You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

49: Entrega informal II (Parte I)




Post anterior
Post siguiente
Compendio III


49: ENTREGA INFORMAL II (Parte I)

Admito que esa semana no estaba funcionando al máximo. La idea de que un bastardo mezquino y arrogante como Reginald hubiera estado ignorando todos nuestros correos era más que frustrante. Así que, para el miércoles, el día de nuestra reunión programada con Celeste, estaba especialmente alterado.

49: Entrega informal II (Parte I)

Una vez más, ella "me esperaba" en el vestíbulo de la empresa después de mi almuerzo, también llevando una comida caliente "destinada a su esposo" pero que era para mí, en cambio. Sin embargo, noté que su forma de vestir ya no era la de una mujer inglesa paseando por la ciudad.

Llevaba una blusa de seda que se adhería lo suficiente como para insinuar las curvas debajo, el botón superior desabrochado… no escandaloso, pero intencional. Su falda era más corta que la semana anterior, el dobladillo rozando la mitad del muslo cuando cambiaba de postura. Los tacones también eran nuevos, negros y lo suficientemente afilados como para dejar marcas.

• ¡Bueno, hola! —me saludó con su acento británico alegre, solo para jadear al instante. - ¡Te ves terriblemente espantoso!

Las palabras escaparon sin poder medirlas. Me estremecí, como si fueran un golpe físico, pero lo soporté.

- ¡Está bien! ¡Lo sé! – rezongué derrotado, intentando calmarla.

Los dedos de Celeste revolotearon cerca de sus labios, como si pudiera recuperar las palabras.

• ¿Fue Reggie? —preguntó con inocencia, sus ojos avellana agrandándose lo justo para fingir preocupación mientras el tono frambuesa de sus labios se tensaba en las comisuras.

La forma en que dijo su nombre “Reggie”, como si fuera un escolar ñoño en lugar del tiránico CEO interino que pulverizaba nuestros departamentos hizo que mi mandíbula se apretara.

Dejé escapar un suspiro pesado, arqueando los hombros hasta que la tela de mi camisa se tensó.

- ¡Por supuesto! —respondí, observando cómo sus dedos se curvaban alrededor de la caja de pizza como si considerara usarla como arma. El olor de las anchoas atravesaba el cartón.

• ¿Qué hizo? —preguntó con genuina preocupación, acercándose hasta que el calor de su cuerpo irradiaba contra mi manga.

El mármol del vestíbulo reflejaba las luces del techo, haciendo que la silueta de Celeste brillara levemente al ajustar su postura: una mano en la cadera, la otra aferrada a esa caja de pizza como a un salvavidas. Su perfume (un lavanda relajante) cortó el aire viciado de la oficina, y por un momento, casi olvidé por qué tenía la mandíbula tan tensa que podría partir una nuez.

No quería cargarla con mis problemas. No cuando el escote de su blusa, ligeramente abierto, prometía distracciones mucho más interesantes.

- No quiero hablar de eso. - exclamé, apartando la mirada de la sombra entre sus cautivantes clavículas. - ¿Qué traes ahí?

El aroma de masa caliente y pepperoni picante se elevó entre nosotros, mezclándose con su lavanda.

infidelidad consentida

• ¡Oh, esto! —dijo, mostrándome una caja pequeña de pizza—. Encontré una pizzería pintoresca. Le llevé una a Reggie. Tiene anchoas picantes y pepperoni. Pensé que era... notable.

- ¿Es su favorita? - pregunté, oliendo el aroma tentador.

El ajo y la corteza quemada hicieron que mi estómago se contrajera… ya fuera por hambre o por lo que realmente quería devorar.

Ella rió con su encanto británico, un sonido como cristal contra mármol.

• ¡Para nada! —se rió suavemente, inclinando la cabeza lo suficiente para que el sol capturara los reflejos dorados en su pelo oscuro. - ¡Odia la comida picante y las anchoas! (Sus dedos tamborilearon levemente en la caja, las uñas pintadas de un tono peligrosamente cercano al de sus labios.) Pero pensé... quizás alguien más lo apreciaría.

Nos miramos. Hubo un entendimiento implícito: igual que su esposa, esa pizza no estaba destinada a Reginald. La forma en que los dedos de Celeste se demoraron al entregarme la caja (el roce deliberado de sus uñas contra mi palma) lo dijo todo. Los suelos pulidos del vestíbulo reflejaban nuestra conspiración silenciosa tan claramente como las luces del techo.

- Como siempre, sigo sin saber dónde trabaja tu marido. - dije con preocupación fingida que la hizo sonreír.

• ¡Claro que no! - Echó la cabeza hacia atrás con una mirada juguetona, entrecerrando los ojos con una risa que hizo ondular su blusa de seda. Un botón se tensó.

- Y aunque preguntara, dudo que me lo dijera. —Suspiré más por cansancio que otra cosa, el aroma de la pizza envolviéndome. - Para él, apenas soy una persona.

Los dedos de Celeste se quedaron en mi palma un poco más, su pulgar trazando una suave caricia que envió una sacudida por mi muñeca.

• Bueno, tú eres importante para mí. - murmuró, su voz británica suave bajando lo suficiente para que la recepcionista a tres metros no la escuchara.

La caja estaba caliente entre nosotros, el ajo y la corteza quemada enrollándose en el espacio donde su tacto aún persistía… como el hambre en su mirada desde que entré. No la distancia educada de la esposa de un cliente. Algo mucho más peligroso…

• ¿Quieres probarla? —Su mirada bajó a mi boca. - ¡Me encantaría verte disfrutarla!

(Would you like to try it? I'd be so glad to see you enjoying it.)

Su mano permaneció en mi palma, cálida y deliberada, los dedos curvándose lo suficiente para sugerir que no quería soltarme. La caja de pizza se balanceaba entre nosotros como un desafío tácito. Abrí la tapa: las anchoas brillaban bajo el queso derretido, los pepperonis crujientes en los bordes. Un pecado que Reginald nunca cometería…

- ¡Eres malvada! - exclamé, pero ya arrancaba un trozo.

esposa infiel

El queso se estiró, chasqueando contra mis dientes mientras Celeste observaba, labios entreabiertos.

• Dime… - susurró, inclinándose levemente. Cautivantemente. - ¿Siempre almuerzas tan tarde?

La pregunta era casual, pero su pulgar recorrió el interior de mi muñeca donde me había tocado antes. Un escalofrío subió por mi espalda.

- Solo cuando sé que alguien me espera. – adiviné lo que quería escuchar.

Su risa fue baja, íntima.

• ¡Qué suerte tienen!

Las palabras se enroscaron alrededor mío como el vapor de la caja de pizza. El pulgar de Celeste no detuvo sus caricias lentas sobre mi muñeca… un ritmo que aceleró mi pulso bajo su tacto. El murmullo del vestíbulo (teléfonos lejanos, papeles moviéndose) se desvaneció en algo irrelevante comparado con nosotros.

Arranqué otro trozo. El primer bocado fue salado, picante. Perfecto. Celeste observó mi boca con una concentración que hizo que mi pulso se disparara. Sus ojos avellana se oscurecieron mientras masticaba, su lengua asomándose para humedecer los labios con algo casi depredador.

• ¿Bueno? - preguntó, su melodiosa y elegante voz más grave que antes.

- ¡Mejor que bueno! - Limpié grasa de mi labio con el pulgar, capté cómo seguía el movimiento como un gato acechando. El aire entre nosotros se espesó, hasta casi crepitar. - ¿Quieres?

Vaciló (Lo suficiente para hacerme anhelar), luego tomó una anchoa suelta de la caja con dedos delicados. La forma en que la chupó fue obscena: labios fruncidos, párpados palpitando como si probara algo mucho más decadente. Una gota de aceite brilló en la comisura de su boca. Mis dedos se tensaron con las ganas de limpiarla. Con mi lengua.

mamada

• ¡Mmh! ¡Asqueroso! —mintió, ojos brillantes. Hermosa y traviesa sonrisa. - ¡Absolutamente repulsivo!

Celeste lamió sus dedos con asco exagerado, su lengua enroscándose en las yemas de una manera que hizo que mi erección se tensara contra el pantalón. El aceite de anchoa brillaba en sus labios como un brillo prohibido, y tuve que apretar la caja para no lamerla ahí mismo, en el vestíbulo.

La acompañé hasta el ascensor… no hacían falta palabras. Las puertas cromadas reflejaban nuestro silencio: ella ajustándose la blusa justo lo suficiente para mostrar clavícula, yo arremangándome más los puños como si ambos nos preparáramos para algo inevitable. La caja de pizza entre nosotros bien podría haber sido un contrato. Sabía que esta pizza era el soborno para llevarla de vuelta al hotel. Para cuando llegamos a mi camioneta estacionada, ella ya robaba juguetonamente el último trozo.

- ¡Pensé que esto era el pago por mis servicios! - me quejé, viendo cómo sus dientes se hundían en la punta de la corteza. La grasa moteaba su barbilla.

• ¡La mitad lo era! - respondió, voz cantarina mientras masticaba.

La forma en que sus labios se estiraban alrededor del bocado era criminal. Se limpió la boca con una servilleta, extendiendo la mancha.

• Sabes dónde está el resto de tu pago... – exclamó, sonriendo como diablesa.

La puerta de la camioneta chirrió al abrirla: goznes protestando, el aroma de cuero calentado por el sol y aceite de motor envolviéndonos mientras Celeste se deslizaba en el asiento del acompañante. Su falda subió otro centímetro al acomodarse, muslos pálidos presionando contra el vinilo agrietado. No lo ajustó. En cambio, se giró hacia mí, una mano aun aferrando la servilleta grasienta, la otra descansando alta en su muslo: lo suficientemente cerca para provocar, lo bastante lejos para negar.

sexo en el auto

La cabina de repente pareció más pequeña, el aire más denso con los olores mezclados de anchoas y su perfume de lavanda.

• ¡Me estás mirando! - dijo, colocando la caja de pizza entre sus rodillas.

- ¡Solo me aseguro de que estés abrochada! - Hice clic en mi propio cinturón para enfatizar. La mentira sabía a grasa de pepperoni…

Ella sonrió, enganchó un dedo bajo la correa y la pasó lentamente sobre su pecho… dejándola rozar entre sus senos antes de que el cierre hiciera clic.

• ¡Seguridad primero!

49: Entrega informal II (Parte I)

El motor rugió al encenderse. La estática crepitó levemente en la radio hasta que la apagué. Demasiado ruido. Demasiado entre nosotros. Afuera, el calor del mediodía distorsionaba el asfalto. Adentro, el aire espeso con sal de anchoa y su perfume.

Cambié de marcha. Mis nudillos rozaron su rodilla, que estaba mucho más cerca que la vez anterior. Ninguno fingió que fue un accidente. El contacto persistió: su piel cálida bajo la tela delgada, mis dedos curvándose lo suficiente para hundirse en la suavidad de su muslo antes de retirarme. El motor gruñía bajo nosotros, un ritmo bajo que coincidía con el pulso en mi mandíbula.

• ¡Nunca respondiste! —dijo de pronto, trazando la costura de su falda con la yema del dedo. - ¿Por qué parecías un desastre antes?

Su mirada escudriñó mi perfil, evaluando.

La camioneta se sacudió al acelerar bruscamente. Un carrito callejero pasó en un borrón de carne asada y lima ácida. Mantuve la vista en la carretera, los nudillos blancos alrededor del volante.

- Reginald ignora nuestros correos. Para él, si no eres parte de la junta, no existes. - Las palabras sabían amargas, como una taza de café quemado.

Celeste murmuró suavemente… no en simpatía, sino en algo más oscuro, divertido.

infidelidad consentida

• Bueno... - Su mano se deslizó sobre mi muslo, los dedos presionando levemente a través de la tela del pantalón. El calor de su palma se filtró en mi piel. - Si él te prestara demasiada atención, no estaríamos juntos tan a menudo, ¿Verdad?

Su pulgar trazó círculos ahora, lentos y deliberados, arrastrándose más alto con cada rotación.

El motor de la camioneta zumbó como un animal inquieto mientras esperábamos en un semáforo en rojo. Los dedos de Celeste marcaron un ritmo lento en mi muslo: el pulgar presionando justo por encima de la costura, los otros extendiéndose hacia mi rodilla. El aroma a escape de una motocicleta que pasó se mezcló con su perfume de lavanda.

Exhaló por la nariz, una risa silenciosa.

• ¡Agarras el volante como si quisieras estrangularlo!

Aflojé las manos. El cuero crujió...

- ¡Tráfico!

• ¡Mentiroso! - Se llevó el último trozo de corteza a la boca, masticando despacio. Una miga se aferró a su labio inferior. - ¡Claramente estás disfrutando esto! (Su yema rozó mi sien, descendiendo...) Practiqué sola, por si quieres saberlo…

(I practiced by myself, if you must know…)

La forma en que lo dijo me mató. Su acento británico, sensual, era una mezcla de arrogancia y osadía…

Sonrió ante mi confusión. ¿Cómo había practicado? ¿Con qué? ¿Cómo se volvió tan hábil? Aún era torpe (la tela aún quemaba a veces), pero en general, lo hacía bien: mi erección comenzaba a hincharse, tensando el pantalón. Sus ojos bajaron, clavados en la forma palpitante bajo la tela, sus labios entreabriéndose como si ya pudiera saberme.

Le gustaba. Eso era claro. Su mirada se fijaba en el relieve bajo mi pantalón con una intensidad que hacía que el aire se espesara. El semáforo cambió a verde, pero mi pie se mantuvo firme en el freno: en parte por distracción, en parte porque el claxon del auto detrás nos sacudió de vuelta a la realidad.

Celeste rió, bajo y ronco, cuando finalmente aceleré. Sus dedos reanudaron su camino lento y tortuoso por mi muslo. Sus uñas perforaron la tela, afiladas como sus tacones.

• ¡Piensas demasiado! - murmuró, su aliento cálido contra mi oído. - ¡No es bueno guardar tanta tensión!

Rriiiip.

La cremallera cedió. Celeste fue más audaz. Deslizó su mano bajo el bóxer y apretó: no tímida como la vez anterior, sino deliberada, sus dedos moldeándose alrededor de mí con una seguridad que hizo que mis muslos se tensaran contra el asiento. La tela se estiró, humedeciéndose donde su pulgar presionó la punta. Un claxon me alertó que cambiaba de carril. Giré el volante bruscamente, los neumáticos chirriando contra el asfalto mientras Celeste reía (bajo y perverso), su agarre nunca vacilando.

Exhalé entre dientes apretados.

- ¡Estoy manejando! - Intenté protestar, pero su ritmo era casi perfecto: palma presionando mi longitud a través del algodón fino, dedos curvándose lo justo para provocar la parte sensible inferior.

Otro claxon. Mi pie se crispó contra el pedal, la camioneta sacudiéndose hacia adelante mientras el pulgar de Celeste encontraba la mancha húmeda en la punta y frotaba círculos lentos.

• Y sin embargo… - su palma se deslizó más arriba, siguiendo el relieve tenso bajo mi cinturón. El algodón de mi ropa interior ya estaba húmedo. - sigues duro aquí.

Sus dedos se cerraron alrededor de mí a través de la tela, apretando lo suficiente para que mis nudillos palidecieran alrededor del volante. La camioneta se desvió levemente al otro carril… un claxon estridente me hizo rectificar. Celeste rió otra vez, su mano libre ya bajando mi cremallera del todo.

Estaba literalmente en sus manos. Ahora me masturbaba con ambas, mi bóxer estrangulando mi erección como el peor condón de tela del mundo. Sus dedos se movían con precisión detallada: pulgar girando sobre la punta, uñas rozando la parte sensible en un ritmo que coincidía con el pulso en mi garganta…

- Celeste, si sigues así... no podré conducir. - advertí, mi visión ya difuminándose.

Las luces de la calle se alargaron como rayas cuando su agarre se ajustó, su aliento ardiendo contra mi oreja.

• Eso no serviría, ¿Verdad? - murmuró, aunque sus dedos no aflojaron… más bien apretaron, su pulgar presionando con insistencia contra mi punta ya húmeda.

La camioneta se desvió levemente cuando mi agarre del volante vaciló, los neumáticos rozando el bordillo antes de recuperar el control.

Exhalé entre dientes.

- Celeste…

• ¡Shhh! - Su aliento quemaba en mi oído, labios rozando la curva mientras su mano libre subía por mi muslo, uñas clavándose a través de la tela. - ¡Vuelves a pensar!

esposa infiel

Tuve que desviarme a una vía secundaria. Su agarre era increíble y ella claramente no quería soltarme. Las ruedas crujieron sobre gravilla al virar hacia un camino de servicio apartado, un sendero serpenteante entre árboles. El día era cálido y soleado, pero pocos excursionistas tenían el lujo de pasear al mediodía. Solo nosotros, la luz tamizada a través del follaje, y los dedos de Celeste trabajándome con una concentración que nublaba mi vista.

La camioneta se detuvo bajo la sombra moteada de un eucalipto. Antes de que pudiera apagar el motor, sus dedos ya enganchaban el borde de mi bóxer, tirando hacia abajo lo justo para liberarme por completo. El aire fresco contra mi piel ardiente me hizo sisear… pero no tanto como la visión de sus labios gruesos, teñidos de frambuesa, abriéndose a centímetros de mi erección.

mamada

• ¡Llevo todo el día esperando esto! - arrulló, su aliento rozando la punta enrojecida.

Sus ojos avellana se alzaron hacia los míos, oscuros de intención, antes de que su lengua trazara una línea lenta desde la base hasta la cima. El calor húmedo de su boca descendió antes de que pudiera gemir, tragándome con una facilidad que desmentía su anterior afirmación de inexperiencia. Sus labios se estiraron obscenamente alrededor de mi grosor, la succión apretada arrancándome una maldición entrecortada mientras mis dedos se enredaban en su pelo.

sexo en el auto

El motor de la camioneta ralentizó de forma irregular cuando los labios de Celeste se sellaron alrededor de mí… calor y presión húmeda que hicieron que mis caderas se estremecieran contra el cinturón. Rió alrededor de mi erección, la vibración recorriendo mi columna vertebral, tensando músculos que no sabía que tenía. Sus dedos se clavaron en mis muslos como marcando territorio, uñas dejando medias lunas a través del pantalón.

Su lengua probó (tanteando, provocando) antes de llevarme más profundo, los músculos de su garganta palpitando al tragar alrededor de la punta. La forma en que sus labios se estiraban era obscena, sus mejillas hundiéndose con cada movimiento experto. Apreté los puños contra la lana de mi pantalón, la textura áspera siendo lo único que evitaba que tirara de su cabeza hacia mí. Sus ojos avellana brillaron con malicia al encontrar los míos, su lengua arremolinándose justo bajo el frenillo… ese punto sensible que ya había memorizado.

Su lengua rozó la parte inferior, lamiendo la vena hinchada antes de tragarme más profundo, los músculos de su garganta palpando obscenamente alrededor del glande. La tensión de sus labios era pecaminosa, sus mejillas hundidas con cada movimiento experto, su aliento caliente e irregular contra mi piel.

El aroma de su perfume de lavanda se espesaba con cada movimiento, mezclándose con el almizcle de mi excitación hasta que la cabina de la camioneta olía a invernadero de pecado. Mis dedos se aferraron a la lana del pantalón, el tejido áspero siendo el único ancla contra el calor húmedo de su boca. Celeste tarareó alrededor de mí (una pequeña vibración satisfecha que llegó directa a mi entrepierna) mientras su lengua giraba bajo el frenillo, provocando ese punto sensible que ya conocía.

- ¡Mierda! - siseé cuando sus uñas se clavaron en mi muslo.

Se separó con un pop húmedo.

49: Entrega informal II (Parte I)

• ¡Lenguaje, Marco! - su acento británico sonando encantador y serio. Su pulgar pasó por la punta, esparciendo fluido. - ¿Qué diría Reginald?

- ¡Nada útil! - mis dedos se enredaron en su pelo, instándola a seguir: suave como la blusa de seda pegada a sus hombros.

El contraste era enloquecedor: su tono formal mientras sus labios brillaban con mi humedad, su blusa impecablemente abotonada pese a cómo me había devorado.

Sonrió, lamió de base a punta, y me tragó entero de nuevo.

El reloj del tablero marcaba los segundos. Más allá del parabrisas, las hojas susurraban. La garganta de Celeste se contraía alrededor de mí, sus gemidos ahogados pero inequívocos. Disfrutaba esto… el poder, el riesgo, el sabor salado de mí cubriendo su lengua.

• He estado practicando, ¿Sabes? - dijo casualmente otra vez mientras recuperaba el aliento, sus labios rozando la punta con cada sílaba, como desafiándome a preguntar.

Sus dedos trazaban dibujos en mi muslo interno, las uñas clavándose lo justo para escocer.

- ¿Qué? - pregunté, un escalofrío recorriéndome la espalda: mitad por sus palabras, mitad por la succión repentina de sus labios al tragarme profundo otra vez.

Mis caderas se estremecieron contra el cinturón, el cuero mordiendo mi cintura mientras Celeste movía la cabeza con entusiasmo renovado, sus dedos apretando la base de mi erección como temiendo que escapara. Fluido brillaba en la comisura de su boca, una gota aferrándose a su labio inferior antes de que su lengua la limpiara.

• ¡Sí! - repitió, sin aliento entre cada movimiento, sus ojos avellana brillando con travesura. - ¡Probé cosas distintas! (Su pulgar presionó la parte inferior del tallo, imitando el ritmo de sus labios al subir.) ¡Fue bastante triste, en realidad! (Hizo una pausa justo para enrollar su lengua alrededor del glande, saboreándome antes de tragarme de nuevo.) No tenía tu medida exacta...

Y como una buceadora, volvió a sumergirse. Juraría que mis brazos se agitaban en desesperación, los dedos arañando el cuero del asiento mientras la boca de Celeste me envolvía por completo. Su nariz se hundía en mi pelvis, su garganta trabajando alrededor de mí con un ritmo experto que me dejó jadeando. La cabina se llenó de sonidos húmedos… cada movimiento de su cabeza enviando descargas eléctricas por mi espalda.

• ¡Plátanos, bastante decepcionantes! - continuó Celeste, retrocediendo lo justo para hablar antes de volver a tragar. - ¡Demasiado blandos y el sabor era pésimo!

infidelidad consentida

Las palabras sonaban ahogadas, medio pronunciadas contra mi piel antes de engullirme otra vez, sus dedos apretando la base como midiéndome contra algún estándar imaginario.

Sin darme respiro, continuó: su lengua giraba en círculos lentos antes de succionar fuerte, hundiendo sus mejillas. Me derretí como gelatina bajo sus labios, mis muslos temblando bajo su agarre. Su mano libre subió por mi pierna, uñas dejando medias lunas mientras me dominaba con un ritmo nada inocente. El contraste entre su tono británico pulcro y los sonidos obscenos de su boca era casi demasiado.

• ¡En el mercado, los pepinos eran interesantes, pero no la pareja ideal! - dijo con una sonrisa traviesa, sus labios aún estirados alrededor de mí, las palabras vibrando contra mi piel. - ¡Demasiado lisos! ¡Sin textura!

esposa infiel

(Se separó solo lo suficiente para pasar la lengua por la vena hinchada a lo largo del tallo, sus ojos avellana brillando con picardía…)

• Las zanahorias, en cambio, eran perfectas… (Sus dedos recorrieron mi longitud, comparando...) Los surcos, ya ves... iguales a los tuyos.

mamada

Y otra vez estaba succionándome como si le debiera dinero. Mis párpados temblaban. Su boca era una locura: apretada, húmeda e implacable, como si hubiera pasado semanas perfeccionando la presión exacta para desarmarme. El cinturón de seguridad mordía mi cadera mientras me arqueaba hacia su boca, los dedos enredados en su pelo. Tarareó alrededor de mí, la vibración llegando directo al hueso.

• ¡Fue bastante divertido excitarme con vegetales! - murmuró entre lengüetazos lentos, sus labios brillantes de saliva y fluido. – Sobre todo, al volver del supermercado… (Sus dientes rozaron la parte inferior, justo para hacerme tensar los muslos: no con dolor, sino con posesión.) ¡La cajera preguntó si iba a hacer una ensalada…! (Su risa escapó, caliente contra mi piel.) Casi le digo que sí... solo que no del tipo que imaginaba.

Por un breve momento, recordé a Hannah y sonreí: también terminó haciendo lo mismo con las zanahorias…

Esta vez, sostuve su cabeza y no me importó. La imagen de Celeste desparramada en una cama de hotel, follándose con un vegetal surcado mientras gemía mi nombre, me llevó más allá de la cordura. Mis dedos se apretaron en su pelo cuando ahogó un sonido… (sin alejarse, solo ajustándose) y la vibración de su quejido alrededor de mi erección casi me terminó ahí mismo. Incluso cuando mis caderas se estremecieron, incluso cuando sentí la tensión inevitable en mis bolas, la mantuve allí, tragando cada pulso mientras me corría en su garganta. Lo tomó como un desafío profesional, una mano arañando mi muslo mientras la otra presionaba mi estómago como midiendo cada espasmo.

sexo en el auto

Cuando finalmente la dejé levantar, sus labios estaban hinchados, su barbilla brillante. No se limpió de inmediato… solo enredó su lengua perezosamente alrededor del glande una vez más, limpiando lo que había escapado, antes de recostarse con un suspiro satisfecho. La luz del sol a través del parabrisas iluminó el desastre que había hecho de ella: lápiz labial corrido, pestañas húmedas, el rápido sube y baja de su pecho bajo la blusa de seda.

• ¡Eso estuvo delicioso! - dijo, aunque unas gotas habían escapado de sus labios, trazando un camino lento por su cuello.

49: Entrega informal II (Parte I)

Me observó seguir el rastro con la mirada antes de arrastrar deliberadamente un dedo por él, llevándolo a su boca con una sonrisa.

• ¡Dulce! - murmuró, chupando el dedo con un pop exagerado, recostándose contra el asiento del acompañante. La luz filtrada por el vidrio capturó el brillo húmedo en sus labios.

Exhalé con fuerza, ajustando mis pantalones con manos temblorosas. La tela se pegaba a mi piel, húmeda de sudor. Afuera, las voces lejanas de excursionistas flotaban entre los árboles, interrumpidas por el ocasional trino de pájaros.

Celeste se alisó la falda, deslizando las manos por el muslo con movimientos deliberados. El dobladillo quedó más alto que antes, dejando al descubierto los encajes de sus medias. Atrapó mi mirada fija y arqueó una ceja.

• ¡No pongas esa cara de culpable! - bromeó, golpeando mi rodilla con el tacón. - ¡Me darás complejo!

Bufé, rotando los hombros para aliviar la tensión aún presente en mis músculos.

- Tú fuiste la que…

• ¿Te hizo orillarte? - terminó ella, esbozando una sonrisa pícara. - Bueno, tiempos desesperados.

Ajustó el cuello de la blusa, abanicándose. El calor en la cabina era sofocante ahora, espeso por nuestro esfuerzo.

infidelidad consentida

Una gota de sudor recorrió su cuello. La seguí con la mirada hasta que desapareció bajo el botón desabrochado de su blusa, mi garganta seca. Su piel brillaba bajo la luz filtrada… dorada donde la alcanzaba, sombreada donde las hojas se movían. Celeste exhaló fuerte, cambiando de posición en el asiento con un crujido de cuero. El movimiento subió su falda aún más, el borde rozando las medias. No la corrigió. En cambio, estiró los brazos con languidez calculada, arqueando la espalda lo justo para que sus pechos se tensaran contra la seda fina. Un botón protestó.

• ¡Otra vez me miras! - exclamó, pero sin reproche… solo con ese júbilo que rizaba las comisuras de sus labios teñidos de frambuesa, todavía algo hinchados por el esfuerzo reciente.

- ¡Solo admiro el paisaje! - respondí con voz más ronca de lo planeado, aún cargada del eco del placer.

Celeste rió (un sonido genuino que llenó la cabina como luz solar) y alcanzó la caja de pizza aplastada entre nosotros. El cartón mostraba marcas de grasa donde sus rodillas lo habían presionado. Recogió un trozo de pepperoni frío y lo masticó con satisfacción, el modo en que sus labios se cerraban haciéndome tragar saliva.

• ¡A Reggie no le gustaría esto! - murmuró, jugueteando con el borde grasiento de la caja.

La luz acentuaba el ámbar de sus ojos avellana… que se oscurecían cada vez que miraba mis pantalones, todavía levemente abultados...

Sonreí.

- ¡Entonces es perfecto!

El motor crujía al enfriarse, acompañado por su risa suave. Estiró las piernas, la falda subiendo otro centímetro para mostrar el encaje de sus ligas. Una urraca curiosa se acercó al parabrisas, inclinando la cabeza como juzgándonos. Celeste la observó, su expresión indescifrable.

• ¡Estás callada! - observé, cambiando de marcha mientras volvíamos a la carretera principal.

La camioneta olía a sexo y anchoas… una combinación sacrílega que se aferraba a los asientos sin importar cuánto bajara las ventanillas.

Ella suspiró, sacudiendo migajas imaginarias de su falda. El movimiento hizo que la seda susurrara contra sus muslos.

• ¡Solo pienso! – respondió esquiva.

- ¿En qué? - pregunté, observando cómo sus dedos rozaban el borde de encaje de sus medias.

• ¡Zanahorias con jugo de piña! - respondió con seriedad falsa. Sus ojos avellana brillaron con picardía. - La acidez complementa lo terroso, ¿No crees?

esposa infiel

El bufido me sacudió hasta los hombros.


Post siguiente


0 comentarios - 49: Entrega informal II (Parte I)