Se quedó mirándome sin saber qué responder, con la cara roja y tragando saliva mientras yo me daba la vuelta para regresar a mi cuarto. Esa noche no pude pegar el ojo. La imagen de lo que le vi entre las piernas me daba vueltas en la cabeza y el roce que tuvimos en el mesón me dejó con una sensación extraña que no se me quitaba con nada.
A la mañana siguiente, mis papás regresaron de la finca para alistar sus cosas e irse a trabajar. A partir de ahí, la rutina volvió a ser la de siempre: ellos salían antes de que amaneciera y regresaban rozando la midnight, rendidos, a comer algo rápido y acostarse. Antes a mí eso me daba igual, pero ahora contaba los minutos para que la casa quedara sola. Tenía una confusión enorme por dentro; era mi hermano menor, yo nunca había tenido novio ni me había interesado ningún man, pero la idea de estar a solas con él en la tarde me tenía con el corazón en la garganta.
El martes por la tarde, mientras intentaba concentrarme en las clases de la universidad desde la computadora, escuché la puerta principal. Era Camilo con Valentina otra vez. Sentí un apretón helado en el estómago. Pasaron directo al cuarto de él y, a los cinco minutos, la pared que nos separaba empezó a vibrar.
Esta vez no tuve el valor de salir al pasillo a mirar por la rendija; la pena y la culpa me tenían amarrada a la silla. Pero el sonido era inevitable. La cama chillaba con un ritmo seco y constante, acompañado de los jadeos pesados de mi hermano y los gemidos de esa china.
Valentina: —¡Ayyy, Camilo... más rápido, no me suelte las nalgas!
Camilo: —Apriéteme dura esa cintura, que se la voy a meter toda...
Escucharlos me revolvió todo por dentro. Sentí una mezcla rabiosa de envidia, frustración y un morbo salvaje que me nubló la vista. Me paré de la silla, me tiré en mi cama boca arriba y me metí la mano por debajo del pantalón de sudadera, bajándome la ropa interior de un tirón. Me clavé dos dedos en la entrepierna hirviendo, sobándome con desesperación al compás de los golpes que sonaban al otro lado de la pared.

Me imaginaba la forma en que él la agarraba, la fuerza con la que embestía, y por primera vez en mi vida dejé de verlo como mi hermano menor. En mi cabeza se rompió algo. Lo vi como un hombre, un tipo con un cuerpo capaz de hacer gritar a una mujer así, y deseé con todas mis fuerzas que fuera a mí a la que tuviera acorralada en esa cama. Llegué a un orgasmo violento, apretando las sábanas para no soltar un grito que me delatara.



A los veinte minutos, escuché que Valentina se fue y que Camilo salió de la casa a entrenar.
Con la respiración todavía agitada y las piernas temblando, me levanté. Salí al pasillo desierto y abrí la puerta de su cuarto. Olía a una mezcla de perfume barato, sudor y sexo recién terminado. Con el corazón en la garganta, me acerqué a la cesta de la ropa sucia al lado del clóset. Revisé con torpeza, hasta que saqué una pantaloneta de algodón gris que él se había quitado antes de meterse a la cama con la novia.
Me la llevé a la cara. Olía a él, a hombre, a sudor limpio. Me senté en el borde de su cama, sola en el cuarto, y froté la tela de su pantaloneta directo contra mi entrepierna por encima del pantalón, cerrando los ojos y sintiendo cómo la piel me volvía a arder. Era una conducta torpe, loca y obsesiva, pero mi inexperiencia me llevaba a aferrarme a lo único que tenía cerca.
Esa misma noche, sobre las nueve, los dos estábamos en la sala esperando a que llegaran mis papás. El televisor iluminaba la penumbra del sofá. Camilo estaba tirado en un extremo, en chanclas y pantaloneta de sudadera, entretenido viendo videos en su celular.
Yo me senté al lado. No tenía idea de cómo coquetear, ni cómo actuar como una mujer provocativa; solo tenía el impulso torpe de tocarlo.
Hermana: —Oiga... preste eso un momento, déjeme ver qué está mirando.
Camilo: —No joda, si estoy buscando una canción. Déjeme quieto.
Hermana: —No sea envidioso, páselo acá.
Me le tiré encima sin pensarlo. En lugar de ser un movimiento sutil, me lancé como cuando éramos niños a pelear por el celular, pero mi peso cayó directo sobre su regazo. Quedé sentada a horcajadas sobre sus muslos, con las piernas abiertas a cada lado de su cadera y las manos atrapándole las muñecas contra el espaldar del sofá.
El ambiente cambió en un segundo.
Mi pecho, con los pezones duros marcándose bajo la tela delgada de mi camiseta, quedó a milímetros de su cara. La fricción de mi cadera sobre su entrepierna fue directa. Sentí de inmediato cómo el bulto debajo de su pantaloneta de sudadera comenzaba a crecer y a ponerse duro en cuestión de segundos debajo de mi peso.
Camilo se congeló. La respiración se le cortó de golpe y sus ojos, abiertos de par en par, bajaron de mis labios a mi escote y luego a mis caderas antes de volver a clavarse en los míos.
Camilo: —¿Qué... qué está haciendo? Quítese de encima...
A mí se me cortó la respiración. En vez de moverme o responderle algo elaborado, en el intento torpe por soltarle las muñecas para acomodarme, me apoyé con más fuerza sobre sus muslos. El movimiento hizo que mi entrepierna se restregara de lleno contra la dureza que le sobresalía en la pantaloneta.
Los dos nos quedamos congelados. Camilo soltó un jadeo ahogado por la boca y cerró los ojos un segundo, apretando la mandíbula. Sentí el calor de su respiración pegándome directo en el cuello.
Hermana: —Perdón... es que... solo quería ver.
No dije más. Me bajé de él casi tropezándome con mis propias piernas, sofocada, con la cara quemándome de la vergüenza y el cuerpo temblando por la vibración que me había dejado ese roce. Él no me miró; se pasó la mano por la cara, respirando agitado, y acomodó la pierna hacia un lado para intentar disimular el bulto marcándosele en la sudadera.
Me fui corriendo a mi cuarto sin mirar atrás y cerré la puerta. Me tiré en la cama con el corazón a mil, tocándome los labios que me ardían de la ansiedad, sabiendo que después de esa noche nada en esa casa iba a volver a ser igual.
A la mañana siguiente, mis papás regresaron de la finca para alistar sus cosas e irse a trabajar. A partir de ahí, la rutina volvió a ser la de siempre: ellos salían antes de que amaneciera y regresaban rozando la midnight, rendidos, a comer algo rápido y acostarse. Antes a mí eso me daba igual, pero ahora contaba los minutos para que la casa quedara sola. Tenía una confusión enorme por dentro; era mi hermano menor, yo nunca había tenido novio ni me había interesado ningún man, pero la idea de estar a solas con él en la tarde me tenía con el corazón en la garganta.
El martes por la tarde, mientras intentaba concentrarme en las clases de la universidad desde la computadora, escuché la puerta principal. Era Camilo con Valentina otra vez. Sentí un apretón helado en el estómago. Pasaron directo al cuarto de él y, a los cinco minutos, la pared que nos separaba empezó a vibrar.
Esta vez no tuve el valor de salir al pasillo a mirar por la rendija; la pena y la culpa me tenían amarrada a la silla. Pero el sonido era inevitable. La cama chillaba con un ritmo seco y constante, acompañado de los jadeos pesados de mi hermano y los gemidos de esa china.
Valentina: —¡Ayyy, Camilo... más rápido, no me suelte las nalgas!
Camilo: —Apriéteme dura esa cintura, que se la voy a meter toda...
Escucharlos me revolvió todo por dentro. Sentí una mezcla rabiosa de envidia, frustración y un morbo salvaje que me nubló la vista. Me paré de la silla, me tiré en mi cama boca arriba y me metí la mano por debajo del pantalón de sudadera, bajándome la ropa interior de un tirón. Me clavé dos dedos en la entrepierna hirviendo, sobándome con desesperación al compás de los golpes que sonaban al otro lado de la pared.

Me imaginaba la forma en que él la agarraba, la fuerza con la que embestía, y por primera vez en mi vida dejé de verlo como mi hermano menor. En mi cabeza se rompió algo. Lo vi como un hombre, un tipo con un cuerpo capaz de hacer gritar a una mujer así, y deseé con todas mis fuerzas que fuera a mí a la que tuviera acorralada en esa cama. Llegué a un orgasmo violento, apretando las sábanas para no soltar un grito que me delatara.



A los veinte minutos, escuché que Valentina se fue y que Camilo salió de la casa a entrenar.
Con la respiración todavía agitada y las piernas temblando, me levanté. Salí al pasillo desierto y abrí la puerta de su cuarto. Olía a una mezcla de perfume barato, sudor y sexo recién terminado. Con el corazón en la garganta, me acerqué a la cesta de la ropa sucia al lado del clóset. Revisé con torpeza, hasta que saqué una pantaloneta de algodón gris que él se había quitado antes de meterse a la cama con la novia.
Me la llevé a la cara. Olía a él, a hombre, a sudor limpio. Me senté en el borde de su cama, sola en el cuarto, y froté la tela de su pantaloneta directo contra mi entrepierna por encima del pantalón, cerrando los ojos y sintiendo cómo la piel me volvía a arder. Era una conducta torpe, loca y obsesiva, pero mi inexperiencia me llevaba a aferrarme a lo único que tenía cerca.
Esa misma noche, sobre las nueve, los dos estábamos en la sala esperando a que llegaran mis papás. El televisor iluminaba la penumbra del sofá. Camilo estaba tirado en un extremo, en chanclas y pantaloneta de sudadera, entretenido viendo videos en su celular.
Yo me senté al lado. No tenía idea de cómo coquetear, ni cómo actuar como una mujer provocativa; solo tenía el impulso torpe de tocarlo.
Hermana: —Oiga... preste eso un momento, déjeme ver qué está mirando.
Camilo: —No joda, si estoy buscando una canción. Déjeme quieto.
Hermana: —No sea envidioso, páselo acá.
Me le tiré encima sin pensarlo. En lugar de ser un movimiento sutil, me lancé como cuando éramos niños a pelear por el celular, pero mi peso cayó directo sobre su regazo. Quedé sentada a horcajadas sobre sus muslos, con las piernas abiertas a cada lado de su cadera y las manos atrapándole las muñecas contra el espaldar del sofá.
El ambiente cambió en un segundo.
Mi pecho, con los pezones duros marcándose bajo la tela delgada de mi camiseta, quedó a milímetros de su cara. La fricción de mi cadera sobre su entrepierna fue directa. Sentí de inmediato cómo el bulto debajo de su pantaloneta de sudadera comenzaba a crecer y a ponerse duro en cuestión de segundos debajo de mi peso.
Camilo se congeló. La respiración se le cortó de golpe y sus ojos, abiertos de par en par, bajaron de mis labios a mi escote y luego a mis caderas antes de volver a clavarse en los míos.
Camilo: —¿Qué... qué está haciendo? Quítese de encima...
A mí se me cortó la respiración. En vez de moverme o responderle algo elaborado, en el intento torpe por soltarle las muñecas para acomodarme, me apoyé con más fuerza sobre sus muslos. El movimiento hizo que mi entrepierna se restregara de lleno contra la dureza que le sobresalía en la pantaloneta.
Los dos nos quedamos congelados. Camilo soltó un jadeo ahogado por la boca y cerró los ojos un segundo, apretando la mandíbula. Sentí el calor de su respiración pegándome directo en el cuello.
Hermana: —Perdón... es que... solo quería ver.
No dije más. Me bajé de él casi tropezándome con mis propias piernas, sofocada, con la cara quemándome de la vergüenza y el cuerpo temblando por la vibración que me había dejado ese roce. Él no me miró; se pasó la mano por la cara, respirando agitado, y acomodó la pierna hacia un lado para intentar disimular el bulto marcándosele en la sudadera.
Me fui corriendo a mi cuarto sin mirar atrás y cerré la puerta. Me tiré en la cama con el corazón a mil, tocándome los labios que me ardían de la ansiedad, sabiendo que después de esa noche nada en esa casa iba a volver a ser igual.
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