Desde la noche del gloryhole, algo en Agus cambió para siempre. La soltura con la que se movía, el brillo en sus ojos y esa seguridad nueva se notaban en cada detalle cotidiano, pero donde realmente se sentía el cortocircuito era en la cama.
Ya no había filtros. Se había vuelto impúdica, voraz y completamente adicta a la tensión de lo prohibido. Le encantaba revivir esa noche en el momento de más calentura: mientras estábamos garchando, me buscaba la mirada, me apretaba con ganas y empezaba a susurrarme al oído los detalles de lo que había sentido ahí, sintiendo cómo yo me ponía cada vez más duro al escucharla.
No tardó en dar el siguiente paso. En pleno polvo, con la respiración cortada y la piel ardiendo, empezó a tirar la idea: ya no era solo recordar lo que había pasado, eran las ganas de llevarlo más allá. Me decía al oído, sin rodeos, lo mucho que le calentaba la idea de sumar a un tercero, de dejar que otro la agarrara mientras yo miraba, de convertirme en el espectador de su propio placer. Y esa complicidad, lejos de alejarnos, se volvió la nafta de todo lo que vino después.
Llegó del gimnasio con la piel todavía tibia, la respiración agitada y esa vibra eléctrica que traía últimamente. Cruzó la puerta de la casa sintiéndose la reina del mundo, con la transpiración del gimnasio todavía fresca en el cuello y esa caminata decidida que me volvía loco. No dio tiempo ni a que dejara el bolso en el piso: me encaró directo, me agarró de la nuca y me encajó un beso hondo, con gusto a piel caliente, mordiéndome los labios con una agresividad que me prendió fuego de una.
Nos fuimos desvistiendo a los manotazos de camino a la cama. La ropa terminó desparramada por el pasillo mientras las manos no paraban de recorrerse. Me buscaba la boca una y otra vez, jadeando sobre mis labios, raspándome la espalda con las uñas. Estaba desatada. Me empujó a la cama, se puso en cuatro sobre el colchón y me miró por sobre el hombro con los ojos encendidos, pidiéndome a gritos que no tuviera piedad.
Cuando le entré por el orto, la fricción fue brutal. Se agarró con fuerza de las sábanas, arqueando la espalda y soltando un gemido ahogado que retumbó en la habitación. Cada embestida nuestra marcaba un ritmo pesado, húmedo, con el calor del cuerpo de ella apretándome cada vez más fuerte.
Y justo ahí, cuando el placer la tenía al borde del colapso, con la piel ardiendo y la respiración completamente rota, giró apenas la cara para buscarme la mirada. Con la voz temblando por la calentura del momento, me tiró la frase bien despacio, saboreando cada palabra:
—Hay un pibe en el gimnasio... se llama Mati... no te das una idea de cómo me imagino que me agarre así de fuerte mientras vos nos mirás de al lado...
Escuchar el nombre de Mati salir de su boca en ese momento fue como una descarga eléctrica. Sentí un pellizco de celos en el pecho, una punzada de nerviosismo mezclada con la incertidumbre de que esto ya no era solo una fantasía sin rostro, sino un tipo de carne y hueso. Pero lejos de apagarme, esa mezcla me prendió fuego el cerebro. El ritmo de las embestidas se volvió más duro, más descontrolado, impulsado por esa marea de sensaciones encontradas.
Agus sintió el cambio de golpe. Sintió cómo mi verga se ponía como una piedra dentro de ella y eso la terminó de desquiciar. Lejos de frenar, usó esa reacción para meter más presión, volando de la calentura mientras se agarraba a las sábanas:
—Sí, mi amor... me encanta sentir cómo te ponés cuando te hablo de él... —susurró con la voz rota, entregadísima—. Quiero que me vea llegar así de perra... que me saque la ropa despacio, que me agarre con esas manos gigantes que tiene y me coma toda mientras vos estás ahí sentado, mirando cada detalle, viendo cómo me hace suya...
Verla completamente ida en su propia fantasía, sintiendo la presión helada de los celos mezclada con la devoción absoluta por verla disfrutar, me pasó por arriba. La imagen mental de ella con otro tipo, sumada a la forma en que su orto me apretaba a cada segundo, fue demasiado. No aguanté más. Me agarré fuerte de sus caderas, le hundí hasta el fondo y exploté dentro de ella con un acabado salvaje, mientras sus gemidos terminaban de llenar la habitación.
Nos quedamos tirados en la cama, todavía enroscados, sintiendo los latidos del corazón pegados en el pecho y la piel pegajosa por la transpiración. La pieza estaba en silencio, interrumpida solo por nuestra respiración que buscaba recuperar el ritmo. Pero la cabeza no me paraba: el nombre de Mati seguía dando vueltas en el aire como una marca que ya no se podía borrar.
Agus se acomodó de costado, apoyando la barbilla en mi pecho. Me miraba desde abajo con una sonrisa de lado, entre pícara y satisfecha, sabiendo perfectamente el cortocircuito que me había provocado. Pasó sus dedos despacio por mi cuello, rozándome la piel.
—Te encantó, ¿no? —dijo casi en un susurro, disfrutando cada segundo de mi silencio.
No esperó a que respondiera. Estiró el brazo hasta la mesa de luz, agarró el celular y la pantalla iluminó la penumbra de la habitación. Volvió a mi lado, deslizó el dedo por la pantalla un par de veces y me lo puso de frente a la cara.
—Mirá... es él —me dijo al oído, mientras en la foto de Instagram se veía a un tipo grandote, marcado por el gimnasio, con una cara de confianzudo que me hizo volver a apretar los dientes—. Va al mismo turno que yo. El otro día se me acercó a buscar conversación y no sabés cómo me miraba... En ese momento no le dije nada, pero me di cuenta al toque de que le re va el juego. ¿Decís que le escriba?
La pantalla brillaba entre los dos y la pregunta quedó flotando, dejando claro que a partir de ese segundo la fantasía dejaba de ser un diálogo interno para convertirse en un plan en marcha.
Mirar la foto de ese tipo en la pantalla fue como una piña directa al estómago. Se notaba a leguas la pinta de chabón seguro, de los que saben a lo que van, y la sola idea de imaginármelo cerca de Agus me hizo dar un vuelco en el corazón. El pecho se me llenó de una tensión fría, una mezcla jodida de nerviosismo y celos puros que me acalambraba las tripas.
Pero la cabeza va por un lado y la calentura por otro.
Agus sintió mi silencio y bajó la mano despacio por mi abdomen hasta rozarme entre las piernas. Al sentir el calor de sus dedos, la reacción fue instantánea, casi violenta: la verga, que apenas estaba descansando del polvo salvaje que nos habíamos echado, empezó a juntar sangre de nuevo, poniéndose dura como una piedra bajo su palma. Ella sintió el tirón y soltó una risita ahogada, apretándome con suavidad, saboreando el poder que tenía sobre mí.
—Mirá cómo te ponés... te morís de ganas y te da pánico al mismo tiempo —me susurró, pegando sus labios a mi oreja y rozándome con la punta de la lengua—. Decime que sí, mi amor... Dejame mandarle un mensaje ahora mismo. Vas a ver lo bien que la vamos a pasar los dos.
Tragué saliva, sintiendo la boca seca. La combinación de verla así de manija, la imagen de Mati en la pantalla y el dolor placentero de mi verga latiente entre sus dedos terminaron de aplastar cualquier intento de resistencia.
—Escribile... —le dije con la voz rasposa, entornando los ojos mientras apretaba las sábanas—. Escribile y decile que venga.
Agus no perdió ni un segundo. Se acomodó de espaldas contra el respaldo de la cama, destapándose sin ningún tipo de pudor. En la mano derecha sostenía el celular, con la pantalla iluminándole la cara llena de picardía, y con la mano izquierda buscó abajo hasta envolver mi verga de nuevo.
El contraste era brutal. Mientras con el pulgar abría el chat de Mati y empezaba a tippear, los dedos apretaban la piel de mi pene, subiendo y bajando con un ritmo lento, pesado, casi tormentoso. Me tenía totalmente a su merced. Yo no podía despegar los ojos del movimiento de su mano ni de las letras que iban apareciendo en la pantalla.
—Vas a ver lo bien que se lo voy a vender... —murmuró sin mirarme, concentrada en la pantalla mientras su mano aumentaba apenas la presión, sacándome un gemido ahogado.
Cada notificación, cada pálpito de mi verga apretada por sus dedos me humillaba y me encendía en partes iguales. Me quedé ahí, sumiso, apoyando la cabeza cerca de sus piernas, sintiendo el aroma fresco a sexo que todavía quedaba entre los dos, mirando cómo redactaba el mensaje como si yo fuera apenas un espectador invitado a su propio juego:
"Hola Mati... me quedé pensando en lo que hablábamos en el gimnasio. Hoy a la noche estoy libre con mi novio y queremos invitarte a tomar algo a casa... a pasarla bien. Decime si te sumás."
—Mirá cómo le pongo, mi amor... para que entienda de una —dijo, rozándome el glande con el pulgar justo antes de tocar la flecha de enviar.
El sonido del mensaje saliendo retumbó en el silencio de la pieza. En ese preciso instante, sintió mi tirón, apretó la paja un poco más fuerte y me obligó a mirar la pantalla fijamente. Ya no había vuelta atrás. Estaba ahí tirado, entregado por completo a su voluntad, esperando ver cómo el tilde azul cambiaba nuestras vidas para siempre.
El tilde quedó ahí, gris, esperando pintarse de azul. La espera fue una tortura. Mientras estábamos ahí tirados, con ella todavía manejándome la pija a ritmo lento y la pantalla brillando en la oscuridad, la tensión se estiró... hasta que el celular zumbó contra sus dedos y a mí se me paró el corazón. Dos tildes azules. Y la respuesta de Mati que no tardó ni diez segundos:
"Buenas... Qué linda sorpresa. Me re va la propuesta. Pasame la dirección y decime a qué hora voy."
Agus soltó una risita ahogada, llena de picardía, y me apretó la verga con ganas, sacándome un quejido directo a la garganta.
—Viste que era fácil, mi amor... —susurró, mirándome a los ojos con una intensidad que me hizo temblar—. Hoy a la noche viene. Y no sabés la pinta que me voy a poner para recibirlo... Quiero que me veas vestida como a vos te calienta, pero para que él me clave la mirada ni bien abra la puerta.
Le contestó la hora y la dirección, cerrando el trato. Faltaban apenas unas horas. Ella se levantó despacio, dejándome todavía caliente sobre el colchón, y caminó directo al placard.
Agus abrió las puertas sin dudarlo. Se deslizó sobre la piel un vestido engomado, negro, rabiosamente ajustado, que le ceñía la cintura y le marcaba la cadera como una segunda piel brillante. Cada movimiento que hacía despedía un leve chirrido de goma que me ponía los nervios de punta. Se sentó en el borde de la cama para calzarse las botas de charol. Escuchar el cierre subir a lo largo de sus pantorrillas y ver el brillo espejo reflejando la luz tenue de la pieza me aplastaba la cabeza. Estaba impactante, dominante.
Terminó de maquillarse frente al espejo, remarcándose los labios con un rojo encendido. Se giró hacia mí, clavándome los tacos de charol contra el piso.

—Mirame bien... —murmuró acomodándose el escote del vestido engomado frente a mi cara, dejando que el perfume me invadiera—. Así como me ves, me va a ver él cuando abra la puerta. Quiero que te quede claro quién manda hoy.
En ese preciso instante, el timbre del piso de abajo resonó en toda la casa. El golpe seco nos congeló a los dos. Mati ya estaba abajo.
Escuché el golpe firme de los tacos de charol marcando cada paso hacia la puerta principal. El cuero sintético de su vestido crujía con el bamboleo de su cadera. Yo me quedé en el sillón del living, en penumbras, con el corazón martillándome las costillas y la verga al borde de la explosión debajo del pantalón.
Destrabó la cerradura. El sonido metálico resonó en el silencio del departamento.
—Hola, Mati... qué puntual —dijo la voz de Agus, suave, felina, cargada de una confianza que me erizó los pelos del cuello.
—Buenas... Imposible llegar tarde con la invitación que me mandaste —se escuchó la voz de él, grave, segura. Hizo una pausa helada de un par de segundos, esa pausa donde sabés que el tipo se la quedó mirando de arriba a abajo—. Mierda, Agus... qué locura de vestido. Te queda dibujado.
—¿Te gusta? Lo elegí especialmente para hoy... Pasá, dale.
Escuché los pasos de los dos entrando al departamento. La puerta se cerró con un chasquido seco. De golpe, Mati dobló la esquina del pasillo hacia el living, con Agus pegada a él. El chabón era alto, de espaldas anchas, en remera ajustada marcando los brazos del gimnasio. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos en la oscuridad del sillón, esbozó una sonrisa canchera, entendiendo perfectamente cuál era su lugar y cuál el mío.
Agus no perdió un segundo. Se le acercó por detrás a Mati, rozándole la espalda con el brillo negro de su vestido engomado, y me miró fijo a los ojos desde arriba del hombro de él.
—Mati, él es mi novio...
Agus dio un paso hacia adelante, quebrando el espacio entre ellos con el taconazo de sus botas de charol contra el piso. Sin quitarme los ojos de encima, estiró una mano y apoyó las uñas suavemente sobre el pecho de Mati, haciéndolas descender despacio por la remera hasta el borde de su pantalón.
—Quiero que te quedes ahí sentado, sin moverte —me ordenó Agus con un tono helado, cargado de una autoridad que me hizo tragar saliva—. Mirá y disfrutá, porque esto es lo que querías.
Mati ni se inmutó. Tenía los brazos caídos a los costados, dejando que ella tomara la delantera. Agus se le pegó al cuerpo. El engomado negro de su vestido crujió al apretarse contra el torso de él. Levantó ambos brazos, se enganchó del cuello de Mati y se empinó sobre los tacos de charol para rozarle los labios con el labial rojo. No lo besó de entrada; apenas le peinó la boca con el aliento.
—Mirá cómo tiembla tu novio, Agus... —murmuró Mati en voz baja, girando apenas la cabeza hacia el sillón, con una sonrisa socarrona.
—Que tiemble todo lo que quiera... hoy no decide nada —respondió ella.
En ese segundo, Agus bajó la mano derecha y, sin ningún tipo de filtro, le agarró el bulto a Mati por encima del jean. Lo apretó con fuerza, tanteando el tamaño y la firmeza, mientras soltaba un gemido leve directo al oído de él. La imagen de mi mujer manoseando a otro chabón a dos metros de mí, vestida de goma y charol, me destrozó la cabeza. La verga se me puso de piedra dentro del pantalón, atrapado entre la impotencia y el morbo más salvaje.
Ella sentía mi mirada clavada, sentía la tensión en el aire y decidió apretar el acelerador. No le sacó la mano de encima. Siguió masajeándole la entrepierna a Mati hasta sentir cómo el chabón se le terminaba de poner de piedra.
Mati soltó una respiración pesada, hundiendo los dedos en las caderas de Agus, apretando el vestido engomado contra sus palmas. El sonido de la goma al arrugarse por la presión de sus manos resonó en todo el living.
—Estás hecha una bomba, Agus... me vas a hacer volver loco —le dijo él, bajando la cabeza para buscarle el cuello.
Ella ladeó la cabeza despacio, dándole acceso libre, pero manteniendo los ojos fijos en mí, disfrutando de ver cómo yo me retorcía en el sillón. Sintió los labios de Mati recorriéndole la piel del cuello, dejando una marca húmeda. Agus soltó un suspiro hondo, entornando los ojos por la calentura, pero sin perder el mando.
—Esperá... —murmuró ella, frenándolo apenas con un toque en el pecho pero sin soltarle el bulto—. Antes de seguir, quiero que me ayudes con algo.
Agus se dio vuelta despacio, quedando de espaldas a Mati y de frente a mí. El escote de la espalda del vestido engomado dejaba al descubierto el cierre metálico que bajaba hasta la cintura. Se levantó el pelo con una mano, dejando al desnudo su nuca brillante por el sudor de la excitación.
—Bajámelo... despacio —le ordenó a Mati.
Mati agarró el tirador metálico. El sonido del cierre abriéndose a lo largo de su espalda fue un golpe directo a mi cabeza. Estaba ahí, hundido en el sillón de mi propio living, viendo cómo los dedos de Mati deslizaban la goma negra hacia abajo, dejando al descubierto la piel desnuda de Agus.
Ella no me sacaba los ojos de encima. Su mirada era helada, dominante. Sentí cómo la verga me latía con violencia dentro del pantalón.
—Mirá bien cómo me desviste, mi amor... —me dijo Agus, con la voz entrecortada por la excitación mientras el vestido le caía hasta la cintura, dejando al descubierto su corpiño negro.
El vestido engomado terminó de ceder y cayó amontonado en su cintura, dejando al descubierto la espalda y la tira del corpiño. El contraste de la piel de Agus con el brillo negro de la goma y las botas de charol era deslumbrante. Yo estaba clavado en el sillón, con el pulso a mil.
Mati no esperó más. Deslizó las manos por sus hombros desnudos y le pegó el pecho a la espalda, apretándola contra su cuerpo. El crujido de la goma contra la remera de él retumbó en mis oídos. Agus soltó un gemido suave, pero sin perder esa mirada fría fija en mí.
—Mirá cómo nos mira... —murmuró Mati, clavando sus labios en el cuello de Agus mientras las manos le bajaban hasta agarrarle la cola por encima de la falda engomada.
—Que mire todo lo que quiera. Para eso está ahí... —respondió ella, inclinando la cabeza hacia atrás, entregándose al roce pero dejándome bien en claro que el espectáculo era a costa de mi sumisión.
Se dio vuelta en el lugar, haciendo sonar los tacos de charol contra el piso de madera, y encaró a Mati de frente. Con una mano le agarró la nuca y lo trajo hacia ella, estampándole un beso salvaje, profundo, con lengua, de esos que a mí me volvían loco. Ver a mi mujer comiéndole la boca a otro chabón a dos metros, sintiendo el olor a su perfume mezclado con la excitación en el aire, me aplastó la cabeza.
En medio del beso, Agus bajó la mano hasta el cinturón de Mati. Escuché el chasquido metálico de la hebilla abriéndose y el sonido del cierre bajando. Lo desabrochó sin apuro, manteniendo el beso, hasta que le liberó la verga. Mati la tenía gigantesca, dura, apuntando directo hacia ella.
Agus cortó el beso despacio, se limpió el labial corrido con el dorso de la mano y miró la verga de Mati. Después se giró hacia el sillón, clavándome esa sonrisa socarrona que me desarmaba por completo.
—Vení acá... ponete de rodillas al lado nuestro —me ordenó con una voz firme que no admitía discusión—. Quiero que sientas de cerca cómo se pone cuando le hago esto.
El estómago se me hizo un nudo gigante. La mezcla de humillación, celos destructivos y una calentura incontrolable me dominó. Me levanté del sillón como un autómata y me fui a arrodillar directo a sus pies, al lado de la bota de charol.
Me arrodillé al lado de sus botas, sintiendo el aroma intenso a cuero, perfume y excitación impregnado en el aire. La textura helada del piso me clavaba la realidad en la piel, pero nada dolía más que ver la verga de Mati erguida a centímetros de mi cara, imponente.
Agus no me miró abajo. Mantuvo los ojos clavados en los de Mati, disfrutando de tenerme ahí, sumiso a sus pies, reducido a la nada misma. Deslizó sus dedos sobre la piel de él con una lentitud tortuosa, rozándole la cabeza y empezando a bajar con un ritmo suave que le sacó a Mati un gruñido grave.
—Mirá qué fina es la piel acá... sentí cómo se pone —murmuró Agus. La orden implícita era para mí: me estaba obligando a presenciar cada detalle de cómo lo calentaba, a escuchar la respiración entrecortada del chabón y la forma en que él le buscaba la cintura desnuda por arriba del vestido engomado.
Mati le enterró los dedos en la carne de la cadera, apretando la goma negra contra su piel. Él se inclinó hacia ella y volvió a comérsela a besos, esta vez más agresivo, más dominante. Escuchaba el choque de sus labios, la saliva y el chirrido sutil del vestido cada vez que él la empujaba levemente contra el borde de la mesa.
—Estás hecha un fuego, la concha de tu madre... —susurró Mati contra su boca, bajando una mano para apretarle la cola con fuerza por encima de la falda ajustada.
Agus soltó un gemido agudo que me atravesó la cabeza. Esa voz era la misma que usaba conmigo, pero ahora retumbaba en la habitación provocada por la mano de otro. El estómago se me retorció en un nudo de celos ciegos, pero la imagen era tan salvaje que la verga me latía en el pantalón como si fuera a reventar.
De golpe, ella cortó el beso, respirando agitada, y bajó la vista hacia mí. Apoyó el taco de su bota de charol directo sobre mi muslo, haciéndome sentir todo el peso de su autoridad.
—Mirá bien cómo me tiene... —me dijo con la voz agitada, bajando la vista para clavarme los ojos—. Y no te me muevas de ahí.
Sin sacarme el taco de encima, se giró un poco hacia Mati y le agarró la verga con firmeza, guiándola directo hacia la falda engomada. Con la otra mano, corrió la tela hacia un costado, dejando su vagina expuesta, brillando de humedad.
Mati la agarró con ganas del talle, levantándola apenas unos centímetros. El sonido de la goma estirándose y el crujido del cuero resonaron en todo el living. El tipo no esperó nada: empujó de golpe hacia adelante, hundiéndose en ella de una sola estocada.
Agus echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido ahogado, largo. El taco de la bota de charol se me clavó un poco más fuerte en la pierna con el envión de la entrada de Mati. Yo estaba a centímetros de la escena, viendo en vivo y en directo cómo la embestía por primera vez, sintiendo el choque del cuerpo de él contra la goma negra y el olor a sexo invadiéndome la cabeza.
El envión de la primera estocada las hizo tambalear apenas. Mati la agarró con fuerza del talle y la empujó hacia atrás, caminando a pasos pesados directo al sofá del living. Yo me fui arrastrando por el piso detrás de ellos, sumiso.
Mati la tiró de espaldas contra los almohadones. Las piernas de Agus quedaron abiertas de par en par, con la falda engomada corrida a un lado y las botas de charol sobresaliendo por encima del borde del sillón, brillando bajo la luz tenue. Él se le metió en el medio sin perder un segundo, clavándole los brazos a los costados y volviendo a hundirse en ella con un ritmo pesado, salvaje, que hacía crujir todo el tapizado.
—Uff, Agus... qué apretada que estás, la puta madre... —gruñó Mati, embistiéndola con ganas, sacándole un gemido agudo.
Ella arqueó la espalda, clavando las manos en los hombros de él, entregada por completo al placer mientras el vestido de goma se arrugaba bajo sus cuerpos. Pero en medio del trance, bajó los ojos y me buscó en el suelo.
—Agarrate de ahí... disfrutá de tu lugar —me dijo con el aliento entrecortado.
Me acerqué a la base del sofá y estiré las manos temblando. Le envolví el tobillo a Agus, sintiendo la textura helada, lisa y rígida del charol de la bota. Empecé a acariciar el cuero brillante subiendo despacio por la caña mientras escuchaba los gemidos de mi mujer y el jadeo pesado de Mati a centímetros de mi cara. Rozar ese charol rígido mientras veía cómo la garchaban me terminó de quemar la cabeza; la verga me latía al límite dentro del pantalón.
Los gemidos de Agus retumbaban en todo el living, marcando el compás salvaje. Mati la embestía sin piedad, un impacto seco y pesado que hacía crujir la estructura del sillón. El cuerpo de ella se sacudía; el corpiño negro apenas le contenía el pecho agitado y el vestido engomado crujía y brillaba con cada movimiento, empapado en el roce de los dos.
Mati le agarraba los muslos con fuerza bruta, abriéndola de par en par. El sonido del sexo era explícito, húmedo y ensordecedor. Abajo, hundido en la alfombra, pegué la cara al costado del sofá, directo a la bota de charol que sobresalía del borde. Con las manos temblando de excitación, le abracé el tobillo rígido. Acerqué la boca y le pasé la lengua a lo largo del empeine, sintiendo el gusto neutro del cuero sintético y el brillo del charol contra mis labios.
Agus sintió mi lengua en su bota en medio del frenesí. Se inclinó un poco hacia adelante y bajó la vista hacia mí. Sus ojos estaban nublados por el placer, pero al verme ahí tirado, adorando su calzado como un perro sumiso, se le dibujó una sonrisa perversa.
—Eso... limpiala bien con la lengua mientras este chabón me rompe la concha —gemió Agus desde arriba, apoyando todo el peso de esa misma bota contra mi mejilla, apretándome la cara contra el piso mientras Mati la terminaba de reventar a estocadas.
Le obedecí sin dudarlo. Empecé a lamer la punta y el taco de charol con desesperación, sintiendo las vibraciones de cada choque de sus cuerpos retumbando directo en mi mandíbula. Estaba completamente sometido.
El peso de su bota sobre mi cara desapareció de golpe. Agus frenó a Mati un segundo, agarrándole los brazos con firmeza sobre el sofá, respirando de manera agitada. Mati se quedó congelado adentro de ella, jadeando, con la espalda empapada en sudor.
Ella bajó la vista hacia mí, con las mejillas encendidas y los ojos completamente desorbitados por el morbo.
—Vení acá... —me ordenó con un hilo de voz, pero con la misma autoridad de siempre.
Me arrastré como pude por el piso hasta quedar a la altura de su cara en el borde del sofá. La cercanía me pegó una piña en el pecho: el olor a sexo concentrado, su perfume y la humedad me terminaron de demoler.
Agus se dio vuelta en el sofá y se puso en cuatro, apoyando los antebrazos contra los almohadones. La falda de goma amontonada en la cintura le dejaba la cola al descubierto, y las botas de charol le daban un toque increíble, firmes contra el borde del sillón.
Mati se acomodó parado detrás de ella, la agarró de las caderas y se la volvió a clavar de lleno desde atrás. El impacto de los cuerpos retumbó en el living mientras ella soltaba un gemido largo, arqueando la espalda.
Fue en ese momento que me buscó con la mirada por encima del hombro.
—Ponete de frente —dijo con la voz agitada.
Me subí al sofá quedando cara a cara con ella. Agus estiró las manos, me desabrochó el pantalón y me liberó la verga, que me latió al instante al sentir el aire de la pieza. Sin darme respiro, me agarró desde la base y se la metió entera en la boca.
Yo parado de frente en el sillón recibiendo su oral, mientras detrás de ella, Mati le daba estocadas profundas al ritmo de las chupadas que ella me pegaba. El contraste era una locura: sentía el calor húmedo de su boca rítmica en mi verga, mientras veía cómo la cara de ella se deformaba de placer por lo que Mati le hacía desde atrás.
El ritmo se volvió totalmente frenético. El living era una caldera: el sonido de las embestidas de Mati retumbaba desde atrás, un choque constante y pesado contra la falda engomada de Agus que crujía a cada segundo. El movimiento le sacudía todo el cuerpo, y el brillo de las botas de charol encajadas en el borde del sillón completaba una postal enferma, de dominación pura.
Ella estaba entregada a las dos puntas. Tenía la cabeza metida hacia adelante, tragándose mi verga con un hambre desesperada, ahogándose a propósito en cada chupada mientras los golpes de cadera de Mati la hacían gemir contra mi carne. El calor de su boca era implacable; me apretaba con la lengua en la base y subía y bajaba rítmicamente, succionándome con la misma saliva con la que antes lo había besado a él.
—Mmmgh... —se le escapaba un gemido sordo entre mis piernas cada vez que Mati se la clavaba hasta el fondo.
Yo la tenía agarrada del pelo, perdiendo la cabeza por completo. Verla ahí, en cuatro sobre el sofá, recibiendo a Mati por atrás mientras me devoraba a mí de frente, era el pico de morbo y humillación más alto que había sentido en mi vida. Los celos se terminaron de fundir con la excitación, transformándose en una adrenalina líquida que me recorría las venas.
Agus se reacomodó en cuatro sobre los almohadones del sofá, con la falda engomada completamente levantada y el brillo de las botas de charol encajadas en los bordes. El contraste de su piel con la goma negra y el cuero rígido era una locura.
Mati no lo dudó un segundo. Le abrió los cachetes de la cola con las dos manos, buscó la entrada y, con una sola estocada seca y pesada, se le hundió de lleno por el culo.
El grito de Agus retumbó en las paredes del living, un gemido agudo, mezcla de dolor y una calentura totalmente desbordada. Arqueó la espalda al límite, haciendo crujir la tela del vestido en su cintura. Mati la agarró firme de las caderas y empezó a embestirla con un ritmo lento, duro, disfrutando cómo la estrechez de su culo lo apretaba.
En medio de ese impacto, Agus bajó la cabeza y me clavó los ojos, totalmente ida.
—Vení acá... ponete abajo mío —me ordenó con la voz entrecortada por las estocadas—. Chupame la concha mientras este hijo de puta me rompe el culo.
Me metí de frente entre sus piernas, arrodillado en el borde del sillón. Pegué la cara directo a su entrepierna expuesta, sintiendo el calor, la humedad chorreándole por los muslos y el olor penetrante a sexo mezclado con su perfume.
Le clavé la lengua de lleno en el clítoris. La respuesta de ella fue instantánea: un temblor le recorrió todo el cuerpo. Sentir cómo mi lengua le trabajaba la concha empapada mientras desde arriba escuchaba los golpes secos de la verga de Mati hundiéndose en su culo me terminó de quemar la cabeza. Cada embestida que él le daba por atrás la empujaba directo contra mi boca, obligándome a tragarme todos sus jugos mientras el sonido del garche anal y los gemidos de los dos me reventaban los oídos.
El ritmo sobre el sofá se volvió salvaje. Los golpes secos de la cadera de Mati retumbaban contra la cola de Agus, un impacto tras otro que hacía vibrar la estructura de madera. Con cada embestida anal que le daba por atrás, el cuerpo de ella se proyectaba hacia adelante, hundiéndome la concha de lleno en la cara.
Estaba completamente sepultado en su entrepierna, lamiéndole el clítoris con desesperación, tragándome sus jugos hirviendo que me chorreaban por la barbilla. Las botas de charol le daban una firmeza increíble contra los almohadones; podía sentir la rigidez del cuero de sus piernas rodeándome la cabeza mientras yo le chupaba la concha con todo el impulso de mi respiración.
—¡Sí... así, la puta madre! —gritaba Agus contra el respaldo del sofá, con la voz rota por el placer absoluto—. ¡Chupamela fuerte mientras me rompen el culo!
Mati la agarró del pelo con una mano para tirar de su cabeza hacia atrás, clavándole la verga hasta el fondo de una manera implacable. El sonido del sexo anal era sucio, explícito, ensordecedor. Ver desde tan abajo cómo la carne de mi mujer se abría y cedía ante el volumen de la verga del tipo, sintiendo el olor a sexo concentrado y el sabor de su excitación en mi boca, me tenía en el borde del colapso.
De golpe, el cuerpo de Agus entró en un temblor violento. Sentí cómo la concha se le contraía encima de mi lengua, lanzando una oleada de calor y humedad que me cubrió los labios. Estaba teniendo un orgasmo devastador.
—¡Me voy, me voy! —chilló ella, arqueando la espalda al límite.
Mati sintió la presión del culo de Agus apretándolo como una prensa en pleno orgasmo y no aguantó más. Le pegó dos estocadas brutales, profundas, y se quedó clavado adentro de ella con un gruñido grave que le salió del pecho, llenándole el culo de leche mientras el cuerpo de los dos se sacudía en el centro del living. Yo seguía ahí abajo, arrodillado, lamiéndola sin parar, ahogándome en su placer mientras la escena me destruía y me calentaba en partes iguales.
Mati dio el último temblor adentro de ella y, soltando un resoplido pesado, se fue retirando despacio. El sonido de la piel despegándose fue puro morbo. Apenas la cabeza de su verga salió del culo de Agus, una cascada densa y tibia de leche empezó a chorrear por entre sus nalgas, cayendo directamente sobre la entrada de su vagina y goteando justo sobre mi cara, donde yo seguía lamiendo desenfrenadamente.
Me tragué el líquido caliente mezclado con los jugos de mi mujer, completamente alienado, sintiendo el gusto de la entrega total flotando en mi boca.
Agus, todavía temblando por el orgasmo y con la respiración arruinada, no nos dio un segundo de tregua. Apoyó una de sus botas de charol contra el respaldo del sofá para impulsarse y se dio vuelta en el aire como una pantera, quedando en un 69 perfecto sobre mí.
El brillo del charol negro me encandiló de cerca mientras ella apoyaba todo el peso de su entrepierna chorreante directo sobre mi nariz y mi boca, enganchándome la cabeza entre sus muslos ajustados por la goma del vestido.
Sin perder un segundo, estiró la mano, me agarró la verga que me latía al límite a punto de reventar y me la metió de golpe hasta el fondo de la garganta.
—Ahora formate acá... tragate todo mi gusto mientras te la succiono —me murmuró de un modo sucio contra mi entrepierna, volviendo a hundir su clítoris en mi lengua.
Empezó a chuparme con un ritmo feroz, desesperado, ahogándome con su boca tibia mientras yo sentía el cuero helado de sus botas apretándome las orejas y el peso de su cuerpo engomado aplastándome contra los almohadones. El roce de mi lengua en su vagina empapada de leche ajena y la succión violenta que ella me hacía en la verga provocaron un cortocircuito definitivo en mi cabeza.
No aguanté más de diez segundos. La humillación, el fetiche del charol y la leche corriendo por mi cara detonaron la bomba.
Le pegué un tirón de caderas y me vine de una manera brutal, disparando chorro tras chorro directo en el fondo de su boca. Agus no aflojó ni un segundo: se me tragó la leche entera sin asco, succionando hasta la última gota mientras el sonido de sus tragos retumbaba en el living, coronando la noche de dominación más salvaje de nuestras vidas.
Quedé tirado en el sofá, completamente vaciado, con la respiración arruinada y la cabeza dando vueltas. La luz tenue del living reflejaba los restos de la noche: el desorden, el olor a sexo denso flotando en el aire y el brillo implacable del charol.
Agus se incorporó despacio. Se acomodó el pelo hacia atrás con los dedos y me miró desde arriba con una sonrisa ligera, de satisfacción absoluta, sabiéndose la dueña y señora de todo lo que acababa de pasar. Le pegó un vistazo a Mati, que se estaba abrochando el jean en un rincón del ambiente, aún agitado.
—Estuviste increíble, mi amor... cumpliste al pie de la letra —me dijo al oído, bajándose de un salto del sillón.
El sonido de sus tacos de charol repicando contra el piso de madera mientras caminaba hacia la cocina fue el sello final de la noche. Me quedé ahí, tirado en la oscuridad, sabiendo que después de este nivel de humillación y placer, esta noche no se me iba a borrar nunca más de la cabeza.
Ya no había filtros. Se había vuelto impúdica, voraz y completamente adicta a la tensión de lo prohibido. Le encantaba revivir esa noche en el momento de más calentura: mientras estábamos garchando, me buscaba la mirada, me apretaba con ganas y empezaba a susurrarme al oído los detalles de lo que había sentido ahí, sintiendo cómo yo me ponía cada vez más duro al escucharla.
No tardó en dar el siguiente paso. En pleno polvo, con la respiración cortada y la piel ardiendo, empezó a tirar la idea: ya no era solo recordar lo que había pasado, eran las ganas de llevarlo más allá. Me decía al oído, sin rodeos, lo mucho que le calentaba la idea de sumar a un tercero, de dejar que otro la agarrara mientras yo miraba, de convertirme en el espectador de su propio placer. Y esa complicidad, lejos de alejarnos, se volvió la nafta de todo lo que vino después.
Llegó del gimnasio con la piel todavía tibia, la respiración agitada y esa vibra eléctrica que traía últimamente. Cruzó la puerta de la casa sintiéndose la reina del mundo, con la transpiración del gimnasio todavía fresca en el cuello y esa caminata decidida que me volvía loco. No dio tiempo ni a que dejara el bolso en el piso: me encaró directo, me agarró de la nuca y me encajó un beso hondo, con gusto a piel caliente, mordiéndome los labios con una agresividad que me prendió fuego de una.
Nos fuimos desvistiendo a los manotazos de camino a la cama. La ropa terminó desparramada por el pasillo mientras las manos no paraban de recorrerse. Me buscaba la boca una y otra vez, jadeando sobre mis labios, raspándome la espalda con las uñas. Estaba desatada. Me empujó a la cama, se puso en cuatro sobre el colchón y me miró por sobre el hombro con los ojos encendidos, pidiéndome a gritos que no tuviera piedad.
Cuando le entré por el orto, la fricción fue brutal. Se agarró con fuerza de las sábanas, arqueando la espalda y soltando un gemido ahogado que retumbó en la habitación. Cada embestida nuestra marcaba un ritmo pesado, húmedo, con el calor del cuerpo de ella apretándome cada vez más fuerte.
Y justo ahí, cuando el placer la tenía al borde del colapso, con la piel ardiendo y la respiración completamente rota, giró apenas la cara para buscarme la mirada. Con la voz temblando por la calentura del momento, me tiró la frase bien despacio, saboreando cada palabra:
—Hay un pibe en el gimnasio... se llama Mati... no te das una idea de cómo me imagino que me agarre así de fuerte mientras vos nos mirás de al lado...
Escuchar el nombre de Mati salir de su boca en ese momento fue como una descarga eléctrica. Sentí un pellizco de celos en el pecho, una punzada de nerviosismo mezclada con la incertidumbre de que esto ya no era solo una fantasía sin rostro, sino un tipo de carne y hueso. Pero lejos de apagarme, esa mezcla me prendió fuego el cerebro. El ritmo de las embestidas se volvió más duro, más descontrolado, impulsado por esa marea de sensaciones encontradas.
Agus sintió el cambio de golpe. Sintió cómo mi verga se ponía como una piedra dentro de ella y eso la terminó de desquiciar. Lejos de frenar, usó esa reacción para meter más presión, volando de la calentura mientras se agarraba a las sábanas:
—Sí, mi amor... me encanta sentir cómo te ponés cuando te hablo de él... —susurró con la voz rota, entregadísima—. Quiero que me vea llegar así de perra... que me saque la ropa despacio, que me agarre con esas manos gigantes que tiene y me coma toda mientras vos estás ahí sentado, mirando cada detalle, viendo cómo me hace suya...
Verla completamente ida en su propia fantasía, sintiendo la presión helada de los celos mezclada con la devoción absoluta por verla disfrutar, me pasó por arriba. La imagen mental de ella con otro tipo, sumada a la forma en que su orto me apretaba a cada segundo, fue demasiado. No aguanté más. Me agarré fuerte de sus caderas, le hundí hasta el fondo y exploté dentro de ella con un acabado salvaje, mientras sus gemidos terminaban de llenar la habitación.
Nos quedamos tirados en la cama, todavía enroscados, sintiendo los latidos del corazón pegados en el pecho y la piel pegajosa por la transpiración. La pieza estaba en silencio, interrumpida solo por nuestra respiración que buscaba recuperar el ritmo. Pero la cabeza no me paraba: el nombre de Mati seguía dando vueltas en el aire como una marca que ya no se podía borrar.
Agus se acomodó de costado, apoyando la barbilla en mi pecho. Me miraba desde abajo con una sonrisa de lado, entre pícara y satisfecha, sabiendo perfectamente el cortocircuito que me había provocado. Pasó sus dedos despacio por mi cuello, rozándome la piel.
—Te encantó, ¿no? —dijo casi en un susurro, disfrutando cada segundo de mi silencio.
No esperó a que respondiera. Estiró el brazo hasta la mesa de luz, agarró el celular y la pantalla iluminó la penumbra de la habitación. Volvió a mi lado, deslizó el dedo por la pantalla un par de veces y me lo puso de frente a la cara.
—Mirá... es él —me dijo al oído, mientras en la foto de Instagram se veía a un tipo grandote, marcado por el gimnasio, con una cara de confianzudo que me hizo volver a apretar los dientes—. Va al mismo turno que yo. El otro día se me acercó a buscar conversación y no sabés cómo me miraba... En ese momento no le dije nada, pero me di cuenta al toque de que le re va el juego. ¿Decís que le escriba?
La pantalla brillaba entre los dos y la pregunta quedó flotando, dejando claro que a partir de ese segundo la fantasía dejaba de ser un diálogo interno para convertirse en un plan en marcha.
Mirar la foto de ese tipo en la pantalla fue como una piña directa al estómago. Se notaba a leguas la pinta de chabón seguro, de los que saben a lo que van, y la sola idea de imaginármelo cerca de Agus me hizo dar un vuelco en el corazón. El pecho se me llenó de una tensión fría, una mezcla jodida de nerviosismo y celos puros que me acalambraba las tripas.
Pero la cabeza va por un lado y la calentura por otro.
Agus sintió mi silencio y bajó la mano despacio por mi abdomen hasta rozarme entre las piernas. Al sentir el calor de sus dedos, la reacción fue instantánea, casi violenta: la verga, que apenas estaba descansando del polvo salvaje que nos habíamos echado, empezó a juntar sangre de nuevo, poniéndose dura como una piedra bajo su palma. Ella sintió el tirón y soltó una risita ahogada, apretándome con suavidad, saboreando el poder que tenía sobre mí.
—Mirá cómo te ponés... te morís de ganas y te da pánico al mismo tiempo —me susurró, pegando sus labios a mi oreja y rozándome con la punta de la lengua—. Decime que sí, mi amor... Dejame mandarle un mensaje ahora mismo. Vas a ver lo bien que la vamos a pasar los dos.
Tragué saliva, sintiendo la boca seca. La combinación de verla así de manija, la imagen de Mati en la pantalla y el dolor placentero de mi verga latiente entre sus dedos terminaron de aplastar cualquier intento de resistencia.
—Escribile... —le dije con la voz rasposa, entornando los ojos mientras apretaba las sábanas—. Escribile y decile que venga.
Agus no perdió ni un segundo. Se acomodó de espaldas contra el respaldo de la cama, destapándose sin ningún tipo de pudor. En la mano derecha sostenía el celular, con la pantalla iluminándole la cara llena de picardía, y con la mano izquierda buscó abajo hasta envolver mi verga de nuevo.
El contraste era brutal. Mientras con el pulgar abría el chat de Mati y empezaba a tippear, los dedos apretaban la piel de mi pene, subiendo y bajando con un ritmo lento, pesado, casi tormentoso. Me tenía totalmente a su merced. Yo no podía despegar los ojos del movimiento de su mano ni de las letras que iban apareciendo en la pantalla.
—Vas a ver lo bien que se lo voy a vender... —murmuró sin mirarme, concentrada en la pantalla mientras su mano aumentaba apenas la presión, sacándome un gemido ahogado.
Cada notificación, cada pálpito de mi verga apretada por sus dedos me humillaba y me encendía en partes iguales. Me quedé ahí, sumiso, apoyando la cabeza cerca de sus piernas, sintiendo el aroma fresco a sexo que todavía quedaba entre los dos, mirando cómo redactaba el mensaje como si yo fuera apenas un espectador invitado a su propio juego:
"Hola Mati... me quedé pensando en lo que hablábamos en el gimnasio. Hoy a la noche estoy libre con mi novio y queremos invitarte a tomar algo a casa... a pasarla bien. Decime si te sumás."
—Mirá cómo le pongo, mi amor... para que entienda de una —dijo, rozándome el glande con el pulgar justo antes de tocar la flecha de enviar.
El sonido del mensaje saliendo retumbó en el silencio de la pieza. En ese preciso instante, sintió mi tirón, apretó la paja un poco más fuerte y me obligó a mirar la pantalla fijamente. Ya no había vuelta atrás. Estaba ahí tirado, entregado por completo a su voluntad, esperando ver cómo el tilde azul cambiaba nuestras vidas para siempre.
El tilde quedó ahí, gris, esperando pintarse de azul. La espera fue una tortura. Mientras estábamos ahí tirados, con ella todavía manejándome la pija a ritmo lento y la pantalla brillando en la oscuridad, la tensión se estiró... hasta que el celular zumbó contra sus dedos y a mí se me paró el corazón. Dos tildes azules. Y la respuesta de Mati que no tardó ni diez segundos:
"Buenas... Qué linda sorpresa. Me re va la propuesta. Pasame la dirección y decime a qué hora voy."
Agus soltó una risita ahogada, llena de picardía, y me apretó la verga con ganas, sacándome un quejido directo a la garganta.
—Viste que era fácil, mi amor... —susurró, mirándome a los ojos con una intensidad que me hizo temblar—. Hoy a la noche viene. Y no sabés la pinta que me voy a poner para recibirlo... Quiero que me veas vestida como a vos te calienta, pero para que él me clave la mirada ni bien abra la puerta.
Le contestó la hora y la dirección, cerrando el trato. Faltaban apenas unas horas. Ella se levantó despacio, dejándome todavía caliente sobre el colchón, y caminó directo al placard.
Agus abrió las puertas sin dudarlo. Se deslizó sobre la piel un vestido engomado, negro, rabiosamente ajustado, que le ceñía la cintura y le marcaba la cadera como una segunda piel brillante. Cada movimiento que hacía despedía un leve chirrido de goma que me ponía los nervios de punta. Se sentó en el borde de la cama para calzarse las botas de charol. Escuchar el cierre subir a lo largo de sus pantorrillas y ver el brillo espejo reflejando la luz tenue de la pieza me aplastaba la cabeza. Estaba impactante, dominante.
Terminó de maquillarse frente al espejo, remarcándose los labios con un rojo encendido. Se giró hacia mí, clavándome los tacos de charol contra el piso.

—Mirame bien... —murmuró acomodándose el escote del vestido engomado frente a mi cara, dejando que el perfume me invadiera—. Así como me ves, me va a ver él cuando abra la puerta. Quiero que te quede claro quién manda hoy.
En ese preciso instante, el timbre del piso de abajo resonó en toda la casa. El golpe seco nos congeló a los dos. Mati ya estaba abajo.
Escuché el golpe firme de los tacos de charol marcando cada paso hacia la puerta principal. El cuero sintético de su vestido crujía con el bamboleo de su cadera. Yo me quedé en el sillón del living, en penumbras, con el corazón martillándome las costillas y la verga al borde de la explosión debajo del pantalón.
Destrabó la cerradura. El sonido metálico resonó en el silencio del departamento.
—Hola, Mati... qué puntual —dijo la voz de Agus, suave, felina, cargada de una confianza que me erizó los pelos del cuello.
—Buenas... Imposible llegar tarde con la invitación que me mandaste —se escuchó la voz de él, grave, segura. Hizo una pausa helada de un par de segundos, esa pausa donde sabés que el tipo se la quedó mirando de arriba a abajo—. Mierda, Agus... qué locura de vestido. Te queda dibujado.
—¿Te gusta? Lo elegí especialmente para hoy... Pasá, dale.
Escuché los pasos de los dos entrando al departamento. La puerta se cerró con un chasquido seco. De golpe, Mati dobló la esquina del pasillo hacia el living, con Agus pegada a él. El chabón era alto, de espaldas anchas, en remera ajustada marcando los brazos del gimnasio. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos en la oscuridad del sillón, esbozó una sonrisa canchera, entendiendo perfectamente cuál era su lugar y cuál el mío.
Agus no perdió un segundo. Se le acercó por detrás a Mati, rozándole la espalda con el brillo negro de su vestido engomado, y me miró fijo a los ojos desde arriba del hombro de él.
—Mati, él es mi novio...
Agus dio un paso hacia adelante, quebrando el espacio entre ellos con el taconazo de sus botas de charol contra el piso. Sin quitarme los ojos de encima, estiró una mano y apoyó las uñas suavemente sobre el pecho de Mati, haciéndolas descender despacio por la remera hasta el borde de su pantalón.
—Quiero que te quedes ahí sentado, sin moverte —me ordenó Agus con un tono helado, cargado de una autoridad que me hizo tragar saliva—. Mirá y disfrutá, porque esto es lo que querías.
Mati ni se inmutó. Tenía los brazos caídos a los costados, dejando que ella tomara la delantera. Agus se le pegó al cuerpo. El engomado negro de su vestido crujió al apretarse contra el torso de él. Levantó ambos brazos, se enganchó del cuello de Mati y se empinó sobre los tacos de charol para rozarle los labios con el labial rojo. No lo besó de entrada; apenas le peinó la boca con el aliento.
—Mirá cómo tiembla tu novio, Agus... —murmuró Mati en voz baja, girando apenas la cabeza hacia el sillón, con una sonrisa socarrona.
—Que tiemble todo lo que quiera... hoy no decide nada —respondió ella.
En ese segundo, Agus bajó la mano derecha y, sin ningún tipo de filtro, le agarró el bulto a Mati por encima del jean. Lo apretó con fuerza, tanteando el tamaño y la firmeza, mientras soltaba un gemido leve directo al oído de él. La imagen de mi mujer manoseando a otro chabón a dos metros de mí, vestida de goma y charol, me destrozó la cabeza. La verga se me puso de piedra dentro del pantalón, atrapado entre la impotencia y el morbo más salvaje.
Ella sentía mi mirada clavada, sentía la tensión en el aire y decidió apretar el acelerador. No le sacó la mano de encima. Siguió masajeándole la entrepierna a Mati hasta sentir cómo el chabón se le terminaba de poner de piedra.
Mati soltó una respiración pesada, hundiendo los dedos en las caderas de Agus, apretando el vestido engomado contra sus palmas. El sonido de la goma al arrugarse por la presión de sus manos resonó en todo el living.
—Estás hecha una bomba, Agus... me vas a hacer volver loco —le dijo él, bajando la cabeza para buscarle el cuello.
Ella ladeó la cabeza despacio, dándole acceso libre, pero manteniendo los ojos fijos en mí, disfrutando de ver cómo yo me retorcía en el sillón. Sintió los labios de Mati recorriéndole la piel del cuello, dejando una marca húmeda. Agus soltó un suspiro hondo, entornando los ojos por la calentura, pero sin perder el mando.
—Esperá... —murmuró ella, frenándolo apenas con un toque en el pecho pero sin soltarle el bulto—. Antes de seguir, quiero que me ayudes con algo.
Agus se dio vuelta despacio, quedando de espaldas a Mati y de frente a mí. El escote de la espalda del vestido engomado dejaba al descubierto el cierre metálico que bajaba hasta la cintura. Se levantó el pelo con una mano, dejando al desnudo su nuca brillante por el sudor de la excitación.
—Bajámelo... despacio —le ordenó a Mati.
Mati agarró el tirador metálico. El sonido del cierre abriéndose a lo largo de su espalda fue un golpe directo a mi cabeza. Estaba ahí, hundido en el sillón de mi propio living, viendo cómo los dedos de Mati deslizaban la goma negra hacia abajo, dejando al descubierto la piel desnuda de Agus.
Ella no me sacaba los ojos de encima. Su mirada era helada, dominante. Sentí cómo la verga me latía con violencia dentro del pantalón.
—Mirá bien cómo me desviste, mi amor... —me dijo Agus, con la voz entrecortada por la excitación mientras el vestido le caía hasta la cintura, dejando al descubierto su corpiño negro.
El vestido engomado terminó de ceder y cayó amontonado en su cintura, dejando al descubierto la espalda y la tira del corpiño. El contraste de la piel de Agus con el brillo negro de la goma y las botas de charol era deslumbrante. Yo estaba clavado en el sillón, con el pulso a mil.
Mati no esperó más. Deslizó las manos por sus hombros desnudos y le pegó el pecho a la espalda, apretándola contra su cuerpo. El crujido de la goma contra la remera de él retumbó en mis oídos. Agus soltó un gemido suave, pero sin perder esa mirada fría fija en mí.
—Mirá cómo nos mira... —murmuró Mati, clavando sus labios en el cuello de Agus mientras las manos le bajaban hasta agarrarle la cola por encima de la falda engomada.
—Que mire todo lo que quiera. Para eso está ahí... —respondió ella, inclinando la cabeza hacia atrás, entregándose al roce pero dejándome bien en claro que el espectáculo era a costa de mi sumisión.
Se dio vuelta en el lugar, haciendo sonar los tacos de charol contra el piso de madera, y encaró a Mati de frente. Con una mano le agarró la nuca y lo trajo hacia ella, estampándole un beso salvaje, profundo, con lengua, de esos que a mí me volvían loco. Ver a mi mujer comiéndole la boca a otro chabón a dos metros, sintiendo el olor a su perfume mezclado con la excitación en el aire, me aplastó la cabeza.
En medio del beso, Agus bajó la mano hasta el cinturón de Mati. Escuché el chasquido metálico de la hebilla abriéndose y el sonido del cierre bajando. Lo desabrochó sin apuro, manteniendo el beso, hasta que le liberó la verga. Mati la tenía gigantesca, dura, apuntando directo hacia ella.
Agus cortó el beso despacio, se limpió el labial corrido con el dorso de la mano y miró la verga de Mati. Después se giró hacia el sillón, clavándome esa sonrisa socarrona que me desarmaba por completo.
—Vení acá... ponete de rodillas al lado nuestro —me ordenó con una voz firme que no admitía discusión—. Quiero que sientas de cerca cómo se pone cuando le hago esto.
El estómago se me hizo un nudo gigante. La mezcla de humillación, celos destructivos y una calentura incontrolable me dominó. Me levanté del sillón como un autómata y me fui a arrodillar directo a sus pies, al lado de la bota de charol.
Me arrodillé al lado de sus botas, sintiendo el aroma intenso a cuero, perfume y excitación impregnado en el aire. La textura helada del piso me clavaba la realidad en la piel, pero nada dolía más que ver la verga de Mati erguida a centímetros de mi cara, imponente.
Agus no me miró abajo. Mantuvo los ojos clavados en los de Mati, disfrutando de tenerme ahí, sumiso a sus pies, reducido a la nada misma. Deslizó sus dedos sobre la piel de él con una lentitud tortuosa, rozándole la cabeza y empezando a bajar con un ritmo suave que le sacó a Mati un gruñido grave.
—Mirá qué fina es la piel acá... sentí cómo se pone —murmuró Agus. La orden implícita era para mí: me estaba obligando a presenciar cada detalle de cómo lo calentaba, a escuchar la respiración entrecortada del chabón y la forma en que él le buscaba la cintura desnuda por arriba del vestido engomado.
Mati le enterró los dedos en la carne de la cadera, apretando la goma negra contra su piel. Él se inclinó hacia ella y volvió a comérsela a besos, esta vez más agresivo, más dominante. Escuchaba el choque de sus labios, la saliva y el chirrido sutil del vestido cada vez que él la empujaba levemente contra el borde de la mesa.
—Estás hecha un fuego, la concha de tu madre... —susurró Mati contra su boca, bajando una mano para apretarle la cola con fuerza por encima de la falda ajustada.
Agus soltó un gemido agudo que me atravesó la cabeza. Esa voz era la misma que usaba conmigo, pero ahora retumbaba en la habitación provocada por la mano de otro. El estómago se me retorció en un nudo de celos ciegos, pero la imagen era tan salvaje que la verga me latía en el pantalón como si fuera a reventar.
De golpe, ella cortó el beso, respirando agitada, y bajó la vista hacia mí. Apoyó el taco de su bota de charol directo sobre mi muslo, haciéndome sentir todo el peso de su autoridad.
—Mirá bien cómo me tiene... —me dijo con la voz agitada, bajando la vista para clavarme los ojos—. Y no te me muevas de ahí.
Sin sacarme el taco de encima, se giró un poco hacia Mati y le agarró la verga con firmeza, guiándola directo hacia la falda engomada. Con la otra mano, corrió la tela hacia un costado, dejando su vagina expuesta, brillando de humedad.
Mati la agarró con ganas del talle, levantándola apenas unos centímetros. El sonido de la goma estirándose y el crujido del cuero resonaron en todo el living. El tipo no esperó nada: empujó de golpe hacia adelante, hundiéndose en ella de una sola estocada.
Agus echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido ahogado, largo. El taco de la bota de charol se me clavó un poco más fuerte en la pierna con el envión de la entrada de Mati. Yo estaba a centímetros de la escena, viendo en vivo y en directo cómo la embestía por primera vez, sintiendo el choque del cuerpo de él contra la goma negra y el olor a sexo invadiéndome la cabeza.
El envión de la primera estocada las hizo tambalear apenas. Mati la agarró con fuerza del talle y la empujó hacia atrás, caminando a pasos pesados directo al sofá del living. Yo me fui arrastrando por el piso detrás de ellos, sumiso.
Mati la tiró de espaldas contra los almohadones. Las piernas de Agus quedaron abiertas de par en par, con la falda engomada corrida a un lado y las botas de charol sobresaliendo por encima del borde del sillón, brillando bajo la luz tenue. Él se le metió en el medio sin perder un segundo, clavándole los brazos a los costados y volviendo a hundirse en ella con un ritmo pesado, salvaje, que hacía crujir todo el tapizado.
—Uff, Agus... qué apretada que estás, la puta madre... —gruñó Mati, embistiéndola con ganas, sacándole un gemido agudo.
Ella arqueó la espalda, clavando las manos en los hombros de él, entregada por completo al placer mientras el vestido de goma se arrugaba bajo sus cuerpos. Pero en medio del trance, bajó los ojos y me buscó en el suelo.
—Agarrate de ahí... disfrutá de tu lugar —me dijo con el aliento entrecortado.
Me acerqué a la base del sofá y estiré las manos temblando. Le envolví el tobillo a Agus, sintiendo la textura helada, lisa y rígida del charol de la bota. Empecé a acariciar el cuero brillante subiendo despacio por la caña mientras escuchaba los gemidos de mi mujer y el jadeo pesado de Mati a centímetros de mi cara. Rozar ese charol rígido mientras veía cómo la garchaban me terminó de quemar la cabeza; la verga me latía al límite dentro del pantalón.
Los gemidos de Agus retumbaban en todo el living, marcando el compás salvaje. Mati la embestía sin piedad, un impacto seco y pesado que hacía crujir la estructura del sillón. El cuerpo de ella se sacudía; el corpiño negro apenas le contenía el pecho agitado y el vestido engomado crujía y brillaba con cada movimiento, empapado en el roce de los dos.
Mati le agarraba los muslos con fuerza bruta, abriéndola de par en par. El sonido del sexo era explícito, húmedo y ensordecedor. Abajo, hundido en la alfombra, pegué la cara al costado del sofá, directo a la bota de charol que sobresalía del borde. Con las manos temblando de excitación, le abracé el tobillo rígido. Acerqué la boca y le pasé la lengua a lo largo del empeine, sintiendo el gusto neutro del cuero sintético y el brillo del charol contra mis labios.
Agus sintió mi lengua en su bota en medio del frenesí. Se inclinó un poco hacia adelante y bajó la vista hacia mí. Sus ojos estaban nublados por el placer, pero al verme ahí tirado, adorando su calzado como un perro sumiso, se le dibujó una sonrisa perversa.
—Eso... limpiala bien con la lengua mientras este chabón me rompe la concha —gemió Agus desde arriba, apoyando todo el peso de esa misma bota contra mi mejilla, apretándome la cara contra el piso mientras Mati la terminaba de reventar a estocadas.
Le obedecí sin dudarlo. Empecé a lamer la punta y el taco de charol con desesperación, sintiendo las vibraciones de cada choque de sus cuerpos retumbando directo en mi mandíbula. Estaba completamente sometido.
El peso de su bota sobre mi cara desapareció de golpe. Agus frenó a Mati un segundo, agarrándole los brazos con firmeza sobre el sofá, respirando de manera agitada. Mati se quedó congelado adentro de ella, jadeando, con la espalda empapada en sudor.
Ella bajó la vista hacia mí, con las mejillas encendidas y los ojos completamente desorbitados por el morbo.
—Vení acá... —me ordenó con un hilo de voz, pero con la misma autoridad de siempre.
Me arrastré como pude por el piso hasta quedar a la altura de su cara en el borde del sofá. La cercanía me pegó una piña en el pecho: el olor a sexo concentrado, su perfume y la humedad me terminaron de demoler.
Agus se dio vuelta en el sofá y se puso en cuatro, apoyando los antebrazos contra los almohadones. La falda de goma amontonada en la cintura le dejaba la cola al descubierto, y las botas de charol le daban un toque increíble, firmes contra el borde del sillón.
Mati se acomodó parado detrás de ella, la agarró de las caderas y se la volvió a clavar de lleno desde atrás. El impacto de los cuerpos retumbó en el living mientras ella soltaba un gemido largo, arqueando la espalda.
Fue en ese momento que me buscó con la mirada por encima del hombro.
—Ponete de frente —dijo con la voz agitada.
Me subí al sofá quedando cara a cara con ella. Agus estiró las manos, me desabrochó el pantalón y me liberó la verga, que me latió al instante al sentir el aire de la pieza. Sin darme respiro, me agarró desde la base y se la metió entera en la boca.
Yo parado de frente en el sillón recibiendo su oral, mientras detrás de ella, Mati le daba estocadas profundas al ritmo de las chupadas que ella me pegaba. El contraste era una locura: sentía el calor húmedo de su boca rítmica en mi verga, mientras veía cómo la cara de ella se deformaba de placer por lo que Mati le hacía desde atrás.
El ritmo se volvió totalmente frenético. El living era una caldera: el sonido de las embestidas de Mati retumbaba desde atrás, un choque constante y pesado contra la falda engomada de Agus que crujía a cada segundo. El movimiento le sacudía todo el cuerpo, y el brillo de las botas de charol encajadas en el borde del sillón completaba una postal enferma, de dominación pura.
Ella estaba entregada a las dos puntas. Tenía la cabeza metida hacia adelante, tragándose mi verga con un hambre desesperada, ahogándose a propósito en cada chupada mientras los golpes de cadera de Mati la hacían gemir contra mi carne. El calor de su boca era implacable; me apretaba con la lengua en la base y subía y bajaba rítmicamente, succionándome con la misma saliva con la que antes lo había besado a él.
—Mmmgh... —se le escapaba un gemido sordo entre mis piernas cada vez que Mati se la clavaba hasta el fondo.
Yo la tenía agarrada del pelo, perdiendo la cabeza por completo. Verla ahí, en cuatro sobre el sofá, recibiendo a Mati por atrás mientras me devoraba a mí de frente, era el pico de morbo y humillación más alto que había sentido en mi vida. Los celos se terminaron de fundir con la excitación, transformándose en una adrenalina líquida que me recorría las venas.
Agus se reacomodó en cuatro sobre los almohadones del sofá, con la falda engomada completamente levantada y el brillo de las botas de charol encajadas en los bordes. El contraste de su piel con la goma negra y el cuero rígido era una locura.
Mati no lo dudó un segundo. Le abrió los cachetes de la cola con las dos manos, buscó la entrada y, con una sola estocada seca y pesada, se le hundió de lleno por el culo.
El grito de Agus retumbó en las paredes del living, un gemido agudo, mezcla de dolor y una calentura totalmente desbordada. Arqueó la espalda al límite, haciendo crujir la tela del vestido en su cintura. Mati la agarró firme de las caderas y empezó a embestirla con un ritmo lento, duro, disfrutando cómo la estrechez de su culo lo apretaba.
En medio de ese impacto, Agus bajó la cabeza y me clavó los ojos, totalmente ida.
—Vení acá... ponete abajo mío —me ordenó con la voz entrecortada por las estocadas—. Chupame la concha mientras este hijo de puta me rompe el culo.
Me metí de frente entre sus piernas, arrodillado en el borde del sillón. Pegué la cara directo a su entrepierna expuesta, sintiendo el calor, la humedad chorreándole por los muslos y el olor penetrante a sexo mezclado con su perfume.
Le clavé la lengua de lleno en el clítoris. La respuesta de ella fue instantánea: un temblor le recorrió todo el cuerpo. Sentir cómo mi lengua le trabajaba la concha empapada mientras desde arriba escuchaba los golpes secos de la verga de Mati hundiéndose en su culo me terminó de quemar la cabeza. Cada embestida que él le daba por atrás la empujaba directo contra mi boca, obligándome a tragarme todos sus jugos mientras el sonido del garche anal y los gemidos de los dos me reventaban los oídos.
El ritmo sobre el sofá se volvió salvaje. Los golpes secos de la cadera de Mati retumbaban contra la cola de Agus, un impacto tras otro que hacía vibrar la estructura de madera. Con cada embestida anal que le daba por atrás, el cuerpo de ella se proyectaba hacia adelante, hundiéndome la concha de lleno en la cara.
Estaba completamente sepultado en su entrepierna, lamiéndole el clítoris con desesperación, tragándome sus jugos hirviendo que me chorreaban por la barbilla. Las botas de charol le daban una firmeza increíble contra los almohadones; podía sentir la rigidez del cuero de sus piernas rodeándome la cabeza mientras yo le chupaba la concha con todo el impulso de mi respiración.
—¡Sí... así, la puta madre! —gritaba Agus contra el respaldo del sofá, con la voz rota por el placer absoluto—. ¡Chupamela fuerte mientras me rompen el culo!
Mati la agarró del pelo con una mano para tirar de su cabeza hacia atrás, clavándole la verga hasta el fondo de una manera implacable. El sonido del sexo anal era sucio, explícito, ensordecedor. Ver desde tan abajo cómo la carne de mi mujer se abría y cedía ante el volumen de la verga del tipo, sintiendo el olor a sexo concentrado y el sabor de su excitación en mi boca, me tenía en el borde del colapso.
De golpe, el cuerpo de Agus entró en un temblor violento. Sentí cómo la concha se le contraía encima de mi lengua, lanzando una oleada de calor y humedad que me cubrió los labios. Estaba teniendo un orgasmo devastador.
—¡Me voy, me voy! —chilló ella, arqueando la espalda al límite.
Mati sintió la presión del culo de Agus apretándolo como una prensa en pleno orgasmo y no aguantó más. Le pegó dos estocadas brutales, profundas, y se quedó clavado adentro de ella con un gruñido grave que le salió del pecho, llenándole el culo de leche mientras el cuerpo de los dos se sacudía en el centro del living. Yo seguía ahí abajo, arrodillado, lamiéndola sin parar, ahogándome en su placer mientras la escena me destruía y me calentaba en partes iguales.
Mati dio el último temblor adentro de ella y, soltando un resoplido pesado, se fue retirando despacio. El sonido de la piel despegándose fue puro morbo. Apenas la cabeza de su verga salió del culo de Agus, una cascada densa y tibia de leche empezó a chorrear por entre sus nalgas, cayendo directamente sobre la entrada de su vagina y goteando justo sobre mi cara, donde yo seguía lamiendo desenfrenadamente.
Me tragué el líquido caliente mezclado con los jugos de mi mujer, completamente alienado, sintiendo el gusto de la entrega total flotando en mi boca.
Agus, todavía temblando por el orgasmo y con la respiración arruinada, no nos dio un segundo de tregua. Apoyó una de sus botas de charol contra el respaldo del sofá para impulsarse y se dio vuelta en el aire como una pantera, quedando en un 69 perfecto sobre mí.
El brillo del charol negro me encandiló de cerca mientras ella apoyaba todo el peso de su entrepierna chorreante directo sobre mi nariz y mi boca, enganchándome la cabeza entre sus muslos ajustados por la goma del vestido.
Sin perder un segundo, estiró la mano, me agarró la verga que me latía al límite a punto de reventar y me la metió de golpe hasta el fondo de la garganta.
—Ahora formate acá... tragate todo mi gusto mientras te la succiono —me murmuró de un modo sucio contra mi entrepierna, volviendo a hundir su clítoris en mi lengua.
Empezó a chuparme con un ritmo feroz, desesperado, ahogándome con su boca tibia mientras yo sentía el cuero helado de sus botas apretándome las orejas y el peso de su cuerpo engomado aplastándome contra los almohadones. El roce de mi lengua en su vagina empapada de leche ajena y la succión violenta que ella me hacía en la verga provocaron un cortocircuito definitivo en mi cabeza.
No aguanté más de diez segundos. La humillación, el fetiche del charol y la leche corriendo por mi cara detonaron la bomba.
Le pegué un tirón de caderas y me vine de una manera brutal, disparando chorro tras chorro directo en el fondo de su boca. Agus no aflojó ni un segundo: se me tragó la leche entera sin asco, succionando hasta la última gota mientras el sonido de sus tragos retumbaba en el living, coronando la noche de dominación más salvaje de nuestras vidas.
Quedé tirado en el sofá, completamente vaciado, con la respiración arruinada y la cabeza dando vueltas. La luz tenue del living reflejaba los restos de la noche: el desorden, el olor a sexo denso flotando en el aire y el brillo implacable del charol.
Agus se incorporó despacio. Se acomodó el pelo hacia atrás con los dedos y me miró desde arriba con una sonrisa ligera, de satisfacción absoluta, sabiéndose la dueña y señora de todo lo que acababa de pasar. Le pegó un vistazo a Mati, que se estaba abrochando el jean en un rincón del ambiente, aún agitado.
—Estuviste increíble, mi amor... cumpliste al pie de la letra —me dijo al oído, bajándose de un salto del sillón.
El sonido de sus tacos de charol repicando contra el piso de madera mientras caminaba hacia la cocina fue el sello final de la noche. Me quedé ahí, tirado en la oscuridad, sabiendo que después de este nivel de humillación y placer, esta noche no se me iba a borrar nunca más de la cabeza.
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