

Alexandra era la madre de Cristopher, una mujer de cincuenta años que todos en el barrio describían como intachable. Casada, religiosa, siempre impecable, dueña de una casa ordenada y de una reputación que nadie se atrevía a manchar. Pero su cuerpo contaba otra historia: senos grandes y pesados que apenas contenían las blusas modestas, caderas anchas que balanceaban al caminar, y un trasero redondo y firme que se marcaba bajo las faldas largas. Antonio, el mejor amigo de Cristopher desde la infancia, lo había notado desde siempre. Desde adolescente se masturbaba pensando en ella, imaginando lo que se escondía bajo esa fachada de señora de hogar.
Un día decidió actuar. Compró un teléfono nuevo, creó un perfil falso con fotos de un hombre atractivo de cuarenta años y se hizo llamar George. Empezó a escribirle a Alexandra con mensajes cuidadosos, respetuosos al principio, luego cada vez más cargados de deseo. Ella respondió. Al principio con duda, después con curiosidad, y finalmente con una excitación que la sorprendía a sí misma. Las conversaciones se volvieron sucias. George le describía exactamente lo que quería hacerle: chupar aquellos senos, separarle las piernas, meterse entre ellas. Alexandra, casada e “intachable”, se masturbaba por las noches leyendo sus mensajes.
Acordaron verse en un motel de las afueras. George le pidió que llegara primero, que se desnudara, se pusiera una venda en los ojos y lo esperara en la cama. “Quiero tocarte sin que me veas… quiero que solo me sientas”, le escribió. A ella le pareció extraño, casi peligroso, pero la idea la atrapó de inmediato. Accedió.
Cuando Antonio entró en la habitación, la encontró exactamente como había pedido: desnuda sobre las sábanas, los ojos vendados, el cuerpo expuesto. Los senos pesados se derramaban hacia los lados, los pezones oscuros y duros. El vientre suave, las caderas anchas, el monte de Venus cubierto de un vello bien cuidado y, entre las piernas, el coño ya brillante de anticipación.
No dijo una sola palabra. Se acercó en silencio y empezó a tocarla con las yemas de los dedos. Primero los hombros, luego bajó hasta los senos. Los pesó en las manos, los apretó, rozó los pezones hasta que ella soltó un gemido tembloroso. Se inclinó y se los metió en la boca. Chupó con hambre, lamió, mordisqueó suavemente mientras Alexandra arqueaba la espalda y susurraba “George… Dios mío…”.
Sus manos bajaron. Le abrió las piernas con suavidad y deslizó un dedo por el pliegue húmedo. Estaba empapada. Metió un dedo, luego dos, y la frotó despacio mientras seguía chupándole los senos. Alexandra gemia más fuerte, moviendo las caderas contra su mano. Entonces Antonio se acomodó entre sus muslos y le dio una mamada profunda. Lengua plana sobre el clítoris, chupando, metiendo la lengua dentro. Ella se retorcía, las manos agarrando las sábanas, los muslos temblando alrededor de su cabeza.
Cuando sintió que ella estaba al borde, se incorporó, se quitó la ropa y le acercó la polla a la boca. Alexandra, ciega y excitada, abrió los labios y la recibió. La chupó con ganas, con esa avidez de quien lleva años reprimiéndose. Antonio la miraba: la madre de su mejor amigo, la mujer de sus fantasías, con la boca llena de su polla, babosa y entregada. Estaba a punto de corrérsele en la garganta, pero se contuvo. Se la sacó de la boca de golpe.
Se colocó entre sus piernas y la penetró de un solo empujón. El coño de Alexandra lo recibió apretado y caliente. Empezó a follarla con fuerza, profundo, agarrándole las caderas. Ella gemía sin freno, repitiendo el nombre falso entre jadeos. La giró de lado y la folló así, levantándole una pierna para llegar más hondo. Después la puso a horcajadas sobre él, dejándola montarlo mientras él le apretaba los senos y le chupaba los pezones. Alexandra se movía con desesperación, el culo golpeándole las piernas, los senos rebotando.
Al final la puso en cuatro. La agarró de las caderas anchas y se la folló con saña, mirando cómo su polla entraba y salía del coño de la madre de Cristopher. El sonido de la piel contra la piel llenaba la habitación. Alexandra gritaba de placer, el culo temblando con cada embestida. Cuando Antonio sintió que no podía aguantar más, se la sacó, la giró bruscamente y le metió la polla otra vez en la boca. Se corrió con un gemido ahogado, llenándole la boca y salpicándole la cara y los senos con chorros calientes. Alexandra tragaría lo que pudo, el resto le escurrió por la barbilla.
Quedó jadeando, el semen brillándole en los labios y las mejillas. Con voz temblorosa preguntó:
—¿Ya… ya me puedo quitar la venda?
Antonio contestó con voz baja, disfrazada:
—Sí… pero dame un momento. Voy por algo para que te limpies.
Salió de la habitación en silencio, recogió su ropa y desapareció por la puerta trasera del motel antes de que ella pudiera quitarse la venda.
Alexandra se quedó sola, desnuda, con el sabor de él en la boca y el cuerpo aún temblando, sin saber que el hombre que acababa de follarla sin piedad era el mejor amigo de su hijo.
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