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La ex puta de mi amigo

Les vengo a dejar una historia que me compartió un seguidor, sobre la ex de su amigo.

La conocí por él. Se llamaba Iara y era la ex de un amigo mío de toda la vida. La primera vez que la vi fue en un cumpleaños en lo de un pibe del barrio. Estaba apoyada contra la mesada de la cocina, con un top negro corto y esas medias de red que le subían por los muslos. Tenía el pelo castaño con flequillo, los labios pintados de rojo oscuro y una forma de mirar que te hacía sentir que ya sabía exactamente lo que estabas pensando.

Mi amigo me había hablado de ella varias veces. Decía que era intensa, que le gustaba el sexo de una manera que a él a veces le costaba seguirle el ritmo. Que no era de las que se guardaba las ganas. Y que, aunque habían terminado hace meses, todavía se le cruzaba por la cabeza de vez en cuando.

Esa noche ella se me acercó mientras yo buscaba una cerveza en la heladera. Me miró de arriba abajo, sonrió un poco y me dijo:

—Sos el amigo de… ¿no? El que siempre habla de vos.

Conversamos un rato. Hablaba despacio, con una voz ronca que contrastaba con lo suave que se veía. En un momento se acercó más y me preguntó, casi al oído:

—¿Él te contó cosas de mí?

No supe qué responder. Ella se rio bajito y me tocó el brazo.

—No te hagas el santo. Sé que los pibes hablan.

Esa misma noche terminamos en mi departamento. No fue de un saque. Primero tomamos algo, fumamos un porro en el balcón y hablamos de él. De cómo habían terminado. De que ella no sabía estar con una sola persona sin sentir que se ahogaba. Yo la escuchaba y al mismo tiempo no podía dejar de mirarle la boca.

Cuando nos besamos fue ella la que tomó la iniciativa. Me empujó suavemente hacia adentro, cerró la puerta del balcón con el pie y se quedó pegada a mí. El beso empezó lento y en menos de un minuto ya tenía la lengua adentro de mi boca y una mano metida debajo de mi remera.

—Hace rato que no me cogen como se debe —me susurró contra los labios—. No me trates como si fuera de porcelana.

La llevé hasta el sillón. Ella se sacó el top de un tirón y me agarró la cabeza para que le chupara las tetas. Tenía los pezones duros y se le erizaba la piel cada vez que le pasaba la lengua. Mientras yo le mordía uno, ella se bajó el cierre de los shorts y se metió dos dedos adentro, mojándose todavía más. Se tocaba despacio, abriéndose un poco para que yo viera, y me miraba fijamente.

—Mirame —me dijo—. Quiero que me veas mientras me toco.

Me arrodillé entre sus piernas. Le saqué las medias de red con calma, una por una, y le abrí los labios con los dedos. Estaba empapada. Le pasé la lengua de abajo hacia arriba, lento, y después me concentré en el clítoris. Ella soltó un gemido largo y se agarró del respaldo del sillón. Cuando le metí dos dedos y empecé a moverlos en círculo buscando el punto, se le escapó un “ahí… justo ahí” y empujó la cadera contra mi mano. Seguí así un buen rato, alternando entre chuparle el clítoris y meterle los dedos más profundo. Cada vez que sentía que se acercaba, aflojaba un poco, solo para volver a subir la intensidad. Ella empezó a respirar más agitada, se le puso la cara colorada y me apretó la cabeza con las manos.

—No pares… por favor… ahí…

Se corrió con un gemido largo, temblando, apretándome los dedos adentro. Me quedé un momento más lamiéndola despacio mientras se le pasaba el orgasmo. Después se incorporó un poco, me miró con los ojos entrecerrados y me dijo:

—Subí. Quiero sentirte.

Me saqué la ropa. Ella me agarró la pija con la mano, la acarició un poco y después se la restregó entre los labios, mojándola. Me guió para que entrara. Estaba tan mojada que se deslizó fácil. Empecé a cogerla lento, profundo, y ella me rodeó con las piernas y me clavó las uñas en la espalda. Cada vez que llegaba al fondo soltaba un gemido contra mi cuello y me pedía que no sacara tanto.

—Más adentro… así… no pares.

La di vuelta y la puse de cuatro sobre el sillón. Le agarré la cintura y empecé a embestirla más fuerte. El sonido de mi pija entrando y saliendo de su concha se escuchaba claro. Ella se arqueó un poco y se tocó el clítoris con dos dedos mientras yo la culeaba. En un momento se dio vuelta la cabeza y me miró por encima del hombro, con el pelo pegado a la cara:

—Decime cómo se siente…

—Estás empapada —le contesté—. Se te escucha todo.

Ella se rio entre gemidos y empujó el culo hacia atrás, pidiendo más. La agarré del pelo con una mano, sin tironear fuerte, y le di más profundo. Se le escapó un gemido más alto. Seguí así varios minutos, cambiando el ritmo: a veces lento y hondo, otras más rápido y corto. Ella se corrió otra vez, apretándome con fuerza, y yo tuve que frenar un segundo para no venirme también.

La di vuelta de nuevo y la acosté de espaldas. Me metí otra vez y empecé a cogerla mirándola a la cara. Ella me agarró del cuello y me besó mientras yo la embestía. En un momento me susurró:

—Más despacio… quiero sentirte todo.

Bajé el ritmo. Me movía casi sin sacar, frotándome contra ella, y ella me rodeaba con las piernas y me apretaba la espalda. Se le escapaban gemidos bajos, cerca de mi oído. Después me pidió que la pusiera de costado. Me acomodé detrás de ella, le levanté una pierna y volví a entrar. Desde esa posición podía tocarle el clítoris con los dedos mientras la culeaba. Ella se arqueó contra mí y empezó a mover la cadera al mismo tiempo.

—Así… no pares… estoy cerca otra vez…

Se corrió por tercera vez, más fuerte que las anteriores, apretándome tanto que casi me saca. Yo seguí un poco más, pero ya no aguantaba. Me susurró:

—Venite adentro… quiero sentirlo.

Me vine profundo, agarrándola de la cadera, y ella se quedó quieta un segundo, sintiendo cómo latía adentro suyo. Después se dejó caer de costado, respirando agitada, con una mano sobre el pecho.

Nos quedamos un rato en silencio. Ella se pasó un dedo entre las piernas, se miró la leche que se le escapaba y soltó una risa chica.

—Tu amigo nunca me venía adentro —dijo—. Le daba cosa.

Me miró de costado, todavía con la respiración irregular.

—No le cuentes. O sí… como quieras.

Esa noche no volvimos a hablar de él. Más tarde nos pasamos a la cama y cogimos otra vez, más lento, casi sin hablar. Ella se durmió con la cabeza en mi pecho y yo me quedé un rato despierto, mirando el techo
Fin.

Les dejo unas fotos que me compartió el seguidor de ella
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