla bajo la mesa, subió la mano despacio por el muslo interno, rozando la media. Martín sintió que se le endurecía el pene dentro de la ropa interior apretada, pero mantuvo las piernas cerradas y la voz dulce.
—Sos muy linda —murmuró Ricardo cerca de su oído—
Cuando salieron, Ricardo lo llevó a un departamento cercano, grande, con ventanales que daban a la calle. Apenas cerró la puerta lo empujó contra la pared y lo besó. Lengua gruesa, manos grandes que le subían el vestido. Martín se dejó, el corazón golpeándole el pecho. Ricardo le apretó el culo, le metió los dedos por debajo de la tanga… y se detuvo un segundo cuando notó que no había vagina.
Se separó apenas. Miró a Martín a los ojos. La peluca estaba un poco corrida, el maquillaje intacto. Ricardo no gritó. Solo sonrió de lado, una sonrisa lenta, oscura.
—Ah… —dijo, casi con alivio—. Entonces sos un putito disfrazado. Todavía mejor.
Martín se quedó rígido, esperando el rechazo o el golpe. En cambio, Ricardo lo giró de espaldas, le levantó el vestido hasta la cintura y le bajó la tanga de un tirón. La pija de Martín saltó libre, dura, rosada, contrastando con las medias y los tacones.
—Mirá lo que tenés escondido —gruñó Ricardo, rodeándola con la mano y masturbándola despacio—. Pensé que te iba a cojer como a una mina… y te voy a cojer igual, pero sabiendo exactamente lo que sos.
Lo empujó hacia el sofá. Martín quedó de rodillas sobre los almohadones, el culo en alto, el vestido amontonado en la cintura. Ricardo se arrodilló detrás, le separó las nalgas y le pasó la lengua por el agujero. Lento, profundo, como si todavía quisiera tratarlo de mujer y al mismo tiempo no. Martín gimió, la voz más grave de lo que había pretendido.
—Dale… —susurró.
Ricardo se paró, se bajó el pantalón. La verga le salió gruesa, pesada, ya goteando. Se escupió en la mano, se untó y empujó de una sola embestida. Martín soltó un grito ahogado, el cuerpo tensionado, las uñas clavadas en el respaldo del sofá. Ricardo no se detuvo. Empezó a meter y sacar con ritmo pesado, las manos agarrándole las caderas, tirando hacia atrás cada vez que entraba hasta el fondo.
—Pensabas que te iba a tratar como a una pendeja inocente, ¿no? —jadeaba al oído, mordiéndole el cuello—. Ahora te estoy garchando sabiendo que tenés pija y igual te abrís el culo como una puta.
Martín se masturbaba a sí mismo con una mano, el otro brazo temblando. Cada embestida le hacía rebotar el relleno del sujetador. Ricardo se inclinó, le agarró la polla y se la ordeñó al mismo ritmo con el que lo penetraba. El sonido de piel contra piel llenaba el depto.
Cuando Martín empezó a correrse, Ricardo lo sujetó con más fuerza y aceleró. El semen salpicó el sofá y las medias. Ricardo gruñó, se hundió hasta las bolas y se corrió adentro, caliente, abundante, sin sacarse. Se quedó unos segundos metido, respirando pesado, la frente apoyada entre los omóplatos de Martín.
Después se retiró despacio. Martín se dejó caer de costado, el vestido todavía subido, el semen resbalándole por el muslo interno y las medias rotas en un lado. Ricardo se sentó al lado, le acarició la nuca con una mano grande, casi paternal.
—La próxima vez no te escondas tanto —dijo con esa voz grave—. Me gusta cuando el putito se hace el que no es.
Martín sonrió, todavía temblando, la peluca medio caída.
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