Esto ocurrió hace unos cuantos años, pero hay noches en que lo revivo con cada parte de mi cuerpo. No se lo he contado a nadie con todos los detalles. Hasta ahora.
En ese entonces yo tenía 22 años. No era una niña, pero tampoco me sentía del todo adulta. Mi cuerpo sí que lo era: tengo los pechos grandes, redondos, firmes. Siempre han sido mi mejor atributo y lo sé. Mi estilo es… raro de explicar. No soy gótica del todo, pero tiro hacia ahí. Ropa negra y algo gótica, pero sin pasarme. Me gusta sentirme sexy con un toque de misterio.
Todo empezó en un centro comercial. Estaba con mis amigas, riéndonos de cosas tribiales, cuando el padre de una de ellas llegó a recogerla. Era la primera vez que lo veía bien, de cerca. Lo llamaré Isaac. Y en cuanto lo vi, algo se movió dentro de mí.
Era alto, más de 1.80 seguro. Espalda ancha, en forma pero sin pararse. Su pelo era negro y completamente lacio, siempre perfectamente peinado hacia atrás. Y la barba… dios, la barba. Muy bien cuidada, perfilada, corta pero con volumen justo para querer rozarla. Tenía esa seguridad de los hombres que ya no necesitan demostrar nada. Se veía increíble. Y sí, lo admito: se me antojó. Sabía que estaba mal, pero no pude evitarlo.
Esa noche no dejé de pensar en él. Me daba vueltas en la cama, imaginando sus manos, su voz. Lo tenía grabado en la cabeza. Además, sabía que los padres de mi amiga estaban divorciados. No había una mujer en medio. Y cuando él vino a buscarla, noté cómo me miraba. Yo conozco mi cuerpo. Tengo los pechos grandes, soy la más tetona de mis amigas, y sé el efecto que causan. Esa mirada no fue inocente.
Me lo propuse como un reto. Íba a intentar algo con él. Darle entrada y ver qué pasaba.
Esperé el momento perfecto: un día en el que mi amiga no estaría en su casa durante horas. Me puse un short de mezclilla que me quedaba bien corto, casi mostrando la curva de mis nalgas, y una camisa de tirantes con un escote que no se podía ignorar. Me miré al espejo y supe que funcionaría. Si no, diría que era una broma.

Llegué a su casa con el corazón latiéndome en la garganta. Toqué el timbre. Los segundos se hicieron eternos. Cuando abrió la puerta, Isaac se quedó parpadeando, confundido.
—Lucía, ¿verdad? —dijo con voz ronca—. Valeria no está, salió.
—Sí, lo sé —respondí, y mentí con una sonrisa—. Ella me dijo que la esperara aquí.
Mientras hablaba, vi cómo sus ojos bajaban un instante a mi escote. Fue fugaz, pero lo noté. Tragó saliva. Dudó, pero al final me dejó pasar.
Ya dentro, me ofreció esperar en la habitación de su hija. Pero yo me senté en el sillón, junto a él.
—Aquí estoy bien —dije, estirando las piernas para que viera más piel.
Puso la tele, pero se le notaba incómodo. Yo empecé a acercarme poco a poco, como sin querer, hasta que mi muslo casi rozaba el suyo. Le hice plática: cosas sin importancia, el calor, el tráfico. Y en un momento de silencio, dejé caer mi mano sobre su pierna.
Él se quedó quieto. Por un segundo, pensé que iba a apartarme. Pero no. Me miró a los ojos y ya no había confusión. Solo deseo.
—¿De verdad viniste a esperar a Valeria? —preguntó con la voz un poco quebrada.
—No —susurré.
No hizo falta nada más. Se inclinó hacia mí y me besó. Al principio fue suave, casi indeciso, pero cuando yo respondí mordiendo su labio inferior, algo se rompió. Su mano subió por mi muslo, lenta, deliciosamente lenta, sintiendo el calor de mi piel. La fue deslizando hasta mi cadera, y de ahí bajó a mi trasero. Me agarró con fuerza y me sentó sobre su pierna. Yo ya estaba mojada, solo con ese contacto. Gemí bajito contra su boca.
Sus dedos se hundían en mi pie, apretando con posesión. Yo movía las caderas sin pensar, rozándome contra su muslo, buscando fricción. Él gimió contra mi cuello y sentí su respiración caliente en mi piel.
Sin avisar, se levantó y me cargó. Mis piernas se enrollaron automáticamente a su cintura. Me llevó hasta su habitación, sin soltarme, y me dejó caer sobre la cama. La colcha olía a él.
Me miró desde arriba, apoyado en sus brazos.
—¿Quieres continuar? —preguntó.
Yo asentí, sin poder hablar.
Se quitó la camisa. Sus hombros, su pecho, la línea de vello que bajaba por su vientre… me dejaron sin aire. Yo estaba paralizada, temblando un poco. Él lo notó. Se acercó despacio y deslizó mis tirantes. Me ayudó a sacarme la camisa. Luego yo misma me quité el short, dejando solo el encaje negro de mi bra y mis bragas.
Sus ojos recorrieron todo mi cuerpo. Cuando se fijó en mis pechos apenas contenidos en el encaje, vi cómo se le ensanchaba la mirada. Su entrepierna ya era un bulto duro contra el pantalón.
—Dios mío —susurró, y volvió a besarme, esta vez con más hambre.
Mientras nos besábamos, sus manos exploraron mi espalda hasta encontrar el broche de mi bra. Lo desabrochó con una sola mano. Lentamente, dejó que el encaje se deslizara y mis pechos quedaran libres. Se separó un segundo solo para mirarlos. Yo adoro esa reacción. Esa mezcla de admiración y lujuria. Bajó la cabeza y los tomó con sus manos, los apretó suavemente, acarició mis pezones con los pulgares hasta que se pusieron duros. Luego los chupó, los mordisqueó, los lamió con la lengua caliente. Yo arqueaba la espalda ofreciéndole más. Me encantaba sentir su boca en ellos.
Pero yo quería más. Me quité las bragas yo sola, con las manos temblorosas. Tomé su cabeza y la bajé entre mis piernas.
—Hazme sentí bien—le pedí, casi sin aire.
Él obedeció. Su lengua encontró mi clítoris con una precisión que me hizo jadear. Me lamía, me succionaba, me penetraba con los dedos mientras su boca no paraba. Yo me retorcía, agarrando las sábanas, mordiéndome los labios para no gritar demasiado fuerte. Me hacía círculos lentos y luego rápidos, alternando ritmos como si supiera exactamente lo que necesitaba. Sentía que me acercaba al borde demasiado rápido.
—Para —jadeé—. Quiero que me cojas ya.
Él se incorporó, buscó un condón en la mesita y se lo puso. Me tumbó boca arriba y se colocó entre mis piernas. Me miró a los ojos mientras empujaba despacio. La sensación de que me llenara poco a poco me hizo cerrar los ojos y soltar un gemido largo. Empezó a moverse. Primero despacio, después más rápido.
—No pares —le susurré—. Sigue, sigue…
Cada embestida hacía que mis pechos rebotaran. Él no podía dejar de mirarlos. El puso una mano sobre uno de mis pechos, apretándolo, y eso me encantó. Aceleró. Me agarraba las caderas con fuerza mientras me clavaba una y otra vez.
—Así… así… no pares, no pares —gemía yo, sintiendo cómo se acercaba otra vez el orgasmo, pero esta vez mucho más intenso.
Mi cuerpo empezó a temblar. Arqueé la espalda tanto que solo apoyaba los hombros en la cama. Las piernas me temblaban. Y entonces exploté. Un orgasmo que me recorrió entera, desde el vientre hasta la punta de los dedos, mientras él seguía moviéndose dentro de mí. Grité tapándome la boca con la mano. Él también se vino, apretándome fuerte, con un gruñido ronco.
Nos quedamos unos segundos así, en silencio, respirando agitados.
Pero no había terminado.
Él se apartó, se quitó el condón y yo me giré. Me puse en cuatro, apoyando el pecho en la cama, ofreciéndole mi trasero. Me encanta esa posición. Me encanta que me den nalgadas sin pedirlas. Y él lo hizo. Cuando me vio así, no dudó.
Puso otro condón y entró en mí desde atrás con una facilidad que me hizo jadear. Me agarró de las caderas y empezó a embestirme con fuerza. Sus manos dejaban marcas en mi piel. Y de repente, una nalgada. Sonora, caliente, justo en el momento exacto. Yo gemí más fuerte.
—Más —le pedí—. Más fuerte.
Otra nalgada. Y otra. Yo movía la cadera hacia atrás buscando cada una de sus embestidas. El sonido de su piel contra la mía llenaba la habitación. Mis pechos colgaban y se balanceaban con cada golpe. Me sentía sucia, deseada, completamente entregada. No quería que parara nunca.
Seguimos así hasta que los dos quedamos agotados. Finalmente, él se dejó caer a mi lado. Sudorosos, enredados en las sábanas arrugadas, sin poder hablar.
Después de un rato, él rompió el silencio.
—Eso fue… grandioso —dijo, mirando al techo—. Pero no puede volver a pasar. Eres amiga de mi hija. Esto está mal.
Yo asentí. No dije nada más. Por dentro sabía que tenía razón.
Me vestí en silencio. Salí de su habitación, crucé la sala y me fui. Nunca volvimos a tocarnos. Nunca hablamos de eso. Pero cada vez que lo veo de lejos, recuerdo esa tarde.
En ese entonces yo tenía 22 años. No era una niña, pero tampoco me sentía del todo adulta. Mi cuerpo sí que lo era: tengo los pechos grandes, redondos, firmes. Siempre han sido mi mejor atributo y lo sé. Mi estilo es… raro de explicar. No soy gótica del todo, pero tiro hacia ahí. Ropa negra y algo gótica, pero sin pasarme. Me gusta sentirme sexy con un toque de misterio.
Todo empezó en un centro comercial. Estaba con mis amigas, riéndonos de cosas tribiales, cuando el padre de una de ellas llegó a recogerla. Era la primera vez que lo veía bien, de cerca. Lo llamaré Isaac. Y en cuanto lo vi, algo se movió dentro de mí.
Era alto, más de 1.80 seguro. Espalda ancha, en forma pero sin pararse. Su pelo era negro y completamente lacio, siempre perfectamente peinado hacia atrás. Y la barba… dios, la barba. Muy bien cuidada, perfilada, corta pero con volumen justo para querer rozarla. Tenía esa seguridad de los hombres que ya no necesitan demostrar nada. Se veía increíble. Y sí, lo admito: se me antojó. Sabía que estaba mal, pero no pude evitarlo.
Esa noche no dejé de pensar en él. Me daba vueltas en la cama, imaginando sus manos, su voz. Lo tenía grabado en la cabeza. Además, sabía que los padres de mi amiga estaban divorciados. No había una mujer en medio. Y cuando él vino a buscarla, noté cómo me miraba. Yo conozco mi cuerpo. Tengo los pechos grandes, soy la más tetona de mis amigas, y sé el efecto que causan. Esa mirada no fue inocente.
Me lo propuse como un reto. Íba a intentar algo con él. Darle entrada y ver qué pasaba.
Esperé el momento perfecto: un día en el que mi amiga no estaría en su casa durante horas. Me puse un short de mezclilla que me quedaba bien corto, casi mostrando la curva de mis nalgas, y una camisa de tirantes con un escote que no se podía ignorar. Me miré al espejo y supe que funcionaría. Si no, diría que era una broma.

Llegué a su casa con el corazón latiéndome en la garganta. Toqué el timbre. Los segundos se hicieron eternos. Cuando abrió la puerta, Isaac se quedó parpadeando, confundido.
—Lucía, ¿verdad? —dijo con voz ronca—. Valeria no está, salió.
—Sí, lo sé —respondí, y mentí con una sonrisa—. Ella me dijo que la esperara aquí.
Mientras hablaba, vi cómo sus ojos bajaban un instante a mi escote. Fue fugaz, pero lo noté. Tragó saliva. Dudó, pero al final me dejó pasar.
Ya dentro, me ofreció esperar en la habitación de su hija. Pero yo me senté en el sillón, junto a él.
—Aquí estoy bien —dije, estirando las piernas para que viera más piel.
Puso la tele, pero se le notaba incómodo. Yo empecé a acercarme poco a poco, como sin querer, hasta que mi muslo casi rozaba el suyo. Le hice plática: cosas sin importancia, el calor, el tráfico. Y en un momento de silencio, dejé caer mi mano sobre su pierna.
Él se quedó quieto. Por un segundo, pensé que iba a apartarme. Pero no. Me miró a los ojos y ya no había confusión. Solo deseo.
—¿De verdad viniste a esperar a Valeria? —preguntó con la voz un poco quebrada.
—No —susurré.
No hizo falta nada más. Se inclinó hacia mí y me besó. Al principio fue suave, casi indeciso, pero cuando yo respondí mordiendo su labio inferior, algo se rompió. Su mano subió por mi muslo, lenta, deliciosamente lenta, sintiendo el calor de mi piel. La fue deslizando hasta mi cadera, y de ahí bajó a mi trasero. Me agarró con fuerza y me sentó sobre su pierna. Yo ya estaba mojada, solo con ese contacto. Gemí bajito contra su boca.
Sus dedos se hundían en mi pie, apretando con posesión. Yo movía las caderas sin pensar, rozándome contra su muslo, buscando fricción. Él gimió contra mi cuello y sentí su respiración caliente en mi piel.
Sin avisar, se levantó y me cargó. Mis piernas se enrollaron automáticamente a su cintura. Me llevó hasta su habitación, sin soltarme, y me dejó caer sobre la cama. La colcha olía a él.
Me miró desde arriba, apoyado en sus brazos.
—¿Quieres continuar? —preguntó.
Yo asentí, sin poder hablar.
Se quitó la camisa. Sus hombros, su pecho, la línea de vello que bajaba por su vientre… me dejaron sin aire. Yo estaba paralizada, temblando un poco. Él lo notó. Se acercó despacio y deslizó mis tirantes. Me ayudó a sacarme la camisa. Luego yo misma me quité el short, dejando solo el encaje negro de mi bra y mis bragas.
Sus ojos recorrieron todo mi cuerpo. Cuando se fijó en mis pechos apenas contenidos en el encaje, vi cómo se le ensanchaba la mirada. Su entrepierna ya era un bulto duro contra el pantalón.
—Dios mío —susurró, y volvió a besarme, esta vez con más hambre.
Mientras nos besábamos, sus manos exploraron mi espalda hasta encontrar el broche de mi bra. Lo desabrochó con una sola mano. Lentamente, dejó que el encaje se deslizara y mis pechos quedaran libres. Se separó un segundo solo para mirarlos. Yo adoro esa reacción. Esa mezcla de admiración y lujuria. Bajó la cabeza y los tomó con sus manos, los apretó suavemente, acarició mis pezones con los pulgares hasta que se pusieron duros. Luego los chupó, los mordisqueó, los lamió con la lengua caliente. Yo arqueaba la espalda ofreciéndole más. Me encantaba sentir su boca en ellos.
Pero yo quería más. Me quité las bragas yo sola, con las manos temblorosas. Tomé su cabeza y la bajé entre mis piernas.
—Hazme sentí bien—le pedí, casi sin aire.
Él obedeció. Su lengua encontró mi clítoris con una precisión que me hizo jadear. Me lamía, me succionaba, me penetraba con los dedos mientras su boca no paraba. Yo me retorcía, agarrando las sábanas, mordiéndome los labios para no gritar demasiado fuerte. Me hacía círculos lentos y luego rápidos, alternando ritmos como si supiera exactamente lo que necesitaba. Sentía que me acercaba al borde demasiado rápido.
—Para —jadeé—. Quiero que me cojas ya.
Él se incorporó, buscó un condón en la mesita y se lo puso. Me tumbó boca arriba y se colocó entre mis piernas. Me miró a los ojos mientras empujaba despacio. La sensación de que me llenara poco a poco me hizo cerrar los ojos y soltar un gemido largo. Empezó a moverse. Primero despacio, después más rápido.
—No pares —le susurré—. Sigue, sigue…
Cada embestida hacía que mis pechos rebotaran. Él no podía dejar de mirarlos. El puso una mano sobre uno de mis pechos, apretándolo, y eso me encantó. Aceleró. Me agarraba las caderas con fuerza mientras me clavaba una y otra vez.
—Así… así… no pares, no pares —gemía yo, sintiendo cómo se acercaba otra vez el orgasmo, pero esta vez mucho más intenso.
Mi cuerpo empezó a temblar. Arqueé la espalda tanto que solo apoyaba los hombros en la cama. Las piernas me temblaban. Y entonces exploté. Un orgasmo que me recorrió entera, desde el vientre hasta la punta de los dedos, mientras él seguía moviéndose dentro de mí. Grité tapándome la boca con la mano. Él también se vino, apretándome fuerte, con un gruñido ronco.
Nos quedamos unos segundos así, en silencio, respirando agitados.
Pero no había terminado.
Él se apartó, se quitó el condón y yo me giré. Me puse en cuatro, apoyando el pecho en la cama, ofreciéndole mi trasero. Me encanta esa posición. Me encanta que me den nalgadas sin pedirlas. Y él lo hizo. Cuando me vio así, no dudó.
Puso otro condón y entró en mí desde atrás con una facilidad que me hizo jadear. Me agarró de las caderas y empezó a embestirme con fuerza. Sus manos dejaban marcas en mi piel. Y de repente, una nalgada. Sonora, caliente, justo en el momento exacto. Yo gemí más fuerte.
—Más —le pedí—. Más fuerte.
Otra nalgada. Y otra. Yo movía la cadera hacia atrás buscando cada una de sus embestidas. El sonido de su piel contra la mía llenaba la habitación. Mis pechos colgaban y se balanceaban con cada golpe. Me sentía sucia, deseada, completamente entregada. No quería que parara nunca.
Seguimos así hasta que los dos quedamos agotados. Finalmente, él se dejó caer a mi lado. Sudorosos, enredados en las sábanas arrugadas, sin poder hablar.
Después de un rato, él rompió el silencio.
—Eso fue… grandioso —dijo, mirando al techo—. Pero no puede volver a pasar. Eres amiga de mi hija. Esto está mal.
Yo asentí. No dije nada más. Por dentro sabía que tenía razón.
Me vestí en silencio. Salí de su habitación, crucé la sala y me fui. Nunca volvimos a tocarnos. Nunca hablamos de eso. Pero cada vez que lo veo de lejos, recuerdo esa tarde.
1 comentarios - Me cogí al papá de mi amiga