El calor del Amazonas era una cosa viva que nos envolvía desde el primer día. Yo, Brandon, de dieciocho años, iba caminando detrás de mi madre Claudia y mi primo Jesús. Ella llevaba una blusa blanca que ya estaba empapada de sudor y se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Sus tetas enormes rebotaban con cada paso, pesadas y redondas, y su culo grande se marcaba claramente en los pantalones cortos que usaba. Jesús, gordo y sudoroso, cargaba la mochila más pesada sin quejarse.
Los primeros tres días fueron un infierno. Nos quedamos sin agua potable, la comida se acabó rápido y los mosquitos nos devoraban vivos. Dormíamos en el suelo entre raíces y hojas mojadas. Claudia se quejaba del dolor de espalda por el peso de sus tetas y por dormir mal. Yo intentaba ayudarla, pero Jesús siempre se adelantaba, ofreciéndole su hombro para que se apoyara o cargando sus cosas.
Al cuarto día Jesús encontró un claro cerca de un arroyo. Dijo que podíamos quedarnos allí un tiempo mientras buscábamos la salida. Empezó a trabajar sin descanso. Con lianas, troncos y hojas grandes construyó dos cabañas pequeñas. Una para él y otra para mi madre y para mí. Las camas eran improvisadas: plataformas de madera cubiertas con hojas secas y mantas que habíamos traído. Eran incómodas pero mejor que el suelo.
Los primeros días después de tener las cabañas fueron tranquilos. Recolectábamos frutas, pescábamos en el arroyo y tratábamos de mantener la moral alta. Pero algo empezó a cambiar con Jesús. Se quedaba mirando a Claudia mucho tiempo cuando ella se agachaba a recoger algo o cuando se bañaba en el arroyo. Una vez la vi salir del agua completamente desnuda porque se había mojado toda la ropa. Sus tetas grandes goteaban agua y su culo redondo brillaba bajo el sol. Jesús se quedó paralizado mirándola. Ella se rio y le dijo que no era nada, que éramos familia. Pero yo noté cómo se le hinchó la entrepierna de los pantalones.
Al principio intenté ignorarlo. Pensé que era solo el estrés de estar perdidos. Pero cada día era peor. Jesús empezaba a sentarse muy cerca de Claudia cuando comíamos. Le ponía la mano en la pierna "para quitarle un insecto". Le ofrecía masajes en los hombros porque decía que estaba tensa. Claudia reía y aceptaba. Decía que Jesús era muy considerado. Yo me sentía incómodo pero no sabía qué decir.
Una noche, después de una semana, no podía dormir. Me levanté a mear fuera de la cabaña. Vi luz dentro de la cabaña de Jesús. Me acerqué despacio. A través de las rendijas de las paredes vi a mi primo sentado en su cama. Claudia estaba de pie frente a él, solo con una toalla alrededor del cuerpo. Sus tetas enormes apenas cabían bajo la tela. Jesús tenía las manos en sus caderas.
—Estás muy apretada aquí —le dijo Jesús tocando sus tetas por encima de la toalla—. Déjame ayudarte.
Claudia rio nerviosa pero no se apartó. Dejó que Jesús le bajara la toalla. Sus tetas enormes cayeron pesadamente, los pezones grandes y oscuros. Jesús las tomó con sus manos gordas y empezó a masajearlas. Claudia cerró los ojos y suspiró.
—Jesús, esto está mal —dijo ella, pero su voz no sonaba convencida.
—Nadie tiene que saberlo —respondió él, y se puso de pie. Su barriga gorda rozó el estómago de Claudia mientras le chupaba un pezón. Ella gimió suavemente.
Me fui antes de ver más. Volví a mi cabaña con el corazón latiendo fuerte. No podía creer lo que había visto. Mi primo tocando a mi madre. Y ella dejándolo.
Los días siguientes fueron una tortura. Jesús se volvía más atrevido. Durante el día le pedía a Claudia que se sentara en su regazo porque "el suelo estaba húmedo". Ella aceptaba. Yo veía cómo su culo grande se acomodaba sobre la entrepierna de Jesús. Él le rodeaba la cintura con los brazos y le susurraba cosas al oído que la hacían reír.
Una tarde Claudia estaba lavando ropa en el arroyo. Llevaba solo una camiseta fina sin sostén y shorts. El agua fría le había puesto los pezones duros y se marcaban claramente a través de la tela. Jesús se acercó por detrás y le puso las manos en las tetas, fingiendo que la ayudaba a lavar.
—Estás muy fría —le dijo—. Déjame calentarte.
Claudia se rio pero no lo apartó. Se recostó contra su cuerpo gordo mientras él le apretaba las tetas y le besaba el cuello. Yo estaba escondido entre los árboles, viendo todo. Mi polla se había puesto dura sin querer. Me odié por eso.
Esa noche Claudia no durmió en nuestra cabaña. Dijo que iba a ayudar a Jesús a revisar las trampas de pesca. No volvió hasta el amanecer. Cuando regresó tenía el pelo revuelto y caminaba raro. Se metió en la cama sin decir nada.
Al día siguiente decidí explorar más lejos. Encontré un sendero que parecía llevar a alguna parte. Estaba seguro de que era la salida. Regresé corriendo a contárselo.
—¡Encontré la salida! —les dije a Claudia y Jesús cuando llegué al campamento—. Podemos irnos mañana.
Claudia y Jesús se miraron. Ella estaba sentada en el regazo de Jesús otra vez, sus tetas grandes contra su pecho gordo.
—Brandon, cariño —dijo ella con voz suave—, creo que vamos a quedarnos un poco más.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Aquí estamos bien —respondió Jesús, acariciando el muslo de Claudia—. Tenemos comida, agua, refugio. ¿Para qué volver?
—Pero… —empecé a decir, pero Claudia me interrumpió.
—Brandon, tu primo me cuida muy bien. Me siento segura aquí. Además, tu padre no tiene que saber nada de esto.
Me di cuenta de que ella ya había tomado la decisión. Jesús le subió la mano por la camisa y le agarró una teta mientras me miraba. Claudia gimió pero no lo detuvo.
Esa noche empecé a empacar mis cosas. Iba a irme solo. Pero algo me detuvo. Quería ver qué pasaba. Quería entender por qué mi madre prefería quedarse con mi primo gordo en medio de la selva antes que volver a casa.
Me escondí cerca de la cabaña de Jesús. Vi cuando Claudia entró. Llevaba solo una camisa larga que le llegaba a las caderas. Jesús estaba desnudo en la cama, su polla gorda y erecta apuntando hacia arriba. Claudia se quitó la camisa. Sus tetas enormes se balancearon libremente y su culo redondo brilló a la luz de la lámpara.
—Ven aquí —le ordenó Jesús.
Claudia se acercó y se arrodilló entre sus piernas. Tomó su polla gorda con ambas manos y empezó a chuparla. La lengua de mi madre rodeaba la cabeza de la polla de Jesús mientras él gemía y le agarraba el pelo.
—Eso es, mamita —dijo Jesús—. Chúpala toda.
Claudia metió la polla de Jesús hasta el fondo de su garganta. Su saliva goteaba por la barbilla mientras hacía ruidos húmedos. Jesús le empujaba la cabeza hacia abajo, follándole la boca. Ella se atragantaba pero seguía chupando.
Después de varios minutos Jesús la levantó y la puso en cuatro patas sobre la cama. Su culo grande quedó en el aire. Jesús se arrodilló detrás de ella y le metió la polla de un solo empujón. Claudia gritó de placer. Jesús empezó a follarla fuerte, sus caderas gordas golpeando contra el culo de mi madre. Las tetas de Claudia rebotaban violentamente con cada embestida.
—Más fuerte —suplicó Claudia—. Fóllame más fuerte, Jesús.
Jesús le dio una nalgada y aumentó el ritmo. El sonido de piel contra piel llenaba la cabaña. Claudia gemía como una puta, pidiendo más. Jesús le agarró las tetas desde atrás y las apretó mientras la follaba.
—Tu hijo nos está viendo —le dijo Jesús a Claudia entre embestidas—. ¿Te gusta que te vea follándote a tu sobrino?
—Sí —gimió Claudia—. Me encanta que Brandon vea cómo me cojo a su primo.
Me corrí en mis pantalones sin tocarme. Vi cómo Jesús se corría dentro de mi madre, llenándole el coño de semen. Claudia se corrió al mismo tiempo, temblando y gritando.
Al día siguiente les dije que me iba. Ellos me despidieron con una sonrisa. Claudia me dio un beso en la mejilla como si nada hubiera pasado. Jesús me dio una palmada en el hombro.
—Cuídate, primo —dijo—. Tal vez nos veamos pronto.
Caminé solo por la selva durante dos días hasta encontrar la civilización. Cuando llegué a la ciudad más cercana llamé a la policía. Les conté que mi madre y mi primo estaban perdidos en el Amazonas. Organizaron un rescate.
Pero cuando llegaron al campamento, Claudia y J
esús ya no estaban. Habían dejado las cabañas vacías. Nadie los encontró nunca.
Los primeros tres días fueron un infierno. Nos quedamos sin agua potable, la comida se acabó rápido y los mosquitos nos devoraban vivos. Dormíamos en el suelo entre raíces y hojas mojadas. Claudia se quejaba del dolor de espalda por el peso de sus tetas y por dormir mal. Yo intentaba ayudarla, pero Jesús siempre se adelantaba, ofreciéndole su hombro para que se apoyara o cargando sus cosas.
Al cuarto día Jesús encontró un claro cerca de un arroyo. Dijo que podíamos quedarnos allí un tiempo mientras buscábamos la salida. Empezó a trabajar sin descanso. Con lianas, troncos y hojas grandes construyó dos cabañas pequeñas. Una para él y otra para mi madre y para mí. Las camas eran improvisadas: plataformas de madera cubiertas con hojas secas y mantas que habíamos traído. Eran incómodas pero mejor que el suelo.
Los primeros días después de tener las cabañas fueron tranquilos. Recolectábamos frutas, pescábamos en el arroyo y tratábamos de mantener la moral alta. Pero algo empezó a cambiar con Jesús. Se quedaba mirando a Claudia mucho tiempo cuando ella se agachaba a recoger algo o cuando se bañaba en el arroyo. Una vez la vi salir del agua completamente desnuda porque se había mojado toda la ropa. Sus tetas grandes goteaban agua y su culo redondo brillaba bajo el sol. Jesús se quedó paralizado mirándola. Ella se rio y le dijo que no era nada, que éramos familia. Pero yo noté cómo se le hinchó la entrepierna de los pantalones.
Al principio intenté ignorarlo. Pensé que era solo el estrés de estar perdidos. Pero cada día era peor. Jesús empezaba a sentarse muy cerca de Claudia cuando comíamos. Le ponía la mano en la pierna "para quitarle un insecto". Le ofrecía masajes en los hombros porque decía que estaba tensa. Claudia reía y aceptaba. Decía que Jesús era muy considerado. Yo me sentía incómodo pero no sabía qué decir.
Una noche, después de una semana, no podía dormir. Me levanté a mear fuera de la cabaña. Vi luz dentro de la cabaña de Jesús. Me acerqué despacio. A través de las rendijas de las paredes vi a mi primo sentado en su cama. Claudia estaba de pie frente a él, solo con una toalla alrededor del cuerpo. Sus tetas enormes apenas cabían bajo la tela. Jesús tenía las manos en sus caderas.
—Estás muy apretada aquí —le dijo Jesús tocando sus tetas por encima de la toalla—. Déjame ayudarte.
Claudia rio nerviosa pero no se apartó. Dejó que Jesús le bajara la toalla. Sus tetas enormes cayeron pesadamente, los pezones grandes y oscuros. Jesús las tomó con sus manos gordas y empezó a masajearlas. Claudia cerró los ojos y suspiró.
—Jesús, esto está mal —dijo ella, pero su voz no sonaba convencida.
—Nadie tiene que saberlo —respondió él, y se puso de pie. Su barriga gorda rozó el estómago de Claudia mientras le chupaba un pezón. Ella gimió suavemente.
Me fui antes de ver más. Volví a mi cabaña con el corazón latiendo fuerte. No podía creer lo que había visto. Mi primo tocando a mi madre. Y ella dejándolo.
Los días siguientes fueron una tortura. Jesús se volvía más atrevido. Durante el día le pedía a Claudia que se sentara en su regazo porque "el suelo estaba húmedo". Ella aceptaba. Yo veía cómo su culo grande se acomodaba sobre la entrepierna de Jesús. Él le rodeaba la cintura con los brazos y le susurraba cosas al oído que la hacían reír.
Una tarde Claudia estaba lavando ropa en el arroyo. Llevaba solo una camiseta fina sin sostén y shorts. El agua fría le había puesto los pezones duros y se marcaban claramente a través de la tela. Jesús se acercó por detrás y le puso las manos en las tetas, fingiendo que la ayudaba a lavar.
—Estás muy fría —le dijo—. Déjame calentarte.
Claudia se rio pero no lo apartó. Se recostó contra su cuerpo gordo mientras él le apretaba las tetas y le besaba el cuello. Yo estaba escondido entre los árboles, viendo todo. Mi polla se había puesto dura sin querer. Me odié por eso.
Esa noche Claudia no durmió en nuestra cabaña. Dijo que iba a ayudar a Jesús a revisar las trampas de pesca. No volvió hasta el amanecer. Cuando regresó tenía el pelo revuelto y caminaba raro. Se metió en la cama sin decir nada.
Al día siguiente decidí explorar más lejos. Encontré un sendero que parecía llevar a alguna parte. Estaba seguro de que era la salida. Regresé corriendo a contárselo.
—¡Encontré la salida! —les dije a Claudia y Jesús cuando llegué al campamento—. Podemos irnos mañana.
Claudia y Jesús se miraron. Ella estaba sentada en el regazo de Jesús otra vez, sus tetas grandes contra su pecho gordo.
—Brandon, cariño —dijo ella con voz suave—, creo que vamos a quedarnos un poco más.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Aquí estamos bien —respondió Jesús, acariciando el muslo de Claudia—. Tenemos comida, agua, refugio. ¿Para qué volver?
—Pero… —empecé a decir, pero Claudia me interrumpió.
—Brandon, tu primo me cuida muy bien. Me siento segura aquí. Además, tu padre no tiene que saber nada de esto.
Me di cuenta de que ella ya había tomado la decisión. Jesús le subió la mano por la camisa y le agarró una teta mientras me miraba. Claudia gimió pero no lo detuvo.
Esa noche empecé a empacar mis cosas. Iba a irme solo. Pero algo me detuvo. Quería ver qué pasaba. Quería entender por qué mi madre prefería quedarse con mi primo gordo en medio de la selva antes que volver a casa.
Me escondí cerca de la cabaña de Jesús. Vi cuando Claudia entró. Llevaba solo una camisa larga que le llegaba a las caderas. Jesús estaba desnudo en la cama, su polla gorda y erecta apuntando hacia arriba. Claudia se quitó la camisa. Sus tetas enormes se balancearon libremente y su culo redondo brilló a la luz de la lámpara.
—Ven aquí —le ordenó Jesús.
Claudia se acercó y se arrodilló entre sus piernas. Tomó su polla gorda con ambas manos y empezó a chuparla. La lengua de mi madre rodeaba la cabeza de la polla de Jesús mientras él gemía y le agarraba el pelo.
—Eso es, mamita —dijo Jesús—. Chúpala toda.
Claudia metió la polla de Jesús hasta el fondo de su garganta. Su saliva goteaba por la barbilla mientras hacía ruidos húmedos. Jesús le empujaba la cabeza hacia abajo, follándole la boca. Ella se atragantaba pero seguía chupando.
Después de varios minutos Jesús la levantó y la puso en cuatro patas sobre la cama. Su culo grande quedó en el aire. Jesús se arrodilló detrás de ella y le metió la polla de un solo empujón. Claudia gritó de placer. Jesús empezó a follarla fuerte, sus caderas gordas golpeando contra el culo de mi madre. Las tetas de Claudia rebotaban violentamente con cada embestida.
—Más fuerte —suplicó Claudia—. Fóllame más fuerte, Jesús.
Jesús le dio una nalgada y aumentó el ritmo. El sonido de piel contra piel llenaba la cabaña. Claudia gemía como una puta, pidiendo más. Jesús le agarró las tetas desde atrás y las apretó mientras la follaba.
—Tu hijo nos está viendo —le dijo Jesús a Claudia entre embestidas—. ¿Te gusta que te vea follándote a tu sobrino?
—Sí —gimió Claudia—. Me encanta que Brandon vea cómo me cojo a su primo.
Me corrí en mis pantalones sin tocarme. Vi cómo Jesús se corría dentro de mi madre, llenándole el coño de semen. Claudia se corrió al mismo tiempo, temblando y gritando.
Al día siguiente les dije que me iba. Ellos me despidieron con una sonrisa. Claudia me dio un beso en la mejilla como si nada hubiera pasado. Jesús me dio una palmada en el hombro.
—Cuídate, primo —dijo—. Tal vez nos veamos pronto.
Caminé solo por la selva durante dos días hasta encontrar la civilización. Cuando llegué a la ciudad más cercana llamé a la policía. Les conté que mi madre y mi primo estaban perdidos en el Amazonas. Organizaron un rescate.
Pero cuando llegaron al campamento, Claudia y J
esús ya no estaban. Habían dejado las cabañas vacías. Nadie los encontró nunca.
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