
El aire del taxi olía a encierro y a ese aromatizante de vainilla rancia que te revuelve el
estómago. El chofer era un tipo gris, de esos que se mueren de ganas por quejarse de la
gasolina y de la "pinche presirvienta", pero yo no le daba entrada. Me quedé mirando por la
ventana, sintiendo cómo el vinil del asiento se me pegaba a la parte alta de los muslos,
sintiendo mi sudor recorrer mis piernas haciendolas brillar dejando la marca de mis nalgas y
muslos pegados en el asiento.
Llevaba puesta la minifalda que mi hermano dice que es un "insulto" y una camisa de manga
larga que me cerré hasta el último botón, solo para que no dijeran que andaba
"regalándome". Qué hipocresía. Si enseño, soy puta; si me tapo, soy una mustia.
Por el vidrio vi a un par de chavas en la esquina, recargadas en una barda grafiteada,
esperando a que algún cliente les hiciera la parada. Me les quedé viendo sin juzgar, pero en
mi cabeza se activó la grabadora de mi padre: “Vanesa, un día de estos te van a levantar por
andar vestida como si estuvieras en oferta. Ten tantita vergüenza por tu apellido”. Y luego mi
hermano, el muy imbécil, que se cree el dueño de mi moral: “Pareces ficha de bar barato,
luego no te quejes cuando los tipos te digan de cosas en la calle”.
Me dieron ganas de reírme. Si ellos supieran que sus regaños me sirven de lubricante.
Mientras más me dicen que me tape, más corta me compro la falda. La diferencia entre las
chavas de la esquina y yo es que ellas cobran por aguantar pendejos, y yo... yo solo estoy
buscando algo que me haga sentir viva en esta ciudad de baches y gente amargada.
El taxista frenó en seco y soltó un bufido.
—Pinche tráfico, señorita. No avanzamos ni a mentadas —dijo, sin quitar los ojos del frente.
—No hay prisa —le contesté, mientras me acomodaba el cabello y sentía el roce de la tela
contra mis piernas—. Total, el infierno no se va a ningún lado.
Llegué a la casa y apenas crucé el umbral, el olor a desinfectante de pino y a comida caliente
me envolvió. Mamá salió de la cocina con esa sonrisa que usa para las fotos familiares, toda
dulzura y abnegación.
—¡Mi niña! Qué bueno que llegas, ya te extrañaba —me dijo, dándome un beso en la mejilla
—. Ándale, deja esa mochila ahí y córrele a las tortillas, que tu papá ya no tarda y ya sabes
cómo se pone si no hay nada en la mesa.
Me mandó como si yo fuera un mandadero más, pero lo hizo con tanta suavidad que ni
ganas de contestarle me dieron. Dejé la mochila en el sillón y salí de nuevo a la calle.
La fila de la tortillería estaba llena del ruido de las máquinas y el vapor del maíz. Sentí las
miradas de inmediato. Un par de tipos, de esos que siempre están perdiendo el tiempo en la
esquina, empezaron a murmurar entre ellos mientras me escaneaban de arriba abajo. Mi
falda, mis piernas, el modo en que me acomodaba el cabello... todo era un imán. En lugar de
encogerme, sentí un golpe de adrenalina. Me acomodé el peso del cuerpo en una sola
pierna, haciendo que la cadera resaltara, y me moví con una lentitud calculada. Si querían
ver, que vieran bien; total, mirar es gratis, pero tocar les iba a costar la vida. Compré el kilo
de tortillas, sentí el calor del papel en mis manos y emprendí el regreso. Al pasar por la
cantina de la esquina, un borracho que apenas se sostenía en pie me siguió con la mirada
perdida.
—¡Ay, reina! —balbuceó con la lengua pesada—. Nomás dime cuándo quieres que se
repita... porque lo de la otra vez me dejó con ganas de más.
Me quedé helada un segundo. ¿De qué hablaba este imbécil? Nunca lo había visto en mi
vida, y mucho menos "había pasado algo". No le entendí nada, pero el corazón me dio un
vuelco extraño. Pensé que era solo un delirio de borracho, una de esas frases que sueltan
para ver qué pescan.
—Siga soñando, abuelo —le solté sin detenerme, acelerando el paso hacia la casa.
Crucé el umbral de la casa todavía con el eco del borracho en la cabeza, pero lo que
encontré adentro me congeló la sangre. No era el olor a comida lo que flotaba en el aire, sino
un silencio espeso, de esos que anuncian una ejecución.
Mi padre estaba sentado a la cabecera, con la cara roja y las venas del cuello a punto de
reventar. A su lado, mi madre, mantenía una expresión de profunda decepción, como si
acabara de descubrir que su hija era la encarnación del pecado. Y ahí, sobre el mantel de
cuadros donde rezamos cada domingo, estaba mi vibrador. Rosa, brillante y fuera de lugar.
—¿Me pueden explicar qué derecho tienen de esculcar mis cosas? —solté, antes de que
ellos abrieran la boca. El corazón me brincaba, pero la rabia era más fuerte que el miedo—.
¡Soy una adulta, carajo! ¡Esa mochila es privada!
—¡En esta casa no hay nada privado mientras vivas bajo mi techo! —rugió mi padre, dando
un golpe en la mesa que hizo saltar el juguete—. ¿Para esto te pagamos la universidad?
¿Para que andes con estas cochinadas? ¡Pareces una cualquiera, Vanesa! ¡Qué falta de
respeto para tu madre y para mí!
Miré a mi mamá buscando un aliado, pero ella me sostuvo la mirada con una frialdad que me
dolió. Se acomodó el cuello de la blusa.
—Vanesa, hija... nos duele mucho —dijo ella—. Yo no sé qué ejemplo te he dado para que
sientas que necesitas... esas cosas. Una mujer bien nacida se da a respetar, no anda
buscando placer como un animal. Me avergüenzas.
—¿Te avergüenzo, mamá? —le dije, bajando la voz, volviéndola peligrosa—. ¿Y a ti quién te
dio el título de santa? Porque yo no pedí nacer en un convento. Si tanto les asusta la piel,
cierren los ojos, pero no se metan con mi cuarto ni con mi mochila.
—¡Cállate! —gritó mi padre levantándose—. ¡Le pides perdón a tu madre ahora mismo!
Me di la vuelta sin decir nada, agarré mi mochila y el juguete de la mesa con un manotazo
desafiante. Subí las escaleras con la cara ardiendo, no de vergüenza, sino de una rabia
negra que me apretaba la garganta. El portazo que di retumbó en toda la casa, pero no logró
acallar los sollozos que escuchaba desde el comedor.
Eran los sollozos de mi madre. Y eso era lo que más me dolía.
Me tiré en la cama, apretando la mochila contra mi pecho. Mi papá seguía gritando abajo,
maldiciendo mi "falta de principios", pero lo que me perforaba los oídos era la voz suave de
mamá tratando de calmarlo. La imaginaba ahí, con sus manos siempre limpias, siempre
oliendo a suavizante y a ajo, secándose las lágrimas porque su única hija le había salido
"defectuosa".
Recordé su cara cuando vio el vibrador sobre la mesa. No era una cara de asco, era de
dolor puro. Me miró como si yo le hubiera clavado un puñal en el rosario que guarda bajo la
almohada.
—"Una mujer bien nacida se da a respetar" —me había dicho.
Y lo peor es que ella lo decía de verdad. Mamá siempre ha sido impecable. Mientras yo me
peleo con el mundo por el largo de mi falda, ella camina por el barrio con una dignidad que
parece de otro siglo. Todos la respetan. El carnicero le da el mejor corte, el cura le pide
consejo, y mi papá... mi papá la ve como si fuera la Virgen bajada del altar.
Me sentí como una basura. Por un segundo, la rebeldía se me convirtió en culpa. Quizás
tenían razón. Quizás yo era la que estaba podrida, buscando sensaciones baratas mientras
ella se sacrificaba todos los días para que esta casa fuera un hogar "decente".
Me quedé mirando el techo, escuchando cómo mi madre subía las escaleras lentamente. Se
detuvo frente a mi puerta. No entró, no gritó. Solo escuché un suspiro largo, cargado de una
tristeza infinita, y luego sus pasos alejándose hacia su cuarto.
En ese momento, la odié. La odié por ser tan perfecta, por ser tan santa que me hacía sentir
como un monstruo. Me juré que iba a encontrarle algo, una mancha, un error, lo que fuera
que la hiciera humana para no sentirme tan pequeña frente a ella. Pero en el fondo de mi
mente, la frase del borracho seguía dando vueltas como una mosca en la basura: "Lo de la
otra vez estuvo de infarto".
"Seguro me confundió con alguna de las viejas de la cantina", pensé, tratando de
convencerme. Porque la idea de que alguien pudiera confundir a mi madre con una mujer así
era, simplemente, imposible. Ella era la Santa Lulú. Y yo, solo su sombra sucia.
Al día siguiente por la mañana llegué a la facultad con las ojeras pesándome y el ánimo por
los suelos. No había podido pegar el ojo pensando en la cara de mi madre y en el vibrador
rosa que ahora estaba escondido en el fondo de mi clóset, como si fuera un arma delictiva.
Entré al salón de "Derecho Romano" justo cuando el Profesor Rodríguez terminaba de anotar
una frase en latín en el pizarrón. Rodríguez es de esos tipos que huelen a loción cara y a
superioridad intelectual. Se ajustó los lentes y me miró por encima de ellos mientras yo
buscaba mi asiento.
—Señorita Vanesa —dijo con esa voz pausada que me pone los pelos de punta—, qué
alegría que decida honrarnos con su presencia. Supongo que su vestimenta... tan particular...
es lo que le impidió llegar a tiempo.
Un par de risitas estallaron al fondo. Me senté sin decir nada, tragándome el orgullo.
—Entregue su examen final —ordenó, extendiendo la mano.
Se lo di. Vi cómo lo hojeaba con un desprecio casi físico. Ni siquiera leyó mis argumentos
sobre las Doce Tablas. Se detuvo en la última página, sacó su pluma fuente y trazó un círculo
rojo gigante. Cinco.
—¿Cinco? —solté, levantándome del asiento—. Profesor, respondí todas las preguntas. Cité
los códigos, hice el análisis comparativo...
—Su análisis es tan pobre como su criterio para elegir su guardarropa, Vanesa —me
interrumpió, bajando la voz para que solo yo escuchara—. En esta carrera no solo se
necesita saber leyes, se necesita decencia. Y usted, con esa actitud de rebeldía barata, no
tiene el perfil de una abogada. Está reprobada. Nos vemos en el extraordinario... o el próximo
año.
Salí del salón antes de que las lágrimas de rabia me traicionaran. Estaba atrapada en una
pinza: en mi casa, mi madre era la santa que me hacía sentir podrida, y en la escuela, este
viejo infeliz me usaba de ejemplo de lo que "está mal".
Caminé por el pasillo sintiendo que el mundo entero me señalaba. "Una mujer bien nacida se
da a respetar", la voz de mi mamá resonaba en mi cabeza mezclándose con la de Rodríguez.
Entré al baño de la facultad pateando la puerta. Por suerte estaba solo; el eco de mis propios
pasos me taladraba los oídos. Me encerré en el último cubículo, el que nadie usa porque la
luz parpadea, y me desplomé sobre la tapa del baño. Saqué un cigarro y lo encendí con las
manos temblando de pura rabia.
—Pinche viejo estúpido —susurré, soltando el humo mientras las lágrimas me manchaban el
rímel.
Entre el humo y el llanto, me fijé en la pared. Ahí estaba, un agujero perfecto, quemado y
tosco: el famoso gloryhole de la facultad que todos dicen que no existe pero que todos saben
dónde está. Justo en ese momento, como si el destino quisiera burlarse de mi "falta de
decencia", algo empezó a cruzar el agujero. No fue solo carne; era un pene que traía algo
atorado, una tarjeta de presentación doblada entre la piel y el prepucio.
Me quedé mirando esa tarjeta. Decía: "Babilonia 21 – La entrada al Edén".
Una risa amarga me subió por el pecho. ¿Así que esto era la vida real? Mientras Rodríguez
me sermoneaba sobre Derecho Romano y mi mamá lloraba por un vibrador, el mundo seguía
girando a base de leche y secretos. Me sentí tan llena de odio, tan harta de jugar a ser la
"niña bien" que no encaja, que me dio un arranque de coraje.
Si ya me habían sentenciado como la puta de la clase, pues iba a ser la mejor.
Me arrodillé en el piso frío del baño. Frente a mis ojos se alzaba esa verga vigorosa,
punzante, larga y ancha una vena en medio del tronco resaltaba a su lado una mancha de
nacimiento color negro como un lunar pero que abarcaba casi medio tronco todo era color
café chocolate, el glande un poco mas rosado, admito que lo mire facinada era el pene mas
hermoso que había visto puse mis dedos alrededor y baje un poco el prepucio, Agarré la
tarjeta con una mano y con la otra sujeté esa verga desconocida que palpitaba del otro lado
de la pared. No lo hice por placer, lo hice por venganza. Lo hice para escupirle mentalmente
a la cara de mi madre y del profesor. Empecé a chuparlo con una furia desesperada,
cerrando los ojos y dejando que el sabor a desconocido me llenara la boca, mis labios
recorrían su dureza le besaba la cabeza de vez en cuando para sentir como el desconocido
se tensaba, mi lengua exploraba la base debía de ser un hombre maduro no se depilaba de
pronto El tipo del otro lado soltó un gruñido sordo. Sentí cómo se tensaba y, de pronto, la
descarga me llenó la garganta. Caliente y amarga. Me lo tragué todo sin parpadear,
sintiendo que ese era mi verdadero bautismo, lejos de las aguas benditas de mi jefa, aun con
el pene en la mano le di un último beso antes de ponerme de pie, mire como se iba metiendo
en el agujero de nuevo hasta que no pude verlo más.
Me limpié la comisura de los labios con el dorso de la mano y miré la tarjeta de nuevo.
—Bueno —dije en voz alta, mientras soltaba una última calada de mi cigarro—. Al menos
este desconocido sí me dio una recompensa por mi trabajo, no como el pinche Rodríguez.
Me puse de pie, guardé la tarjeta del hotel en el sostén y me miré al espejo del baño. El rímel
corrido me hacía ver como un mapache endemoniado, pero por primera vez en el día, me
sentía con un plan.
—Si mamá quiere una santa en casa —murmuré para mi reflejo—, va a tener que rezar
mucho para que no me encuentre el camino a Babilonia.

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