
Siempre fui la rara de la casa. Si uno me mira rápido, no doy la hora: cara seria, cero ganas de maquillarme y una habilidad impresionante para incomodar a la gente. Socializar nunca ha sido lo mío y tener novio jamás estuvo en mis planes. Eso sí, la genética me dio por otra parte. Aunque de cara soy tosca, tengo unas caderas anchas y unas nalgas gruesas que casi siempre intento ocultar, aunque ese día llevaba puesto un vestido negro, largo y ajustado a la cintura que me marcaba todo el cuerpo.
Con el único que realmente hablaba era con Camilo, mi hermano. Él tiene 18 y yo 20. Siempre fuimos compinches, de los que se prestan la ropa o se quedan hasta tarde viendo televisión. Camilo no es ningún galán, es un man normal, pero hace un par de meses se consiguió a Valentina. Su primera novia. Para mí, ella era solo una molestia. Hasta el sábado pasado.
Mis papás se habían ido a una finca todo el fin de semana. Yo estaba tirada en mi cama cuando escuché a Camilo entrar con ella. A los diez minutos subieron al cuarto de él, justo al lado del mío, separado solo por una pared delgada.
Escuché murmullos y el sonido pesado de besos sin aliento. Me levanté en silencio, descalza, y me pegué a la pared del pasillo. La puerta de él tenía una rendija de casi un centímetro. Me asomé con el corazón retumbándole en la garganta.
Ahí estaban. Camilo tenía a Valentina en cuatro sobre el borde de la cama, sujetándola firme de las caderas. Lo que me congeló la sangre no fue solo verlos en esa posición, sino el momento en que él se terminó de acomodar y empezó a embestirla desde atrás. Al verlo completamente expuesto, me quedé sin aire. Nunca en mi vida se me pasó por la cabeza imaginarme a mi hermano así; tenía un miembro grueso, venoso y mucho más grande de lo que cualquier idea inocente me hubiera hecho pensar.
Y de repente, las palabras de ellos terminaron de
dañarme la cabeza:

Valentina: —¡Eso, Camilo... así, métamelo todo! ¡Qué rico, no pare, sígale dando duro!
Camilo: —Puta... qué rebuena que está usted, Valentina... qué chimba de nalgas tiene, me dan ganas de rompérsela toda.
Valentina: —¡Ay sí, métamelo así de profundo! ¡Qué delicioso hace el amor usted, mi amor, no pare!
Escuchar a esa china pidiéndole más y a mi hermano hablándole así de sucio mientras le sonaban las nalgas contra el abdomen hizo que un corrientazo hirviendo me bajara directo a la entrepierna. Sentí un choque mental violento: la culpa de saber que era mi hermano menor mezclada con un morbo brutal que me empapó los pantys en segundos.
Me llevé la mano a la tela del vestido negro, subiéndomelo lentamente por los muslos hasta dejar la entrepierna descubierta. Me metí dos dedos por debajo de la ropa interior, acariciándome directo sobre la piel húmeda mientras no podía despegar los ojos de la escena. Ver ese pene tan grueso entrar y salir y escuchar cómo esa china se retorcía de placer me tenía con la boca abierta.
Cuando sentí que el ritmo de ellos se puso más salvaje y la cama empezó a chillar sin control, no aguanté más la presión. Me deslicé de vuelta a mi cuarto en silencio, dejando la puerta entornada, con la falda del vestido todavía subida hasta la cintura.
Llegué a mi cuarto , me quité ese vestido y me baje los cucos

Me tiré en la cama abierta de piernas, con la mano llena de mis propios fluidos. Mientras al otro lado de la pared los escuchaba a los dos gritar y gemir sin pena, me metí tres dedos a presión, masturbándome con rabia y desesperación, ahogando mis propios gemidos en la almohada e imaginando que eran los labios de mi hermano los que estaban pegados a mi cuello y su miembro el que me estaba abriendo al medio. Llegué a un orgasmo tan fuerte que se me acalambraron los muslos.

A la media hora escuché que Valentina se despidió y la puerta principal se cerró. Quedamos los dos solos en la casa.
Salí a la cocina con una camisa que encontré , despeinada, mostrando los pezones marcados por el calor y con la respiración pesada. Camilo estaba descalzo, en pantaloneta, tomando agua del termo directamente. Al verme entrar, se volteó y sus ojos bajaron directo a mi pecho, para luego recorrer despacio la forma en que el vestido me ceñía las caderas y las nalgas antes de mirarme a la cara.
Camilo: —Pensé que estaba dormida...
Protagonista (Hermana): —No... estaba muy despierta. Se escucha absolutamente todo desde mi cuarto, Camilo. Cada gemido, cada grosería que le decía... todo.
Camilo se congeló con el termo en la mano, poniéndose rojo instantáneamente, pero sus ojos no podían dejar de recorrer la tela ajustada de mi vestido.
Camilo: —¿En serio?... Qué vergüenza, no pensé que se oyera tanto.
(Hermana): —Tranquilo. Lo único es que no sabía que tuviera a la novia gritando tanto calor al lado mío... ni que usted fuera tan salvaje para hablarle así y tenerla en cuatro.
Me acerqué despacio hasta quedar pegada al mesón, a menos de un metro de él, rozando 'sin querer' su brazo con mi cadera. Ver su incomodidad, notarle el bulto volviendo a marcarse bajo la pantaloneta y recordar lo que le había visto entre las piernas hace unos minutos solo hizo que mi entrepierna volviera a escurrirse.
Camilo: —No diga eso... que me pone nervioso.(Hermana): —¿Nervioso por su hermana? Si solo estamos hablando... a menos que le dé pena que sepa lo bien que se lo tenía guardado allá abajo.
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