Fabiano tenía 18 años y llevaba semanas fantaseando con contratar una prostituta. No quería una chica de su edad. Quería una milf. Una mujer madura, de curvas pesadas, que oliera a experiencia. Después de varios anuncios, encontró uno que prometía exactamente eso: “MILF 50 años, cuerpo de diosa, dispuesta a todo. Disfraces disponibles”.
Pidió que fuera vestida de gatita: medias de red, liguero, un body negro abierto en la entrepierna y una máscara de gato que le cubriera los ojos y parte de la cara. Quería el misterio.
A la hora acordada llamaron a la puerta de su departamento. Cuando abrió, se le secó la boca.
La mujer que entró tenía un cuerpo brutalmente conservado para sus cincuenta años: tetas grandes y pesadas que apenas cabían en el body, una cintura todavía marcada, caderas anchas y un culo enorme, redondo y firme que se movía con cada paso. Las medias de red subían hasta la mitad de los muslos y el liguero negro le marcaba la carne. La máscara de gato negro le cubría los ojos y el puente de la nariz, dejando solo la boca carnosas y pintada de rojo oscuro a la vista. El cabello castaño oscuro caía suelto sobre los hombros.
—¿Fabiano? —preguntó ella con voz ronca, fingiendo un acento que no era el suyo.
—Sí… pasa.
Katia entró y cerró la puerta detrás de sí. En el segundo en que escuchó la voz de su hijo, el mundo se le detuvo. Reconoció el departamento, el olor, la forma en que decía su nombre. El pánico le subió por la garganta. Quiso darse la vuelta e irse. Pero si salía corriendo, él podría sospechar, investigarla, y si llegaba a saber la verdad… se lo contaría a su padre. Y su padre no perdonaría algo así.
Tragó saliva y se obligó a quedarse.
—¿Qué quieres que haga, bebé? —preguntó, manteniendo la voz alterada.
Fabiano la miró de arriba abajo, la polla ya dura dentro del pantalón.
—Quiero que me chupes la verga primero… y después quiero cogerte como a una puta.
Katia se arrodilló frente a él sin quitarse la máscara. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal. Muy mal. Pero no se salió del personaje ni un segundo. Le bajó el cierre, sacó la polla dura de su hijo y la miró un momento, el estómago revuelto. Después abrió la boca y se la metió.
Fabiano gimió y le agarró el pelo.
—Joder… qué bien chupas. Pareces una profesional de verdad.
Ella no respondió. Solo siguió chupando, usando la lengua, dejando que la saliva le corriera por la barbilla, manteniendo los ojos cerrados detrás de la máscara para no tener que mirarlo a la cara. Cada embestida de caderas de él le recordaba que estaba mamándole la verga a su propio hijo. El asco y la excitación se mezclaban de forma enfermiza en su pecho.
Después de un rato, Fabiano la levantó y la empujó hacia el sofá.
—Ponte a cuatro. Quiero ver ese culo.
Katia obedeció. Se arrodilló en el sofá, el culo enorme en alto, el body abierto dejando ver su coño ya húmedo a pesar del horror que sentía. Fabiano se posicionó detrás, le abrió las nalgas y empujó de un solo golpe hasta el fondo.
Ella mordió el cojín para no gritar. No de placer… o no solo de placer. De la culpa brutal que le atravesaba el cuerpo mientras su hijo la follaba con fuerza, agarrándola de las caderas, mirando cómo su culo maduro rebotaba contra su pelvis.
—Hostia… qué rico estás —gruñó Fabiano, acelerando el ritmo—. Tienes un culo de puta. Y ese coño… joder.
Katia se mordió el labio inferior hasta casi hacerse sangre. Seguía sin decir nada que la delatara. Solo soltaba gemidos bajos, controlados, manteniendo el personaje de la prostituta.
Fabiano se inclinó sobre su espalda, le agarró una teta grande por debajo del body y le habló al oído mientras la embestía:
—Sabes… me recuerdas mucho a alguien. Una mujer con la que fantaseo desde hace tiempo. Pero es imposible. Nunca podría estar con ella de verdad.
Katia cerró los ojos con fuerza detrás de la máscara. El corazón le latía tan fuerte que pensó que él podría oírlo. Sabía perfectamente de quién hablaba. Y aun así no se detuvo. No se quitó la máscara. No dijo su nombre. Solo empujó el culo hacia atrás, recibiendo cada embestida de su hijo, dejando que la follara más profundo mientras la culpa le carcomía por dentro.
Fabiano se corrió dentro de ella con un gemido largo, apretándole las caderas con fuerza. Katia sintió el calor llenarla y tuvo que morderse la mano para no soltar un sollozo.
Cuando él se retiró, ella se quedó unos segundos a cuatro patas, temblando, el semen empezando a escurrirle por el muslo. Después se levantó con cuidado, se ajustó el body y recogió su bolso.
—El tiempo se acabó —dijo con la voz todavía disfrazada—. Si quieres repetir… ya sabes dónde encontrarme.
Fabiano, todavía jadeando en el sofá, sonrió.
—Claro que voy a repetir. Eres la mejor milf que he cogido en mi vida.
Katia salió del departamento sin mirar atrás. En el ascensor se quitó la máscara con manos temblorosas y se miró en el espejo. Tenía la boca hinchada, el maquillaje corrido y el cuerpo todavía temblando.
Sabía que lo que había hecho era imperdonable.
Y también sabía que, si él volvía a llamarla… volvería a ir.

Pidió que fuera vestida de gatita: medias de red, liguero, un body negro abierto en la entrepierna y una máscara de gato que le cubriera los ojos y parte de la cara. Quería el misterio.
A la hora acordada llamaron a la puerta de su departamento. Cuando abrió, se le secó la boca.
La mujer que entró tenía un cuerpo brutalmente conservado para sus cincuenta años: tetas grandes y pesadas que apenas cabían en el body, una cintura todavía marcada, caderas anchas y un culo enorme, redondo y firme que se movía con cada paso. Las medias de red subían hasta la mitad de los muslos y el liguero negro le marcaba la carne. La máscara de gato negro le cubría los ojos y el puente de la nariz, dejando solo la boca carnosas y pintada de rojo oscuro a la vista. El cabello castaño oscuro caía suelto sobre los hombros.
—¿Fabiano? —preguntó ella con voz ronca, fingiendo un acento que no era el suyo.
—Sí… pasa.
Katia entró y cerró la puerta detrás de sí. En el segundo en que escuchó la voz de su hijo, el mundo se le detuvo. Reconoció el departamento, el olor, la forma en que decía su nombre. El pánico le subió por la garganta. Quiso darse la vuelta e irse. Pero si salía corriendo, él podría sospechar, investigarla, y si llegaba a saber la verdad… se lo contaría a su padre. Y su padre no perdonaría algo así.
Tragó saliva y se obligó a quedarse.
—¿Qué quieres que haga, bebé? —preguntó, manteniendo la voz alterada.
Fabiano la miró de arriba abajo, la polla ya dura dentro del pantalón.
—Quiero que me chupes la verga primero… y después quiero cogerte como a una puta.
Katia se arrodilló frente a él sin quitarse la máscara. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal. Muy mal. Pero no se salió del personaje ni un segundo. Le bajó el cierre, sacó la polla dura de su hijo y la miró un momento, el estómago revuelto. Después abrió la boca y se la metió.
Fabiano gimió y le agarró el pelo.
—Joder… qué bien chupas. Pareces una profesional de verdad.
Ella no respondió. Solo siguió chupando, usando la lengua, dejando que la saliva le corriera por la barbilla, manteniendo los ojos cerrados detrás de la máscara para no tener que mirarlo a la cara. Cada embestida de caderas de él le recordaba que estaba mamándole la verga a su propio hijo. El asco y la excitación se mezclaban de forma enfermiza en su pecho.
Después de un rato, Fabiano la levantó y la empujó hacia el sofá.
—Ponte a cuatro. Quiero ver ese culo.
Katia obedeció. Se arrodilló en el sofá, el culo enorme en alto, el body abierto dejando ver su coño ya húmedo a pesar del horror que sentía. Fabiano se posicionó detrás, le abrió las nalgas y empujó de un solo golpe hasta el fondo.
Ella mordió el cojín para no gritar. No de placer… o no solo de placer. De la culpa brutal que le atravesaba el cuerpo mientras su hijo la follaba con fuerza, agarrándola de las caderas, mirando cómo su culo maduro rebotaba contra su pelvis.
—Hostia… qué rico estás —gruñó Fabiano, acelerando el ritmo—. Tienes un culo de puta. Y ese coño… joder.
Katia se mordió el labio inferior hasta casi hacerse sangre. Seguía sin decir nada que la delatara. Solo soltaba gemidos bajos, controlados, manteniendo el personaje de la prostituta.
Fabiano se inclinó sobre su espalda, le agarró una teta grande por debajo del body y le habló al oído mientras la embestía:
—Sabes… me recuerdas mucho a alguien. Una mujer con la que fantaseo desde hace tiempo. Pero es imposible. Nunca podría estar con ella de verdad.
Katia cerró los ojos con fuerza detrás de la máscara. El corazón le latía tan fuerte que pensó que él podría oírlo. Sabía perfectamente de quién hablaba. Y aun así no se detuvo. No se quitó la máscara. No dijo su nombre. Solo empujó el culo hacia atrás, recibiendo cada embestida de su hijo, dejando que la follara más profundo mientras la culpa le carcomía por dentro.
Fabiano se corrió dentro de ella con un gemido largo, apretándole las caderas con fuerza. Katia sintió el calor llenarla y tuvo que morderse la mano para no soltar un sollozo.
Cuando él se retiró, ella se quedó unos segundos a cuatro patas, temblando, el semen empezando a escurrirle por el muslo. Después se levantó con cuidado, se ajustó el body y recogió su bolso.
—El tiempo se acabó —dijo con la voz todavía disfrazada—. Si quieres repetir… ya sabes dónde encontrarme.
Fabiano, todavía jadeando en el sofá, sonrió.
—Claro que voy a repetir. Eres la mejor milf que he cogido en mi vida.
Katia salió del departamento sin mirar atrás. En el ascensor se quitó la máscara con manos temblorosas y se miró en el espejo. Tenía la boca hinchada, el maquillaje corrido y el cuerpo todavía temblando.
Sabía que lo que había hecho era imperdonable.
Y también sabía que, si él volvía a llamarla… volvería a ir.

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