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Compendio III
49: ENTREGA INFORMAL II (Final)
Las ruedas golpearon el bordillo al entrar en la entrada del Hyatt, las ventanillas aún abajo para disipar el aroma a sexo y anchoas. Celeste rebuscó en su bolso: un bolso de mano pequeño que probablemente costaba más que mi laptop… y sacó un frasco de perfume de viaje. Lo roció entre sus pechos con facilidad, la neblina atrapando la luz como polvo de diamantes. Lavanda y algo más oscuro, especiado, nos envolvió.
La mirada del valet se detuvo un poco más en la ventana empañada del pasajero, su sonrisa mal disimulada bajo una máscara de cortesía corporativa. Celeste le entregó las llaves con una sonrisa capaz de fundir vidrio, sus labios con olor a frambuesa curvándose en las esquinas.
• ¡Sé un amor y tráenos a Liam! ¿Sí? - Arrulló, deslizándole un billete doblado con la gracia de una mujer que conocía el precio exacto de sus favores.

El lobby era una lección de lujo discreto… luces bajas, pisos de mármol que tragaban el taconeo de Celeste con cada paso deliberado. Liam apareció tras el mostrador de conserjería como el asistente de un mago, su sonrisa afilada como cristal.
> ¡Bienvenidos al Hyatt! - Su mirada saltó al botón desabrochado de Celeste antes de recuperar la neutralidad profesional… aunque el tic en su comisura lo delató. - ¿Cómo puedo ayudarlos?

Debo admitir que Liam tenía su encanto para un veinteañero: esa sonrisa pulcra y juvenil que hacía que mujeres maduras le deslizaran billetes extra "por el excelente servicio". Sus dedos tamborilearon el mostrador pulido mientras la blusa de Celeste cedía otra vez, la seda rozando su piel aún ruborizada por lo ocurrido en la camioneta. La sonrisa de Liam no vaciló. Probablemente no éramos los primeros en hacer este arreglo inusual para engañar maridos.
- Sin llamadas a su habitación. Sin interrupciones. Sin servicio de habitación. - Aplasté un fajo de billetes en su palma, sintiendo los bordes crujientes contra sus yemas callosas. Sus dedos se cerraron sobre el dinero con la precisión de una caja fuerte.
> ¡Entendido! - dijo Liam con un guiño tan ensayado que parecía coreografiado. - Y si el caballero llama… (añadió, inclinándose lo justo para que su colonia cítrica chocara con la lavanda de Celeste.) diré que la dama está en un tour de viñedos.
Nuestra sonrisa mutua fue puros dientes y cero remordimientos. La clase de complicidad que hace a hombres maduros aferrarse a sus perlas y a sus esposas suspirar en los martinis. Liam pulsó el botón del ascensor con floritura, su zapato lustrado chirriando al retroceder. Las puertas se abrieron en un susurro, tragándonos enteros.
Ya en el ascensor, estábamos a salvo. Los labios de Celeste no podían esperar más. El regusto ácido de mis fluidos ardía en su lengua al aplastar su boca contra la mía, sus dedos enredándose en mi cuello de camisa como si quisiera arrancármela. Las puertas ni siquiera se habían cerrado del todo cuando sus caderas me empinaron contra el espejo, la superficie fría calando mis pantalones mientras su muslo se deslizaba entre mis piernas.

El ascensor se sacudió al subir, pegando a Celeste contra mí. Su muslo ascendió aún más, la presión rozando lo doloroso. Mi corbata me estranguló cuando ella la tiró (mitad juguetona, mitad desesperada) antes de lanzarla con un movimiento de muñeca. La seda resbaló por el espejo como una serpiente descartada.
• ¡Estás muy vestido! – se quejó contra mi mandíbula, su aliento caliente donde me había mordido antes.
Sus dedos hicieron trizas los botones de mi camisa con eficiencia práctica. El tercero rebotó contra la pared, perdido cerca del botón de emergencia.
Atrapé sus muñecas, clavándolas contra la barandilla metálica.
- ¡Despacio! - Pero el ronquido de mi voz me delató… ella se arqueó contra la sujeción, probando mi control con un movimiento de caderas que hizo chocar mis dientes.
La risa de Celeste fue pecado puro.
• ¡Oblígame! - Retorció sus muñecas… no para escapar, sino para arrastrar sus uñas por mis antebrazos. El ardor viajó directo a mi entrepierna.
La blusa de Celeste se abría donde había roto una costura antes, revelando el borde de encaje de su sostén y la piel ruborizada debajo. Su pulso martillaba visiblemente en su cuello cuando me incliné, lo suficiente para saborear el salitre en su piel.
• ¡Mierda! - exhaló contra mi boca, su acento británico inesperadamente basto, sus palmas aplanándose contra mi pecho.

El ascensor se sacudió hacia arriba, haciéndola tropezar contra mí. Mis manos atraparon sus caderas, hundiéndose en la seda de su falda. La tela estaba caliente por el cuero de la camioneta, húmeda de sudor en la curva de su espalda donde mi agarre había dejado arrugas antes.
Ella rió (un sonido entrecortado) y arrastró sus uñas por mi corbata.
- ¡Estás arrugado! - murmuró, pellizcando la tela con falsa desaprobación. Sus labios se entreabrieron levemente (no por sorpresa, sino anticipación) cuando mi pulgar trazó el borde húmedo de su liga a través de la seda.
• ¡Pues arréglalo! - desafié, elevando la barbilla mientras los dedos de Celeste danzaban sobre mi corbata arruinada.
Sus dedos deshicieron el nudo con una precisión rayana en lo reverencial. Al llegar a su habitación, desvestirnos se convirtió en una danza de desesperación contenida… cada botón liberado, cada cremallera bajada con lentitud excesiva, como si ambos saboreáramos más la anticipación que el acto mismo. La corbata cayó primero, enroscándose a nuestros pies como una serpiente descartada. La blusa de Celeste siguió, abierta de par en par, el encaje de su sostén cediendo ante el suave volumen de sus pechos, mientras mi cinturón colgaba flojo y mi camisa fuera del pantalón, pegada al sudor en mi espalda baja.
Avanzamos al salón con pasos apresurados pero calculados, como queriendo conservar un ápice de dignidad.
• ¿Ansioso, eh?
El aliento de Celeste se cortó cuando mis manos se cerraron en sus caderas, guiándola hacia atrás contra las puertas cerradas del balcón. El sol de la tarde doraba su clavícula donde la blusa se abría, el encaje de su sostén contrastando con su piel aún arrebolada por lo de la camioneta.
- ¡Marco…!

Su protesta se deshizo en risas cuando la inmovilicé contra el vidrio frío. Abajo, Melbourne se extendía en una cuadrícula de hormigón bañado de luz y bocinas lejanas, pero aquí arriba, la brisa solo traía su lavanda y el regusto salado de nuestro esfuerzo previo.
Mi idea era abrirle la mente… mostrarle que el sexo no se limitaba al dormitorio, que el peligro de ser vista electrizaba cada nervio de formas que no había imaginado, algo que enloquece a mi esposa Marisol cada vez que lo hacemos.
Las puertas del balcón se deslizaron abiertas con un susurro, dejando entrar una ráfaga de aire cálido y el zumbido lejano del tráfico treinta pisos abajo. Celeste jadeó cuando la empiné contra la barandilla: su blusa de seda ondeando contra mi pecho, el metal frío incluso a través de la delgada tela de su falda.
- ¡Mira abajo! - susurré en su oído.

Los dedos de Celeste se clavaron en mis antebrazos, sus nudillos blanqueando mientras vacilaba… pero la curiosidad ganó. Miró hacia abajo, más allá de la barandilla de hierro forjado, hacia el vértigo de la caída. La fachada del hotel se desplomaba treinta pisos hasta el bullicio de peatones y coches como hormigas.
Su respiración se cortó, muslos apretándose contra los míos…
• ¡Alguien podría…!
- ¿Vernos? —mordisqueé su lóbulo. - ¡Exacto!
Una brisa trajo su lavanda mezclada con el ozono de la altura. Abajo, figuras minúsculas corrían por las aceras, ajenas. Celeste estremeció cuando mis manos se deslizaron bajo su falda, siguiendo el encaje de sus medias. La goma mordió mis dedos.
• ¡Estás loco! - jadeó, pero igual se arqueó contra mi tacto, sus caderas inclinándose para presionar contra mi palma.
La seda de sus bragas ya estaba empapada, pegándose a su piel mientras mis dedos trazaban el contorno húmedo de sus labios. Sus muslos temblaban contra los míos, los músculos tensos por el esfuerzo de permanecer quieta.
Sonreí contra su cuello…
- ¡Y estás mojada! - Mis dedos la encontraron a través de la seda húmeda. Ella gimió, muslos apretándose alrededor de mi muñeca. - ¿Ya?
Arañó mis hombros, uñas raspando el algodón…
• ¡Tú… ah… me probaste primero!
Su queja se perdió en un jadeo cuando mi pulgar circuló su clítoris a través de la tela, el tejido adhiriéndose a sus pliegues con cada roce. Las caderas de Celeste se sacudieron… el instinto venciendo al decoro… su falda arrugándose alrededor de mi muñeca mientras presionaba más fuerte. Abajo, una ráfaga de viento arrebató una servilleta treinta pisos hacia la calle, ignorada por los peatones.
Celeste estaba entre asustada y excitada: aunque el balcón tenía protecciones contra caídas, estaba a mi merced. Pero no quería asustarla. Al notar que la vista la impresionó lo suficiente, la tomé en brazos y la besé, clavándola contra una pared lateral. Se derritió mientras mis dedos jugueteaban frenéticamente con su coño, haciéndola jadear y morderse los labios de placer.
Hasta que mis pantalones cayeron y vio el cañón bajo mi ropa interior. Entonces entendió lo que pasaría.
• ¡Ahh!... ¿Aquí? - ronroneó, maravillada ante la idea.

Asentí frenéticamente, mi sonrisa llena de travesura.
Las uñas de Celeste arañaron la barandilla metálica mientras empujaba más hondo, su respiración entrecortándose en jadeos que el viento se llevaba. La fachada de vidrio del edificio frente a nosotros reflejaba el sol de la tarde… destellos cegadores que la hicieron cerrar los ojos, sus pestañas aleteando como alas de polilla.
• ¡Dios mío! - Su voz quebró cuando mis dedos se hundieron en sus caderas, ajustándola para clavarme más.

La tirante de su sostén había resbalado de su hombro, el encaje balanceándose con cada respiro entrecortado.
Una ráfaga violenta abrió su blusa, exponiendo su espalda al horizonte. El contraste era obsceno… la seda elegante arremolinándose en sus codos mientras mi verga la abría, su cuerpo aceptándome con un roce húmedo y ansioso. Abajo, la ciudad seguía su ritmo, ajena. Una gaviota se posó en la barandilla vecina, girando la cabeza con curiosidad aviar antes de alzar el vuelo con indiferencia.
Celeste gimió cuando aminoré, torturándola con empujones superficiales que apenas rozaban su punto dulce.
• ¡No…por favor!
Sus caderas se sacudieron buscando fricción, pero la sostuve quieta, saboreando cómo sus músculos internos se contraían alrededor de mí en protesta. El viento arrastró el lejano aullido de una sirena, el sonido fundiéndose con el torrente de sangre en mis oídos. Sus muslos temblaban contra los míos, tensos como cuerdas de arco.
• ¡Alguien… ah… podría vernos! - jadeó de nuevo, su voz quebrándose en un gemido al clavarme más hondo, la barandilla fría contra sus muslos desnudos.
Sus dedos arañaron el hierro forjado, uñas haciendo clic contra el metal mientras su cuerpo se arqueaba hacia el mío. El viento abrió su blusa del todo ahora, exponiendo sus pechos al horizonte… el sostén de encaje ocultando poco sus pezones endurecidos contra la tela delicada.
Arrastré los dientes por su cuello, saboreando sal y lavanda.
- Solo si miran hacia arriba…
Mi palma se extendió sobre su vientre, sujetándola mientras la otra mano enganchaba la cintura de sus bragas. El encaje chasqueó contra su piel antes de ceder, enrollándose en su tobillo como una cinta descartada.
- O hacia allá... - señalé el edificio a pocos metros.

Era un gigante corporativo de Melbourne… quizás un banco o la sede de otra minera. No lo supe entonces, no me importa ahora. Pero los dedos de Celeste se apretaron alrededor de la barandilla, su respiración superficial mientras miraba las ventanas reflectantes frente a nosotros. El vidrio solo mostraba cielo, pero su imaginación pintaba una escena mucho más obscena: algún ejecutivo trajeado pausando su hoja de cálculo, su café enfriándose mientras atisbaba sus muslos desnudos abiertos contra el balcón, mis manos agarrándole las caderas con fuerza suficiente para dejar moretones.
Cuando hundí mi verga hasta el fondo, Celeste soltó un suspiro de alivio… el tipo que surge al ser estirada justo después de demasiado tiempo vacía. Sus uñas marcaron mis antebrazos mientras la inmovilizaba contra la pared del balcón, dejando que su peso cayera sobre mí. La primera fricción lenta arrancó un gemido de su garganta que el viento se llevó, sus caderas moviéndose instintivamente al ritmo de las mías. La seda de su falda se enredó entre nosotros, arrugada alrededor de mis muñecas donde agarraba sus muslos.

A veces, una ráfaga de viento helaba mi cuello sudoroso, pero tragaba la molestia… Celeste realmente me deseaba.
El viento azotó entre los edificios, arrastrando el aroma a lavanda de Celeste mezclado con el almizcle de nuestros cuerpos. Sus muslos temblaban contra los míos mientras me movía dentro de ella, el ritmo lento pero profundo, cada embestida calculada para arrancarle jadeos. La barandilla le hundía en la espalda baja, dejando marcas rojizas que desaparecerían al anochecer.
• ¡Marco…! - Su voz quebró al rozar ese punto que hizo que sus dedos se enroscaran en los tacones abandonados. Sus uñas rasparon mis antebrazos, dejando estelas pálidas.
Besé el ángulo de su mandíbula, saboreando sal.
- ¡Dime qué ves!
Su mirada saltó hacia la torre de oficinas frente a nosotros… piso tras piso de ventanas oscuras, excepto una esquina iluminada veinte plantas arriba. Una silueta se movía tras el cristal.
• ¡Dios mío! —se estremeció, sus caderas sacudiéndose involuntariamente. - ¡Hay... alguien!
Mordisqueé su lóbulo...
- ¡Déjalos mirar!
Un gemido gutural escapó de su garganta cuando me clavé más hondo, la fricción enviando chispas por mi columna. El murmullo lejano de la ciudad se desvaneció bajo su respiración entrecortada y el sonido húmedo de piel contra piel. Su blusa ondeó abierta, la seda flameando como una bandera de rendición.
La cabeza de Celeste cayó contra mi hombro, sus pupilas dilatadas.
• ¡Más rápido! - suplicó, la palabra disolviéndose en un gemido cuando obedecí.

Sus muslos se cerraron alrededor de los míos mientras la empujaba, la barandilla mordiendo su espalda baja con cada embestida. A través del vacío entre edificios, la silueta en la ventana iluminada se congeló: una marioneta de sombras atrapada en mitad de un gesto. La respiración de Celeste se cortó al notarlo, su cuerpo apretándose alrededor mío de una manera que nubló mi visión.
La ventana reflejaba la luz agonizante del sol… destellos dorados sobre piel brillante de sudor. Por un instante, la silueta dudó, volviéndose hacia nosotros. Celeste contuvo el aliento.
• ¡Están…!
- ¿Mirando? - gruñí, agarrando su cadera con más fuerza. - ¡Bien!

Su orgasmo llegó como un temblor… espalda arqueándose, muslos estrujándose alrededor míos mientras ahogaba su grito contra mi bíceps. Las réplicas la sacudieron en oleadas, su cuerpo palpitándome hasta que la seguí con un gemido, mi frente hundida entre sus omóplatos.
Seguí empujándola contra la pared con fuerza creciente. Aunque no me excitaba exhibirnos, la idea de corromper a Celeste (de convertir la refinada rosa inglesa de Reginald en un ser jadeante y desesperado) enviaba una corriente oscura de satisfacción por mis venas. Cada embestida era venganza, cada gemido arrancado de su garganta un dedo medio al hombre que creía intocable. La barandilla del balcón vibraba levemente al ritmo de nuestros cuerpos, el sonido ahogado por los quejidos sofocados de Celeste.
Para ella, claro, era un descubrimiento asombroso: no solo alcanzó su primer orgasmo en años, sino que estaba con alguien capaz de hacerla venir una y otra vez.
- ¡Te están viendo! —me burlé, mi voz áspera contra su oreja.
Celeste gimió (una negación débil y excitada) pero sus caderas se movieron hacia atrás, tomándome más hondo. El viento arrebató su gemido y lo lanzó sobre el horizonte.
- ¡La puta esposa del CEO interino siendo follada hasta perder la cabeza!
No dejé de clavarme dentro de ella. Sus muslos se cerraron alrededor de los míos mientras agarraba su trasero bajo la falda. Sus jadeos eran entrecortados ahora, sus dedos arañando la barandilla buscando apoyo mientras la empujaba con fuerza brutal.
Celeste rio débilmente, su voz ronca.
• ¡Estás loco!

Besé su nuca, saboreando sal y lavanda.
- ¡Y te encanta!
Celeste giró en mis brazos, su espalda ahora contra el muro del balcón mientras me miraba directamente. El viento revolvió su cabello, mechones pegados a su frente húmeda. Sus labios (hinchados por los besos) se entreabrieron mientras recuperaba el aliento. La blusa de seda se adhería a su pecho donde el sudor había oscurecido la tela, sus pezones visiblemente erectos bajo el tejido.
Alzó la mano, dedos temblorosos trazando mi mandíbula.
• ¡Así es! - admitió, voz ronca. - ¡Dios me ayude, así es!
La confesión quedó suspendida entre nosotros, cruda. Abajo, la ciudad latía: cláxones, sirenas lejanas, el murmullo de la vida continuando. Aquí arriba, el tiempo parecía congelado.
Atrapé su muñeca, besando la palma donde su pulso bailaba salvaje. Su piel sabía a sal y al tenue metal de la barandilla.
Celeste se estremeció.
• ¡Vas a romperme! - protestó, pero sus muslos apretaron mis caderas, acercándome más.

Sonreí contra su piel.
- ¡Ya lo hice!
La brisa robó su gemido como un secreto, su cuerpo aun temblando contra el mío mientras las réplicas la recorrían. Su falda se pegaba a mis muñecas donde agarraba sus muslos, la seda húmeda de sudor y humedad. El sol de la tarde doraba sus clavículas: piel marcada donde mis dientes habían estado minutos antes…
Miró por encima de mi hombro, ojos avellana fijándose en esa ventana iluminada al otro lado del vacío. Su respiración se cortó al ver moverse la silueta.
• ¿Crees que todavía...?
No me giré. El paisaje urbano reflejado en sus pupilas dilatadas me lo decía todo.
- ¿Importa?
Sus uñas tallaron medias lunas en mis hombros al atraerme.
• ¡Sí! - la palabra salió mitad jadeo, mitad gruñido… una confesión envuelta en desafío. Sus caderas se movieron instintivamente, buscando fricción, aunque temblara por hipersensibilidad. - ¡Dios, sí!
La admisión me electrizó. La besé (con fuerza) mis manos deslizándose a sus muslos para levantarla. Jadeó contra mis labios cuando su espalda rozó el hormigón áspero. La seda de su blusa no rivalizaba con la superficie dura, pero Celeste no pareció notarlo. Sus dedos se enredaron en mi pelo, tirando justo antes de doler mientras sus piernas me ceñían.
- ¡Pues démosles un buen espectáculo!
Su risa fue sin aliento, interrumpida cuando me clavé de nuevo… más hondo, el ángulo brutal. Su gemido apenas destacó sobre el rumor del tráfico treinta pisos abajo. Su cabeza cayó hacia atrás, exponiendo su garganta pálida. Mordí… no lo suficiente para dejar marcas que su marido notaría, pero sí para hacerla gemir. Su pulso aleteaba contra mis labios…
- ¡Míralos! - ordené contra su piel.
Sus párpados se abrieron lentamente, la mirada fijándose en la ventana iluminada frente a nosotros. La silueta era más clara ahora: un hombre de traje, postura rígida mientras permanecía inmóvil tras el cristal, una mano a mitad de ajustar su corbata como sorprendido en pleno movimiento. La luz agonizante del sol brilló en su reloj al moverse… un destello dorado que coincidía con la alianza que el marido de Celeste nunca llevaba de verdad.
Celeste contuvo el aliento.
• ¡Oh!
Empujé con más fuerza, cortando sus palabras con un gemido. La barandilla del balcón se clavó en su espalda baja mientras la inmovilizaba allí, su blusa de seda abierta revelando el sujetador de encaje ahora húmedo de sudor.
- ¡Dime qué ves!
Su voz estaba rota, las sílabas quebrándose con cada embestida.
• ¡Él... mirando... sus manos... en el cristal! - Su observación se disolvió en un quejido cuando alcancé ese punto que hacía arquear sus dedos contra mis pantorrillas.
El empleado corporativo no se había movido (ni un centímetro) su rostro en sombras orientado hacia nosotros pese al vacío de treinta pisos entre edificios.
- ¡Bien! - mordisqueé su clavícula. - ¡Que vea lo hermosa que eres al correrte!
Su orgasmo la arrasó con un grito quebrado, su cuerpo apretándose alrededor mío en pulsos rítmicos que extrajeron mi propia liberación instantes después. Mi gemido vibró contra su hombro donde mis dientes aún rozaban piel, el sabor a sal y lavanda pegándose a mi lengua mientras nos estremecíamos juntos. El viento arrastró su aroma (almizclado y dulce) mezclándose con el ozono de las nubes de tormenta acumulándose en el horizonte.

Durante tres latidos estruendosos, permanecimos unidos… su espalda contra el hormigón frío, mis manos aún aferradas a sus muslos donde la falda de seda se había subido. El lejano aullido de una sirena se desvaneció bajo el sonido de nuestra respiración acelerada, el mundo reduciéndose al pulso en su garganta y al calor húmedo entre nuestros cuerpos. Una gaviota solitaria pasó rozando el balcón, su sombra cruzando el rostro arrebolado de Celeste antes de perderse en el cañón urbano.
Sus dedos trazaron patrones sin sentido en mi espalda sudorosa, las uñas arañando levemente viejas cicatrices.
• ¡Deberíamos entrar! - murmuró contra mi mandíbula, pero sus piernas seguían ancladas a mis caderas, sus talones clavándose en mi espalda baja.
La negación en su lenguaje corporal era más embriagadora que cualquier perfume… la forma en que sus muslos temblaban al intentar separarse, cómo le faltaba el aire cuando movía mis caderas solo para recordarle que no había terminado.
Besé su sien.
- En un minuto.
La ventana de la oficina frente a nosotros se oscureció de repente… la silueta girándose, la luz apagándose.
Celeste rio, suave y sin aliento.
• ¡Cobarde!
Sonreí.
- ¡Su pérdida!
Sus dedos bajaron por mi pecho mientras tropezábamos hacia la cama, sus caderas balanceándose con cada paso…una provocación que hacía saltar mi pulso. La seda de su falda susurraba contra sus muslos, aún húmeda donde mi agarre había arrugado la tela. Miró hacia atrás una vez, ojos avellana brillando con travesura, antes de dejarse caer en el colchón con una risa sofocada. Las sábanas crujieron bajo ella, frescas contra su piel enrojecida.
• ¿Vienes?
La seguí, el cinturón tintineando de nuevo al quitarme la camisa arruinada. La mirada de Celeste siguió el movimiento, su lengua humedeciendo el labio inferior.
• ¡Sigues demasiado vestido! - murmuró, enganchando un dedo en mi cinturón.
La goma chasqueó contra mis caderas, sus uñas arañando levemente piel sensible. Por ahora, solo existía esto: el crujido de la tela, el gemido de la cama y la risa de Celeste al tumbarme a su lado.
Treinta y cuatro minutos habían pasado.

Treinta y cuatro minutos que lo cambiaron todo. Celeste yacía desparramada entre las sábanas revueltas, su cuerpo brillante de sudor, el tono frambuesa de sus labios ahora irreconocible. Las puertas del balcón permanecían entreabiertas, dejando entrar el rumor lejano del tráfico de Melbourne… un contraste tangible frente al desastre de la cama. Su blusa colgaba de un hombro, la costura rota donde mis dedos se habían aferrado con demasiada fuerza, y su falda se arremolinaba alrededor de sus caderas como un pensamiento abandonado.
• ¡Nunca me había divertido tanto! - jadeó Celeste, los dedos espasmódicos contra las sábanas arrugadas donde los había clavado minutos antes.
Las palabras salieron roncas: su garganta en carne viva por los sonidos que intentó y no pudo contener. Sus piernas temblaban contra las mías, los músculos aún convulsos por las réplicas. Una gota de sudor rodó entre sus pechos, deteniéndose en el borde de encaje del sujetador antes de desaparecer bajo la seda arruinada de su blusa.
Sentía su tensión en cada contacto… sus dedos aferrándose a mis hombros con fuerza excesiva, sus muslos apretándose contra los míos incluso mientras intentaba recuperar el aliento. Llevábamos más de una hora follando, el vidrio del balcón empañado por nuestro calor, las sábanas irremediablemente enredadas. Y yo no había terminado. Los ojos agradecidos de Celeste se perdían en los míos.
• ¡Esto fue increíble! ¡Gracias! - jadeó Celeste, sus vocales británicas precisas incluso con la voz temblorosa… esos modales impecables emergiendo entre el caos de nuestro encuentro en el balcón.
Me besó con una ternura inesperada, sus labios aún hinchados por mis dientes, y el contraste envió un nuevo torrente de sangre directo a mi erección.
- Por desgracia, debo volver al trabajo. - Arrugué la nariz, observando cómo sus pupilas se dilataban… su decepción palpable en la repentina flojedad de sus labios entreabiertos. - Pero eso no significa que no podamos ducharnos juntos...
Al inmovilizarla contra los azulejos de la ducha, me arrodillé y la limpié con la lengua, recorriendo el desastre húmedo que habíamos hecho de ella. Celeste gimió, sus dedos arañando el azulejo mojado mientras mis labios se cerraban sobre su carne sensible. Ahora reconocía mejor el sabor de mi propio semen, pero verla retorcerse era una recompensa en sí misma. Sus pechos no eran tan grandes como los de Marisol, pero sus pezones erectos y gemidos sexy tenían su propio encanto.
El vapor de la ducha se enroscaba alrededor de nosotros, pegándose a la piel de Celeste mientras me arrodillaba ante ella. El agua tibia escurría por sus hombros, resbalando por su pecho enrojecido en pequeños riachuelos que capturaban la luz. Sus pezones (rosados y duros por la excitación) brillaban bajo el chorro, tensos por la anticipación.

• ¡Marco…! - su gemido rebotó en los azulejos cuando mi lengua recorrió la curva interna de su muslo.
Su sabor (almizclado y dulce) inundó mi boca, mezclándose con el cloro del agua del hotel. Sus dedos se enredaron en mi pelo mojado, tirando justo al borde del dolor, sus uñas arañando levemente mi cuero cabelludo.
Miré hacia arriba a través del agua. Sus labios entreabiertos, su respiración entrecortada. El espejo detrás de ella se había empañado, excepto por dos marcas de manos donde se había apoyado… dedos extendidos como estrella de mar contra el cristal. Gotitas temblaban en sus pestañas con cada exhalación agitada.
- ¡Estás asquerosa! - murmuré contra su piel, mis labios rozando el pliegue húmedo donde el muslo se unía a la cadera. Su pulso saltó bajo mi lengua, rápido como colibrí.
Ella rio (un sonido jadeante e inestable) y se arqueó hacia mi contacto.
• ¿Y de quién es la culpa?

Mis dedos se clavaron en la carne blanda de sus caderas mientras arrastraba mi lengua a través de sus pliegues, saboreando la mezcla húmeda de ambos. Sus muslos temblaban contra mis sienes, el chorro de agua cayendo sobre mis hombros como lluvia tibia mientras la trabajaba con movimientos lentos y deliberados. Los dedos de Celeste arañaron los azulejos empañados, sus gemidos elevándose por encima del sonido del agua… esas vocales británicas impecables quebrando en algo áspero y obsceno.
Su orgasmo llegó como un trueno: espalda arqueándose, dedos de los pies encogiéndose contra el suelo resbaladizo. La sostuve mientras caía, mis manos siendo lo único que evitaba que sus rodillas cedieran por completo. El chorro de agua convertía sus jadeos en ecos fracturados contra los azulejos, sus muslos temblorosos apretando mis sienes mientras se deshacía. Cuando finalmente me separé, su piel sabía a sal y jabón de hotel, su cuerpo desmoronándose contra la pared como una marioneta sin hilos.

- Ahora que te divertiste... —dije, levantándome mientras el agua resbalaba por mi pecho—. Te toca el castigo.
Celeste mordió su labio, sus ojos avellana siguiendo el movimiento de mi erección inflamada. El condón estirado me hacía parecer un globo de fiesta obsceno a punto de reventar. Su respiración se cortó cuando la giré bruscamente, su piel mojada resbalando bajo mis palmas al inclinarla hacia adelante. Se dejó llevar, arqueando la espalda con un jadeo… su trasero virgen ofrecido como tentación, redondo y brillante bajo el agua. El rubor rosado que bajaba por su cuello lo decía todo: Reginald nunca la había tomado así.

No que ella protestara cuando mis manos la abrieron más.
El chorro de la ducha golpeaba la espalda de Celeste en gotas dispersas mientras la guiaba hacia adelante, sus palmas aplastándose contra los azulejos mojados. Su aliento empañaba el cristal en ráfagas erráticas, hombros temblorosos.
• ¡Marco…! - su voz vaciló, mitad protesta, mitad súplica, mientras mis manos agarraban sus caderas, los pulgares hundiéndose en los hoyuelos sobre su trasero.
La curva de su columna brillaba bajo el agua, piel de gallina donde el vapor no alcanzaba. Deslicé una mano por la hendidura de su cintura, disfrutando cómo sus músculos saltaban bajo mi tacto.
Me incliné, mordisqueando su nuca.
- ¡Dime que lo quieres!
Ella se estremeció, hombros tensándose.
• ¡Yo…! - un jadeo cuando mis dedos recorrieron su hendidura, abriéndola. - ¡Dios, sí!

La primera embestida le robó el aire. Su espalda se arqueó, omóplatos afilados bajo la piel húmeda. El agua corría entre nosotros mientras me hundía más, el látex del condón casi demasiado ajustado. El gemido de Celeste resonó en los azulejos, mezclándose con el ritmo de la ducha.
• ¡Mierda! - sus dedos buscaron apoyo, uñas arañando la cerámica.
El chorro golpeaba mis hombros como agujas mientras la empujaba, el ángulo brutal… su cuerpo cediendo con una facilidad húmeda y desesperada que nublaba mi vista. Los muslos de Celeste temblaban contra los míos, músculos palpando con cada embestida profunda. El espejo estaba completamente empañado ahora, excepto por el contorno borroso de sus dedos extendidos donde se había apoyado.
Apreté su trasero, abriéndola más.
- ¡Más fuerte!

Los dedos de Celeste chirriaron contra los azulejos mojados mientras intentaba sostenerse, sus nudillos blanqueándose con cada embestida. Soltó un sollozo entre risas, girándose para lanzarme una mirada por encima del hombro… un intento inútil de desafío cuando su cuerpo se arqueaba hacia cada empuje. Su rímel había corrido en líneas oscuras alrededor de unos ojos casi negros de deseo.
• ¡Eres insoportable! - jadeó, las palabras quebrándose al hundirme más.
Aceleré el ritmo, haciendo vibrar la barra de la ducha sobre nosotros. Sus rodillas flaquearon al instante; la agarré por la cintura, enderezándola contra mi pecho. El agua resbalaba entre nuestros cuerpos mientras gruñía en su oído:
- ¡Y tú estás empapada!
No solo por la ducha… sus músculos internos palpitaron alrededor de mí en pulsaciones involuntarias, su excitación mezclándose con el chorro.

Su réplica se disolvió en un gemido cuando marqué un ritmo brutal, el chasquido de piel rebotando en los azulejos. La puerta del espejo reflejaba nuestros movimientos frenéticos… sus pechos balanceándose con cada embestida, mis manos aferrando sus caderas con fuerza suficiente para dejar marcas. Bajo mis palmas, su piel ardía… cada centímetro tenso, tembloroso. Cuando mordí su hombro, gritó, el sonido ahogado por el vapor.
Celeste dejó caer la cabeza hacia adelante, el pelo mojado pegado a sus mejillas.
• ¡Van a… ah… oírnos abajo! - jadeó, las palabras quebrándose cuando mis empujes le robaban el aire. Sus dedos chirriaron contra los azulejos, dejando marcas en la condensación.
Mordí su hombro.
- ¡Qué oigan!
Su orgasmo golpeó como una estrella colapsando… su cuerpo arqueándose hacia atrás, tenso como una cuerda de arco hasta que mi brazo alrededor de su cintura fue lo único que la sostuvo erguida. El agua corría entre nosotros, girando hacia el desagüe en espiras perezosas teñidas de rosa donde sus uñas habían abierto mi piel. El sabor a cobre se mezcló con el cloro cuando lamí la sangre de sus dedos, su jadeo agudo al limpiarlos.
Caí instantes después, mi gruñido ahogado contra su columna mientras me vaciaba en el condón. Por un instante, permanecimos unidos… sin aliento, goteando, el agua enfriándose alrededor. Celeste se desplomó hacia adelante, su frente golpeando los azulejos empañados con un sonido sordo. Sus dedos se crisparon en mi antebrazo (mitad empujón, mitad arrastre) como si no decidiera si aferrarse o apartarme. El chorro de la ducha golpeaba sus hombros a ráfagas, el ritmo alterado por su respiración entrecortada.
Las rodillas de Celeste cedieron primero. La sostuve, girándonos para que el agua golpeara mi espalda. Su risa fue sin aliento contra mi clavícula.
• ¡Monstruo!
Besé su sien.
- ¡Y tú lo adoras!
Ella murmuró, dedos trazando las marcas de mordiscos en mi pecho. Afuera, una sirena sonó… a tres calles, quizá cuatro. El desagüe de la ducha tragó la evidencia de nuestros pecados.
Diez minutos.
Diez minutos que la dejaron sin fuerzas en mis brazos, su pulso vibrando contra mis labios al besarle la muñeca. El espejo del baño estaba completamente empañado ahora… sin reflejos, sin testigos. Solo vapor, piel, y el lento regreso de la cordura. La respiración de Celeste se calmó primero, sus dedos aflojando el agarre mortal en mis antebrazos. Exhaló contra mi clavícula (cálido y húmedo) sus labios rozando la fresca marca de mordisco que había dejado allí. El agua de la ducha se había enfriado a tibia, pero ninguno se movió para ajustarla.
Las últimas gotas perezosas cayeron sobre los azulejos cuando la nariz de Celeste rozó mi mentón.
• ¡Nos arrugaremos! - murmuró, sus labios aún hinchados por mis dientes.

El vapor se enroscó entre nosotros como un fantasma al retirarse mientras cerraba el grifo. El silencio repentino sonó más fuerte que sus gemidos… solo el plink arrítmico del agua cayendo de sus pestañas al porcelana.
Empecé a vestirme... ella estaba envuelta en una toalla blanca y húmeda, mirándome como si estuviera hecho de pastel.
- ¡Tengo que irme! - murmuré contra sus labios, aunque mis manos me traicionaban… una aún enredada en su pelo mojado, la otra amasando la curva de su trasero bajo la toalla.
La tela de felpa resbaló peligrosamente, revelando las medias lunas que mis uñas habían dejado en su piel. Celeste sonrió con malicia, sus dientes rozando mi labio inferior mientras movía sus caderas hacia mí. La fricción de mi camisa a medio abotonar contra sus pechos desnudos le arrancó un escalofrío, la tela húmeda pegada como una segunda piel. Podía sentir el tejido de mi pantalón tensándose contra su ombligo.
Pero tuve que separarme. El mohín de Celeste era tentador, sus dedos enganchados en los pasadores de mi cinturón como si pudiera anclarme físicamente a ese instante. Pero la realidad me arañaba: su esposo seguía siendo mi CEO interino, y aunque Reginald me tratara como una ocurrencia tardía, debía al menos aparecer en el edificio corporativo antes de salir.
Sin embargo, al salir del estacionamiento del hotel, mi teléfono vibró con una notificación:
**JEFE, NECESITO TU AYUDA**
El remitente era Gloria, mi exasistente… ahora novia de mi amigo Nelson, y mi amiga con beneficios ocasionales cuando los horarios coincidían.
Pero estaba muy equivocado si creía que mi tarde había terminado...

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